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El Maestro del Livre de raison trabajó en los mismos años que Martin Schongauer. Como aquel, trabajó el tema de la Subida al Calvario, pero desde un enfoque completamente diferente. En el grabado de Schongauer, los personajes se arremolinaban frente a un muro de rocas que le prestaban telón de fondo. En el grabado del Maestro, existe el mismo número de personajes, pero el artista ha simplificado la escena aislando el grupo principal con Cristo caído y los sayones agrediéndole. El resto de la gente puede intuirse, gracias a las puntas de lanzas que suben en procesión por detrás del mismo muro de rocas que podíamos ver en el grabado de Schongauer. Este recurso permite al Maestro otorgar mayor claridad a la escena, dar una proporción más grande a los personajes y centrar la atención no en la procesión de lo soldados, sino en el sufrimiento de Cristo, destacado justo en mitad de la escena.
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El formato marcadamente vertical que ha elegido para este cuadro determina la colocación de los personajes, que podría calificarse de revolucionaria. El Bosco emplea en varias de sus obras composiciones muy modernas en contraste con su estilo y temática medievalistas, como veíamos por ejemplo en el caso de la Subida al Calvario del Museo de Bellas Artes de Gante. Ante un tema con abundantes personajes y desarrollado al aire libre, lo más lógico habría sido elegir un formato horizontal, para colocar ordenadamente todos los elementos. Sin embargo, El Bosco prefiere distribuirlos en dos bandas, abajo los dos ladrones y sus verdugos, y arriba todo un cortejo que más que acompañar a Cristo parece arrastrarlo como un río humano hacia el tormento. Fijémonos en el personaje de la túnica rosada que le azota: es exactamente el mismo que atormentaba a Cristo en la Subida al Calvario del Palacio Real de Madrid. Mientras que en este plano todo es confusión y podría constituir un cuadro aislado por sí mismo, debajo sólo hay dos grupos. El mal ladrón parece increpar a sus verdugos, vestidos con extraños ropajes. Al otro lado, el buen ladrón confiesa sus pecados a un fraile, detalle curioso si tenemos en cuenta que Cristo aún no había sido crucificado ni la Iglesia y sus sacramentos instituidos. Pese a que El Bosco no introduce sus habituales monstruos y demonios, el óleo está lleno de detalles curiosos, como la extraña maza que porta el personaje de verde que acompaña a Cristo, la mujer con el gorro puntiagudo entre la multitud o el hombre que carga a la espalda un escudo con un sapo, símbolo de la lujuria.
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Lo más interesante de esta pintura de El Bosco tal vez sea el punto de vista elegido, muy próximo a los personajes que aparecen vistos de plano medio y no como figuras completas en medio de un paisaje. Este tamaño hace que las figuras tengan un tamaño muy próximo al natural, por lo que el espectador puede fácilmente introducirse en la escena, que estaba pensada para provocar la meditación del fiel. El formato de figura media es de raíz italiana y nace en el Cinquecento, aunque obviamente El Bosco pudo aprenderla a través de modelos transmitidos a Países Bajos y Alemania por pintores que habían viajado más allá de los Alpes. Otro punto verdaderamente fascinante es el tapiz de rostros y expresiones que el pintor ha realizado. No existe espacio libre sino un continuo de miradas, muecas, sonrisas, todo ellos centrado alrededor del rostro manso de Cristo, que la Verónica acaba de imprimir en el paño. Los rostros son grotescos en su mayoría, deformes, con grandes narices, arrugas, colores extraños que van desde el gris al verdoso, desdentados, con todo tipo de sombreros y adornos. La caricatura y el feísmo son muy típicos de la pintura flamenca, pero no hemos de olvidar la influencia en estos mismos años de Leonardo y Durero, con sus trabajos acerca de la caricatura y los rostros grotescos.
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Frente al habitual paroxismo iconográfico que presenta la obra de El Bosco, tenemos ante nosotros un cuadro convencional, dentro del más puro estilo de la pintura alemana o flamenca de la época de El Bosco. No hay monstruos ni visiones oníricas, aunque la presencia del mal y del pecado es tan palpable como en los cuadros más desbordantes de su autor. La obra es una de las más grandes que pintó El Bosco, como pintura única y no como tríptico, claro está. Al fondo vemos una ciudad llena de edificios fantásticos, tal y como los artistas europeos imaginaban las ciudades de Oriente e Israel. En el paisaje observamos una pareja, la Virgen consolada por San Juan Bautista. En el grupo principal destacan las miradas llenas de dureza y reprobación hacia el espectador de Cristo y el soldado. Entre los que siguen el cortejo se encuentran rostros de avariciosos, hipócritas, crueles, etc. En sus vestidos hay insignias extrañas y adornos exóticos, que escapan a la interpretación convencional.
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Tras la Flagelación, Giotto representa la Subida al Calvario como un camino que sigue la muchedumbre, a las puertas de Jerusalén. Algunos se adelantan en el cortejo, vigilando al Cristo con la cruz a cuestas, desplazado hacia la derecha, que amplifica la idea de continuidad de la escena. Tras él, encabezando el séquito, dos personajes empujan e increpan al Mesías. Destaca en este grupo compacto el hombre que retiene a la Virgen, que intenta acercarse a su hijo. Pero Cristo recorre solo el camino, separado de todos los personajes, lo que evidencia la soledad de toda una vida de sufrimiento. Todos los personajes están muy bien caracterizados, pero el más sublime es el rostro de la Virgen, llena de tristeza y Jesús, que vuelve su cara desolada hacia atrás, pero también al espectador, al que le muestra de frente su desgracia. Giotto ha pensado también en la conexión de esta escena con el resto de los episodios narrados; por eso sitúa a los personajes de la parte derecha cortados por el marco y, las murallas de Jerusalén, a la izquierda. La escena de la Crucifixión continúa el desarrollo narrativo.
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<p>La tipología de esta escena nos aparece claramente definida en la tradición de la pintura flamenca, tal y como la trataron artistas del calibre del Bosco. Nos muestra una escena que combina el patetismo más exacerbado con los rasgos grotescos, ridículos. En primer plano, separado del resto de la escena, el marco de la cruz en forma de "T" nos aísla el cuerpo vencido de Cristo, con el rostro pálido, amarillento, lleno de sangre. Es la viva imagen del dolor, la humillación y el sufrimiento físico, es decir, el sufrimiento de Cristo hombre y no de su persona divina. Rodeando la cruz aparecen los sayones, pintados según los hábitos flamencos y alemanes: son feos, gesticulan de manera ridícula, sus rostros están deformados por las pasiones al igual que la de Cristo. Pero mientras que Cristo mueve a la piedad y la conmiseración, los sayones provocan la risa o la repugnancia. La agitación del primer plano, con las figuras agolpadas, contrasta con la quietud del fondo arquitectónico, el cielo lleno de nubecillas blancas y el monte Calvario al fondo, donde ya se están levantando las cruces de los ladrones.</p>
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La Subida al Calvario es el reverso de San Antonio y la reina de los diablos, y la pareja del Prendimiento de Cristo. Ambas tablas cierran el tríptico de las Tentaciones de San Antonio y presentan una versión extremadamente violenta de la pasión de Cristo. Mientras Cristo es conducido al monte donde se le crucificará, diversos reos son amonestados por los frailes que les han condenado a tortura. La cabeza de otro condenado está atravesada en los arbustos y unos niños contemplan la escena como algo cotidiano mientras juegan con sus juguetes.
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Esta Subida al Calvario es bastante convencional, lo cual resulta frecuente en la obra de El Bosco para este tema en concreto. Está realizado con el típico estilo flamenco de la zona en la que se crió y trabajó el artista, con una Virgen desmayada sostenida por San Juan que nos recuerda al grupo de la Virgen con San Juan analizada en otra ocasión.
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La tipología de esta escena nos aparece claramente definida en la tradición de la pintura flamenca, tal y como la trataron artistas del calibre del Bosco. Nos muestra una escena que combina el patetismo más exacerbado con los rasgos grotescos, ridículos. En primer plano, separado del resto de la escena, el marco de la cruz en forma de "T" nos aísla el cuerpo vencido de Cristo, con el rostro pálido, amarillento, lleno de sangre. Es la viva imagen del dolor, la humillación y el sufrimiento físico, es decir, el sufrimiento de Cristo hombre y no de su persona divina. Rodeando la cruz aparecen los sayones, pintados según los hábitos flamencos y alemanes: son feos, gesticulan de manera ridícula, sus rostros están deformados por las pasiones al igual que la de Cristo. Pero mientras que Cristo mueve a la piedad y la conmiseración, los sayones provocan la risa o la repugnancia. La agitación del primer plano, con las figuras agolpadas, contrasta con la quietud del fondo arquitectónico, el cielo lleno de nubecillas blancas y el monte Calvario al fondo, donde ya se están levantando las cruces de los ladrones.