Para la segunda capilla de la nave de la izquierda del Convento de los Capuchinos de Sevilla, Murillo pintó este cuadro de clara temática franciscana en el que se exalta la profunda devoción hacia el Crucificado que profesa esta Orden. La imagen presenta uno de los momentos más importantes en la vida del santo, aludiendo a la decisión tomada durante su juventud por la que abandonó sus bienes terrenales para servir mejor a Cristo y al prójimo. Como recompensa a la renuncia de San Francisco a los bienes terrenales, Cristo desclava su brazo derecho para acoger bajo su regazo al santo. La referida renuncia se refuerza con el gesto de San Francisco al pisar el globo terráqueo, despreciando las cosas terrenales, y el texto que se escribe en el libro que sujetan los ángeles: "quien no renuncia a todo lo que posee no puede ser discípulo mío".Este trabajo de Murillo goza de gran popularidad debido a la espiritualidad que emana, captando el afecto de ambos personajes como algo familiar por lo que el espectador se siente cercano a la escena. Esa espiritualidad se refuerza con el colorido empleado, utilizando gamas suaves y una luminosidad intensa, que resalta las monumentales figuras del Crucificado y San Francisco, quedando el paisaje casi esbozado. La perfección anatómica de Cristo recuerda a la empleada en la Resurrección.
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Son más de cien las imágenes salidas del taller de El Greco que representan a san Francisco, uno de los santos más admirados por la Contrarreforma. Se consideran unas 25 originales mientras que en las demás encontraríamos la mano de los colaboradores y cuyo destino serían las parroquias, los conventos y los particulares toledanos. El ascetismo y la espiritualidad están perfectamente recogidos en todos los trabajos, destacando éste que contemplamos. El santo, arrodillado, se lleva las manos al pecho en actitud de oración y dirige su concentrada mirada hacia el crucifijo, junto a la calavera y la Biblia sobre una roca. La figura se recorta ante la cueva, dejando en la esquina superior derecha un ligero espacio para el cielo nublado; se trata de un modelo amplio, de escultórico canon que recuerda a Miguel Ángel, aunque la estilización habitual en los personajes del cretense le lleva a utilizar una cabeza pequeña, en la que concentra toda la atención. Sus rasgos afilados, con la nariz y los pómulos salientes, son exaltados gracias al foco de luz, al igual que las manos. La pincelada es rápida y modela con la luz y el color según el estilo aprendido en la Escuela veneciana.
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Los textos de san Buenaventura nos narran como durante la última enfermedad de san Francisco de Asís un ángel bajo de los cielos para reconfortar al santo. Este tema será muy tratado en la pintura europea desde el Renacimiento, existiendo precedentes tanto en Italia - Domenichino o Guercino- como en España -Ribalta-. Sin embargo, Murillo en esta escena reduce la composición de manera soberbia, representando exclusivamente al santo tendido sobre una simple estera y al ángel que toca el instrumento musical en la zona izquierda, envolviendo el resto de la composición en penumbra, de manera que acentúa el intimismo y el misterio del momento, recordando a Ribera o Zurbarán. La expresividad del santo es una nota de gran maestría, captando de forma naturalista sus gestos. Esa misma veta naturalista la apreciamos en la manera de ejecutar el hábito, la estera o los pies y manos del santo. Por el contrario, el ángel no es de los mejores en la producción del maestro, siguiendo los modelos de Zurbarán al emplear una figura de rasgos femeninos y rostro inexpresivo, utilizando un peinado característico de mediados del siglo XVII.
Personaje
Religioso
Nacido en Asís en el seno de una rica familia, después de una juventud disipada se convirtió en religioso a los veinticinco años y renunció a la herencia paterna, optando por la vía de la privación material como modo de acercamiento a Dios. En 1209 forma junto con algunos discípulos la orden de los llamados Frailes Menores, aprobada por Inocencio III, y en 1212 le sigue una nueva orden fundada por mujeres, con la ayuda de Clara de Asís. Dedicados a la oración, la pobreza y la predicación, el movimiento franciscano se extiende rápidamente, al ofrecer a las clases desfavorecidas una vía de salvación y gracia divina. Sin embargo, el éxito del movimiento supone disensiones entre sus miembros, provocadas por el ansia expansionista y la influencia económica y política que la pujanza de su propuesta religiosa llega a alcanzar, lo que, a ojos de Francisco de Asís, está en contradicción con los objetivos fundacionales. Así, dimite en 1224 y se retira a la soledad de la vida en el campo, donde Cristo crucificado se le aparecerá. A partir de entonces, Francisco de Asís será venerado en vida hasta su muerte en 1226. Será canonizado en 1228 y su culto se extenderá rápidamente a toda la Cristiandad, formando la orden más numerosa. Su fiesta se celebra el 4 de octubre.
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San Francisco nació en 1182, fundando tras su juventud la Orden mendicante de los Hermanos Menores. El día de la exaltación de la Cruz sufrió la visión de Cristo, de cuyas llagas surgieron rayos que provocaron similares estigmas en el santo. Murió en 1226 siendo canonizado dos años después. Claudio Coello nos presenta al santo con el hábito franciscano, sosteniendo un crucifijo sobre el que apoya la cabeza. A sus pies un libro cerrado sobre el que encontramos una calavera. El rústico cordón que sujeta el hábito muestra los tres nudos que significan los votos de castidad, pobreza y obediencia. La bella figura sobresale por su monumentalidad escultórica, el naturalismo de sus manos y rostro y la calidad de los pliegues de su hábito, creando una figura de gran delicadeza. La pincelada detallista caracteriza la obra del artista interesado en la minuciosa preparación de sus obras por lo que "por mejorar un contorno treinta vueltas (da) al natural". La influencia de Rubens y de la escuela veneciana es una constante en la producción de Coello, aunque en esta pareja de lienzos - véase San Antonio de Padua -se muestra algo más personal.
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Procedente del convento de los Alcantarinos de San Diego, en Murcia, esta pieza de Salzillo presenta cuidada talla, destacando su dinamismo, acentuado por la posición de su brazo derecho en cuya mano sostiene una cruz. Las calidades de las telas y el expresivo rostro indican la maestría alcanzada por Salzillo a lo largo de su vida.
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San Francisco de Asís se ubica en la esquina superior derecha del Políptico de la Misericordia. El santo viste hábito monástico de tonalidades pardas en el que destacan acentuados pliegues con que dota de volumen a la figura. La luz que la baña crea contrastes lumínicos para abandonar la planitud de la pintura gótica, en un alarde de Piero della Francesca muy cercano a Masaccio. El fondo dorado va a servir a Piero como elemento difusor de la luz y organizador del espacio, situándose plenamente en el mundo renacentista. El estado de conservación no es muy bueno, siendo la tabla más perjudicada del conjunto.
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El tema de San Francisco de Asís según la visión del papa Nicolás V fue tratado por Zurbarán en tres ocasiones. Los lienzos se encuentran respectivamente en el Museo de Boston, el de Lyon y en el Museo de Arte de Cataluña, siendo éste último el mejor de la serie. Por ello dirigimos al comentario de este lienzo a los interesados en profundizar en la historia de este santo.
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Zurbarán pintó abundantes óleos sobre San Francisco, puesto que al llevar su mismo nombre le tuvo gran devoción. La representación de este santo de los pobres y los humildes era muy variada, y la que elige en este ejemplo el artista se refiere a una aparición milagrosa del santo ya muerto: el papa Nicolás V vio su cuerpo incorrupto en pie, tras una reja, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos abiertos como si estuviera vivo. Sin embargo, la muerte ha de ser patente en el lienzo, para que se sepa que se refiere a este milagro. Por ello, el cadáver ofrece una evidente rigidez, acompañada de un rostro amarillento y con la piel tirante, lo cual contrasta macabramente con la postura erguida, como "de vivo". Hubo muchas representaciones de este tema, sobre todo en la escultura. El San Francisco de Zurbarán parece recordar a alguna de estas esculturas por la tridimensionalidad y el volumen de la figura, apoyados estos dos rasgos por el característico empleo de la luz, que sigue los postulados del Tenebrismo.
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Se conservan tres versiones magníficas del tema de San Francisco de Asís según la visión del papa Nicolás V. Siendo las tres de similares características, remitimos el comentario de las mismas al texto referido al San Francisco del Museo de Arte de Cataluña. Sólo nos resta comentar que la figura de este ejemplo se diferencia de las demás por estar enmarcada en un nicho que crea un arco de sombra al fondo, así como por tener un rostro de mayor color y vivacidad, lo cual es sorprendente si tenemos en cuenta que se trata de la visión de un cadáver.