Son otros destacados representantes de esta corriente de la pintura del siglo XVII francés, a los que, como en el caso de Georges de La Tour, un incalificable olvido ha hecho que su entrada en la historia del Arte sea reciente, desde mediados del siglo XIX cuando fueron descubiertos por Champfleury, lo que tiene como consecuencia el que aún hoy existan amplias lagunas en el conocimiento de su vida y su actividad.Fueron tres los hermanos dedicados a la actividad pictórica con el apellido Le Nain. Estos eran hijos de Isaac Le Nain, Sargento Real de Bailiazgo, lo que les situó en el seno de una familia acomodada que residía en Laon, ciudad en la que nacieron en fechas no plenamente seguras pero que tradicionalmente vienen situándose de manera que Antoine nacería en 1588 o tal vez algo más tarde, Louis en 1593 y Mathieu en 1607, siendo ésta la más segura de las de los tres hermanos.Se sabe que a finales de la década de los años veinte del siglo ya se habían instalado en París, donde debieron de llevar a cabo una intensa actividad con una gran aceptación de su estilo por parte de la clientela. Más tarde, los tres intervinieron en la fundación de la Académie Royale de Peinture et de Sculpture en 1648, año en el que además fallecieron dos de ellos, Louis el 23 de mayo y Antoine dos días después. Mathieu vivió más tiempo, hasta el año 1677, debiendo haber gozado durante esta etapa de una gran consideración en el mundo artístico de la capital del reino, como delata el que en 1652 fuera nombrado pintor del rey y que en 1658 comprara una finca con la que adquiría el título de Seigneur de la Jumelle.Por otra parte, la actividad de los hermanos plantea problemas en la atribución a uno u otro de las distintas obras, puesto que en ocasiones solamente firmaban con el apellido y además la mayoría de los cuadros conservados fueron pintados entre los años 1641 y 1648, cuando los tres coincidieron en su actividad.Sin embargo, tradicionalmente se viene haciendo una clasificación temática en virtud al testimonio del novelista Du Bail, quien en 1643 decía que Antoine pintaba miniaturas y retratos pequeños, Louis cuadros pequeños muy naturalistas, y Mathieu retratos y cuadros grandes.En atención a este testimonio que puede ser confirmado con el análisis de las obras conservadas, se puede llegar a hacer un estudio individualizado de cada uno de los hermanos.Mathieu sería el autor de obras religiosas que en su mayor parte son de gran tamaño, como la serie de cuatro escenas de la vida de la Virgen, hoy diseminada, que fue pintada para la iglesia de los Petits Augustins en la década de 1630; en ella parece muy probable la intervención de sus hermanos e incluso del taller. También sería él el autor del Nacimiento de la Virgen de Notre-Dame de París y del San Miguel de Saint Pierre de Nevers, donde se acerca a un arte italiano de influencia de Carracci o de Gentileschi.También cultivó el género costumbrista en el que dejó obras que le señalan como especialmente dotado para este tipo de pintura. Esto puede comprobarse a través de lienzos como el de Los jugadores de trictrac y el retrato colectivo de El cuerpo de guardia, ambos en el Museo del Louvre, y este último además cercano a la pintura holandesa.En ellos se reflejan aspectos de la vida soldadesca a la que el artista no fue ajeno, y dejan patente su capacidad para el retrato de grupo al saber captar perfectamente las diferentes actitudes que se pueden dar en distintos personajes que participan de un episodio común, como se ve, por ejemplo, en El cuerpo de guardia, donde entre los soldados reunidos alrededor de una mesa, uno dormita mientras otros parecen posar ante el pintor, mostrando algunos de ellos gran altivez y otros una actitud distraída. Por otra parte, los dos lienzos responden a la técnica claroscurista, especialmente el segundo de ellos, en el que los retratados, gracias a una vela situada sobre la mesa, destacan fuertemente sobre la gran oscuridad que envuelve todo el conjunto.Antoine sería el autor de toda una serie de cuadros de pequeño formato pintados generalmente sobre cobre, en los que se representan familias burguesas y campesinas.Louis es el más importante de los tres hermanos y gracias al cual la familia tiene un verdadero renombre artístico. Su producción más característica consiste en escenas de la vida de familias campesinas, representadas en cuadros de mayores dimensiones que los de Antoine y con una gama de colores sobria y escasa.El origen de esta temática se ha señalado en una influencia, tal vez directa, de Pieter van Laer il Bamboccio, quien en su viaje a Roma pasó por Francia, aunque también se apunta la posibilidad del viaje a Italia de Louis Le Nain como sugiere Paul Fierens, donde sería muy probable el contacto con el pintor holandés.De todas formas, Le Nain ni trata caricaturescamente a los campesinos ni se burla de ellos por sus torpezas, sino que en sus obras, aunque son rústicos por su modo de vida, gozan de una gran dignidad por su condición de seres humanos. En ocasiones los representa en escenas al aire libre en las que aparecen como un complemento más de unos sobrios paisajes, pero sin embargo son más geniales los cuadros en los que nos los muestra en el interior de sus pobres viviendas, en torno a una pequeña mesa en la que hay productos de la tierra que, aunque escasos, están plasmados con gran realismo y como si de un tema de bodegón se tratara. Las figuras que componen estos grupos están representadas igualmente con un gran realismo, aunque las composiciones delaten unos estudios muy pormenorizados y no una actitud espontánea. Por otra parte, la iluminación responde a las características tenebristas, cayendo la luz con fuerza sobre los personajes que están envueltos en la penumbra de sus oscuras viviendas.Mucho es lo que se ha especulado sobre la razón de estas obras y sobre la clientela que las compraría. Podría imaginarse una burguesía ávida de obras en que se ridiculizara la vida campesina de la que ellos mismos posiblemente no hacía mucho habían escapado; pero en la obra de Louis Le Nain no hay tal sátira. Ello puede hacer pensar en unos clientes que gracias a su esfuerzo personal habían salido prácticamente de la nada y no se avergonzaban de su pasado, sino que querían recordarlo para tener presente el ascenso.Por otra parte, no están lejanos los días en que la alta sociedad se sentirá especialmente atraída por la vida en la naturaleza y la bondad de las gentes que viven inmersas en ella, como tratará de explicar Jean-Jacques Rousseau con el "Buen salvaje". Igualmente en ese siglo XVIII la alta nobleza gustará de jugar a llevar una vida como la de los campesinos e incluso a retratarse como tales, aunque con vestiduras ricas; podrían estar dándose por lo tanto los primeros pasos de algo que se generalizará algún tiempo después, aunque con serias variantes.En otro sentido, la corriente realista tuvo a mediados del siglo XVII otra interesante e importante actividad en la pintura de bodegones. Sin embargo, poco después, las doctrinas emanadas de la Academia dieron al traste con este género que se consideró como indigno de la pintura, lo que ha hecho que sea muy poco lo que sabemos de los artistas que lo practicaron.El más conocido de todos ellos es Baugin, que ya hace años M. Faré quiso identificar con el pintor de temas religiosos Lubin Baugin, hipótesis que ha sido rechazada. Su vida todavía es una auténtica incógnita y ha sido estudiada especialmente por Charles Sterling, gracias a quien sabemos que en 1630 vivía en París. En medio del desconocimiento que rodea su figura son tres las obras que se le atribuyen, Le Dessert de gaufrettes y Les Cinq Sens del Museo del Louvre, y la Nature morte á la Chandelle de la Galería Spada. En ellas muestra una composición muy estudiada y carente de la aparatosidad de los bodegones flamencos, apareciendo pocos objetos tratados con gran realismo.Junto a él puede señalarse a Linard y a Louise Moillon que, si bien responden a los mismos presupuestos naturalistas, tienen una menor calidad que Baugin.
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De los dos hermanos Lorenzetti, vinculados también a la escuela sienesa, Ambroggio, el más joven, es el más interesante. Fue él quien llenó de admiración a Ghiberti por la tempestad que había pintado en una de las tablas consagradas al martirio de unos santos franciscanos en Bombay, para el convento de la orden en Siena.Ambroggio es conocido sobre todo por las dos composiciones que pintó por encargo del comune de Siena para el Palacio Público entre 1337 y 1339. En la misma línea que había caracterizado este tipo de encargos en el período inmediatamente anterior (recordemos la Maestá y el capitán Guidiricio da Fogliano de Simone Martini) se concibieron dos alegorías para la misma estancia, para celebrar el ideario político de los güelfos, partido que gobernaba Siena por entonces y que se mantuvo en el poder hasta 1355. Una de las dos consecuencias se refería al bien común y a la subordinación al mismo de cualquier interés privado, en la línea del concepto aristotélico que hace suyo Santo Tomás de Aquino y que se divulga por entonces. El Buen Gobierno nos muestra la ciudad con su territorio alrededor, afanada en múltiples ocupaciones y quehaceres: el comercio, las actividades menestrales, agrícolas, ganaderas, ete.El arte de Ambroggio, en particular su aptitud para enfrentarse a los retos del paisaje, es evidente. También resuelve felizmente la representación de la ciudad, que es fácilmente identificable gracias al campanile y al propio Duomo que asoman al fondo, con sus altas torres, sus logias abiertas y sus calles, centro de múltiples negocios.En el campo de la pintura profana las alegorías del Buen y el Mal gobierno suponen un hito importante en lo que a la representación de la realidad se refiere. Sin embargo, para su feliz consecución el pintor parece haber estado atento a cualquier vía de inspiración. Es el caso de la recurrencia a modelos antiguos para alguna de las figuras que la integran, como la de la famosa Pax que recuerda por su disposición la de las figuras etruscas recostadas, o el caso del coro de las muchachas danzando que semeja el de las bacantes tan usuales en relieves romanos.Al respecto es interesante traer a colación la noticia que recoge Ghiberti sobre el hallazgo de una Lisippea en Siena, en la época del pintor. Al parecer, la pieza se expuso a la admiración de los conciudadanos y Ambroggio aprovechó para dibujarla.
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Los hermanos Anton Pevsner y Naum Gabo -llamado Naum Gabo- trabajaron casi toda su vida fuera de la URSS. Entre 1917 y 1922 contribuyeron de manera decisiva a alambicar la plástica constructivista en Rusia. Su posterior actividad en Alemania, Francia, Inglaterra y EE.UU. constituirá uno de los ejes más firmes en el afianzamiento del constructivismo internacional y del arte no-objetivo. Desde muy pronto Naum Gabo diferenciará sus propuestas del ideario, más utilitarista, de Tatlin. Realismo será el término que transcriba su concepto de la abstracción. En el "Manifiesto realista" que redactó y firmó en 1920 arremetió contra todas las reminiscencias del futurismo. Allí escribió: "Es suficiente con preguntar al primer futurista a mano cómo se representa la velocidad para que entre en escena el arsenal completo de automóviles desenfrenados, de las ruidosas estaciones, de las calles que parecen torbellinos..., -¿es preciso convencer a alguien de que nada de esto tiene mucho que ver necesariamente con la velocidad y su ritmo? Mirad el rayo de sol, la más silenciosa de las fuerzas silenciosas recorre 300.000 kilómetros por segundo. Nuestro cielo estrellado, ¿quién lo comprende? (..) ¿qué son nuestros ferrocarriles en relación a los caminos del universo?".La plástica de Gabo parte de un rechazo radical hacia todo elemento anecdótico y toda limitación sensible, para favorecer formas reales, que tematizarían los procesos que absorben la materia: el movimiento, la vibración, las revoluciones de la energía. "Todo es falso -dice-, sólo es real la vida con sus leyes, y en la vida sólo lo que se agita, mueve, es bello, poderoso y sabio; sólo eso está en la verdad". Asume con tesón el compromiso del arte con la tecnología de la edad moderna y con la transformación del mundo que ésta posibilita. Pero no permite que el arte se constriña a estéticas accidentales de la máquina ni al recuerdo de impresiones externas de los objetos. Los vectores del espacio y del tiempo son los únicos referentes que tiene por verdaderos. En ellos se desarrolla la escultura.La escultura, según Naum y su hermano, no puede basarse tampoco en el tratamiento plástico de las masas sensibles, sino que ha de crear volumen sólo gracias a un juego de direcciones de fuerzas en el espacio y a formas que transcriban ritmos energéticos. Sólo el dinamismo abstracto encarna el pathos declamatorio de la edad técnica y la liberación colectiva.En 1922 se trasladó Gabo a Berlín para preparar la legendaria Primera Exposición de Arte Ruso de la Galería Van Diemen. En aquella ciudad él y otros artistas engrosaron la importante colonia de intelectuales rusos. La Columna que realizó Gabo en 1923, durante su etapa de exilio en Berlín, en plexiglás, metal, vidrio y madera, puede ser comparada con piezas de otros constructivistas. Esa Columna, construida con elementos estereométricos, como era el caso del monumento de Tatlin, está fuera de toda condición casual, es una permanencia abstracta que objetiva una energía inaprehensible, como la del interior armónico de los cuerpos. Cualquier otra referencia externa está ausente. En este, así llamado, "realismo de laboratorio" no hay entretenimiento estético, sino organización de la belleza autooperante de un materialismo incondicionado, que transciende toda particularidad, toda accidentalidad. Un cosmos extenso e incondicionado se halla in nuce en el mundo material, químico, de la edad técnica. Por lo demás, ninguno de los monumentos proyectados por los Pevsner (para aeropuertos, por ejemplo) tuvo función utilitaria alguna.El autodidacta Gabo había sabido encontrar rápidamente las formas de expresión visual que correspondían a sus propósitos. Sus primeras obras datan de 1915-17: las cabezas constructivas, el Torso constructivo. Aunque fueron objeto de culto entre los constructivistas rusos, es evidente en estas esculturas que la manipulación de la anatomía por estereometrización y la reducción de la figura a un entreverado de planos secantes son aún de ascendencia cubista.En 1919-20 realizó la Construcción cinética que prescindirá ya de todo referente figurativo. Era una varilla de metal que hacía vibrar mediante un motor eléctrico. Con esa pieza Gabo inauguraba la abstracción cinética de nuestro siglo. Después se interesará menos por los ritmos cinéticos fácticos que por la evocación potencial de energía y movimiento en esculturas inmóviles. Su constante será la sugestión de transparencia y de energía activa, elementos que trata como sus principios formales. La escultura tenía para Gabo y para su hermano una función ontológica, en el sentido de que permitía visualizar las realidades virtuales en las que se internaba el conocimiento científico.Su ejemplo fue determinante para el desarrollo del arte no-objetivo. También fue Gabo, que se sepa, el primero en utilizar plásticos industriales en la escultura, cosa que ya hizo en su Cabeza constructiva II, de 1916. Luego se servirá del plástico para configurar superficies de apariencia inmaterial o transparente, el espacio en el que se desenvuelve su escultura virtual.
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En la creencia de que tuvieran relación con Apopis y otros reyes pastores, se dio este nombre hace un siglo a un grupo de estatuas de granito negro que no sólo comprendía las cuatro esfinges de Tanis, sino otras tres estatuas adscritas hoy a la época de Amenemhet III y que no sólo se cuentan entre las más bellas de la época, sino entre las más interesantes de la escultura egipcia en general. El primero de estos monumentos es un grupo de dos hombres, de tamaño natural, procedente de Tanis y conocido como Los oferentes de peces. Labrados en un solo bloque, estos dos hombres barbados (provistos de barbas postizas que caen en cascada desde el reborde de la mandíbula inferior, por tanto, unas barbas muy distintas de las perillas habituales en Egipto) y tocados de aparatosas pelucas, parecen caminar llevando en las manos sendas cestas o redes con unos grandes peces, flores de loto y gansos. Evers los interpretó como personificaciones del Nilo con los rasgos de Amenemhet III, pero esta interpretación no ha sido aceptada unánimemente. Quede, pues, en mera conjetura. La segunda estatua, procedente de Mit Farés, en el Fayum, parece la grandiosa efigie de un rey del Africa ecuatorial, con la cabeza y el cuello ocultos bajo la cortina de largos bucles de una peluca inmensa, el torso cubierto por una piel de pantera de la que se ven la cabeza, sobre un hombro, y una garra, sobre el otro, y un báculo a cada lado, rematado en una cabeza de halcón. Esta indumentaria la conocemos desde el Imperio Antiguo en relieves de personajes que desempeñaron ministerios sacerdotales, pero en este caso, al servicio de un rostro escultórico lleno de majestad y de poder, refuerza el aspecto exótico del personaje alejándolo mucho de lo convencional en Egipto, a pesar de que llevaba uraeus y barba faraónica. Por último, la estatua de Roma carece de procedencia conocida, pero es muy semejante a las anteriores -sobre todo a la primera- y tiene la ventaja de que conserva mejor que ellas el pomposo tocado de grandes tirabuzones. Admitido hoy por los egiptólogos que las esculturas taníticas son obras egipcias correspondientes a la época de Amenemhet III, hay incluso quienes creen que el semblante de todas ellas, pese al carácter exótico de sus aderezos, no es otro que el del propio rey. Se forma así un grupo de enorme interés, muy próximo al de las esfinges de melena entera, que parece fruto de un afán renovador, de un ansia por calar en las raíces indígenas y ancestrales del pueblo egipcio. Calificar este movimiento de africanista puede resultar anacrónico. Baste con apuntar en esa dirección. Cuando apareció el grupo de Los oferentes de peces, Mariette observó la semejanza de su indumentaria con la de las poblaciones semisalvajes del lago Menzaleh. Transcurrido un siglo, la impresión que siguen produciendo es análoga: la de un arte magnífico que parece consciente de la necesidad de atemperar el artificio del mundo cortesano volviendo los ojos a la savia de lo primitivo y salvaje. El grupo tanítico, tan afecto al granito negro como material, posee dos ejemplares espléndidos a pesar de sus mutilaciones: las dos estatuas sedentes de Nofret, la reina esposa de Sesostris II. Ambas son muy semejantes, aunque no idénticas: una tenía las dos manos apoyadas en los muslos, la otra sólo una, la derecha, mientras que la izquierda tocaba con los dedos el interior del brazo derecho. Demuestran estas estatuas que el retrato de carácter, tan logrado en este semblante de anchos pómulos, se consagró tanto y tan pronto a la mujer como al hombre. Si Nofret conservase el globo de los ojos, que llevaba incrustado, la vida interior de su rostro sería sobrecogedora; aún lo es, con todos sus desperfectos.
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Si la ciudad se llena con la memoria de la propia historia comunitaria y su policía -el orden y el ornato urbanos- es un símbolo de su bien organizada composición, sus calles y plazas también serán escenario en el que se muestra cuál es la condición de sus habitantes, señores y pecheros, nobles, eclesiásticos, mercaderes, pueblo menudo. Pasemos de las calles de Burgos a las de Valladolid en 1532 y veámos salir hacia la escuela a Juana, la hija de cinco años que Isabel Delgada ha tenido de Johannes Dantiscus, presentado antes como embajador del rey de Polonia, pero que ahora hay que recordar en su condición de obispo de Warmia. Isabel Delgada le cuenta al padre de la niña que ésta: "... es muy grande lectora y cualquier cosa que le muestran toma muy bien y que es grandísima loca, que no quiere ir a aprender, si no la lleva una moza y si se pone junto con ella la manda que se ponga atrás, que pues que es hija de tan grande señor que quiere que la traten como a quien es". Juana Dantisca, que acabará casándose con Diego Gracián de Alderete y será madre del carmelita Jerónimo Gracián de la Madre de Dios y del secretario real Antonio Gracián Dantisco, nos enseña, desde su corta edad de niña de escuela, los rasgos básicos de la sociedad estamental: primero, hay algunos que son señores y hay muchos que no lo son; segundo, la jerarquía social se muestra en actos externos. Ella quiere que la traten como a quien es, a fin de cuentas, la hija de un señor embajador y obispo, y esa condición se descubre si en la calle la ven acompañada por una criadita que, además, caminará detrás de ella en señal de respeto. El orden desigual que caracterizaba a una sociedad de estados -a funciones distintas, estatutos jurídicos diferentes, privilegio para la función nobiliaria y la clerical y desprivilegio para la mecánica- se convierte con toda naturalidad en un mundo de apariencias y gestos. Es, en suma, una sociedad jerarquizada en la que cada cual ocupa el lugar que le corresponde por ser quien es. Pero ¿quién se es en el siglo XVI? No parece que esa exigencia de tratamiento descanse sobre una afirmación de lo personal, sino, por el contrario, de lo supraindividual del estado, que siempre se muestra en cada uno de sus componentes. Así, una falta al quien es no sería tanto un agravio a una persona determinada como un desacato al estado al que ésta pertenece. Cuando se exige un tratamiento de esta naturaleza se hace, en último término, en atención al honor que merece todo el estamento. En este caso, el de la hija de un señor que, gracias a su nacimiento, aunque ilegítimo, pretende haber heredado de su padre la notabilidad, la distinción de lo común. Como le sucedía a esta "grandísima loca" que era la niña Juana Dantisca, la sociedad hispánica del Quinientos se moverá atraída por una voluntad constante y creciente de ascender hacia esa posición de mayor autoridad que corresponde a los señores y que se plasma en la voluntad, ampliamente compartida en la España del XVI, de demostrar o adquirir la hidalguía. Los primeros obligados a mantener ese decoro -decorum, adecuación entre la condición social y las acciones- tenían que ser los propios miembros de los estamentos privilegiados, los señores, que encabezaban la jerarquía social de los estados y, también, de las apariencias. Cuando el hidalgo Luis de Zapata escribió en su Miscelánea los preceptos para un caballero que saliese a torear, indicó expresamente que el peligro cierto que tal cosa entrañaba no era "de la vida -los caballeros siempre son valientes-, sino de la autoridad de andar... por el suelo rodando". El verdadero riesgo estaba en lo socialmente indecoroso de llegar a ver a la autoridad estamental derrotada y caída en una calle o en una plaza. El teórico orden social establecido se mantiene si los miembros de cada estado cumplen con el decoro que se debe a su condición. Por ejemplo, los caballeros no pueden dedicarse a actividades consideradas viles porque tal cosa resultaría indecorosa para el conjunto de su estamento. Y, por consiguiente, quienes se dediquen a ese tipo de actividades no podrán ser reconocidos como caballeros, pues, de la misma manera que cada estado exige un modo de vivir y actuar, la actividad determina el estado al que se pertenece. En principio, este orden de cosas parece haber sido aceptado generalmente puesto que, en el fondo, es una consecuencia lógica de la articulación social por estados, de la que se benefician, como hemos visto, desde los padres de familia que enseñorean la casa a los vecinos que gobiernan la comunidad local. Donde, en cambio, no existió acuerdo fue en la consideración de cuáles eran las actividades que, al ser consideradas superiores, reportaban notabilidad a los que las ejercían. Se abrió, así, un rico, amplio y, muchas veces, ruidoso debate sobre en qué consistía la verdadera hidalguía. De un lado, encontramos la postura de los defensores de la vieja hidalguía, derivada únicamente del cumplimento de la función defensiva -los bellatores- y, de otro, los que, partidarios de una nueva hidalguía, consideraban que había otra forma de adquirirla mediante obras, como eran el servicio prestado por los letrados o la prosperidad que hombres de negocios y grandes mercaderes reportaban a la comunidad. Pero, en una sociedad de estados articulada básicamente sobre la familia, el nacimiento marcaba de forma determinante la situación personal y uno de los puntos fuertes de los defensores de la vieja nobleza y, por tanto, no adquirida por obras fue, precisamente, interpretar hidalguía como el fruto de la herencia. Hay que insistir en que la base fundamental del privilegio -la jerarquía como elemento constitutivo del orden social- parece haber sido un principio generalmente bien aceptado y que lo que se discute es el criterio definidor de los que van a verse favorecidos con esa condición privilegiada. Porque el privilegio reportaba importantísimas ventajas más que prácticas, desde la entrada a los oficios de la gobernación general y comunitaria, con sus consiguientes mercedes acumuladas, al disfrute de una preeminencia social y simbólica indiscutibles, pasando por beneficios económicos que eran fruto tanto de la exención fiscal de que, en principio, gozaban los privilegiados como de la posibilidad de acceder a nuevas fuentes de ingresos (encomiendas, rentas eclesiásticas o señoriales, gajes como servidores reales, etc., etc.). Por supuesto, los que ya gozan de esa preeminente situación van a intentar cerrar las puertas de entrada a nuevos grupos porque esto, sin duda, iría en detrimento de su estatus. Lo harán, como hemos dicho, insistiendo en lo genealógico y linajudo que hacía hincapié en su eminente función defensiva. Sin embargo, aquí encontrarán un obstáculo importante en que, de un lado, la guerra ha cambiado mucho -el desplazamiento de la caballería por la infantería y la progresiva tecnificación son consecuencias de la revolución militar- y que, de otro, los hidalgos han dejado de cumplir esa antigua función de hecho. Para reemplazarla recurrirán a una respuesta que pasa por lo cultural, creando, o mejor recreando, una cultura caballeresca como forma de expresión de lo egregio de su condición heredada. Escenario predilecto de esa cultura cortés como ética nobiliaria será la corte de la Monarquía, de cuyo servicio dependerán cada vez más , pero consideremos ahora un testimonio de finales del período que nos ilustra sobre cómo de un mundo de valor personal militar se había pasado a una cultura de gestos. Quien habla es el Conde de Gondomar y lo hace para, con cierta nostalgia, proclamar que "el valor antiguo está ahora reducido a cortesía y, así, es prueba de valor la buena crianza y el suave trato". Es decir, se insiste en un código de gestos que, sin embargo, va a quedar rápidamente anulado como elemento de diferenciación porque pueden ser imitados por aquellos que adoptan cuantas actitudes y ceremonias pasan por ser propias de la condición estamental privilegiada, a la par que adquieren con dinero vestimentas, criados o caballos, rodeándose del boato de apariencias, pese a las numerosas pragmáticas antisuntuarias que pretendan poner freno a esta situación. En esta querella de lo hidalgo que atraviesa por entero el siglo XVI hispánico y en el que el ennoblecimiento acabará siendo el gran objetivo social, el papel de la monarquía fue decisivo y no sólo porque le correspondiera al rey en exclusiva la potestad de conceder títulos nobiliarios y privilegios de hidalguía.
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El segundo componente familiar eran los hijos. Hijos eran considerados aquellos niños y niñas nacidos del matrimonio y que eran aceptados por el pater familias. Él decidía sobre la anticoncepción o el aborto, pero si el niño nacía podía aceptarlo o no como hijo. Por eso se depositaba al recién nacido a los pies del pater; si levantaba a la criatura era considerada hijo/a, pero si no era así quedaba excluido de la familia, exponiéndose a la puerta del domicilio o en algún basurero público, donde lo recogerá alguien que lo desee. Las criaturas malformadas eran expuestas o ahogadas -Séneca dice que "Hay que separar lo bueno de lo que no sirve para nada"- y los pobres solían abandonar a aquellos bebés que no podían alimentar. Si el bebé era aceptado se realizaba el acto formal de integración en la familia al octavo día del nacimiento, cuando se le imponía el nombre individual -praenomen- y se le colgaba una pequeña cápsula de metal -bulla- rellena de sustancias que poseían propiedades favorables, en una ceremonia llamada ilustratio. Dada la elevada mortalidad infantil era bastante posible que la línea familiar se perdiera a la muerte del pater por carecer de herederos. Para evitar esto se instituyó la adopción, ceremonia de carácter privado, celebrada delante de un magistrado, en la que se separaba al adoptado de la patria potestas de su padre natural y se procedía a su integración en la familia del padre adoptivo.
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<p><strong>Historia: </strong></p><p>Los patriarcas bíblicos y el exilio. </p><p>Israel en Egipto. </p><p>El Éxodo. </p><p>La religión del Israel prehistórico. </p><p>La monarquía israelita. </p><p>La época helenística. </p><p>La diáspora helenística. </p><p>La época romana. </p><p>Las sectas judías en época romana. </p><p>Las guerras judaicas. </p><p>La Diáspora. </p><p>Sefardíes y ashkenazíes. </p><p>Los judíos en la Edad Moderna y Contemporánea. </p><p><strong>Sociedad: Medios de subsistencia </strong></p><p>El espacio judío. </p><p>Economía del Israel antiguo. </p><p>Economía de la comunidad medieval. </p><p>Economía del mundo judío actual. </p><p>Preceptos sobre los alimentos. </p><p><strong>Organización política </strong></p><p>La identidad judía. </p><p>El antiguo reino de Israel. </p><p>Rey, corte y funcionarios. </p><p>El sistema fiscal. </p><p>Los ingresos del Templo. </p><p>El Sanedrín. </p><p><strong>Estructura social </strong></p><p>La vida tradicional. </p><p>La circuncisión. </p><p>Infancia y adolescencia.</p><p>El matrimonio. </p><p>Divorcio y levirato. </p><p>La muerte. </p><p>El Sabbath. </p><p>Las fiestas. </p><p>Hannukah, Purim y Pascua. </p><p>Otras fiestas. </p><p>La comunidad medieval. </p><p>La vida judía actual. </p><p>Mujer y judaísmo. </p><p><strong>Creencias y religión </strong></p><p>El judaísmo. </p><p>El Dios judío. </p><p>La Torá. </p><p>Los rollos de la Torá. </p><p>Israel. </p><p>El Mishná y el Talmud. </p><p>El Zohar y la Cábala. </p><p>El Siddur y el Haggadah.</p><p>Otros textos religiosos. </p><p>La sinagoga: función. </p><p>La liturgia. </p><p>El judaísmo actual. </p><p>El judaísmo reformista. </p><p>El judaísmo ortodoxo. </p><p>El hasidismo. </p><p>El judaísmo conservador. </p><p><strong>Arte y conocimientos </strong></p><p>La arquitectura israelita antigua. </p><p>La escultura palestina. </p><p>La sinagoga: forma. </p><p>Las representaciones humanas. </p><p>Objetos litúrgicos. </p><p>El calendario. </p><p>Las ciencias. </p><p>El hebreo. </p><p>El arameo.</p>
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En tiempos posteriores, los hilotas se identificaban frecuentemente con los mesenios, pues habían llegado a constituir el principal núcleo. Así, se plantean las dudas sobre su existencia anterior, aunque la opinión dominante se inclina por la respuesta afirmativa. Dentro de ella caben matices acerca del posible carácter predorio de los que se habían visto sometidos a tal condición o acerca de la posibilidad de admitir una evolución interna, donde la acumulación de tierras del período formativo de la polis tuviera como consecuencia el empobrecimiento y sumisión de masas campesinas de volumen no fácil de calibrar. En cualquier caso, tal sumisión aparece normalmente relacionada con la intervención en Mesenia, incluso dentro de la versión que permite deducir una evolución interna. Según Estrabón, se convertirían en hilotas los que no fueron a Mesenia en el ano 725, aunque en otra ocasión el mismo autor se refiere a los que se habían resistido a la sumisión dentro del proceso de configuración interna de la sociedad espartana. La sumisión interna se vería favorecida por el fortalecimiento de los conquistadores, ahora más poderosos gracias al territorio y a la población sometida en el exterior. Estrabón también se refiere al pago de una apophorá, de un tributo, que asimilaría el sistema a una dependencia de tipo tributario. Los mismos antiguos dudaban al definir el tipo de dependencia al que se sometía a los hilotas. Algunos aspectos hacen pensar en esclavos de la comunidad, pero a veces también se revelan lazos de dependencia personal, contradicción que se resuelve en la idea de que sólo pertenecen al ciudadano particular en tanto que es miembro de la comunidad y disfruta de la tierra cívica. El hilota dependía del kleros al que se vincula y es explotado directamente por éste.
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Según los testimonios contemporáneos, las primeras décadas del siglo XVIII fueron de transición militar, caracterizadas por la mediocridad de los mandos, soldados y marineros. Una de las justificaciones de la guerra al viejo estilo se basaba en la creencia de que oficiales y tropa eran cobardes y necios y huirían a la menor oportunidad. Reflejo de la estructura social, todavía los nobles ocupaban un lugar destacado en las fuerzas armadas, tanto en los altos cargos como en la oficialidad, aunque no faltaban aquellos que seguían la carrera militar sin grado, siendo su mayor recompensa los honores. Sin embargo, se tendió hacia una distribución más equitativa de los puestos y aumentó el número de personas procedentes de la clase media, en especial en los países donde se vendían empleos o cargos. Por ejemplo, en Francia hacia 1785 existían cuatro clases de oficiales: los nobles de sangre pertenecientes a los círculos cortesanos, la nobleza rural, los oficiales burgueses y los oficiales procedentes de la tropa. No cabe duda de que faltaba organización en los distintos niveles del mando, lo que posibilitaba a los comandantes la elección de sus subordinados entre sus familiares y amigos, pero también era verdad que tenían gran responsabilidad personal en la toma de decisiones porque no existían cuarteles intermedios, contaban con pocos generales subalternos, de escasa participación en las guerras, y recibían y daban las órdenes de palabra, con el consiguiente riesgo de incumplimiento, mala información o equivocación. El formulismo militar terminaba con cualquier iniciativa, pero, además, ignoraban con frecuencia sus obligaciones o carecían de la preparación esencial, todo ello debido a la carencia de cuerpos de instrucción adecuados. Muy habitual, la compraventa de los nombramientos solfa estar orientada a las capas altas de la sociedad, salvo en Gran Bretaña, donde imperaba el criterio universal. Con este sistema, el ascenso resultaba fácil para los ricos influyentes y con interés y se restaba importancia a los méritos, al tiempo que provocaba el mal cumplimiento de las obligaciones. Aunque algunos países reformaron el procedimiento con fijación de precios, persecución de permutas y abusos o protección de los oficiales meritorios, nunca se abolió la compra. En 1756 decían de los generales del ejército austriaco que algunos estaban retirados, otros debían su rango a la familia o a intrigas cortesanas y muchos al ascenso por antigüedad y no por merecimiento. Debido a la creación de flotas permanentes, apareció un nuevo grupo de oficiales navales con rasgos muy definidos. La venalidad y la corrupción abundaban en Europa y sólo en casos concretos, como en las armadas de Francia y Gran Bretaña, no se vendían los cargos y tenían gran consideración, aunque ganaban poco salario. Procedentes de todos los niveles sociales, la oficialidad casi siempre debía la promoción a la influencia y al dinero y eran muy pocos los que se elevaban desde el puente. Los períodos de entreguerras restaban alicientes a los profesionales porque se quedaban sin empleo y con una paga ridícula, de ahí sus preferencias por el botín o por la carrera política. Algunos, los nobles y caballeros, recibían instrucción militar en academias navales y escuelas marítimas privadas, pero resultaba insuficiente, mientras la mayoría aprendía mediante el sistema de servidores, es decir, trabajaban al servicio de un almirante o general en jefe, lo que les permitía ascender en la oficialidad y disponer de una gran preparación. Dicha práctica era tan habitual que estaba regulada hasta en sus más mínimos detalles: edad de ingreso, certificado de aptitud, buena conducta, examen práctico o período de años de estancia en la mar. En numerosas ocasiones se acentuó la aristocratización del ejército cuando la nobleza reclamó más participación y se convirtió en el grueso de la oficialidad, aunque los puestos de mayor consideración estaban en manos de las enriquecidas clases medias que se movían en los ambientes cortesanos. Las ideas reformistas finiseculares, con tendencias igualitarias, atentaban contra los intereses de la baja nobleza con poca formación y, con frecuencia, los monarcas intervinieron para garantizar los cargos requeridos y hasta la convirtieron, como en Prusia, en la primera clase social del Estado, antes de los funcionarios. Pero no fue la excepción, pues las sugerentes oportunidades económicas y sociales de la vida militar, sólo atemperadas por la severa disciplina, se ofrecían en todos los países. También era cierto que en los casos donde se precisaba gran profesionalidad y preparación especial, estos nobles no contaban con la suficiente cualificación, mientras que sí lo estaban los oficiales de carrera, muchos de ellos educados en escuelas y academias. También criticaban las compras y ventas de nombramientos como la forma de acceso de las clases medias y bajas al ejército o la monopolización de los altos puestos por la nobleza y burguesía influyentes. Ya en la segunda mitad del siglo XVIII se tendía a que las operaciones de un ejército fuesen por destacamentos separados y se requería, por tanto, la estrecha cooperación entre las diferentes armas, el empleo de numerosos cargos subordinados en puestos clave, con una supuesta mejor preparación para el mando y la organización, la planificación detallada de los movimientos y la confección de mapas. Por tales motivos aparecieron los Estados Mayores, basados en las secciones cartográficas de los departamentos del intendente general, muy completas dado que suministraban a las tropas en sus desplazamientos. Comprobado el conocimiento de los cartógrafos, se convirtieron en consejeros para la elección de posiciones y en la planificación de las maniobras militares; ejemplo de esta actividad fue el cartografiado de los territorios Habsburgo durante el reinado de José II. Aunque los franceses, por su larga tradición militar, organizaron mejor su Estado Mayor, al finalizar la centuria no se había avanzado demasiado en la mayoría de los países, porque contaban con pocos oficiales; faltos de preparación específica, tendieron a considerar vitales las posiciones, consecuencia del carácter topográfico de los conocimientos, frente a las combinaciones de fuerzas, convirtiéndose, de forma irónica, en detractores de la nueva estrategia que perseguía la anulación de la rigidez y el convencionalismo del viejo estilo de guerra. Durante toda la centuria continuó la separación entre las esferas militar y civil y ni siquiera la progresiva configuración de la profesión aproximó el ejército al resto de la sociedad. Sin la presencia del patriotismo y del nacionalismo, la población quería la paz y veía en los militares a los artífices de las nefastas consecuencias de la guerra. Los cuarteles de invierno y los preparativos para las contiendas, con los traslados de hombres, alistamientos forzosos y fijación de impuestos, provocaban el rechazo. Generalmente, las tropas estaban integradas por los grupos no privilegiados y, a veces, el alistamiento era de por vida o hasta que el soberano disolviese la compañía. Existían grandes diferencias entre oficiales y soldados y, por falta de confianza, su autoridad se apoyaba en una actividad constante y en la rígida disciplina, de ahí la frecuencia de los motines en todos los ámbitos. El mayor rigor de la ley militar, de la disciplina y de la instrucción, unidas a una organización especifica, delimitaron con claridad las diferencias con el resto de la sociedad. Además, los oficiales de regimientos británicos, y la mayoría de los europeos, reclutaban voluntarios entre criminales y vagabundos encarcelados a cambio de la libertad o entre los pobres de las parroquias como pago a las donaciones. Tales prácticas contribuyeron a que se tuviese una mala opinión de los soldados y a rebajar a los ojos de los civiles la carrera militar. A la vez, las reducidas proporciones del ejército obligaban, en los casos de necesidad, a reclutar tropas irlandesas, contratar mercenarios alemanes u otorgar subsidios a los Estados aliados para que prestasen ayuda militar. Después de la reforma de 1757, la milicia se encargaba de la defensa del territorio en momentos de guerra, mientras los soldados salían al extranjero. Sin embargo, los enrolamientos voluntarios y los procedimientos forzosos, limitados con frecuencia a las clases marginales de la sociedad, no proporcionaban hombres suficientes, incluso para las guerras limitadas. Tampoco intervenían los diferentes ministerios, se carecía de un sistema regular de contabilidad y administración y no estaba generalizado el arrendamiento de los regimientos y compañías. En consecuencia, se imponía la instrucción militar universal y Prusia, Rusia, Austria, España, Gran Bretaña y Francia intentaron fórmulas de reparto equitativo del servicio militar por medio de la fijación de quintas, que afectaban, en principio, a grupos concretos de campesinos y artesanos. Pero debido a numerosos motines de descontento por las levas obligatorias y a la falta de confianza en los nuevos sistemas de captación, la mayor parte de los Estados se mostraron reacios y hasta mantuvieron a los mercenarios extranjeros como una de las fórmulas más acertadas. El objetivo último era la creación de un ejército regular que satisficiese todas las necesidades del país. Los marineros se quejaban de la dureza del reglamento, la mala alimentación y las irregularidades en la paga, percibida con frecuencia en vales canjeables con descuento por compradores profesionales o asignados a posaderos y comerciantes. Tales cuestiones anulaban los incentivos creados para animar al embarque, por ejemplo, las posibilidades de botín o las pensiones en casos de invalidez. Hasta la alternativa de enrolarse en los barcos corsarios parecía más atrayente que la permanencia en la marina, donde incluso en momentos de guerra sólo los marineros expertos recibían importantes salarios; de ahí las numerosas deserciones cuando se recalaba en algún puerto extranjero. Para acabar con estos problemas, Francia impuso el registro obligatorio de los marineros y pescadores, divididos en tres, cuatro o cinco clases, que podían movilizarse cada cuatro, cinco o diez años, estaban a disposición de la armada durante toda su vida y recibían media paga cuando por el sistema de rotación no se les necesitaba. A finales de la centuria se extendieron las siguientes ideas por toda Europa: limitación del período del servicio y posterior exención, concesión de pensiones, aumento de los sueldos, incremento en la parte del botín correspondiente a los marineros y finalización de la competencia por la disponibilidad de barcos entre el Estado y los comerciantes durante los períodos bélicos. Pero la realidad era distinta y, en no pocas ocasiones, se contrató a marineros extranjeros, ante la falta de voluntarios y reclutas para atender los intereses oficiales, pues los barcos mercantes ofrecían mayor paga, menos aglomeraciones y mejores condiciones generales, los salarios de las armadas permanecían casi estancados y se percibían de forma irregular, las ayudas a las familias no llegaban casi nunca, los marineros no podían desembarcar hasta cumplir el servicio, no había garantías de trabajo después de terminada la guerra o el contrato, continuaba la severa disciplina y se padecían multitud de enfermedades a bordo.
contexto
El registro fósil peninsular es en estos momentos de los más numerosos de Europa, aunque se encuentra muy desigualmente repartido ya que un solo yacimiento, la Sima de los Huesos en la Cueva Mayor de la Sierra de Atapuerca (Burgos), supone cuantitativamente la mayor parte. En este yacimiento, que está siendo investigado desde 1976 por un equipo de paleoantropólogos dirigido primero por el E. Aguirre y luego por J. L. Arsuaga y J. M. Bermúdez de Castro, se han descubierto restos correspondientes a más de una veintena de individuos, asociación que define a la población de homínidos mejor conocida de Europa. Datada en más de 300.000 años, sus características se consideran típicas de los homínidos europeos del Pleistoceno Medio en vías de transformación en los futuros neandertales. Anteriores a este conjunto se conocen restos del mismo yacimiento que se han datado en una antigüedad cercana e incluso superior a los 800.000 años. Otros, poco elocuentes o de cronología conflictiva, son el fragmento craneal de Venta Micena (Orce, Granada), datada por bioestratigráfía en el Pleistoceno Inferior avanzado, o una falange de Cueva Victoria (Murcia). Mucho más interesante, aunque sólo se conocen resultados preliminares, parecen ser los hallazgos de Cabezo Gordo (Murcia), dado que se escalonan en una estratigrafía comprendida entre 500.000 y 50.000 años. A una cronología posterior a Atapuerca corresponden también los restos encontrados en Villafamés (Castellón). La mayor parte de los yacimientos ibéricos que han proporcionado restos humanos fósiles corresponden al inicio del Pleistoceno Superior y se pueden atribuir al hombre de Neandertal, aunque la mayoría son pequeños fragmentos, a veces incluso sólo alguna pieza dental, como ocurre con La Pinilla del Valle (Madrid), Lezetxiki, Axlor (País Vasco), el Abrí Agut (Barcelona) o la Cueva de los Casares (Guadalajara). Los yacimientos con hallazgos neandertalenses más importantes son la cantera Forbes y Devil's Tower (Gibraltar), ambos con cráneos completos, la cuenca lacustre de Bañolas (Gerona), donde apareció una mandíbula completa, la cueva del Boquete de Zafarraya (Málaga) y los restos aparecidos en las estratigrafías de Cova Negra (Valencia) y la Cueva de la Carihuela (Píñar, Granada). Por lo que respecta al hombre moderno, los restos son mucho más escasos. Los principales son los procedentes de la Cueva de El Parpalló, de Barranc Blanc (Valencia) y los de la Cueva de El Castillo (Puente Viesgo, Cantabria), todos ellos de aspecto cromañoide. Ya en el Epipaleolítico destaca la sepultura de la Cueva de los Azules (Cangas de Onís, Asturias) y los cráneos de Urtiaga, en ambos casos asociados a industrias azilienses.