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La crisis del imperio romano, entre los años 200 y 400, repercutió en la ruralización de la economía y de la sociedad. Los grandes propietarios se trasladaron a sus latifundios, que se convirtieron en centros de producción y consumo autosuficientes y se explotaron con colonos, gente libre pero empobrecida que, adscrita a la tierra, encuentra trabajo y seguridad bajo la protección del señor del latifundio a cambio de tributos y servicios. Mientras tanto las ciudades, carentes de inversiones de los poderosos y de administración pública, decayeron y llegaron a ser gestionadas por los obispos, únicos dirigentes reconocidos por la comunidad. También en Hispania la crisis convirtió al campo en el eje de la economía. Hasta este momento las villas rurales eran unidades de producción que abastecían a las ciudades pero, poco a poco, fueron cambiando el destino de sus productos hacia el consumo de la propia población de la villa, constituida por el señor y los trabajadores con sus respectivas familias. Éstos explotaban en régimen de colonato, mediante un contrato de arrendamiento, los recursos agropecuarios, además de los distintos servicios: molinos, prensas, lagares, fraguas, etc. con los que se autoabastecía la villa.
Personaje Político
La derrota infligida a Sarduri II por parte de Tiglatpileser III motivará cierta conmoción en la monarquía urartea, especulándose incluso en problemas sucesorios que llevarían a Rusa I al trono. Este monarca recupero la mayoría de los territorios perdidos en los momentos de confusión. Algunos especialistas consideran que una derrota de Rusa contra los cimerios sería la noticia que animó a Sargón II a atacar Urartu. Al este del lago Van tuvo lugar el enfrentamiento definitivo entre las tropas urarteas y las asirias, saliendo Sargón vencedor. Se piensa que esta derrota provocó el suicidio de Rusa.
Personaje Pintor
Pintor italiano formado junto a Roberto Longe y más tarde junto a Giuseppe Natali. Llega a España llamado por el marqués de Scotti en 1734 para sustituir a Procaccini, siendo nombrado pintor de cámara. Colaborador estrecho de Bonavia, realizó algunos de sus proyectos, como el fresco de la Alegoría de la Justicia, la Paz y la Abundancia en el dormitorio del rey del Palacio de La Granja.
Personaje Literato
Con catorce años se traslada a Gran Bretaña, donde cursa estudios medios y luego ingresa en Cambrigde. A finales de los setenta sale a la luz "Grimus", su ópera prima. Por su segundo trabajo "Hijos de la Medianoche"- cuyo argumento extremadamente complejo tiene su punto de partida en la declaración de independencia de la India- recibiría los premios Booker y James Tait Black. Rushdie siguió editando novelas por las que recibiría una crítica favorable, pero no salta a la fama hasta 1988. En este año publica "Versos satánicos", donde aborda las vivencias de los inmigrantes indios en Inglaterra. La alarma saltó cuando los seguidores de la religión islámica consideraron la obra blasfema, alegando que Rushdie era irreverente con la figura de Mahoma y el Corán. En consecuencia el libro se prohibió en aquellos país de confesión islámica y Jomeini sentenció a muerte a Rushidie. El líder espiritual incluso llegó a ofrecer cinco millones de dólares por su cabeza. El escritor se traslada por aquel entonces a Gran Bretaña, donde vive en paradero desconocido por motivos de seguridad. Para evitar males mayores declaró en público su adhesión a la religión islámica. Rushdie ha seguido trabajando como escritor y en 1995 salió a la luz "El último suspiro del moro", con una excelente acogida entre la crítica. En 1998 Jomeini levantó su condena en contra del escritor. Su obra "El suelo bajo sus pies" fue publicada en 1999.
obra
contexto
Dentro del juego de las relaciones internacionales entre los países bálticos y orientales europeos, había un componente que cada vez cobraba mayor influencia a la hora de las alianzas por tener una proyección exterior que perseguía fines intervencionistas o meramente defensivos para contrarrestar los impulsos expansionistas de los rivales vecinos. Este elemento consistente y de presencia poderosa era el principado de Moscú, que gracias a la política de engrandecimiento llevada a cabo por sus dirigentes se había convertido en la temida Rusia que aparecía como dominadora de amplios territorios de la Europa del Este. La ascensión de Rusia al primer plano de la realidad europea, como potencia a tener en cuenta, fue una de las consecuencias de la formación y posterior fortalecimiento del Estado ruso, obra debida mayormente a los tres soberanos que se sucedieron en el poder desde mediados del siglo XV hasta finales del XVI: Iván III (1462-1505), Basilio III (1505-1533) y, tras una etapa de disturbios e inestabilidad, Iván IV (de 1547, fecha de su coronación, a 1584). El primero de ellos puede ser considerado como el gran impulsor del principado de Moscú, promotor de la unificación de las tierras rusas e iniciador de la grandeza de los zares. Con unos criterios autoritarios y violentos, que serían mantenidos por sus sucesores, en aras de alcanzar sus ambiciosas pretensiones de dominio territorial, control social y afirmación soberana, Iván III lograría constituir durante su largo mandato un poder fuerte e indiscutido, autocrático, organizado en función de las necesidades de gobierno y administración del extenso ámbito que poco a poco iba abarcando la Corona rusa. Casado con Sofía Paleólogo, sobrina del último emperador de Bizancio, quiso convertirse en el continuador de la magnificencia imperial, asumiendo al respecto los símbolos tradicionales del Imperio y realzando los aspectos llamativos de su realeza, a la que procuró dotar de carácter divino contando para ello con la colaboración del estamento eclesiástico ortodoxo. También desarrolló una apreciable tarea legislativa plasmada en el "Código de los 69 artículos". Sus éxitos territoriales fueron en verdad notables al apoderarse del gran ducado de Tver, de los principados de Jaroslav y Rostov, de las repúblicas de Pskov, Viatka y Riazan, siendo quizá su mayor logro expansionista el someter a la próspera zona comercial de la república de Novgorod, con su amplio territorio y sus colonias. El expansionismo del principado de Moscú trajo consigo un importante movimiento de población, ya que muchas familias de los territorios anexionados fueron expulsadas de sus lugares de origen, siendo sustituidas por otras constituidas principalmente por boyardos, nobleza rural afín al soberano ruso que se convirtió así en un eficaz y fiel instrumento de colonización. Tanto Iván III como su sucesor Basilio III impulsaron esta política territorial agresiva de cambios poblacionales, que ayudaba a extender el dominio del Gobierno moscovita por zonas cada vez más alejadas del núcleo base de la poderosa Rusia que paulatinamente se estaba formando. Pero todo este proceso de fortalecimiento estatal, de concentración territorial, de dominio social iniciado por ambos soberanos estuvo a punto de invertir su tendencia. De hecho, ésta se modificó durante algo más de una década por la crisis que se abrió tras la muerte de Basilio III, ya que la minoría de edad de su hijo Iván fue aprovechada por la vieja nobleza, que había sido sometida por el peso creciente del nuevo aparato de poder puesto en marcha por Iván III, y por la recién creada oligarquía territorial, para apoderarse de los resortes del poder, manifiesta reacción nobiliaria que pronto degeneró en violentas luchas internas de los clanes y linajes que se disputaban la primacía política. Esta etapa de disturbios, de profunda inestabilidad, acabó cuando el joven Iván IV fue coronado, proclamándose a continuación zar y quedando a partir de entonces como soberano indiscutible de Rusia. El nuevo monarca proseguiría la obra empezada por sus inmediatos antecesores, llegando a superar en el transcurso de su reinado el grado de poder personal, de robustecimiento del Estado y de control social alcanzados por éstos. Figura excepcional, de compleja personalidad, cruel y sin escrúpulos, Iván IV no tuvo ninguna vacilación para aplicar una feroz política represiva contra todo y contra todos los que pudieran representar, aunque sólo fuera mínimamente, una amenaza a su gobierno despótico y a sus aspiraciones de hacer de Rusia una gran potencia sobre la base de un Estado central sin fisuras y de un autoritarismo sin trabas ni límites. El terror estatal lo ejercitó este príncipe engrandecido, este auténtico déspota una y otra vez, en cuantas ocasiones lo estimó oportuno, sin importarle los medios utilizados ni las medidas que se decidió a aplicar. Una policía política, la "oprichnina", fue creada especialmente para desarrollar la tarea represora, siendo dotada de una amplia capacidad de actuación hasta el punto de que llegó a convertirse en una especie de Estado dentro del propio Estado. Todos los grupos sociales supieron de su existencia, especialmente la levantisca nobleza de los boyardos, que fue duramente perseguida y castigada por sus pretensiones oligárquicas y autonómicas, aunque también el campesinado padeció con intensidad el autoritarismo zarista, que llegó al punto de prohibirle la libertad de movimiento, anticipo del régimen de servidumbre al que se vería sometido posteriormente. El reforzamiento de la maquinaria estatal bajo Iván IV se operó en los distintos ramos de la Administración, de la Justicia y del Ejército, organismos revitalizados por el poder central, que contaba con la presencia dominante del soberano, asesorado por varios ministerios especializados en asuntos concretos que eran secundados por los secretarios reales y por una red de funcionarios, fieles servidores del autócrata. La Iglesia tampoco escapó al dirigismo del Estado, que intervino para que se cumpliera la disciplina eclesiástica. No podía faltar asimismo la prosecución del expansionismo territorial, dirigido a todos los puntos posibles que estaban al alcance de la agresiva política exterior zarista, muy interesada por buscar salida al mar; de ahí los esfuerzos que se hicieron para lograr la conexión con el Caspio o en dirección al Báltico, objetivos que se lograrían en buena parte. Pero Iván IV también supo de derrotas y graves peligros exteriores, como el representado por el Imperio turco o por los tártaros crimeanos, quienes en 1571, apoyados por el califa otomano, llegaron nada menos que a destruir parte de Moscú, incendiando la ciudad y diezmando su población. Otro relativo fracaso lo experimentó en su avance hacia la zona lituana, al tener que retroceder ante la oposición del bloque polaco-sueco. El gran problema de Rusia no vendría, sin embargo, del exterior, sino a consecuencia de las luchas internas por el poder que se desencadenaron a raíz de la desaparición del Terrible. La crisis por la que iba a pasar el Estado ruso desde este momento sería muy profunda y duradera, viniéndose abajo mucho de lo ya construido, hasta el punto de que Rusia experimentaría un notable retroceso en su potencialidad, quedando inmersa en un clima de incertidumbre y de decadencia generalizada de la que tardaría tiempo en salir.
contexto
La invasión mongola supuso el inicio de una etapa de transición en la historia de toda Europa oriental en general y de Rusia en particular, que se desarrolló desde mediados del siglo XIII hasta la mitad del XIV y cuya principal característica es la escasez de documentación escrita. Los mongoles o tártaros consolidaron sus conquistas en Rusia tras la muerte de Alexander Nevski (1263), estableciendo un particular sistema de dominio, basado en la colaboración de los propios príncipes eslavos. Así, los hijos de Alexander Nevski, Basilio y Demetrio, y sus hermanos Andrés y Yaroslav lucharon entre sí para hacerse con el titulo de gran príncipe de Vladimir (1277-1304), pero acataron la autoridad de los tártaros. La administración mongola estaba encabezada por el khan de la Horda de Oro (referencia a la primitiva tienda dorada utilizada por los khanes en sus campamentos ambulantes), cuya residencia, tras el abandono del nomadismo, quedó fijada en Sarai. Este dependía en teoría de la autoridad del gran khan de Karakorum, si bien en la práctica su autonomía era total. Los principados rusos siguieron existiendo, aunque bajo el protectorado del khan, quien exigía la participación de levas eslavas en sus ejércitos, en calidad de tropas auxiliares, y el pago de una serie de impuestos como el "jasag" o "desjatinnaja" (tasa sobre la propiedad de la tierra), la tamga (gravamen sobre las transacciones) y algunos tributos extraordinarios. En un principio, los mongoles contaron con agentes fiscales (baskakes) en las principales poblaciones eslavas, pero hacia finales del siglo XIII la recaudación de los impuestos fue delegada en manos de los propios príncipes, como así lo demuestran los testamentos de algunos mandatarios como el de Vladimir de Volinia (1287). En opinión de C. J. Halperin, los baskakes serían sustituidos por representantes sin responsabilidades administrativas (droga) y por enviados especiales (posoly). Los khanes promulgaron ciertos privilegios fiscales, cuya principal receptora fue la Iglesia ortodoxa, muy favorecida por su trato tolerante. Los dignatarios mongoles utilizaron una arma diplomática muy efectiva a la hora de mantener el control sobre los príncipes; éstos, envueltos en constantes disputas por conseguir el título de gran príncipe o gran duque, que les otorgaba un derecho de preeminencia sobre sus iguales, necesitaban recibir a tal efecto un documento de confirmación (jarlyk) de manos del khan. Dicho argumento fue utilizado por los mongoles para intervenir en los conflictos internos entre 1273 y 1297, aunque, tras la consecución del título de gran duque en propiedad por parte de Iván I de Moscú (1328-1340) en 1328, perdió su razón de ser. Este se apoderó de la dignidad tras desembolsar una fuerte suma en oro, procedente de la recaudación de los impuestos tártaros; su maniobra le valió el sobrenombre de "Kalita" (Bolsa de oro). Las disputas entre la Horda de Oro y la Horda de Nogai terminaron por descomponer el dominio efectivo de los mongoles sobre Rusia, a pesar de que, bajo el khan Ozbeg (1313-1341), su Imperio vivió su ultimo momento de apogeo. Las campanas de Tamerlan (1336-1405) dieron la puntilla a la Horda de Oro. La invasión mongola provocó una serie de desplazamientos demográficos desde finales del siglo XIII, que, a su vez, produjeron una condensación poblacional en la franjas sureste y noreste del territorio ruso. Los focos más favorecidos fueron Tver, Moscú y el curso superior del Volga. La irrupción mongola, sin embargo, no trastocó la vida económica de la región, ni alteró los intercambios comerciales. En 1270 el khan Möngkä Temür concedió una serie de privilegios a los mercaderes de Riga y de otras ciudades de formación germana del Báltico. Durante los siglos XIV y XV la vida mercantil del mundo eslavo oriental fue revitalizada por genoveses, griegos y armenios, quienes empezaron a contar con la competencia de comerciantes moscovitas (gosti-surozane) en Crimea. Hoy en día, el análisis de la aportación mongola a la cultura y a la sociedad rusas continúa siendo un campo abierto a la polémica y a la discusión. Sin embargo, para una gran mayoría de autores el papel asignado a la invasión por parte de la historiografía anterior ha sido magnificado. Así, el desplazamiento del eje político desde Kiev hacia el Noreste no sería consecuencia directa de la irrupción mongola, sino fruto del desarrollo de una tendencia observable ya desde el siglo XII; igualmente, la diversificación lingüística y cultural de lo que hoy conocemos como Rusia no arrancaría de la disgregación de mediados del siglo XIII, sino de la pervivencia de particularismos ancestrales y del avance de otras culturas, como la lituana por la llamada Rusia Negra. La influencia mongola quedaría limitada al campo de la fiscalidad y de la redistribución demográfica de los eslavos orientales. Según Halperin, su papel en la formación y crecimiento del principado moscovita no ha sido suficientemente analizado, hasta tal punto que aún no se ha estudiado la integración de algunas familias de origen tártaro (Uvarov, Apraksin, Rostopchin) en la vida política moscovita de finales del siglo XIV. Tras las epidemias de peste que afectaron a Moscú durante los años 1352-1353 y 1360-1366, el principado resurgió como así lo demuestran el desarrollo de la actividad artesanal, las primeras acuñaciones de monedas y la proliferación de nuevos edificios, civiles y religiosos. La pujanza moscovita se asentó sobre bases económicas, en las que jugó un papel principal la colonización de las zonas de bosque por parte del campesinado. La presencia del colono libre o "colono negro" fue mayoritaria en el proceso de roturación emprendido en la segunda mitad del siglo XIV. En otras regiones como Novgorod, incorporada al principado moscovita en época más tardía (1478), el protagonismo colonizador recayó en la Iglesia y en la nobleza (boyardos), que controlaban el desbroce de los bosques a través de sus funcionarios (slobodciki). Las nuevas comunidades rurales (volost´), encabezadas por el colono más anciano (starosta), se dedicaron al cultivo del centeno de invierno, sustituto del mijo como cereal principal, siendo complementada dicha actividad con la ganadería mayor, la pesca, la caza y la recolección de productos del bosque. El desarrollo moscovita en particular y el ruso en general también se asentaron sobre otras actividades como la artesanía, la minería y el comercio. Así, las minas de hierro de Ingria y Carelia o las salinas del Mar Blanco aumentaron su producción a lo largo de los siglos XIV y XV. El comercio de pieles, cera y productos de lujo occidentales capitalizaron la vida económica de ciudades como Moscú, Novgorod, Pskov y Tver, que alcanzaron en el siglo XV una población superior a los 10.000 habitantes. Este crecimiento urbano no dio lugar al desarrollo de las instituciones municipales como en otras regiones europeas, debido a la radicalización de la autoridad del gran príncipe y de los boyardos. Novgorod, ciudad independiente hasta 1478, fue una de las bases comerciales más importantes de la Hansa, al contar con un "peterhof", recinto amurallado propio con aduana, almacenes, viviendas e iglesia. El ascenso de los grandes príncipes moscovitas se vio confirmado con el traslado del metropolitano de Vladimir Theognost a Moscú. A partir de este momento la actuación de la Iglesia ortodoxa rusa se verá sumamente comprometida con la política ducal. Tras la muerte del gran duque de Moscú, Iván II (1359), el metropolitano Alejo (1357-1378) consiguió retener el título, pese a las presiones procedentes de otros principados. El heredero de Iván II, Demetrio Ivanovic (1362-1389), menor de edad hasta 1363, incorporó nuevos territorios, como el principado de Sazdal'-Niznij-Novgorod, y forzó al príncipe Miguel de Tver a reconocer la superioridad moscovita. Demetrio, junto a su fiel colaborador Alejo, ocupó también algunos lugares controlados por la Horda de Oro, aprovechándose de las luchas fratricidas entre el khan de Sarai y su competidor Mamai. Esta ultima acción desencadenó un conflicto abierto con los tártaros, derrotados por el gran duque en la batalla de Kulikovo (1380), en las proximidades del río Don. Sin embargo, la victoria, que le valió a Demetrio el apelativo de "Donskoj" (del Don), no fue óbice para que en 1382 la capital moscovita fuera saqueada por el khan Tuqtamis. Los ataques tártaros sobre la ciudad se sucedieron, sobre todo durante las campañas del khan Edigu durante el invierno de 1408-1409. No obstante, la belicosidad de los mongoles decayó poco a poco, sobre todo tras la apertura de otro frente en Lituania, desde donde el príncipe Witoldo (fallecido en 1430) atacó repetidamente sus posiciones. La muerte de Basilio I, sucesor de Demetrio, ocasionó una grave disputa por el poder en el seno de la familia ducal, al haber designado como heredero del titulo de gran príncipe a su hijo Basilio, menor de edad, marginando a su hermano Yuri de Galic. Moscú sufrió una importante crisis, presidida por las luchas entre Basilio II y Yuri y agravada por las epidemias de peste y los periodos de hambruna (1417-1427). A la muerte de Yuri, el enfrentamiento fue retomado por sus hijos, Basilio Kosoj y Demetrio Semjaka. Pese a las disensiones internas, la administración del gran ducado se fue consolidando a lo largo de la primera mitad del siglo XV. El sistema administrativo (Kormleu'e), encabezado por el príncipe, se basaba en la división del territorio en distritos (vezdy) y subdistritos (stany), dirigidos por gobernadores (namestniki) y representantes ducales (volosteli), respectivamente. Desde el punto de vista religioso-cultural, el periodo de crecimiento del ducado moscovita estuvo marcado por la reforma monástica de San Sergio de Radonez (1314-1392) de mediados del siglo XIV, fundamentada en el cenobitismo y en la pobreza personal. La proliferación de monasterios en las regiones septentrionales (monasterios de la Trinidad, del Salvador, de la Natividad de la Virgen, de la Virgen de la Montana, etc.) hizo prosperar en mayor medida la colonización de las zonas boscosas, en donde se extendió la propiedad monástica desde la segunda mitad del siglo XIV hasta mediados del XV. La Iglesia secular vio aumentado su protagonismo social y cultural, sobre todo tras su condena del Concilio de Ferrara-Florencia (1439), que sellaba la reconciliación entre las Iglesias griega y latina en vísperas de la caída de Constantinopla en manos de los turcos. De esta forma el metropolitano de Moscú se erigía en patriarca de una comunidad cristiana independiente. Basilio II, tras liberarse de sus adversarios internos, inició una política de acercamiento al príncipe de Tver para poder imponer sin oposición su hegemonía sobre otras ciudades y principados. En 1456, después de un infructuoso ataque sobre Novgorod, se hizo con la tutela del duque de Riazan, menor de edad; más tarde consiguió integrar dentro de las posesiones moscovitas los principados de Yaroslav y Rostov. En 1469 la ciudad de Pskov reconoció la autoridad del gran duque Iván III el Grande (1462-1505), aunque mantuvo su autonomía hasta 1510. Novgorod, en donde existía un fuerte partido lituano favorable a su integración en los dominios de Casimiro IV de Polonia, terminó por caer en manos moscovitas. En 1485 el duque de Tver, Miguel Borisovic, huyó del principado ante la amenaza de Iván III, quien expropió a los principales terratenientes de la Corte en beneficio propio y de los boyardos moscovitas. El gran duque, al ver asentadas sus bases políticas, decidió negarse oficialmente a pagar más impuestos a la Horda de Oro, que vivía por aquel entonces sus peores años de decadencia. El khan Ahmed trató de impedir la secesión moscovita, pero fue derrotado por Iván en 1480 en el enfrentamiento del río Ugra, batalla que sella el final definitivo de la dominación tártara para la historiografía tradicional. Iván III intentó zanjar la rivalidad con Lituania por la cuenca superior de los ríos Oka y Desna mediante el matrimonio de su hija Helena con Alejandro, duque de Lituania desde 1492 y rey de Polonia desde 1501. Sin embargo, tras aliarse con el khan de Crimea, Iván, prosiguiendo su política expansionista, ocupó los mencionados territorios en 1503. Años más tarde, la Corona polaco-lituana también perdería Smolensko en favor del ducado moscovita (1514) y se vería seriamente amenazada por los pactos entre los Habsburgo y Moscú. El gran duque también estableció relaciones diplomáticas con Roma, Milán, Venecia y las ciudades hanseáticas, con el objeto de asentar sus conquistas y conseguir apoyos en el Occidente europeo. Iván III, soberano y autócrata de toda Rusia (el título de zar no aparecerá en la documentación hasta la coronación de Iván IV -1533-1584- en 1547), proclamó co-regente a su higo Demetrio en 1498, para asegurar su sucesión tras el fallecimiento de su primogénito Iván Ivanovic. Pero, en 1502, designó heredero en la persona de Basilio, fruto de su matrimonio con la hija del último emperador bizantino, Sofía Paleólogo. Con esta maniobra el príncipe pretendió vincular el Estado moscovita a la idea imperial, reforzada por las visiones del metropolitano Zósima y del monje Filoteo de Moscú como "Nueva Constantinopla" o "Tercera Roma". Iván III inició una serie de reformas, que pretendían hacer gobernable un principado que había crecido desmesuradamente, al alcanzar unos 6-8.000.000 de súbditos y unos 2.000.000 de kilómetros cuadrados. Así, favoreció los derechos de la nobleza sujeta a servicio, imponiendo el "pomest'e", sistema de bienes y compensaciones relacionados con la lealtad al gran duque; fortaleció el ejército, cuya base siguió siendo feudal; trató de apoderarse de algunas propiedades monásticas con miras a obtener nuevos recursos, apoyándose en algunos movimientos negadores de las riquezas temporales de la Iglesia, encabezados por Nil Sorskij o Vassian Patrikeev, o en la secta anticlerical de los "judaizantes" (1471-1504); amplió las competencias del tesoro ducal (kazna) y la de los secretarios (d'jaki); por último, impulsó la codificación del derecho consuetudinario (Colección de Sudebnik, 1497) y el protagonismo político de la "duma" o asamblea de príncipes vasallos y boyardos. Durante la segunda mitad del siglo XV, el principado de Moscú experimentó un fuerte crecimiento demográfico, fundamentado en el desarrollo generalizado de la economía. El comercio, fomentado por la desaparición de algunas aduanas interiores, se centró en el sector textil, en las exportaciones de lino, cáñamo y sebo y en las importaciones de tejidos de lana, algodón y seda. La artesanía dirigió su producción a los mercados turcos y asiáticos, que reclamaban cuero, armas y herramientas de hierro en grandes cantidades. Sin embargo, la condición campesina se vio empeorada por las epidemias y devastaciones que asolaron el campo durante algunos años del siglo XV. La dependencia campesina se generalizó al desaparecer de las tierras roturadas la figura del "colono negro" y al ser monopolizada la fuerza de trabajo por las propiedades monásticas. El desplazamiento del eje político ruso hacia el Este repercutió también en el campo de las manifestaciones culturales. Kiev, centro de la cultura ortodoxa, cedió el testigo a Moscú y a su área de influencia, sobre todo tras los sucesivos traslados de la sede metropolitana a Vladimir y a la propia ciudad de los grandes duques. Sin embargo, algunos rasgos de la anterior etapa perduraron como la influencia de algunos eclesiásticos eslavos ajenos al ámbito ruso. Este es el caso del búlgaro Gregorio Sinaites (muerto en 1346), introductor del movimiento eremítico conocido como Hesycharsm; de Gregorio Camblak, abad moldavo del monasterio de Sucava (1401-1402), y del serbio Paxomij Logofet, monje del monasterio de Cirilo Belozerskij entre 1430 y 1460 y autor de diversas hagiografías, himnos y panegíricos. No cabe duda de que los monasterios tuvieron un gran protagonismo en la difusión y expansión de la cultura rusa bajomedieval. Así, algunos de los cenobios surgidos tras la reforma monástica de san Sergio se convirtieron en auténticos focos de irradiación cultural. El de la Trinidad contó con una gran biblioteca en la que tenían cabida, junto a los manuscritos de carácter religioso y teológico, algunos textos científicos y médicos; sus fondos crecieron gracias a las inquietudes de algunos de sus abades como Nikon (1392-1428), Savva (1428-1432) o Zinovij (1432-1443). Desde mediados del siglo XV surgió una importante disputa en el seno de los claustros entre los llamados "intransigentes", partidarios de una mayor presencia de la vida en común y de la liturgia, y los conocidos como "starets", apegados al eremitismo de influencia griega. Entre 1471 y 1504 la polémica encendida entre los partidarios de la secta de los judaizantes y los defensores de la ortodoxia dio lugar a una importante producción literaria. Los fautores de la herejía, negadores de la Trinidad y de la jerarquía eclesiástica, plasmaron sus ideas en obras anónimas como el "Secreta Secretorum", mientras que sus detractores, encabezados por los obispos Iosif Volocki y Gennadij, dedicaron diversos escritos y epístolas a rebatir sus errores. Las manifestaciones artísticas, entre las que destaca la conclusión de las obras del Kremlin (fortaleza) en tiempos de Iván III, estuvieron marcadas por las influencias bizantinas, procedentes de las últimas posesiones griegas en Crimea (Cherson). Estas aumentarían tras el matrimonio entre Iván III y Sofía Paleólogo. A lo largo del siglo XV brilló con luz propia la escuela inaugurada por el pintor de iconos Andrés Rublyov.
contexto
El zar Nicolás I(1825-1855) había accedido al trono a la muerte de su hermano, pero tuvo que superar un levantamiento de carácter liberal (decembristas), desencadenado por oficiales que personalizaron en su hermano mayor, Constantino, la esperanza de reformas de corte constitucional. El movimiento, engendrado en las logias masónicas y los círculos militares, se saldó con cinco ahorcados y 27 condenados a trabajos forzados, y sirvió para acentuar la represión policiaca en los momentos iniciales del reinado. A partir de ese momento, Nicolás I demostró una obsesión por los peligros revolucionarios que no hizo sino acrecentarse en los años siguientes, y que convirtió a Rusia en un verdadero Estado-policía, especialmente después de la revolución de 1848.El nuevo zar, nacido en 1796, era un hombre de fuerte sentido práctico, inclinado a las reformas graduales y muy alejado del carácter visionario de su hermano Alejandro. Profundamente imbuido de la idea del origen divino del poder, manifestó una fuerte preocupación por la política exterior y por el mantenimiento del estatus de su dinastía. En el plano de la política interior procuró una completa identificación con la Iglesia ortodoxa, para fortalecer los sentimientos nacionales y su sistema autocrático. Su formación militar le llevó a rodearse de consejeros militares (Kiselev, Kankrin, Kleinmikhel, Protasov) en los que buscó más la eficiencia que las grandes innovaciones. La mayoría de ellos habían servido ya a las órdenes de Alejandro I.Estos objetivos, que respondían a la doctrina política que se denominó nacionalidad oficial, fueron fijados en una fórmula acuñada por el que fue ministro de Instrucción Pública durante muchos años, conde Sergei Uvarov: "Ortodoxia, autocracia, nacionalidad". Con ello pretendían subrayar una imagen de Rusia como pueblo elegido de Dios, que alcanzaría mejor sus fines cuanto más respetada fuera la autoridad del zar. Nacionalidad, en este contexto, equivalía a una profunda rusificación en todos los aspectos de la vida rusa. En su conjunto, todas estas directrices parecían responder a la voluntad de contrarrestar muchos de los cambios que estaban produciéndose por entonces en Europa.El zar trató, desde los comienzos de su reinado, de dar consistencia a su tarea de gobierno, tratando de institucionalizar el consejo de ministros y de regularizar sus reuniones. Nicolás, que quería tener un estrecho control de todos los asuntos de gobierno, gustaba de hacer visitas de inspección por diversos lugares del Imperio y, dada la ineficacia de las vías oficiales de gobierno, se inmiscuyó frecuentemente en lo que eran competencias de sus ministros.Por otra parte, esta política exigió también un fuerte control policiaco y, en ese sentido, se hizo famosa la actuación de la Tercera Sección de la Cancillería Imperial, dirigida desde 1827 por el general Beneckendorff, que llegó a tener un gran poder. Entre otras medidas de control policiaco se prohibió la circulación de publicaciones extranjeras y se fijaron límites para las estancias fuera de Rusia, que no podían superar los cinco años, para el caso de los nobles, y tres años en el caso de los plebeyos.Una reforma muy significativa se produjo en el plano de la unificación legislativa, con la publicación por Speranski, que había sido ya un gran ministro reformista con Alejandro I, de una Colección completa de Leyes del Imperio Ruso, entre 1830 y 1833. En ella recopilaba legislación desde el siglo XVII y permitía superar el Código de 1649. La publicación mejoró el sistema judicial y se completaría, en 1845, con la promulgación de un nuevo Código Penal.También fueron importantes los cambios en la Administración Pública, que triplicó el número de sus efectivos, a la vez que se avanzaba en el camino de la profesionalización de los funcionarios. La preparación de los mismos mejoró notablemente (a partir de ciertos niveles fue necesaria la posesión de un título académico y los puestos se proveían mediante concurso), pero los intentos de controlarlos resultaron baldíos (Gogol los caricaturizaría en El inspector) y, desde luego, la mejora apenas se notaría en el ámbito de la administración local, en donde los funcionarios apenas tenían educación elemental y los bajos salarios les dejaban muy expuestos a la corrupción y a los sobornos.También fueron notables las innovaciones de carácter tecnológico y económico, a las que era muy proclive el propio zar. No es extraño, por eso, que el primer tendido ferroviario, realizado en 1837, enlazase San Petersburgo con el palacio imperial de Tsarskoe-Selo. En 1851 se completó la línea entre San Petersburgo y Moscú y, a finales del reinado, se habían establecido 1.500 kilómetros de líneas, en las que los intereses estratégicos predominaron muchas veces sobre los estrictamente económicos.Fue una época en la que se empezaron a apreciar indicios de crecimiento económico aunque, en términos comparativos, Rusia acentuase paulatinamente su retraso con respecto a otros países del continente europeo. A lo largo del reinado de Nicolás I (1825-1855) Rusia casi triplicó el número de sus fábricas y de los que trabajaban en ellas, a la vez que incrementó en una proporción parecida el volumen de sus exportaciones de cereales, que constituían el principal capítulo de su balanza comercial. También duplicó el volumen de su producción de hierro fundido en los Urales, pero la productividad de estas empresas quedaba muy lejos de la de sus competidores ingleses o belgas.En realidad todas esas innovaciones resultaban inconsistentes en una nación que estaba necesitada de una profunda reforma social. La nobleza, con una estricta jerarquización de sus rangos, controlaba los principales puestos civiles y militares. Catalina II había fijado sus derechos, por la Carta de la Nobleza de 1785, y Nicolás acentuó esa situación predominante con medidas de descalificación de los menos ricos (en tierras y en siervos), así como con medidas encaminadas a impedir la infiltración de las clases burguesas. La nobleza pudo así reservarse los puestos clave del Ejército y de la Administración.En cualquier caso, el verdadero problema estaba en la persistencia de la servidumbre, que afectaba a más del 90 por 100 del campesinado. Nicolás I creó comités secretos para el estudio de las formas de abolición, pero los resultados fueron escasos. El reconocimiento de la superioridad del trabajo libre sobre el servil, y la posibilidad de liberar a los siervos que trabajaban en las nuevas fábricas fueron algunos de esos logros. El mundo rural ruso sufría graves tensiones y, aunque fuera imposible un movimiento coordinado, las revueltas populares (sabotajes, saqueos, incendios, etc.) se multiplicaban con el paso de los años.
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Las décadas iniciales del siglo XVII fueron para la gran Rusia, que se había ido formando a partir del principado moscovita, una época de inestabilidad en todos los sentidos, al pasar por una muy preocupante crisis ampliamente generalizada que se mostró bien patente. Tras la desaparición de la fuerte y violenta personalidad de Iván IV, en 1584, el Estado ruso empezó a deslizarse hacia el descontrol y el desgobierno. Uno de sus hijos, Dimitri, murió en extrañas circunstancias cuando todavía no había podido acceder al trono, tal vez víctima de un asesinato político; otro hijo, Teodoro, aunque asumió el poder no pudo ejercerlo dada su incapacidad mental. Estos factores permitieron a Boris Godunov, cuñado de Iván IV y posible inspirador de la muerte de Dimitri, ocupar la regencia y convertirse en el hombre fuerte del momento, situación que se confirmaría en 1598 al ser proclamado zar, posición de la que no pudo disfrutar apenas, ya que fallecía unos pocos años después, en 1605. A partir de entonces el caos se apoderó de Rusia. Los problemas venían planteados desde hacía tiempo, pero fueron en estos ocho años aproximadamente, hasta 1613, cuando salieron conjuntamente a la luz, manifestándose en una serie de conflictos y enfrentamientos internos que paralizaron la vida y las actividades de la población rusa, inmersa en una profunda anarquía y desorientación. Como suele suceder cuando la debilidad de un Estado es palpable, los enemigos exteriores no tardaron en sacar buen provecho de ello, lanzándose sobre el suelo ruso en busca de nuevos dominios, caso de los suecos, e incluso pretendiendo ocupar directamente el poder, como fue la intención del rey polaco Segismundo queriendo convertir a su hijo Ladislao en zar, o de este mismo cuando ya tenía la Corona polaca; por su parte, los cosacos tampoco desaprovecharon la ocasión para alcanzar un mejor control sobre sus territorios. Un Estado en quiebra por las disputas dinásticas y por las luchas entre los grupos dominantes para hacerse con el poder; un gobierno inexistente; una sociedad dividida, sin proyecto común, con profundos desequilibrios sociales especialmente llamativos por la desesperada situación de las masas humildes, con un campesinado mísero y padeciendo una explotadora servidumbre; un ejército inoperante, incapaz de hacer frente a los peligros exteriores... Éstos fueron algunos de los principales factores que motivaron la "época de las turbulencias", etapa en la que Rusia padeció una de las crisis más profunda de su historia. Con la elección en 1613, por parte de la Asamblea de notables, de Miguel III como zar iniciaba su andadura una nueva dinastía, la de los Romanov, cuyo primer objetivo tuvo que ser el de recuperar la normalidad política y social, fortaleciendo la autoridad del poder central, controlando las protestas sociales y aumentando la capacidad de actuación de las fuerzas de seguridad y militares para así recuperar el dominio sobre la población y quitarse de encima la presión exterior de sus rivales vecinos. La tarea iba a ser ardua y prolongada teniendo en cuenta el deterioro del que se partía, por lo que habría de pasar algún tiempo para que se pudieran alcanzar algunos frutos. Inicialmente, el principal responsable de esta política autoritaria no fue el propio zar, sino su padre, el monje Fedor, más conocido como Filaretes, que desde su puesto de patriarca de Moscú desplegó una intensa actividad encaminada a afianzar, en la medida de lo posible, el poder gubernativo, necesitando para esto contentar a los privilegiados, con el fin de que no mostrasen una fuerte oposición, y mantener la sumisión de los desposeídos. De ahí que mostrara un fuerte conservadurismo sin que en ningún momento se planteara modificar la rígida estructuración social que tantas dificultades había creado, y seguiría creando, al aparato de poder dominante, concretadas en las importantes revueltas y rebeliones que se dieron por aquellos tiempos y que se darían en los venideros. La reforma de la administración estatal, la mejor organización de la hacienda pública, la vigilancia de los poderes provinciales y la formación de un ejército potente, fueron otras tantas de las tareas emprendidas por Filaretes, que no olvidó la potenciación jerárquica de la iglesia ortodoxa y el aumento de su influencia en relación con el Estado. Especial interés tuvo en el fortalecimiento militar, aumentando para ello los componentes de la eficaz guardia del zar que había sido creada por Iván IV, el denominado cuerpo de los "streltsi", al que añadió abundantes tropas mercenarias de orígenes y nacionalidades diversos. Quedaba así constituido el instrumento de acción básico para controlar los disturbios interiores y para relanzar una renovada política exterior, primero cauta y defensiva, luego más ambiciosa y ofensiva, misión que cumpliría de manera satisfactoria. La difícil labor de reconstrucción y afianzamiento del Estado ruso, iniciada durante el reinado del primer Romanov, prosiguió, incrementándose, con el mandato del nuevo zar Alexis (1645-1676), hijo del anterior. Soberano bien dotado, culto e inteligente, llevó a cabo una serie de reformas encaminadas a imponer el absolutismo y a robustecer el poder central, utilizando para tal fin la supremacía de su autoridad sobre la asamblea representativa del Reino, el "Zemski Sobor", que sería convocada en pocas ocasiones; su decidido apoyo a los ministerios superiores como órganos gubernativos centralizadores, y la fijación de la rígida estructura estamental de la sociedad, favoreciendo el dominio de los privilegiados y manteniendo, incluso agudizando, la servidumbre del campesinado. La protesta popular fue en aumento como respuesta a la lamentable situación que padecían las clases humildes, a la opresión que sufrían por parte de los nobles y a la funesta actuación de los funcionarios estatales, malestar que estalló en varias ocasiones y que cobró una importante dimensión subversiva en el levantamiento de los cosacos del Don encabezada por Stenka Razin, que tras extenderse por una buena parte del territorio ruso pudo ser finalmente reprimida, siendo su líder detenido y ejecutado en 1671. Una vez contenido a duras penas el expansionismo sueco sobre las tierras rusas, las relaciones con Polonia, el otro país vecino que podía ser una amenaza para Rusia, cambiaron de signo, pues de los intentos de Ladislao de proclamarse zar se pasó a una fase de intervención rusa en Ucrania y Lituania, que posibilitaría destacados logros territoriales a expensas de la ya muy debilitada Polonia. Paralelamente a esta proyección exterior hacia el Oeste, se produjo de forma paulatina el avance hacia el Este, con la ocupación y colonización inicial de Siberia, inmenso territorio que iba quedando poco a poco bajo la dominación rusa.