Procedente del mundo de la música, hijo de músico, violinista él mismo y casado con la pianista Lilly Stumpf, Paul Klee (1879-1940) -como Kandinsky- siempre vio una relación entre música y pintura y muchas de sus obras de los años veinte se llaman armonías; pero tanto o más que la música -Mozart, sobre todo - pesó en él la literatura: los clásicos griegos, los escritores del siglo XVII y sus contemporáneos.Establecido en Munich en 1906, y bajo la influencia al principio del Jugendstil y Arnold Böcklin, le interesaban Van Gogh, Ensor, por sus grabados, y, sobre todo, Kubin. Este era para él un punto de referencia, tanto temática, como plásticamente: "(Kubin) Huía de este mundo porque no lograba soportarlo físicamente. Pero se detuvo a mitad de camino; sentía el deseo de lo cristalino, pero no podía liberarse del fango viscoso del mundo real" y eso será, precisamente, lo que Klee consiga, ir un paso más allá de Kubin y alcanzar lo cristalino. Como él, Klee empezó por la línea; el dibujo y el grabado eran su primer campo de experimentación: "La esencia del trazado conduce fácilmente y de manera precisa a la abstracción". Aunque estos intereses venían al menos desde 1909, fueron en aumento en 1911, cuando conoció a Kandinsky, que sería su amigo toda la vida, a Marc, Jawlensky; Münter y Werefkin, y, aunque todavía no participó en la primera exposición de El Jinete Azul, sí se sintió animado por ellos en sus búsquedas. Muy interesado por Cézanne y el cubismo, viajó por segunda vez a París en 1912 y conoció a Picasso, Le Fauconnier y Delaunay, cuyo ensayo "Sobre la luz" tradujo al año siguiente; a partir de entonces las posibilidades del color entraron en su reflexión plástica. Ese mismo año expuso ya con El Jinete Azul. Pero el momento decisivo para él fue el viaje al norte de Africa en abril de 1914, con Macke y Moilliet.Esté viaje cambió su vida, haciéndole optar definitivamente por la pintura. "El color se ha apoderado de mí. No necesito apropiármelo. Me ha tomado para siempre, lo sé... El color y yo somos uno. Soy pintor", escribe el día 14 desde Kairuan. Su admiración por Oriente y la civilización islámica están en la base de su pintura: Túnez y Egipto, a donde viajó en 1928, le hicieron pintar, como él mismo dice; hasta entonces era sólo dibujante y en 1918 publicó un "Ensayo sobre el grafismo". Esta experiencia norteafricana le hace también dar forma a su estilo, en el que logra un equilibrio entre forma y color, y en el que conviven la pura abstracción con las alusiones figurativas: una casa reconocible, por ejemplo, puede aparecer integrada en una composición de formas y colores abstractos.Entre 1921 y 1931 fue profesor en la Bauhaus y durante los años que permaneció allí su investigación iba en la línea de una mayor abstracción, en la que interviene como elemento importante la tipografía: letras y números aparecen con frecuencia en sus cuadros, que, sin embargo, no llegan a abandonar del todo la figuración, por pequeña que sea la referencia. Si aparecen animales, personas u objetos en sus pinturas, todo es producto de un juego libre de formas, de una invención plástica, que funciona como un organismo vivo.El también cree en algo espiritual en el arte: "(las realidades del arte) no reproducen lo visible con mayor o menor temperamento, sino que hacen visible una visión secreta"; lo interior y lo exterior aparecen juntos, coexistiendo en su poética, en una armonía en la que parecen fundirse todos los contrarios. Pero no cree en la teosofía de Kandinsky. Su obra, decía él, se basaba en un principio de economía: su búsqueda es de lo claro, lo preciso, sin que esto excluya la fantasía, su otro punto de apoyo. La fantasía que le permite mezclar formas y colores y dar a luz con ellos mundos nuevos y desconocidos hasta entonces, propios de una mente sin contaminar como la de los niños, pero cargados a la vez de inteligente ironía.La ironía es un elemento clave dentro de la obra de Klee desde el principio y esto le aproxima a los surrealistas. Se ha señalado la relación de obras gráficas de los primeros años, como El héroe alado, un aguafuerte de 1905, con otras de Max Ernst. Pero la relación va más allá en el tiempo y en el espíritu: muchos títulos de cuadros evocan inmediatamente a Miró, y su mundo, como el del catalán, al que se acerca en las pinturas jeroglíficas de los últimos años, es un lugar con vida, de creación y transformación constantes. Interesado, como los surrealistas, por las pinturas de niños y de locos -otros primitivos-, intenta meterse en su universo y captar sus símbolos más que dar parecidos formales. Original y difícil de clasificar, él se consideraba un expresionista -hizo un Retrato de un expresionista (1922, Washington, colección particular)-, pero también los surrealistas le vieron como uno de los suyos.Para Klee el artista es un médium, alguien a través del cual las fuerzas creativas de la naturaleza pueden manifestarse, dando lugar a otros mundos. Compara la relación del artista con la naturaleza a través de un árbol: por las raíces le llega el alimento, él hace de tronco -lo transmite- y el follaje son las obras."En realidad -escribe - al cumplir su función de tronco, él no puede hacer más que recoger lo que le viene de las profundidades y transmitirlo más lejos. Así pues, él no sirve ni manda; sólo actúa como mediador. En consecuencia (el artista), ocupa una posición extremadamente modesta. No reivindica la belleza del follaje, porque ella sólo pasó a través de él". Esta humildad en la postura de Klee es la misma sensación que transmite su obra: de pequeño tamaño casi siempre, hecha con acuarela, más que óleo, parece susurrar más que hablar en voz alta y sugerir más que imponer. Picasso decía de Klee que era el rey de los pequeños formatos, como él lo era de los grandes.Este mundo no es el único de los posibles para él. "Yo me encuentro tan a gusto entre los muertos como entre los que aún no han nacido", decía. Y tampoco tuvo siempre el aspecto que tiene hoy, por eso puede pintarlo diferente y por eso admite la posibilidad de que en otros planetas se haya llegado a formas radicalmente distintas, lo mismo que el microscopio deja ver mundos inimaginables fuera de él y formas fantásticas y paradójicas que escandalizan a cualquier buen burgués (el señor X, dice). Klee no necesita huir de este mundo en un proceso de ascesis para pintar el alma de las cosas.Al revés que Kandinsky, lo que hace es penetrar en él y comportarse como se comportan las fuerzas creadoras de la naturaleza, para que a través de él, la naturaleza pueda crear otros mundos y otras realidades, que se apoderan del espectador como el color se apoderó de él en Marruecos, y no le dejan escapar: "No es fácil salir de los jardines de Klee -ha escrito Mario de Micheli-. Se camina entre arborescencias lunares, entre arbustos de coral, por encima de lagos de amianto. Se ven entre las ramas los verdes pájaros de fósforo y las estrellas que se confunden con la escarcha. Se vive, ora en un paisaje de cuarzo, ora en una landa submarina, en el corazón de una luz preciosa de alga y diamante. Otras veces, en cambio, se camina sobre un mosaico vibrante, o entre una selva de símbolos domésticos o exóticos que emanan un ligero tóxico cromático debido a una invisible desintegración".
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La escritura jeroglífica egipcia es conocida aproximadamente desde el año 3000 a.C. Sus orígenes se remontan al Calcolítico, siendo empleada hasta el siglo X de nuestra era, conservándose aún como lengua litúrgica aunque de forma muy reducida. La evolución de la lengua egipcia es muy complicada, dividiéndose en diferentes periodos: el egipcio antiguo, el clásico, el neoegipcio, el demótico y el copto. Cada etapa tiene variaciones notables, incorporando elementos de la lengua hablada en el lenguaje escrito. Tipológicamente, la lengua egipcia se encuadra en el grupo de las lenguas afroasiáticas, con numerosos elementos hamíticos aunque con numerosas influencias semíticas. Sólo el 1% de la población sabía leer y escribir, convirtiéndose la escritura en un signo de poder. En sus orígenes era un sistema pictográfico en el que la imagen indicaba el objeto representado. En su desarrollo los objetos se fueron convirtiendo en fonogramas, imágenes que identificaban el sonido que tuviera la palabra en la antigua lengua egipcia. El sistema jeroglífico no indica las vocales ni separa las palabras y puede leerse en diferentes sentidos, según como esté colocado el signo que representa un ser humano o un animal, quienes miran en la dirección que se debe leer. Cuando dos palabras se escribían o leían igual se colocaba un signo determinativo que aclaraba su significado. Por ejemplo, unas piernas indican verbos de movimiento. La escritura se realizaba con una caña similar a un pincel, con una punta suave y deshilachada. Al ser adaptada la escritura al papiro que se utilizaba como soporte se produjo un cambio denominado "escritura hierática", una versión en cursiva de la escritura jeroglífica que se mantenía para escribir en los templos y en las estelas. El faraón Psamético I introdujo un revolucionario cambio al promover la escritura demótica, simplificación en cursiva del hierático, añadiéndose nuevos signos. Los signos jeroglíficos se pueden reunir en tres grupos: fonogramas, ideogramas y determinativos. Los fonogramas son signos que expresan un sonido y se dividen en tres tipos: monolíteros (son 24 y configuran una especie de alfabeto; a cada signo le corresponde un sonido), bilíteros (signos que indican dos consonantes) y trilíteros (signos que indican tres consonantes). Los ideogramas son signos que representan lo que significan, mientras que los determinativos indican la clase a la que pertenece un sustantivo o la acción que expresa una palabra. El francés Jean-François Champollion fue quien descifró los jeroglíficos gracias al descubrimiento en 1799 por las tropas de Napoleón de la llamada Piedra de Rosetta, un gran bloque de basalto negro en el que aparecía un decreto de Ptolomeo V escrito en jeroglífico, demótico y griego. En torno a 1820 Champollion consiguió leer de manera acertada diferentes nombres, aplicando un valor fonético correcto a los distintos signos, lo que supuso la base para posteriores descubrimientos.
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Los edificios de los jesuitas ocuparon siempre solares cercanos a la plaza Mayor, cuando no se situaron en esta misma tal como ocurrió en Cúzco, y sus iglesias y colegios fueron espléndidos. En el caso de su iglesia en Puebla, hecha nueva a mediados del siglo XVIII, se ha indicado que incluso recuerda la arquitectura de las catedrales y la de La Habana pasó a ser la catedral de la ciudad después de la expulsión de los jesuitas al igual que sucedió en Salvador (Bahía). Si la arquitectura de este último edificio se ha relacionado con otras obras de la Compañía tanto en Brasil como en India, cabe recordar cómo la arquitectura de los jesuitas se adaptó frecuentemente a los modelos existentes en las ciudades en que se establecían, incorporando incluso elementos de la tradición local. No obstante, el hecho de que existiera un control por parte de la orden de todos los edificios, cualquiera que fuera el lugar del mundo en que se erigieran, y el que fuera la orden religiosa que contó entre sus miembros con algunos de los mayores y muchos de los menores arquitectos del período colonial, convirtió a sus casas frecuentemente en hitos arquitectónicos de las ciudades en las que se asentaron.El modelo de la iglesia del Gesú en Roma -capillas laterales en la nave y cúpula en el crucero- se utilizó en ejemplos notables como los de las iglesias de los colegios jesuitas de México, Puebla (a fines del siglo XVI), o Cartagena de Indias. En el último caso la iglesia jesuita (S. Pedro Claver) fue construida a comienzos del XVIII, aunque la cúpula sea del siglo XX, y en la nave, sobre cada capilla se sitúa una tribuna al igual que en las iglesias jesuitas de Buenos Aires y Montevideo. También la iglesia de la Compañía en Popayan fue construida después del terremoto de 1736 por el jesuita S. Schenherr siguiendo el modelo de nave con capillas, crucero y cúpula del Gesú, y sin embargo ese modelo no se siguió en otros casos como Ayacucho (Perú), en Tepotzotlán o en la iglesia de La Profesa de México, que fue rehecha en el siglo XVIII por Pedro de Arrieta. A veces, como se ha indicado para el templo jesuita de Bogotá, el modelo para su planta no fue directamente el del Gesú, sino iglesias de los jesuitas en España, y en otras ocasiones el modelo se inspiró no en los originales europeos, sino en otros edificios de la orden construidos en América. Así por ejemplo, para reconstruir la iglesia de Santiago de Chile el jesuita F. Ferreyra estuvo en Lima estudiando la iglesia de la Compañía.La torre de la iglesia de los jesuitas en Potosí recuerda un arco triunfal romano y su autor fue el indígena Sebastián de la Cruz a comienzos del siglo XVIII. En Popayan, también en el siglo XVIII la fachada de la iglesia fue concebida como un gran templo clásico. Ahora bien, tanto estos modelos tomados de ese repertorio de validez universal que era la Antigüedad filtrada por el clasicismo de la edad moderna, como los procedentes del barroco europeo fueron muchas veces disfrazados, vestidos con un sentido escenográfico que por su adecuación a la sensibilidad de los fieles se fue complicando cada vez más. Los jesuitas no fueron una excepción y a su orden pertenecen algunos de los templos en los que el lenguaje del barroco -emplazamiento del edificio, fachadas, ornamentos, luces, dorados, colores, olores, música...- alcanzó cotas insuperables. Quizá el mejor ejemplo sea la iglesia de Tepotzotlán en México, pero también se pueden recordar las portadas extraordinariamente decoradas de la iglesia jesuita de Guanajuato, que no tendrían el mismo efecto de atracción y persuasión para el fiel sin la existencia del atrio delante de la fachada para permitir una perspectiva que responde a la teatralidad del urbanismo barroco. En otras zonas supieron adaptarse y fomentar lo que se ha llamado el estilo mestizo, que alcanzó su esplendor en el siglo XVIII, tal como sucedió en la iglesia de la Compañía de Arequipa, o en El Collao, la rica región del lago Titicaca en la que el cruce de caminos que fue condicionó y posibilitó esa libertad creadora.
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Der Blaue Reiter es el nombre de un cuadro de Kandinsky, de 1903, y el nombre también de un Almanaque que aparecería en mayo de 1912, aunque se venía preparando desde abril del año anterior. En este Almanaque, verdadero manifiesto del grupo, había ilustraciones de Pechstein, Kubin, Le Fauconnier y un personaje crucial para el movimiento, el músico Arnold Schöenberg. La música es el arte por excelencia y el modelo para los artistas de El Jinete Azul; también en ese sentido ellos se sienten herederos de una tradición profundamente alemana, que arrancaba del Romanticismo. La afinidad entre música y pintura para Kandinsky "es el punto de partida de la vía por la que la pintura, con ayuda de sus propios medios, se irá desarrollando hasta llegar a ser arte en sentido abstracto". Paradójicamente la más abstracta de las artes resulta para ellos la más apegada a la realidad. Los artistas habían luchado durante siglos por dar a la pintura un estatus semejante al de la arquitectura o la poesía; ahora ellos quieren hacer de la pintura y la literatura artes semejantes a la música, llevar a la pintura las leyes que rigen a ésta, aplicar una base común a las artes, buscando la obra de arte total. Schöenberg publicó un texto en el Almanaque, en el que explicaba cómo cada arte debe expresarse por sí misma, pero responder a esa base común.Al Almanaque se unió en 1912 otra publicación importante, el libro de Kandinsky "De lo espiritual en el arte", con lo cual este año fue crucial para los muniqueses. El libro, que tuvo varias reediciones y traducciones en el mismo año, planteaba la figura del artista como profeta y daba al arte un papel primordial, el de responsable de la revolución espiritual.La apertura del grupo no sólo incluía contactos con los franceses o la vanguardia rusa, implicaba también una absoluta libertad a la hora de pintar. No se puede hablar de un estilo propio de El Jinete Azul, porque no hay tal. Como decía Kandinsky, el problema de la forma no existe, porque el arte es ante todo una cuestión espiritual y, por tanto, la renovación no puede venir por el camino de la forma. Cada uno siguió un rumbo independiente, incluso antes de la disolución del grupo, aunque compartían ideas. Por ejemplo, en polémica con los impresionistas -punto mítico y referencia obligada siempre-, marcaron sus diferencias. En 1912 escribía Marc en la revista "PAN", como respuesta a la pregunta de quiénes se consideraban más próximos al corazón de la naturaleza, los impresionistas o los jóvenes de hoy: "Nosotros en nuestros cuadros creemos acercarnos al corazón de la naturaleza... No buscarnos y pintamos este lado interior, espiritual de la naturaleza por humor o por placer, sino porque lo vemos del mismo modo que antes se veían las sombras violetas y el éter en todas las cosas. El porqué, tanto para ellos (los impresionistas) como para nosotros, no lo podernos determinar. Es cuestión de la época".
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La historia de las ciudades jónicas de Asia Menor representa un variado mosaico donde cada una sigue una trayectoria diferente. Las tiranías y las monarquías dinásticas tradicionales se alternan en el plano político, lo mismo que algunas ciudades se integran activamente en el proceso colonizador, mientras que otras se limitan a garantizar el control de los territorios agrícolas del entorno. Las relaciones con los lidios han sido igualmente variadas y, a partir de la toma de Sardes, la capital lidia, por los persas, se orientan en sentido contrario a ellos. Las divergencias se producen también en el interior de las ciudades, pues Tales de Mileto fue el promotor de un movimiento de resistencia concentrado en el Panjonion, el santuario que pretendía erigirse en centro de cohesión de toda la etnia jónica, mientras que los gobernantes de la misma ciudad de Mileto se inclinan al acuerdo con los persas. En otras ciudades, la unanimidad fue mayor y los foceos aprovechan sus anteriores contactos con el Mediterráneo occidental para acudir a fundar nuevos asentamientos, mientras los de Teos emprendían la expedición a Abdera, en la costa norte del mar Egeo. El sistema persa de intervención era igualmente tributario, apoyado normalmente en tiranos sostenidos por ellos, que garantizaban el control de la costa y los estrechos para emprender nuevas campañas. Al mismo tiempo algunas ciudades, como Atenas, vieron favorecida su intervención en las costas asiáticas, posiblemente a través de la colaboración familiar de algún genos como el de los Alcmeónidas.
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Durante la Edad moderna, las tensiones y conflictos provocaron el desplazamiento de numerosos judíos a Europa oriental, en busca de una situación menos precaria. No obstante, la persecución y presión hacia los judíos fue en aumento prácticamente en todas partes. Una de las respuestas del judaísmo fue refugiarse en el misticismo y la especulación mesiánica, buscando una salida y una esperanza a una situación desesperada en el mundo terrenal. En este contexto hay que situar el surgimiento de algunos falsos mesías, siendo el más famoso el turco Shabbetai Zvi de Esmirna (1626-76). La Ilustración, con su descomunal esfuerzo por imponer la razón sobre la fe y las creencias, produjo un fuerte impacto tanto en el mundo judío como en el cristiano. Por vez primera les fue concedido a los judíos en muchos países el acceso a una igualdad de derechos civiles. En este proceso de emancipación tuvo un gran papel el propio proceso de apertura que experimentó el mundo judío gracias, especialmente, a la labor del filósofo Mendelsohn. Éste se dio cuenta de que la tradicional persecución que sufrían el judaísmo y los judíos debería ser combatida desde el aperturismo de la propia comunidad hebrea, superando la visión cerrada, de ghetto que, decía, no viene sólo impuesta desde fuera, sino también desde dentro. Mendelsohn tradujo el Pentateuco al alemán y le añadió un comentario y una puesta al día. La traducción al alemán tenía una repercusión de hondo calado: suponía romper con el yiddish, la jerga propia de los judíos centroeuropeos, un factor de apartamiento. Además, el comentario hebreo suponía llevar a las masas una visión más moderna de los escritos antiguos. Por último, Mendelsohn trató de poner en armonía el judaísmo con el nuevo papel otorgado a la razón. En la práctica, las ideas de Mendelsohn se plasmaron en el uso del alemán en vez del yiddish en las escuelas, así como en la entrada en éstas de disciplinas profanas. Otro gran acontecimiento que jugó en favor de la emancipación judía fue la Revolución Francesa, con su defensa de los derechos humanos y el deseo de renovación y alejamiento de las cerradas estructuras medievales y de la Edad Moderna. Hijo de la Revolución, Napoleón impuso en todos los países conquistados la condición de la libertad judía, lo que convertía en una realidad jurídica el ideal expresado por la Ilustración. Sin embargo, el camino distaba mucho de estar exento de dificultades, tanto dentro como fuera del mundo judío. La emancipación produjo en el seno del judaísmo una fuerte escisión interna, surgiendo el movimiento liberal, el movimiento reformado y la ortodoxia. Tampoco fueron menores los problemas que generó la nueva situación en el resto de la población no judía y en sus gobierno. El auge de los nacionalismos, con su defensa generalmente acrítica de las "esencias nacionales", la búsqueda de la uniformidad y el consiguiente rechazo a los elementos extraños a su propia tradición histórica hacen que lo judío sea visto con recelo y animadversión. El nuevo papel otorgado a los judíos despreciado por el grueso de las poblaciones, especialmente sus progresos en materia económica, política o cultural. De alguna forma la emancipación judía, como reconocería el mismo Theodor Herzl, había traído consigo un nuevo antisemitismo, de fondo social o nacional. El antisemitismo, el odio hacia todo lo judío, comienza incluso a ser justificado con argumentos presuntamente científicos, utilizando la biología. Wilhelm Marr, creador del concepto, un agitador político alemán, redefinió el sentimiento de odio hacia los judíos en términos raciales, ya no sólo religiosos. Gobineau postulaba que los judíos eran miembros de una raza inferior, posición similar a la defendida por Dühring. Desgraciadamente, los escritos de filósofos, científicos y pensadores son el reflejo de un sentir general, su punta de lanza. Frente a estas posturas el mundo judío encuentra respuesta en la búsqueda de las esencias, afirmándose en el nacionalismo. Herzl, Pinsker o Hess opinan que el problema judío es un problema como nación, defendiendo la creación de un centro nacional judío Pinsker postula que los judíos deben tener su propio territorio, no necesariamente en Palestina, proponiendo países o regiones como Turquía o América. Al movimiento nacionalista judío que defiende la creación de un estado hebreo lo bautiza Natán Birnbaum con el nombre de sionismo, pues pretendía la reconstrucción del futuro estado judío en Sión, es decir, el monte santo de Jerusalén. Entretanto, el nuevo antisemitismo basado en las ideas raciales tiene su máxima y más desgraciada expresión en la Europa de la primera mitad del siglo XX y, más concretamente, en la Alemania nazi. El régimen de terror instaurado por Hitler (1933-45) y sus numerosos seguidores fue el responsable de una tragedia sin precedentes en la Historia de la Humanidad, por su carácter programado y calculado. Durante el llamado Holocausto (1941-45), nombre dado al exterminio masivo, indiscriminado y sistemático de la población judía llevado a cabo en la Alemania nazi, fueron asesinados dos tercios de los judíos europeos, es decir, una tercera parte de la población judía mundial. En 1945 sin duda la cuestión judía había llegado a su punto álgido. La aspiración a poseer un patria judía ya había venido cristalizando desde hacía tiempo. Los dirigentes sionistas ya habían venido actuando desde primeros del siglo XX en un doble sentido: por un lado, favoreciendo una emigración masiva a Palestina; por otro, presionando en medios diplomáticos para ganarse el favor de la comunidad de naciones. En este sentido, el mayor éxito se consiguió con la llamada declaración Balfour, en la que el secretario de estado Británico de Asuntos Exteriores, Balfour, propugnaba el establecimiento (1917) en Palestina del pueblo judío. Los esfuerzos sionistas de crear un estado judío en Palestina contaron desde el principio con la oposición de los países árabes y, en menor medida, dada su debilidad, de Turquía, de hecho potencia dominante de la Palestina en aquel momento. Por el contrario, Gran Bretaña, desde su asentamiento como potencia mandataria en Palestina, favorecerá la llegada de emigrantes si bien más tarde, constatando la oposición árabe y jugando en beneficio propio, pondrá numerosas trabas al establecimiento de judíos en Palestina. El asentamiento hebreo en Palestina provocará desde el primer momento la reacción contraria de los países árabes. Las relaciones entre las dos comunidades religiosas serán de total enfrentamiento, en especial en los momentos puntuales en que la llegada de nuevos emigrantes judíos es mayor. La conflictividad de la zona dará lugar a la creación de una comisión especial de Naciones Unidas para estudiar una solución. Esta comisión dictaminará, el 29 de noviembre de 1947, la partición de Palestina y la creación de un estado judío al lado de otro árabe. Finalmente, el 14 de mayo de 1948, Ben Gurión, en nombre del Consejo Nacional judío, proclamará la creación del estado de Israel, el mismo día en que el comisario británico abandonaba Haifa. Apenas unas horas después, tropas árabes invadían Palestina, dando comienzo la primera guerra árabe-israelí. La solución al problema judío había provocado el surgimiento del problema palestino. A partir de entonces Palestina se convertirá en uno de los mayores focos de tensión del mundo actual, un problema todavía en busca de solución.
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En época medieval, la comunidad judía hispana se hallaba muy repartida. La judería más importante era la de Toledo. En Andalucía destacaban Sevilla, Córdoba y Jaén. En Extremadura, Cáceres, Plasencia y Badajoz. Existía también otro buen número de juderías, aunque de menor importancia, como las de Gerona, Barcelona, Zaragoza, Pamplona o Burgos. Por último, en Baleares, la judería de Mallorca alcanzó gran esplendor en el siglo XIV. Las relaciones entre los cristianos y los judíos de Castilla habían sido, en el transcurso de los siglos XI al XIII, en lo esencial pacíficas. Pero, en la siguiente centuria, las dificultades económicas contribuyeron a hacer de los judíos un chivo expiatorio de todos los males. También influyó la propaganda demagógica de Enrique de Trastámara, quien, atacando a los judíos, quiso ganarse el favor de la población castellana en su guerra contra Pedro I. En consecuencia, entre 1348 y 1350 se produjeron disturbios antijudíos en ciudades como Jaca, Solsona, Gerona, Barcelona o Valencia. Pero el punto culminante de ese proceso fueron los violentos ataques a los judíos de Sevilla, acaecidos en junio de 1391. La violencia contra los hebreos se propagó rápidamente por otras localidades: Córdoba, Andújar, Montoro, Jaén, etc. Continuó después la onda expansiva hacia el norte, produciéndose asesinatos en Madrid, Toledo, Segovia, Sepúlveda o Burgos. En la Corona de Aragón, sufrieron matanzas de judíos las aljamas de Lérida, Gerona, Barcelona, Valencia o Palma. El clima de persecución hizo que muchos judíos abandonaran la Península, dirigiéndose al norte de Africa. Este proceso fue completado durante el reinado de los Reyes Católicos, cuando en 1492 se produjo su expulsión definitiva.
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Desde la constitución de Caracalla del año 212 los judíos eran considerados ciudadanos romanos y este mismo criterio siguió siendo válido para épocas posteriores. Se encontraban perfectamente integrados dentro de la sociedad, pues nada de lo externo los diferenciaba de los otros habitantes del reino, hispanorromanos o visigodos, salvo el hecho de que pertenecían a una religión distinta y que sus mismos usos religiosos los hacían aparecer distintos. Del mismo modo tampoco constituían ni una raza ni una clase social específica. Como los cristianos, los judíos desempeñaban una variada gama de profesiones y actividades. Por supuesto existían judíos ricos, propietarios de tierras en las que trabajaban otros judíos o cristianos, como se deduce de las disposiciones de Egica del año 693 sobre expropiaciones a los que no se convirtieran. Pero también eran numerosos los pobres, así como los que ocupaban las escalas medias en el conjunto social. No aceptar este hecho supone negar una realidad y al mismo tiempo distorsionarla. No parece tampoco que pueda hablarse de una hostilidad generalizada y en bloque de las clases populares hacia los judíos, incluso en las épocas de mayor presión legal; ni, por otra parte, de la existencia de un judaísmo profundamente cerrado o aislado, susceptible de crear en la sociedad de su tiempo un sentimiento de rechazo o repulsa. Serían las leyes que intentaban frenar los contactos entre los diversos grupos, judíos y conversos o judíos y cristianos, las que con el tiempo crearían un abismo cada vez mayor en las relaciones entre ambos. Los judíos de este período que nos ocupa, a diferencia de otros momentos, se mostraron muy activos en su proselitismo, lo que se manifestaba claramente en el temor que su actividad provocaba en los altos representantes de la Iglesia visigoda. Dicho proselitismo encontraba una vía natural de expansión en los cónyuges, en caso de los matrimonios mixtos, y en los esclavos. Las sanciones que en un primer momento fueron dictadas contra los autores de circuncisión se hicieron extensivas con el tiempo a todos los circuncidados con el fin expreso de disuadir a todos los que pudieran sentirse atraídos por el judaísmo, pese a las mejoras que su nuevo estado les pudiera reportar. Sólo en aquellos momentos en los que la represión fue más dura llegó a prohibirse incluso la circuncisión de los hijos de los propios judíos. Se les permitió, salvo en ciertos momentos, el ejercicio del culto en las sinagogas -cuya documentación arqueológica es muy vaga-, aunque ya en el Breviario de Alarico se limitaba la construcción de nuevas edificaciones o incluso la reparación y restauración de las antiguas. En este sentido se expresaba el rey Egica en el preámbulo del XVI Concilio de Toledo al señalar que de nada había servido que a los judíos se les hubieran prohibido e incluso destruido sus sinagogas, cuando las iglesias cristianas se hallaban en peor estado. Las oscilaciones políticas del momento regulaban una mayor o menor libertad de culto, tanto en lo referente a actos en las sinagogas como a manifestaciones externas de sus fiestas religiosas. Un ejemplo de ello lo encontramos en el canon 9 del Concilio de Narbona del año 589, donde se prohibió explícitamente a los judíos que enterraran a sus difuntos entonando salmos. Es erróneo pensar que los judíos aparecían ligados sólo a cuestiones de dinero o al comercio, aunque sí es cierto que una buena parte de ellos se dedicaba a las actividades comerciales. Sin embargo, al no existir monopolio por su parte, ni siquiera del comercio de esclavos, debe considerárseles como un elemento más de entre los que se dedicaban a dicha actividad. Es decir, las medidas encaminadas a eliminar a los judíos del comercio no debe entenderse como un medio de suprimir un monopolio para pasarlo a otras manos y hacerse con el control efectivo, sino, en todo caso, para asestarles un golpe en el aspecto de la actividad que más les pudiera afectar y en el que se encontraran más implicados. No hay datos en esta época que hagan referencia a usura ni siquiera a préstamos de interés razonable. García Iglesias comenta con acierto que, dado el espíritu antijudío que alimentaba los concilios visigodos -según ya ha quedado expuesto-, si se hubiera planteado el problema de la usura, los asistentes a los mismos no habrían dejado de hacerlo notar.
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Los judíos eran una minoría importante, especialmente numerosa en las principales capitales de la Corona. Dedicados a actividades financieras (acreedores), científicas (médicos), comerciales (mercaderes) e industriales (sastres, tejedores, argenteros, etc.), ocuparon también cargos en la administración real hasta que las Cortes de 1283 dictaron leyes restrictivas que les alejaban de la función pública. En el siglo XIV, cuando el inicio de las dificultades económicas se tradujo en desajustes entre los ingresos y los gastos de la monarquía, los reyes, cuya jurisdicción se extendía sobre los judíos, les sometieron a fuerte tributación, pero no fueron capaces de evitar la violencia antisemita. Cuando las epidemias y hambres y las sacudidas de los precios alteraron gravemente la vida ciudadana, los judíos, hasta entonces una minoría respetada, se convirtieron en un grupo odiado por su supuesta riqueza (aunque para muchas juderías o aljamas ya había comenzado entonces el declive económico) y en una víctima propiciatoria del malestar general. En 1348, coincidiendo con los estragos de la Peste Negra, ya hubo algunas algaradas contra los judíos, y después, en plena guerra de los Dos Pedros (1356-69), mercenarios franceses cometieron desmanes en aljamas aragonesas, pero fue en 1391 cuando estalló con toda su violencia el odio antisemita: la mecha prendió el 6 de junio en Sevilla y rápidamente se propagó por toda la Península (Córdoba, Ubeda, Baeza, Jaén, Cuenca, Toledo, Madrid), afectando de lleno a la Corona de Aragón: hubo asaltos, saqueos y asesinatos en las juderías de Valencia, Mallorca, Gerona, Barcelona, Cervera, Lérida, etc. Para las juderías de la Corona, excepto las de Zaragoza y Calatayud que no registraron incidentes y recibieron a familias hebreas ricas, perseguidas en otras ciudades, fue un golpe mortal: pérdidas económicas, culturales y religiosas (conversiones en masa, emigraciones). Durante el siglo XV la atmósfera social se tornó asfixiante para los resistentes: las autoridades dictaron leyes antijudías (Fernando I introdujo el ordenamiento de Valladolid de 1413 que obligaba a la expurgación de los libros hebreos y forzaba a los judíos a acudir a predicaciones cristianas); el papa Benedicto XIII organizó en Tortosa una vejatoria disputa cristiano-judía (1413-1414), que hubo de concluir con la claudicación de los rabinos participantes y la consiguiente legitimación de las medidas antijudías; este mismo pontífice promulgó una bula que renovaba viejas medidas segregacionistas (uso de distintivos, separación en barrios), y el dominico valenciano Vicente Ferrer, con sus encendidos sermones proselitistas, contribuyó a avivar el antisemitismo. A finales del siglo XV, la antigua minoría judía se había dividido en conversos sinceros, falsos conversos y resistentes, que serían expulsados en 1492. Mientras todo esto sucedía en la mayor parte de la Corona, en Zaragoza un buen número de familias conversas (Cavallería, Santángel, Bardaxí) se convertían en los representantes más activos del capitalismo comercial del reino de Aragón (E. Sarasa, J. A. Sesma).
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Los Jueces Integros son uno de los grupos que vienen a adorar al Cordero Místico desde los laterales del registro inferior del Políptico de Gante. Los Jueces son el grupo más exterior a la izquierda, y junto a ellos se encuentran los Caballeros de Cristo.El panel que vemos hoy día no es, sin embargo, la pintura original que fue robada en 1934. La tabla que la sustituye es una copia fidedigna que se encargó a un pintor belga, que sin embargo no pudo reprimirse a la hora de modificar los rasgos de uno de los jueces para que se pareciera al entonces rey de Bélgica, Leopoldo II. Precisamente en esta tabla se han querido identificar todo tipo de retratos, siendo la única que no es original, como los autorretratos de Jan y Hubert van Eyck, o los de sus patronos Juan sin Miedo o Felipe el Bueno, etc.