Caravaggio utilizaba frecuentemente los mismos modelos para sus cuadros, o copiaba éstos directamente, con pequeñas variaciones, pues tal era su éxito entre los coleccionistas que era habitual que se le pidieran copias de los lienzos más famosos. Éste sería el caso de nuestro San Jerónimo escribiendo, que se repite en el San Jerónimo del Monasterio de Montserrat. El santo aparece bajo la figura de un estremecedor anciano, delgado y amarillento, con un enorme cráneo pelado y la barba blanca como una orla que enmarca el rostro. El pecho hundido del hombre y sus arrugas profundas nos hablan del largo período de penitencia que San Jerónimo había sufrido en el desierto. Aparece retratado según los convencionalismos de la época, con un manto rojo que alude a su antigua condición de cardenal (puesto que abandonó para irse de ermitaño), sentado en su celda o estudio, con los libros y la calavera para meditar. El bodegón que constituyen la calavera y los libros resulta de una maestría prodigiosa. Este motivo será muy repetido, en especial por los pintores españoles que siguieron el Naturalismo Tenebrista, como Zurbarán, Valdés Leal, Ribera, el joven Velázquez, etc. El espacio del marco es mucho más fluido que en obras anteriores, pero esto contribuye a reforzar la idea de soledad del santo, que se ve recortado contra un fondo vacío de color indefinido y luz fantasmagórica cuya procedencia desconocemos.
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Esta escena de San Jerónimo en su retiro de ermitaño aparece protagonizada por el paisaje, que podemos contemplar a través del arco natural que forma la entrada de la cueva donde meditaba el santo. En un hermoso cielo azul contemplamos diversas ruinas de aspecto romano, un brazo de mar y a lo lejos, una ciudad portuaria, amurallada. La cueva está hecha por estratos rocosos de carácter marcadamente horizontal, entre cuyas piedras se descubren varios animales en libertad, sin temor del ermitaño: una pareja de conejos, un lagarto, una ardilla, un pájaro... San Jerónimo es un anciano venerable, cubierto por harapos, con larga barba y la piel enrojecida por la acción del sol y de la intemperie. Junto a él tiene un estanque construido por la mano del hombre en sillares regulares. Le acompaña el león, atributo del santo, curado en una pata y que permanecería junto al santo hasta su muerte.
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Ribera no dedicó mucho tiempo al grabado, siendo escasa su producción, pero hay que advertir que los grabados que realizó los aprovechó para incrementar su fama. Comenzó en 1616, a su llegada a Nápoles, y en 1630 ya había realizado 17 de los 18 aguafuertes que se le atribuyen. Gracias a ellos, su fama se acrecentó en toda Europa, sirviendo de punto de partida a un buen número de seguidores. La segunda versión del San Jerónimo que aquí contemplamos muestra importantes diferencias respecto a la primera. Ambas se basan en un cuadro con el mismo tema realizado para el duque de Osuna. En esta obra Ribera se muestra ya como un habilidoso grabador, empleando el efecto de punteado para conseguir variaciones de sombras en el cuerpo del santo y para trazar el pecho y el estómago, donde se intuyen los huesos. El santo vuelve su cabeza con gesto sorprendido ante la llegada del ángel con la trompeta, creando el maestro una escena cargada de efectismo y dramatismo que nunca superará.
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En las últimas obras de Ribera apreciamos una intensa expresividad en los personajes, interpretando la emoción y los más profundos sentimientos gracias a los gestos y las actitudes. El naturalismo con el que trata a la figura y la iluminación tenebrista utilizada refuerza la espiritualidad que envuelve en esta ocasión a San Jerónimo, presentado como un venerable anciano de larga barba blanca que se dispone a castigar su pecho con la piedra. El rostro y las manos se convierten en centro de atención para el espectador, captando en estos elementos toda la fuerza de la composición. La figura se recorta ante un fondo neutro uniforme que resalta el volumen del santo. La iluminación recuerda a Caravaggio pero también encontramos una referencia a los venecianos al conseguir dotar a la imagen de vivacidad, empleando una pincelada fluida y rápida, en algunas zonas a base de golpes, consiguiendo una obra de impactante belleza y emotividad.
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San Jerónimo será uno de los santos más representados por Ribera, tanto en pintura como grabado o dibujo. En esta ocasión el santo aparece en el suelo, sujetando con fuerza el crucifijo en su mano izquierda mientras en la derecha porta la piedra, símbolo de la penitencia. La naturalista figura ha sido creada con una precisa línea, creando la sombra a través de trazos paralelos. En el fondo se insinúa un paisaje de árboles mientras que en el ángulo superior derecho se aprecia un apunte de la Magdalena penitente, otra de las figuras más atractivas del pintor.
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El díptico de San Jerónimo, de Jan Gossaert, se compone con esta tabla que vemos y con el Paisaje Rocoso en el que tiene lugar la escena. Los dos paneles están pintados en grisalla y su aspecto es el de una superficie afilada, donde cualquier elemento agrede y puede herir a las figuras en su interior.
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Posiblemente sea esta tela la encargada por Isabella d´Este en 1523 y finalizada por Tiziano en 1531. Una vez llegada a Mantua, la obra sirvió para decorar el apartamento privado de Margarita Paleólogo, la esposa de Federico II de Gonzaga, junto con otros trabajos de Leonardo, Giulio Romano y Mantegna.El verdadero protagonista de este lienzo es el amplio paisaje nocturno en el que se ubica la figura de San Jerónimo, que ora ante una piedra constituida en altar gracias al crucifijo que cuelga en la zona derecha de la composición. Tras el santo podemos apreciar a un león entre las tinieblas, animal que forma parte de su iconografía, al igual que el capelo cardenalicio y las Sagradas Escrituras.La influencia de Giorgione se pone de manifiesto en la utilización del vasto paisaje y la iluminación nocturna pero Tiziano interpreta esos modelos, empleando una espectacular iluminación de la luna, oculta tras los árboles, con la que crea sensacionales efectos de claroscuro. Esta recuperación de los modelos empleados por el maestro de Catelfranco podría estar relacionado con un requerimiento de Isabella d´Este, quien deseaba comprar un nocturno de Giorgione y al no poder adquirir la obra, exigiría a Tiziano la ejecución de esta sensacional vista nocturna del santo en el desierto.