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Siglo XVII: grandes

Desarrollo


Las décadas iniciales del siglo XVII fueron para la gran Rusia, que se había ido formando a partir del principado moscovita, una época de inestabilidad en todos los sentidos, al pasar por una muy preocupante crisis ampliamente generalizada que se mostró bien patente. Tras la desaparición de la fuerte y violenta personalidad de Iván IV, en 1584, el Estado ruso empezó a deslizarse hacia el descontrol y el desgobierno. Uno de sus hijos, Dimitri, murió en extrañas circunstancias cuando todavía no había podido acceder al trono, tal vez víctima de un asesinato político; otro hijo, Teodoro, aunque asumió el poder no pudo ejercerlo dada su incapacidad mental. Estos factores permitieron a Boris Godunov, cuñado de Iván IV y posible inspirador de la muerte de Dimitri, ocupar la regencia y convertirse en el hombre fuerte del momento, situación que se confirmaría en 1598 al ser proclamado zar, posición de la que no pudo disfrutar apenas, ya que fallecía unos pocos años después, en 1605. A partir de entonces el caos se apoderó de Rusia. Los problemas venían planteados desde hacía tiempo, pero fueron en estos ocho años aproximadamente, hasta 1613, cuando salieron conjuntamente a la luz, manifestándose en una serie de conflictos y enfrentamientos internos que paralizaron la vida y las actividades de la población rusa, inmersa en una profunda anarquía y desorientación. Como suele suceder cuando la debilidad de un Estado es palpable, los enemigos exteriores no tardaron en sacar buen provecho de ello, lanzándose sobre el suelo ruso en busca de nuevos dominios, caso de los suecos, e incluso pretendiendo ocupar directamente el poder, como fue la intención del rey polaco Segismundo queriendo convertir a su hijo Ladislao en zar, o de este mismo cuando ya tenía la Corona polaca; por su parte, los cosacos tampoco desaprovecharon la ocasión para alcanzar un mejor control sobre sus territorios.

Un Estado en quiebra por las disputas dinásticas y por las luchas entre los grupos dominantes para hacerse con el poder; un gobierno inexistente; una sociedad dividida, sin proyecto común, con profundos desequilibrios sociales especialmente llamativos por la desesperada situación de las masas humildes, con un campesinado mísero y padeciendo una explotadora servidumbre; un ejército inoperante, incapaz de hacer frente a los peligros exteriores... Éstos fueron algunos de los principales factores que motivaron la "época de las turbulencias", etapa en la que Rusia padeció una de las crisis más profunda de su historia. Con la elección en 1613, por parte de la Asamblea de notables, de Miguel III como zar iniciaba su andadura una nueva dinastía, la de los Romanov, cuyo primer objetivo tuvo que ser el de recuperar la normalidad política y social, fortaleciendo la autoridad del poder central, controlando las protestas sociales y aumentando la capacidad de actuación de las fuerzas de seguridad y militares para así recuperar el dominio sobre la población y quitarse de encima la presión exterior de sus rivales vecinos. La tarea iba a ser ardua y prolongada teniendo en cuenta el deterioro del que se partía, por lo que habría de pasar algún tiempo para que se pudieran alcanzar algunos frutos. Inicialmente, el principal responsable de esta política autoritaria no fue el propio zar, sino su padre, el monje Fedor, más conocido como Filaretes, que desde su puesto de patriarca de Moscú desplegó una intensa actividad encaminada a afianzar, en la medida de lo posible, el poder gubernativo, necesitando para esto contentar a los privilegiados, con el fin de que no mostrasen una fuerte oposición, y mantener la sumisión de los desposeídos.

De ahí que mostrara un fuerte conservadurismo sin que en ningún momento se planteara modificar la rígida estructuración social que tantas dificultades había creado, y seguiría creando, al aparato de poder dominante, concretadas en las importantes revueltas y rebeliones que se dieron por aquellos tiempos y que se darían en los venideros. La reforma de la administración estatal, la mejor organización de la hacienda pública, la vigilancia de los poderes provinciales y la formación de un ejército potente, fueron otras tantas de las tareas emprendidas por Filaretes, que no olvidó la potenciación jerárquica de la iglesia ortodoxa y el aumento de su influencia en relación con el Estado. Especial interés tuvo en el fortalecimiento militar, aumentando para ello los componentes de la eficaz guardia del zar que había sido creada por Iván IV, el denominado cuerpo de los "streltsi", al que añadió abundantes tropas mercenarias de orígenes y nacionalidades diversos. Quedaba así constituido el instrumento de acción básico para controlar los disturbios interiores y para relanzar una renovada política exterior, primero cauta y defensiva, luego más ambiciosa y ofensiva, misión que cumpliría de manera satisfactoria. La difícil labor de reconstrucción y afianzamiento del Estado ruso, iniciada durante el reinado del primer Romanov, prosiguió, incrementándose, con el mandato del nuevo zar Alexis (1645-1676), hijo del anterior. Soberano bien dotado, culto e inteligente, llevó a cabo una serie de reformas encaminadas a imponer el absolutismo y a robustecer el poder central, utilizando para tal fin la supremacía de su autoridad sobre la asamblea representativa del Reino, el "Zemski Sobor", que sería convocada en pocas ocasiones; su decidido apoyo a los ministerios superiores como órganos gubernativos centralizadores, y la fijación de la rígida estructura estamental de la sociedad, favoreciendo el dominio de los privilegiados y manteniendo, incluso agudizando, la servidumbre del campesinado.

La protesta popular fue en aumento como respuesta a la lamentable situación que padecían las clases humildes, a la opresión que sufrían por parte de los nobles y a la funesta actuación de los funcionarios estatales, malestar que estalló en varias ocasiones y que cobró una importante dimensión subversiva en el levantamiento de los cosacos del Don encabezada por Stenka Razin, que tras extenderse por una buena parte del territorio ruso pudo ser finalmente reprimida, siendo su líder detenido y ejecutado en 1671. Una vez contenido a duras penas el expansionismo sueco sobre las tierras rusas, las relaciones con Polonia, el otro país vecino que podía ser una amenaza para Rusia, cambiaron de signo, pues de los intentos de Ladislao de proclamarse zar se pasó a una fase de intervención rusa en Ucrania y Lituania, que posibilitaría destacados logros territoriales a expensas de la ya muy debilitada Polonia. Paralelamente a esta proyección exterior hacia el Oeste, se produjo de forma paulatina el avance hacia el Este, con la ocupación y colonización inicial de Siberia, inmenso territorio que iba quedando poco a poco bajo la dominación rusa.

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