Desde la guerra civil, César fundamentó sus poderes en dos magistraturas: el consulado y la dictadura, alternadas anualmente (dictadura, 49 y 47; consulado, 48 y 46). Tras la batalla de Tapso, el Senado, entre otros privilegios, le concedió la dictadura por el término de diez años, renovable anualmente, y la cura morum, es decir, la capacidad censoria de vigilancia sobre las costumbres, por tres. En el año 45, César, después de aceptar la magistratura de cónsul único, renunció a ella en favor de dos candidatos ordinarios y asumió, en cambio, la dictadura vitalicia; finalmente, en febrero del 44, eligió el título de dictator perpetuus: se trataba del último paso hacia la autocracia, con poderes apenas diferentes a los de un monarca o un tirano. Pero a la dictadura añadió otros muchos honores y privilegios, que potenciaron su poder personal y prestigio: los títulos de Liberador y Padre de la Patria; la inclusión, como parte integrante de su nombre, del título de imperator; el uso del manto de púrpura, que los magistrados sólo podían emplear el día del triunfo; el mes de su nacimiento pasó a llamarse como él, julio; el derecho a sentarse en el Senado entre los dos cónsules y ser considerado como princeps senatus; la inmunidad religiosa (sacrosanctitas), reservada a los tribunos de la plebe; el derecho a presentar candidatos a las magistraturas -lo que equivalía a su nombramiento-; el juramento de los senadores a proteger su vida; la concesión de una guardia personal permanente...
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Si el artesanado daba vida a buena parte de la diversidad social urbana, otras procedían del comercio, la política y la religión, actividades que se concentraban en las ciudades. Los grupos de mercaderes y financieros poderosos no participaban como tales en el poder político pero eran los notables de la sociedad urbana (a'yan), a los que más de una vez apelaba el poder, organizado en el seno de la burocracia y del ejército que rodeaban al califa o al emir; sus altos cargos eran una aristocracia (jassa) no hereditaria sino de función, aunque cabe suponer que los lazos profesionales y familiares harían de ella un grupo relativamente estable en sus componentes. La vinculación y circulación de personas entre el mundo del comercio y el de la religión y de la ley era, por lo que parece, más frecuente: los grupos de ulemas, faquíes, cadíes, incluso algunos sufíes, tenían el prestigio que daba el hecho de ser el núcleo principal en torno al que tomaba conciencia de sí misma y sentido de identidad la sociedad en su conjunto; muchos de sus nombres y creaciones profesionales han llegado a nuestros días a través de los diccionarios biográficos escritos entonces, puesto que se refieren sobre todo a ellos. Pero hasta el siglo XI no comenzó a haber centros de estudios religiosos superiores o madrasas anejos a mezquitas mayores, donde se institucionalizaran las funciones de algunos miembros de aquella aristocracia intelectual.
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Las relaciones que se establecían entre los cultivadores del campo y el dominus eran las propias de clientes-patrono. Este patronato no es una institución nueva. Su documentación en las fuentes literarias y sobre todo epigráficas se remonta a la época de la conquista de Italia por Roma. En Hispania, los antecedentes del patronato romano habría que buscarlos en la fides y la devotio ibéricas y, sobre todo, en la hospitalitas celta. En esencia, estas relaciones patronales se establecían como un vínculo con obligaciones entre las dos partes que lo suscribían, pero en un plano de desigualdad. Generalmente, el patrón se comprometía a la defensa de la colectividad, mientras ésta pasaba a su tutela suscribiendo una fidelidad eterna al patrono, pues el patronato era vitalicio y hereditario. Durante el Alto Imperio eran las ciudades las que elegían patronos entre los sectores de la oligarquía vinculados a la administración central y muchos acueductos, templos u obras diversas en las ciudades eran debidas a la acción del patrono al que se erigía una placa llena de elogios por parte de la ciudad. Durante el Bajo Imperio, y a medida que el eje económico y social va desplazándose hacia el campo, el patronato sufre una serie de modificaciones y se convierte en patrocinio rural y patrocinia vicorum. Sabemos que donde primero se ejerció este tipo de patronato fue en Oriente pero, posteriormente, se extendió a todo el Imperio. Los patronos a los que estos vicarii o aldeanos elegían eran curatores civitatis, empleados del fisco, prefectos de la ciudad o del pretorio... Pero estos funcionarios eran, al mismo tiempo, propietarios de la tierra. De este modo detentaban el prestigio de los cargos públicos a la vez que la utilización de sus clientelas. Durante el siglo V encontramos otro tipo de patronato no menos importante: el de los militares. A lo largo del siglo III las relaciones entre campesinos y soldados van haciéndose más estrechas. Ya desde los tiempos de Cómodo y Septimio Severo eran los soldados los encargados de presentar ante el emperador las peticiones de los campesinos. Los soldados habían conservado mucho mejor que otras clases las relaciones con sus pueblos primitivos, cuyos habitantes veían en ellos a sus patronos y protectores naturales. Pero es a partir de Diocleciano cuando se generaliza la elección de patronos entre los militares. Las causas de este patrocinio militar habría que buscarlas principalmente en la inseguridad de la época creada por las invasiones y en el hecho de que la percepción de impuestos exigía en algunos casos la colaboración de los soldados, teniendo estos oficiales el poder de acelerar o no el pago de los impuestos, lo que explica que muchos campesinos, viéndose desvalidos, se refugiasen bajo tales patronos. Así, el patronato se puede describir como un mecanismo de defensa del débil por el poderoso, que tiene la capacidad de hundirlo o ayudarle. También la Iglesia, que empieza a manifestarse como una institución poderosa y capaz de resistir a la administración imperial, ejerce el patronato aunque principalmente sobre las ciudades. Pero la autonomía que alcanzó tal relación entre patronos-clientes (impuestos que escapan al Estado, defensa jurídica muy parcial, ejércitos particulares -bandas armadas-, etc.) sin control de la administración imperial, más grave aún cuando se trataba de funcionarios del Estado, llegó a suponer un peligro de disgregación de la sociedad romana. Para intentar frenar el peligro que la institución del patronato había llegado a suponer para la integridad del Imperio, Valentiniano I creó en el 368 la figura del defensor plebis. Venía éste a ser un patrono reconocido por el Estado y situado por encima de los demás patronos. Sus funciones consistían principalmente en defender a los clientes de los abusos de los patronos que hacían un uso arbitrario del poder. El pueblo estaba tan oprimido por la burocracia estatal como por sus patronos, tanto militares como civiles. En los juicios se ocupaba de defender a los pobres y procuraba que los impuestos no recayeran en los sectores sociales más desvalidos. Pero en la práctica, esta institución tardó poco en desvirtuarse: el defensor plebis llegó a ser un nuevo tirano de la plebe pues sus denuncias o defensas se compraban igual que las de los patronos. Cierto que la misión del defensor plebis resultaba muy difícil y vulnerable como para cortar de raíz los abusos. No podía frenar la tendencia feudal generalizada que poco a poco va marcando las relaciones de dependencia de los clientes respecto a sus patronos latifundistas y/o jefes militares. En Hispania las noticias sobre patronatos rurales comienzan a ser más abundantes a comienzos del siglo VI, pero su existencia está generalizada desde mediados del siglo IV, al igual que en las demás provincias occidentales. Estos pactos adoptaban durante el Bajo Imperio la forma de compromisos verbales o documentos privados, razón por la que no son reflejados en epígrafes. Pero otros testimonios verifican esta situación. Así, en el Concilio de Toledo del año 400 se prohíbe ordenar clérigos a aquellos que tuviesen una relación de dependencia con alguien si ésta no se rompía antes. En el canon 10 se designa explícitamente a los que detentan estas relaciones de dependencia como señores o patronos. Hemos hablado antes de cómo a través del patronato se canalizaba la existencia de las bandas o ejércitos privados. Ya nos hemos referido más arriba al caso de los parientes del emperador Honorio que defendieron los Pirineos en 408-409 con un ejército privado de esclavos y campesinos de sus predios. En otros casos no tenemos evidencias particulares explícitas de la actuación concreta como patronos de muchos latifundios pero, como hemos dicho, este tipo de relación de dependencia era la que sustentaba las relaciones entre siervos y domini durante esta época. Las informaciones que tenemos sobre los domini o possessores hispanos son escasas y más difícil resulta la localización de sus predios. Así, se supone que los fundos de Dídimo y Veriniano estaban situados no lejos de Palencia y los bárbaros aliados con Constante, una vez que penetraron en la Península, fue la primera región que devastaron. También se sabe, según Sidonio Apolinar, que el poeta Merobaudes, nacido en la Betica y yerno de Asturius, que fue cónsul en el 449 y al que no sabemos bien por qué se le había erigido una estatua en el Foro de Trajano, tenía latifundios en la Betica aunque no se puede precisar más. Otro tanto sucede con las posesiones que tenía Melania en Hispania. Esta mujer, perteneciente a la aristocracia senatorial de Roma, poseía gran número de latifundios diseminados por diversas provincias del Imperio y sabemos que en el 382-383 vendió un fundo situado en la Península Ibérica. Más precisas son las informaciones de Ausonio -al que ya nos hemos referido a propósito de su correspondencia con Paulino de Nola- que describe la Civitas Vasotica, fundo de su propiedad situado en la Novempopulonia, próxima a Navarra. Esta finca tenía 1.050 iugera, 200 de los cuales estaban dedicados a tierras de labor, 100 de viñedos, 50 de prados y 700 de monte. Sabemos que Terasia, la mujer de Paulino de Nola, pertenecía a una rica familia hispana y tenía grandes propiedades, que algunos autores sitúan en la provincia de Toledo a partir de referencias bastante poco precisas del propio Paulino. Había también en la Península tierras pertenecientes al Emperador, algunas de ellas provenientes de confiscaciones. El Libellus precum, documento escrito por dos presbíteros pertenecientes al movimiento luciferiano (secta que posteriormente veremos) nos relata que Potamio, obispo de Lisboa, había obtenido de Constancio II un fundus público ambicionado hacía tiempo por él y que probablemente estuviera próximo a Lisboa. Este fundo fue el precio que el emperador arriano pagó a Potamio por la condena expresa de éste a la fe de Nicea. También en Hispania tenía propiedades una tal Lucila. Esta mujer, aunque hispana, vivía en Cartago a comienzos del siglo IV y había sido una de las primeras conversas a la secta cristiana denominada donatista -por el nombre de Donato, su fundador-. A esta Lucila le atribuye San Jerónimo la acción más decisiva en el origen y afianzamiento del donatismo puesto que, según relata, la mayoría de los obispos reunidos en el Concilio de Cartago en el año 312 habían sido comprados con el oro de Lucila. Sufragó los gastos de viaje, su estancia en Cartago, el local para las reuniones y, según dice Agustín, añadió a estos dispendios una remuneración de 400 folles para cada obispo. Cabe suponer por consiguiente que fuera una mujer rica y que sus propiedades también debieran serlo, pero no parece que tuviera muchos contactos con Hispania porque el donatismo, que tan fervorosamente apoyaba, no parece haber arraigado allí. La vida de estos latifundistas, disfrutando del tiempo libre para el estudio en sus grandes villas, es descrita en términos grandilocuentes por el poeta hispano Prudencio. Dedicados casi exclusivamente a su vida privada y aparentemente entregados a una soledad erudita, pero de hecho dedicados a proteger sus grandes propiedades, estos nuevos aristócratas desarrollan un estilo de vida insolidario con la propia existencia del Imperio Romano. Como señala Brown: "Quizás la razón básica del fracaso del gobierno imperial fuera que los dos grupos principales del mundo latino -la aristocracia senatorial y la Iglesia Católica- minaran la fuerza del ejército y de la administración imperial y, tras haber dejado lisiados a sus protectores, se encontraron con que podían seguir actuando sin ellos". La desaparición del Imperio Occidental, por consiguiente, fue el precio pagado por la supervivencia del Senado y de la Iglesia Católica.
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La "fiebre de movimientos precursores" (Chaunu) hace que cualquier estudio de la independencia suela comenzar con un extenso capítulo de precedentes (que algunos hacen remontarse a la resistencia indígena frente a la conquista). Sin embargo, aun existiendo componentes independentistas en algunas rebeliones socio-económicas del siglo XVIII (como la de Túpac Amaru), no guardan relación con el posterior proceso emancipador, más que si acaso por su contribución a reforzar las actitudes conservadoras de los criollos. En realidad son "síntomas que revelan las inestabilidades, jerarquías y opresiones, el descontento y el malestar" (Zavala), pero sólo son precedentes de la independencia en cuanto que ocurrieron antes. Sí hay, desde luego, precedentes directos como es el impacto causado en la minoría criolla por la independencia norteamericana (1776) y la revolución francesa (1789), en este último caso con un doble efecto contradictorio: la admiración por la revolucionaria proclamación de libertades y derechos se unía al temor a los disturbios sociales y raciales que había provocado (por ejemplo en Haití y en otros sitios). El propio Miranda escribió en 1799: "Dos grandes ejemplos tenemos delante de los ojos: la revolución americana y la francesa. Imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda". Desde esta perspectiva, hay a fines del XVIII agitación política en las principales ciudades indianas: aparecen pasquines favorables a la revolución, se expulsa a cierto número de franceses, se incrementa la persecución de la propaganda subversiva (consistente en libros, periódicos, estampas, grabados y hasta abanicos); en Bogotá, el joven Antonio Nariño es encarcelado y desterrado por imprimir en 1794 Los derechos del hombre y del ciudadano (la edición de cien ejemplares fue destruida); en Quito, Eugenio Espejo es encarcelado en 1795 por publicar pasquines y sátiras contra el gobierno; en 1799 el jesuita peruano Juan Pablo Viscardo publica desde el exilio su Carta a los españoles americanos animándoles a conseguir la independencia. Incluso hay veces que la agitación política se concreta en acciones rápidamente sofocadas por las autoridades, como la revuelta de negros y esclavos de Coro (Venezuela, 1795) influenciados por la propaganda revolucionaria, o la conspiración urdida en La Guaira (Venezuela, 1797) por el español Juan Bautista Picornell y los criollos Manuel Gual y José María España, que pretendían establecer una república basada en la igualdad y la libertad. En 1806 fracasa la doble tentativa de desembarco en Venezuela de Francisco de Miranda, con una pequeña expedición libertadora. Y por la misma época fracasa también el doble ataque inglés a Buenos Aires (1806-1807), rechazado por las milicias criollas mientras el virrey huía vergonzosamente para organizar desde el interior una buena defensa del puerto. Así pues, hacia 1807 no hay afrancesados en la América española, y las ideas revolucionarias tienen cierta difusión entre una ínfima minoría pero ningún apoyo cuando se intentan llevar a la práctica. En sólo un año la situación cambiará radicalmente -tanto en América como en España- y las elites criollas van a iniciar su lucha independentista, al mismo tiempo que el pueblo español tiene que luchar por su propia independencia frente a las tropas napoleónicas.
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Fueron los corintios quienes convocaron a los miembros de la Liga a una reunión en Esparta con el objeto de proponer la guerra contra Atenas. A las acusaciones de tratar de esclavizar a los griegos, una delegación ateniense que Tucídides sitúa en Esparta por casualidad contesta con los argumentos que fundamentan en sus méritos como liberadores de Grecia el derecho de los atenienses a poseer el imperio. Los espartanos, por su parte, aparecen divididos. Mientras el rey Arquidamo es partidario de mantener la paz con Atenas, el éforo Estenelaidas revela una actitud agresiva. Según Tucídides, el triunfo de la postura representada por este último se debió a la intimidación, pues despertó en los demás el temor a los atenienses, actitud coherente con lo que para el historiador es la causa de la guerra. En consecuencia con ello, los peloponesios enviaron un ultimátum a Atenas en el que exigían la abolición del decreto megárico, la autonomía de los griegos y la eliminación de los efectos de la mancha debida al sacrilegio cometido por los atenienses en el momento de la expulsión de la tiranía de Cilón, donde estaba implicado el demos de los Alcmeónidas, al que por línea materna se vinculaba Pericles. En un discurso puesto en boca de este último, Tucídides hace saber que, para los atenienses, la guerra, no deseable, tampoco puede evitarse con ceder a unas exigencias que, de aceptarse, se ampliarían indefinidamente hasta llegar a un enfrentamiento en que, con el retraso, los atenienses sólo conseguirían encontrarse más débiles. En estos momentos parece que la postura más belicista corresponde a los miembros de la Liga del Peloponeso, afectados por el crecimiento y desarrollo del imperio.
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Los premios, por sus repercusiones académicas, juegan además un papel importante en la enseñanza artística, al ser uno de los requisitos imprescindibles para poder concursar a las plazas del profesorado de las Academias y las Escuelas de Artes y Oficios. Objetivo de muchos artistas y de la mayoría de los expositores, denunciado frecuentemente por la prensa como una de las causas del estancamiento del arte, en general, y de las exposiciones, en particular, porque, al necesitar de esos premios, los jóvenes artistas difícilmente osaban contravenir los cánones establecidos. Aparte de explicar muchas de las suspicacias levantadas por los fallos del jurado, y las protestas y descalificaciones de los que con ellos veían comprometidas sus aspiraciones académicas. Igualmente repercutirá en el futuro de las exposiciones el número de premios concedidos. Cuestión que, en realidad, escondía el dilema de si las exposiciones debían mirar primordialmente por el progreso del arte o, por el contrario, debían ser, ante todo, una solución particular para la situación de los artistas españoles. Los críticos, en general, desde un principio se mostraron partidarios de la primera premisa, encontrando el número de premios reglamentarios suficiente y hasta excesivo. Por contra, los artistas y, consecuentemente, los jurados, desde que en ellos tuvieron mayoría, pidieron repetidamente la ampliación de las medallas. Petición generosamente atendida, como lo prueban tanto las cifras absolutas -sólo en pintura 652 medallas concedidas frente a las 255 reglamentarias-, como las relativas, pues entre medallas, condecoraciones y consideraciones los premios alcanzaron a una sexta parte de las obras presentadas y a casi una cuarta parte de los expositores. Lo que, sin duda contribuyó considerablemente a la desvirtuación de su valor -máxime si se tiene en cuenta su repercusión académica- hasta el punto de que en 1890 un periódico ponía en guardia contra esta abundancia, no fuera que, advertía irónicamente, sucediera como con la mayor parte de las cruces, que la verdadera distinción consiste en no tenerlas. Consecuentemente se desencadena una batalla para suprimirlos, proponiendo como única y válida alternativa el simple reconocimiento público y la inmediata adquisición de las obras. Sin embargo, aunque parte de la Administración competente era favorable a estas medidas, contempladas ya en un fallido reglamento de 1867, la presión de los artistas logró mantener la situación ficticia de un arte oficial privilegiado, cada vez más alejado del que creadores independientes, entre los que, por cierto no faltaban españoles, estaban experimentando en otros países, más concretamente, en París.
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Para retardar lo más posible el ineluctable ataque, el comandante de la isla decidió, después de evacuar a la escasísima población civil (compuesta esencialmente de trabajadores coreanos encargados de la construcción y conservación de los aeródromos), enterrarse literalmente en el suelo volcánico de la infernal isla. Poco antes lanzó a la guarnición una primera directiva que presagiaba ya la alucinante dureza que adquirirían los combates: "Cada hombre, antes de morir, deberá haber dado muerte a diez norteamericanos." Los hombres de Kuribayashi comenzaron febrilmente a excavar un enorme y profuso laberinto de túneles (uno de ellos tenía 18 kilómetros de longitud), blocaos, galerías, emplazamientos disimulados de armas automáticas o morteros, trincheras, abrigos, refugios y caminos cubiertos. Trabajaban sin interrupción, en turnos, las veinticuatro horas del día, y lo hacían en condiciones penosísimas, equipados de molestas máscaras antigás para resistir los efectos del volcanismo de la isla, que se manifestaba en peligrosas emanaciones sulfurosas que causaron varias asfixias, y también, en profundidad, en un calor abrumador. Pronto toda la importante artillería de la guarnición estuvo instalada en grutas o fortines de hormigón armado comunicados entre sí por galerías, caminos cubiertos, y separados por densos campos de minas y emplazamientos subterráneos desenfilados de armas dispuestas para efectuar tiros cruzados o de revés. Para este imponente complejo defensivo Kuribayashi supo también aprovechar la mayor parte de las grutas y oquedades de la isla, que abundaban sobre todo en las laderas del Suribachi y en las regiones central y septentrional de la meseta de Motoyama. El trabajo de los zapadores y soldados japoneses fue tal que los norteamericanos se vieron enfrentados en varias ocasiones a fortines o casamatas de muros de cemento armado de dos metros de espesor enterrados bajo "techos" de 18 metros de arena y piedras volcánicas dispuestas en capas. Numerosas grutas profundas fueron provistas de raíles sobre los que se montaron cañones pesados que sólo asomaban al exterior para hacer los disparos, y otras oquedades o refugios naturales fueron dotados de indestructibles portalones de acero capaces de resistir a formidables acumulaciones de explosivos. La densidad de las obras de fortificación de Iwo Jima fue tal que, según el historiador militar norteamericano R. Leckie, en un área rectangular de 1.000 por 200 metros, en Motoyama, había ochocientos blocaos de todo género y tamaño, casi uno por cada 250 metros cuadrados, la extensión de un piso grande. El 5 de febrero de 1945 el "Arrozal de Yamato" -servicio de escuchas de la Rengo Kantai- advirtió a Iwo Jima que las comunicaciones norteamericanas se centraban de nuevo, esta vez ininterrumpidamente, en la región de las Bonin, y que de ello podía deducirse, sin temor a error, que la hora decisiva para la isla había llegado. El aviso contrarió un tanto a Kuribayashi, que aún se fortificaba y todavía no había terminado, y ya no terminaría jamás, la monstruosa galería subterránea norte-sur de 50 kilómetros (incluidas sus ramificaciones) sobre la que pensaba articular toda la defensa.
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La política cartaginesa sobre los territorios controlados en Hispania no se modificó en sus líneas fundamentales con la sucesión de Asdrúbal por Aníbal. Este introduce la novedad de la estrategia global destinada al asalto de Italia. Uno de los preparativos más importantes se orientó a la ampliación de zonas de influencia en la Península y, dentro de este propósito, se inserta la gran expedición de Aníbal desde el sur hasta la Meseta Superior (años 221-220 a.C.). Con un gran ejército, bien equipado, que incluía a elefantes como máquinas de guerra, Aníbal parte del valle del Guadalquivir, sigue la Vía de la Plata hasta Salmantica (Salamanca) y Arbucola (un enclave cercano a Zamora) para emprender un viaje de retorno salpicado de enfrentamientos con los olcades y con pueblos de ambas Mesetas en los vados del Tajo. La expedición de Aníbal no se planteó solo como una exhibición de fuerza para mantener amedrentados a esos pueblos. El control del Sur peninsular por Aníbal incluía el del monopolio de los grandes centros productores y distribuidores de sal. Y tanto vettones como carpetanos y celtíberos eran grandes consumidores de sal: hemos calculado que el consumo medio de sal por persona y año era de 28-30 k. (computando naturalmente la sal necesaria para los ganados, el curtido de pieles, la cura de embutidos, los usos medicinales y el consumo humano). En la expedición de Aníbal no se buscaban sólo los efectos de una gran exhibición militar. Sin obligar a los pueblos por donde pasaba a un sometimiento político pleno a Cartago, buscaba una alianza incondicional de los mismos y cuantos apoyos humanos pudiera recabar para sus futuras campañas. Por lo mismo, el ejército de Aníbal tuvo que emplearse para tomar algunas ciudades/castros como Salmantica, Arbucola, la capital de los olcades, Altheia, y otras, así como para luchar en los vados del Tajo contra un ejército confederado de vettones, carpetanos, olcades y celtíberos. Como resultado de esas intervenciones, las tropas de Aníbal siempre obtenían botín de guerra; Aníbal llegó incluso a exigir dinero como compensación de los gastos militares: sólo a la población de Salmantica se le impuso el pago de 300 talentos de plata que, al decir de Polieno (7, 48), terminaron por no pagar los salmanticenses. Pero el objetivo principal de la expedición se cumplió: esos pueblos pudieron seguir comprando sal a cambio de sus productos agropecuarios, pero quedaban obligados por una alianza de colaboración militar con Aníbal, al que ofrecían auxiliares para su ejercito. Para garantizar la fidelidad de los mismos, Aníbal comienza a emplear masivamente un método que va a ser habitual durante estas guerras: exigir a las poblaciones indígenas la entrega de rehenes, generalmente miembros de las importantes familias locales. Parte de las tropas auxiliares se convierten en rehenes al ser enviados para reforzar el ejército cartaginés de Africa (Polibio, 3, 33, 7). Según una noticia de Livio (21, 21), fueron llevados a Cartagena 4.000 jóvenes en calidad de rehenes. Con esta expedición, Aníbal comienza a disponer de la capacidad defensiva de gran parte de la Península y no sólo de la de las áreas del Sur y Sudeste que estaban bajo su control directo. En adelante, los hispanos constituirán uno de los pilares básicos del ejército de Aníbal en todas las luchas de Italia y hasta el fin de la II Guerra Púnica con la batalla de Cannas.
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Los filósofos presocráticos están considerados como los promotores del cambio de pensamiento experimentado en Grecia. No formaron una escuela e incluso tienen pensamientos diferentes, pero fueron los primeros en plantearse la búsqueda del saber. Tales de Mileto (624-546) será considerado el padre de la filosofía por Aristóteles. Considera el agua como el elemento único de lo que todo está hecho, otorgando un importante papel al movimiento. Anaximandro de Mileto (610-547) continuó la obra de Tales e introdujo el apeirón como el elemento clave del universo, desde donde se originarán parejas de contrarios que serán las causas de todos los procesos. El hombre sería el descendiente de los peces. Para Anaxímenes (588-524) el origen de todas las cosas está en el aire, desde donde parten los diferentes elementos. Pitágoras de Samos (580-496) formó una comunidad filosófica en Crotona con durísimas normas de convivencia. Su pensamiento se basa en los números, por lo que profundizó en las matemáticas, en la música y en la astronomía. Planteó la teoría de la transmigración de las almas, según la cual las almas están castigadas a permanecer unidas a un cuerpo, del que se separarían tras la muerte, desarrollando una reencarnación considerada regeneradora. Jenófanes de Colofón (570-475) plantea que sólo hay "un Dios que es Uno y Todo" y de él proceden todas las cosas, renunciando así a las teorías del antropomorfismo y la pluralidad de dioses. Heráclito de Éfeso (544-484) continuó con esta línea e incluso avanzó al considerar que la religión sólo era útil para los que temían a la muerte. "Todo fluye y nada permanece" será su máxima, apuntando a la guerra de contrarios como el principio de la creación. Parménides de Elea (515-440) se opone a Heráclito, siendo considerado el creador del método racionalista. Los planteamientos de Parménides serán rechazados por Demócrito de Abdera (460-370), al plantear la existencia de átomos que conforman las diferentes cosas. Zenón de Elea (490-430) se considera el creador de la Dialéctica, aunque alcanzaría más fama por sus argumentos sobre el movimiento al plantear que Aquiles nunca alcanzaría a una tortuga si ésta obtuviera ventaja. Empédocles de Agrigento (490-430) considera que el origen del Universo está en cuatro elementos básicos -agua, aire, tierra y fuego-, presentes en todas las cosas. El amor sería la fuerza que une a esos elementos mientras que la discordia o el odio los separa. Anaxágoras de Clazómene (499-428) considera la existencia de unas partículas como las componentes de las cosas, organizadas gracias a una mente rectora después del caos inicial. Rechazaba el planteamiento de la desaparición tras la muerte.
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El tema de este lienzo de aspecto barroquizante y recargado está extraído de la Odisea, el libro de las aventuras de Odiseo o Ulises. Tras haber participado durante largos años en la guerra de Troya, el héroe regresa a Ítaca, sufriendo rocambolescas peripecias. En los años de ausencia, multitud de pretendientes han asediado a la esposa del rey Ulises, Penélope, que ha conseguido mantenerlos a distancia con estratagemas. Descubiertos sus manejos, los pretendientes fuerzan a Penélope a escoger esposo en un banquete. Ulises asiste al mismo disfrazado de mendigo y, ayudado por su hijo Telémaco y su nodriza, desarma sigilosamente a los asistentes y los asesina a todos con su arco. Moreau pinta esta escena de triunfo y destrucción. Los cuerpos de los pretendientes yacen por todos los rincones del palacio en las más diversas posturas. El aspecto parece el de una bacanal, pues no hay sangre ni heridas. Las poses tratan de resultar artificiosas y variadas, todo para conseguir un efecto decorativo. En medio de la masacre, la figura de la diosa Atenea, protectora de Ulises, se eleva entre rayos de luz indicando la procedencia divina del castigo. El palacio es de una arquitectura caprichosa, con elementos romanos y griegos mezclados con figuras orientales, adornos bizantinos, barrocos, etc. Todo para contribuir al lujo y a la acumulación de objetos para distracción del espectador, que puede entretenerse en identificar personajes y objetos.