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EI 22 de abril de 1915, Henri Mordacq, general de la 87 División francesa, creyó que el mayor Villevaleix, del 1° Regimiento de Cazadores de África, se había vuelto loco cuando le oyó decir, por el teléfono de campaña, que sus hombres huían en masa y sin dirección, desabrochándose y tosiendo entre nubes amarillas. La división, formada sobre todo por fuerzas marroquíes, cubría el llamado Arco de Ypres en el frente de Flandes, junto con otra francesa y una canadiense. Enfrente se encontraba el IV Ejército alemán, que tenía distribuidas secretamente a lo largo de sus trincheras 6.000 botellas metálicas con 180.000 kilos de clorina, cloro con aditamentos. Hacia las 16 horas, aprovechando el viento del norte, los zapadores alemanes abrieron las botellas y una nube amarillo-verdosa de la altura de un hombre, 6 kilómetros de ancho y entre 600 y 900 metros de profundidad avanzó hacia las posiciones francesas. El mayor Villevaleix tenía razón: sus soldados huían despavoridos sin rumbo fijo y con los pulmones llenos de cloro. En aquel ataque químico, los franceses sufrieron 15.000 bajas, entre ellas 5.000 muertos y 2.470 prisioneros, de los que 1.800 estaban ilesos. Desde entonces, las que hoy se llaman armas de destrucción masiva han cambiado de nombre a medida que se ampliaba su panoplia. Los gases asfixiantes se llamaron sucesivamente venenosos, de guerra y agresivos químicos. Mucho después, a raíz de la aparición de la bomba atómica, se habló de explosivos nucleares, luego de armamento NBQ (nuclear, químico, biológico) y hoy de armas de destrucción masiva. Aunque el fuego griego y el humo de azufre, atributo clásico de Satanás, ya se emplearon durante la Edad Media, los agresivos químicos son fruto de la Segunda Revolución Industrial: en 1905, la policía de París utilizó granadas rellenas de gases tóxicos contra los "apaches". Fritz Haber, el químico alemán que descubrió la síntesis industrial del amoníaco -por el cual recibió el Nóbel de Química en 1918- era, en 1914, director del Instituto de Investigaciones Kaiser Wilhelm de Berlín y presidía la comisión secreta de química de combate que descubrió la síntesis del nitrógeno y liberó a la industria alemana de armamento de las importaciones de salitres. Bajo la protección de Guillermo II, Haber desarrolló un proyecto de guerra química que fue adoptado por el Estado Mayor en 1915, desarrollándose en secreto los medios para ponerlo en marcha. El éxito de Ypres sorprendió a los mismos alemanes, que se apresuraron a repetirlo, aunque tampoco sus enemigos se quedaron atrás y desarrollaron sus propios gases. En lo sucesivo se martirizaron unos a otros con nubes de cloro y luego de fosgeno, un gas incoloro con olor a heno del que derivaron otros productos diabólicos: difosgeno, bromofosgeno, cianuro de fosgeno y cloropicrina. Desde 1916, ya no se lanzaron nubes de gas, sino granadas de artillería cargadas con fosgeno, bromuro de xileno y arsinas. En 1917, también en el frente de Ypres, los alemanes utilizaron por primera vez la yperita o gas mostaza, un oscuro líquido aceitoso, de débil olor oliáceo, fabricado por la BASF y muy peligroso porque atravesaba la ropa, el calzado y, en forma de gotas, contaminaba el terreno durante largo tiempo. Muy pronto, también lo fabricaron los ingleses y numerosos soldados de ambos bandos comprobaron como la yperita llenaba su piel de ampollas, se infiltraba hasta la sangre y se repartía por todo el organismo, que perdía la mitad de su hemoglobina mientras quedaban afectados el aparato respiratorio y el digestivo, los riñones y el cerebro. Cuando no morían o perdían la vista, quedaban afectados por bronquitis y asma crónico. Muchos gaseados fueron tratados en las mismas trincheras con inyecciones de morfina, sistemáticamente repetidas para que siguieran luchando. Cuando la guerra terminó, había aproximadamente 1.300.000 hombres afectados y, por si fuera poco, muchos de ellos se habían vuelto morfinómanos. En 1918, numerosos gases de la alemana IG-Farben cayeron en manos de los aliados, cuyos arsenales también estaban repletos de venenos que los Gobiernos intentaron vender, como un excedente de guerra. Todos los ejércitos modernos organizaron sus servicios de guerra química, almacenaron miles de máscaras antigás y fabricaron o compraron partidas de agresivos. La yperita fue utilizada por los españoles en la Guerra del Rif, por los italianos en Etiopía, por los ingleses en Mesopotamia y por los japoneses en China. Más adelante, Adolf Hitler, uno los afectados por la yperita durante la Gran Guerra, ordenó utilizar el ácido cianhídrico para asesinar a los judíos. Fritz Haber no pudo verlo; había muerto en 1934 cuando huía de Alemania por ser judío.
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Según parece, y aunque no abundan los datos, el género que mejor cubría las necesidades de los espectadores era, sin lugar a dudas, el mimo: un género mal definido, pero que, salvando ciertas distancias, podría compararse con la revista de nuestro siglo XX. En efecto, parece que consistía en la representación de una historia, cómica por lo general, pero con la inclusión en su desarrollo de bailes, juegos acrobáticos, números con animales amaestrados, escenas cómicas de tipo bufonesco, etc. Era el mejor modo de agradar a un público híbrido, donde ciertos sectores tenían dificultades para entender el latín literario. Y puede decirse que los dos únicos epígrafes funerarios dedicados a hombres de teatro que hayan aparecido en Hispania están particularmente adaptados a este género: uno es el del mimógrafo o escritor de mimos Emilio Severiano, que murió en Tarraco en el siglo III d.C.; el otro, procedente de Pax Julia (Befa), es el de Patricio, que se nos presenta como exodiarius -aunque la lectura es dudosa-, es decir, como actor de los que hacían el número final de una representación. Apenas nada podemos decir de otros géneros teatrales. Sabemos que era relativamente común, en vez de representar tragedias enteras, ofrecer recitales de fragmentos trágicos, como hemos visto que hacía el actor recordado por Filóstrato. Es posible que a eso se refiera una inscripción de Castulo, donde se dice que un personaje ofreció acroamata, esto es, audiciones de carácter musical o virtuoso; al fin y al cabo, cabe recordar que la tragedia antigua, como nuestra ópera, era fundamentalmente un género cantado. En cambio, se nos hace muy difícil pensar que se representase en nuestros teatros un género cortesano y refinado como la pantomima, que, en su sentido altoimperial, consistía en un ballet de solista con música y canto; y no parece que pueda documentarse arqueológicamente la existencia de tetimimos, es decir, de representaciones acuáticas, que exigían el acondicionamiento del teatro para poder convertir su orchestra en una piscina. Esta ausencia es comprensible, por lo demás: la época triunfal del tetimimo, el Bajo Imperio, coincide con la ruina de muchos edificios teatrales hispanos.
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Los artistas madrileños trabajaron todos los géneros pictóricos con desigual intensidad. Destaca la pintura religiosa, tanto mural como en lienzos para altares y capillas privadas. Es de este género del que se conserva la mayor parte de la producción de nuestros artistas. Pero también a través de lo poco que nos ha llegado y especialmente por las fuentes literarias de la época, sabemos que trabajaron el tema mitológico, por ejemplo para las decoraciones de los salones del desaparecido Alcázar. Parece que, de todos modos, no fueron buenos especialistas en el género. Palomino nos comenta que cuando Felipe IV vio las decoraciones de Francisco Camilo con escenas de Júpiter y Juno, "no quedó muy satisfecho de esta pintura; porque dijo que Júpiter parecía Jesucristo, y Juno la Virgen Santísima: reparo digno de la discreción, e inteligencia de tan católico Rey; y de que le observemos los artífices, como documento". De cualquier modo, la pintura mitológica parece que siguió siendo encargada preferentemente a artistas italianos y flamencos. Un género frecuente fue el retrato, aspecto bien conocido y documentado en los artistas como Carreño de Miranda o Claudio Coello, ya que fueron pintores de cámara del rey Carlos II, manteniendo las formas del retrato oficial de Corte. No tan conocido, aunque sí importante, fue el retrato de encargo de la nobleza y el clero, una importante clientela de este género. También se conservan cuadros de género con escenas cotidianas al estilo flamenco o boloñés, aunque son casos realmente excepcionales y casi reducidos a las otras atribuidas a Antonio Puga y las de Antolínez. Por último, se trabajó en los decorados de escenarios y arquitecturas fingidas, así como en la pintura de bodegón, naturaleza muerta y paisaje, incluso por artistas que no estaban especializados en este género, como es el caso de Mazo en el paisaje o Mateo Cerezo en el bodegón. También trabajaron con las diferentes técnicas de la época. El óleo era usado para los lienzos que decoraban los retablos o las capillas particulares, los retratos y gran parte de la pintura de género. Para las grandes composiciones de los cuadros de aparato, se conservan muchos dibujos preparatorios, algunos de ellos con la típica retícula para transportar el dibujo al tamaño mayor del lienzo. La técnica al fresco y al temple se usaba para las decoraciones de techos y paredes. Se sabe que los pintores realizaban dibujos a pluma para esbozar las ideas generales de la composición y luego las trasladaban a cartones del tamaño de la obra definitiva. En este sentido se conoce un boceto al óleo de Colonna y Mitelli para una decoración de quadratura (Madrid, Museo del Prado). Para las arquitecturas efímeras realizadas para entradas triunfales, para la exaltación de algún santo o dogma de fe, para los monumentos funerarios, o para los autos de fe, así como para las decoraciones de los teatros madrileños, los pintores utilizaban la técnica al temple. También se conservan muchos dibujos que dan idea del aspecto general de los catafalcos y escenarios, o de aspectos concretos de las obras que el pintor estaba interesado en estudiar. Gracias a sus dibujos y algunos grabados de la época podemos reconstruir parcialmente aquellos escenarios ilusionistas y triunfales que ocultaban la triste cara de la decadencia española. Los artistas madrileños pueden ser divididos en tres grupos principales: aquellos que comienzan a trabajar en vida de Velázquez, pero no bajo la doctrina clasicista del sevillano, sino que se acercan a las posturas más barrocas de los flamencos italianos. Pintores que se independizan como maestros muy tarde, con más de treinta años de edad. Son los artistas de la primera generación. Hay un segundo grupo, el de la generación truncada, discípulos de los anteriores, que florecen muy jóvenes como grandes maestros, todos ellos antes de los veinticinco años, y que mueren antes que sus propios maestros, como si fuesen estrellas fugaces. Un tercer grupo es el formado por los pintores cercanos a Claudio Coello, superviviente de la generación anterior y que se adentra en una pintura más cercana formalmente al mundo italiano del clasicismo, probablemente por influencia de sus colaboradores, Sebastián Muñoz y Jiménez Donoso. En este grupo podría ser insertado el propio Palomino. Un último capítulo lo dedicamos a los pintores de género.
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Con el reforzamiento del Estado autocrático ruso, comienzan tiempos difíciles para la cultura y para la pintura en particular. Ahora a los artistas se les exige más obediencia que devoción, más conformidad con los modelos que fantasía. El icono va a servir de ilustración al dogma, como cabría esperar, pero también va a servir de apoyo a la ideología oficial. Ya en La batalla de los Nougorodianos contra los Suzdalianos, la altivez de la ciudad de Novgorod se arrogaba lo sacro del icono, pero en La Iglesia militante (XVI), hoy en la Galería Tretiakov, la apropiación es completa, se trata de un producto expreso del arte oficial.En 1552, cuando el zar Iván IV el Terrible decidió emprender una expedición contra Kazán, capital de los mongoles, fue antes a la catedral de la Dormición a pedir ayuda a la Virgen de Vladimir. Tras su extraordinario triunfo, fue aclamado en Moscú y comparado con Alexander Nevski, Dimitri Donskoi y Constantino el Grande. Encargó entonces el famoso icono en el que están representados los más renombrados príncipes rusos. A la izquierda, en una doble gloria, se ubica la ciudad celeste ante la cual se halla la Virgen Hodegetría. Se trata de Moscú, la tercera Roma tras la caída de Constantinopla. La caballería de Cristo avanza en triple hilera hacia allí guiada por San Miguel; va montado en un caballo rojo alado y vuelve su cabeza hacia atrás al objeto de introducir a Iván ante la presencia de la Virgen y el Niño que le recibe con los brazos abiertos. Iván representa al pueblo elegido de Dios, al pueblo ruso; mientras tanto, a lo lejos, Kazán está siendo destruida por las llamas.Por estos mismos años -1551- el Concilio de Toglav, o de los Cien, iba a regular la creación artística. Consideraba la pintura religiosa como un sacerdocio y trata de vincularla a los modelos antiguos. El diácono Viskovaty traducía las ideas del clero moscovita de esta época al protestar enérgicamente contra los nuevos iconos de la catedral de la Anunciación, donde Dios Padre había sido representado bajo el aspecto de un anciano. Se indigna contra los pintores que se guiaban por su propia inspiración y no según las "Sagradas Escrituras" y, en consecuencia, no puede admitir que un mismo tema sea tratado de maneras diferentes.Para oponerse eficazmente al empuje de la imaginación, la Iglesia promueve los "podlinniki," manuales técnicos e iconográficos convenientemente ilustrados para que no hubiera lugar al error. La difusión de estos manuales sería una de las causas esenciales de la decadencia de la pintura por su propensión a codificar estrechamente imágenes, formas, ritmos y colores.Conscientes de su declive, tratarían de revitalizar este arte mediante la incorporación al cuadro de lo pintoresco y lo popular: los tipos y las arquitecturas adquieren un aspecto local muy pronunciado. Lo mismo ocurre en el monte Athos o Creta, Moldavia o Valaquia. La cantidad sobrepasa en todas partes a la calidad. En el caso cretense, Georgios Klotzas o Miguel Damascenos aún mantienen la nobleza de los antiguos iconos, pero la incorporación de elementos occidentales, particularmente venecianos, dará como resultado un estilo mixto, abocado a la disolución de los valores espirituales que eran la razón de ser del icono. En la Adoración de los Magos de Damascenos, la influencia de los Bassano se hace evidente. En el Hallazgo de la Santa Cruz de Klotzas sus estilizadas figuras se desenvuelven en un espacio repleto de edificios del último gótico o renacentistas, diseñados de acuerdo con una buena perspectiva; sin embargo, mantiene el estilo bizantino en el modelado, ropajes o paleta. De este modo el icono iría perdiendo, poco a poco, su grandeza épica y el sentido de la belleza.Al mismo tiempo se difunde la costumbre de cubrir los iconos con adornos y colgantes; se convierte así en un objeto precioso donde los revestimientos ocultan la pintura. La obra maestra de Rublev, la Trinidad, fue cubierta de una orfebrería colmada de piedras preciosas. La parte más antigua, donación de Boris Godunov en el siglo XVI, se componía del marco estrecho, hecho de hoja de oro, trabajada, repujada y grabada. De otro lado, las cabezas de los ángeles fueron adornadas con aureolas y coronas de oro; el ángel central llevaba una cadena y una placa adornadas con piedras preciosas. En 1626, los orfebres del palacio de las Armaduras del Kremlin, a petición del zar Miguel Fedorovitch, realizaron los pectorales en forma de media luna que aparecen sobre el pecho de los tres ángeles y que están fijados a las aureolas. Sus hojas de oro, incrustadas de esmaltes, tenían además piedras preciosas y perlas. En 1754, finalmente, el revestimiento hecho de hoja de plata dorada, ocultaría casi por entero la obra de Rublev, a excepción de las manos y los rostros. No cabe duda de que el icono había dejado de ser un objeto de contemplación para transformarse en un objeto de culto, se trataba de un fetiche. Y cuando no se cubre el icono con una coraza, se aprecia el oficio del artista y permanece lo formal, pero el significado se ha diluido, se conserva lo ritual, pero ya no hay arte. Occidente habría de imperar en adelante de modo exclusivo.
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Parece ser que las primeras comunidades sumerias se organizaron como ciudades-templo, pues el templo fue el centro no sólo de la vida religiosa sino también de la económica y social, pues controlaba los medios de producción. Durante la etapa protohistórica, el jefe religioso de la comunidad (en) debió residir en una construcción edificada para su residencia, llamada e-gal-makh, que funcionaría como templo y palacio a la vez. Durante la época protodinástica la residencia del en es una estancia dentro del templo, llamada gi-par. No obstante, por estas fechas comienza a suceder una separación de funciones, pues junto al en aparece ya otra figura, el lugal, que detenta la autoridad civil. Éste cargo pudo haber existido en principio de forma temporal, para después hacerse permanente. Incluso parece que pudo existir un tercer rango, el de ensi o príncipe. Las relaciones y distribución de competencias entre los cargos no debió estar exenta de problemas. En la época de Mesilim de Kish, hacia el 2550 a.C., se manifiesta la ruptura de la dicotomía templo-palacio. El palacio (e-gal o kur) cobró mayor importancia, así como el título de lugal, dejando en un segundo escalón al templo (e-gal-makh). La primacía definitiva del título de lugal se consiguió con Lugalzagesi de Umma (h. 2340), cuando sobrepasó al de ensi en todos los aspectos. Este gobernante intentó, continuando con el proceso, unificar bajo un mismo mando a todas las ciudades-estado sumerias, pero no logró su objetivo, pues fue desplazado por los acadios. Las atribuciones del gobernante eran diversas, como la administración de justicia, la defensa de la ciudad o su dirección política. En general solía ser un personaje rico de la ciudad, con lo que podía mantener un numeroso ejército con el que aferrarse al poder o intentar conquistar otros territorios.
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El periodo que se abre con el nombramiento del nuevo Gobierno y se cierra tras el asesinato de Carrero (20 de diciembre de 1973), supone un cambio en la dinámica política de los años anteriores, y ello por varios motivos: el primero, por el creciente alejamiento de Franco de las decisiones políticas, debido a su estado de salud, y el cada vez mayor protagonismo de Carrero, primero como vicepresidente del Gobierno y a partir de junio de 1973 como presidente del mismo; en segundo lugar, por la creciente parálisis de la acción gubernamental, lastrada por importantes diferencias con respecto al conjunto de la clase política que apoyaba al Régimen; y en tercer lugar, por la ampliación numérica de los actos de la oposición, su cada vez mayor audiencia y, lo que es más significativo, por el cambio cualitativo en su composición. El llamado Gobierno monocolor, salido de la crisis de 1969, respondía en mayor medida a un cierto ideario político, y no tanto a la procedencia originaria de sus miembros. Pero esto, que podría ser interpretado como un factor positivo en la acción gubernamental, se veía lastrado por una clara división entre la clase política del Régimen que dificultaba, dada la estructura del mismo, la puesta en marcha de sus proyectos. Hay que tener además presente el peso político del propio Carrero, que al identificarse permanentemente con la obra política realizada y con la persona de Franco, paralizaba los intentos de llevar a cabo cualquier modificación por tímida que fuese. Su declaración de principios al respecto no dejaba lugar a dudas: "mi lealtad a su persona (Franco) y a su obra es totalmente clara y limpia, sin sombra de ningún íntimo condicionamiento ni mácula de reserva mental alguna". Esta aparente paradoja entre la fidelidad al pasado, el deseo de ciertos cambios y la división dentro de la clase política provoca una situación de parálisis, en la que se trata de dilucidar un conflicto interno que monopoliza la acción política y margina la opinión pública, más preocupada por mejorar su nivel de vida que por la actividad política en sí. Durante todo el régimen franquista, la opinión pública fue reemplazada por la adhesión al Caudillo, no teniéndosela en cuenta en la toma de decisiones. Esta situación, propia de toda dictadura, tiene su máximo exponente en estos años, donde se percibe con claridad dicho alejamiento y la creciente interiorización de la acción política. Carrero, en el terreno político y tras el nombramiento de Juan Carlos de Borbón como sucesor, tenía dos objetivos: por un lado, mantener la unidad de las fuerzas franquistas, lo cual le llevaba inevitablemente a no poder afrontar reformas sustanciales, e implicaba un fracaso político de los aperturistas, que si bien ocupaban los principales ministerios, veían limitada su actividad. Por otro lado, reprimir a la oposición democrática. En este sentido se inscribe la creación del Servicio de Documentación de Presidencia del Gobierno, organismo de naturaleza militar, que tenía como fin informar y neutralizar las actividades de la oposición. No es extraño este comportamiento de Carrero, ya que incluso en estos años seguía pensando que España se encontraba amenazada por los comunistas y la masonería, lo que nos recuerda el discurso oficial del Régimen reiterado en los años cuarenta. Así, en 1972 Carrero afirmaba que "hoy somos víctimas, como todo el mundo libre, de la ofensiva subversiva desencadenada por el comunismo, pero a la vez somos atacados también por la propaganda liberal que la masonería patrocina". Esta obsesión por el enemigo exterior se complementaba con una visión ultraconservadora de la vida cotidiana. A la altura de 1973, año de su asesinato, al analizar los aspectos negativos de la vida española se refiere a los "bailes y músicas decadentes"; y respecto a la educación, afirma que "se trata de formar hombres, no maricas, y esos melenudos trepidantes que algunas veces se ven no sirven ni con mucho este fin". En suma, tanto por su concepción de la vida como de la política, Carrero es el prototipo del continuista. Dentro de la clase política del régimen, existían al menos dos grupos que mostraban abiertamente sus diferencias. Por un lado, se encontraban los inmovilistas, que trataban de perfeccionar el régimen, sin perder las señas de identidad derivadas del Estado surgido con el Alzamiento del 18 de Julio de 1936. Dicho sector estaba formado por ex-ministros como José Antonio Girón o Fernández Cuesta, militares (García Rebull, Cano Portal...), hombres de negocios (Oriol y Urquijo...), eclesiásticos (monseñor Guerra Campos...), organizaciones de ex-combatientes (Hermandades Nacionales de Alféreces Provisionales) y numerosos consejeros nacionales y procuradores en Cortes. Su fuerza radicaba en el contacto directo con Franco y en la presencia en las instituciones. Su mayor debilidad se centraba en la escasa audiencia pública que tenían y, sobre todo, en la propia transformación de la sociedad española. Dicho grupo trataba de mantener vivo el recuerdo de la Guerra Civil y de la división entre los españoles, reivindicando la Victoria. Eran portadores del pasado y como tales trataban de obstaculizar el presente para evitar cualquier reforma que diluyera lo que consideraban las esencias del régimen. Su existencia tuvo como resultado frenar cualquier tipo de reformas y contribuir con ello a la parálisis gubernamental. Son un contrapoder, en los que Franco se apoya para intimidar a los aperturistas. Franco tiene mayor confianza en ellos, ya que comparte su visión de la historia, su propio pasado, está seguro de su fidelidad y sobre todo entiende aquello que defienden. Existe un segundo grupo, los denominados aperturistas, que si bien se encontraban divididos en torno a diversos políticos (Fraga, López Rodó, Solís...), tenían en común su aspiración de poner en marcha el desarrollo político, que diera paso a una democracia limitada. Sus propuestas se concretaban en el campo económico, donde creían conveniente una mayor liberalización, aunque con una presencia importante del Estado en dicho proceso. A la vez propugnaban una mayor libertad de información y de asociación, así como la apertura de canales de participación. De lo que se trataba era de llevar a cabo un proceso de cambio limitado y controlado, que evitase los riesgos de la ruptura. Fraga abogaba por un plan de reformas que en una primera fase implicase la aprobación de un Estatuto de asociaciones políticas, la reforma de las leyes electorales, de régimen local y de los reglamentos de las Cortes y del Consejo Nacional. Este grupo no se puede confundir con los futuros reformistas, ya que estos últimos tienen como meta una democracia plena. La existencia de ambos bandos no impide el hecho de que tengan unos puntos de coincidencia en, al menos, seis cuestiones: 1°) Hostilidad a la democracia parlamentaria; 2?) un rígido concepto del orden público; 3?) una visión de España como bastión del catolicismo; 4?) una adhesión inquebrantable a la figura de Franco; 5?) un convencimiento absoluto de la necesidad de la guerra civil; y 6?) una imagen autoritaria y tradicional de la sociedad. El programa del nuevo Gobierno de corte aperturista sólo se cumplió en parte, debido a los límites impuestos en la dinámica política por el conflicto interno. Así se puso en marcha una importante reforma educativa con la publicación de la Ley General de Educación (1970), que supuso la reorganización a fondo del sistema y que exigió un notable esfuerzo financiero para lograr la escolarización total en el periodo obligatorio, que fue ampliado en ocho años, desde los seis a los catorce (Educación General Básica). También fue aprobada la tan controvertida Ley Sindical (16 de febrero de 1971), siendo para el ministro de Relaciones Sindicales como un paso adelante en la línea de perfeccionamiento del Régimen sin que se haya producido la menor solución de continuidad; es más, convirtiendo en realidad aspiraciones vivamente sentidas como aquellas que se contenían ya en la primitiva redacción del Fuero del Trabajo. Desde un punto de vista legal, los cambios introducidos por esta ley no afectaron a los principios de unidad, obligatoriedad y carácter jurídico-político de los sindicatos y la OSE, al quedar asimilado como un Ministerio descafeinado y escaso poder político, se integró plenamente en los proyectos gubernamentales del momento. Cambiaron poco los sindicatos, seguían estableciendo un régimen de autocracia sindical, lejos de potenciar la representatividad de la que tanto hablaban; en realidad no se movieron de su lugar, pero perdieron parte del poder que habían tenido en especial durante la década anterior. En el campo económico se tomaron medidas para reactivar la economía tras el reflujo de 1967-69, consiguiéndose buenos resultados, aunque con ciertos desequilibrios que se iban a manifestar al llegar a España los primeros efectos de la crisis mundial. En cuanto al exterior, se procedió a un replanteamiento de las relaciones Iglesia-Estado, aunque con nulos resultados; en cambio, se reforzó la vinculación de España con la CEE, firmándose el 29 de junio de 1970 el Acuerdo Preferencial España/CEE que estableció un sistema general de preferencias de doble vía, con vistas a la supresión progresivo de los obstáculos en lo esencial de los intercambios entre España y la Comunidad Económica Europea. En 1973 (29 de enero) se añadió al mismo un Protocolo debido a la ampliación de la Comunidad (Reino Unido, Dinamarca e Irlanda), en el que se establecía que las ventajas del Acuerdo-Preferencial CEE-España no eran aplicables a los tres nuevos Estados comunitarios. Las razones que se esgrimieron para ello no sólo tienen una lectura económica, sino también política, como puso de manifiesto un miembro de la Comisión (Spinelli) al criticar la actitud de las autoridades españolas en el procesamiento de los sindicalistas del Sumario 1.001. Respecto a las Cortes se procedió a la aprobación de un nuevo Reglamento (15 de noviembre de 1971), que recogía con más detalle los aspectos internos de la Cámara en aspectos tales como los relativos al procedimiento en las comisiones especiales, mociones, interpelaciones, ruegos y preguntas, previéndose incluso sesiones especiales. En conjunto las medidas tenían un sentido aperturista, pero se encontraban lastradas por el creciente deterioro del orden público y la incapacidad de la policía de afrontar la nueva situación (Ley de Orden Público de 1971), que estaba sometida a una extensión del conflicto y a la pérdida de la batalla propagandística con sucesos tan señalados como el proceso de Burgos o el sumario 1.001, donde se ponía de manifiesto el carácter represivo del Régimen. El Gobierno tuvo que hacer frente además a la proliferación de huelgas y manifestaciones con una falta de preparación evidente, como se puso de manifiesto en los desgraciados sucesos de Granada, con la muerte de tres manifestantes (21 de julio de 1970) durante la huelga de la construcción. Por otra parte, el proceso de desarrollo legislativo en relación con el tema de las Asociaciones, uno de los puntos clave del proyecto aperturista, se vio frenado entre otros motivos por la oposición del propio Carrero, que estaba convencido de que "nuestro régimen establece la posibilidad de una constante participación a través de la familia, el municipio, el sindicato, los consejos locales, los provinciales, los congresos sindicales, etc., que es mucha mayor participación que la de votar al candidato de su partido el día de las elecciones generales". Los problemas internos hicieron conveniente un nuevo cambio en el Gobierno a mediados de 1973; aunque, como reconoce López Rodó en sus Memorias, la preparación de dicho cambio duró prácticamente un año. El nuevo equipo ministerial estaba formado por once nuevos ministros y otros nueve procedentes del Gobierno anterior. A la hora de analizarlo destacan tres hechos: 1°) El nombramiento como presidente del Gobierno de Carrero Blanco, que por primera vez se daba en una persona distinta a Franco (el dato decisivo era la salud del jefe del Estado); 2°) la ascensión de Torcuato Fernández Miranda como vicepresidente, que en opinión de Carrero debía proceder a la gubernamentalización del Movimiento y a la preparación de las bases para la participación institucional de las familias del régimen; y 3°) la aparición de figuras inmovilistas (Utrera Molina, Julio Rodríguez, Ruiz Jarabo...) o provenientes del círculo familiar de Franco (Arias Navarro). Dicho Gobierno desde el punto de vista político supone un retroceso respecto al anterior, aunque el objetivo de Carrero era tratar de combinar personalidades de los bandos en disputa con el fin de evitar la parálisis gubernamental que había aquejado al equipo precedente. El centro de atención política estuvo de nuevo en el tema del asociacionismo. Durante el mes de marzo, Carrero había solicitado al Consejo Nacional del Movimiento un estudio sobre las posibles medidas a tomar, con el fin de ampliar las vías de participación "de acuerdo con la mentalidad del pueblo español de hoy y dentro de la más rigurosa adecuación a las bases de nuestra democracia orgánica". El estudio finaliza en el mes de octubre, dando lugar a la presentación en las Cortes de un proyecto de ley general de participación política. En él se planteaban delimitaciones a los conceptos de participación, representación, contraste de pareceres y concurrencia de criterios. También se fijaban los requisitos para ampliar la actividad participativa en los consejos locales y provinciales, en la administración local, en los sindicatos y en los colegios profesionales. Por último, se hacia referencia al tema de los representantes familiares y de las asociaciones políticas. Esta ofensiva institucional se vio frustrada por el asesinato del presidente del Gobierno el 20 de diciembre de 1973. La preparación y ejecución del atentado que costó la vida a Carrero (Operación Ogro) correspondió a ETA y las insinuaciones realizadas en sentido contrario (Santiago Carrillo, José Luis Vilallonga, Manuel Campo Vidal, Luis Herrero...) no dejan de ser especulaciones políticas o periodísticas. La desaparición de Carrero implicó un mayor aislamiento si cabe de Franco, que se encontraba cada vez más alejado de la realidad del país. Como afirma Tusell, su muerte "hizo desaparecer un obstáculo grave para que la democracia española pudiera convertirse en realidad".
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En el mes de noviembre de 1917 fue de nuevo llamado a formar gobierno Manuel García Prieto, que trató de integrar a los representantes de las fuerzas políticas que hasta entonces habían estado marginadas: De la Cierva, como ministro de la Guerra, representaba a las Juntas Militares de Defensa y el regionalismo accedía al poder con el beneplácito de Cambó, aunque sin representar a todas las fuerzas que habían estado en la Asamblea de Parlamentarios. Sin embargo, la acumulación de elementos políticamente heterogéneos tuvo consecuencias muy negativas en un plazo de tiempo muy corto. El gobierno García Prieto careció siempre de una dirección efectiva y su fracaso fue rotundo en todos los aspectos. De la Cierva no sólo no solucionó los problemas militares sino que instaló a las Juntas como grupo de presión en el seno del Gobierno. Este convocó unas elecciones que él mismo calificó de renovadoras pero que no resolvieron nada, porque, aunque resultaran algo menos mediatizadas desde el poder que las anteriores, su resultado fue la fragmentación de los partidos del turno convirtiendo a las Cortes en una torre de Babel. En el mes de marzo de 1918 se produjo la crisis del gobierno de García Prieto que resultó aún más grave que la anterior, porque daba la sensación de que nadie estaba dispuesto a hacerse con el poder y quien lo estaba no era aceptado por el resto de las fuerzas políticas. Ante la amenaza de una abdicación de Alfonso XIII, finalmente se logró formar un Gobierno Nacional que fue recibido con fervorosas muestras de entusiasmo patriótico. En él figuraron los políticos más importantes: estuvo presidido por Antonio Maura y formaron parte del mismo Cambó, Romanones, Dato, García Prieto, Alba... etc. Resultaba muy significativo que la presidencia de Maura testimoniaba que era ya considerado como el primer político del país. Otro gran entusiasta de la fórmula fue también Cambó, que por vez primera ejercía el poder. El programa del gobierno tenía muy escasas coincidencias entre sus miembros y, a medida que pasaba el tiempo, creció el número de los que querían dimitir. Uno de los méritos de este Gobierno Nacional (de tan sólo nueve meses de duración) fue el haber superado los difíciles últimos meses de neutralidad española ante la Primera Guerra Mundial, pero en realidad, pasado el inicial entusiasmo, los grupos políticos animaban a sus jefes a que abandonaran el poder ante el desgaste sufrido. Al final, fue el liberal Santiago Alba quien provocó la crisis, lo que contribuyó a averiar a una de las personalidades más valiosas del momento. Como consecuencia del colapso del Gobierno Nacional, se produjo una grave crisis política en noviembre de 1918 y la dificultad de encontrar un sustituto. Se creó, así, un vacío que dificultaría cualquier intento de gobierno estable. De nuevo Manuel García Prieto fue el encargado de formar el gabinete con un programa que pretendía renovar el liberalismo español, en el que estaban contenidas reformas tales como la autonomía universitaria o la abolición de la Ley de Jurisdicciones. Pero hubo de hacer frente a una nueva fuente de conflictos tan inesperada como profunda, el agravamiento del problema catalán, y fue incapaz de resolverlo. Sin duda, el credo del presidente Wilson provocó en la posguerra un ambiente de autodeterminación nacionalista, propicio para la eclosión de los nacionalismos que se consideraban oprimidos. En noviembre de 1918 la Lliga inició una campaña a favor de la autonomía integral redactando unas bases autonómicas que fueron entregadas al Jefe del Gobierno. El gobierno de García Prieto acabó colapsado a causa del planteamiento del problema catalanista, produciendo una división en el seno del mismo entre los ministros partidarios de acceder a las peticiones catalanas (el Conde de Romanones) y los que se negaban en rotundo a ello (Santiago Alba). La tirantez que presidió el planteamiento de la autonomía catalana se debió en gran medida al recelo que albergaban los catalanes acerca del escaso interés del gobierno sobre su problema. El destinado a la sustitución fue el Conde de Romanones beneficiado por el hecho de que, una vez finalizada la guerra mundial, resultaba lógico que ocupara el poder quien había adoptado desde el sistema una postura más complaciente con los que habían resultado vencedores. La formación del gabinete resultó complicada y, en definitiva, se logró un gobierno de gestión no ya liberal sino romanonista. El gobierno parecía efímero pero duró más de lo previsto en un principio (de diciembre de 1918 a abril de 1919) y el eje central de su actuación lo constituyó el autonomismo catalán. En efecto, a partir de este momento, el problema catalán siguió dos rumbos paralelos. El gobierno intentó formar una comisión con representantes de los distintos partidos para solucionar el problema pero pronto le faltaron los apoyos fundamentales, primero de las izquierdas y luego también de las derechas. Al fin presentó a las Cortes un proyecto de ley en el que se trataba de manera conjunta la autonomía catalana y la municipal. Por su parte, los catalanes redactaron un estatuto de autonomía que intentaron fuera aprobado amenazando con iniciar un movimiento de protesta civil. La verdad es que en el Parlamento encontraron una actitud que bien se puede calificar de muy poco comprensiva: si Niceto Alcalá Zamora acusó a Cambó de permanecer dubitativo entre ser el líder de la independencia catalana o el político que pretendía dirigir la española, Antonio Maura provocó una reacción fervorosa de españolismo radical con resultado muy negativo para las pretensiones catalanistas. Pero en el momento de la máxima tensión de este problema se produjo una grave agitación social en Barcelona que transformó el centro de gravedad de las preocupaciones de los catalanistas.
contexto
La caída del tercer Gabinete Azaña planteó una difícil situación política. El jefe del Estado pretendía que Lerroux reagrupase a los partidos republicanos y que mantuviera la vida de las Constituyentes, pero haciendo pasar a los socialistas a la oposición. Lo primero lo consiguió a medias, tras negociar con la izquierda republicana el concurso gubernamental de algunos de sus notables. El Gobierno formado el 12 de septiembre integraba a miembros de seis partidos, aunque distaba mucho de estar respaldado por una coalición parlamentaria estable. El otro empeño era mucho más difícil, y hay motivos para creer que tanto el presidente de la República como el del Gobierno buscaban un fracaso que les permitiera disolver las Cortes. Sin el apoyo de los socialistas, que lógicamente recibieron muy mal su apresurada expulsión del Ejecutivo y dieron por concluido el pacto de la Conjunción, la gobernabilidad exigía el concurso parlamentario de todas las minorías republicanas. Pero era difícil de creer que los radicales se aviniesen a gobernar con un Parlamento cuya acción legislativa llevaban dos años combatiendo. Además, a finales de septiembre, se produjo la definitiva escisión del radical-socialismo, y aunque la fracción mayoritaria de Félix Gordón Ordax no parecía tener ningún inconveniente en colaborar con los radicales, la minoría que encabezaba Marcelino Domingo, constituida en Partido Radical Socialista Independiente, arrastró en la escisión a casi la mitad de los diputados del PRRS, que mostraron su hostilidad a pactar con Lerroux. Cuando, tras muchas dilaciones, éste presentó su Gobierno al Congreso, el 2 de octubre, acusó al conjunto de la izquierda de haberse divorciado de la opinión. Como era de esperar, sus nuevos socios gubernamentales respondieron apoyando la moción socialista de no confianza y el Gabinete cayó, parlamentariamente virgen, a los veintiséis días de su constitución. Fracasado por falta de acuerdo entre las partes un intento de volver a la colaboración republicano-socialista mediante un Gabinete presidido por Sánchez Román, se formó otro de aún más teórica concentración republicana, para cuya presidencia Lerroux delegó en su segundo, Martínez Barrio, y cuya única misión era organizar nuevas elecciones que permitieran una salida al práctico bloqueo a que se veía abocada la vida política. El Gobierno tomó posesión el 9 de octubre y al día siguiente se hicieron públicos los decretos que disolvían las Cortes y convocaban elecciones para el 19 de noviembre, con segunda vuelta el 3 de diciembre.