A partir de 1800 a. C., fecha de la aparición de la cerámica en el área peruana y que suele tomarse como inicio del periodo Formativo, se consolida el proceso de domesticación de todas las plantas conocidas y de los animales más representativos y se han introducido incluso nuevos cultígenos, con lo que el panorama agrícola se amplía considerablemente. Aunque en la costa no se ha abandonado la captura de peces o la recolección de mariscos, ni en la sierra las prácticas de caza, el maíz se ha convertido en la base de la subsistencia. La peculiar orografía y las condiciones climatológicas del área hacen que desde temprano las prácticas agrícolas se orienten hacia una utilización intensiva de los escasos terrenos y, poco a poco, irán surgiendo sistemas de canalizaciones y acueductos, galerías filtrantes y andenerías, que en épocas sucesivas irán transformando el paisaje e imprimiéndole su particular aspecto. Y es probable que el uso de fertilizantes, tan extendido en fechas más tardías, se inicie también en este momento. La población ha crecido considerablemente hasta el punto de que casi todos los valles costeños e intermontanos se encuentran habitados, y los asentamientos, en forma de poblados concentrados, se encuentran en estrecha relación con las áreas de cultivo, pero siempre buscando para su edificación suelos no aprovechables. Las faldas de los cerros que rodean los valles son lugares preferentes, apareciendo agrupaciones de 20 ó 30 casas esparcidas irregularmente, hechas de materiales perecederos, pero también de piedras unidas con barro formando cuartos rectangulares o semicirculares. Las características de los asentamientos hacen pensar ya en la existencia de cierto contingente de población dedicado a tareas no productivas, tales como la religión y el arte. En este sentido es significativa la existencia de grandes centros; seguramente con una función religiosa, que aglutinan y son mantenidos por un número de poblados. Otra característica del período serán los cambios en la organización social, pasando desde sociedades tribales igualitarias, en las etapas tempranas, hasta la aparición de sofisticadas jefaturas en las etapas tardías, jefaturas que controlarán regiones relativamente amplias y que pondrán un enorme énfasis en una sorprendente funeraria que las condiciones ambientales han permitido que llegue hasta nosotros. Las cerámicas más antiguas de Perú utilizan un reducido número de formas, dominando los jarros esféricos y los cuencos más o menos profundos, y hay también botellas de estrecho cuello y base convexa. No se utilizan todavía las posibilidades plásticas de la arcilla, derivándose las técnicas de trabajo de las de la cestería. La decoración incisa es la más utilizada, y un defecto común es la cocción irregular que produce manchas en la superficie. Pero desde el punto de vista del arte nos interesa destacar ahora la existencia de una serie de centros, de probable carácter ceremonial, con una sorprendente escultura que no se repetirá en épocas posteriores. Tal vez el más importante o al menos el más conocido de todos los centros formativos sea Chavín de Huantar, que se encuentra cerca del pueblo actual del mismo nombre, a 3.135 m sobre el nivel del mar, a la entrada del Callejón de Conchucos, en los flancos orientales de la cordillera Blanca andina. Situado entre dos ríos, sus periódicos desbordamientos han contribuido a la destrucción del yacimiento junto con el hecho de haber servido de cantera desde época prehispánica. Además del sitio principal se encuentra alrededor una serie de lugares en íntimo contacto con el mismo. Pero el concepto de Chavín desborda con mucho los límites del sitio epónimo y bajo esa denominación se identifica un estilo artístico que se manifiesta fundamentalmente sobre piedra grabada, cornisas, dinteles, losas, obeliscos, que floreció entre 1200 y 300 a. C. Los temas dominantes son una serie de personajes de apariencia más o menos antropomorfa, relacionada con un felino, un jaguar, un ave, águila o halcón, y una serpiente, compuestos formando una especie de lenguaje metafórico, fácil de reconocer pero de no tan fácil interpretación. Este estilo, que también se manifiesta en cerámica elaborada, orfebrería del oro y tejidos de finas telas de algodón, parece ligado a un culto que surgió en los Andes centrales en el último milenio antes de la Era Cristiana. El propio sitio de Chavín de Huantar debió tener vigencia durante muchos siglos, dado el carácter de sus construcciones que han ido sufriendo una serie de ampliaciones y superposiciones. La construcción más destacada se denomina El Castillo. En ella la estructura más antigua parece ser el Templo Viejo, en forma de U, en torno a un patio rectangular abierto al este. El aspecto exterior es de plataformas macizas, construidas alternando lajas de piedra de diferente tamaño. Cabezas clava de aspecto antropo y zoomorfo se incrustan en los muros. Pero el edificio no es sólido, ya que el interior se encuentra atravesado por una serie de galerías a diferentes alturas que se entrecruzan en una disposición general en forma de E, y conectadas entre sí por una serie de conductos. Los techos se forman con dos losas salientes y una tercera apoyada sobre ambas, y en las paredes se aprecian restos de pintura y enlucido. Diferentes ampliaciones a lo largo del tiempo se convirtieron en lo que se denomina el Nuevo Templo de forma rectangular con añadidos sucesivos, también en forma de U, y con portadas con motivos escultóricos.
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Tras la efímera unión dinástica de Suecia y Noruega bajo Magnus Eriksson (1319-1363), un sector de la nobleza sueca ofreció la Corona a Alberto de Mecklemburgo (1363-1389), quien trató de restablecer el prestigio real a costa de los privilegios de la alta nobleza. Esta reclamó la intervención de la reina Margarita, regente de Noruega y Dinamarca desde 1387. En 1389 los partidarios del príncipe alemán fueron derrotados por los daneses en Falköping y el propio Alberto tuvo que sufrir prisión en Aasle. La guerra contra Dinamarca prosiguió gracias al esfuerzo de los nacionalistas suecos, apoyados por los piratas del Báltico (Vitalienbrüder), que tomaron Visby y la costa finlandesa. A pesar de todo, en 1395 Estocolmo, ultimo reducto de la resistencia, cayó en manos danesas. Dos años más tarde se firmaba la Unión de Kalmar. Los recelos ante la unión dinástica no tardaron en cristalizar en una revuelta anti-danesa, encabezada por Engelbrekt Engelbrektsson entre 1434 y 1436, quien contó con el apoyo de los mineros y de las asambleas de campesinos y burgueses. A la muerte de Cristóbal II de Dinamarca (1448), Suecia se desvinculó de la Unión y Carlos Knuysson fue elegido regente. En 1464 estalló una nueva sublevación acaudillada por el regente Sten Sture (fallecido en 1504), quien derrota a los daneses en Brukemberg (1474). No obstante, Christian II (1513-1559) venció a las tropas suecas del nuevo regente Sten Sture II. El monarca danés inició una política agresiva contra el nacionalismo sueco, que desembocó en el llamado Baño de Sangre de Estocolmo (1520) y en el posterior asentamiento de la dinastía Vasa en Suecia desde 1523. La economía sueca a lo largo de los siglos XIV y XV estuvo capitalizada por la actividad agraria. Las grandes explotaciones florecieron en el transcurso del siglo XV, regentadas en muchos casos por campesinos acomodados que copiaban el estilo de vida de la nobleza terrateniente. Sin embargo, la mayoría de los campesinos se encontraban sometidos a la presión señorial, presión que obligaba a los agentes reales a echar de la ciudades a los aldeanos instalados ilegalmente dentro de sus murallas; en Finlandia, sometida a los suecos desde el siglo XIII, estalló una revuelta campesina capitaneada por un tal David, que se hacia llamar Rey de los campesinos (1438). Cabe destacar el importante desarrollo de las obligaciones y trabajos comunitarios en el seno de las aldeas (brandstup). Las tierras de cultivo ganaron terreno al bosque gracias a los desbroces y roturaciones, importantes sobre todo en Finlandia. El sistema de cultivo predominante era el de rotación bienal (vang y fält). La minería constituyó desde finales de la Edad Media un importante recurso para la economía sueca, gracias a los yacimientos de mineral de hierro situados en el centro del país. Afluyeron dinero y mano de obra y surgieron algunos mercados agrícolas. En Dalícarlie prosperó una primitiva industria metalúrgica, basada en la mayor capacidad de los hornos a la manera sueca, introducidos en Alemania más tarde.
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Al otro lado del mar se estaba construyendo, no sin dificultades y retrocesos, el moderno Estado sueco, relacionado desde la expulsión de Cristian II de Dinamarca con la poderosa familia de los Vasa, uno de cuyos miembros, Gustavo, fue elegido rey en 1523, aunque tuvieron que transcurrir algunos años hasta que pudo consolidar su soberanía frente a sus opositores y a los movimientos subversivos de distinto signo que contra él se alzaron. Gustavo I Vasa (1523-1560), figura sobresaliente, con una fuerte personalidad, gran capacidad de actuación y buen predicamento entre el pueblo, modeló a su manera el aparato de poder que supo montar reorganizando la Administración, incluido el Gobierno central, y creando organismos básicos de gestión económica. También fue el introductor de la reforma luterana en Suecia, medida que se debió más a cuestiones políticas que religiosas, pues lo que al monarca sueco le urgía obtener eran los cuantiosos recursos económicos de la institución eclesiástica y el control sobre ella, de ahí que una vez recabados los apoyos sociales necesarios decretase la secularización de los bienes de la Iglesia, decisión que contó con la aceptación de los representantes estamentales de la nobleza, burguesía y campesinado, que unieron sus fuerzas frente a las del clero. A este respecto, la Dieta de Vasteras de 1527 constituyó un hito destacado en los inicios del mandato de Gustavo Vasa por las decisiones políticas y religiosas que en ella se tomaron. La primera década de su reinado resultó crucial para la afirmación del nuevo Estado sueco, pues además de someter a la Iglesia, de lograr la financiación que pretendía para garantizar su labor política, de empezar a desarrollar una administración central y de formar un gobierno efectivo, tuvo que hacer valer su autoridad una y otra vez frente a las protestas interiores de sectores aristocráticos, clericales y campesinos, y a las amenazas exteriores del todavía intrigante Cristian II y del ex-arzobispo de Upsala. Solventados estos peligros, el resto del reinado transcurrió de forma menos conflictiva. La Monarquía de los Vasa obtendría además una garantía de continuidad al quedar establecida, desde 1544, la realeza como derecho hereditario de la familia. Los problemas le vendrían de nuevo a la Corona sueca por la política, en exceso ambiciosa, de Erik XIV (1560-1569), involucrado en la guerra de los Siete Años (1563-1570) contra Dinamarca, a la que apoyaba indirectamente Polonia, y por el rebrote de la cuestión religiosa que pasaría a un primer plano durante el reinado de Juan III (1569-1592), que se convirtió en rey tras destronar a su hermano Erik. Casado con la polaca Catalina Jagellon, el nuevo monarca se mostró favorable a la Contrarreforma, provocando con sus actos, por un lado, gran tensión en la sociedad sueca, mientras que por otro daba lugar a la futura, y momentánea, unión dinástica de Suecia con Polonia, al recaer tras su muerte el trono en su hijo Segismundo III (1592-1604), el cual ostentaba la Corona polaca desde 1587. El nuevo monarca sería el continuador de la política contrarreformista de su padre, lo que le acarrearía a la postre su caída después del levantamiento de los fieles protestantes, de la derrota que experimentó ante ellos y de su consiguiente deposición. El reinado de Segismundo III constituyó un período crítico para la evolución de los países del Báltico por las posibilidades de dominio que presentaba el bloque polaco-sueco y por la expresa orientación católica del monarca, pero fueron precisamente su marcada defensa de la causa contrarreformista, su decidido apoyo a uno de los elementos fundamentales de ésta, es decir, a la Compañía de Jesús, y su orientación pronobiliaria (factores todos ellos que suponían un cambio de rumbo importante en las directrices gubernamentales respecto a las que hasta entonces habían caracterizado a la Monarquía sueca de los Vasa, sobre todo tan distintas a las líneas programáticas del gran Gustavo I), las causantes de la amplia sublevación que se originó en su contra, en la que participaron grupos burgueses y campesinos opuestos a la penetración católica y contrarios a la reacción nobiliaria, que ofrecieron su apoyo a una especie de partido nacional que se aglutinó alrededor de la figura del príncipe Carlos, el hijo menor de Gustavo Vasa, el cual resultaría vencedor en su enfrentamiento con Segismundo, que sería depuesto como rey de Suecia aunque seguiría ocupando el trono polaco hasta 1632. Con Carlos IX (1604-1611) triunfaba también el protestantismo sueco, iniciándose además una nueva etapa de esplendor en la evolución política sueca que se concretaría con toda nitidez en el siguiente reinado de Gustavo Adolfo.
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La evolución del régimen político sueco mostraba bien a las claras la afirmación de la Corona y del Gobierno central, por un lado, mientras que, por el otro, aumentaba el predominio de la clase nobiliaria aun teniendo en cuenta los roces y enfrentamientos que se detectaron en determinados momentos entre ambos poderes. Así, la primera década del siglo contempló la pugna entre el rey Carlos IX, deseoso de consolidar su soberanía, y la alta aristocracia, que insistía en la defensa de sus privilegios. Desde 1604 quedó realzado el papel del trono, cobrando éste todavía mayor relevancia durante el reinado del siguiente monarca, el gran Gustavo II Adolfo (1611?1632), con el que la Corona sueca alcanzó su mayor etapa de esplendor. La propia personalidad del nuevo rey, que había sido educado para que asumiera con éxito la responsabilidad de su tarea regia, contribuyó muy mucho al logro de sus objetivos. De físico agraciado y robusto, inteligente, culto y de profunda religiosidad, pronto destacaría como estadista y jefe militar. Sus biógrafos han dejado una imagen muy positiva y exaltadora de su figura, que al parecer se vio correspondida en la realidad y confirmada en gran medida por su actuación pública, hasta el punto de llegar a convertirse en uno de los protagonistas más destacados de la escena política de la Europa de su tiempo. Quiso convertir a Suecia en una gran potencia, controlar el Báltico para hacerlo un lago sueco y extender la causa protestante, de la que se mostró un ferviente defensor. Una buena parte de sus pretensiones logró realizarlas, contando con la necesaria base económica gracias a la producción minera del país, al desarrollo de la industria metalúrgica y a los subsidios obtenidos del extranjero, mayormente de Francia, de la que se convirtió en un eficaz aliado. El apoyo nobiliario y el fuerte respaldo social a su política de grandeza le permitieron dotar a sus empresas de un sentido nacional, confirmado por la formación de un poderoso ejército integrado mayoritariamente por soldados suecos, reclutados de forma casi obligatoria en un precedente de lo que posteriormente llegarían a ser las milicias nacionales, acompañados por la presencia igualmente destacada de mercenarios extranjeros, especialmente alemanes. La mejora del armamento utilizado, los avances tácticos aplicados en las formaciones de combate, la rígida disciplina que se impuso y el profundo fervor religioso que le dio cohesión y espíritu de lucha, hicieron del ejército sueco, liderado por el propio monarca, una fuerza casi incontenible, como se demostró en su marcha triunfante por los campos de batalla en los que intervino, pudiéndose destacar su participación en la guerra de los Treinta Años, en el transcurso de la cual Gustavo II Adolfo encontró la muerte de forma un tanto inesperada en Sajonia (Lützen, noviembre de 1632). Durante su reinado, la Monarquía experimentó una renovada fuerza como motor de la maquinaria estatal, efectuando una reorganización interior en el sentido de reforzar el poder central y teniendo que recurrir a buscar el apoyo de la nobleza, que vio aumentados sus privilegios y su posición como clase dominante a cambio de la colaboración militar y política que le prestó a la Corona. El canciller Axel Oxenstierna, perteneciente a la alta aristocracia y personaje decisivo en la vida pública sueca hasta su muerte en 1654, simbolizó mejor que nadie esta colaboración entre el trono y los grupos nobiliarios. La autoridad regia fue confirmada asimismo por el asentimiento de la Dieta y del Senado, cuerpos más o menos representativos a los que el soberano trató con gran respeto, en su deseo de moverse siempre dentro de la legalidad por entonces establecida. La labor de Gustavo Adolfo se extendió también a la reorganización de la justicia y a la creación de audiencias territoriales. En el terreno económico su Gobierno intentó aplicar una política de corte mercantilista, sobre todo queriendo obtener los mayores recursos posibles para hacer frente a los cuantiosos gastos ocasionados por sus proyectos expansionistas. Hacia el exterior, los logros se sucedieron hasta el mismo momento de su muerte: el tratado de Knäred (1613) con Dinamarca, por el que se permitía a los navíos suecos la libertad de navegación; el de Stolbova (1617) con Rusia, que confirmaba la posesión sueca de Carelia, recibiendo además Ingria; y la tregua de Altmark (1629) con Polonia, obteniendo de ésta Livonia, algunos puertos situados en la Prusia oriental y los beneficios aduaneros de Danzig. Se empezaba a cumplir así uno de los objetivos de Suecia: el control del Báltico y el predominio sobre los países de la zona. Nada más producirse la tragedia de Lützen, que ocasionó la desaparición de Gustavo II Adolfo, la Dieta reconoció a su hija Cristina, una niña de seis años, como heredera del trono, pero dada su minoría de edad se estableció una regencia que estuvo dominada por el todopoderoso Oxenstierna, lo que se tradujo en una etapa de gobierno nobiliario directo (plasmado en la Constitución de 1634) hasta la proclamación de la mayoría de edad de la reina. Cuando Cristina ocupó el poder, en 1645, intentó limitar algo la avasalladora situación de los privilegiados reunidos en torno al hasta entonces canciller?regente. Fueron unos años difíciles para la joven soberana, que pretendió mostrarse independiente y con criterios propios, para lo que estaba bien preparada por su amplia educación e inteligencia, pero una serie de circunstancias, tanto personales como religiosas y políticas, la llevaron a abdicar en 1654. Unos años antes había nombrado como sucesor a su primo, que de esta manera un tanto sorprendente se convirtió en el nuevo rey Carlos X Gustavo (1654-1660), un monarca que sólo pudo gobernar durante unos pocos años, en los que se planteó una ambiciosa política exterior muy superior a sus posibilidades, motivo de nuevos enfrentamientos bélicos con Dinamarca y Polonia. No obstante, al poco tiempo de su fallecimiento, el juego de las relaciones internacionales permitiría la continuación del expansionismo sueco, alcanzándose en 1660 el dominio sobre el Báltico tan codiciado desde tiempo atrás.
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De los países bálticos, Suecia tiene unos orígenes más oscuros que Dinamarca y Noruega por estar más aferrada a sus viejas tradiciones y mantener un paganismo persistente hasta mediados del siglo XII. La resistencia a la penetración del Cristianismo fue vencida gracias a la acción evangelizadora de los cistercienses. El triunfo de la nueva religión se plasmaría en la fundación de varias sedes episcopales, de las cuales destacaría Uppsala (1163). La creación de este arzobispado pone de manifiesto la organización y autoridad de la Iglesia y, asimismo, el desplazamiento del centro neurálgico del reino hacia el sur. A partir de entonces, se abre un largo periodo de anarquía. La ausencia de reglas sucesorias facilitó el antagonismo entre dos familias: Sverker y Stenkil que, alternativamente, ocuparon el trono hasta 1250, año de la llegada al mismo de una nueva dinastía, que conseguiría la estabilidad. Del periodo de anarquía política (1150-1250), sobresale la actuación de Erik IX el Santo (1150-1160) que llevó a cabo una cruzada en Finlandia, siendo esta acción la primera expansión auténtica que realiza Suecia. Esta apertura al Báltico sería continuada por Canuto Eriksson (1173-1196) que estableció contactos comerciales con Lubeck. En época de Sverker II (1196-1210), se afianza el papel de la iglesia nacional sueca. Erik Laespe (1223-1250) fracasa en la política expansiva hacia Nóvgorod. Los suecos son derrotados en Neva (1240) por el príncipe Alexander Nevski. Como compensación, logran avanzar en el sur de Finlandia, aunque su penetración fue lenta y bastante superficial. La acción de gobierno de este monarca estuvo mediatizada por su cuñado, el conde Birger Magnusson, el más eminente hombre de estado de la Suecia medieval. El fue quien tomó la iniciativa de fundar en un islote, a orillas del lago Mälar, una fortaleza que sería el núcleo originario de la futura Estocolmo. Allí facilitó el asentamiento de mercaderes alemanes, que mantuvieron estrechas relaciones con Lübeck y Danzing. Poco después, se descubren las minas de cobre y, mediante la exportación de dicho metal, se produce un notable auge económico que promueve el desarrollo urbano. El conde Birger controló de forma efectiva el gobierno de 1248 a 1266. Una de sus más importantes actuaciones fue la instauración de su hijo Waldermar en el trono, fundando de esta forma la dinastía Folkung. Esta conseguiría situar a Suecia en el mismo nivel que los Estados vecinos. El reinado de Waldemar (1250-1275) coincide con una etapa de desarrollo económico donde se acentúa, por influencia paterna, la feudalización. Le sucede su hermano Magnus Ladulos (1279-1290) que, mediante la legislación, continuó apoyando las innovaciones feudales de su padre y estableció una nobleza hereditaria sobre unos criterios de signo occidental. En su tiempo aumentó el poder del clero y de las ciudades, apoyadas en la prosperidad comercial y minera. Por el contrario, su hijo Birger (1290-1319) tuvo un gobierno caótico debido a la guerra civil con sus hermanos, a los que finalmente ejecutó, produciéndose un levantamiento popular y su expulsión del trono. Tras él, se abre un nuevo periodo de crisis que, al igual que en los otros países escandinavos, se caracterizará por la debilidad del poder real y el creciente fortalecimiento de la nobleza.
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La posición hegemónica que ocupaba Suecia en buena parte de la centuria anterior le hacía dominar principalmente el área del Báltico y la convertía en una potencia europea de primer orden, a tener en cuenta en el conmjunto de las relaciones internacionales. Los sucesivos reinados, no muy afortunados, de Carlos XII y Gustavo III intentarán revivir el esplendor de la época de Gustavo Adolfo, sin llegar a conseguirlo. La irrupción de poderosos rivales, como Rusia y Prusia, y sobre todo la desastrosa política exterior de Carlos XII, volvada en el ámbito exterior y plagada de derrotas en el campo de batalla, reducirán el potencial de Suecia y su peso en el conjunto de naciones, no volviendo a experimentar el desarrollo de épocas pasadas.
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Alemania dudó en 1939 si respetar o no la neutralidad sueca. En 1940 (enero) se pensó ocupar Suecia, pero la idea se descartó, pues interesaba más disponer pacíficamente del hierro sueco, en un momento en que no se sabía todavía qué podían hacer Francia y Gran Bretaña. En 1942 volvió a considerarse la invasión de Suecia (para febrero o marzo), sobre el esquema de la de Noruega de dos años antes: veinticinco divisiones, lanzamientos de paracaidistas, bloqueo y ocupación de las costas y puertos. Pero en febrero de 1942 alguien pasó el plan a los suecos. Este alguien resultó ser el oficial B. Graf Schenk von Stauffenberg, hermano del Stauffenberg que atentará contra Hitler en 1944 (ambos hermanos serán fusilados juntos tras el atentado). Suecia decretó la movilización parcial, a la que dio la máxima publicidad, con el fin de hacer saber a los alemanes que pensaba resistir. Ante esto Hitler, que, además, tenía otros graves problemas en qué pensar, abandonó la idea.