De los dos hermanos Lorenzetti, vinculados también a la escuela sienesa, Ambroggio, el más joven, es el más interesante. Fue él quien llenó de admiración a Ghiberti por la tempestad que había pintado en una de las tablas consagradas al martirio de unos santos franciscanos en Bombay, para el convento de la orden en Siena.Ambroggio es conocido sobre todo por las dos composiciones que pintó por encargo del comune de Siena para el Palacio Público entre 1337 y 1339. En la misma línea que había caracterizado este tipo de encargos en el período inmediatamente anterior (recordemos la Maestá y el capitán Guidiricio da Fogliano de Simone Martini) se concibieron dos alegorías para la misma estancia, para celebrar el ideario político de los güelfos, partido que gobernaba Siena por entonces y que se mantuvo en el poder hasta 1355. Una de las dos consecuencias se refería al bien común y a la subordinación al mismo de cualquier interés privado, en la línea del concepto aristotélico que hace suyo Santo Tomás de Aquino y que se divulga por entonces. El Buen Gobierno nos muestra la ciudad con su territorio alrededor, afanada en múltiples ocupaciones y quehaceres: el comercio, las actividades menestrales, agrícolas, ganaderas, ete.El arte de Ambroggio, en particular su aptitud para enfrentarse a los retos del paisaje, es evidente. También resuelve felizmente la representación de la ciudad, que es fácilmente identificable gracias al campanile y al propio Duomo que asoman al fondo, con sus altas torres, sus logias abiertas y sus calles, centro de múltiples negocios.En el campo de la pintura profana las alegorías del Buen y el Mal gobierno suponen un hito importante en lo que a la representación de la realidad se refiere. Sin embargo, para su feliz consecución el pintor parece haber estado atento a cualquier vía de inspiración. Es el caso de la recurrencia a modelos antiguos para alguna de las figuras que la integran, como la de la famosa Pax que recuerda por su disposición la de las figuras etruscas recostadas, o el caso del coro de las muchachas danzando que semeja el de las bacantes tan usuales en relieves romanos.Al respecto es interesante traer a colación la noticia que recoge Ghiberti sobre el hallazgo de una Lisippea en Siena, en la época del pintor. Al parecer, la pieza se expuso a la admiración de los conciudadanos y Ambroggio aprovechó para dibujarla.
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Los hermanos Anton Pevsner y Naum Gabo -llamado Naum Gabo- trabajaron casi toda su vida fuera de la URSS. Entre 1917 y 1922 contribuyeron de manera decisiva a alambicar la plástica constructivista en Rusia. Su posterior actividad en Alemania, Francia, Inglaterra y EE.UU. constituirá uno de los ejes más firmes en el afianzamiento del constructivismo internacional y del arte no-objetivo. Desde muy pronto Naum Gabo diferenciará sus propuestas del ideario, más utilitarista, de Tatlin. Realismo será el término que transcriba su concepto de la abstracción. En el "Manifiesto realista" que redactó y firmó en 1920 arremetió contra todas las reminiscencias del futurismo. Allí escribió: "Es suficiente con preguntar al primer futurista a mano cómo se representa la velocidad para que entre en escena el arsenal completo de automóviles desenfrenados, de las ruidosas estaciones, de las calles que parecen torbellinos..., -¿es preciso convencer a alguien de que nada de esto tiene mucho que ver necesariamente con la velocidad y su ritmo? Mirad el rayo de sol, la más silenciosa de las fuerzas silenciosas recorre 300.000 kilómetros por segundo. Nuestro cielo estrellado, ¿quién lo comprende? (..) ¿qué son nuestros ferrocarriles en relación a los caminos del universo?".La plástica de Gabo parte de un rechazo radical hacia todo elemento anecdótico y toda limitación sensible, para favorecer formas reales, que tematizarían los procesos que absorben la materia: el movimiento, la vibración, las revoluciones de la energía. "Todo es falso -dice-, sólo es real la vida con sus leyes, y en la vida sólo lo que se agita, mueve, es bello, poderoso y sabio; sólo eso está en la verdad". Asume con tesón el compromiso del arte con la tecnología de la edad moderna y con la transformación del mundo que ésta posibilita. Pero no permite que el arte se constriña a estéticas accidentales de la máquina ni al recuerdo de impresiones externas de los objetos. Los vectores del espacio y del tiempo son los únicos referentes que tiene por verdaderos. En ellos se desarrolla la escultura.La escultura, según Naum y su hermano, no puede basarse tampoco en el tratamiento plástico de las masas sensibles, sino que ha de crear volumen sólo gracias a un juego de direcciones de fuerzas en el espacio y a formas que transcriban ritmos energéticos. Sólo el dinamismo abstracto encarna el pathos declamatorio de la edad técnica y la liberación colectiva.En 1922 se trasladó Gabo a Berlín para preparar la legendaria Primera Exposición de Arte Ruso de la Galería Van Diemen. En aquella ciudad él y otros artistas engrosaron la importante colonia de intelectuales rusos. La Columna que realizó Gabo en 1923, durante su etapa de exilio en Berlín, en plexiglás, metal, vidrio y madera, puede ser comparada con piezas de otros constructivistas. Esa Columna, construida con elementos estereométricos, como era el caso del monumento de Tatlin, está fuera de toda condición casual, es una permanencia abstracta que objetiva una energía inaprehensible, como la del interior armónico de los cuerpos. Cualquier otra referencia externa está ausente. En este, así llamado, "realismo de laboratorio" no hay entretenimiento estético, sino organización de la belleza autooperante de un materialismo incondicionado, que transciende toda particularidad, toda accidentalidad. Un cosmos extenso e incondicionado se halla in nuce en el mundo material, químico, de la edad técnica. Por lo demás, ninguno de los monumentos proyectados por los Pevsner (para aeropuertos, por ejemplo) tuvo función utilitaria alguna.El autodidacta Gabo había sabido encontrar rápidamente las formas de expresión visual que correspondían a sus propósitos. Sus primeras obras datan de 1915-17: las cabezas constructivas, el Torso constructivo. Aunque fueron objeto de culto entre los constructivistas rusos, es evidente en estas esculturas que la manipulación de la anatomía por estereometrización y la reducción de la figura a un entreverado de planos secantes son aún de ascendencia cubista.En 1919-20 realizó la Construcción cinética que prescindirá ya de todo referente figurativo. Era una varilla de metal que hacía vibrar mediante un motor eléctrico. Con esa pieza Gabo inauguraba la abstracción cinética de nuestro siglo. Después se interesará menos por los ritmos cinéticos fácticos que por la evocación potencial de energía y movimiento en esculturas inmóviles. Su constante será la sugestión de transparencia y de energía activa, elementos que trata como sus principios formales. La escultura tenía para Gabo y para su hermano una función ontológica, en el sentido de que permitía visualizar las realidades virtuales en las que se internaba el conocimiento científico.Su ejemplo fue determinante para el desarrollo del arte no-objetivo. También fue Gabo, que se sepa, el primero en utilizar plásticos industriales en la escultura, cosa que ya hizo en su Cabeza constructiva II, de 1916. Luego se servirá del plástico para configurar superficies de apariencia inmaterial o transparente, el espacio en el que se desenvuelve su escultura virtual.
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En la creencia de que tuvieran relación con Apopis y otros reyes pastores, se dio este nombre hace un siglo a un grupo de estatuas de granito negro que no sólo comprendía las cuatro esfinges de Tanis, sino otras tres estatuas adscritas hoy a la época de Amenemhet III y que no sólo se cuentan entre las más bellas de la época, sino entre las más interesantes de la escultura egipcia en general. El primero de estos monumentos es un grupo de dos hombres, de tamaño natural, procedente de Tanis y conocido como Los oferentes de peces. Labrados en un solo bloque, estos dos hombres barbados (provistos de barbas postizas que caen en cascada desde el reborde de la mandíbula inferior, por tanto, unas barbas muy distintas de las perillas habituales en Egipto) y tocados de aparatosas pelucas, parecen caminar llevando en las manos sendas cestas o redes con unos grandes peces, flores de loto y gansos. Evers los interpretó como personificaciones del Nilo con los rasgos de Amenemhet III, pero esta interpretación no ha sido aceptada unánimemente. Quede, pues, en mera conjetura. La segunda estatua, procedente de Mit Farés, en el Fayum, parece la grandiosa efigie de un rey del Africa ecuatorial, con la cabeza y el cuello ocultos bajo la cortina de largos bucles de una peluca inmensa, el torso cubierto por una piel de pantera de la que se ven la cabeza, sobre un hombro, y una garra, sobre el otro, y un báculo a cada lado, rematado en una cabeza de halcón. Esta indumentaria la conocemos desde el Imperio Antiguo en relieves de personajes que desempeñaron ministerios sacerdotales, pero en este caso, al servicio de un rostro escultórico lleno de majestad y de poder, refuerza el aspecto exótico del personaje alejándolo mucho de lo convencional en Egipto, a pesar de que llevaba uraeus y barba faraónica. Por último, la estatua de Roma carece de procedencia conocida, pero es muy semejante a las anteriores -sobre todo a la primera- y tiene la ventaja de que conserva mejor que ellas el pomposo tocado de grandes tirabuzones. Admitido hoy por los egiptólogos que las esculturas taníticas son obras egipcias correspondientes a la época de Amenemhet III, hay incluso quienes creen que el semblante de todas ellas, pese al carácter exótico de sus aderezos, no es otro que el del propio rey. Se forma así un grupo de enorme interés, muy próximo al de las esfinges de melena entera, que parece fruto de un afán renovador, de un ansia por calar en las raíces indígenas y ancestrales del pueblo egipcio. Calificar este movimiento de africanista puede resultar anacrónico. Baste con apuntar en esa dirección. Cuando apareció el grupo de Los oferentes de peces, Mariette observó la semejanza de su indumentaria con la de las poblaciones semisalvajes del lago Menzaleh. Transcurrido un siglo, la impresión que siguen produciendo es análoga: la de un arte magnífico que parece consciente de la necesidad de atemperar el artificio del mundo cortesano volviendo los ojos a la savia de lo primitivo y salvaje. El grupo tanítico, tan afecto al granito negro como material, posee dos ejemplares espléndidos a pesar de sus mutilaciones: las dos estatuas sedentes de Nofret, la reina esposa de Sesostris II. Ambas son muy semejantes, aunque no idénticas: una tenía las dos manos apoyadas en los muslos, la otra sólo una, la derecha, mientras que la izquierda tocaba con los dedos el interior del brazo derecho. Demuestran estas estatuas que el retrato de carácter, tan logrado en este semblante de anchos pómulos, se consagró tanto y tan pronto a la mujer como al hombre. Si Nofret conservase el globo de los ojos, que llevaba incrustado, la vida interior de su rostro sería sobrecogedora; aún lo es, con todos sus desperfectos.
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Si la ciudad se llena con la memoria de la propia historia comunitaria y su policía -el orden y el ornato urbanos- es un símbolo de su bien organizada composición, sus calles y plazas también serán escenario en el que se muestra cuál es la condición de sus habitantes, señores y pecheros, nobles, eclesiásticos, mercaderes, pueblo menudo. Pasemos de las calles de Burgos a las de Valladolid en 1532 y veámos salir hacia la escuela a Juana, la hija de cinco años que Isabel Delgada ha tenido de Johannes Dantiscus, presentado antes como embajador del rey de Polonia, pero que ahora hay que recordar en su condición de obispo de Warmia. Isabel Delgada le cuenta al padre de la niña que ésta: "... es muy grande lectora y cualquier cosa que le muestran toma muy bien y que es grandísima loca, que no quiere ir a aprender, si no la lleva una moza y si se pone junto con ella la manda que se ponga atrás, que pues que es hija de tan grande señor que quiere que la traten como a quien es". Juana Dantisca, que acabará casándose con Diego Gracián de Alderete y será madre del carmelita Jerónimo Gracián de la Madre de Dios y del secretario real Antonio Gracián Dantisco, nos enseña, desde su corta edad de niña de escuela, los rasgos básicos de la sociedad estamental: primero, hay algunos que son señores y hay muchos que no lo son; segundo, la jerarquía social se muestra en actos externos. Ella quiere que la traten como a quien es, a fin de cuentas, la hija de un señor embajador y obispo, y esa condición se descubre si en la calle la ven acompañada por una criadita que, además, caminará detrás de ella en señal de respeto. El orden desigual que caracterizaba a una sociedad de estados -a funciones distintas, estatutos jurídicos diferentes, privilegio para la función nobiliaria y la clerical y desprivilegio para la mecánica- se convierte con toda naturalidad en un mundo de apariencias y gestos. Es, en suma, una sociedad jerarquizada en la que cada cual ocupa el lugar que le corresponde por ser quien es. Pero ¿quién se es en el siglo XVI? No parece que esa exigencia de tratamiento descanse sobre una afirmación de lo personal, sino, por el contrario, de lo supraindividual del estado, que siempre se muestra en cada uno de sus componentes. Así, una falta al quien es no sería tanto un agravio a una persona determinada como un desacato al estado al que ésta pertenece. Cuando se exige un tratamiento de esta naturaleza se hace, en último término, en atención al honor que merece todo el estamento. En este caso, el de la hija de un señor que, gracias a su nacimiento, aunque ilegítimo, pretende haber heredado de su padre la notabilidad, la distinción de lo común. Como le sucedía a esta "grandísima loca" que era la niña Juana Dantisca, la sociedad hispánica del Quinientos se moverá atraída por una voluntad constante y creciente de ascender hacia esa posición de mayor autoridad que corresponde a los señores y que se plasma en la voluntad, ampliamente compartida en la España del XVI, de demostrar o adquirir la hidalguía. Los primeros obligados a mantener ese decoro -decorum, adecuación entre la condición social y las acciones- tenían que ser los propios miembros de los estamentos privilegiados, los señores, que encabezaban la jerarquía social de los estados y, también, de las apariencias. Cuando el hidalgo Luis de Zapata escribió en su Miscelánea los preceptos para un caballero que saliese a torear, indicó expresamente que el peligro cierto que tal cosa entrañaba no era "de la vida -los caballeros siempre son valientes-, sino de la autoridad de andar... por el suelo rodando". El verdadero riesgo estaba en lo socialmente indecoroso de llegar a ver a la autoridad estamental derrotada y caída en una calle o en una plaza. El teórico orden social establecido se mantiene si los miembros de cada estado cumplen con el decoro que se debe a su condición. Por ejemplo, los caballeros no pueden dedicarse a actividades consideradas viles porque tal cosa resultaría indecorosa para el conjunto de su estamento. Y, por consiguiente, quienes se dediquen a ese tipo de actividades no podrán ser reconocidos como caballeros, pues, de la misma manera que cada estado exige un modo de vivir y actuar, la actividad determina el estado al que se pertenece. En principio, este orden de cosas parece haber sido aceptado generalmente puesto que, en el fondo, es una consecuencia lógica de la articulación social por estados, de la que se benefician, como hemos visto, desde los padres de familia que enseñorean la casa a los vecinos que gobiernan la comunidad local. Donde, en cambio, no existió acuerdo fue en la consideración de cuáles eran las actividades que, al ser consideradas superiores, reportaban notabilidad a los que las ejercían. Se abrió, así, un rico, amplio y, muchas veces, ruidoso debate sobre en qué consistía la verdadera hidalguía. De un lado, encontramos la postura de los defensores de la vieja hidalguía, derivada únicamente del cumplimento de la función defensiva -los bellatores- y, de otro, los que, partidarios de una nueva hidalguía, consideraban que había otra forma de adquirirla mediante obras, como eran el servicio prestado por los letrados o la prosperidad que hombres de negocios y grandes mercaderes reportaban a la comunidad. Pero, en una sociedad de estados articulada básicamente sobre la familia, el nacimiento marcaba de forma determinante la situación personal y uno de los puntos fuertes de los defensores de la vieja nobleza y, por tanto, no adquirida por obras fue, precisamente, interpretar hidalguía como el fruto de la herencia. Hay que insistir en que la base fundamental del privilegio -la jerarquía como elemento constitutivo del orden social- parece haber sido un principio generalmente bien aceptado y que lo que se discute es el criterio definidor de los que van a verse favorecidos con esa condición privilegiada. Porque el privilegio reportaba importantísimas ventajas más que prácticas, desde la entrada a los oficios de la gobernación general y comunitaria, con sus consiguientes mercedes acumuladas, al disfrute de una preeminencia social y simbólica indiscutibles, pasando por beneficios económicos que eran fruto tanto de la exención fiscal de que, en principio, gozaban los privilegiados como de la posibilidad de acceder a nuevas fuentes de ingresos (encomiendas, rentas eclesiásticas o señoriales, gajes como servidores reales, etc., etc.). Por supuesto, los que ya gozan de esa preeminente situación van a intentar cerrar las puertas de entrada a nuevos grupos porque esto, sin duda, iría en detrimento de su estatus. Lo harán, como hemos dicho, insistiendo en lo genealógico y linajudo que hacía hincapié en su eminente función defensiva. Sin embargo, aquí encontrarán un obstáculo importante en que, de un lado, la guerra ha cambiado mucho -el desplazamiento de la caballería por la infantería y la progresiva tecnificación son consecuencias de la revolución militar- y que, de otro, los hidalgos han dejado de cumplir esa antigua función de hecho. Para reemplazarla recurrirán a una respuesta que pasa por lo cultural, creando, o mejor recreando, una cultura caballeresca como forma de expresión de lo egregio de su condición heredada. Escenario predilecto de esa cultura cortés como ética nobiliaria será la corte de la Monarquía, de cuyo servicio dependerán cada vez más , pero consideremos ahora un testimonio de finales del período que nos ilustra sobre cómo de un mundo de valor personal militar se había pasado a una cultura de gestos. Quien habla es el Conde de Gondomar y lo hace para, con cierta nostalgia, proclamar que "el valor antiguo está ahora reducido a cortesía y, así, es prueba de valor la buena crianza y el suave trato". Es decir, se insiste en un código de gestos que, sin embargo, va a quedar rápidamente anulado como elemento de diferenciación porque pueden ser imitados por aquellos que adoptan cuantas actitudes y ceremonias pasan por ser propias de la condición estamental privilegiada, a la par que adquieren con dinero vestimentas, criados o caballos, rodeándose del boato de apariencias, pese a las numerosas pragmáticas antisuntuarias que pretendan poner freno a esta situación. En esta querella de lo hidalgo que atraviesa por entero el siglo XVI hispánico y en el que el ennoblecimiento acabará siendo el gran objetivo social, el papel de la monarquía fue decisivo y no sólo porque le correspondiera al rey en exclusiva la potestad de conceder títulos nobiliarios y privilegios de hidalguía.
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El segundo componente familiar eran los hijos. Hijos eran considerados aquellos niños y niñas nacidos del matrimonio y que eran aceptados por el pater familias. Él decidía sobre la anticoncepción o el aborto, pero si el niño nacía podía aceptarlo o no como hijo. Por eso se depositaba al recién nacido a los pies del pater; si levantaba a la criatura era considerada hijo/a, pero si no era así quedaba excluido de la familia, exponiéndose a la puerta del domicilio o en algún basurero público, donde lo recogerá alguien que lo desee. Las criaturas malformadas eran expuestas o ahogadas -Séneca dice que "Hay que separar lo bueno de lo que no sirve para nada"- y los pobres solían abandonar a aquellos bebés que no podían alimentar. Si el bebé era aceptado se realizaba el acto formal de integración en la familia al octavo día del nacimiento, cuando se le imponía el nombre individual -praenomen- y se le colgaba una pequeña cápsula de metal -bulla- rellena de sustancias que poseían propiedades favorables, en una ceremonia llamada ilustratio. Dada la elevada mortalidad infantil era bastante posible que la línea familiar se perdiera a la muerte del pater por carecer de herederos. Para evitar esto se instituyó la adopción, ceremonia de carácter privado, celebrada delante de un magistrado, en la que se separaba al adoptado de la patria potestas de su padre natural y se procedía a su integración en la familia del padre adoptivo.
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<p><strong>Historia: </strong></p><p>Los patriarcas bíblicos y el exilio. </p><p>Israel en Egipto. </p><p>El Éxodo. </p><p>La religión del Israel prehistórico. </p><p>La monarquía israelita. </p><p>La época helenística. </p><p>La diáspora helenística. </p><p>La época romana. </p><p>Las sectas judías en época romana. </p><p>Las guerras judaicas. </p><p>La Diáspora. </p><p>Sefardíes y ashkenazíes. </p><p>Los judíos en la Edad Moderna y Contemporánea. </p><p><strong>Sociedad: Medios de subsistencia </strong></p><p>El espacio judío. </p><p>Economía del Israel antiguo. </p><p>Economía de la comunidad medieval. </p><p>Economía del mundo judío actual. </p><p>Preceptos sobre los alimentos. </p><p><strong>Organización política </strong></p><p>La identidad judía. </p><p>El antiguo reino de Israel. </p><p>Rey, corte y funcionarios. </p><p>El sistema fiscal. </p><p>Los ingresos del Templo. </p><p>El Sanedrín. </p><p><strong>Estructura social </strong></p><p>La vida tradicional. </p><p>La circuncisión. </p><p>Infancia y adolescencia.</p><p>El matrimonio. </p><p>Divorcio y levirato. </p><p>La muerte. </p><p>El Sabbath. </p><p>Las fiestas. </p><p>Hannukah, Purim y Pascua. </p><p>Otras fiestas. </p><p>La comunidad medieval. </p><p>La vida judía actual. </p><p>Mujer y judaísmo. </p><p><strong>Creencias y religión </strong></p><p>El judaísmo. </p><p>El Dios judío. </p><p>La Torá. </p><p>Los rollos de la Torá. </p><p>Israel. </p><p>El Mishná y el Talmud. </p><p>El Zohar y la Cábala. </p><p>El Siddur y el Haggadah.</p><p>Otros textos religiosos. </p><p>La sinagoga: función. </p><p>La liturgia. </p><p>El judaísmo actual. </p><p>El judaísmo reformista. </p><p>El judaísmo ortodoxo. </p><p>El hasidismo. </p><p>El judaísmo conservador. </p><p><strong>Arte y conocimientos </strong></p><p>La arquitectura israelita antigua. </p><p>La escultura palestina. </p><p>La sinagoga: forma. </p><p>Las representaciones humanas. </p><p>Objetos litúrgicos. </p><p>El calendario. </p><p>Las ciencias. </p><p>El hebreo. </p><p>El arameo.</p>
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En tiempos posteriores, los hilotas se identificaban frecuentemente con los mesenios, pues habían llegado a constituir el principal núcleo. Así, se plantean las dudas sobre su existencia anterior, aunque la opinión dominante se inclina por la respuesta afirmativa. Dentro de ella caben matices acerca del posible carácter predorio de los que se habían visto sometidos a tal condición o acerca de la posibilidad de admitir una evolución interna, donde la acumulación de tierras del período formativo de la polis tuviera como consecuencia el empobrecimiento y sumisión de masas campesinas de volumen no fácil de calibrar. En cualquier caso, tal sumisión aparece normalmente relacionada con la intervención en Mesenia, incluso dentro de la versión que permite deducir una evolución interna. Según Estrabón, se convertirían en hilotas los que no fueron a Mesenia en el ano 725, aunque en otra ocasión el mismo autor se refiere a los que se habían resistido a la sumisión dentro del proceso de configuración interna de la sociedad espartana. La sumisión interna se vería favorecida por el fortalecimiento de los conquistadores, ahora más poderosos gracias al territorio y a la población sometida en el exterior. Estrabón también se refiere al pago de una apophorá, de un tributo, que asimilaría el sistema a una dependencia de tipo tributario. Los mismos antiguos dudaban al definir el tipo de dependencia al que se sometía a los hilotas. Algunos aspectos hacen pensar en esclavos de la comunidad, pero a veces también se revelan lazos de dependencia personal, contradicción que se resuelve en la idea de que sólo pertenecen al ciudadano particular en tanto que es miembro de la comunidad y disfruta de la tierra cívica. El hilota dependía del kleros al que se vincula y es explotado directamente por éste.
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Según los testimonios contemporáneos, las primeras décadas del siglo XVIII fueron de transición militar, caracterizadas por la mediocridad de los mandos, soldados y marineros. Una de las justificaciones de la guerra al viejo estilo se basaba en la creencia de que oficiales y tropa eran cobardes y necios y huirían a la menor oportunidad. Reflejo de la estructura social, todavía los nobles ocupaban un lugar destacado en las fuerzas armadas, tanto en los altos cargos como en la oficialidad, aunque no faltaban aquellos que seguían la carrera militar sin grado, siendo su mayor recompensa los honores. Sin embargo, se tendió hacia una distribución más equitativa de los puestos y aumentó el número de personas procedentes de la clase media, en especial en los países donde se vendían empleos o cargos. Por ejemplo, en Francia hacia 1785 existían cuatro clases de oficiales: los nobles de sangre pertenecientes a los círculos cortesanos, la nobleza rural, los oficiales burgueses y los oficiales procedentes de la tropa. No cabe duda de que faltaba organización en los distintos niveles del mando, lo que posibilitaba a los comandantes la elección de sus subordinados entre sus familiares y amigos, pero también era verdad que tenían gran responsabilidad personal en la toma de decisiones porque no existían cuarteles intermedios, contaban con pocos generales subalternos, de escasa participación en las guerras, y recibían y daban las órdenes de palabra, con el consiguiente riesgo de incumplimiento, mala información o equivocación. El formulismo militar terminaba con cualquier iniciativa, pero, además, ignoraban con frecuencia sus obligaciones o carecían de la preparación esencial, todo ello debido a la carencia de cuerpos de instrucción adecuados. Muy habitual, la compraventa de los nombramientos solfa estar orientada a las capas altas de la sociedad, salvo en Gran Bretaña, donde imperaba el criterio universal. Con este sistema, el ascenso resultaba fácil para los ricos influyentes y con interés y se restaba importancia a los méritos, al tiempo que provocaba el mal cumplimiento de las obligaciones. Aunque algunos países reformaron el procedimiento con fijación de precios, persecución de permutas y abusos o protección de los oficiales meritorios, nunca se abolió la compra. En 1756 decían de los generales del ejército austriaco que algunos estaban retirados, otros debían su rango a la familia o a intrigas cortesanas y muchos al ascenso por antigüedad y no por merecimiento. Debido a la creación de flotas permanentes, apareció un nuevo grupo de oficiales navales con rasgos muy definidos. La venalidad y la corrupción abundaban en Europa y sólo en casos concretos, como en las armadas de Francia y Gran Bretaña, no se vendían los cargos y tenían gran consideración, aunque ganaban poco salario. Procedentes de todos los niveles sociales, la oficialidad casi siempre debía la promoción a la influencia y al dinero y eran muy pocos los que se elevaban desde el puente. Los períodos de entreguerras restaban alicientes a los profesionales porque se quedaban sin empleo y con una paga ridícula, de ahí sus preferencias por el botín o por la carrera política. Algunos, los nobles y caballeros, recibían instrucción militar en academias navales y escuelas marítimas privadas, pero resultaba insuficiente, mientras la mayoría aprendía mediante el sistema de servidores, es decir, trabajaban al servicio de un almirante o general en jefe, lo que les permitía ascender en la oficialidad y disponer de una gran preparación. Dicha práctica era tan habitual que estaba regulada hasta en sus más mínimos detalles: edad de ingreso, certificado de aptitud, buena conducta, examen práctico o período de años de estancia en la mar. En numerosas ocasiones se acentuó la aristocratización del ejército cuando la nobleza reclamó más participación y se convirtió en el grueso de la oficialidad, aunque los puestos de mayor consideración estaban en manos de las enriquecidas clases medias que se movían en los ambientes cortesanos. Las ideas reformistas finiseculares, con tendencias igualitarias, atentaban contra los intereses de la baja nobleza con poca formación y, con frecuencia, los monarcas intervinieron para garantizar los cargos requeridos y hasta la convirtieron, como en Prusia, en la primera clase social del Estado, antes de los funcionarios. Pero no fue la excepción, pues las sugerentes oportunidades económicas y sociales de la vida militar, sólo atemperadas por la severa disciplina, se ofrecían en todos los países. También era cierto que en los casos donde se precisaba gran profesionalidad y preparación especial, estos nobles no contaban con la suficiente cualificación, mientras que sí lo estaban los oficiales de carrera, muchos de ellos educados en escuelas y academias. También criticaban las compras y ventas de nombramientos como la forma de acceso de las clases medias y bajas al ejército o la monopolización de los altos puestos por la nobleza y burguesía influyentes. Ya en la segunda mitad del siglo XVIII se tendía a que las operaciones de un ejército fuesen por destacamentos separados y se requería, por tanto, la estrecha cooperación entre las diferentes armas, el empleo de numerosos cargos subordinados en puestos clave, con una supuesta mejor preparación para el mando y la organización, la planificación detallada de los movimientos y la confección de mapas. Por tales motivos aparecieron los Estados Mayores, basados en las secciones cartográficas de los departamentos del intendente general, muy completas dado que suministraban a las tropas en sus desplazamientos. Comprobado el conocimiento de los cartógrafos, se convirtieron en consejeros para la elección de posiciones y en la planificación de las maniobras militares; ejemplo de esta actividad fue el cartografiado de los territorios Habsburgo durante el reinado de José II. Aunque los franceses, por su larga tradición militar, organizaron mejor su Estado Mayor, al finalizar la centuria no se había avanzado demasiado en la mayoría de los países, porque contaban con pocos oficiales; faltos de preparación específica, tendieron a considerar vitales las posiciones, consecuencia del carácter topográfico de los conocimientos, frente a las combinaciones de fuerzas, convirtiéndose, de forma irónica, en detractores de la nueva estrategia que perseguía la anulación de la rigidez y el convencionalismo del viejo estilo de guerra. Durante toda la centuria continuó la separación entre las esferas militar y civil y ni siquiera la progresiva configuración de la profesión aproximó el ejército al resto de la sociedad. Sin la presencia del patriotismo y del nacionalismo, la población quería la paz y veía en los militares a los artífices de las nefastas consecuencias de la guerra. Los cuarteles de invierno y los preparativos para las contiendas, con los traslados de hombres, alistamientos forzosos y fijación de impuestos, provocaban el rechazo. Generalmente, las tropas estaban integradas por los grupos no privilegiados y, a veces, el alistamiento era de por vida o hasta que el soberano disolviese la compañía. Existían grandes diferencias entre oficiales y soldados y, por falta de confianza, su autoridad se apoyaba en una actividad constante y en la rígida disciplina, de ahí la frecuencia de los motines en todos los ámbitos. El mayor rigor de la ley militar, de la disciplina y de la instrucción, unidas a una organización especifica, delimitaron con claridad las diferencias con el resto de la sociedad. Además, los oficiales de regimientos británicos, y la mayoría de los europeos, reclutaban voluntarios entre criminales y vagabundos encarcelados a cambio de la libertad o entre los pobres de las parroquias como pago a las donaciones. Tales prácticas contribuyeron a que se tuviese una mala opinión de los soldados y a rebajar a los ojos de los civiles la carrera militar. A la vez, las reducidas proporciones del ejército obligaban, en los casos de necesidad, a reclutar tropas irlandesas, contratar mercenarios alemanes u otorgar subsidios a los Estados aliados para que prestasen ayuda militar. Después de la reforma de 1757, la milicia se encargaba de la defensa del territorio en momentos de guerra, mientras los soldados salían al extranjero. Sin embargo, los enrolamientos voluntarios y los procedimientos forzosos, limitados con frecuencia a las clases marginales de la sociedad, no proporcionaban hombres suficientes, incluso para las guerras limitadas. Tampoco intervenían los diferentes ministerios, se carecía de un sistema regular de contabilidad y administración y no estaba generalizado el arrendamiento de los regimientos y compañías. En consecuencia, se imponía la instrucción militar universal y Prusia, Rusia, Austria, España, Gran Bretaña y Francia intentaron fórmulas de reparto equitativo del servicio militar por medio de la fijación de quintas, que afectaban, en principio, a grupos concretos de campesinos y artesanos. Pero debido a numerosos motines de descontento por las levas obligatorias y a la falta de confianza en los nuevos sistemas de captación, la mayor parte de los Estados se mostraron reacios y hasta mantuvieron a los mercenarios extranjeros como una de las fórmulas más acertadas. El objetivo último era la creación de un ejército regular que satisficiese todas las necesidades del país. Los marineros se quejaban de la dureza del reglamento, la mala alimentación y las irregularidades en la paga, percibida con frecuencia en vales canjeables con descuento por compradores profesionales o asignados a posaderos y comerciantes. Tales cuestiones anulaban los incentivos creados para animar al embarque, por ejemplo, las posibilidades de botín o las pensiones en casos de invalidez. Hasta la alternativa de enrolarse en los barcos corsarios parecía más atrayente que la permanencia en la marina, donde incluso en momentos de guerra sólo los marineros expertos recibían importantes salarios; de ahí las numerosas deserciones cuando se recalaba en algún puerto extranjero. Para acabar con estos problemas, Francia impuso el registro obligatorio de los marineros y pescadores, divididos en tres, cuatro o cinco clases, que podían movilizarse cada cuatro, cinco o diez años, estaban a disposición de la armada durante toda su vida y recibían media paga cuando por el sistema de rotación no se les necesitaba. A finales de la centuria se extendieron las siguientes ideas por toda Europa: limitación del período del servicio y posterior exención, concesión de pensiones, aumento de los sueldos, incremento en la parte del botín correspondiente a los marineros y finalización de la competencia por la disponibilidad de barcos entre el Estado y los comerciantes durante los períodos bélicos. Pero la realidad era distinta y, en no pocas ocasiones, se contrató a marineros extranjeros, ante la falta de voluntarios y reclutas para atender los intereses oficiales, pues los barcos mercantes ofrecían mayor paga, menos aglomeraciones y mejores condiciones generales, los salarios de las armadas permanecían casi estancados y se percibían de forma irregular, las ayudas a las familias no llegaban casi nunca, los marineros no podían desembarcar hasta cumplir el servicio, no había garantías de trabajo después de terminada la guerra o el contrato, continuaba la severa disciplina y se padecían multitud de enfermedades a bordo.
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El registro fósil peninsular es en estos momentos de los más numerosos de Europa, aunque se encuentra muy desigualmente repartido ya que un solo yacimiento, la Sima de los Huesos en la Cueva Mayor de la Sierra de Atapuerca (Burgos), supone cuantitativamente la mayor parte. En este yacimiento, que está siendo investigado desde 1976 por un equipo de paleoantropólogos dirigido primero por el E. Aguirre y luego por J. L. Arsuaga y J. M. Bermúdez de Castro, se han descubierto restos correspondientes a más de una veintena de individuos, asociación que define a la población de homínidos mejor conocida de Europa. Datada en más de 300.000 años, sus características se consideran típicas de los homínidos europeos del Pleistoceno Medio en vías de transformación en los futuros neandertales. Anteriores a este conjunto se conocen restos del mismo yacimiento que se han datado en una antigüedad cercana e incluso superior a los 800.000 años. Otros, poco elocuentes o de cronología conflictiva, son el fragmento craneal de Venta Micena (Orce, Granada), datada por bioestratigráfía en el Pleistoceno Inferior avanzado, o una falange de Cueva Victoria (Murcia). Mucho más interesante, aunque sólo se conocen resultados preliminares, parecen ser los hallazgos de Cabezo Gordo (Murcia), dado que se escalonan en una estratigrafía comprendida entre 500.000 y 50.000 años. A una cronología posterior a Atapuerca corresponden también los restos encontrados en Villafamés (Castellón). La mayor parte de los yacimientos ibéricos que han proporcionado restos humanos fósiles corresponden al inicio del Pleistoceno Superior y se pueden atribuir al hombre de Neandertal, aunque la mayoría son pequeños fragmentos, a veces incluso sólo alguna pieza dental, como ocurre con La Pinilla del Valle (Madrid), Lezetxiki, Axlor (País Vasco), el Abrí Agut (Barcelona) o la Cueva de los Casares (Guadalajara). Los yacimientos con hallazgos neandertalenses más importantes son la cantera Forbes y Devil's Tower (Gibraltar), ambos con cráneos completos, la cuenca lacustre de Bañolas (Gerona), donde apareció una mandíbula completa, la cueva del Boquete de Zafarraya (Málaga) y los restos aparecidos en las estratigrafías de Cova Negra (Valencia) y la Cueva de la Carihuela (Píñar, Granada). Por lo que respecta al hombre moderno, los restos son mucho más escasos. Los principales son los procedentes de la Cueva de El Parpalló, de Barranc Blanc (Valencia) y los de la Cueva de El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria), todos ellos de aspecto cromañoide. Ya en el Epipaleolítico destaca la sepultura de la Cueva de los Azules (Cangas de Onís, Asturias) y los cráneos de Urtiaga, en ambos casos asociados a industrias azilienses.
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Mauricio, desde 1213 obispo de Burgos, se había formado en Teología en París; allí debió coincidir con su amigo, el futuro arzobispo de Toledo, con el que más tarde acudiría a Roma con motivo de la celebración del IV Concilio de Letrán (1215). En 1219, como hombre de confianza de Fernando III, volvía a atravesar Francia con la misión de recoger a la futura esposa del rey, Beatriz de Suabia. Durante sus continuos viajes el obispo pudo conocer la nueva arquitectura europea. El caso es que, apenas transcurridos dos años desde que celebrara el matrimonio real en la vieja catedral románica, las crónicas nos lo presentan colocando la primera piedra del nuevo edificio gótico que se había propuesto construir. Aunque la historiografía ha supuesto -y esto es cierto- la necesidad de un edificio de mayores dimensiones, capaz de acoger el acrecido número de fieles que acudían al templo mayor de una ciudad que desde Alfonso VIII era capital del Reino, tampoco debemos olvidar la sensibilidad estética del propio promotor; Mauricio debió adherirse a ese sentir general que al parecer invadía, no sólo en la Península sino también en la propia Francia, a todos aquellos obispos que todavía no habían emprendido la renovación de sus respectivas fábricas, de acuerdo con lo que entonces se consideraba moderno. La historia se repite en la trayectoria personal de una de las más importantes personalidades de la iglesia en la Castilla de la primera mitad del siglo. En 1201 estudiaba en la Sorbona Rodrigo Jiménez de Rada, el famoso arzobispo de Toledo y consejero de Alfonso VIII; diez años más tarde volvía a visitar en misión diplomática la corte de Francia donde, para aquel entonces, las principales canterías catedralicias (Chartres, Bourges, París, Reims) se hallaban abiertas, en plena efervescencia de nuevas ideas y proyectos. Poco después implicaría a Fernando III en la construcción de un edificio que sustituyese a la antigua mezquita musulmana y fuese digna sede para la metropolitana. A partir de entonces, el deseo del arzobispo sería levantar una catedral que se convirtiera en el símbolo cristiano por excelencia en una ciudad marcadamente islámica, un templo moderno, en sintonía con las modas que entonces se imponían en la arquitectura europea que había tenido ocasión de contemplar en Francia, y un edificio que a su vez provocase, por lo novedoso y por su imagen sorprendente, la admiración de los fieles y en general de los hombres de la época. El mismo se nos muestra orgulloso cuando reconoce que la fábrica que se había emprendido a sus instancias "se levantaba día a día no sin gran admiración de los hombres". Algo más de ciento cincuenta años después, en los albores del siglo XV, el cabildo de Sevilla volverá a manifestar un afán desbordado por deslumbrar, erigiendo una iglesia excepcional en sus dimensiones y diferente a lo hasta entonces conocido en la ciudad: "tal e tan buena que no haya otra su igual". Para entonces, aún se estaban concluyendo las grandes fábricas iniciadas en el siglo XIII. Si hasta ahora nos hemos venido refiriendo a un nuevo ideal estético, tampoco podemos olvidar cierto sentimiento de obligación moral por parte de los obispos para con las iglesias madres de sus diócesis. Así lo expresa el obispo Fernando de Segovia en el preámbulo de una bula de concesión de indulgencias a cambio de limosnas para la obra de Santa María de Segovia, entonces en construcción: "... Commo quier que todo obispo sea tenudo de ayudar a las eglesias todas de su obispado et fazer bien et mercet et de dar y sus perdones mayor mientre es tenudo a la su eglesia cathedrat que es madre et cabeza de todas las otras, dont el recibe ondra et dont del cabeza de la ayudar et del dar sus persones...". Ambos factores -sentimiento estético y responsabilidad moral- ayudan a explicar el empeño que algunos prelados pusieron en convertirse en patrocinadores de una empresa arquitectónica de envergadura, que por una parte serviría para la glorificación de Dios y de su Iglesia (no en vano abundan en los testimonios documentales de la época expresiones como "para mayor ondra de Dios e de su Eglesia") y por otra para su gloria y satisfacción personal. Es por esto que algunos no pueden ocultar su orgullo a la hora de referir su participación, contribuyendo económicamente, pero también esforzándose para conseguir otros medios con que atender a los gastos enormes que conllevaba la construcción. En este sentido hay que entender una expresión de Jiménez de Rada (1238) en que nos manifiesta sus desvelos para la transformación, "por sus trabajos y a sus expensas", de lo que hasta entonces había sido una mezquita purificada en una iglesia cristiana. En definitiva, los obispos no dudaron en comprometer parte de su patrimonio personal, pero también se las ingeniaron para encontrar otras fuentes de financiación, implicando a pontífices y monarcas en su causa. Con consentimiento papal consiguieron con frecuencia desviar parte de las rentas del territorio del obispado, especialmente las tercias de fábrica de todas las iglesias de la diócesis, durante un plazo de tiempo determinado, y conceder indulgencias a todos aquellos fieles que visitasen la catedral con motivo de alguna festividad religiosa o una fecha conmemorativa -que se especifica en el documento correspondiente- y aportasen sus donativos para la fábrica del edificio catedralicio. (Esta concesión de indulgencias llegó a generalizarse hasta el punto de que alguien las ha definido como una transformación de las penitencias impuestas a los pecadores por las faltas cometidas en una especie de tasas, en beneficio para las obras). Pero fueron también hábiles a la hora de conseguir la colaboración del rey. Ya señalábamos al principio como, a pesar de los enfrentamientos que a lo largo del siglo pudieron producirse por evidentes diferencias de intereses, existió una estrecha vinculación y mutua colaboración entre Iglesia y monarquía que ayuda a explicar el interés regio en los ambiciosos proyectos constructivos desarrollados por los obispos; al fin y al cabo éstos, especialmente durante los reinados de Alfonso VIII y Fernando III, se convirtieron en magníficos colaboradores en el proceso de reconquista, repoblación y afianzamiento de los territorios recuperados. Tampoco hay que olvidar que algunos de estos prelados participaron activamente en la política del Reino, a veces muy cerca del rey en tanto que canciller, hombre de confianza, consejero o amigo personal. La fórmula de la contrapartida material en agradecimiento por los servicios prestados, como ha indicado Ana Rodríguez, se hizo habitual en las colecciones diplomáticas de nuestras catedrales. Es evidente que el grado en que cada sede se vio beneficiada por la monarquía variaba en función de la relación establecida entre el rey y sus respectivos titulares, de modo que con Fernando III, momento de especial interés para las canterías castellanas, fueron Burgos (en la persona de Mauricio) y Toledo (Jiménez de Rada) las más favorecidas por la cancillería regia. La documentación conservada nos muestra cómo Alfonso VIII, Fernando III, más tarde Alfonso X y, aunque en menor medida, Sancho IV, contribuirán directa o indirectamente en los proyectos edilicios con sus aportaciones en metálico, donaciones de tierras y heredades, o bien por medio de privilegios que consistían fundamentalmente en la dispensa de determinados tributos beneficiando a la catedral, a la Obra como institución, o al personal que en ella trabajaba. La importancia de esta colaboración no podía pasar inadvertida a los cronistas de la época, como el obispo de Tuy, que no duda en ensalzar el interés mostrado por Fernando III el Santo: el monarca y su madre -nos dice- ayudaban generosamente a todas las obras "arrimando oro, plata, piedras preciosas y ornamentos". No es menos interesante la forma en que se invocaba la ayuda divina en los triunfos militares de los ejércitos cristianos contra el infiel para justificar la inversión de las ganancias obtenidas en la construcción de la Casa de Dios. El relato que nos ofrece la "Primera Crónica General" es claro cuando dice: "... et mesuro el rey don Fernando que pues que Dios renovava e el y daba fazer tantas conquistas de los moros en la tierra que la su cristiandad perdiera, que bien serie de renovar ellos de aquellas ganancias la yglesia de Sancta Maria de Toledo, et façerle servido alli de las ganancias que le el dava de sus enemigos...". Este texto viene a completar aquel otro, más tardío, en que Don Juan Manuel aconseja a los grandes señores de su época que aquellos dineros que "...han de caloñas o de algunos fechos de fuerzas o de alguna manera que non sean derechamente ganados, no deben de los facer tesoro; mas debénlos poner en facer eglesias et monasterios". Seguramente fue esta la razón por la cual, años antes, el obispo de París, Maurice de Sully, había aconsejado a un usurero de allí que donase para la edificación de la catedral los bienes acumulados con sus malas artes. Si éstos eran dineros "non derechamente ganados", según el texto del literato español del siglo XIV, los beneficios atesorados por Fernando III como fruto de las victorias contra el enemigo, por muy justificadas que estuvieran, no dejaban de ser ganancias procedentes de fechos de fuerzas, tal era la mentalidad de la época. Puesto que, además, la ayuda de Dios había hecho posibles tales triunfos, la mejor forma de servirle y darle gracias era invertir los tesoros materiales reunidos en "facer eglesias e monasterios", es decir, en la financiación de las fábricas religiosas, de la Casa de Dios y, en este caso, en la renovación de la antigua iglesia-mezquita de Santa María de Toledo. ` Por supuesto, a todo ello hay que añadir la participación del cabildo, bien en su conjunto, bien a título individual de alguno de sus miembros, los donativos de los fieles (a veces el obispo había apelado previamente a la devoción popular hacia las reliquias del patrón o fundador, que la catedral poseía) y las mandas testamentarias de aquellas personas interesadas en que, anualmente y de por vida, se recordase su memoria y un capellán cantase unas misas para la salvación de su alma (capellanías y aniversarios). Nos falta por abordar -volviendo al protagonismo y personalidad de los obispos y su posible participación, no ya en las cuestiones económicas y organizativas, sino en los planteamientos más puramente teóricos- un tema especialmente complejo y poco analizado; el de los programas arquitectónicos. Desdichadamente tenemos que lamentar que los prelados hispanos -ni siquiera el erudito arzobispo- no nos dejaran entre sus escritos un testimonio de su programa, como lo hiciera Suger con Saint-Denis; dispondríamos ahora de un documento inapreciable para conocer la teoría de la arquitectura gótica en España en la centuria que la vio nacer, el siglo XIII. No obstante contamos con algunos testimonios que sirven para demostrar que los promotores de las grandes empresas del siglo XIII, las catedrales, contaban con un elaborado programa teórico que había que materializar; es decir, que tenían una idea más o menos precisa del edificio que querían levantar. Eduardo Estella fue el primero en publicar la traducción al castellano (1926) del famoso decreto de 1238, por el cual Jiménez de Rada dejaba instituidas las catorce capellanías de la girola toledana con sus respectivas advocaciones. Y estas advocaciones eran, una tras otra, todos y cada uno de los artículos del credo apostólico que él mismo explicitaba en el texto: es decir, que como apunta Estella, existía en la mente del prelado un plan litúrgico-dogmático que el arquitecto hubo de tener en cuenta, pues necesariamente había de plasmarse en la nueva fábrica. Aunque carecemos de datos ciertos al respecto debemos pensar que el resto de los eclesiásticos, responsables del impulso inicial de sus respectivas catedrales, contaban también con un plan ideal, al menos con una serie de pautas litúrgicas, dogmáticas, etc., a las que habrían de someterse los arquitectos en sus trazados. Y es aquí donde la documentación se nos muestra especialmente parca, de modo que aún hoy nos enfrentamos con el problema de la oscura personalidad de los maestros arquitectos a quienes dichos prelados encomendaron tal responsabilidad.