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Aunque se han mencionado los "Libros de Horas" como propios de entonces y en manos de todos los grandes señores, no son los únicos temas que se iluminan. Precisamente Carlos V había querido que se tradujeran textos de otras lenguas, que luego se editaban en ejemplares con miniaturas. Esta política fue continuada por sus sucesores. Se tradujeron obras del griego y el latín, así como del italiano. Bocaccio, Aristóteles, Terencio, Tito Livio, fueron ilustrados. También se hizo lo propio con los autores en lengua francesa. El antiguo "Roman de la Rose" conoció una nueva popularidad y fue objeto de una polémica en la que intervinieron diversas personas y fue también copiado. Cristina de Pizan que participó en ello fue una escritora que dirigió la ilustración de sus propias obras. Libros considerados casi científicos, como los de la caza, recibieron idéntico trato, destacando el de Gastón Phebus, varias veces copiado e iluminado. Los libros de Viajes, tanto reales como ficticios, conocieron un gran auge, y en la ilustración de uno espléndido intervinieron el duque de Borgoña, como promotor, el de Berry, como receptor y varios miniaturistas, como el Maestro de las Horas Boucicaut.Cuando se reanude la guerra con resultados desastrosos para los franceses, y los ingleses ocupen París, se dispersarán los miniaturistas por lugares próximos. Pero siguen quedando algunos, como el anónimo Maestro de Bedford, denominado así por las obras que realizó para el duque de Bedford, gobernador inglés de la ciudad. Tanto este pintor como otros anónimos trabajan después que los Limbourg. Contemporáneamente, otro desconocido y expresivo maestro dirige la ilustración de las llamadas "Horas de Rohan". Al contrario que en los otros manuscritos, el nombre no indica origen, sino que con posterioridad a su ejecución pasó a manos de la familia Rohan. Se discute el origen de la obra y del artista. Se tiende a creer que las fechas de realización son próximas a 1420 y el lugar podría ser Bourges, donde estaba el rey en el exilio y su madre Yolanda de Anjou que estaría detrás del proyecto. Marca la manera de hacer el artista un cierto descuido en el detalle sin precedentes en los grandes miniaturistas anteriores. Sobre todo, un estilo expresionista y desmesurado, despreocupado por los problemas de ambientación y capaz de crear escenas de una inquietante emotividad. El Oficio de difuntos, tan destacado en todos los "Libros de Horas", está compuesto originalmente: El hombre muerto y desnudo, extendido sobre un suelo plagado de huesos y calaveras humanas, se dirige en su miseria a un Dios armado con una espada que le contempla, mientras un cielo azul se puebla de un ejército angélico etéreo, materializándose únicamente el ángel que lucha contra el demonio por el alma del muerto.Bohemia se consolida como gran centro ya con Carlos IV y aún más a partir de su muerte (1378) con su hijo Wenceslao, emperador hasta 1400 y rey de Bohemia exclusivamente a partir de entonces. Las empresas artísticas no sólo surgen del ámbito real. La llegada de artistas franceses y quizás italianos, la tradición propia, un misterioso recuerdo lejano de lo bizantino, determinan un arte original y propio. El primer gran pintor en que esto se manifiesta es el llamado Maestro de Trebon, por el retablo de Trebon o Wittingau, hacia 1380. Siguiendo un camino ya iniciado por el autor del retablo de Hohenfurth, hacia 1350, usa una paleta de tonos sombríos, con un dibujo de fuerte expresividad, donde una cierta tensión nerviosa se entremezcla con detalles de dinámica expresión internacional. También algo más tarde comienzan a aparecer como iconos de la Virgen, imágenes amables, donde estas características son más acusadas y tienen su correlato en la escultura. La Virgen de Roudnice (Galería Nacional, Praga) sería un buen ejemplo, hacia 1390.El libro ilustrado había gozado de un aprecio especial en los años de gobierno de Carlos IV. El "Lider Viaticus" de Jan de Streda (Biblioteca Nacional, Praga) es una obra extraordinaria (1360-1364), donde se funden armoniosamente las fórmulas francesas y las italianas y se crean imágenes inolvidables que, a su vez, incidirán sobre la miniatura lombarda italiana inmediata, como las grandes iniciales. Mucho más italiano es el "Laus Mariae" de Conrado de Hamburgo, hacia 1364.Del período internacional es el "Misal" del arzobispo Zbynek Zajic (Biblioteca Nacional, Viena). Pero en esto destacan los talleres que trabajan para la corte de Wenceslao. El rey encarga una Biblia gigantesca en muchos volúmenes. Naturalmente ha de ser obra de muchas manos. Algunas miniaturas como la del Génesis hipertrofian una vieja fórmula: una gran I que atraviesa de arriba abajo el folio, donde en círculos se despliega la creación, la caída y el anuncio redentor. Aquí falta este último, pero flanquean la línea narrativa rectángulos con multitud de profetas y figuras del Antiguo Testamento, mientras desborda por todas partes una amplia decoración marginal, en gran parte significativa. Se han bautizado los miniaturistas bajo apelativos tales como Maestro de Balaam, Maestro de Salomón, Maestro de Sansón, etc. En él están presentes diversas tendencias del arte bohemio (Biblioteca Nacional, Viena)."La Bula de Oro de Carlos IV" era un documento emitido por la cancillería imperial del padre de Wenceslao, por el que se regulaba la sucesión imperial. Cuando éste encarga una copia de lujo, el documento había perdido parte de su valor, porque poco después será depuesto, dado que todo se sitúa en 1400. Es una de estas obras en las que el arte apoya las intenciones y no las realidades. Es un reflejo de lo que se quisiera que fuesen, no de lo que es. El folio inicial (Biblioteca Nacional, Viena), es un prodigio en que lo ornamental está cargado de signos de identidad del rey, mientras la figuración más directamente relacionada con el texto alude a la invocación a Dios, con una Maiestas. Signos heráldicos, marcas y emblemas imperiales, las famosas bañistas cuyo significado ha ocupado a historiadores, la enorme W del rey, aprisionado en ella, mientras contempla a las muchachas semidesnudas, etc., pueblan un mundo personal, buscadamente esotérico, alejado de la realidad política.La Biblioteca de la catedral de Gerona conserva otra obra espléndida, un "Martirologio" en el que las ilustraciones se desplazan a los márgenes, donde en círculos se cuentan los martirios. Es tan exquisito como los otros, obra de varios artistas, aunque se destaca el calificado de miniaturista de Gerona. Los intereses astrológicos del rey le llevan a procurarse textos interesantes, como el "Quadripartitus" de Ptolomeo y las "Tablas astronómicas" de Alfonso X, que encarga en copias con grandes miniaturas iniciales (Galería Nacional, Viena).Jean de Mandeville es el falso nombre de un burdo falsario que inventa un viaje a Oriente que nunca hizo. Sin embargo, obtiene un éxito inmenso. Se traduce a varias lenguas. Se incorpora el magnífico "Libro de las Maravillas" que poseyó Jean de Berry, junto al más veraz Marco Polo, se hace una edición aragonesa, etc. También se traduce al checo. Después de 1400 se copia en un manuscrito sin paralelo (British Library, Londres) que, bien se conserva incompleto, bien no se terminó de copiar. Todas las miniaturas ocupan el folio y están dibujadas con líneas sutiles que se manchan delicadamente con tenues colores.Esta producción masiva y la crisis posterior, unida a los contactos que se mantienen con la Lombardía de los Visconti o la Inglaterra contemporánea permiten la difusión de lo bohemio por Europa. La miniatura milanesa e inglesa, la pintura mural en Trento, son signos de esta difusión.
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Durante el siglo XVIII, España estará abierta al influjo de las ideas de la Ilustración, que tiene en la educación uno de sus pilares principales. Como en siglos anteriores, las principales universidades eran las de Santiago, Salamanca, Valladolid y Alcalá de Henares. A éstas se unían otras como las de Oviedo, Huesca, Zaragoza, Toledo, Sevilla, Baeza, Granada, Orihuela o Valencia. El apoyo de la ciudad de Cervera a Felipe V durante la Guerra de Sucesión hizo que esta ciudad recibiera una Universidad. Algunas ciudades contaban con importantes centros educativos, como eran los de Zaragoza, Vitoria, Gijón o Murcia. En Madrid se fundaron algunos centros no universitarios de enseñanza superior, como el Real Seminario de Nobles, el Real Estudio de San Isidro o la Escuela de Mineralogía. También en Madrid se fundaron Academias, como las de la Lengua, de la Historia, de Jurisprudencia de Santa Bárbara o de Bellas Artes de San Fernando. Pero el instrumento ilustrado más importante para la modernización de España fueron las Sociedades de Amigos del País. A partir de la primera, la Sociedad Vasca de Amigos del País, creada en 1765, surgieron más de cincuenta, diseminadas por todo el territorio.
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La Ilustración cántabra encontró su apoyo institucional en la obra desplegada por el Consulado de Santander y por la Sociedad Cántabra de los Amigos de la Patria en Santander y Burgos, más tarde denominada sencillamente Sociedad Cantábrica. El Consulado desplegó su actuación en los terrenos característicos de la construcción de caminos, la acometida de obras de mejoras en las instalaciones portuarias, el fomento económico general y la formación profesional, con la creación de escuelas de náutica, comercio, dibujo, arquitectura y economía política. Por su parte, la Sociedad Patriótica, que frente a la composición burguesa y mercantil del Consulado había sido fundada por iniciativa del conde de Villafuertes (hermano de Pedro de Cevallos, secretario de Estado con Carlos IV y Fernando VII) y del conocido ilustrado capuchino fray Miguel de Santander (en el siglo Joaquín María Suárez de Vitorica), se distinguió por la publicación de numerosas memorias económicas (especialmente sobre agricultura y pesquerías) y por la voluntad de impulsar los estudios superiores por medio de la constitución del Seminario Cantábrico. En todo caso, así como la economía marítima conoció un notable desarrollo en las décadas finales de la centuria, no parece que el esfuerzo ilustrado bastase para sacudir la inercia de la remansada vida cultural de Santander. Más apagado aún aparece el Setecientos extremeño. También en este caso, el principal impulso parece provenir de las Sociedades Patrióticas, que se constituyen en Coria, Plasencia y Trujillo. La de Coria fue promovida por la duquesa de Alba a finales de siglo, del mismo modo que la de Plasencia fue fundada por el marqués de Pejas, autor de una Apología sobre los establecimientos de la Junta de Caridad. El obispo de Plasencia, José González Lazo, sería el primer director de la más activa de las tres sociedades extremeñas, la de Trujillo, que publicaría una cartilla rústica para uso de los agricultores, procedería a la apertura de una escuela de primeras letras, solicitaría subsidios a la corona para introducir mejoras en el hospital y trataría de obtener la concesión de unos estudios superiores para la región, que el gobierno no autorizaría, aduciendo significativamente el atraso de la región, del mismo modo que rechazaría la creación de una sociedad patriótica en Villafranca de los Barros por la insuficiencia de su población. En Extremadura, en definitiva, la difusión de las Luces se vería entorpecida por la deficitaria situación de su economía a todo lo largo de la centuria. En Murcia, las Luces se difunden pronto, gracias a la actividad desplegada por el cardenal Luis Antonio Belluga, obispo de Cartagena, que promovió la Casa de Misericordia, amplió el Seminario de San Fulgencio, impulsó la construcción de un puente sobre el río Segura y puso todo su empeño personal en llevar a cabo una empresa de colonización que cristalizó en las Pías Fundaciones del Bajo Segura, por más que sus posiciones abiertamente antirregalistas le indujeran finalmente a renunciar a su diócesis y a trasladarse a Roma. Beneficiada de la protección de Floridablanca, la Ilustración alcanzará su momento de mayor esplendor en el último tercio del siglo. La figura central parece haber sido la del obispo Manuel Rubín de Celis, promotor de la reforma del Seminario de San Fulgencio, que se convirtió en importante foco regalista y jansenista. También el obispo fue uno de los animadores de la Sociedad de los Amigos del País de la ciudad, que sostendría escuelas de enseñanza elemental y de dibujo, instalaría fábricas de cintas y de tejidos, trataría de promover en la huerta el cultivo del maní y del algodón y editaría el Diario de Murcia (1792), así como su continuador, el Correo Literario de Murcia (1792-1795), posterior a otras publicaciones de este tipo, como el Semanario literario y curioso de Cartagena (1768). Finalmente, la obra de Francisco Salzillo (1707-1783) cubriría con toda brillantez la vertiente artística. La Rioja, que conoce en el XVIII una etapa de gran prosperidad económica, no sólo a partir de las fundaciones promovidas por la Monarquía, como la fábrica de paños de Ezcaray, sino también gracias a un crecimiento autónomo de diversos sectores productivos, contó asimismo con sus Amigos del País integrados en la Rea Sociedad de la Rioja Castellana, que, impulsada por Santiago del Barrio y el conde de Ervías y al servicio en buena medida de los cosecheros de vinos de la región, se ocupó sobre todo de la promoción del comercio vitícola y de la construcción de caminos y puentes, como el levantado sobre el río Najerilla. Vinculado a la sociedad patriótica, de la que fue secretario en los años anteriores a la guerra de la Independencia, estuvo asimismo uno de los más notables ilustrados riojanos, el marino y tratadista Martín Fernández de Navarrete (1765-1844), cuya obra más destacada se desarrolla tras la restauración fernandina, cuando ejerce como secretario de la Academia de Bellas Artes, bibliotecario de la Academia de la Lengua y presidente de la Academia de la Historia. También perteneció a la Sociedad Económica riojana Juan Antonio Llorente (1756-1823), comisario del Santo Oficio en Logroño en 1785, quien antes de partir para más altas funciones en Madrid dejó varios escritos dedicados a su región natal, como fueron sus Discursos histórico-canónicos sobre los beneficios patrimoniales de las iglesias parroquiales de Obispado de Calahorra y la Calzada o Monumento romano descubierto en Calahorra (ambos publicados en 1789). En cualquier caso, la figura de Llorente pronto escapa al marco regional para asumir un significado mucho más amplio, sobre todo por sus obras sobre el Santo Oficio y muy especialmente su Histoire critique de l'Inquisition d'Espagne, publicada en 1817 y en versión castellana en 1822. Si Llorente ya denota la situación de encrucijada abierta al mundo vasco y navarro que tuvo la Rioja setecentista, como demuestran la redacción de sus Noticia de las provincias vascongadas (1806-1808) y su pertenencia a la Sociedad Económica Bascongada y a los Amigo del País de Tudela, la impresión se reafirma con la vinculación de otros hombres como Samaniego, o con la trayectoria de los hermanos Juan José y Fausto Delhuyar, unidos también ambos a la Bascongada y catedrático el segundo de mineralogía, metalurgia y ciencias subterráneas de la Real Escuela Metalúrgica aneja al Seminario Patriótico de Vergara, antes de cruzar el Atlántico para desarrollar buena parte de sus carreras profesionales en América.
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Dos momentos, separados quizá por un hiato a mediados de siglo, pueden distinguirse en la trayectoria de la Ilustración gallega. El primer momento está dominado por la figura aislada del padre benedictino Martín Sarmiento, que se abre paso entre los estudiosos como una de las personalidades más interesantes de su época, quizás comparable a la de Gregorio Mayans o a la de Benito Jerónimo Feijoo, consideradas las más representativas del periodo anterior a la llegada al trono de Carlos III. Aunque estuvo muy vinculado intelectualmente con Feijoo, a quien consideraba su maestro y al que ayudó en muchas ocasiones con su erudición, su influencia distó mucho de la ejercida por su paisano y compañero de orden, ya que nunca tuvo su preocupación publicística, pese a ser el encargado de corregir los tomos del Teatro Crítico Universal y de formar sus índices. Por el contrario, Sarmiento aparece como un personaje retraído e incluso algo extravagante y en cualquier caso, pese a ser escritor prolífico, poco interesado en la publicación de sus obras. Trató de temas muy diversos, ocupándose de cuestiones económicas en su Memoria sobre los atunes, destinada a abordar el problema de la decadencia de las almadrabas andaluzas, o de cuestiones científicas en su Historia natural, publicada en Madrid en 1762, o de historia literaria en sus Memorias para la historia de la poesía, y de los poetas españoles, publicadas sólo póstumamente en 1804. En esta última obra recoge importante información sobre la poesía castellana y gallega, de acuerdo con su inclinación a la defensa de la lengua vernácula (que debía ser la utilizada por los niños de la región en su aprendizaje escolar) y a la exaltación de las glorias regionales, como hace en su Viaje a Galicia de 1745. Sin embargo, es en el campo de la filología donde realizó sus aportaciones más relevantes, tanto al poner las bases de la dialectología española, como al comentar importantes textos medievales castellanos, como al escribir el primer comentario lingüístico del Poema del Cid, como al erigirse en el precursor de la filología románica. La Ilustración gallega derivó en la segunda mitad del siglo hacia la vertiente del reformismo económico, que encontró campo abonado en las realizaciones prácticas de la burguesía comercial establecida en La Coruña, con figuras tan representativas como la de Antonio Raimundo Ibáñez, el marqués de Sargadelos. En este sentido, las instituciones que protagonizaron la nueva orientación fueron la Academia de Agricultura (1765), las Sociedades Económicas de Amigos del País (Santiago, 1784; Lugo, 1785) y el Consulado de La Coruña (1785). El más universal de los ilustrados gallegos, José Cornide, perteneció a todas las entidades reseñadas, pues fue fundador y secretario perpetuo de la Academia de Agricultura, miembro de los Amigos del País de Santiago y Lugo, y consiliario del Consulado, además de director segundo del Real Montepío de Pescadores del reino de Galicia y, más tarde, en 1802, secretario de la Academia de la Historia de Madrid, que conserva buena parte de sus escritos, en que trata de cuestiones de geografía, de economía y de historia y singularmente de temas relativos a la pesca, que hacen de él uno de los mayores especialistas en la materia y uno de los mayores representantes de la corriente conservacionista, que intentaba imponer usos restrictivos en la explotación económica de los mares. La preocupación por la economía regional aflora en los escritos de muchos otros ilustrados, como José Antonio Somoza, miembro de la Económica de Santiago, autor de una obra sobre el cultivo de los montes y de un ensayo sobre el crecimiento económico gallego significativamente titulado Estorbos y remedios de la riqueza de Galicia (1775), como Juan Francisco de Castro, impulsor de la Económica de Lugo e historiador de los mayorazgos, o como Lucas Labrada, secretario del Consulado, de tendencia ya marcadamente liberal y autor de una Descripción económica del reino de Galicia, publicada en El Ferrol en 1804. Sólo restaría añadir los nombres de Pedro Antonio Sánchez, miembro del Consulado y fundador de la Escuela de Dibujo y de la Biblioteca Pública de La Coruña, y de Juan Francisco Suárez Freyre, que publicó en Santiago un Viaje de Galicia, versión regional de un género que la preocupación crítica por el país había puesto en circulación en España. Habría que comentar, por último, la acción reformista de las Sociedades Económicas de Amigos del País de Santiago y Lugo, impulsadas respectivamente por el canónigo Antonio Páramo (rector de la universidad compostelana) y por el obispo Francisco Armañá (promotor más tarde de la sociedad patriótica de Tarragona), que se completó con la fundación de numerosas escuelas, tanto de primeras letras como de formación profesional (hilado, trencería y pasamanería en Santiago; hilado en Orense; pañuelos y cintas en El Ferrol), lo que acentúa la inclinación del movimiento ilustrado gallego hacia el fomento económico de la región.
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Los hombres de las más variadas procedencias regionales abandonan sus lugares de origen para instalarse en la Corte, especialmente a partir de comienzos del reinado de Carlos III. De este modo, Madrid se convierte en crisol de la Ilustración, en el punto de contacto entre la aportación de los círculos locales y el reformismo oficial. Sin embargo, pese a que la labor de muchos de estos ilustrados asentados en la capital se desarrolla en estrecha vinculación con los medios gubernamentales, también aquí se puede señalar la existencia de una corriente autónoma que sólo ocasionalmente entra en el punto de mira del grupo dirigente de la vida política. Algunas instituciones sirven de puente, como es el caso de la Real Sociedad Matritense de Amigos del País que, impulsada por Campomanes y animada por Jovellanos, reúne también a otros ilustrados de menos renombre, que redactan las memorias, sostienen las empresas filantrópicas y llevan a cabo las actividades que caracterizan la vida cotidiana de la entidad: también el Real Seminario de Nobles o de los Reales Estudios de San Isidro, que convocan a profesores de todas las provincias de la Monarquía, los cuales ponen en común sus experiencias en distintos lugares y en distintos campos de actuación. Ahora bien, al margen de estos institutos oficiales o semioficiales surgen otra serie de círculos desvinculados del poder, que son el equivalente madrileño de las agrupaciones regionales de ilustrados que proliferan a lo largo de toda la geografía española. Estas reuniones culturales de carácter informal se constituyen en Madrid desde finales del siglo XVII, al principio normalmente en casa de miembros prominentes de la aristocracia y con asistencia de algunos destacados representantes de los novatores, como Diego Mateo Zapata. Más tarde, algunas de estas tertulias obtendrán el reconocimiento oficial, como la celebrada en casa del marqués de Villena y embrión de la Academia de la Lengua, o la que tenía como marco la casa de Julián Hermosilla, que se convertirá en la Academia de la Historia, o la promovida por Agustín de Montiano, secretario de Gracia y Justicia, que se verá concurrida por hombres de la talla del preceptista Ignacio de Luzán, su discípulo Eugenio Llaguno y la familia Iriarte en pleno. A mediados de siglo, durante el reinado de Fernando VI toma el relevo la Academia del Buen Gusto, presidida por la marquesa de Sarria y frecuentada por Ignacio de Luzán, Agustín de Montiano, el marqués de Valdeflores y el erudito y jurisconsulto Blas Antonio de Nasarre junto a un numeroso grupo de aficionados a la poesía y a la literatura en general. La más importante de estas tertulias literarias fue la que se reunía en la fonda de San Sebastián, propiedad del italiano Juan Antonio Gippini, que hacia 1775 atraviesa su edad de oro con la presencia de los mejores escritores del momento, como Nicolás Fernández de Moratín o José Cadalso, o como los fabulistas Tomás de Iriarte y Félix de Samaniego, y también de hombres de ciencias, como el botánico Casimiro Gómez Ortega, director del Jardín Botánico de Madrid, y de prestigiosos eruditos, como los valencianos Francisco Cerdá y Juan Bautista Muñoz, el fundador del Archivo de Indias y padre del americanismo español. Junto a estas tertulias en lugares públicos se desarrollaban los salones al gusto francés presididos por damas de la nobleza, como la condesa de Benavente o la duquesa de Alba, algunos de los cuales cambiarían su carácter debido a las preocupaciones más específicas de sus patrocinadoras, como el de la condesa de Montijo, que a finales de siglo se había convertido en uno de los núcleos del jansenismo español. Asimismo, las redacciones de los periódicos eran lugar de reunión y de intercambio de ideas. Así puede ofrecerse el ejemplo del excelente Diario de los literatos de España que, nacido en 1737, agrupaba a Francisco Manuel Huerta, Juan Martínez Salafranca (autor de unas Memorias eruditas para la crítica de Artes y Ciencias, en 1736) y Leopoldo Jerónimo Puig, al tiempo que recibía las colaboraciones del humanista Juan de Iriarte o de Gregorio Mayans, oculto bajo el seudónimo de Plácido Veranio. En cualquier caso, en Madrid las instituciones oficiales se bastaban para aglutinar a la mayor parte de los representantes del movimiento ilustrado. Así, a título de ejemplo, podemos considerar la nómina de los académicos de la Historia, que incluye en 1796 a un elenco realmente sobresaliente: Antonio de Capmany (que actúa de secretario), Pedro Rodríguez Campomanes, Eugenio Llaguno, Francisco Cerdá, Antonio Tomás Sánchez, Casimiro Gómez Ortega, José Vargas Ponce, Juan Bautista Muñoz o Gaspar Melchor de Jovellanos, todos ellos citados ya como abanderados de la renovación de la cultura española del Setecientos.
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En el caso de Mallorca, las corrientes de la Ilustración se difundieron asimismo a partir de las actividades de la Sociedad Económica Mallorquina de Amigos del País, que inicia su andadura en 1778. En realidad, la sociedad fue la heredera del salón de Buenaventura Serra, erudito enciclopédico, seguidor de los escritos de Feijoo y por ello muy dado a los debates, a la información procedente de Europa y a las novedades científicas, extremo este último que le llevó a organizar un Gabinete de Historia Natural y a escribir una Flora de Mallorca y una Historia Natural de la Isla de Mallorca, junto a las Glorias de Mallorca, que publicó en 1755. La Económica Mallorquina siguió la senda de otras similares, dedicándose especialmente a la enseñanza, tanto en sus niveles elementales, con la creación de tres escuelas de primeras letras, como en el nivel superior de las ciencias consideradas útiles y de inmediata aplicación a las necesidades insulares, con el establecimiento de una Academia de Nobles Artes y de sendas Escuelas de Matemáticas y Náutica, aparte de contribuir a la apertura de otros centros, como la Escuela de Física y Química o la Academia Médico-Práctica. Especial trascendencia tuvo la creación en su seno de una Academia de Economía Política (1793), donde su principal impulsor, José Antonio Mon Velarde, explicaba las Lecciones de Economía Civil de Genovesi que había traducido, del mismo modo que Jacobo Espinosa había hecho la introducción a la edición mallorquina de la obra del abate Coyer, antes que otro de los miembros de la Academia, Guillermo Ignacio de Montis, fundase una Cátedra de Economía Política. Esta inclinación a la economía se manifestó asimismo, a nivel teórico, en la elaboración de memorias que pudiesen contribuir al perfeccionamiento de los diversos sectores productivos de la isla (como fueron las dedicadas a la fabricación de aceite o a las manufacturas de seda) y, a nivel práctico, en el proyecto fallido de creación de una compañía mercantil para el tráfico con el Báltico y con América. Aunque la Económica no monopolizó el espíritu ilustrado de las Baleares, ninguna de las restantes instituciones en funcionamiento a lo largo del Setecientos puede presentar un cuadro de realizaciones semejantes, por más que algunas jugaran cierto papel en la fermentación cultural de la capital, como es el caso de la llamada Universidad Literaria, que integraba entre sus miembros a hombres como Miguel Serra, padre de Buenaventura, jurista y adelantado de las ideas de reforma penal antes de la aparición de la obra de Beccaria. En resumen, un movimiento ilustrado más teórico que práctico, con algunas consecuciones concretas a partir esencialmente de los Amigos del País y que estuvo a la altura del modesto proceso de revitalización económica que conoció la isla especialmente a partir de las últimas décadas del siglo XVIII.
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La "hora navarra del siglo XVIII" parece caracterizarse por la ubicua presencia de los hombres de negocios de la región. Su ejemplo más representativo es el de Juan de Goyeneche, protector de Feijoo, vinculado a la publicación de la Gazeta de Madrid y, sobre todo, constructor de ese modelo de empresa económica ilustrada que es el pueblo de Nuevo Baztán, donde José de Churriguera levantó el palacio de la familia. También es navarro José Luis Munárriz, académico de Bellas Artes de San Fernando y al mismo tiempo hombre clave de la Compañía de Filipinas. Junto a ellos, Jerónimo de Uztáriz, al que hemos de referirnos como uno de los representantes más significados del pensamiento mercantilista de la centuria, trabaja como secretario de la Junta de Comercio y Minas. Una nota común a todos ellos es su extrañamiento de la Navarra natal para desarrollar su actividad teórica o práctica en la Corte, mientras los círculos ilustrados regionales se agrupan en torno a las Sociedades Económicas de Amigos del País, como la de Tudela (presidida por el marqués de San Adrián y preocupada por la explotación del lino y por abrir mercados a los vinos de la comarca), o se reúnen en las casonas y palacios construidos de nueva planta que, como las torres de Reparacea, imprimen su sello en el paisaje agrario como signo del nuevo clima espiritual aportado por la centuria.
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La Ilustración nació como un movimiento espontáneo de renovación cultural. Al mismo tiempo, la Monarquía asumió buena parte de sus propuestas reformistas y ofreció su protección al movimiento. Las relaciones, por tanto, entre los intelectuales y los políticos fueron incesantes, aunque su carácter está por precisar con exactitud. Por un lado, los intelectuales buscaron el apoyo de los políticos y confiaron en su capacidad para poner en práctica sus ideas, mientras por otro los políticos extrajeron de los memoriales de los intelectuales material para sus fines de fomento económico o de reforma administrativa y para sus necesidades de justificación ante una opinión pública cada día más concienciada. De esta forma, aunque dotadas de profunda unidad, no siempre se confundieron la cultura oficial y la corriente ilustrada local. Una de las funciones asumidas por la Ilustración oficial fue la "remoción de los estorbos" que se oponían a la difusión de las Luces. En este sentido, el gobierno se propuso la dirección de la opinión pública a través de los medios a su alcance, como fueron, entre otros, el ejercicio de la censura previa, la supresión de aquellos cuerpos que se juzgaban contrarios a la reforma (como ocurrió, en el caso más dramático, con la expulsión de los jesuitas) o el control de la Inquisición, que fue neutralizada durante buena parte de la centuria hasta que los sucesos revolucionarios franceses indujeron a los gobernantes a una nueva utilización de sus servicios durante la oleada represiva que se abatió sobre España a partir de la década de los noventa.
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La implantación y el progreso de la cultura ilustrada en la América española no se comprende sin la intervención de las autoridades metropolitanas y virreinales, que tratan de promover la creación intelectual impulsando un proceso de institucionalización que sirve de marco a la actuación de los principales núcleos ilustrados en cada una de las regiones del continente. Como en la metrópoli, pero con distinto peso relativo, la difusión de las Luces se encomendó a las Academias, las Universidades, las Sociedades Económicas de Amigos del País, los Consulados y otras instituciones educativas y científicas, como los Colegios Carolinos, los Jardines Botánicos, los Observatorios Astronómicos, los Colegios de Cirugía, la Escuela o Seminario de Minería de México. Las Academias tuvieron menor presencia así como menor influencia en el despliegue de la cultura ilustrada. De hecho, su creación fue siempre muy tardía y su actividad generalmente limitada, al margen de que bajo su denominación se escondieron realidades muy diversas. Así, si la Academia de Matemáticas de Caracas se remitía en sus funciones a la Academia Militar de Barcelona, la Academia venezolana de Práctica Forense o la Academia Carolina de Charcas se dedicaron a la formación de abogados (al ejercicio teórico-práctico de la vida forense, como declaraba la segunda). La más importante fue sin duda la Academia de San Carlos de México, que desempeñó tareas educativas (contando con profesores de la talla de José Ignacio Bartolache o Fausto Delhuyar), al tiempo que respondía a su genuina función de academia de Bellas Artes, dispensadora de la nueva preceptiva del arte neoclásico, a través de personalidades como el ingeniero militar Miguel Constansó o el arquitecto Manuel Tolsá. En el siglo XVIII, a las universidades ya fundadas en épocas anteriores, se unieron las de nueva creación de San Jerónimo de La Habana (1721-1728), Santa Rosa de Caracas (1721-1725), San Felipe de Santiago de Chile (1738), Asunción (1779), Guadalajara (1791), Mérida de Venezuela (1806) y León de Nicaragua (1806). Sin embargo, tanto unas como otras, en estrecho paralelo con la situación metropolitana, fueron más bien una rémora que un acicate para el progreso de la Ilustración. El ejemplo más significativo lo proporciona la batalla perdida por los ilustrados en la reforma de los planes de estudios de la Universidad de San Marcos de Lima, tras los intentos del virrey Manuel de Amat y del rector Baquíjano, que se saldaron con un rotundo fracaso. Pero lo mismo puede decirse de la Universidad Pontificia de México y la imposible reforma intentada por Bartolache, o de la aplicación del plan de estudios de Francisco Moreno y Escandón en la Universidad Pública de Santa Fe de Bogotá (que sólo pudo mantener su vigencia durante cinco años a partir de 1774). Incluso las más modernas mantuvieron su resistencia a la introducción de la ciencia ilustrada, como la de Caracas (que no fue capaz de implantar la demandada Cátedra de Matemáticas) o la de La Habana (que hizo fracasar el plan de reforma propuesto por el ilustrado José Agustín Caballero), o la de Santiago de Chile, que fue impermeable a los intentos de reforma. Las Sociedades Económicas de Amigos del País revistieron en América el mismo carácter que tuvieron en la metrópoli de organismos mixtos surgidos de las iniciativas locales, pero apoyados decididamente por las autoridades. El movimiento se inició en 1781 con la fundación en Filipinas de la sociedad de Manila, a la que siguieron en la misma década la neogranadina de Mompox (1784), la Sociedad de Amantes del País de Lima (1787) y la de Santiago de Cuba (1787). En las décadas siguientes se crearían algunas otras como la de Quito (1791), la Sociedad Patriótica de La Habana (1792), la de Guatemala (1795), la de Santa Fe de Bogotá (1802), la de Puerto Rico (1813) y la novohispana de Chiapas (1819). Rasgos comunes fueron el respaldo de las autoridades, la similar composición (funcionarios, clérigos, profesionales) y los intereses manifestados en la distribución de sus comisiones: agricultura, industria y comercio más ciencias, artes y letras. Naturalmente no todas tuvieron una vida igualmente dinámica, siendo muy lánguida la actividad de algunas (Santiago de Cuba, que sólo duraría cinco años) o muy tardía la fundación de otras para esperar frutos significativos (Chiapas, establecida dos años antes de la completa independencia de México), pero algunas (Manila, Lima, Quito, La Habana, Guatemala) desempeñaron un papel protagonista en la tarea de mantener vivo el espíritu ilustrado en el lugar de su implantación. Con anterioridad al siglo XVIII solamente se habían establecido en América los Consulados de Comercio de México (1594) y Lima (1618). Sin embargo, el Reglamento de Libre Comercio de 1778 permitió (al igual que ocurriera en la metrópoli) la aparición de toda otra serie de estas instituciones, principal pero no exclusivamente en los puertos habilitados. De este modo, la década de los noventa asistió a la fundación de los Consulados de Caracas y Guatemala (1793), Buenos Aires y La Habana (1794), Cartagena de Indias, Santiago de Chile, Guadalajara y Veracruz (1795), que se convirtieron no sólo en instituciones dedicadas a la defensa de los intereses corporativos y al fomento general de la producción en su área de influencia, sino también en centros de producción de literatura económica y en centros de enseñanza técnica a partir de la creación de numerosas escuelas de matemáticas, dibujo y náutica, entre las especialidades más frecuentes. De este modo, las Consulados para la enseñanza técnica y las Sociedades de Amigos del País para la formación profesional en general vinieron a articular (al igual que ocurriera en la metrópoli) un sector descuidado de la educación americana. Sin embargo, las carencias de la Universidad en el campo de la enseñanza superior y de la producción científica en general debieron ser suplidas por la creación de nuevas instituciones que (también como en la metrópoli y probablemente con mayor intensidad) se convirtieron en los principales centros de elaboración y difusión de la cultura ilustrada en su más alto nivel. El vacío creado al mismo tiempo por la resistencia de las viejas (y las nuevas) universidades a la reforma y por la expulsión de los jesuitas (que dejaron desamparados numerosos centros de enseñanza, entre ellos las universidades de Buenos Aires, Popayán, Panamá y Concepción de Chile) movieron a las autoridades borbónicas (en estricto paralelo con lo sucedido en el ámbito metropolitano) a utilizar los viejos edificios de la Compañía para albergar nuevas instituciones que, al margen de las universidades, permitiesen la modernización de la enseñanza superior. El caso más llamativo fue el de los Colegios de San Carlos o Convictorios Carolinos, fundados en Lima y en Buenos Aires. Así, el Convictorio de Lima regló sus enseñanzas por un plan de estudios redactado por el ilustrado chachapoyano Toribio Rodríguez de Mendoza (1787), que permitió la introducción en sus aulas de la obra de Newton o el estudio de la agricultura como nueva ciencia considerada entre las útiles. Los Jardines Botánicos fueron una consecuencia de las grandes expediciones científicas de la segunda mitad de siglo. La voluntad de institucionalización de la investigación científica, a fin de prolongar con un establecimiento permanente los resultados de la expedición fue el origen de los grandes Jardines Botánicos de México, Lima o Guatemala, que además crearon en su entorno otros centros de enseñanza (Cátedras de Botánica) o contribuyeron a la reforma de la medicina y la farmacia, como en el caso mexicano. El mismo origen tuvieron tanto el Observatorio Astronómico de Montevideo, creado como instrumento de apoyo de la expedición de Malaspina, o el Observatorio Astronómico de Santa Fe de Bogotá, creado por Mutis y dirigido por Francisco José de Caldas. Las enseñanzas de Medicina se abrieron camino lentamente en el mundo universitario hispanoamericano. La cátedra de Medicina de Bogotá fue restablecida en el Colegio del Rosario en 1805 por obra de Mutis, después de la suspensión de la disciplina en 1774. En la Universidad de Caracas los estudios médicos fueron los últimos en introducirse y todavía dentro de la tradición galénica, de la mano del mallorquín Lorenzo Campins (1763). Y en la Universidad de Guatemala conocieron su momento de esplendor a fines de siglo, con las figuras del médico chiapaneco José Felipe Flores y su discípulo Narciso Esparragosa. Esta fue una de las razones que llevaron a la creación (como ocurriera en la metrópoli) de centros de enseñanza de Medicina al margen de la Universidad, como fueron la Escuela de Cirugía de México (1768), la Cátedra de Medicina Clínica creada por Tomás Romay en el Hospital Militar de San Ambrosio en La Habana (1797-1806) y, sobre todo, los centros impulsados por Hipólito de Unanue en Lima, el Anfiteatro Anatómico (1792) y el Colegio de Medicina de San Fernando (1808). Finalmente, la Escuela o Seminario de Minería de México fue un organismo singular creado para responder a la necesidad de formar técnicos cualificados en uno de los más importantes ramos de la economía novohispana. Precedida de una serie de importantes polémicas sobre los métodos de extracción de la plata en los años sesenta y setenta, así como también de otras actuaciones con incidencia en el ramo, como fueron la implantación del Tribunal de Minería (1777) y las Ordenanzas de Minería (1783), el Real Seminario editó algunos excelentes libros de texto (singularmente los Principios de física y matemática experimental de Francisco Antonio Ballester, 1802) y tuvo un sobresaliente cuadro de profesores, donde destacaron los españoles Fausto Delhuyar y Andrés Manuel del Río, así como algún docente invitado de excepción como Alejandro de Humboldt.
contexto
Todas las regiones españolas se incorporaron con ritmos y características propios al movimiento ilustrado. Así, para el análisis correcto de la Ilustración se hace preciso recurrir a esta perspectiva regional, desde el momento en que se constata que, si bien, como se ha dicho, España es la gran creación del siglo XVIII, no es menos cierto que los contrastes regionales eran tan acusados que el país presentaba el aspecto de un gran mosaico, como ha sido señalado por Antonio Domínguez Ortiz. Como en la propia época nos advertía José Cadalso: "Aun dentro de la española hay variedad increíble en el carácter de sus provincias. Un andaluz en nada se parece a un vizcaíno, un catalán es totalmente distinto de un gallego; y lo mismo sucede entre un valenciano y un montañés. Esta península, dividida tantos siglos en diferentes reinos, ha tenido siempre variedad de trajes, leyes, idiomas y monedas... De esto inferirás lo que te dije en mi última sobre la ligereza de los que cortas observaciones propias, o tal vez sin haber hecho alguno, y sólo por la relación de viajeros poco especulativos, han hablado de España".