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En la gran etapa colonial de finales del siglo XIX, Inglaterra aumenta sus posesiones mediante el total dominio de la India (administrada desde 1777 por la Compañía de las Indias Orientales), que se aísla de otras colonias europeas con Estados tapones: protectorados de Cachemira (actualmente un Estado de la India), Beluchistán (actualmente parte de Pakistán), Afganistán y Birmania. Entre 1870 y 1890 se completa la ocupación de una extensa área que corresponde al subcontinente indostánico. La India, con sus casi 5.000.000 de km2 y 300.000.000 de habitantes, constituía un Imperio por sí misma. Desde mediados del siglo XIX, se sustituye la administración de la Compañía de Las Indias por la directa de la Metrópoli. Además de algodón, suministra a Gran Bretaña yute, trigo, aceite, té y minerales. De ella obtiene materias primas a bajo precio. El algodón de la India juega un papel creciente en la economía británica. Ya desde la segunda mitad del siglo XIX surgen revueltas nacionalistas, como la de los Cipayos en 1857, que tardó dos años en ser dominada. Será a partir de entonces cuando la Corona británica asuma la administración directa del territorio, mediante la creación de un Ministerio de la India en 1858. Desde ese momento la India pasa a ser una colonia de la corona británica, gobernada por un virrey. En el año 1876 la reina Victoria se proclamó emperatriz de la India y el país fue calificado como la "joya de la corona". Gran Bretaña marcó la vida y las actividades de sus ciudadanos en la India, siendo infrecuentes los matrimonios mixtos y manteniéndose hasta el final de la dominación la separación entre los gobernantes, extranjeros, y el pueblo indio. Bajo el mandato británico la producción cultural india, floreciente en épocas anteriores, decrece fundamentalmente, debido a la falta de mecenazgo y la puritana censura victoriana. Sin embargo, la investigación histórica y la filosófica recibieron un gran impulso, debido al trabajo de estudiosos que llevaron a cabo una importante labor de traducción y recopilación de textos. También es destacable el impulso arquitectónico, con obras como la estación Victoria, la Puerta de la India, el Museo Príncipe de Gales y el Tribunal Supremo de Bombay, junto con el Victoria Memorial Hall de Calcuta y, especialmente, la ciudad de Nueva Delhi (1911-1930).
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Cuando estalló la guerra, sólo algunos independentistas radicales como Subbas Chandra se alinearon junto al Eje. La mayoría de los políticos, aunque enfrentados a la dominación, se proclamaron antifascistas, mientras los príncipes apoyaban incondicionalmente a Inglaterra. Como en la Primera Guerra Mundial, la India podía ser proveedor de excepción y el conflicto un campo de buenos negocios. Pero mientras industriales y comerciantes atisbaban la ocasión, el Partido del Congreso carecía de una postura clara, dividido entre el deseo de no acosar a los ingleses en una situación apurada y la necesidad de obtener más concesiones políticas. En septiembre de 1939, el virrey declaró país beligerante a la India, sin consultar la opinión de los políticos autóctonos ni concederles una declaración de principios. Al mes siguiente, los militantes del Congreso que ocupaban cargos políticos renunciaron a ellos. El partido agrupaba fundamentalmente a los hindúes, aunque contaba con musulmanes. Por su aconfesionalidad, algunos grupos fanáticamente hinduistas como la Hindu Mahasadha y la Rashtriya Svayamsevak Sangh se oponían al Congreso y aspiraban a la independencia bajo un Gobierno hindú. Pero los musulmanes, cuarta parte de la población, habían fundado una Liga en 1906, dirigida ahora por Jinnah, un abogado escindido del Congreso, que creía en la colaboración con los ingleses como medio para obtener un Estado musulmán independiente y separado. Cuando los hombres del Congreso dimitieron, los musulmanes permanecieron en sus puestos y consolidaron su posición política. En 1940, para contrarrestar las tendencias separatistas de Jinnah, el Congreso eligió como presidente al musulmán Maulana Kalam Azad, mientras Gandhi propugnaba una nueva campaña de desobediencia civil antibritánica. En agosto, el Congreso hizo una propuesta formal: apoyarían a Inglaterra a cambio de la independencia. El virrey la rechazó y el 17 de octubre empezaron los problemas. Escogidos Satyagrahis, los hombres de la fuerza en el alma, iniciaron la desobediencia civil. Avisaban del día, lugar y la hora a las autoridades inglesas, y luego marchaban a una plaza, un mercado, una calle de la concurrida India, para hablar contra la guerra, por la independencia, por la paz. Aquel año, Nehru y otros 10.000 agentes del Partido del Congreso hablaron a la gente en la calle, entre los vendedores, los mendigos, las vacas, los santones, los curiosos. Y todos fueron a la cárcel. Les liberaron en diciembre de 1941, poco antes de Pearl Harbor. Y cuando los japoneses se extendieron como una marea, el Partido del Congreso se prestó a colaborar contra ellos, aunque Gandhi se opuso y quedó marginado. El avance japonés obligó a Londres a intentar un pacto duradero: ofreció a los indios una asamblea legislativa independiente y el estatuto de dominio al acabar la guerra. El Congreso rechazó la oferta. Cuando, en 1942, se temía que los japoneses pudieran invadir la India, el Congreso hizo las paces con Gandhi, que seguía empeñado en la marcha inmediata de los ingleses. Su teoría se impuso y el partido ofreció colaborar a cambio de la independencia. En respuesta, las autoridades detuvieron a Gandhi y los demás líderes. Las contradicciones de la India y la violencia latente habían sido contenidas por los métodos pacíficos del Congreso, y desaparecieron cuando los líderes políticos fueron detenidos. Llegó el terrorismo: atentados contra los cuarteles de policía, desórdenes, voladuras de puentes, asesinatos y bombas. Hasta que la policía y el Ejército pudieron contener la violencia con la violencia. Con el Congreso prohibido y sus líderes encarcelados, los musulmanes ganaron terreno. Jinnah se consolidó, gracias a su colaboración, y se hizo popular entre las masas. En 1942, los ingleses hicieron una concesión al aliado soviético y autorizaron el Partido Comunista, prohibido desde años atrás. Sirvió, en parte, para consolidar la Liga musulmana, porque los comunistas apoyaba las reivindicaciones de un Estado separado. En 1943, un olvidado personaje regresó la escena. Subbas Chandra Bose había escapado de la cárcel en 1941, llegado a Berlín y fundado la organización India libre con apoyo de los nazis. En 1943 se trasladó al Singapur ocupado por los japoneses y fundó un Gobierno provisional indio. Con prisioneros de guerra indios del sudeste asiático organizó un Ejército nacional indio y una campaña radiofónica con tan buena acogida de la población como irritación de los ingleses. Durante la campaña de Birmania, los nacionalistas pelearon junto a los japoneses, pero confraternizaron con los indios del Ejército británico, a pesar de lo cual fueron tratados como criminales de guerra. Bose murió oscuramente en 1945, pero su discutida actuación había sido un impacto más en la conciencia india, donde la guerra provocaba demasiados cambios. Las necesidades del frente habían fomentado la industria; una sola compañía, la Tata, tenía en Janshadpur una industria metalúrgica más importante que la de Sheffield, y los grandes fabricantes acordaron en el Bombay de 1944 un plan de reconversión de la industria de guerra para cuando llegara la paz. Era una burguesía ya demasiado poderosa para vivir tutelada. Pero la guerra y la industria no eran sinónimo de prosperidad; mientras crecía la aportación india a la guerra, las dificultades de transporte y abastecimientos aumentaron también. Los barcos se empleaban según la necesidad estratégica, los alimentos eran precisos para los ejércitos. La superpoblada y conflictiva Bengala sufrió en 1942-43 un hambre atroz incomparable a otras más antiguas. Cuando en diciembre de 1941 los aviones japoneses zumbaron en todos los rincones del Extremo Oriente, mataron una época con el fuego de sus bombas. La nueva ocupación trastocó el mundo colonial, donde el tiempo parecía marchar tan despacio. Sometidos a los comandantes militares japoneses, la policía política y la moneda de ocupación, los blancos que no estaban detenidos vivieron un mundo fantasmal, del que participaban las nostálgicas conspiraciones de los rusos blancos, el contrabando de champagne francés desde Indochina, la actividad de los misioneros acosados por la indiferencia, los partisanos y los japoneses. Los nuevos libertadores apenas pudieron ocupar el sitio de los viejos amos, lastrados por su orgullo, su dureza y las dificultades de una guerra imposible. No ya en la Gran Asia Oriental, sino en el mismo Japón faltaban el azúcar, la leche, el arroz, la harina, el aceite, el café, la leña. Hasta las cerillas estaban racionadas. No era posible comprar libremente en Tokio una hortaliza o una fruta, y más de ocho millones de personas huyeron al campo, aterradas por los bombardeos y el hambre, mientras los muchachos de dieciocho años eran movilizados. La pelea entre los viejos y los nuevos dioses liberó las fuerzas contenidas. Rosa de Tokio, una locutora de habla inglesa, radiaba procacidades a los soldados del Tío Sam. Pero no sólo ella había perdido el respeto a los blancos. Todas las viejas colonias se preparaban para vivir solas. Los chinos revolucionarios gestaban una sociedad nueva, apoyada en la reforma agraria y la nueva moral depurada en el Yenan. En la India, una burguesía vigorosa estaba lista para tomar el relevo de los ingleses. Toda el Asia colonial bullía, liberada de sus antiguos amos, segura de que los japoneses no eran bastante fuertes para durar. Sus promesas iniciales se agriaron con el curso de la guerra y la retirada nipona fue muchas veces una venganza manchada de sangre. Tras los derrotados militares del Sol Naciente regresaron los blancos. Pero les fue difícil mantener la vieja aureola. Los antiguos servidores bullían bajo sus pies. Y sus paraísos de dioses pacatos de clase media estaban llenos de marineros americanos que enseñaban el bougi-bougi a las prostitutas. Ya nada era igual en Asia. Jamás lo sería.
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<p><strong>Historia:&nbsp;</strong></p><p>La India antigua.&nbsp;</p><p>El Imperio gupta.&nbsp;</p><p>Descomposición del Imperio Gupta.&nbsp;</p><p>El "Medievo" Indio.&nbsp;</p><p>Fundación del Imperio Mogol.&nbsp;</p><p>Organización administrativa.&nbsp;</p><p>Apogeo del Imperio.</p><p>Esplendor y decadencia en el siglo XVII.&nbsp;</p><p>Declive mogol y ocupación inglesa.&nbsp;</p><p>La India colonial.&nbsp;</p><p>La independencia.&nbsp;</p><p><strong>Sociedad: Medios de subsistencia&nbsp;</strong></p><p>Clima y agricultura.&nbsp;</p><p>La alimentación.&nbsp;</p><p>Economía tradicional.&nbsp;</p><p>Economía del Estado mogol.&nbsp;</p><p>Reorganización fiscal de Akbar.&nbsp;</p><p>Productos.&nbsp;</p><p>Productos de lujo.&nbsp;</p><p>Producción a gran escala.&nbsp;</p><p>El comercio.&nbsp;</p><p>La caza entre los mogoles.&nbsp;</p><p><strong>Organización política&nbsp;</strong></p><p>El imperio maurya.&nbsp;</p><p>Organización del imperio mogol.&nbsp;</p><p>El emperador.&nbsp;</p><p>La administración.&nbsp;</p><p>La justicia.&nbsp;</p><p>El ejército.&nbsp;</p><p><strong>Estructura social&nbsp;</strong></p><p>Diversidad de etnias.&nbsp;</p><p>Población de la India.&nbsp;</p><p>Variedad lingüística.&nbsp;</p><p>Variedad religiosa.&nbsp;</p><p>Las castas.&nbsp;</p><p>La vida doméstica.&nbsp;</p><p>Las viviendas.&nbsp;</p><p>El vestido.&nbsp;</p><p>La muerte.&nbsp;</p><p>El sacrificio de viudas.&nbsp;</p><p>El Kamasutra.&nbsp;</p><p>Sociedad tradicional y cambio.&nbsp;</p><p><strong>Creencias y religión&nbsp;</strong></p><p>El budismo.&nbsp;</p><p>La imagen de Buda.&nbsp;</p><p>El jainismo.&nbsp;</p><p>El hinduismo.&nbsp;</p><p>La religión védica.&nbsp;</p><p>El panteón hinduista.&nbsp;</p><p>Los Vedas.&nbsp;</p><p>La sílaba sagrada om.&nbsp;</p><p>El tantra en el hinduismo.&nbsp;</p><p>Los gurus.&nbsp;</p><p>Los ríos sagrados.&nbsp;</p><p>La vaca sagrada.&nbsp;</p><p>La religión sikh.&nbsp;</p><p>El yoga.&nbsp;</p><p><strong>Arte y conocimientos&nbsp;</strong></p><p>El arte budista.&nbsp;</p><p>El arte jaina.&nbsp;</p><p>El arte hinduista.&nbsp;</p><p>El arte mogol.&nbsp;</p><p>El Ayurveda.&nbsp;</p><p>El sánscrito.&nbsp;</p><p>Sistema decimal y número cero.&nbsp;</p><p>El Mahabharata.&nbsp;</p><p>El Bhagavad Gita.&nbsp;</p><p>El Ramayana.</p>
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La sociedad de masas, el sujeto y el objetivo de los "mass media", aunque pueda admitirse que se inicia en los Estados Unidos a mediados del siglo XIX a partir de la prensa de gran circulación, se afirma a partir del desarrollo tecnológico que caracteriza la reconstrucción bélica y la sociedad de los años veinte e inicios de los treinta; y responde a ese conjunto de transformaciones y motivaciones psicosociales nuevas que han permitido hablar, según la expresión de J. K. Galbraith, de sociedad opulenta. Tras la Segunda Guerra Mundial, y ante la sorpresa de que es más fácil producir bienes que venderlos, los economistas constatan que la demanda de consumo de unos bienes no depende tanto de la capacidad de compra de los individuos como de su disposición a comprar. Muy pronto, además, la renta deja de ser el indicador de medición y predicción de los comportamientos consumistas y, por tanto, el factor decisivo para la organización del mercado. Son más bien las actitudes, optimistas o pesimistas, de consumo en un momento dado las que cuentan, por encima incluso de la disponibilidad salarial. "Fabrica -y es lema en el marketing anglosajón- lo que la gente desea comprar; no trates simplemente de vender lo que fabricas". Al desarrollo de la productividad colaboran, por tanto, las nuevas tecnologías industriales y el avance impetuoso de los medios de comunicación, puesto que, una vez superado el umbral de la supervivencia, se trata ahora de producir necesidades de masas, normalmente disfrazadas de sutilezas individuales, prestigio social, carrera por el "status", obsesión por el "standing". Y se genera y desarrolla así un nuevo estilo de vida, un hecho de civilización nuevo, que termina influyendo, o contaminando, hasta a los pueblos más atrasados. Antes que nada esta sociedad es masa consumidora de productos ajenos, que responden muchas veces a necesidades de dudosa utilidad y cada vez más exóticos. "La definición de ciudadano -comentará Galbraith- coincide de hecho con la de consumidor; y se habla en Occidente más de los derechos del consumidor que de los derechos del hombre".No ocurrió, pues, como temiera Ortega y Gasset, la rebelión de las masas; sino la nivelación de las masas, desde unos intereses y unos objetivos primordialmente consumistas, y, por imperativos de éxito comercial, básicamente económicos y políticos. Es la hora del bienestar al alcance de todos, que impone la industrialización del consumo, la producción en serie, el "prét-á porter", la homogeneización de la sociedad. El horizonte del consumidor es toda su vida; y el espacio del consumo es el escenario de lo cotidiano. La moda termina dando lugar, porque así se monta, a la carencia de espontaneidad. Todo aparece previsto, programado. Y lo cotidiano se resume -y así domina la propaganda más usual- en un coche potente y de diseño lo más dinámico posible -un deportivo, si se es joven y triunfador-, un viaje de vacaciones, el escaparate, la caja registradora, los hipermercados, "boutiques" y "drugstores"; en síntesis, comprar, adquirir los símbolos, mitos y ritos que conforman y rigen los comportamientos consumistas.Y como los gustos cambian, son rápidos o efímeros, la brevedad se convierte en el valor más cotizado para el desarrollo de esta sociedad del consumo, producto y reflejo de una sociedad postindustrial en la que la base y centro, el nuevo demiurgo del sistema productivo y de las pautas de comportamiento, es la información, el conocimiento codificado, la búsqueda del placer. En favor de esta brevedad, que impulsa una acelerada producción para el consumo tanto material como cultural, se precipita y se generaliza la propaganda y venta de productos de usar y tirar, manteles, platos, cubiertos, servilletas y pañuelos de papel, envases no retornables, mercancías, en fin, de una sola función. Todos llevan en sí, y todos potencian la muerte del producto, su obsolescencia. Y en el llamado campo cultural viene sucediendo lo mismo: novela corta, cuento breve, información en ráfagas, mensajes concretos y estrictos...; que apenas dé tiempo a pensar. Ya hay quien lo realiza por nosotros. La trascendencia pasa entonces al aparato publicitario; y desde el mismo se anuncia insistentemente la soberanía del consumidor, para el que previamente han sido modelados unos gustos a los que llama personales y distintivos.
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La actividad industrial atravesó a comienzos del período moderno por una fase de desarrollo, paralelo al crecimiento de los sectores agrícola y mercantil. La evolución de la industria se benefició de un conjunto de estímulos derivados, en gran parte, de las condiciones generales de la coyuntura. Pero, a su vez, se vio lastrada por dificultades de orden estructural y por inercias del pasado. Entre estas dificultades una de las principales consistía en la elasticidad de la demanda de productos manufacturados. Por término medio, la población contaba con escasos recursos y podía destinar sólo una pequeña parte de sus ingresos a gastos no estrictamente alimentarios. En los períodos de dificultades, que eran frecuentes, éstos consumían la totalidad del presupuesto familiar de muy amplias capas de la sociedad, que se veían así imposibilitadas para adquirir productos industriales. La pobreza de la población rural, por lo demás, obligaba a muchos campesinos a procurarse mediante su propio trabajo manual el vestido, el menaje doméstico y otros bienes necesarios para la vida, toscamente elaborados en el ámbito familiar. Se restaban así aún más posibilidades a la expansión de las actividades industriales. Con estas premisas, no resulta extraño que la industria se desenvolviera básicamente en el ámbito urbano, ligada muchas veces a la demanda de productos lujosos generada por las clases altas de la sociedad, y que, por el contrario, no hubiera lugar para una auténtica producción de masas. Relacionado con ello estaría la persistencia en la organización de las actividades industriales de una estructura gremial, basada en el trabajo artesanal y en el privilegio corporativo, heredada del período medieval. Ello no obstante, en los primeros tiempos modernos comenzaron a evolucionar formas nuevas de producción industrial que superaban los estrechos marcos de las corporaciones gremiales y que apuntaban ya al nacimiento de una verdadera industria capitalista. Finalmente, una importante rémora para el desarrollo industrial consistió en los endémicos problemas de distribución que generaba la insuficiencia e inadecuación de los sistemas de transporte terrestre, que encarecían los productos en los mercados finales e impedían en gran medida la articulación de redes de distribución que superasen los estrictos marcos locales. Pero, junto a este conjunto de dificultades, en la definición del modelo de evolución de la industria del siglo XVI operaron una serie de importantes estímulos. En primer lugar, es necesario tener en cuenta las condiciones generales de la coyuntura. A pesar de las circunstancias anteriormente descritas, la demanda creció en este siglo a impulsos del crecimiento poblacional y de la evolución positiva de la economía. El incremento de las tasas de urbanización, que constituye otra de las características definitorias del período, potenció también las posibilidades de desarrollo del sector manufacturero, así como la expansión comercial y el amplio desarrollo de las técnicas mercantiles y financieras. Otro importante factor, que aparece como novedad absoluta, fue la subordinación política y económica de grandes espacios extraeuropeos, que representó la creación de nuevos mercados para los productos industriales del Continente. En este sentido, el Nuevo Mundo americano proporcionó salida a una parte de la producción (especialmente textil) no sólo española, sino también de otros países occidentales que lograron infiltrarse en el monopolio comercial castellano de las Indias. Las consecuencias económicas de la colonización de América no se limitaron, sin embargo, a la dotación de nuevos mercados para las manufacturas europeas. Las remesas de metales preciosos que como contravalor de éstas y en forma de beneficios fiscales para la Corona castellana llegaron del Nuevo Mundo potenciaron la circulación monetaria y el dinamismo del mercado, creando nuevas condiciones para el desarrollo de la industria. Ya desde antes de la llegada de los españoles a América, el desarrollo de la economía monetaria había potenciado también la minería de la plata en diversos lugares de Europa. La intensificación y diversificación de los circuitos de circulación monetaria generaron también una tendencia inflacionista que operó como estímulo para las inversiones en actividades productivas en aquellos países donde dicha tendencia se mantuvo en límites moderados. Por lo demás, es necesario también tener presente el papel jugado por el Estado. Éste, en primer lugar, actuó como consumidor. La demanda estatal estimuló ciertos sectores industriales, especialmente aquellos relacionados con la industria de guerra, como la fabricación de armas o la construcción naval. Por otra parte, el proteccionismo estatal que formaba parte de los dictados de la política económica actuó a veces como sostén directo o indirecto de la industria. Finalmente, el marco de relativa estabilidad y uniformidad territorial introducido por el Estado frente a la antigua anarquía feudal representó una condición política para el desarrollo económico en general, en el que se incluye el desarrollo industrial. No hay que olvidar tampoco, el papel de la Monarquía y de otras instituciones y grupos sociales privilegiados, como la Iglesia y la nobleza como promotores de la erección de grandes edificios, que determinó el impulso de un sector importante como el de la construcción y sus derivados.
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La industria española, en líneas generales, no conoció una auténtica depresión en estos años, sino un estancamiento que afectó de diferente manera a sus distintos sectores. Dado el relativo poco peso de los productos manufacturados en la balanza exportadora y la importancia de un mercado interior notablemente autárquico y cuya capacidad adquisitiva, sobre todo de bienes de consumo, apenas disminuyó durante el período, la situación fue menos desfavorable que la de otros países occidentales. Los índices generales de producción muestran que en la industria el inicio de la recesión se retrasó hasta avanzado 1931, y en algunos sectores, como el textil catalán, hasta 1933, en parte como efecto del tirón de la demanda provocado por el aumento de los salarios y por la bajada de los precios internacionales del algodón. El punto cenital de la recesión se produjo también aquí en la segunda mitad de 1933, y luego hubo una cierta recuperación, aunque sin alcanzar los niveles de comienzos de la década. Las causas de la contracción industrial obedecieron, en mayor medida que en el sector primario, a la evolución de la política económica. En algunos casos, el origen estuvo en el brusco cese de las líneas expansivas marcadas por la Dictadura, lo que acarreó a partir de 1930 una disminución de la inversión pública que afectó sobre todo a las industrias de base, muy dependientes de la acción del Estado. En otros, el declive obedeció más a las dificultades del mercado interior, a la estabilización monetaria y a la caída de las exportaciones. En general, las industrias básicas -energía, minería, siderometalurgia, cementos, etc.- fueron las más perjudicadas, si bien es posible apreciar un comportamiento distinto en las industrias tradicionales, como la minería, que revelaron sus carencias estructurales y una falta de competitividad que ya no podía cubrir el proteccionismo estatal, y aquellas otras más modernas -abonos, químicas, electricidad sobre todo- que reforzaron su crecimiento durante el período. Con un índice 100 para 1929, la producción industrial total descendió al 92,6 en 1933, para ascender al 94,7 al año siguiente. En cambio, el índice de industrias básicas, que había bajado hasta el 69,1 en 1933, siguió descendiendo durante el año 1934, llegando a alcanzar el 68,4 por ciento del índice de 1929. Aunque en menor grado, también las industrias de bienes de equipo y las de bienes de inversión, sobre todo las de material de ferrocarril, padecieron la escasa afluencia de capitales y el parón sufrido por la mecanización agraria y el cambio de la política ferroviaria. Por su parte, las industrias de consumo experimentaron un cierto estancamiento, pero su papel en el conjunto de la industria española siguió creciendo hasta 1932, beneficiado por la recesión en otros sectores: en ese año, suponían el 45 por ciento del índice industrial global, frente al 41,7 por ciento de 1929. Pese a su relativa benignidad, la crisis repercutió en el nivel de empleo de sectores claves de la industria, donde se alcanzaron tasas de paro inusuales, aunque mucho más bajas que en la agricultura. Así, en la construcción, el frenazo a la política de obras públicas por las dificultades presupuestarias de finales de la Dictadura, fue seguido por una restricción del crédito oficial, que afectó especialmente a la promoción de viviendas en las grandes ciudades. Ello se tradujo en un rápido incremento del desempleo, que a finales de 1933 alcanzaba a 76.000 trabajadores del sector. Sólo el establecimiento de una política de incentivos oficiales (Ley Salmón), permitió en 1935 una cierta recuperación de la construcción cuya crisis, además, afectaba a la industria cementera. Otro sector cuya crisis tuvo implicaciones sociales importantes fue el de la siderometalurgia, mayoritariamente concentrado en el País Vasco, y sometido a una estrecha protección estatal. Al descenso de las exportaciones de metal y a la caída de los fletes, consecuencia directa de la crisis mundial, se unió el parón oficial a la política de desarrollo ferroviario. Entre 1928 y 1933, la producción de material para el ferrocarril disminuyó en un 97 por ciento. Ello, unido a la baja demanda de maquinaria agrícola y a la escasa renovación del utillaje industrial, provocó una fuerte disminución de la producción de hierro, que en 1935 era la mitad de la de 1928, y de acero, que disminuyó en más del cuarenta por ciento. Las dificultades de grandes compañías como Altos Hornos condujeron a una reducción de plantillas que afectó sobre todo a los obreros vizcaínos. En 1933, había treinta mil metalúrgicos en paro.
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Fue el peor librado de los sectores económicos, pues a sus males seculares (falta de capitales, de mano de obra especializada y de buenas vías de comunicación, y grandes bolsones de población autosuficiente) se unió el énfasis de la Corona en evitar la aparición de industrias que compitieran con las metropolitanas. Aparte de los semitransformados de carácter agrícola (azúcar, añil, tabaco, etc.), las bebidas alcohólicas y algunos aspectos artesanales (platería, muebles, arneses, etc.), sólo pueden citarse las industrias de tejidos y de construcción naval. La producción de tejidos burdos entró en decadencia como consecuencia de la introducción del contrabando anglofrancés. Los obrajes no pudieron soportar la competencia de los elaborados en las fábricas industriales europeas. Simultáneamente se produjo un cambio de moda, sustituyéndose las telas de lana por las de algodón, más apropiadas para la mayor parte de los climas hispanoamericanos. Sólo subsistieron los obrajes que pudieron suministrar tejidos para los centros mineros. En México fueron desapareciendo los de San Miguel el Grande, Puebla, Oaxaca, Valladolid y Guanajuato, permaneciendo los de Querétaro. En esta última localidad y en Puebla empezaron a construirse telares industriales para la elaboración de tejidos ligeros de algodón, lo que salvó su industria textil. A fines de siglo, Querétaro tenía 200 telares y habían surgido otros centenares de ellos en Puebla, Celaya, Santa Cruz, León y Salamanca. En Perú ocurrió algo similar, decayendo los obrajes tradicionales de Cuzco, Oruro, La Paz y Chuquisaca (pese a lo cual había unos cien de ellos a fines de siglo) y creándose industrias de tejidos de algodón en algunas regiones como Arequipa y Huamanga. En la primera de estas localidades funcionaba, en 1790, una fábrica de 68 telares que producía 125.000 varas de tocuyos o telas de baja calidad. Los textiles quiteños tuvieron una decadencia menos estrepitosa por encontrarse entre los centros mineros del Perú y el Nuevo Reino de Granada. Desde 1788 entró en crisis el mercado peruano y los quiteños vendieron sus paños a los trabajadores de los placeres auríferos neogranadinos. El problema era que estaban ubicados en tierras calientes, donde eran más apetecidos los tejidos livianos. Tyrer ha señalado que hacia 1780 había aún en Quito unos 125 obrajes, lo que representaba el 74% de los 169 existentes en 1700. Esos 125 obrajes tenían unos 6.000 trabajadores. En 1804-5 subsistían todavía 25 obrajes en Latacunga, 12 en Quito y 11 en Riobamba. En cuanto a la industria naval, estuvo protegida por la Corona a través de sus ministros Patiño, Campillo y Ensenada. Se fabricaron buques en casi todas las colonias, pero principalmente en Cuba y Guayaquil. La Habana construyó 115 navíos en el período 1724-1800 destinados a la Armada de Barlovento y las flotas de Nueva España y Tierra Firme. Guayaquil construyó cuatro navíos para la Armada de la Mar del Sur, así como numerosas embarcaciones menores, y fue el centro de carenado de los navíos del Pacífico Sur.
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Considerando el limitado desarrollo industrial de la metrópoli, no cabía esperar que en las colonias fuera éste un sector en auge. Y en efecto no lo fue, en parte debido a la propia política española, que no mostró ningún interés en fomentar la expansión industrial indiana, más bien al contrario, de acuerdo con los principios mercantilistas se procuró obstaculizarla en la medida en que podía suponer competencia para la metrópoli. Pero tampoco los propios españoles americanos se interesaron por acometer actividades de este tipo, se ha dicho que por considerarlas poco acordes con la mentalidad caballeresca imperante, y quizá también por la atracción ejercida sobre el emigrante por el sector minero, con su posibilidad de riqueza inmediata. De todas formas, las industrias surgen espontáneamente allí donde había un mercado para un artículo que no era suministrado por la metrópoli o por el contrabando, de manera que el desarrollo industrial americano es la respuesta al fracaso de España en abastecer a sus colonias de productos manufacturados. En las ciudades alcanzará gran importancia la industria artesanal, cuidadosamente regulada por ordenanzas gremiales, y encaminada a la producción de artículos de demanda cotidiana, destacando las actividades relacionadas con el vestido (sastres, zapateros, bordadores, etcétera) y la alimentación (elaboración de pan, salazones, quesos, azúcar, miel), así como la artesanía artística, en especial la orfebrería y platería. También se desarrollaron las industrias de las fundiciones, cecas, o las relacionadas con la ganadería (curtido de cueros, velas de sebo, jabón), o la construcción (ladrillos) o transporte (fabricación de carros). Pero al margen de estas actividades artesanales, las industrias americanas que merecen tal nombre son la elaboración de textiles y la construcción naval. La construcción naval se desarrolla favorecida por la abundancia de materias primas, sobre todo excelentes maderas pero también algodón y pita para las velas y cordaje, brea para calafatear, y demás materiales necesarios, excepto el hierro que había que importar de España. Destacan sobre todo los astilleros de La Habana y Guayaquil, pero también los hubo en Guatulco (Nueva España), Panamá, Cartagena de Indias, Realejo (Nicaragua), Coatzacoalcos (istmo de Tehuantepec). En general, casi todos los puertos cumplen funciones de careneros, con instalaciones para reparar y calafatear buques, e incluso construir pequeñas embarcaciones. En el siglo XVIII habrá una política oficial de fomento de la construcción naval, que en América se refleja en diversos intentos de creación de astilleros reales (por ejemplo en Coatzacoalcos) finalmente concretados en el impulso dado al de La Habana, donde se construirá buena parte de la armada española de los Borbones. La producción de seda fue también importante a mediados del siglo XVI en Nueva España, y en este caso fomentada oficialmente, por el virrey Antonio de Mendoza. El obispo de México, Juan de Zumárraga, propuso que se enviaran familias moriscas de Granada para que enseñaran a los indios la cría de gusanos de seda. Puebla y Antequera de Oaxaca fueron los centros sederos más importantes. Pero a fines del siglo, y para proteger las sederías metropolitanas, se inician las prohibiciones, comenzando en 1596 por la prohibición de plantar más moreras, y acabando en 1679 con la orden de destruir las sederías existentes. En adelante esta actividad se reducirá a escala artesanal. La principal actividad industrial en la América colonial, tanto por producción como por mano de obra empleada, es la elaboración de telas de algodón y lana. Debe su establecimiento a la escasez y carestía de las llamadas telas de Castillo (que solían ser de bastante más al norte, y se llamaban ruanes, holandas, y hasta damascos). Pero en este aspecto, la incapacidad de España para satisfacer la demanda de sus colonias era con frecuencia compensada con el muy intenso contrabando, de ahí que la expansión de los textiles americanos se deba más bien a factores como la disponibilidad de abundante materia prima (algodón en las tierras bajas y lana en las altas, gracias al desarrollo de la ganadería ovina) y mano de obra indígena de bajo costo (y con larga tradición en el trabajo del tejido, desde tiempos prehispánicos) y, sobre todo, la existencia de un amplio mercado interno: los consumidores serán indios y mestizos, sin capacidad adquisitiva para acceder a las costosas telas de importación. Para ellos se fabricarán géneros bastos, las ropas de la tierra, en establecimientos llamados obrajes, que son realmente las primeras fábricas americanas, y se establecen por primera vez en Puebla (Nueva España) en 1539, pasando enseguida a Perú (Jauja, 1545) y Quito, donde se dará la mayor concentración y se elaborarán además ropas de alta calidad para el mercado urbano. Además de toda clase de tejidos de lana y algodón (paños, tocuyos, ponchos), los obrajes fabricaban sombreros, alpargatas, sogas, objetos de loza y vidrio y hasta pólvora, constituyendo así verdaderos centros manufactureros. Se trató, pues, de una industria subdesarrollada, pero que logró mantenerse hasta que quedó expuesta a los efectos del auténtico comercio libre, después de la independencia (Fisher).
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En ese mundo dominado por las unidades de producción de reducido tamaño había actividades -minería, metalurgia en algunos casos, construcción naval...- cuyas peculiares características requerían la concentración de mano de obra y la inversión de capitales cuantiosos, muy pocas veces aportados por un solo empresario y formados más frecuentemente mediante la creación de compañías participadas y cuyo papel en el desarrollo del capitalismo industrial, desde los mismos albores de los tiempos modernos, no puede minimizarse. El nivel de concentración que llegaron a alcanzar fue, a veces, considerable (aunque en todos los países había también pequeñas empresas en estos mismos sectores para satisfacer demandas comarcales). Entresacamos, como ejemplo, la sociedad minera francesa de Anzin. Constituida como una sociedad anónima -en la que, por cierto, dominaban los socios pertenecientes a la alta nobleza-, fue una de las más importantes del país, con un capital invertido de más de 9 millones de libras en 1781 (se había multiplicado casi por 15 desde 1757); por esas mismas fechas trabajaban cerca de 4.000 hombres en ella y producía casi la mitad del carbón extraído en el país. Por otra parte, el siglo XVIII vio desarrollarse, ya que no siempre nacer, otros tipos de empresas concentradas; las manufacturas y fábricas (a las que hemos aludido ya en el epígrafe anterior). Aunque en la época no se establecían diferencias precisas entre ellas y ambos términos se utilizaban indistintamente para designarlas, hoy los historiadores diferencian dos categorías industriales distintas. La característica de las manufacturas era la concentración en un mismo edificio o en un grupo de edificios de la mano de obra, aunque el proceso de elaboración de los artículos seguía siendo predominantemente manual (en un sentido más restringido, se aplica también el nombre de manufacturas a las concentraciones surgidas para el acabado de productos rurales que veíamos en el epígrafe anterior). Surgidas con anterioridad, pero notablemente desarrolladas en esta centuria, constituyeron el modelo preferido por los poderes públicos para establecer las grandes empresas estatales de corte colbertista, aunque también las hubo, por supuesto, de propiedad privada (y, recordemos, gozando frecuentemente de algún tipo de privilegio). Telas estampadas, porcelanas, loza fina, cristal igualmente fino o tabaco fueron algunos de los productos frecuentemente elaborados en ellas. Algunas alcanzaron un gran tamaño, aproximándose al millar de operarios, pero podía ser mucho más elevado el número de los que trabajaban para ellas; el caso más extraordinario era el de la manufactura de lana creada por la emperatriz María Teresa de Austria en Linz, que en 1775 contaba con 25.000 trabajadores. La explicación estriba en que no era raro que la manufactura no estuviera más que parcialmente centralizada, estableciendo sus propias redes de artesanos dispersos por la ciudad donde radicaban o por su entorno rural para realizar algunas de las operaciones no especializadas la hilatura, por ejemplo-. La superposición de distintos modelos organizativos era pues, patente. Su papel en el proceso de industrialización fue mucho menor del que cabría esperar a priori -y del atribuido por Marx-, pero sus aportaciones no fueron desdeñables. La concentración permitió establecer una mayor vigilancia y disciplina en el trabajo y proceder a la división de tareas; se iniciaba en ellas, pues, la reorganización del proceso productivo, mejorando la productividad y elevando, por lo tanto, la producción. Finalmente, la principal aportación del siglo XVIII fue la fábrica (factory system), empresa concentrada en la que las máquinas desempeñan un papel fundamental y en la que terminaría dominando el capital fijo sobre el circulante (éste lo había hecho durante el largo período preindustrial). Aunque es posible encontrar ejemplos en otros países, será Inglaterra el que ofrezca los casos más destacados y, además, tempranamente, como la factoría sedera de Thomas Lombe, levantada en Derby por cierto, según planos robados en Italia, en uno de los primeros casos conocidos de espionaje industrial- entre 1717 y 1721, que empleaba a más de 300 obreros, o las hilanderías de algodón, entre las que podemos citar las establecidas por Richard Arkwright en Cromford, Derby y Manchester o las de la familia Peel en Manchester y Bury durante las últimas décadas del siglo. El factory system fue una de las manifestaciones centrales de la revolución industrial, de la que nos ocuparemos a continuación, y en dicho contexto veremos sus implicaciones. Hay que subrayar, sin embargo, que por llamativos que sean los ejemplos que se puedan aducir, la fábrica mecanizada era una empresa todavía abiertamente minoritaria durante el siglo XVIII, también ella podía implicarse en cooperaciones con artesanos dispersos (la hilatura podía hacerse en fábricas y el tejido, por artesanos dispersos) y sólo llegará a generalizarse en Inglaterra (en el Continente será más tarde) después de 1830.
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Con un sector agropecuario poco innovador, que no fomentaba la liberalización de mano de obra, que no generaba grandes capitales en manos de una mesocracia rural, que mantenía unos altos precios en el trigo y que sometía a una situación de autoconsumo a los campesinos que formaban el grueso de la población, era difícil que se produjera el despegue revolucionario de la industria hispana. A pesar de esta realidad, es igualmente cierto que el aumento paulatino de la demografía y los recursos alimenticios posibilitó una mayor demanda de bienes manufacturados, especialmente en la segunda mitad del siglo. Gracias a ese aumento de la demanda se pudo manifestar una cierta renovación de la industria sin que la misma condujera a ninguna revolución. Como en otros aspectos de la vida económica del país, se produjo un crecimiento sin desarrollo: la tradición y la innovación estuvieron por igual presentes en la actividad industrial, aunque la primera parece que tuvo más peso que la segunda. La preocupación por el fomento de la industria nacional fue una constante entre los gobernantes del siglo. Al igual que a los problemas agrarios se intentó contestar con el Informe de Jovellanos, ante los temas industriales les llegó el turno a hombres como Bernardo Ward con su Proyecto económico y, sobre todo, a Campomanes con sus dos obras capitales: Discurso sobre el fomento de la industria popular (1774) y Discursos sobre la educación popular de los artesanos (1775). Desde una óptica esencialmente mercantilista se pensaba que para mantener una balanza comercial favorable, manifestación emblemática de la riqueza de una monarquía, era preciso crear una industria nacional potente, capaz de competir con los productos extranjeros y de asegurar el abastecimiento a todos los dominios españoles, peninsulares y coloniales. Para conseguir estos ambiciosos objetivos era necesario realizar tres tipos de acciones que acabaran con el decaimiento de las fábricas: estímulo y regeneración en los diversos grupos sociales, reforma del contexto socioeconómico y organizativo donde se desenvolvía la industria y, finalmente, revisión de las políticas gubernamentales realizadas anteriormente. Es decir, suprimir la división entre oficios honrados y viles, eliminar la desidia y el conformismo de los artesanos, preparar técnicamente la mano de obra, renovar las corporaciones gremiales y amparar desde el gobierno a la industria nacional con incentivos fiscales y comerciales capaces de crear un empresariado industrial. Tomando el conjunto del siglo, la política reformista fue evolucionando de un mayor intervencionismo estatal inspirado por el mercantilismo a una mayor creencia en las virtudes de la libertad y la iniciativa privada defendidas por los planteamientos fisiocráticos y en mayor medida por liberales. El diagnóstico no fue en absoluto equívoco; las soluciones en cambio fueron más difíciles de encontrar dado que la tradición tuvo un gran espesor y que el conjunto de la estructura económica española era poco propicio para el desarrollo de una industria nacional. La industria artesanal fue la que caracterizó al sector secundario durante toda la centuria. De ubicación esencialmente urbana, se trataba de una organización tradicional en la que un maestro en su casa-taller, colaborando con uno o varios oficiales y aprendices, producía bien un artículo completo o bien la parte de una mercancía que precisaba luego la colaboración de otros talleres. La regulación de la cantidad y la calidad de los productos la realizaban las corporaciones gremiales al establecer con minuciosidad toda una serie de ordenanzas. En la mayor parte de las grandes y medianas ciudades, el taller era el protagonista de la vida industrial. A veces ocupaban barrios enteros cuyas calles adoptaban el nombre de determinados oficios. Aunque algunas urbes modestas centraron su artesanía en un determinado producto, sobre todo el textil, habitualmente existían decenas de talleres dedicados a satisfacer la demanda local inmediata. En una ciudad como Lleida, que a finales del siglo tenía unos 10.000 habitantes, se han llegado a contabilizar 60 oficios diferentes. Las insuficiencias artesanales, especialmente en el mundo textil, habían favorecido desde los primeros siglos de la modernidad el desarrollo de la industria rural en bastantes lugares de la geografía española. No es fácil determinar el alcance de esta protoindustria, pero todo indica que la baratura de sus instalaciones y el carácter complementario que tenía respecto a la agricultura, facilitó bastante su relativo crecimiento. A finales del Setecientos, más de 7.000 telares y varios miles de productores se dispersaban por el amplio territorio castellano dedicados a la pañería, la lencería o la sedería. Paralelamente, la segunda mitad de la centuria vio crecer las escuelas de hilar, donde miles de mujeres en su domicilio trabajaban para fábricas vecinas en los primeros pasos del proceso industrial (cardado e hilado). Aun a pesar de su relativo auge, este tipo de industria doméstica no alcanzaría los niveles de desarrollo que estaba disfrutando en Inglaterra o Alemania. Aunque en el textil gallego, valenciano o catalán y en las ferrerías vascas tuvieron un cierto crecimiento, lo cierto es que sólo sirvieron para acumular capital en las manos de algunas decenas de comerciantes y, sobre todo, para complementar los ingresos agrícolas de los campesinos. Esta última parecía ser una de las principales virtudes que Campomanes veía en el fomento de esta industria por él llamada popular: "... el verdadero interés del Estado consiste en mantener la industria en caseríos y lugares chicos". La situación gallega debía hacerse paradigmática frente a la barcelonesa que, como veremos, acumulaba y proletarizaba en algunas fábricas a importantes cantidades de trabajadores asalariados, con el consiguiente peligro potencial de alterar a largo plazo la estructura social existente. El escaso éxito de la industria rural a causa de la parca asistencia de capitales, de la relativa vetustez de los medios técnicos y de la falta de competitividad, favoreció la creación, en un contexto de fervor mercantilista, de manufacturas concentradas apoyadas por el Estado, al estilo de lo realizado por Colbert en la Francia del siglo anterior. De esta forma fueron tomando vida las sucesivas manufacturas reales. Muchas de estas fábricas nacieron al calor de las necesidades estatales. Algunas lo fueron por imperativos militares. Tal es el caso de la construcción naval en los tres grandes arsenales (El Ferrol, Cádiz y Cartagena) o de las fábricas siderúrgicas de Liérganes y La Cavada dedicadas a proveer de material bélico a las fuerzas armadas. Otras surgieron pensando en obtener recursos para la hacienda pública. De este cariz fueron la fábrica de tabacos de Sevilla o las de naipes de Málaga y Madrid. En ocasiones se intentó hacer frente a la demanda de artículos de lujo generada por las clases adineradas sin tener que depender del extranjero. Así, aparecieron las instalaciones fabriles de tapices en Santa Bárbara, de cristales en San Ildefonso o de porcelanas en el Buen Retiro. Por último, también desde el Estado se pensó en cubrir las necesidades textiles de artículos de consumo popular instalando fábricas de lana (San Fernando de Henares, Brihuega, Guadalajara), de seda (Talavera de la Reina), de lencería (San Ildefonso y León) o de algodón (Ávila). Resulta evidente que algunas manufacturas reales generaron importantes concentraciones de capital y trabajo, cubrieron una demanda y produjeron avances técnicos y laborales dignos de tener en cuenta. Ahora bien, económicamente no resultaron viables. En unos casos porque la demanda de sus artículos era parca, en otros porque los precios debían responder a criterios políticos, en las más de las ocasiones porque no pudieron competir con otros productos extranjeros ni dentro ni fuera de España. Además, como quiera que representaron un gran dispendio para el erario público, los gobernantes tuvieron muchas vacilaciones en cuanto a los apoyos que debían prestarse. Aun con esos inconvenientes, debe situarse en su haber el incentivo que representaban para las comarcas donde se ubicaban sus instalaciones, convirtiéndose de hecho en verdaderos polos de creación de empleo en lugares económicamente aletargados. Una evidencia parece imponerse, la participación directa del Estado en la gestión industrial no fue un éxito pero sirvió al menos para cubrir demandas concretas y dar empleo en comarcas ciertamente deprimidas. Las autoridades borbónicas también mostraron su empeño industrial participando en fábricas mixtas con capital privado, instalaciones que eran privilegiadas con franquicias fiscales o incentivos para la comercialización. A iniciativa del Estado (que participaba con préstamos o con emisión de acciones) o de particulares, se constituyeron diversas empresas dedicadas a la industria lanera y sedera. De este tipo fueron iniciativas exclusivamente fabriles como la Fábrica de Paños Finos de Segovia o con intereses comerciales como la Real Compañía de Comercio y Fábricas de Extremadura, la Real Compañía de Comercio y Fábricas de Zaragoza o la Compañía de San Carlos de Burgos. La experiencia no fue muy satisfactoria y dichas empresas industriales sólo parecieron remontar el vuelo cuando pasaron completa y definitivamente a manos privadas, que es lo que ocurrió con la mayoría. Ahora bien, la mayor parte de la producción industrial española estuvo en manos privadas. Algunas de estas empresas llevaron el nombre de fábricas reales, que significaba el disfrute de una serie de franquicias a condición de que sus dueños supieran mantener un mínimo de calidad susceptible de ser imitado por el resto de los fabricantes. En algunos casos estas fábricas estuvieron gestionadas por corporaciones que instalaban sus propias empresas industriales con el objeto de proceder posteriormente a la comercialización de sus productos. El ejemplo más claro fue el de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, que llegaron a regentar fábricas de seda (Valencia), cintería y listonería (Valdemoro) y holandillas (Madrid). Asimismo, tuvieron la titularidad de las manufacturas reales de Guadalajara, Talavera y San Carlos. A pesar de estos casos, más numerosas fueron las fábricas de propiedad particular. Algunas estuvieron simbólicamente creadas por nobles, como ocurrió con la fábrica de tapices, hilados y tejidos de algodón del duque del Infantado en Pastrana o con la de tafetanes y medias de seda que instaló el conde de Aguilar en la Rioja. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones se trataba de adinerados maestros gremiales que decidían dar el salto a una empresa libre de las ordenanzas gremiales o bien de un emprendedor empresario que terminaba por crear importantes concentraciones fabriles. Este último es el caso de la fábrica de Valdemoro de José Aguado (que después pasó, como hemos visto, a los Cinco Gremios Mayores) o de las diversas iniciativas del famoso comerciante y asentista naval Juan Fernández de Isla. En este sentido, las empresas de mayor enjundia fueron la Mantelería de la Coruña establecida por los holandeses Adrián Roo y Baltasar Kiel en el último cuarto del siglo anterior, la fundición instalada por Antonio Raimundo Ibáñez en Sargadelos y el establecimiento del Nuevo Baztán creado de la mano de Juan de Goyeneche. No obstante, entre este tipo de manufacturas organizadas con el esfuerzo del capital privado y el apoyo ocasional de la hacienda, las fábricas de algodón de Cataluña resultaron una de las mayores y más importantes novedades del siglo. Creadas en primera instancia por los grandes mayoristas catalanes y posteriormente asumida la iniciativa por fabricantes especializados en las tareas textiles, las fábricas de indianas tuvieron una decidida actitud de encaramiento hacia el mercado peninsular o colonial, efectuaron tímidas pero significadas transformaciones técnicas, desvincularon la producción del mundo gremial y emprendieron nuevas formas de gestión fabril. Además, tuvieron importantes repercusiones sociales. Por un lado, crearon un sector empresarial con progresiva conciencia de clase y ligado en exclusiva al mundo industrial. Por otro, permitieron forjar un incipiente proletariado industrial concentrado en Barcelona. Todos estos factores posibilitaron un cambio en el modo de producción: producir no sólo para el consumo local sino para la demanda exterior sobre la base del trabajo asalariado. Con todo, debe recordarse que la industria española estuvo durante todo el siglo presa de sus elevados costes de producción y, por tanto, de sus escasas posibilidades de conquistar mercados. Dificultades en la obtención de materias primas, exceso de impuestos, pobreza tecnológica y limitaciones gremiales, provocaron una producción escasa (a pesar de su crecimiento absoluto) y de no gran calidad que difícilmente podía competir con la extranjera, ni siquiera en la nación propia. Los fabricantes vendían tarde, poco y mal. Y en estas condiciones, el margen de beneficios era escaso y la reinversión por consiguiente precaria. Todo un círculo vicioso a causa del cual la industria hispana terminaba siendo poco atractiva para unos capitales que veían en la agricultura rentas más constantes y seguras y en el comercio ganancias más considerables con parecido riesgo.