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El problema de si existe o no un arte romano viene de antiguo, de los romanos mismos. La mayoría de los republicanos dirían que no, haciendo suyo aquel mandato de la "Eneida": "Tu destino, romano, es gobernar a los pueblos con el imperio". Y lo primero que le viene a las mientes al hombre de hoy, cuando oye nombrar a Roma, son los puentes de piedra, las calzadas, los acueductos, los pantanos, los arcos de triunfo, las murallas de ciudades y las ciudades mismas -Pompeya, Herculano, Ostia-, tan bien trazadas y compuestas como si estuvieran pensadas para acoger al hombre moderno. No cabe duda, sin embargo, de que en el mundo romano había un arte exquisito, delicado, junto a otro más tosco y popular, pero el romano de la República aparentaba ignorarlos a los dos o fingir que no los entendía. En la época que aquí vamos a estudiar, era señal de mala crianza profesar, o insinuar, conocimiento alguno en materia de arte, suponer tal conocimiento en el oyente. En la "Verrina segunda" (IV, 2 y 3), publicada el año 70 a. C. Cicerón habla de arte en estos términos: "Un Cupido de mármol, de Praxiteles (he aprendido los nombres de los artífices, como podéis comprender, al instruir las diligencias del proceso). El mismo artista, según creo, fue autor del Cupido que está en Tespias y por el que la gente visita aquel lugar, pues no hay en él otro motivo para hacerlo... Frente a ésta se encontraba un admirable Hércules de bronce, que decían obra de Mirón, creo yo... (consulta sus notas)... Sí, eso es... Llamaban Canéforas a estas estatuas, pero el autor, ¿quién era?, ¿quién decían que era? (Alguien se lo apunta) ¡Ah! Sí; dices bien; decían que era Policleto". Esta afectada ignorancia cedió ante el advenimiento del clasicismo idealista de época de Pompeyo y César. En aquel entonces un griego del sur de Italia, escultor de oficio y teorizante de su arte como otros muchos antes que él, Pasiteles escribió una historia universal de las bellas artes que alcanzó gran difusión. Las obras de estatuaria ideal del propio artista y los retratos de la época revelan la ruptura con la tradición vigente y la inclinación hacia un clasicismo inspirado en Policleto y grandes maestros del estilo severo del siglo V. Como en una carrera de relevos, los griegos entregaban los testigos de su arte a los romanos y hacían a éstos responsables de la supervivencia de sus obras. Y en efecto, si en Europa el arte clásico ha experimentado varios renacimientos, se ha debido más a los romanos que a los griegos.
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La arquitectura verdaderamente renacentista se inicia en Toledo a finales de la cuarta década del siglo XVI con Alonso de Covarrubias (Torrijos, 1488-Toledo, 1570), cuya actividad había comenzado en los primeros años de la centuria. Este arquitecto pertenece al grupo de los introductores y definidores del nuevo estilo en nuestro país, junto a Diego de Silóe, Jerónimo Quijano, Hernán Ruiz y Andrés de Vandelvira. Al contrario que alguno de ellos, no tuvo un contacto directo con la arquitectura italiana contemporánea, de manera que sus conocimientos sobre la misma dependerían de los grabados y de los tratados arquitectónicos que fueron publicándose, a los que seguramente tuvo un fácil acceso puesto que su hermano Juan, arcediano de la catedral de Salamanca, residió en Roma durante algún tiempo. Lo cierto es que Covarrubias debía ser un hombre bastante cultivado, puesto que en su ambiente familiar aparecieron dos humanistas destacables, sus hijos Diego -obispo de Segovia y Ciudad Real, Presidente del Consejo de Castilla- y Antonio -canónigo de la catedral toledana-. La formación de Covarrubias se inició en la tradición gótica, concretamente en la de los Egas, figuras importantísimas en el Toledo del momento y con quienes llegó a emparentar al casar con su sobrina María Gutiérrez. Seguramente comenzó su aprendizaje con Antón Egas en Torrijos, donde consta que éste residió algunas temporadas en la primera década del siglo. El hecho de que la formación de Egas fuese fundamentalmente de entallador hace lógico que su discípulo aparezca junto a él como imaginario en los inicios de su carrera, concretamente en una escritura otorgada en Salamanca en 1510 y en la junta de maestros -entre ellos Juan Gil de Hontañón, Juan de Alava y Juan de Badajoz el Viejo- que, en 1512, redefinió los alzados del proyecto de Antón Egas y Alfonso Rodríguez de 1510 para la catedral salmantina. Pese a tal intervención como maestro, lo cierto es que su primera obra conocida data del año siguiente y es, como las inmediatamente posteriores, un trabajo de talla: dos frontales decorados al romano para las sepulturas de los padres de don Francisco de Rojas en la capilla de la Epifanía en San Andrés de Toledo, a los que siguieron los bultos funerarios del obispo don Tello de Buendía y del arcediano de Calatrava don Francisco Fernández de Cuenca, ambos en la catedral, obras aún góticas acabadas en 1514. Las intervenciones del año siguiente en la catedral de Sigüenza (Guadalajara), si bien no fueron trabajos de primera línea, le permitieron ponerse en contacto con la escuela alcarreña de Lorenzo Vázquez. Entre 1517 y 1524 trabajó en la fábrica del Hospital de Santa Cruz de Toledo, construido probablemente con trazas de Enrique Egas de 1504 ó 1505. Sus intervenciones en este edificio híbrido, estructuralmente gótico pero con ciertos elementos propios del nuevo estilo aún no bien asimilados, debieron limitarse a la fachada, el zaguán y el patio principal, remodelado posteriormente, donde la columna única como solución de esquina recuerda la del Hospital de Santiago de Compostela, trazado por el mismo Egas y en el que aparecen los capiteles de tipo alcarreño -con un característico collarino de hojitas-, los dentellones en el entablamento, los tallos de los rincones de los arcos, las rosetas cuadradas de los intradoses y la decoración de acanaladuras que Covarrubias repetirá en sus obras de los años treinta. El año 1526 es significativo en la actividad arquitectónica de Covarrubias: de él datan su primera titulación como maestro de cantería y su primera traza documentada. Se trata de la iglesia del convento de Nuestra Señora de la Piedad de Guadalajara, encargada por doña Brianda de Mendoza, que no concluiría hasta 1530. Aunque es en su conjunto una obra plateresca, en ella aparecen algunos elementos particulares, como las bóvedas de crucería que son en realidad tabicadas sobre arcos de medio punto y con nervios falsos, el interés por las proporciones basadas en la columna, o el rigor del lenguaje decorativo a la antigua, en el que no se encuentra un solo error. Este tipo de decoración renacentista, compendiada en las "Medidas del Romano" de Diego de Sagredo (Toledo, 1526), es el que también emplea en 1529 en la Capilla de Reyes Nuevos de la catedral de Toledo, en la que modificó las trazas previas de Enrique Egas para aumentar el número de los nichos que albergan los bustos reales. Como en Guadalajara, en la decoración de la capilla de los Trastámara no se observa error alguno sobre las estructuras góticas de las capillas primitivas. Ya aparecen aquí, bajo las medias columnas que flanquean la puerta de acceso desde la girola catedralicia, los pedestales de medio cilindro decorados que se convertirán en habituales en su obra posterior. En 1529 la construcción fue visitada por Diego de Silóe; ese contacto con el arquitecto burgalés se aprecia en algunas de sus obras de los años treinta, en las que se acelera su evolución hacia el clasicismo. Tal es el caso del Sagrario Nuevo o Sacristía Mayor de la catedral de Sigüenza, cuyas trazas datan de 1532. En ella destacan las medias columnatas acanaladas, el sistema de apoyo de los arcos que compartimentan la bóveda de cañón y las cabezas y florones inscritos en círculos que decoran la misma. Esta última solución se ha relacionado con los frescos de Santa Constanza de Roma, conocidos por el cuaderno de dibujos italianos de don Diego Hurtado de Mendoza, aunque no es segura la introducción del tema por Covarrubias, ya que al abandonar la obra en 1534, tras ser nombrado maestro mayor de la catedral de Toledo, el encargado de cerrar la bóveda, en 1552, fue su discípulo Nicolás de Durango. Esa misma influencia se observa en la capilla-relicario del Espíritu Santo (1537-1566), en la misma catedral, en la que la cúpula encasetonada es sostenida por cariátides y telamones con capiteles. El contacto con Silóe se estableció en Baza (Granada), adonde acudió Covarrubias en 1533 gracias a su fama y a que el arzobispo toledano tenía jurisdicción sobre parte de la Andalucía oriental, donde dio trazas para la reconstrucción de la cabecera de la iglesia colegial. Si bien el proyecto es bastante conservador -con girola- y no tuvo la trascendencia de otros, supuso la primera intervención del arquitecto en Andalucía y la mencionada relación con Silóe, que fue nombrado visitador de la obra.
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El establecimiento de la dinastía Trastámara en Castilla fue algo más que un mero cambio de una familia reinante por otra. Ciertamente, Enrique II tuvo que hacer concesiones a la nobleza que le ayudó a derrotar a Pedro I. Pero al mismo tiempo impulsó el desarrollo de instituciones centralizadas de gobierno, tarea en la que le siguieron sus sucesores. Por lo demás, las últimas décadas del siglo XIV conocieron los momentos de máxima vitalidad de las Cortes castellano-leonesas. En otro orden de cosas, Castilla alcanzó en las últimas décadas del siglo XIV una notable proyección internacional, tanto en el marco peninsular como en el europeo. Enrique II (1369-1379) no perdió ocasión de fortalecer el poder regio, para lo cual una tarea inminente consistía en desarrollar los órganos de gobierno de la administración central. Con el ordenamiento sobre administración de justicia, emanado de las Cortes de Toro del año 1371, se dio el primer paso, al decidirse la creación de un órgano supremo de la administración de justicia, la Audiencia. Ciertamente la institución no se construía en el vacío, toda vez que tenía sus precedentes en reinados anteriores, pero era Enrique II el que, de forma indiscutible, la organizaba y la sistematizaba. La Audiencia, integrada en un principio por siete oidores, acompañaba al rey en sus desplazamientos. Años más tarde, en 1387, se elevaría a diez el número de oidores, al tiempo que se fijaban cuatro sedes para el funcionamiento, con carácter periódico, de dicho tribunal. En 1390 se acordó instalar la Audiencia en Segovia. Pero en 1442 se fijó su sede en Valladolid, en donde arraigó definitivamente. Enrique II había sido aupado al trono, en buena medida, por la alta nobleza. Ahora bien, dentro de la corte era preciso distinguir dos sectores nobiliarios; por una parte, la nobleza integrada por los parientes del rey, los denominados epígonos Trastámaras, de los cuales era prototipo Alfonso Enríquez, un bastardo de Enrique II que llegó a ser conde de Noreña; por otra, la nobleza de servicio, compuesta por personas adictas al nuevo monarca, como los Fernández de Velasco, los Mendoza, los Alvarez de Toledo, etcétera. Enrique II se apoyó básicamente en estos últimos, a los que concedió los principales puestos en el gobierno. Por lo demás al morir su hermano Tello, que había ostentado el señorío de Vizcaya, decidió otorgar dicho título al heredero del trono, su hijo Juan, lo que significaba su integración en la Corona. Ahora bien, la estrecha conexión con la nobleza no fue óbice para que Enrique II buscara el diálogo con los estamentos del reino, lo que explica que acudiera con frecuencia a la convocatoria de Cortes, hecho que contrastaba con la política seguida en ese terreno por su antecesor y rival Pedro I. Los comienzos del reinado de Enrique II fueron difíciles, no sólo por la subsistencia de algunos focos partidarios de Pedro I, sino también por la hostilidad de los otros reinos peninsulares. Particularmente enérgica era la actitud de Aragón, que reivindicaba la entrega de Murcia, compromiso no satisfecho por Enrique. El primer Trastámara, no obstante, fue salvando los escollos. En 1373 firmó la paz con Portugal y con Navarra. En 1375 el tratado de Almazán ponía fin a las discordias con Pedro IV de Aragón. Castilla recuperó comarcas que se habían pasado a la obediencia aragonesa, como el señorío de Molina, y al mismo tiempo se acordó el matrimonio del heredero de Enrique II, el príncipe Juan, con una hija del Ceremonioso, Leonor. A raíz de aquella paz, la hegemonía de la Corona de Castilla en el concierto de los reinos cristianos peninsulares parecía incuestionable. En el terreno internacional, la alianza de Castilla con Francia derivó en la participación de aquella en la guerra de los Cien Años, una vez que se reanudó el conflicto. Así las cosas, la Marina de Castilla, aliada a la flota francesa, obtuvo un resonante éxito frente a los ingleses en La Rochela (1372). Poco tiempo después el almirante castellano Fernán Sánchez de Tovar saqueaba la isla de Wight y la costa sur de Inglaterra. La fuerza naval de Castilla había quedado plenamente demostrada.
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El fenómeno de las "autonomías" del siglo XI, en al-Andalus, como los que volvieron a ocurrir casi a mitad del siglo XII, y otra vez en la primera mitad del siglo XIII, tuvo entre sus características la peculiaridad del dinamismo interno de la fragmentación, de modo que en varios momentos algunas de las constituidas se subdividieron a su vez, generalmente porque los miembros de una familia reinante se escindían en una especie de subtaifas, más o menos reunidas otra vez (como pasó con Calatayud, Tudela, Huesca y Lérida, separadas de la central Zaragoza, por ejemplo), o por alzamientos (como el de Lisboa frente a Badajoz o el de Murcia frente a Sevilla o los varios enclaves que se independizaron de la decaída taifa de Valencia, como hicieron Sagunto y Jérica). Por otra parte, unas taifas se subsumían en otras, frecuentemente por conquistas. Así pues, el número de los reinos de taifas osciló a lo largo del siglo, siendo los principales los siguientes veintiséis, de los cuales tratamos esencialmente y por orden alfabético. 1. Albarracín. La familia de origen beréber, pero ya andalusíes por su secular arraigo en la zona turolense, de los Banu Razín, se independizó en su poco extensa taifa hacia 1013 y duró hasta 1104, cuando la conquistaron los almorávides. Se sucedieron tres régulos de la misma dinastía: Hudayl (1013 ap.-1044-5), Abd al-Malik (hasta 1103) y Yahya. 2. Algeciras. Puerto principal entre al-Andalus y el Norte de África, lo ocuparon los hammudíes, mientras ejercían el califato en Córdoba, entre 1016 y 1026; luego lo unieron a su taifa de Málaga, y por fin una rama familiar se independizó en Algeciras, hacia 1035 ó 1039, sucediéndose allí dos régulos antes de que conquistara la plaza el de Sevilla, en 1054-5. 3. Almería. En las luchas por el poder, alzadas allí por varios elementos, se impuso el eslavo Jayrán, destacado ex esclavo palatino en Córdoba, y hacia 1014 inauguró la fase eslava de la taifa de Almería, pues fue sucedido a su muerte, en 1028, por otro eslavo, Zuhayr. En 1038, el activo puerto reconoció al régulo de Valencia Abd al-Aziz, nieto de Almanzor, que envió para regirles a Man, quien a poco se independizó y fue sucedido por un hijo y por un nieto, hasta 1091, cuando los imparables almorávides ocuparon la gran alcazaba almeriense. 4. Alpuente. Estaba situada esta taifa en la franja central de población beréber, asentada desde siglos atrás, como en la taifa de Albarracín. En Alpuente se declararon independientes los Banu Qasim, principal familia de allí, manteniéndose desde 1009, aproximadamente, hasta su conquista por los almorávides, en 1104 o dos-tres años después. Hubo cinco régulos, en sucesión directa. 5. Arcos. Formó, junto con Carmona, Morón y Ronda, un conjunto de cuatro pequeñas taifas, bordeando la poderosa de Sevilla, que acabó por apoderarse de todas ellas. El grupo que se alzó con la autonomía de Arcos, los Jizrún, era de beréberes Zanata, poco atrás llegados a la Península, en tiempos de Almanzor. Tres Jizruníes se sucedieron en la dirección de esta taifa, desde 1011-12, aproximadamente, hasta 1068-69. 6. Badajoz. Cuando decayó el poder central, esta tierra estaba administrada por un oficial palatino, seguramente eslavo, llamado Sabur, que asumió poderes autonómicos, desde comienzos del siglo hasta morir, en 1022; se apoyó en un beréber de antigua familia ya andalusí, Abd Allah de los Aftasíes, que se impuso luego en la soberanía de la taifa, mantenida por esta familia, en sucesión de cuatro de sus miembros, con alguna escisión de tierras al oeste, hasta que los propios súbditos del último régulo llamaron a los almorávides, en 1094, que ocuparon la taifa y realizaron un sangriento castigo de los Aftasíes, excepto uno, que resistió algo en Montánchez, hasta acogerse junto a Alfonso VI. 7. Baleares. Un eslavo, Muchahid, régulo ya de la taifa de Denia, ocupó las Baleares, a finales del año 1014, y colocó en las islas para gobernarlas a su sobrino Abd Allah, y luego a su liberto al-Aglad junto con Ibn Rasiq. Se sucedieron dos gobernadores más, y se declaró independiente después de que Denia fuera ocupada por el poder de Zaragoza. Así se mantuvo la taifa, hasta que en 1114 fue atacada por la coalición catalano-pisana, contrarrestada por los almorávides, que ocuparon las Baleares en la tardía fecha del año 1116. 8. Carmona. Ya señalamos que, junto con la taifa de Arcos y otras, formaba el cinturón sevillano de pequeños enclaves ocupados por beréberes nuevos, en este caso los Zanata Birzalíes, a quienes un califa de Córdoba les concedió incluso este territorio, hacia 1013. Cuatro Birzalíes se sucedieron y el último tuvo que entregar su tierra a la taifa de Sevilla, la gran conquistadora, en 1066-67. 9. Córdoba. Fue una taifa remisa, pues -como sede que era del califato sólo abolido en 1031-, hubo de esperar hasta esa fecha para incorporarse a las autonomías que cundían por todo al-Andalus y ser una taifa más. La rigieron primero los Banu Chahwar, tres miembros de esta poderosa familia árabe asentada en al-Andalus tres siglos antes. Los tres Chahwaríes, padre, hijo y nieto, dominaron esta taifa hasta 1070, cuando la conquistó la de Sevilla. Entre 1075 y 1078, la codiciada Córdoba cayó bajo el poder, más o menos nominal, de Toledo, pero acabaron recuperándola los sevillanos, a quienes se la arrebataron los almorávides, tras reñido combate, llegado el año 1091. 10. Denia. Situada en la zona levantina, donde al comienzo de la guerra civil dominaron los eslavos y fundaron sus autonomías. En Denia se alzó Muchahid, esclavo manumitido de Almanzor o de sus hijos, oriundo según parece de Cerdeña, que atacó en 1015-1016, como también antes había conquistado las islas Baleares. Tras multitud de acciones, bélicas y culturales, murió Muchahid en 1045, y le sucedió un hijo, a quien en 1076 desposeyó su cuñado Muqtadir, régulo de Zaragoza, otra de las taifas expansivas. 11. Granada. Las gentes de Elvira (que ahora pasa a ser Granada) llamaron, hacia 1013, para que les defendieran en aquella guerra civil, a la cabila beréber de los Ziríes, llegados a al-Andalus pocos años atrás, y que se mantuvieron al frente de esta significada taifa hasta que los almorávides, en 1090, la ocuparon y destronaron al último de sus régulos, el emir Abd Allah, célebre por escribir sus impresionantes Memorias, ya en su exilio magrebí del Atlas, donde pudo reflexionar sobre el destino político de su siglo: El siglo XI en primera persona. 12. Huelva. Se fragmentó bastante el territorio suroccidental de al-Andalus, con las taifas de Mértola, Niebla, Santa María del Algarve y Silves, además de ésta de Huelva, y todas ellas amenazadas por la ambición expansiva de Sevilla, entre los años 1044 a 1063. Las cinco se alzaron autónomas en fechas indeterminadas de comienzos del siglo XI (sólo de la taifa de Huelva se cita el año de su independencia: 1012-1013, y las otras más o menos). En todas, la familia rectora parece tener -o atribuirse- orígenes árabes, asentados por allí en las fechas ilustres de la conquista islámica de al-Andalus. En Huelva fue la familia de los Bakríes, y un solo régulo, Izz al-Dawla, desde 1012-13 hasta que, en 1051 ó 1053, conquistó su tierra la taifa de Sevilla. 13. Málaga. Lo mismo que Algeciras, este puerto fue ocupado por los príncipes árabes Hammudíes, muy berberizados, con muchas relaciones en el Magreb, donde controlaron también algunos enclaves marítimos, mientras ejercían o aspiraban al califato de Córdoba, entre 1016 y 1026; luego, perdida para ellos la capital, se retiraron a las taifas de Málaga y de Algeciras, separadas desde 1035 ó 1039 por las querellas familiares que motivaron una accidentada sucesión. En Málaga, y sólo en treinta años, de nueve califas Hammudíes, hasta que en 1056 conquistó aquella taifa la de Granada. 14. Mértola. Comparte características con la taifa de Huelva, siendo también una de las pequeñas taifas, alzadas sobre poderes andalusíes locales, en el suroeste andalusí, siempre en conflicto con la poderosa Sevilla, que la conquistó en 1044-45. 15. Molina de Aragón. Forma serie con las taifas de Albarracín y Alpuente, sobre todo, por hallarse en la franja central, de antiguo poblamiento beréber. Molina de Aragón no se salvaría, sin embargo, de una inicial y más o menos teórica dependencia de las taifas de Toledo y de Zaragoza, sucesivamente, pero a finales del siglo XI, el Poema del Cid refleja la autonomía que allí tenía el alcaide Ben Galbón, aliado del Campeador. 16. Morón. Fue ocupada por los Dammaríes, rama de los beréberes Zanata, oriundos de Túnez, llegados a al-Andalus poco antes; formaron parte de los ejércitos de Almanzor cuando la guerra civil, se independizaron en Morón, sucediéndose tres régulos, desde 1013-14 hasta 1065-66, en que Sevilla se anexionó también esta taifa. 17. Murcia. Empezó por estar regida por eslavos, unida su suerte a la de Almería, desde 1013 hasta 1038, pero siempre habían estado presentes los poderes de las grandes familias locales, y entre ellas la de los Banu Tahir, de ascendencia árabe. Uno de ellos, Abu Bakr, se fue independizando cada vez más de Almería y de Valencia, y, cuando murió, en 1063, su hijo y sucesor convirtió a Murcia en taifa plenamente independiente, hasta su conquista por Sevilla en 1078. A pesar de esta conquista, el gobernador de Murcia, Ibn Rasiq, no se plegó del todo al régulo sevillano. La ocupación por los almorávides ocurrió en 1091. 18. Niebla. Como las de Huelva y Mértola, pequeña taifa suroccidental extendida entre Niebla y Gibraleón, regida por la familia local, andalusí, de los Yahsubíes, con tres régulos sucesivos, hasta la conquista, por Sevilla, en 1053-54. 19. Ronda. Ocupada por los beréberes Yafraníes, que cruzaron a al-Andalus por primera vez a mitad del siglo X, y luego en tiempos de Almanzor. Allí se alzaron independientes, hacia 1014 ó 1016. Abu Mur, el primer régulo de esta taifa, fue apresado en Sevilla, y el tercero murió defendiendo su dominio, conquistado por Sevilla, hacia 1065. 20. Santa María del Algarve. Hoy es Faro, en el Algarve portugués. Allí se independizó Ibn Harun, posiblemente un muladí, autóctono islamizado que rigió su exigua taifa desde 1013 ó 1016 hasta morir en 1041-42, sucedido por un hijo, que tuvo que entregar su tierra a Sevilla, en 1051-52. 21. Sevilla. La gran taifa expansiva, pues se observa cómo conquistó todas las de su entorno, deteniéndose sólo ante las más poderosas de Badajoz y de Granada y algo ante la de Toledo, contra las que guerreó mucho. Primero ocupó las cinco pequeñas taifas del suroeste (Mértola, Niebla, Huelva, Santa María del Algarve y Silves), entre 1044 y 1063; luego las cinco del cinturón beréber (Algeciras, Ronda, Morón, Carmona y Arcos), entre 1054 y 1069; enseguida dominó Córdoba, aureolada de gloria pasada, y al cabo Murcia. Más difíciles fueron las relaciones con reyes cristianos, Fernando I y Alfonso Vl, cuya presión económica, con las parias, y conquistadora intentó ser contrarrestada por Sevilla, principalmente, llamando a los almorávides, que, trozo a trozo, desgranaron la gran taifa, ocupando Sevilla en 1091 y deportando al Atlas magrebí a la soberbia familia allí reinante, los Abbadíes. Eran estos Abbadíes de origen árabe, conquistadores de al-Andalus y riquísimos cadíes de Sevilla, y en su tierra se independizaron en 1023. Sus régulos, en sucesión patrilineal, fueron magníficos: el juez Ismail, el juez Muhammad (desde 1023), que se permitió el lujo de tener califa propio, un sosias del califa Hisam II, que impuso sobre sus súbditos y sobre otras taifas; luego al-Mutadid (hasta 1069), y por fin al-Mutamid, gran poeta, que -según una fuente árabe del siglo XIV, al-Hulal- habría dicho "Prefiero cuidar camellos en África que cerdos en Castilla", fue deportado por los almorávides y murió en Agmat, como un símbolo de lo que le aguardaba a al-Andalus. 22. Silves. Se alzó independiente un notable local, de ascendencia árabe, Isá, al que siguieron dos -o cuatro- régulos; el último fue desposeído por las tropas de Sevilla, en 1063, aunque, por la confusión que hay sobre la cronología de esta taifa, tampoco esta fecha final es indiscutible. 23. Toledo. Al decaer el poder central, hacia 1010, cuando Wadih, general de la Marca Media, marchó a Córdoba, o un año después cuando fue asesinado, las grandes familias toledanas, como los Banu Mateo y el cadí Ibn Yais, se unieron para regir su territorio de forma independiente. Con posterioridad a 1018, los toledanos, hartos de sus propios caciques, recurrieron a un linaje beréber establecido desde el siglo VIII en tierras de Cuenca, los Zennún, arabizados como Du l-Nún: primero rigió Toledo al-Zafir, luego el gran al-Mamún (el Alimenón de nuestra literatura), y por fin el incapaz al-Qadir, que perdió Córdoba y otras tierras ante la acometida de la taifa de Sevilla. Cada vez recurría más a Alfonso VI, a cambio de parias que debían pagar los descontentos toledanos, alzados contra al-Qadir en 1080, a quien repuso en su trono Alfonso VI, en 1081, a cambio de castillos y de dinero; dos años más tarde, el rey castellano se presentó ante Toledo y la ocupó en mayo de 1085, prometiéndole a al-Qadir darle a cambio la taifa de Valencia. 24. Tortosa. Como en el resto del Levante, se independizaron aquí los eslavos, desde 1009, reaccionando contra el califa al-Mahdí, y sucediéndose cuatro régulos, hasta 1060, en que el de Zaragoza, al-Muqtadir, ocupó Tortosa, región que formó una subtaifa, junto con Lérida y Denia, por la autonomía de una rama lateral de la dinastía que regía Zaragoza. La conquistaron los almorávides en la primera decena del siglo XII. 25. Valencia. Taifa levantina ocupada por eslavos, independientes de Córdoba desde 1009, que antes controlaban el regadío como zabacequias; fueron dos, sobre todo, y simultáneamente, Mubarak y Muzaffar, quienes aplicaron con rigor la grandeza soberana, el cuidado de su capital y el enriquecimiento sobre impuestos a sus súbditos; murieron hacia 1017 y 1019, y algunos otros eslavos intentaron controlar la taifa, hasta que en 1021 ó 1022 todos decidieron proclamar a un nieto de Almanzor, instalando en Valencia esta descendencia de la otrora gloriosa familia, que recuperó una parte de sus oropeles gracias a sus fieles eslavos. Dos amiríes rigieron Valencia, hasta 1065, año en que la dominó Toledo, hasta 1075, en que la recuperó un tercer amirí, sucedido por un hijo, hasta 1086, en que tropas castellanas ayudaron a al-Qadir, ex rey de Toledo, a entronizarse en Valencia, donde reinó hasta su asesinato en 1092, tras el alzamiento de sus súbditos encabezados por el cadí Ibn Chahhaf. Este rigió la ciudad, equilibrando presiones exteriores del Cid, por un lado, y de los almorávides, por otro. Tras duros asedios, el Campeador entró en Valencia, en junio de 1094. En 1002 la ganaron los almorávides. 26. Zaragoza. No hubo ruptura, pues se alzó en taifa la familia árabe-andalusí de los Tuchibíes, sobresaliente en aquella marca desde siglos atrás; cuatro régulos de esta familia se sucedieron, entre comienzos del siglo XI y 1038 ó 1039, cuando Sulaymán b. Hud logró ocupar Zaragoza, instalando su dinastía, los Hudíes, hasta que fueron desplazados por los almorávides en 1110. Cinco régulos Hudíes se sucedieron en Zaragoza, y otros más se escindieron temporalmente en subtaifas, en Tudela, Huesca y Calatayud, o en Lérida, con Tortosa y Denia. Entre ellos, el más notorio fue al-Muqtadir, que logró expandirse y plasmar sus aspiraciones soberanas en su palacio de La Aljafería, así llamado por derivación de su nombre, Abu Chafar. La importancia de esta familia la hizo perdurar y alzarse en taifas más al sur, cuando al-Andalus volvió a fragmentarse, durante las decadencias de los almorávides y de los almohades.
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La nobleza acusó diversos problemas desde fines del siglo XVI. Por una parte asistió a una desvalorización de su status a causa de un fenómeno de inflación de honores. Las necesidades políticas y las urgencias financieras de las monarquías contribuyeron al encumbramiento de numerosos elementos de procedencia plebeya. El número de nobles aumentó. Las noblezas de servicios que habían comenzado a surgir en el siglo anterior conocieron ahora un período de auge. Los monarcas elevaron a la nobleza a burócratas al servicio del Estado y recurrieron a la venta de honores para aliviar la situación de las exhaustas arcas de la hacienda real. La dualidad entre antigua y nueva nobleza se acentuó, aunque, por otro lado, los enlaces entre elementos procedentes de una y otra procuraron una cierta unificación. Por otra parte, la aristocracia sufrió en sus propias carnes las dentelladas de la crisis económica. Las grandes casas nobiliarias tuvieron que enfrentar la creciente contradicción existente entre el mantenimiento de un elevado tono de vida, que comportaba cuantiosos gastos, y el deterioro de sus rentas. La disminución de ingresos dependió de la desvalorización de la producción agraria y, en algunos casos, de la despoblación rural, además de las dificultades para una eficaz administración de los dominios. Los ejemplos aportados al respecto por Ch. Jago para la aristocracia castellana son elocuentes. La casa de Béjar padeció una disminución de sus ingresos reales superior a un 25 por 100 entre 1620 y 1648. Para el duque de Feria la década de 1640 fue un período de hundimiento financiero. Por otra parte, los gastos ordinarios que en los mismos años debía afrontar la casa de Béjar (personal, casa, pensiones familiares, censos, administración, impuestos, donaciones) ascendían a casi 100.000 ducados anuales, lo que apenas resultaba compensado con los rendimientos procedentes de sus posesiones rústicas. Este tipo de situaciones, aunque podían muy bien situar a un linaje aristocrático al borde de la bancarrota, no representaba, sin embargo, sino un empobrecimiento relativo. El auténtico problema residía en la falta de liquidez, ya que la fortuna en activo fijo de las grandes casas, vinculada por vía de mayorazgo, apenas resultaba afectada, aunque tampoco podía ser enajenada como medio de paliar la situación. Esta se vio agravada a causa del endeudamiento creciente de la nobleza, obligada a recurrir a préstamos para hacer frente a sus obligaciones y necesidades. Además, es necesario contar con las exigencias de la Monarquía, que hizo recaer sobre la nobleza pesadas cargas, sobre todo de tipo militar. Las dificultades financieras del Estado para mantener las largas y costosas guerras del siglo forzaron a que los monarcas apelaran a las antiguas obligaciones feudales de los nobles. La movilización de la nobleza castellana durante el mandato del conde-duque de Olivares es un buen ejemplo de ello. Esta clase social, cuya vocación militar se hallaba muy debilitada, no aceptó sino con muy forzada resignación este tipo de cargas e imposiciones. Ante las dificultades financieras, la aristocracia puso en práctica estrategias de adaptación. La moderación en el gasto tendía a imponerse como una medida inmediata, pero la ostentación formaba parte esencial de los mecanismos de prestigio. La tendencia generalizada de los grandes nobles a afincarse en la Corte no favorecía precisamente la austeridad, y sí la emulación y el gasto incontrolado. La aristocracia inglesa, cuya crisis entre la secunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII ha sido estudiada por Lawrence Stone, se mostró también proclive al gasto suntuario y al derroche despreocupado, lo que erosionó seriamente su capacidad económica, tanto más cuanto que, no existiendo tantos obstáculos legales para la venta del capital como en otros países, procedió a la enajenación masiva de propiedades. Sin embargo, a partir de la década de 1620 la nobleza inglesa empezó a volverse más austera, al resultar alcanzada por la marea puritana: "En el fondo -como afirma aquel autor-, la causa del cambio fue el nacimiento del individualismo, de la intimidad, del puritanismo y del cultivo al virtuosismo". El caso inglés, sin duda, reviste una cierta originalidad. Como ocurría con el patriciado holandés, las élites no mostraron igual repugnancia que las aristocracias de otros países hacia el ejercicio del comercio. Por su actividad económica, forma de vida y mentalidad puede decirse que, mientras en muchas otras áreas se producía un fenómeno de ennoblecimiento de la burguesía, la nobleza de estos países con un mayor grado de desarrollo capitalista afectaba un cierto nivel de aburguesamiento. Para la aristocracia señorial en crisis financiera de las zonas socialmente más tradicionales existieron otras formas de adaptación a las dificultades. Una mejor administración de sus dominios para evitar el extendido fraude practicado por los administradores fue una de ellas. La obtención de la dádiva real fue otra. En algunos ambientes cortesanos floreció una nobleza pedigüeña que reclamaba para sí cargos, honores y ayudas de costa. Pero también es necesario contemplar otras formas más agresivas de aumento de ingresos. La reacción señorial acompañó a la crisis. Muchos nobles intentaron paliar su situación apropiándose tierras comunales en sus jurisdicciones señoriales y aumentando la exacción fiscal sobre el campesinado de las mismas. Estas formas de violencia señorial promovieron la resistencia aldeana, bien por la vía de los tribunales de justicia, donde se libraron numerosos pleitos, bien por la vía de la insurrección. Las sublevaciones campesinas contaron de forma destacada entre sus motivaciones la agobiante presión señorial. La reacción de los privilegiados adoptó también otras dimensiones. El asalto al poder político es la más llamativa. En realidad, la idea de una aristocracia en crisis contrasta con el hecho de que la nobleza alcanzó importantes cotas de poder, al menos en ciertos países bastante representativos. Para lograr un reforzamiento de su autoridad, la Monarquía hubo de desplazar en el Renacimiento a los nobles de los principales centros de decisión política y promover, al mismo tiempo, una nueva nobleza de servicios dependiente del favor real. Este desplazamiento no fue completo, pero tuvo la virtualidad de hacer más independiente y efectivo el poder de los reyes. La aristocracia se lanzó en el siglo XVII a una reconquista del poder. En algunos casos, como el español, se benefició de la debilidad de los monarcas. Pero tampoco hay que descartar, como sostuvo J. A. Maravall, que fueran estos mismos, como reacción defensiva ante la crisis social del Barroco, quienes apelaran a la nobleza con vistas a apuntalar el edificio de la jerarquía social. El renacimiento aristocrático del siglo XVII pudo depender, por tanto, de una identificación del poder monárquico con los intereses señoriales y con un sistema político-social fundado en el predominio de la riqueza agraria, dominada en gran medida por los nobles. El fenómeno del valimiento en España constituye una buena muestra del nuevo posicionamiento político de la aristocracia. Validos como Lerma, Uceda, Olivares, Haro, Nithard o Valenzuela, que gobernaron sin otra legitimidad que la confianza de monarcas o regentes, personalizan, en opinión de F. Tomás y Valiente, el dominio nobiliario del poder. La nobleza española había resultado parcialmente desplazada del mismo en el período anterior por una tecnoburocracia estatal de letrados. En realidad, no había perdido su condición de clase social y económicamente dominante, a pesar de su relegamiento político o, más exactamente, de su subordinación al poder incontestable de la Monarquía. Pero ahora, a partir del reinado de Felipe III, la nobleza experimentó una transformación. Sin dejar de ser clase dominante pasó a ser también clase dirigente. Según el citado autor, el valido representó el instrumento de la más encumbrada nobleza cortesana, cuyas facciones dominaron alternativamente el poder ganando a su favor la voluntad de monarcas que carecían de la energía de sus antecesores del siglo anterior. En definitiva, ello no representó sino la concreción, en el ámbito de la dirección de los asuntos de Estado, del proceso de refeudalización de la sociedad del XVII. En Francia, la actitud política de la nobleza fue desafiante. La aristocracia francesa soportó mal el encumbramiento de una nueva nobleza de servicios que resultaba más útil al intento de fortalecimiento del poder de la Monarquía, aunque a la larga también constituyó fuente de problemas. La nobleza antigua mantuvo constantes pretensiones políticas, tanto en el ámbito cortesano como en el provincial. La resistencia aristocrática al absolutismo monárquico derivó en ocasiones en actitudes de clara rebeldía. El afianzamiento del poder real durante los reinados de Luis XIII y Luis XIV constituyó un proceso no exento de graves disturbios provocados por una nobleza insubordinada y levantisca. Según Goubert, este tipo de actitudes constituyeron una fuente continua de preocupación para la Monarquía, que trató de apartar a la nobleza de los puestos de gobierno. Fue así como se llevó a cabo, especialmente durante el reinado de Enrique IV y el Gobierno de Richelieu, la promoción de un alto personal monárquico integrado por juristas y burgueses parisinos, integrantes de las clientelas cortesanas, que reforzaron el sector nobiliario de nuevo cuño frente a la aristocracia tradicional. En la Francia del siglo XVII por primera vez ocuparon el puesto de ministro personajes de origen burgués. En Inglaterra, por el contrario, la guerra civil tuvo como efecto el alineamiento de buena parte de la aristocracia del Norte y el Oeste en el bando realista, frente a la "gentry" puritana y los burgueses de las ciudades del Este y el Sur. La amenaza que la revolución parlamentaria hizo recaer sobre el edificio del absolutismo inglés forzó la adhesión de la nobleza cortesana tradicional a la Monarquía de los Estuardo. La trayectoria de la nobleza de la Europa centro-oriental es, en cierto modo, divergente de la evolución de la nobleza occidental. Los problemas financieros por los que atravesaron multitud de nobles de los países occidentales fueron en buena medida desconocidos en el área oriental. Tampoco padecieron los nobles orientales la presión del Estado monárquico centralizado. La estructura feudal de la sociedad y la debilidad del poder central impidieron el relegamiento de la aristocracia que, lejos de ser subordinada políticamente, controlaba de hecho el aparato del poder. Un caso distinto sea quizá el de Rusia. Allí los boyardos y magnates se habían enfrentado al absolutismo del zar Iván IV en la segunda mitad del siglo XVI, pero éste aplastó a la oposición aristocrática y favoreció la ascensión de la baja nobleza (pomieschiki). Este proceso continuó en la primera mitad del siglo XVII bajo la dinastía de los Románov. También en Polonia la szlachta o nobleza rural menor asistió a una ascensión social y a una consolidación de su poder. A la hora de tratar de los grupos privilegiados es necesario referirse, finalmente, al estamento clerical en el ámbito católico. Aquí la manifestación más evidente de la crisis del siglo XVII consistió en un notable aumento de las ordenaciones y en un incremento del número del clero regular. La Iglesia aparecía, de esta forma, como un refugio, al proporcionar los medios imprescindibles de subsistencia en medio de un mundo azotado por el hambre y las dificultades. El crecimiento del clero no dependió tanto de un aumento de las vocaciones como de la necesidad que padecían numerosos grupos sociales. En España, los estudios de Domínguez Ortiz demuestran que el número de religiosos aumentó en torno a un 50 por 100 a lo largo del siglo, pudiendo alcanzar la cifra de 150.000 al final del mismo, y ello a pesar de la disminución de la población total del país.
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Según Plutarco, entre las medidas de Pericles estuvo la de establecer la misthophoría, o pago de indemnización por asistir a funciones políticas. Lo hacía, dice, para competir con el evergetismo de Cimón. De hecho, ahora la redistribución del beneficio del imperio se hará, por tanto, a través del estado. La acción idion, privada, se sustituye por la acción dernosion, pública. Ello significa que se priva a los particulares de utilizarla en su proyecto. El redistribuidor deja de ser el particular para poner la función en manos del demos, sin que ello quiera decir que no continúen teniendo posibilidades de control los miembros de las grandes familias. Sin embargo, controlada la ganancia por el demos, la flota se convierte básicamente en instrumento para el mantenimiento de su propia libertad, a través de la ciudadanía, situación que garantiza, no sólo no caer en la esclavitud, sino también no caer en las condiciones económicas que pudieran obligarlo a realizar, como libre, trabajos serviles. El demos controla y se beneficia del imperio, aunque también se beneficien las clases dominantes, pero éstas han de actuar políticamente en consonancia con los intereses del demos. Una vez que la ciudadanía se ha convertido en arma privilegiada, su extensión se restringe, hasta el punto de que otra de las medidas, coherente, atribuida a los primeros momentos del predominio democrático de Pericles, es la del metréxenos, por la que se excluye todo aquél cuya madre fuera extranjera. Según Plutarco, se tomó para reducir el número de los beneficiarios de un concreto reparto de cereales procedentes de Egipto, pago de la colaboración con Inaro, pero tuvo una proyección mayor en la sucesiva conformación de las relaciones entre ciudadanía, democracia e imperio. Según Plutarco, quedan fuera 10.040, pero Filócoro habla de 4.700 ilegales.
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Además de cambios en las pautas de comportamiento, la década de los cincuenta, en especial su fase final, trajo también la aparición de problemas que protagonizarían de forma creciente la vida norteamericana. El principal fue el relativo a la segregación que la minoría negra sufría en gran parte del país. En realidad, las barreras raciales se abrieron en alguna medida entre los años cuarenta y los sesenta. En gran parte, ello se explica por los movimientos de población: en 1940 sólo el 23% de la población negra vivía fuera del Sur y en 1970 ya lo hacía el 47%. Pero allí perduraba la segregación tradicional. Entre 1945 y 1950, todavía hubo trece linchamientos de negros y en el deporte de competición nacional Ashe, un negro que era una primera figura del tenis, no fue reconocido hasta 1963. Lo dicho respecto de esta minoría, como es lógico, vale también para todas las demás. En algunos Estados se negó el voto a los indios hasta comienzos de los cincuenta. Sólo en 1959 se permitió la admisión legal de braceros mexicanos -chicanos- cuya presencia era imprescindible para la recolección de productos agrícolas en California. En estas condiciones surgió el movimiento de los derechos civiles que ha sido descrito como "el más significativo movimiento social y reivindicativo de toda la Historia americana", causante de una auténtica revolución, si bien de naturaleza pacífica. El juez Warren, que jugó un papel decisivo en ella, no parecía en principio tener los antecedentes más recomendables para desempeñar este papel, pues, durante la guerra, había colaborado en los planes de internamiento de los japoneses que vivían en los Estados Unidos. Eisenhower lo nombró para el Tribunal Supremo, pero quizá acabó lamentando haberlo hecho. De cualquier modo, él mismo hubiera podido ejercer una influencia moral importante con un llamamiento a que se admitiera la igualdad entre las razas, pero no lo hizo, aunque consiguió hacer desaparecer la segregación en el Ejército. Cuando llegó el momento, Eisenhower cumplió las decisiones del Tribunal Supremo pero, al mismo tiempo, nunca hizo una declaración solemne en el sentido de que la segregación racial era moralmente inaceptable. Resulta probable, como les sucedía a tantos otros norteamericanos, que simplemente ignorase la situación real de los negros en el Sur. Lo que, por otro lado, le parecía inaceptable era que un Estado desafiara una sentencia judicial o tratara de boicotearla. En 1954, el Tribunal Supremo, presidido por Warren, decidió de forma unánime en contra de la segregación en las escuelas públicas en Estados Unidos. Este primer paso judicial fue la señal de apertura de cara a un proceso de toma de conciencia por parte de la propia población negra que, en adelante, tomó la iniciativa en la defensa de sus derechos. A fines de 1955, una mujer negra de cierta edad subió a un autobús en Montgomery (Alabama) y se negó a sentarse en las filas de atrás, donde le correspondía de acuerdo con los usos tradicionales. A partir de esta decisión individual, se puso en marcha en aquella ciudad un boicot a los autobuses segregados, que demostró que la lucha era una cuestión de dignidad individual y que tenía repercusiones en ondas concéntricas en el resto de una sociedad basada en el principio de segregación racial. Además, la lucha supuso la aparición de un líder, el pastor Martin Luther King. Su protagonismo individual se corresponde en realidad con un hecho colectivo, el decisivo papel de las Iglesias, incluidos teólogos como Niebuhr, en la defensa de los derechos de la población negra. En realidad, existió una apreciable continuidad entre la protesta negra anterior y la de fines de los cincuenta, pero ésta fue de una magnitud extraordinaria, provocando sucesos que en otros momentos hubieran resultado inconcebibles. Cuando se produjeron graves incidentes en Little Rock por este motivo, el presidente Eisenhower, muy a su pesar, envió a 1.100 paracaidistas y federalizó la Guardia Nacional de Arkansas. Pero la lucha estaba destinada a ser larga y dura: en 1962, no había niños negros en escuelas a las que acudieran blancos en los Estados de Mississippi, Alabama y Carolina del Sur. De todos modos, a pesar de que desde fines de los cincuenta aparecieron crecientes muestras de protesta que luego se multiplicarían, los moderados, es decir los partidarios de la acción reformista que partía de la aceptación de los principios en los que se basaba la vida norteamericana, siguieron al frente de los movimientos de protesta. A principios de 1960, comenzaron, por ejemplo, los sit-in -"sentadas"- en los lugares donde existía segregación racial. Fueron la táctica principal del nuevas organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos, como SNCC -Students Nonviolent Coordinatig Comittee- o SDS -Students for a Democratic Society-. Una oleada de idealismo movilizó a la juventud norteamericana a favor de una causa justa que, además, parecía sin duda al alcance de la mano. Pero, al mismo tiempo y en idéntico momento, aparecieron signos de disconformidad no sólo sobre cuestiones relativas a la segregación, sino también con respecto a la propia esencia de la vida norteamericana. Los "beatniks" nacieron en el entorno de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Partidarios de un modo de vida alejado de la búsqueda del confort económico o de la promoción personal, querían llegar a una "nueva visión" utilizando la droga como medio de acceso a un mundo espiritual diferente: "beat" venía de "beatífico". Kerouac, autor de On the road (1957), una especie de biblia del movimiento, envió un mensaje irónico a Eisenhower tildándolo de "gran abuelo blanco" como demostración de que ese sector de la juventud distaba del convencionalismo que para ellos representaba el general. Pero no hacía falta ser "beatnik" o drogarse para mostrar desconfianza ante la sociedad establecida. Ya a fines de los cincuenta o comienzos de los sesenta, apareció la canción popular, "country", de protesta como We shall overcome (1959), que sería utilizada en las sentadas contra la segregación racial. Bob Dylan convertiría en famosas dos canciones suyas, The times they're changing y Blowing in the wind (1962-3), que señalaban la distancia existente entre jóvenes y mayores. Incluso en el cine fue perceptible un marcado cambio de mentalidad. Stanley Kubrick en On the beach y Dr. Strangelove (1964) trató de los interrogantes en torno a una posible catástrofe nuclear. También en el mundo de la literatura y del ensayo aparecían signos parecidos. Wright Mills en The Power elite (1956) criticó la supuesta existencia en Estados Unidos de un sector dirigente a caballo entre la economía y la política, capaz de imponerse a la soberanía popular. Riesman y Glazer en La muchedumbre solitaria (1950) habían presentado los inconvenientes de una sociedad carente de vínculo comunitario. Pero fue La sociedad opulenta, de John K. Galbraith, el libro crítico de mayor difusión durante la época, al señalar las limitaciones de la prosperidad norteamericana. A otro nivel, la novela Peyton Place, de Grace Mettallious (1956), vino a ser algo así como la demostración de que también el sueño norteamericano podía resultar un fracaso; en 1966 había vendido 10 millones de ejemplares. La inquietud de fines de los cincuenta se extendió también al terreno de las relaciones exteriores. El temor que se difundió en la política norteamericana respecto del "missile gap", supuesta ventaja de los soviéticos en este arma, estuvo por completo injustificado, pero los éxitos de la URSS en los primeros momentos de la carrera espacial parecieron argumentar a su favor. Eisenhower no se dejó llevar por el pánico y se negó a aumentar los gastos de defensa, pero legó a sus sucesores un mundo tenso, sobre todo en Cuba y Vietnam, donde ya parecía que no iba a resultar factible utilizar los medios de acción de antaño. La CIA acabó con el Gobierno de Indonesia y trató de asesinar a Lumumba y a Castro; también preparó la invasión de Cuba. Muy pronto, estos procedimientos iban a ser considerados inaceptables por los propios norteamericanos. Por otro lado, como demuestran las ya citadas películas de Kubrick, la prohibición de los ensayos nucleares se había convertido ya en una cuestión sobre el tapete que ponía en solfa la estrategia de la "respuesta masiva" vigente hasta el momento. Por lo tanto, también en política exterior los últimos tiempos de Eisenhower hicieron presagiar un cambio importante en la vida norteamericana.
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La llamada revolución hispanoamericana, pese a su estallido casi simultáneo en todas las colonias españolas, se caracterizó por carecer de unidad, de manera que correspondería más bien hablar, como Lynch, de revoluciones. México evoluciona sin contacto alguno con el resto de América y experimenta tanto la revolución social como el movimiento conservador; en Guatemala apenas habrá lucha pero sí declaración de independencia; las islas antillanas sin embargo seguirán unidas a la metrópoli. Por su parte, los movimientos suramericanos, inicialmente desconectados entre sí, acabarán entrelazándose y produciendo una especie de solidaridad interregional (argentinos luchan en Chile, venezolanos en Quito, etc.). Otra característica notable es la larga duración del proceso (se produce, en lo esencial, entre 1808 y 1825) y, sobre todo, su complejidad, pues lejos de ser un mero enfrentamiento entre españoles y americanos, incluye una guerra civil entre americanos así como aspectos de guerra interna entre regiones. Y todavía se puede decir que en un primer momento el objetivo mayoritario no era la independencia política sino la emancipación, concebida como expresión de autonomía dentro de la lealtad hacia el rey de España. Por otro lado, el papel de las masas populares y de los indígenas es bastante confuso, aunque es seguro que participaron en ambos bandos (en la batalla de Ayacucho la mayor parte de los soldados del ejército realista o español eran indígenas). Se trata de un proceso claramente vinculado a los sucesivos hechos que se van produciendo en España. En 1808 el vacío de poder creado por la doble abdicación de Carlos IV y de su hijo se trató de suplir creando una Junta Central Suprema, cuya autoridad inicialmente se acató también por las colonias, donde pronto se producen movimientos similares al motín de Aranjuez y se desconfía de la fidelidad de algunos gobernantes, a los que se considera afrancesados: en México se destituye al virrey Iturrigaray, en el Río de la Plata se trata de eliminar al virrey Liniers dado su origen francés. Comienza el movimiento juntista, creándose a partir de 1809 juntas para gobernar en nombre del monarca prisionero: Quito, La Paz, Chuquisaca, son las primeras, extendiéndose el movimiento entre abril y septiembre de 1810 a Caracas, Buenos Aires, Bogotá, Santiago de Chile. Inicialmente todas prestan juramento de fidelidad a Fernando VII, pero no acataban a la Regencia establecida en Cádiz tras la autodisolución de la Junta Suprema a fines de 1809, pues los criollos reivindican su derecho a formar sus propias juntas de gobierno. En algunos lugares, sin embargo, el movimiento juntista avanza más y se proclama la independencia: es el caso de Buenos Aires y Caracas, que se convertirán además en focos de insurgencia. Simultáneamente comienza en México un verdadero movimiento social, de masas: el levantamiento del cura Miguel Hidalgo, que en 1810 moviliza miles de indios (unas 60.000 personas, dice Lynch) y avanza sobre Guanajuato, ciudad que es saqueada, continuando hacia el oeste. El carácter radical del movimiento (abolición de la esclavitud y del tributo indio, reforma agraria) y su tremenda violencia asustó a los criollos que le negaron su apoyo. El movimiento es severamente reprimido, siendo Hidalgo y otros cabecillas ejecutados. El movimiento continúa dirigido ahora por otro cura rural, José María Morelos, que dota de contenido político a la insurrección, convocando un congreso que el 6 de noviembre de 1813 declaró formalmente la independencia y en 1814 promulgó una Constitución liberal (Apatzingán). Igualmente decreta que "a excepción de los europeos, todos los demás habitantes no se nombrarán en calidad de indios, mulatos ni otras castas, sino todos generalmente americanos". Como había ocurrido con Hidalgo, los criollos mexicanos se opusieron a Morelos, que será capturado en 1815. En Venezuela la guerra civil se endurece también a partir de 1813 cuando Simón Bolívar, que destacó pronto como líder militar, dicta el decreto de "guerra a muerte", en el cual advierte: "Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables". El regreso de Fernando VII al trono español en 1814, con la reinstauración del régimen absolutista y la anulación de la Constitución de Cádiz, pone fin a la primera fase del proceso independentista (1808-1814), inaugurando otra en la que la guerra civil americana adquiere ya caracteres de guerra colonial, pues la metrópoli trata de someter a las colonias por medios exclusivamente militares (Céspedes no comparte esta tesis, ya que el rey se comporta exactamente igual en la propia España). Pero si hasta 1814 las luchas giraron en torno a cuestiones como quién debía ejercer el poder durante la cautividad del rey, a partir de 1814 el problema será ideológico y enfrentará en España a liberales y conservadores, equivalentes en América a patriotas y realistas (aunque no a criollos y peninsulares, pues tanto unos como otros integraban ambos bandos). En realidad patriotas en América y liberales en España fueron por igual víctimas de la represión ejercida por el régimen absolutista, y sin duda hubo colaboración entre unos y otros a través de las logias masónicas. El general Pablo Morillo, enviado a América con 10.000 soldados, logra el sometimiento de Venezuela y Nueva Granada. Bolívar huye a Jamaica. El virrey de Perú, Abascal, domina Chile y Charcas. En México, Morelos es capturado y ejecutado en 1815. Hacia 1816 se vislumbra la posibilidad de una vuelta a la situación anterior a 1808. Pero comienza entonces la reacción de los patriotas, que darán a la guerra una escala verdaderamente continental: Bolívar regresa en 1817 y reorganiza sus tropas, reforzándolas con los llaneros del Orinoco, conquista Venezuela y atraviesa los Andes para vencer a los realistas en Boyacá (1819), logrando así la independencia de Colombia. Simultáneamente, en el Río de la Plata se proclama la independencia en 1816 (Congreso de Tucumán) y al año siguiente, desde la provincia de Cuyo, San Martín cruza los Andes, vence en Chacabuco y Maipó y declara la independencia de Chile en 1818, situándose en disposición de dirigirse al Perú, principal centro del poder español en Suramérica. En 1820 de nuevo un suceso en España tendrá consecuencias decisivas para América y marcará el paso definitivo a la independencia. El pronunciamiento liberal de Riego el día 1° de enero de ese año significa que el ejército que debía embarcar para América, se quedará en España para implantar el liberalismo y la Constitución de 1812. En América esto tiene un doble efecto: militar (las tropas realistas no recibirán refuerzos) y, sobre todo, político. Paradójicamente, lo que puso fin al orden colonial no fue el reforzamiento de la autoridad y el absolutismo, sino el progresivo debilitamiento de esa misma autoridad: la política liberal introducida en España en 1820 acabará de decidir por el camino de la independencia a los conservadores. Así ocurre en México, donde el criollo Agustín de Iturbide, que había combatido contra Hidalgo y Morelos, y era en 1820 comandante del ejército realista encargado de acabar con las guerrillas rebeldes de Vicente Guerrero, proclama el llamado Plan de Iguala (febrero de 1821), basado en las tres garantías (religión, independencia y unión), que en pocos meses conduce a la declaración de independencia (septiembre de 1821), a la que se suma también Guatemala. Por otra parte, en Suramérica se produce el definitivo enfrentamiento entre los independentistas y unas tropas peninsulares que, además de no recibir refuerzos de la metrópoli ni de los criollos realistas, están también debilitadas por disensiones internas entre oficiales liberales y conservadores. San Martín avanza entonces hacia el Perú (septiembre de 1820) mientras Bolívar asegura la independencia de Venezuela (Carabobo, 1821) y Quito (Pichincha, 1822). Ambos líderes se entrevistan en Guayaquil (julio de 1822), cerrándose así la llamada tenaza. La fase final de la guerra estará en manos de Bolívar y Sucre, y consistirá en la eliminación del reducto realista en Perú y Charcas tras dos grandes batallas, Junín y Ayacucho (agosto y diciembre de 1824). En abril de 1825, en Tumusla, se derrotó al último ejército español en el continente americano. El proceso independentista había terminado con un rotundo triunfo militar. Sin embargo, muchos analistas consideran que tal proceso fue una revolución frustrada ya que juzgan su éxito o fracaso atendiendo a la evolución política posterior de los países americanos: las nuevas naciones reconstruyeron el orden colonial, la colonia continuó viviendo en la república, no se produjo ningún cambio social de importancia, no se alteró la distribución de las riquezas... luego, la independencia fue una revolución frustrada. Sin duda todo es cierto, excepto la conclusión, porque nada de eso se había pretendido: independencia política, régimen republicano y apertura mercantil fueron tres logros inmediatos de la lucha independentista. Y precisamente esos habían sido, en general y salvo excepciones, los objetivos más revolucionarios de los libertadores.
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La mejora de las comunicaciones introducida en el amplio mundo islámico y sus relaciones exteriores permitieron adaptar o difundir nuevas plantas cultivadas, aunque las mediterráneas tradicionales conservaron mayor importancia. Siria, Egipto y el Magreb eran las principales zonas productoras de trigo y cebada. El olivo se extendió mucho, por ejemplo en Siria y Túnez, porque el consumo de aceite en la alimentación creció al estar vedado el de grasa de cerdo. Por el contrario, el consejo de la tradición contrario al consumo de vino fue responsable de que el viñedo se redujera en muchas regiones a la condición de cultivo muy secundario, pues sólo se consumía la uva fresca o pasa, pero en al-Andalus y en el Siraz persa no se cumplió tanto aquella recomendación y hubo, además, viticultura practicada en diversas regiones por minorías judías y cristianas. Entre las especies extendidas a nuevas regiones en los primeros siglos cabe destacar la caña de azúcar, objeto de grandes plantaciones en el bajo Iraq, el algodón, en cuyo cultivo destacaron la alta Mesopotamia y Siria, el arroz, la palmera datilera, los cítricos, plantas tintóreas como el índigo, especias como el azafrán, frutales y hortalizas como el albaricoque, las espinacas o las alcachofas, además de diversas plantas medicinales.