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Henri Frankfort declaraba que las regiones del entorno mesopotámico carecieron de un elemento esencial para el desarrollo del arte: la continuidad. Por esa razón, el viejo maestro británico concluía la imposibilidad de construir una historia del arte de la región de Anatolia. A decir verdad, los manuales sobre el pasado anatólico suelen organizarse en períodos cerrados por crisis violentas y resolutivas. Pero esto, sin dejar de ser cierto, tampoco es toda la verdad. Porque en Anatolia, como en otras regiones, el espíritu de sus pueblos, el fondo de sus creencias, el sentimiento de su propio paisaje y la masa callada de su población -salvo en momentos muy contados-, supo resistir todos los avatares y adaptarse a las condiciones más diversas. Y así, a mediados de los años treinta de nuestro siglo, cuando los arqueólogos turcos descubrieron las famosas tumbas de los reyes de Alaca, encontraron en ellas un sutil hilo de Ariadna. La voz de un pasado vivo en un presente que anunciaba el futuro. Johann Joachim Winckelmann escribió que "el arte brotó del mismo modo en todos los pueblos que lo cultivaban, y nada hay que nos induzca a creer que tuviese una patria especial, ya que cada pueblo encontró en sí mismo la semilla necesaria". También la meseta de Anatolia, sus montañas y sus costas, sus pasos, sus ríos y sus bosques sirvieron de patria a una forma de arte. Los rasgos dominantes del relieve de Anatolia son la montaña y la alta meseta, elementos esenciales en esa península del Asia que, bañada por cuatro mares, el Mediterráneo, el Egeo, el Mármara y el Negro, se ancla con las cordilleras que la vertebran en el corazón del Cáucaso. Los primeros viajeros europeos quedaron impresionados por lo agreste de sus alturas y lo frío de su clima invernal. Ruy González de Clavijo, miembro de la embajada de Enrique III de Castilla a Tamerlán, recordaría que los diplomáticos castellanos al dejar la orilla en Trebisonda y adentrarse en la cordillera póntica, "anduvieron un fuerte camino de montañas muy altas de muchas nieves y de aguas muchas". Pero además de aquellas elevadas montañas que imponían raros y siempre repetidos pasos, de costas poco marineras -salvo en el Egeo- y de ríos parcamente caudalosos, Anatolia contaba con muchos recursos que, desde los orígenes -como con la inagotable disponibilidad de piedra y madera para la construcción-, marcaron los rasgos de su cultura y, a la vez, la convirtieron en una fuente de materias primas ávidamente buscadas en sus comarcas por pueblos lejanos. El paisaje actual de la península, su clima y el carácter de sus tierras y sus productos podría en gran medida trasponerse a la antigüedad. Porque con excepción de una mayor sequedad, la pérdida de una superficie arbórea más rica y la existencia de los actuales problemas de erosión, Anatolia permanece en cierto modo semejante al pasado. Y así, el monte mediterráneo de las regiones del oeste, con las ricas tierras de la costa egea, siempre abiertas y pobladas. O la meseta central, corazón histórico de Anatolia y hogar de "hattis", hititas, frigios o turcos, tierras de cereales y ganados rodeadas por los poderosos montes de Ponto al norte -poblados de espeso arbolado y abundantes yacimientos de cobre-, las grandes montañas del este cubiertas de coníferas, con sus severos inviernos y su riqueza minera y el Tauro al Sur, con sus bosques, sus pasos y sus rocas cubriendo la espalda de una franja costera meridional, siempre bien cultivada aunque pobre en puertos. El duro clima invernal del Este y sus largos meses de copiosas nevadas cerraban los pasos y los caminos que llevaban de la alta Yazira hasta la meseta Anatólica. Pero con el deshielo, las rutas del comercio volvían a abrirse, un comercio que desde los lejanos tiempos de la remota obsidiana calcolítica anatólica hasta hoy, ha permanecido incesante y fluido a lo largo de los siglos. Los montes y las estepas acogieron también una fauna salvaje y variada que sació el hambre y la pasión cazadora de los primeros habitantes. Osos, gacelas, zorros, lobos y el ciervo, sobre todo el ciervo, alimentaron un mundo de creencias que se mantuvo -como el hilo continuo que añoraba H. Frankfort- en el alma de las gentes de Anatolia. A unos 30 kilómetros al noroeste de Antalya, en las grutas de Karain, los tempranos cazadores paleolíticos allí refugiados comenzaron a aprovechar los recursos del valle que se abría ante sus cuevas. El prehistoriador K. Kökten ha podido ir descubriendo en sus profundas estratigrafías los primeros ejemplos de un arte en hueso y piedra, todavía elemental y balbuciente pero no exento de belleza, traducida en objetos útiles como hachas, raspadores y adornos diversos que sin el peculiar atractivo de los hallados en Karain, encontramos también en otros lugares de la península, tales como Yarimburgaz y muchos más. Los errantes cazadores paleolíticos irían abandonando las cavernas de Anatolia y, en la búsqueda inconsciente del control simultáneo sobre varios ecotopos -como propone H. J. Nissen en su modelo de sedentarización-, comenzarían a establecer los primeros campamentos semiestables y, por fin, las primeras aldeas. Una de éstas, acaso una de las más tempranas -datada en torno al 7250 a. C.- fue descubierta por H. Cambel y R. J. Braidwood a mediados de los años sesenta. En Cayönü Tepesi, un suave tell localizado a unos cinco kilómetros al suroeste de Ergani, en la orilla izquierda de un pequeño afluente del Tigris, los estudiosos hallaron los restos de una aldea de agricultores primerizos que, si bien apenas dominaban el cultivo del trigo, conocían en cambio los secretos de la domesticación del perro, las cabras, los cerdos, las ovejas y, sobre todo, sabían de las propiedades del cobre nativo. Aunque ignoraban los principios de la siderurgia, las gentes de Cayönü Tepesi se hicieron alfileres, anzuelos y escariadores en cobre trabajándolo por raspado y martilleo. Y si desconocían todavía la cerámica, sus recipientes de piedra con incisiones, los pavimentos de lajas alisadas y cuidadosamente ajustadas de un edificio singular, los instrumentos en sílex y obsidiana y las figuritas femeninas de barro sin cocer -cuyas proporciones anuncian a las célebres de Hacilar-, nos preludian ya un temprano sentido estético y una atracción inequívoca por la forma.
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La muerte de Justo en 1943 cambió la correlación de fuerzas en el ejército. Los sectores liberales y profesionales fueron desplazados por oficiales nacionalistas (algunos de influencias fascistas), nucleados en torno al GOU (Grupo de Oficiales Unidos), un grupo secreto en el que comenzó a destacar el coronel Juan Domingo Perón. El 4 de junio de 1943, el ejército dio un nuevo golpe que acabó definitivamente con el régimen conservador y el ministro de Guerra de Castillo, el general Pedro Pablo Ramírez, ocupó la presidencia. Se inició un período dictatorial, de signo derechista y nacionalista, que aumentó la represión policial contra el movimiento obrero y los partidos de izquierda. Al poco tiempo Ramírez fue reemplazado por otro general, Edelmiro Farrell, cuyo gobierno marcó el ascenso de Perón, primero a la secretaría de Trabajo y Previsión y luego, sin dejar su cargo, al ministerio de Guerra. Posteriormente sería elegido vicepresidente por una asamblea militar. Su control del ejército y de la fuerza obrera le permitieron influir en el gabinete y reorientar la política del gobierno. Perón utilizó su cargo en la secretaría de Trabajo para ganarse el favor sindical y el de una clase obrera en transformación, para lo cual aplicó sistemáticamente viejas leyes que favorecían a los trabajadores. Las mismas habían sido aprobadas en el Congreso a instancias de los diputados socialistas, como Alfredo Palacios o Juan B. Justo, pero se habían quedado en el olvido. La transformación de la clase obrera respondía a la industrialización y a las migraciones internas que despoblaban el interior en beneficio de las principales ciudades: Buenos Aires, Córdoba y Rosario. Los orígenes sociales del peronismo han preocupado a los estudiosos. Se ha argumentado su vinculación con un nuevo proletariado, de origen argentino, en contraposición al viejo, formado básicamente por inmigrantes. El nuevo proletariado surgía de las migraciones internas y de los hijos de los inmigrantes llegados entre 1880 y 1930. Hoy sabemos que esto no ha sido así, y que la rama obrera del peronismo surgió de la unión entre la vieja y la nueva clase obrera. Pese a apoyar la industrialización, Perón no tuvo ni antes ni después de las elecciones de 1946 el total apoyo de la patronal, dado el sesgo obrerista de su política. Al igual que Vargas en Brasil, pretendía otorgar algunas concesiones a los trabajadores con el fin de evitar un estallido revolucionario y optar por el mal menor, pero tanto en un caso como en el otro la postura de los patronos era más recalcitrante que la de los políticos. Las manifestaciones pro-fascistas de Perón, expresadas desde su viaje a Italia y en los cargos políticos que ocupó, le valieron la oposición de socialistas y comunistas y la de la mayoría de los radicales y de los sectores medios urbanos. La neutralidad en la Segunda Guerra y la postura favorable al Eje eran el telón de fondo que influía en esta toma de posiciones. La misma cuestión afectó al embajador de los Estados Unidos, Spruille Braden, alineado con los enemigos de Perón. El tono del enfrentamiento polarizó la lucha política y dividió a la sociedad en dos partes casi iguales. Una de sus consecuencias fue la movilización de masas del 17 de octubre de 1945 que exigía la liberación de Perón, encarcelado ante su irresistible ascenso. En este contexto se produjo el nacimiento de uno de los mayores movimientos de masas latinoamericanos: el peronismo. El apoyo del movimiento obrero organizado, el carisma de Perón y su particular estilo de hacer política fueron vitales en su ascendente carrera política. Durante la campaña electoral empleó hábilmente la consigna Braden o Perón, acusando al embajador de inmiscuirse en los asuntos argentinos y apelando a la conciencia nacionalista. Desde su antiimperialismo señaló que todo aquél que no estaba con Perón estaba a favor de los Estados Unidos y contra la Patria; la exclusión se impuso y la polarización se agudizó. Su triunfo electoral se debió a una alianza heterogénea de grupos y sectores políticos integrada por una parte del movimiento obrero y antiguos sindicalistas anarquistas y socialistas, organizados en torno al Partido Laborista, bajo cuyas siglas Perón presentó su candidatura. Hay que sumar dos grupos radicales (el Frente de Orientación Radical de la Joven Argentina -FORJA- y la Unión Cívica Radical junta de Reorganización -UCRJR-), ciertos sectores del nacionalismo y una fracción considerable del Partido Conservador de la Provincia de Buenos Aires. También fue bastante importante el apoyo de dos de las mayores corporaciones argentinas: el ejército y la Iglesia (los partidos más laicos estaban en la oposición). Perón ganó las elecciones de 1946 con una reducida victoria frente a la coalición opositora, la Unión Democrática, un agrupamiento de radicales, demócratas progresistas, socialistas, comunistas y otros partidos menores, que tenían el apoyo de importantes sectores de las clases medias y altas, dado el odio visceral que sentían por Perón y lo que representaba. Perón obtuvo el control del Parlamento, lo que le permitió profundizar su política sin el temor de enfrentarse a un Congreso hostil.
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Cada una de las etapas en las que se subdivide el Paleolítico está compuesta por un número variable de industrias o complejos industriales que son las verdaderas unidades sobre las que se efectúan las reconstrucciones culturales. Estas industrias son asociaciones recurrentes de instrumentos que tienen un significado espacial y cronológico lo suficientemente definido como para poder identificarlos con grandes tradiciones culturales. El estudio del utillaje de las poblaciones paleolíticas tiene por tanto un valor especial, puesto que la tecnología es en definitiva el sistema a través del cual el hombre se relaciona con el medio y frecuentemente estos artefactos son los únicos testimonios que atestiguan sus pasadas actividades. Los materiales que el hombre paleolítico utilizó para manufacturar sus herramientas de piedra son relativamente variados y pertenecen a un conjunto de rocas y minerales que presentan ciertas propiedades ventajosas: son duros, tenaces, relativamente frágiles y presentan fractura concoidea. Normalmente se trata de variedades silíceas (sílex o pedernal, calcedonias, jaspes, cuarzo, cuarcita, basalto, obsidiana...) que resultan muy abundantes en todas las regiones del planeta, sobre todo bajo la forma de cantos rodados en los aluviones de los ríos, pero en zonas donde estas rocas no eran accesibles se talló incluso la caliza. Una vez obtenidos los nódulos de materias primas, eran trabajados posteriormente mediante talla por percusión directa, por percusión indirecta (con un cincel) o por presión, obteniéndose de este modo una serie de productos de talla (lascas u hojas, según sus dimensiones) que podían utilizarse en bruto, gracias a sus filos cortantes, o bien podían ser transformados, mediante retoques en los bordes, en instrumentos más elaborados. El nódulo así explotado se denomina núcleo y se caracteriza a nivel morfológico por los negativos de las extracciones que ha sufrido. A la estrategia que los artesanos prehistóricos siguieron en la talla de los núcleos se la denomina cadena tecnológica y es uno de los criterios que tiene mayor contenido cultural dentro del estudio del Paleolítico, puesto que se trata de una serie de pautas que necesitan ser aprendidas mediante una enseñanza especializada. La transformación de estos elementos tecnológicos en utensilios de morfologías distintas proporciona otro criterio de diferenciación cultural. Estas variedades formales (tipos líticos) se estudian a nivel descriptivo mediante Tipologías, que son las que permiten comparar las frecuencias con las que aparece cada instrumento en las diferentes industrias. Un aspecto más complejo es determinar la función de cada tipo, ya que muchos de ellos, sobre todo en las fases más arcaicas del Paleolítico, servían para varios propósitos a la vez. Sólo en el Paleolítico Superior parece existir una progresiva especialización en las tareas a las que se destina cada útil, lo que lleva aparejada una amplia diversificación en su tipología.
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Una de las características más destacables del arte vasco, que podemos observar en esta obra de Ramón de Zubiaurre, es el carácter épico. Una épica que posee una fuerte carga literaria e ideológica, que no se manifiesta tanto en los rasgos plásticos como en la temática y retórica iconográfica.
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En el plano de las estructuras económicas, la Edad Moderna se caracteriza por el tránsito del feudalismo al capitalismo. La evolución de uno a otro sistema fue desigual, progresiva y a menudo incompleta. La Europa feudal agraria convivió con la Europa capitalista y en los países centro-orientales del Continente el feudalismo incluso se recrudeció. El capitalismo moderno se caracteriza por ser un sistema económico en el que se verifica una separación entre capital y trabajo. Los medios de producción son apropiados por una clase capitalista, mientras los trabajadores sólo disponen de su fuerza de trabajo, convertida en mercancía. Las relaciones de producción se basan en el trabajo asalariado jurídicamente libre. Este sistema se diferencia sustancialmente del feudal, en el que la apropiación de la plusvalía del trabajo campesino por los señores de la tierra se hallaba jurídicamente reforzada por lazos de dependencia personal. En la historia del capitalismo clásico pueden distinguirse dos grandes etapas: la del capitalismo mercantil o inicial y la del capitalismo industrial. La Edad Moderna viene prácticamente a coincidir con la primera de ellas. En la jerarquía de las esferas económicas, dentro del capitalismo mercantil la primacía le correspondía a la circulación y no a la producción. No fue el capital manufacturero sino el capital comercial el que marcó la faz económica de la época y le dio esa dinámica que superaba todo límite (P. Kriedte). En efecto, el capitalismo inicial se caracterizó por constituir una economía monetaria, en la que los intercambios jugaban un papel primordial. Ello lo alejaba del modelo feudal, de base exclusivamente agraria, tipo de economía basado en la autosuficiencia y en el que el comercio jugaba un papel muy limitado. Según algunos autores, en el plano social y mental el capitalismo vendría también caracterizado por la aparición de una clase social capitalista, la burguesía, que aplicaría actitudes y técnicas de racionalización al afán sin límites de ganancias. El capitalismo estaría así definido por la existencia de un espíritu capitalista (W. Sombart, M. Weber). La transición del feudalismo al capitalismo constituye uno de esos grandes temas que han centrado amplias polémicas historiográficas. Algunos autores, influidos por la obra de H. Pirenne, han visto en el comercio un poderoso disolvente de las relaciones feudales, al potenciar la economía monetaria y el mundo urbano sobre el rural (P. Sweezy). Otros, en cambio, han minimizado el impacto del gran comercio medieval sobre la economía feudal, reduciéndolo a una actividad que buscaba exclusivamente satisfacer la demanda de productos de lujo de las clases aristocráticas, sin influir apenas sobre la organización económica. Para estos últimos, la transición del feudalismo al capitalismo vino determinada por las propias contradicciones internas del sistema feudal, es decir, por la lucha de clases entre campesinos y propietarios feudales, agudizada a partir de la crisis del siglo XIV (M. Dobb, R. Hilton). En cualquier caso, el papel de los intercambios en la economía europea de comienzos de la Edad Moderna es innegable. Las posibilidades de enriquecimiento que deparaba el comercio impulsó la actividad mercantil, que se fue perfeccionando mediante nuevas técnicas e instrumentos. La necesidad de dinero como medio de pago estimuló, al mismo tiempo, la búsqueda de fuentes de aprovisionamiento de metales preciosos e impulsó el fenómeno de la expansión europea, creador a su vez de la dinámica colonial. El papel del Estado en el proceso fue esencial. Capitalismo y Estado moderno constituyeron dos realidades en gran medida interdependientes. Las empresas comerciales necesitaban de un poder estabilizador y homogeneizador, que superara la arbitrariedad de la fragmentación feudal. A veces, por su propia envergadura, no era sino la propia Monarquía la única que podía asumir la iniciativa y dirección de tales empresas, como sucedió en el caso del capitalismo de Estado portugués. Sobre la riqueza generada por el comercio y las colonias se levantaba en parte el edificio del Estado, necesitado de grandes recursos económicos y financieros para afirmar su autoridad. El capitalismo comercial dio lugar, por vez primera, a la aparición de una economía-mundo. En ella los papeles quedaron claramente distribuidos. El centro estaba en Europa occidental y, más concretamente, en la zona noroccidental del Continente. Allí, en los Países Bajos, en Inglaterra, se localizaron ya en los siglos XVI y XVII las formas más avanzadas del capitalismo, que desarrollaron las técnicas alumbradas en el norte de Italia en los siglos medievales. África, América y parte de Asia quedaron subordinadas como periferia del orden económico mundial a los intereses del centro europeo, en calidad de colonias. Pero también parte de Europa, la Europa oriental, jugó ese papel periférico, al quedar encargada de la provisión de alimentos y materias primas (cereales, carne, madera) a la Europa occidental. La economía-mundo dio lugar a una división internacional del trabajo. Mientras el centro liberaba recursos para la industria y el comercio y evolucionaba hacia relaciones laborales formalmente libres, en las colonias se explotaba el trabajo indígena o se reclutaba mano de obra esclava. La Europa centrooriental, entre tanto, pagó con un nuevo reforzamiento del feudalismo el puesto que le tocó desempeñar en el nuevo sistema mundial (I. Wallerstein). El capitalismo inicial, por tanto, vehiculó en su provecho sistemas periféricos de economía esclavista y feudal.
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La desbandada de los batallones del Vietminh, perseguidos con todos sus medios por los franceses, destrozó el 30 por 100 de las fuerzas organizadas de Giap, que tardó meses en reorganizarlas. Por otro lado, aquel revés llenó de dudas a los comunistas sobre sus posibilidades en las batallas campales, donde el enemigo siempre tenía una carta en la manga y en las que la aviación podía resultar decisiva. Por lo cual, mientras reorganizaba las unidades regulares, activaba su eficaz lucha guerrillera. Entre tanto, De Lattre, enfermo de cáncer, falleció en 1952. Le sucedieron Salam y, más tarde, Navarre, que no pudieron frenar el incesante acoso de las invisibles guerrillas. En ese período volvió a cambiar el panorama internacional. Se había cerrado la Guerra de Corea con un armisticio y una separación Norte-Sur en el paralelo 38°, prácticamente donde estaban las cosas antes de que comenzara el conflicto. En Estados Unidos había, desde enero de 1953, un nuevo presidente, Eisenhower, Ike, y su secretario de Estado, John Foster Dulles, estaba empeñado a rodear al mundo comunista de un cinturón de seguridad. Respecto a Vietnam, Washington trataría de impedir que cayera en manos comunistas, pues tendría un efecto dominó sobre Laos, Camboya y Thailandia. Por tanto, Eisenhower decidió jugar allí sus cartas, aunque sin intervenir directamente, salvo que lo hiciera China. En 1953, Ike valoraba las consecuencias de la derrota francesa en Vietnam: "... Perderíamos el estaño y el tungsteno de esa región, que tanta importancia tienen para nosotros. Por tanto, cuando aprobamos 400 millones de dólares para esa guerra no estamos pensando en su liquidación, sino que elegimos el medio más barato para evitar algo que sería nefasto para nuestra seguridad, para nuestro poder y para conseguir las materias primas que existen en Indochina". El creciente apoyo norteamericano -que en 1950 cubría el 15 por 100 del coste de la guerra y en 1954, el 82 por 100- insufló nuevas esperanzas en Francia. Cierto que había retrocedido en el control del territorio, pero el Vietminh rehuía los choques frontales. Por eso, cuando París pidió al general Navarre que impidiera el apoyo del Vietminh a los comunistas laosianos, creyó hallar la solución en el valle de Dien Bien Phu, a 350 km de Hanoi y a 30 de la frontera de Laos. Allí podía establecerse una poderosa base que impidiera el refuerzo del Vietminh al Patet Lao y que dispusiera de una potente artillería capaz de destruir cualquier concentración de fuerzas enemigas. Era la misma idea desarrollada con éxito por De Lattre en Vinh Yen.
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Los hechos que se acaban de exponer rápidamente se han expresado, con frecuencia, en tiempo potencial. Muchos se han establecido de forma bastante incierta. Diferentes propuestas se han hecho, como la de Joaquín Vallvé, para situar el desembarco de Tariq en Cartagena y la primera batalla con Rodrigo, no entre Algeciras y Cádiz como se sitúa tradicionalmente, sino en el Campo de Sangonera, en las proximidades de Murcia. Esta hipótesis, que se apoya en referencias textuales efectivamente inquietantes y en coincidencias toponímicas, suscita más problemas de los que resuelve. La presencia de Tariq en Tánger antes de la invasión no parece suscitar dudas como tampoco las suscitan sus relaciones con el conde Don Julián. El desembarco en la zona del Estrecho, la batalla del Barbate, seguida por la toma de Écija, apoyado todo ello por la literatura posterior, parecen ser, con mucho, los hechos más verosímiles. No vemos por qué otra versión de los hechos -verídica mientras ésta sería la falsa- habría estado oculta por la mayor parte de las trasmisiones orales y por el conjunto de fuentes escritas hasta la rectificación propuesta por Vallvé. Una parte de las contradicciones que parecen existir entre algunas fuentes podría quedar resuelta con la hipótesis, formulada por Emilio Molina López, de un desembarco musulmán distinto al de Tariq, efectuado sobre la costa sur-oriental de la Península. No sabemos nada de los eventuales movimientos de la flota que tuvo que traer desde Ifriqiya al importante ejército de Musa y que no habría vuelto a Túnez hasta 100/718-719. Sin embargo, esta sugerencia no hace desaparecer todos los problemas cronológicos y topográficos que suscitan las contradicciones entre los textos. La accidentalidad o intencionalidad de la conquista suscitan, posiblemente, el problema más fundamental. Para algunos autores, la ocupación de la Península se inscribe en el plano reflexivo de la expansión del Islam. Para otros es el resultado de una sucesión de azares históricos. La segunda interpretación, difundida en la historiografía española de la primera mitad de este siglo, se encuentra en retroceso gracias a diversos trabajos. Miquel Barceló aporta argumentos numismáticos en apoyo de la primera hipótesis: monedas de bronce o fulus, con leyendas de yihad (guerra santa) parecen haber sido acuñadas en Tánger antes del 711: "estas series de fulus son, en efecto, una prueba decisivo de que la invasión de Hispania ha sido concebida en términos de yihad y llevada a cabo precisamente para acabar lo que era el objetivo del yihad: organizar una dominación política estable bajo hegemonía del Islam. Que Yulyan (Don Julián) haya fomentado y orientado la expedición decisiva del 92/711, que los hijos de Witiza hayan colaborado en la operación, que Tudmir haya capitulado rápidamente, todo esto son cuestiones que no le quitan el sentido a la victoria del Guadalete". Asimismo, Pedro Chalmeta observa, con razón, que la conquista de la Península sólo se entiende en el contexto de la segunda fase del avance árabe, no sólo deseada sino planificada en todos sus detalles por el califato de Damasco: "no es un hecho aislado sino que se inscribe dentro de una mismo línea política extendida a todo el imperio. No es un milagro ni una casualidad".
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Complemento de todo palacio fue la jardinería, siempre inspirada en la literatura; una de estas fuentes fue el Paraíso prometido a los creyentes nacidos en la seca Arabia, y que el Corán describe como un parque, situado en las alturas, en el que los bienaventurados, en carne y hueso, disfrutarían de comodidades tales como sombra perpetua y orientable a voluntad, temperatura perfecta y estable, incontables árboles con flores y frutas inéditas, aunque se mencionan expresamente lotos, narcisos, azucenas, rosas, arrayanes, palmeras y granados, todo ello regado por cuatro clases de ríos; en estos vergeles y en unos magníficos y altísimos palacios reposarían en bancos y lechos donde serían atendidos por huríes de ojos negros y jóvenes bellos como perlas vestidos de verde. Los primeros jardines se dieron en los palacios del desierto, pues en Qasr al-Hair al-Sarqi se documenta un hair (parque cinegético) de 850 ha, mientras en el palacio de Jericó la mitad de la superficie disponible estaba dedicada a jardín, presidido por un estanque del que emergía un elaborado pabellón. En los palacios abbasíes existieron inmensos jardines y parques, capaces de hacer palidecer al mismísimo Salomón y que fueron descritos en "Las Mil y Una Noches"; algunos de ellos, datados en el segundo tercio del siglo IX, han sido excavados en fechas ya antiguas y tenemos magras descripciones que nos permiten entrever algunos datos de interés: salones de aparato con cúpulas, ligados a grandes patios y explanadas, con fuentes y estanques descomunales y organizaciones de crucero, es decir, con planta en forma de cruz. La literatura nos permite añadir color a estos rasgos: árboles metálicos llenos de pájaros artificiales, diversos géneros de autómatas, espesuras dedicadas a los ruiseñores, amén de frondosa vegetación ordenada y animales de toda especie. En Egipto Ibn Tulun creó un palacio, Al-Maydan, que poseía hipódromo y campo de polo; casi a fines del siglo su hijo construía un jardín, en cuya sección botánica se consiguieron raros injertos y cuyas palmeras metalizó al forrar sus troncos con planchas de cobre, para ocultar las conducciones de unos surtidores; además consta que mandó modelar imágenes recortando arrayanes, construir una gran pajarera y un pabellón dorado en el que se mostraban efigies suyas y de sus mujeres y un estanque de mercurio, donde reposaba en un colchón flotante. En las fincas de recreo de los alrededores de Córdoba existieron importantes jardines, como el que se describe en un texto coetáneo y que fue propiedad de un visir del siglo X: "El hair es uno de los más maravillosos, más hermosos y sin falta lugares de placer. Su patio es de mármol puro; una corriente lo atraviesa, moviéndose como una serpiente. Hay también una alberca donde van a parar todas las aguas. El tejado del pabellón está decorado en oro y azul y en estos colores están decorados los laterales y varias partes. El jardín tiene hileras de árboles simétricamente alineados y las flores sonríen desde los espacios abiertos. El follaje del jardín evita que el sol se asome al terreno, y la brisa soplando día y noche. (... al dueño) le divierte conversar allí y descansar mañana y tarde". Aunque el autor de este texto, el poeta Ibn Subaid, que fue enterrado en este jardín cordobés llamado Hair al-Zayyali, recurrió a tópicos para su descripción, es evidente que tenía un soporte material; este Hair se convirtió en parque público, ya en el siglo XI, por disposición testamentaria de su propietario. En Madinat al-Zahra hay varios jardines, de los cueles el mayor tiene como protagonista el Salón Rico, pues muestra una composición simétrica respecto a su plano axial; delante de aquél, corre una larga terraza cuya parte más cercana está ocupada por una gran alberca cuadrada; a continuación existió un pabellón exento cuya planta reproduce la del Salón. En los costados y trasera de esta pieza aparecen tres albercas rodeadas por la prolongación de los andenes de la terraza, que las abrazan; el contorno de esta serie de paseos está circundado por otra red de andenes y otra de canalillos enlucidos con mortero rojo, para distribuir el agua de las albercas; este jardín remite tanto a Samarra (apertura al paisaje, correspondencia salón/pabellón, reparto en crucero...), como a Siria (apariencia amurallada, pabellón rodeado por albercas...), siendo los edificios y su decoración muy cordobeses. Otro jardín, el de la Casa del Príncipe, tiene planta rectangular, alargada, cuyos extremos edificados son salas muy sencillas, abiertas al jardín mediante tríforas. El tratamiento del patio sigue el plano de simetría que marcan los citados huecos y como en todos los patios de la ciudad existió un andén perimetral, pero dadas las exiguas dimensiones del conjunto el desnivel con la parte terriza casi se eliminó. El protagonismo lo ostenta una alberca cuadrada y profunda, que está abrazada por la prolongación de los andenes. Este sirve de eslabón con otro posteriores, aunque hemos de aguardar más de un siglo para documentar el siguiente ejemplar, ya que los jardines Muluk al-Tawaif nos han llegado sólo textos, y poco de sus formas; así abundan los de los palacios de Tulaitula, mientras los restos materiales aparecen en las alcazabas de Saraqusta y Malaqa, y poco después, en las segundas Taifas, en el palacio murciano del Castillejo de Monteagudo. El segundo capítulo de la historia de los jardines de Al-Andalus es sevillano y almohade. Comenzó en el año 1171 cuando el califa Abu Yaqub Yusuf tomó la siguiente decisión: "En este mismo mes de este mismo año (octubre de 1171) mandó también el Amir al-Murninin construir sus palacios hermosos y felices llamados la Buhayra (La Alberca o Laguna), en las afueras de la puerta de Yahwar de Sevilla (..) y se acabó con el máximo perfeccionamiento y se cercó la construcción por sus cuatro costados con un muro que la defendía y la protegía (..) cuando se acabó la construcción que había fundado, se cuidó de llevar el agua para regar lo que había plantado". Aún se conserva la alberca, una parte del acueducto, un sector de la cerca y una inmensa huerta llamada del Rey y hace ya algunos años que se excavó el palacio; resultó ser un castillito, descrito como sigue por un texto del XVII, que equivocó el promotor: "(...) En la parte principal del estanque, labró el Marqués de Tarifa un cenador alto y bajo donde concurrían los caballeros y las señoras a festejar al Marqués y después a los Duques; y por no haberlo reparado está casi arruinado (..) labró en ella una recreación de piezas altas y bajas con cuatro torres a las cuatro esquinas, sobre un bellísimo estanque que junto a ella hizo (..)". El acueducto surtía los Alcázares de Isbiliyya, donde existen dos jardines, derivados también de ideas cordobesas; el más viejo es el Patio de Contratación, que es de crucero y cuadrado, con los andenes perimetrales estrechos y los que se cruzan en el centro anchos, para dar espacio a una ría cruciforme que, gracias a cuatro puentecillos, forma en el centro una alberca circular. Los cuarteles están rehundidos casi dos metros respecto a los andenes y sus paredes son arquerías en relieve, estucadas y pintadas al fresco fingiendo puertas, también la ría ostentaba pinturas a la almagra, tanto geométricas como florales. En el Alcázar existe otro patio, llamado del Yeso, que pudiera ser también de los últimos años del siglo XII, aunque plantea problemas de datación y está bastante mutilado, por lo que sólo retendremos la novedad del surtidor de taza rasante que aparece en el centro de la citada Sala y que por medio de un canalillo de mármol surte la alberca. El más antiguo de los jardines nazaríes es el Generalife, Yannat al-Arif (Jardín del Arquitecto), que se fecha en época de Ismail (1314-1325); consta de un Cuarto Real, que es un mirador ubicado en el extremo norte y proyectado sobre el paisaje circundante, el Patio de la Acequia, jardín larguísimo y estrecho que sirve de transición y paso desde la tercera parte, que es el bloque de entrada, grupo de estancias que permiten resolver los desniveles del acceso. Hasta 1958 la disposición del jardín estaba presidida por una larga ría, flanqueada por alineaciones de saltadores y alimentada además por un surtidor de taza rasante en cada extremo; estando el resto acuartelado en crucero. El segundo jardín, por orden cronológico, es el más sencillo, pues el Patio de los Arrayanes tiene sólo una gran alberca, con fuentecillas de taza rasante en los extremos y dos mesas de arrayán recortado; el modelo es también almohade, el del Patio del Yeso. El más importante y conocido de los jardines de la Alhambra es el llamado de los Leones por los que sostienen en alto la taza de su fuente; hoy sabemos que, además de alguna modificación cristiana, la parte más antigua de esta fuente procedía del palacio del judío Ibn Nagrella, del siglo XI y fue aprovechada en las obras de época de Muhammad V, del XIV; el esquema se basa en las salas perimetrales y las galerías que lo convierten en un claustro, cuyos lados cortos muestran unos pabellones salientes de compleja estructura columnada. Cuatro fuentes rasantes signan los rincones del patio, mientras otras cuatro, situadas en las salas de los lados cortos y en los pabellones, forman el crucero de agua en cuyo centro se sitúa la sobreelevada fuente. En el resto de los países islámicos, especialmente en Persia, existen jardines interesantes, pero el hecho de que la mayoría haya continuado en uso durante siglos modificando sus formas, y que además todos sean muy tardíos, nos aconseja, ante la falta de espacio, dejarlos para otra ocasión.