Las décadas iniciales del siglo XVII fueron para la gran Rusia, que se había ido formando a partir del principado moscovita, una época de inestabilidad en todos los sentidos, al pasar por una muy preocupante crisis ampliamente generalizada que se mostró bien patente. Tras la desaparición de la fuerte y violenta personalidad de Iván IV, en 1584, el Estado ruso empezó a deslizarse hacia el descontrol y el desgobierno. Uno de sus hijos, Dimitri, murió en extrañas circunstancias cuando todavía no había podido acceder al trono, tal vez víctima de un asesinato político; otro hijo, Teodoro, aunque asumió el poder no pudo ejercerlo dada su incapacidad mental. Estos factores permitieron a Boris Godunov, cuñado de Iván IV y posible inspirador de la muerte de Dimitri, ocupar la regencia y convertirse en el hombre fuerte del momento, situación que se confirmaría en 1598 al ser proclamado zar, posición de la que no pudo disfrutar apenas, ya que fallecía unos pocos años después, en 1605. A partir de entonces el caos se apoderó de Rusia. Los problemas venían planteados desde hacía tiempo, pero fueron en estos ocho años aproximadamente, hasta 1613, cuando salieron conjuntamente a la luz, manifestándose en una serie de conflictos y enfrentamientos internos que paralizaron la vida y las actividades de la población rusa, inmersa en una profunda anarquía y desorientación. Como suele suceder cuando la debilidad de un Estado es palpable, los enemigos exteriores no tardaron en sacar buen provecho de ello, lanzándose sobre el suelo ruso en busca de nuevos dominios, caso de los suecos, e incluso pretendiendo ocupar directamente el poder, como fue la intención del rey polaco Segismundo queriendo convertir a su hijo Ladislao en zar, o de este mismo cuando ya tenía la Corona polaca; por su parte, los cosacos tampoco desaprovecharon la ocasión para alcanzar un mejor control sobre sus territorios. Un Estado en quiebra por las disputas dinásticas y por las luchas entre los grupos dominantes para hacerse con el poder; un gobierno inexistente; una sociedad dividida, sin proyecto común, con profundos desequilibrios sociales especialmente llamativos por la desesperada situación de las masas humildes, con un campesinado mísero y padeciendo una explotadora servidumbre; un ejército inoperante, incapaz de hacer frente a los peligros exteriores... Éstos fueron algunos de los principales factores que motivaron la "época de las turbulencias", etapa en la que Rusia padeció una de las crisis más profunda de su historia. Con la elección en 1613, por parte de la Asamblea de notables, de Miguel III como zar iniciaba su andadura una nueva dinastía, la de los Romanov, cuyo primer objetivo tuvo que ser el de recuperar la normalidad política y social, fortaleciendo la autoridad del poder central, controlando las protestas sociales y aumentando la capacidad de actuación de las fuerzas de seguridad y militares para así recuperar el dominio sobre la población y quitarse de encima la presión exterior de sus rivales vecinos. La tarea iba a ser ardua y prolongada teniendo en cuenta el deterioro del que se partía, por lo que habría de pasar algún tiempo para que se pudieran alcanzar algunos frutos. Inicialmente, el principal responsable de esta política autoritaria no fue el propio zar, sino su padre, el monje Fedor, más conocido como Filaretes, que desde su puesto de patriarca de Moscú desplegó una intensa actividad encaminada a afianzar, en la medida de lo posible, el poder gubernativo, necesitando para esto contentar a los privilegiados, con el fin de que no mostrasen una fuerte oposición, y mantener la sumisión de los desposeídos. De ahí que mostrara un fuerte conservadurismo sin que en ningún momento se planteara modificar la rígida estructuración social que tantas dificultades había creado, y seguiría creando, al aparato de poder dominante, concretadas en las importantes revueltas y rebeliones que se dieron por aquellos tiempos y que se darían en los venideros. La reforma de la administración estatal, la mejor organización de la hacienda pública, la vigilancia de los poderes provinciales y la formación de un ejército potente, fueron otras tantas de las tareas emprendidas por Filaretes, que no olvidó la potenciación jerárquica de la iglesia ortodoxa y el aumento de su influencia en relación con el Estado. Especial interés tuvo en el fortalecimiento militar, aumentando para ello los componentes de la eficaz guardia del zar que había sido creada por Iván IV, el denominado cuerpo de los "streltsi", al que añadió abundantes tropas mercenarias de orígenes y nacionalidades diversos. Quedaba así constituido el instrumento de acción básico para controlar los disturbios interiores y para relanzar una renovada política exterior, primero cauta y defensiva, luego más ambiciosa y ofensiva, misión que cumpliría de manera satisfactoria. La difícil labor de reconstrucción y afianzamiento del Estado ruso, iniciada durante el reinado del primer Romanov, prosiguió, incrementándose, con el mandato del nuevo zar Alexis (1645-1676), hijo del anterior. Soberano bien dotado, culto e inteligente, llevó a cabo una serie de reformas encaminadas a imponer el absolutismo y a robustecer el poder central, utilizando para tal fin la supremacía de su autoridad sobre la asamblea representativa del Reino, el "Zemski Sobor", que sería convocada en pocas ocasiones; su decidido apoyo a los ministerios superiores como órganos gubernativos centralizadores, y la fijación de la rígida estructura estamental de la sociedad, favoreciendo el dominio de los privilegiados y manteniendo, incluso agudizando, la servidumbre del campesinado. La protesta popular fue en aumento como respuesta a la lamentable situación que padecían las clases humildes, a la opresión que sufrían por parte de los nobles y a la funesta actuación de los funcionarios estatales, malestar que estalló en varias ocasiones y que cobró una importante dimensión subversiva en el levantamiento de los cosacos del Don encabezada por Stenka Razin, que tras extenderse por una buena parte del territorio ruso pudo ser finalmente reprimida, siendo su líder detenido y ejecutado en 1671. Una vez contenido a duras penas el expansionismo sueco sobre las tierras rusas, las relaciones con Polonia, el otro país vecino que podía ser una amenaza para Rusia, cambiaron de signo, pues de los intentos de Ladislao de proclamarse zar se pasó a una fase de intervención rusa en Ucrania y Lituania, que posibilitaría destacados logros territoriales a expensas de la ya muy debilitada Polonia. Paralelamente a esta proyección exterior hacia el Oeste, se produjo de forma paulatina el avance hacia el Este, con la ocupación y colonización inicial de Siberia, inmenso territorio que iba quedando poco a poco bajo la dominación rusa.
Busqueda de contenidos
contexto
El gran espacio ruso, poblado por diferentes tribus de eslavos orientales, aparece sin límites muy precisos. A finales del siglo X, por el norte, alcanzaba el Báltico a través del golfo de Finlandia y los lagos Ladoga y Onega; por el oeste, llegaba desde el Dvina y Niemen hasta las cuencas del alto Dniéster y Bug; por el sector oriental, abarcaba las vías del alto Volga y Oka y finalmente, al sur, controlando el Dnieper hasta los rápidos, se abría hacia la estepa. Esta última zona fue ocupada de forma consecutiva por pueblos nómadas. Fue este uno de los múltiples condicionantes de su historia, ya que dichos pueblos cerraron el paso de los eslavos orientales al mar Negro y éstos no pudieron nunca habitar en zonas con cierto protagonismo en la antigüedad clásica. Por otra parte, la falta de delimitación clara fue también otro serio inconveniente para su consolidación histórica. Sin embargo, como contrapartida a estos obstáculos, en el siglo XI Rusia se había convertido en una de las áreas mercantiles más activas de Europa, a través de una gran ruta que unía el golfo de Finlandia con el mar Negro. Dicha ruta fue el eje que ensambló, mediante una extensa red de caminos, el marco rural y los núcleos urbanos, entre los que sobresalían Nóvgorod al norte y Kíev al sur. Desde muy pronto, Kíev se convirtió en un importante centro rector bajo los auspicios de los Rurikovich, de indudable origen escandinavo. Esta dinastía administraba una vaga federación de Estados orientales y ejercía el comercio, al tiempo que se mezclaba paulatinamente con la población autóctona y realizaba una profunda obra unificadora entre las diferentes tribus, manteniendo su hegemonía en los ámbitos político-militar y económico. El comercio fue la principal ocupación de la minoría rectora, integrada fundamentalmente por varegos suecos, que consiguieron una serie de privilegios para traficar con Bizancio. Kíev proporcionaba a Constantinopla esclavos, madera, cera, miel y otras material primas, obteniendo a cambio metales preciosos y productos de lujo, necesarios en las cortes de los grandes príncipes y de la aristocracia. Las estrechas relaciones comerciales serian el preludio de los intensos contactos religiosos y culturales con el Imperio oriental. Por tanto, el Primer Estado Ruso o La Rusia de Kíev es el resultado de la conjunción de influencias normandas y bizantinas sobre una base eslava. Las actuaciones de los primeros se observan en el comercio y la vida urbana; las de los bizantinos, en lo cultural a través de lo religioso. El cristianismo, al igual que en el resto de los países eslavos, fue un elemento esencial para la incorporación de Rusia al conjunto de los Estados europeos, pero su vinculación con Bizancio la apartó poco a poco de la Europa occidental.
contexto
El zar Pedro I, uno de los hijos menores del zar Alexis, nada más asumir el poder puso de manifiesto los objetivos que marcarían las líneas directrices de su reinado: hacer de Rusia una gran potencia e insertarla plenamente en el sistema europeo de naciones. Para hacer realidad sus objetivos era preciso disponer de un aparato institucional desarrollado, centralizado y eficiente y de un ejército poderoso, bien pertrechado, al estilo occidental, que respaldara una política exterior agresiva. El resultado sería la creación de una monarquía burocrático-militar que haría, efectivamente, de Rusia una gran potencia. Ello haría necesario acometer un plan urgente y profundo de reformas que produciría importantes transformaciones en la estructura social y económica. A pesar de haberse reservado el derecho a nombrar su sucesor, Pedro I no tuvo tiempo de elegirlo ni tampoco de establecer un sistema sucesorio determinado, lo que genera un largo período histórico caracterizado por las conspiraciones palaciegas y la ausencia de personalidades relevantes, a excepción de la zarina Isabel, que terminan siendo meros instrumentos de dominación de la nobleza, que recupera y amplia sus tradicionales privilegios en detrimento de la Monarquía absoluta y centralizada. Con respecto al tercer gran monarca del la época, Catalina la Grande, se pueden señalar tres períodos en su política interior: la primera (1762-1773) caracterizada por el impulso a la economía bajo postulados mercantilistas y colonizadores. Es también la época en que la Ilustración y el pensamiento enciclopedista alcanzó una gran difusión, apareciendo intelectuales y pensadores que apoyarían el progreso y las innovaciones y la propia Catalina se convierte en protectora de las Luces. Tras la rebelión de Putgachov se abre una segunda etapa (1774-1789) donde se establece una nueva planta del Estado en sentido centralista y autocrático. Una última (1789-1796) mediatizada por el impacto de la Revolución Francesa y el temor a las ideas ilustradas que la habían generado.
contexto
El rodillo soviético Adolf Hitler y su Estado Mayor nunca pudieron creer, ni siquiera cuando tenían al Ejército Rojo en los arrabales de Berlín, en la capacidad de reacción del ejército soviético, esto es: sus posibilidades de reclutamiento, de creación de mandos, de fabricación de inmensas cantidades de armas, muchas de ellas de excelente calidad. Esa incredulidad ante la evidencia fue uno de los numerosos factores que determinó la derrota alemana en la URSS. Esa capacidad de recuperación se debió a la ayuda proporcionada por los aliados, a veces en condiciones dificilísimas, y a la capacidad del pueblo soviético. A su reclutamiento; que hizo crecer a la infantería de 4,7 millones de hombres en junio de 1941 a 5,1 millones en junio de 1943... ¡después de haber perdido casi cuatro millones de soldados! Todas las armas aumentaron su poder de forma increíble, la artillería en la primavera de 1943 contaba con casi 20.000 cañones de campaña, que equipaban 29 divisiones de artillería, autentica pesadilla para los ejércitos alemanes, que nunca ya podrían contrarrestar sus enormes concentraciones de fuego. También habían aumentado su número de carros de combate: las unidades de primera línea contaban con 7.100, lo que era exactamente 1.900 más que el año anterior. Y también habían mejorado su poderio; el esqueleto de las unidades blindadas soviéticas era el formidable T- 34/85. Este carro, ya sumamente prestigioso por su chasis y blindaje, se convirtió en el pánico de los tanques alemanes cuando incorporó a su torreta el cañón de 85 mm/51,5 calibres, que lanzaba un proyectil de 9,2 kilos a la velocidad de 795 metros por segundo. No había coraza capaz de resistir su impacto a distancia de combate. Aunque parezca un arma anacrónica a estas alturas del siglo, la caballería aún jugó un papel importante en los frentes del Este. Cuando el barro de primavera paralizaba los carros, la caballería se convertía en el arma de rápida intervención, muy apta para apoyar las rupturas de los ejércitos acorazados. Su incremento entre el comienzo de la guerra y mediados de 1943 fue, también, notable: de 30 a 41 divisiones. Pero es en el capítulo aéreo donde la evolución soviética fue más ostensible. Los viejos modelos habían ya desaparecido del cielo. La URSS lanzaba al combate aparatos plenamente competitivos con los alemanes, como los de la serie MIG, Lavochkin, los Yakolev y los Ilyushin, que pusieron en el aire más de 50.000 unidades, complicando la vida a los aviadores alemanes, a sus divisiones acorazadas y a sus nudos de comunicaciones. En 1942 la URSS fabricó 8.000 aparatos; un año más tarde eran 18.000 y en 1944 alcanzaba su techo de producción con 30.000, para descender en 1945 a 25.000. Otro campo de la actuación soviética que sorprendía continuamente a los alemanes fue la capacidad de sus ingenieros, que resolvían con rapidez e ingenio los miles de problemas que se planteaban en sus frentes. Estas fuerzas, perfectamente adiestradas, fueron mimadas por el alto mando soviético, y también muy reforzadas. En 1942 contaba Moscú con 17 divisiones de ingenieros; en febrero de 1943 ya eran 46 y 55 en el verano del mismo año. En conclusión, tras su ofensiva de noviembre de 1942 y su toma de Stalingrado, el Ejército Rojo no sólo había perdido medios y capacidad de combate, sino que los había incrementado y, con renovada moral atacó a los alemanes en el Cáucaso, en Kubán, en la curva del Don y en el Donetz, haciéndoles retroceder hasta el recodo de Dniéper en febrero de 1942. Contraofensiva de Manstein Con todo, los alemanes no estaban vencidos. Sus generales aún no habían tirado la toalla y quizás el más brillante del momento, Von Manstein, que tenía que emplear la mitad de su tiempo en pelearse con Hitler, conservaba plena lucidez sobre la situación y las oportunidades que les seguían brindando la inexperiencia de sus rivales y la inferior téc nia militar del ejército soviético. Así, aprovechando la precipitación de los generales de Stalin en cortarles una previsible retirada del bajo Donetz hacia el Dniéper Manstein contraatacó y tomó a contrapie a todos los ejércitos soviéticos de la zona, cercándoles, rechazándoles o aniquilándoles en una serie de ágiles movimientos que duraron 23 días. El 15 de marzo, con una interesante recuperación de terreno y formando el prometedor saliente de Kursk, daban los alemanes por terminada su desastrosa campaña de invierno, aunque su éxito final les permitía ciertas esperanzas. La guerra se paralizó en el Este con la llegada del deshielo. El 18 de marzo ya era impracticable el teatro de operaciones sur: el barro pegaba a la tierra a hombres y máquinas y los dos bandos se aprestaron durante el forzado descanso a rehacer sus filas. Liberación de Leningrando Pero al norte, Kursk y Leningrado, llegaba más tarde la primavera y el suelo duro permitía el movimiento de las tropas. Los soviéticos pusieron también en este amplio frente en graves apuros a los alemanes. Los ejércitos centro (von Kluge) y norte (von Küchler) cubrían un complejo frente lleno de curvas, ríos, pantanos, salientes, etc, de más de 1.400 kilómetros con 117 divisiones (de ellas 9 blindadas y 8 mecanizadas). Si tenemos en cuenta que una parte importante de esas fuerzas se ocupaba del asedio de Leningrado, en un frente muy activo, y que otra parte sustancial ocupaban los salientes de Demiansk y de Gjatzk (este último frente a Moscú, a poco más de 125 kilómetros en línea recta), tendremos que el resto de la línea alemana estaba muy pobremente guarnecida. Kluge había pedido reiteradamente a Hitler que se redujeran tales salientes, que no aportaban ventajas sustanciales y que, sin embargo, sometían a un continuo peligro a todo el frente. El Führer no quiso atender a razones, hasta que se produjo el desastre en su frente sur y hasta que, en enero de 1943, los ejércitos soviéticos del norte (Frentes de Volkov y de Leningrado, mariscal Voroshilov y Frente de Kalinin, mariscal Eremenko) entraron en fuerte actividad. Mientras el segundo destrozaba a la guarnición de Velikie-Luki (sólo 120 supervivientes de 7.000 hombres, el primero atacaba el saliente alemán del lago Ladoga, posición tenida como altamente expuesta, pero conservada porque cerraba el asedio de Leningrado y desde ella batía la artillería nazi la carretera de la vida, que permitía la supervivencia de la ciudad. El 12 de enero, desde Leningrado y desde el Volkov atacaron los soviéticos con unos 120.000 hombres, apoyados por no menos de 5.000 cañones, obuses y morteros y medio millar de carros; las fuerzas alemanas -entre las que se hallaban la División Azul- combatierón en proporción de 1 a 3 con gran pericia y valor, pero al cabo de una semana fueron derrotados y los dos ejércitos soviéticos enlazaron en Schlusselburg. El 18 de enero, la población de Leningrado, que había resistido 17 meses de tremendo asedio y privaciones apocalípticas, festejó en la calle la ruptura del cerco. El 6 de febrero llegaban a la martirizada ciudad los primeros trenes que la unían con el resto de la URSS. Leningrado aún seguiría sufriendo durante un año más la presión alemana, pero ya no volvió a ser cercada. La última ofensiva alemana Estos reveses lograron, finalmente, que Berlín permitiera los repliegues de los salientes de Demiansk y Gjatzk, que se efectuaron durante el mes de marzo con perfecto orden... Pero Hitler ya no pensaba en esos salientes, sino en otro situado más al sur: en el de Kursk. El 15 de abril de 1943 firmaba Adolf Hitler su orden de operaciones número 16: se trataba de poner en marcha el 3 de mayo la Operación Citadelle, maniobra de tenaza sobre el saliente de Kursk, ocupado a la sazón por casi un millón de soldados soviéticos. Este saliente, de unos 200 kilómetros de ancho por 150 de profundidad, se había producido como consecuencia de la ofensiva soviética de noviembre de 1942 y de los contrataques de Manstein en marzo. Hitler pensaba en Kursk como en una inmensa golosina: terreno apropiado para el juego de sus carros, para montar una tremenda pinza que aniquilase de un golpe a 9 ó 10 ejércitos soviéticos. Berlín recobraría la iniciativa en el Este y Moscú volvería a estar a su alcance. No eran tan optimistas sus generales, Guderian, Inspector General de las fuerzas acorazadas alemanas, se opuso, alegando que el golpe, en el mejor de los supuestos, también agotaría mucho a las propias fuerzas y no podrían reponerse rápidamente las pérdidas, por otro lado, las unidades acorazadas se precisarían pronto en el oeste, pues la derrota de Túnez ?ya bien evidente para entonces? presagiaba el desembarco aliado en el continente europeo. Finalmente Guderian explicaba que el nuevo y poderoso Panther, el carro del que tanto esperaba la Wehrmacht, tenia todavía las múltiples enfermedades infantiles de los materiales nuevos y que no habla ninguna probabilidad de superar estos defectos antes el comienzo de la ofensiva. También se opuso von Manstein. Compartía parte de los puntos de vista de Guderian y tenía un plan alternativo mucho más astuto; era preferible disponer una fuerte línea defensiva en el Dniéper y retirarse lentamente hacia ella cuando se produjera la previsible ofensiva soviética, sembrando el camino de trampas, obstáculos y emboscadas. Cuando la ofensiva sovíetica hubiera llegado a su apogeo, cuando sus ejércitos estuvieran dispersos, un tanto desordenados, cansados y gastados, una poderosa reserva que tendría de dos a tres meses para organizarse, caería sobre los ejércitos rojos, los cortaría entre el Dniéper y el Don y los coparía contra le mar de Azov .... Tampoco amaban Citadelle el general Model, que debía formar la pinza izquierda de la tenaza con su 9.° Ejército, ni von Mellentin, jefe del Estado Mayor del 48 cuerpo de ejército pánzer. Hitler en vez de reconsiderar Citadelle y adoptar alguna de las posibilidades que se le ofrecían hizo lo peor que podía ocurrírsele: confimar el plan y posponerlo en espera de disponer de mayores medios de combate. En definitivas cuentas, su única oportunidad ?la sorpresa? quedaba eliminada. Stalin y sus generales dispusieron del tiempo necesario para preparar el campo de batalla y el adecuado recibimiento a los alemanes. Efectivamente, Moscú pudo detectar pronto los preparativos enemigos frente a sus líneas, y, además, su espía Rossler tuvo en su: manos una copia de la orden de operaciones número 16 pocos días después de que Hitler la emitiera. Increíblemente, las informaciones de Rössler fueron tan precisas que, por ejemplo, en julio comunicaba a Moscú los efectivos alemanes (aliados incluidos, salvo Finlandia) en el frente del Este: 210 divisiones; el diario del Estado Mayor de la Wehrmacht del 7 de julio enumera 210 divisiones y 5 regimientos. ¡El espía comunista se equivocaba apenas en un uno por ciento! El fracaso de Citadelle El ataque sobre Kursk se planificó con el empleo del 9,° Ejército bajo las órdenes de Model, procedente del grupo de Ejército: Centro (von Kluge), que atacaría por el norte mientras el 4.° Ejército blindado, a las órdenes de Hoth, era cedido por el grupo de Ejércitos Sur (von Manstein). Las fuerzas de esas dos grandes agrupaciones blindadas, más la: que debían servirles de cobertura y para explorar el éxito sumaban 41 divisiones, 18 de ellas blindadas. Esta vez sus medios acoraza dos eran importantes: unos 1.800 carros (entre ellos 324 Panther) y no menos de 500 caño nes de asalto. El aire también sería alemán ?al menos así lo planificaba Berlín? con dos centenares de bombarderos en picado y medio millar de cazas para ahuyentar a lo: aviones soviéticos. Pero si poderosos eran los alemanes, más lo eran aún las fuerzas soviéticas dispuesta para frenarles. Los 540 kilómetros que el saliente tenía de perímetro estarían defendidos por 400.000 minas, dispuestas en campos que enfilaran hábilmente a las columnas blindadas atacantes hacia los emplazamientos de 6.000 cañones anticarro. Las fuerzas acorazadas de la URSS metieron allí 2.800 tanques, dispuestos en poderosas agrupaciones móviles o enterrados en formaciones defensivas. Y luego, la artillería: no menos de 8.000 cañones y obuses de campaña y unos 6.000 morteros de todos los calibres, y un millar de lanzacohetes. La infantería, excluyendo las reservas, sobrepasaba los 600.000 hombres. Tras las continuas demoras, Citadelle fue fijada finalmente para las 5,30 del 5 de julio. En esa madrugada, cuando los tanquistas alemanes daban el último repaso a sus máquinas y cuando los oficiales estudiaban una vez más los detalles de la operación, rompió el silencio nocturno un feroz fuego de más de un millar de cañones pesados. Durante veinte minutos cayó sobre las concentraciones alemanas una lluvia de metralla que obstaculizó los últimos preparativos, desmoralizó a muchos y fue para los jefes alemanes una premonición de lo que fatalmente ocurriría. El ataque de Model progresó con mayor lentitud de lo esperado. Tras vencer una resistencia formidable, el 7 de julio sus vanguardias llegaron al río Svapa a 20 kilómetros de su punto de partida, y de allí ya no pudieron pasar. Por el sur, aunque con comienzos más prometedores, la ofensiva también se embotó prematuramente: el 11 de julio, en la cabeza de puente del Psel, con un avance de 30 kilómetros. Ambas cuñas alemanas estaban a casi 150 kilómetros de distancia. La tenaza alemana apenas había mordido el acero soviético de Kursk. De poco serviría que los alemanes contabilizasen más de un millar de carros soviéticos destruidos o capturados, medio millar de cañones o 35.000 prisioneros... para lograr eso habían hecho un dispendio que no podían permitirse, tanto que el día 12 de julio, cuando aún los alemanes pensaban en avanzar, los mariscales Vatutin y Rokossovsky pasaban al contraataque. Así concluía la Operación Citadelle la mayor batalla de blindados de la historia, en la que los alemanes emplearon cerca de 2.500 máquinas y los soviéticos más de 4.000. Tácticamente podría hablarse de un pequeño éxito alemán, pero sin el factor sorpresa y sin grandes reservas para continuar la operación, fue estratégicamente un gran fracaso.
contexto
Precisamente es en el siglo XV cuando la pintura de iconos alcanza su madurez y brillantez artística en Rusia. Los maestros rusos habían imitado los modelos bizantinos pero, poco a poco, los modificaron; suprimieron los caracteres de austeridad y ascetismo -Teófanes- buscando formas más armoniosas. Ahora aparecen grandes maestros y se forman escuelas locales, Moscú, Novgorod, etc. El arte conserva su carácter religioso, pero vemos en él, de manera indirecta, el reflejo de los tormentos humanos de esta época. Este arte se acerca al hombre, expresa sus sentimientos, sus emociones, se aleja de la rutina, busca nuevas vías.En esta dirección hay que entender la creación del iconostasio -tabique revestido de iconos que aísla el santuario de la nave de la iglesia- que aparece por primera vez en 1405 en la catedral de la Anunciación del Kremlin de Moscú. El iconostasio está compuesto por varias hileras superpuestas de iconos donde figuran la Deesis, las Fiestas y los Profetas y responde a la necesidad de los fieles de ver a sus mediadores y santos, presentarse ante el trono del Todopoderoso, implorando misericordia para los mortales. El iconostasio, además de aumentar la demanda de la pintura de iconos, ayudaría a su desarrollo al considerar a cada icono como el eslabón de un conjunto complejo, contribuyendo, de este modo al perfeccionamiento de la composición. Destinados a ser vistos de lejos, los iconos tenían que destacar por la generalización de las formas. El grafismo de las siluetas sería uno de los rasgos distintivos de la pintura rusa: las figuras de la Deesis son siempre reconocibles por sus caracteres particulares, los Padres de la Iglesia se distinguen por sus casullas...Aunque los esfuerzos para unificar el país en torno a Moscú no dieron sus frutos hasta fines del siglo XV, su escuela había empezado a brillar un siglo antes -Virgen del Don- alcanzando la hegemonía con Andrei Rublev cuyo arte, marcado por un irresistible encanto, transmite a los fieles el sentimiento vivo de la presencia de la beatitud celeste -Alpatov-; Rublev alegra su imaginación, acaricia su mirada y despierta sentimientos humanos.En el icono de la Transfiguración, pintado en 1405 para la catedral de la Anunciación, en lugar de la violenta angustia y del extravío de los Apóstoles que se observa en una obra de Teófanes con el mismo tema, Rublev expresa alegría y fiesta, alcanzando los pensamientos y sentimientos de los hombres. Cristo, vestido de blanco, principal fuente de luz, se fija en un círculo, las siluetas inclinadas de los profetas se confunden con la parte superior del círculo y las tres figuras forman un rosetón.Los Apóstoles están separados de los profetas por unas colinas transparentes con espaciados arbustos. Rublev evita los contrastes brutales del claroscuro de Teófano; su icono, inundado por la luz, brilla con el más vivo esplendor. Las nítidas siluetas acentúan aún más su luminosidad. Estas particularidades, apreciables en el icono de la Transfiguración, se transformarán más tarde en las características fundamentales de la escuela de Moscú, que tiene en el maestro Dionisio a otro artista de genio; eso sí, a fines del siglo XV, cuando el Kremlin empieza a adquirir el perfil con el que lo conocemos hoy.Dionisio diseñó un arte majestuoso en consonancia con la opulencia y esplendor de la corte moscovita, hierático, sereno, sin olvidar el sentido de la nobleza y la pureza moral introducida por Rublev. Las figuras, arquitecturas y paisajes son armoniosos y a la vez elegantes, frágiles, casi inmateriales, los contornos son ligeros, apenas señalados, las tintas delicadas, transparentes, las luces doradas; todo ello ayuda a que el espectador alcance una más profunda contemplación, tal como ocurre en la Crucifixión del año 1500, pintada para el iconostasio de la catedral de la Trinidad del monasterio de San Pablo sobre el Obnora y hoy en la Galería Tretiakov de Moscú.Rublev, Dionisio y sus discípulos, entre los que se encontraban sus hijos Vladimir y Teodosio, gozaron de un reconocimiento general; después de ellos, los grandes éxitos de la pintura de iconos fueron olvidados, todo cambió.
contexto
Ahora el modelo a imitar no estará ya en Constantinopla ni en Grecia, sino en la península del monte Athos: se trata de la iglesia trilobulada, severa creación monástica que también se extenderá a Valaquia tras la introducción del cristianismo ortodoxo en 1374. La decoración mural ha desarrollado aquí un estilo íntimo, delicado, quizás afeminado, que parece querer expresar un esfuerzo consciente para escapar de los terrores de la época. Las composiciones son elegantes y decorativas, con abundantes fondos arquitectónicos; las figuras son alargadas y los rostros refinados, como el del arcángel Miguel de Resava -1407-1408-, fundación principal de Stefan Lazarevic y que todavía conserva su carácter de fortaleza. Si la influencia bizantina en Serbia ha de considerarse desigual, con mayor incidencia en el campo de la pintura, el brillo del arte constantinopolitano había de acompañar también el desarrollo artístico de otros países eslavos, que pasaron a tener un fondo religioso común. El hecho inicial es bien conocido: en el último tercio del siglo IX, Cirilo y Metodio, griegos originarios de Salónica, partieron a evangelizar Moravia y Bohemia y las conquistaron definitivamente para la ortodoxia. Cien años más tarde -989- Vladimiro el Grande, príncipe del potente estado de Kiev, movido tanto por razones de índole religiosa como política -le atraía la belleza de la liturgia bizantina pero también la subordinación de la Iglesia al Estado-, adoptó el cristianismo como religión oficial y fue autorizado a contraer matrimonio con la hermana de Basilio Il, el emperador recordado como el destructor del reino búlgaro. Kiev, asentada sobre una colina que dominaba el Dnieper, es el punto de partida del arte bizantino en la Europa oriental. Allí, Jaroslav el Sabio, hijo de Vladimiro, extendió la ciudad hasta seis veces su área original y en su centro construyó la catedral de Santa Sofía como sede del obispo metropolitano de Rusia. Tanto este edificio como otros que le seguirían -Laura del monasterio de las Grutas, Puerta Dorada, Santa Irene o San Jorge- no hicieron sino reproducir modelos de la capital del Imperio, incluso en sus denominaciones. Santa Sofía resultó ser un gran edificio, iniciado en 1037 e inspirado en la Nea de Basilio I, pero en lugar de las tres naves habituales tiene cinco, así como cinco ábsides en la parte oriental y trece cúpulas que simbolizan a Cristo y los doce Apóstoles. Las naves exteriores tenían encima una galería y a fines del siglo XI se añadió otro ambulatorio, más ancho que el primero, en los lados septentrional, meridional y occidental del edificio; también se incorporaron dos torres de escalera, dispuestas asimétricamente y que daban acceso a la galería. Fue construida con hiladas de ladrillos y piedras alternadas, recubiertas de un mortero rosa y que, con los ladrillos rojos, creaban un efecto polícromo. Sin embargo, la restauración barroca del siglo XVII alteró por completo la apariencia primitiva del recinto. El interior todavía muestra una suntuosa decoración de frescos y mosaicos. El programa iconográfico es coincidente con el que se venía aplicando en los monasterios bizantinos. Pero aquí se registra una novedad: debajo de la Madre de Dios, implorando la misericordia divina para los hombres, aparece una comunión de los Apóstoles y en la zona inferior, entre las ventanas, se ve a los Padres de la Iglesia. Este programa queda un poco atenuado por la serie de frescos que decoran las naves laterales y los deambulatorios con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento y vidas de santos. Eran útiles, sin embargo, porque ayudaban a comprender la ordenación de la jerarquía celeste que debía sostener, a su vez, a la autoridad de la jerarquía feudal terrestre (Alpatov). No en vano, las figuras del príncipe y de su familia formaban parte del decorado mural de la iglesia. El estilo de Santa Sofía, aunque carece de uniformidad, recuerda la factura de Hosios Lukas. No ocurre así con los del monasterio de San Miguel, pintados una generación más tarde. En la escena de la Santa Comunión, los Apóstoles no se mueven ya con el paso monótono de Santa Sofía. Se advierte vida en los gestos y en la posición de las cabezas, así como una mayor insistencia en las expresiones. Está presente la influencia directa de los artistas de Constantinopla, que trajeron a Kiev el arte de los Comnenos. Algunas descripciones antiguas testimonian la existencia de otros ejemplos en esta época. Tal es el caso de la iglesia de la Dormición del monasterio de las Grutas, obra también de maestros bizantinos y destruida en 1941. Si observamos otras iglesias construidas en Kiev durante el siglo XI, tales como la catedral del Salvador de Cernigov -hacia 1036-, Santa Sofía de Novgorod -1045-52- o el katholikon del monasterio de las Grutas -1016-, podemos deducir que los rusos tomaron de Bizancio, básicamente, una forma de iglesia, la planta de cruz griega inscrita que podía adoptar diversas variantes. En su versión más simple, tenía tres naves, cuatro pilares y una cúpula; fundiendo la nave con el nártex, podía obtenerse una planta más alargada con seis pilares; o bien el coro podía estar rodeado en tres de sus lados por un ambulatorio, produciendo así el efecto de una iglesia de cinco naves. Es interesante señalar que no se incorporó ni la planta triconque, que se puso de moda en el siglo X, ni el octógono sobre arcos apechinados, que se introdujo a comienzos del siglo XI. Y después del siglo XI, los rusos se contentaron con construir de forma tradicional, sentando las bases para el desarrollo de una arquitectura nacional. Muy distinto será el caso de la pintura: un maestro griego itinerante podía llevar las más recientes modas bizantinas de un lado a otro sin necesidad de una estructura organizada, como requería la arquitectura. Por eso, si los mosaicos de Santa Sofía de Kiev son el reflejo del estilo bizantino contemporáneo, también el trabajo de Teófanes el Griego en Novgorod y Moscú, refleja las preocupaciones del período de los Paleólogos en este campo. A lo largo del siglo XII, el principado de Kiev fue perdiendo importancia debido a la fragmentación de sus posesiones entre los miembros de la familia reinante y la creciente presión de los pueblos de la estepa. La preeminencia política pasó entonces a la Rusia nororiental, a la zona comprendida entre el Volga y el Oka, situada sobre una importante vía comercial y protegida de las incursiones de los nómadas de la estepa por extensos bosques. Además de Rostov, Suzdal, Vladimir o Moscú, serán los centros urbanos emergentes.