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Personaje Literato Religioso
Descendiente de una familia noble visigoda, su educación discurrió de la mano de San Zoilo y Esparaindeo. Tras profesar como sacerdote se trasladó al norte de la Península, con el fin de localizar a sus hermanos. En este periplo logró alguna noticia de sus hermanos y descubrió textos de Horacio y Juvenal, entre otras obras. Cuando saltaron en Córdoba los primero enfrentamientos entre cristianos y musulmanes, Eulogio se vio implicado. Su defensa de los mártires cristianos le llevó a la cárcel. Fue en este tiempo cuando redactó su "Memoriale Martyrum" y "Documentum Martyriale". Con éste último trataba de reforzar la fe de Flora y María, que serían asesinadas si no renunciaban al cristianismo. Aunque fue designado obispo de Toledo, murió decapitado antes de ocupar el cargo.
Personaje Religioso
Natural de Grecia, san Eusebio fue uno de los firmes defensores de la ortodoxia en la encrucijada ideológica que sufre el cristianismo a lo largo del siglo IV. Su postura le valió el destierro, llegando en una ocasión a Roma donde fue nombrado obispo de la Ciudad Santa. De nuevo fue desterrado, marchando a Sicilia donde falleció.
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San Jorge y San Eustaquio son los paneles laterales del Altar Paumgarten. En realidad, son los retratos de los hermanos Lukas y Stephan Paumgarten, a quienes volveremos a encontrar en el panel central, dedicado a la Natividad, adorando al Niño entre el resto de sus parientes.Jorge y Eustaquio son los ejemplos más típicos del "miles Christi", es decir, el "soldado de Cristo". Son personajes fuertes, guerreros, vencedores por la fe. Eustaquio pasó por un episodio milagroso que se narra con gran perfección en un grabado del mismo autor, San Eustaquio en el bosque. El ciervo milagroso con la cruz entre sus astas está bordado en su estandarte, que constituye la auténtica bandera del soldado cristiano.
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De entre todos los grabados de Durero podemos destacar un grupo de excepcional calidad, que han pasado a la historia del arte como ejemplos magistrales del arte del grabado. Uno de esos ejemplos es esta estampa de San Eustaquio, una de las más perfectas de su autor y sencillamente deliciosa en su contemplación.El tema de la imagen es la historia de un santo de la antigüedad, Eustaquio, soldado romano de noble cuna. Eustaquio salió a cazar un día con sus perros y sus caballo y en el bosque encontró un ciervo que llevaba entre sus astas la cruz de Jesús. El santo cayó estupefacto ante el animal milagroso y adoró a Cristo. Por este motivo, recibió martirio y fue asesinado.Durero ha ambientado la historia del santo en un bosque alemán, con un hermoso castillo medieval recortado contra el cielo, como suele hacer en otras de sus estampas. Lo mejor de la imagen es el propio bosque cuajado de animales. El interés del artista por las proporciones de la naturaleza aparece en los grados de sus animales: el enorme caballo, que ocupa la mayor parte de la superficie, el ciervo y los cinco perros, que constituyen por sí mismos un excelente estudio del natural (tres de perfil, uno de frente y otro acostado, lo que resumen casi todas las posturas posibles para este animal). Las variaciones en la vegetación, las especies representados, las sombras de las hojas y sus brillos son infinitas y una excelente excusa para que el ojo del espectador se pierda en la foresta.Otros detalles delicadísimos los constituyen el oscuro estanque en el que destacan las esbeltas siluetas de los cisnes nadando, y la elegante silueta de la bandada de pájaros al vuelo que rodean las agujas del castillo en lontananza. En imágenes como esta se pone de manifiesto la maestría de Durero en su arte y constituyen un verdadero deleite para el espectador.
Personaje Religioso
Estudió en el monasterio servitano, siguiendo los consejos de san Donato. Fue nombrado obispo de Valencia. Fue uno de los integrantes del III Concilio de Toledo. Este y san Leandro se encargaron de la redacción de los 23 cánones sobre la disciplina eclesiástica. Su obra "Varones ilustres" provocó la admiración de san Isidoro.
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Como veíamos en San Simón, Durero llevaba trabajando desde 1514 una serie dedicada a los doce Apóstoles, a la que progresivamente le iba añadiendo personajes. Los bocetos para cada uno de los grabados están realizados a la punta seca, normalmente en un tamaño mayor que el grabado definitivo. Algunos de ellos sirvieron de base para el gran óleo dedicado a los Cuatro Evangelistas, que Durero realizó a modo de testamento espiritual al final de su carrera, en medio de las convulsiones cismáticas del protestantismo.
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Tradiconalmente se ha venido considerando esta figura como Santo Tomás o Santiago el Menor, pero una vez identificados ambos tiene que tratarse de San Felipe. Curiosamente, es una de las figuras más interesantes del Apostolado que pintó Ribera en la década de 1630, tomando como modelo a un personaje popular que dirige su mirada hacia el espectador, con un gesto de absoluta humanidad. El naturalismo del rostro se repite en las manos, resaltando todas y cada una de las arrugas del apóstol. La figura emerge de un fondo negro, creando el maestro un efecto tenebrista, inspirado en Caravaggio, al impactar en la figura con el potente foco de luz para crear intensos contrastes de luces y sombras. El resultado es una obra cargada de humanidad sin renunciar a la espiritualidad.
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Durero realizó esta cabeza de santo al mismo tiempo que la efigie de Santiago Apóstol. San Felipe aparece como una anciano de rostro poderoso, muy expresivo, pero con la mirada triste. El rostros está cruzado de profundas arrugas y la piel tiene el tono terroso del que ha pasado la vida trabajando al aire libre. Los rizados cabellos son de un gris metálico muy oscuro y duro, en perfecta armonía con el color del raído vestido del santo, que parece un hábito religioso. Arriba, rodeando la cabeza, aparece una inscripción admonitoria en latín, pidiendo a San Felipe que rece por nosotros, junto a la fecha y el monograma del artista.
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En la Holanda protestante del siglo XVII las escenas religiosas que más llamaban la atención eran las que ejemplificaban la buena conducta, como en esta obra en la que aparece San Felipe bautizando a un eunuco que leía en su carruaje las profecías de Isaías, en las que predice la llegada de Jesús al mundo. El eunuco pidió el bautismo en cuanto llegaron a un lugar con agua, momento que escoge Rembrandt para plasmar en su obra. Vemos como, a través de la figura del perro bebiendo agua que aparece en la zona de la izquierda, pretende reforzar la presencia del líquido elemento en la zona. El pintor sitúa las figuras en diferentes alturas, siendo el claro protagonista el eunuco arrodillado. Para dar mayor sensación de perspectiva ha disminuido el tamaño de las figuras y ha diluido los contornos a medida que se aleja del primer plano. A través de una fuerte luz, Rembrandt destaca las partes que más le interesan como son la Biblia, el eunuco y San Felipe. Por el empleo de colores vivos y por el detalle, apreciamos la influencia del estilo de su maestro Pieter Lastman. Resultan dignas de mención las expresiones de los personajes que capta el artista, por lo que no sería de extrañar que pronto destacase como uno de los mejores retratistas del momento, cumpliendo a la perfección los requisitos imprescindibles para ello: capacidad para captar la psicología de los personajes a través de sus expresiones y para resaltar los detalles de las vestimentas.