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Los artífices principales de la Ilustración fueron los filósofos, como gustan de llamarse a sí mismos. Pero el tipo de filósofo también ha cambiado. Su principal herramienta de trabajo ya no es la erudición sino el razonamiento; su imagen de sabio abstraído de la realidad que le envuelve deja paso a la de un hombre abierto a todas las cosas e inmerso en el mundo, al que intenta conocer, entender y transformar. De ahí que muchos de ellos sean, además, periodistas, propagandistas, literatos, activistas. En su época, La Enciclopedia lo define como aquel "que pisoteando todo prejuicio, tradición, consenso universal, autoridad, en una palabra, todo lo que esclaviza a la mayoría de las mentes, se atreve a pensar por sí mismo". Ahora bien, con ser los más importantes no sería lícito considerar a los filósofos los únicos artífices del florecimiento de la Ilustración. Junto a ellos hay que tener en cuenta a los amigos, simpatizantes, viajeros, comerciantes de libros, editores de periódicos, etc., que forman una extensa red a través de la cual las nuevas ideas se difunden y llegan a los más diversos lugares. Sociológicamente hablando, muy pocas de las figuras ilustradas se hicieron a sí mismas, antes bien, casi todos nacen y viven cómodamente. Los hay nobles -Montesquieu, Condorcet, Holbach, Beccaria-, grandes terratenientes -Gibbon-, ricos burgueses -Voltaire, Helvètius, Bentham-. De ahí que, hijos de su tiempo y de su clase, sea a estos mismos grupos sociales a los que se dirigen, a los que traten de satisfacer con sus planteamientos ofreciéndoles lo que puede parecerles plausible: reforma, no revolución; progreso, en lugar de cambios radicales; una libertad entendida como obediencia a las leyes; una igualdad reducida al plano legal, mientras en la práctica consideran la desigualdad y la sociedad de órdenes natural y necesaria. No entra en su consideración el pueblo, del que se tiene una visión peyorativa al creérsele incapaz de salir de las tinieblas. Voltaire nos dirá "cuando el populacho intenta razonar está perdido". Sólo Rousseau y algunos escritores de final de siglo contemplan al pueblo desde otra perspectiva, haciéndole digno de recibir los beneficios de Las Luces. Sin embargo, al retenerse de sus obras sólo los mensajes más estridentes y enfatizarlos, acabarán produciendo confusión, frustración; alentando la actitud de querer imponer la nueva sociedad por la fuerza. Es en este sentido en el que se puede decir que las ideas ilustradas conducen a la revolución, en ningún modo por sus contenidos en sí mismos. Las mujeres también van a jugar un importante papel en la Ilustración, si no en el momento de gestarse, sí en la etapa de difundirse como salonières, literatas -Mme. Stäel, Mary Wollstonecraft- o como amigas y amantes de los ilustrados. Sin embargo, no obtendrán los mismos beneficios que el hombre. Todo lo más que se hace es reivindicar su condición de ser racional y aun esto generará oposición, dando pie a duras contestaciones. El legado ilustrado, positivo en otros aspectos, será bastante ambiguo respecto a este sexo, aunque ¿podía irse más allá teniendo en cuenta el aquí y el ahora en que nos movemos? Entre los filósofos bien pudiera distinguirse, por lo dicho hasta ahora, dos generaciones: el núcleo definidor de las ideas ilustradas y la de quienes, naciendo de ellas, preludian una nueva sensibilidad. Veamos algunas de sus biografías.
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La fiscalidad que sustentaba el poder era compleja tanto en su composición como en su administración y en el reparto de sus rentas. La limosna legal se tipificó como diezmo sobre la producción agraria completado con porcentajes sobre el ganado y sobre los bienes muebles que no eran para consumo propio sino para comercio. Las contribuciones de los no musulmanes también habían evolucionado: sólo ellos tenían que pagar el impuesto personal o capitación (yizya), pero el impuesto territorial (jaray) había sido adscrito a la tierra, por lo que muchos propietarios musulmanes tenían que pagarlo de hecho. Además, los califas disponían de la renta de tierras de su propio fisco, ejercían a veces monopolios comerciales o manufactureros, acuñaban moneda, tenían derecho al quinto de cualquier botín de guerra, tomaban para sí los bienes vacantes o los dejados por quienes no tenían herederos, y tenían parte en las herencias también en otros muchos casos. Al lado de los anteriores conceptos, que poseían fundamento legal, aparecieron otros, de importancia creciente, basados en la idea de pago a la protección que el poder ofrecía a la actividad mercantil, bajo la forma de aduanas internas y exteriores, sisas sobre las compraventas, control de derechos de peso y medida o sobre la instalación de talleres y tiendas. Al margen permanecían siempre los bienes y rentas afectados a fundaciones religiosas y asistenciales (waqf, habus o habices). Averiguar quién tenía capacidad para recaudar las contribuciones y disponer de su importe equivale a saber en qué manos estaba el poder efectivo. En principio, había un intendente (amil) en cada provincia que tenía el control de catastros y cuentas, gestionaba directamente el cobro o, con mayor frecuencia, lo arrendaba por sectores y especialidades. Era costumbre, por razones de economía, pagar con los recursos obtenidos, en primer lugar, los gastos provinciales, y transferir el sobrante al tesoro califal en la corte, que se nutria además de los recursos propios del califa y de las contribuciones y rentas percibidas en Bagdad y su región. La crisis financiera del califato fue parte principal de su crisis política durante el siglo X, a medida que aumentaba la capacidad de los gobernadores provinciales para retener el conjunto de las rentas cobradas en su distrito. Sin embargo, los primeros abbasíes habían aplicado las antiguas técnicas de división de funciones en la administración provincial para evitar, en lo posible, aquellas acumulaciones de poder, al nombrar por una parte al gobernador militar de cada provincia mientras que, a través del gran cadí de Bagdad, se designaba por otra al o a los jueces, y permanecía al margen el intendente o amil que dependía del correspondiente diwan palatino. Pero la indisciplina e independencia de hecho de los jefes militares provinciales fue en aumento y les permitió controlar también los recursos hacendísticos: cuando tal cosa ocurría, el gobernador o amir era un poder independiente y recibía a veces el título, de origen turco, de sultán. Esta institución ya es considerada por los teóricos de la política a partir del siglo XI, en especial por Ibn Jaldun, y se justificaba su existencia porque aseguraba el cumplimiento de las funciones de protección, orden y defensa de los musulmanes que el califa, reducido a símbolo religioso, había dejado de ejercer en la realidad.
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Fueron los más numerosos y se relacionaron por lo común con los costos de defensa para sostener el tráfico comercial. Tales fueron los de la Armada de Barlovento y la Avería. El primero fue creado por el Consejo de Indias, en 1575, para sostener una flotilla que protegiera el comercio en el Caribe. Entre 1636 y 1749, que fue cuando funcionó algo dicha Armada, aunque mal, se recaudaron para ella 30 millones de pesos. Luego la Armada fue un auténtico fantasma, pero el impuesto una realidad que engrosaba las arcas reales. La Avería era un impuesto destinado a la defensa de las naves comerciales que iban y venían de Indias. Se cobraba y gastaba con arreglo al valor de las mercancías negociadas y de las necesidades defensivas (navíos, armas y hombres). Tuvo por ello un valor variable, usualmente del 6% del valor de la mercancía, pero llegó a subir hasta el 30% en determinadas coyunturas. Ante la dificultad de calcularlo cada vez que salía una flota, se sustituyó en 1660 por un canon fijo de 790.000 ducados, 350.000 de los cuales eran pagados por los comerciantes del Perú, 200.000 por los de Nueva España, 50.000 por los del Nuevo Reino de Granada, 40.000 por los de Cartagena y los 150.000 restantes por la Real Hacienda. Los comerciantes americanos protestaron contra el trato de privilegio concedido a los comerciantes sevillanos, quienes además de gozar de un monopolio, pretendían que ellos lo sostuvieran. La Corona obligó, entonces, a los andaluces a pagar 150.000 pesos de la avería novohispana y 83.750 pesos para la neogranadina y cartagenera. El Almojarifazgo lo abonaban los productos que salían de España con destino a Indias. En Sevilla pagaban el 5% y al entrar en puerto americano otro 10%. En 1660 se sustituyó por una suma fija. Junto a él figuraba la Alcabala, un impuesto a las ventas muy odiado por el pueblo, ya que encarecía la vida y era el 2% del valor de toda mercancía vendida. Para defender el Imperio español, ideó el Conde-Duque de Olívares la Unión de Armas: un gran ejército sufragado por todos los reinos. Los que no podían poner soldados, como era el caso de los americanos, debían pagar el gasto de las tropas, 600.000 ducados repartidos así: 350.000 el virreinato del Perú y 250.000 el de Nueva España. El asunto quedó en proyecto pero el impuesto fue efectivo, como siempre, y terminó por confundirse con el de alcabala, que fue duplicado por esta causa al 4%.
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Entre ellos destacaron el tributo indígena, los donativos graciosos y el diezmo. Del primero hemos hablado ya. La corona lo cedió a los encomenderos y lo cobraba únicamente el de los indios puestos en la corona (no encomendados) o de las encomiendas vacantes. Felipe II añadió a éste el llamado requinto, que se fijó en otro 20% del quinto, con destino a sufragar los gastos de la Armada invencible. Se siguió cobrando muchas décadas después de que la Armada fuera destruida. En cuanto al Gracioso Donativo lo pedía la Corona cuando afrontaba apuros económicos ante una situación imprevista. Felipe II lo solicitó por primera vez en 1589 tras el desastre de la Invencible, y Felipe IV en 1625 para formar la Armada de la Mar del Sur, en 1633 para la guerra con Francia y en 1641 para la guerra con Portugal. Peores fueron los donativos siguientes, como el de 1647 para la boda del rey, en 1657 para celebrar el nacimiento del príncipe Felipe Próspero, en 1660 para el matrimonio de la infanta María Teresa, en 1675 para poner casa aparte a la reina madre cuando fue proclamado Carlos II mayor de edad, en 1688 para el segundo matrimonio de Carlos II (con María de Coburgo) y en 1694 para construir el Palacio Real. En cuanto al diezmo era en realidad los 2/9 del verdadero diezmo. Este último, 10% de toda cosecha, lo pagaba el campesino a la Iglesia y se dividía en cuatro partes: una para el Obispo y otra para los prebendados. Las dos restantes se subdividían en 9 partes, destinándose 4/9 al pago de los curas, 1,5/9 a los hospitales, 1,5/9 a la construcción de iglesias y los 2/9 a la real hacienda (con ellos se dotaban las iglesias y se promovían las misiones), en virtud de concesión papal que databa de 1501.
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Agucchi encontró en Domenichino (Domenico Zampieri, Bolonia, 1581-Nápoles, 1641) el colaborador ideal, al que implicaría en sus debates teóricos. Convencido hasta la médula de la formulación de sus teorías, fue el artista que mejor las encarnaría a lo largo de su actividad. Toda su pintura, elaborada en base al rigor del dibujo y a la claridad compositiva, evidencia con extrema pureza el principio de la selección de los elementos del bello de la naturaleza para recomponerlos en un equilibrio superior, depurado de todo posible realismo; también afirma el criterio de adaptabilidad a la diversidad de las exigencias y situaciones temáticas, que fue parte común del quehacer profesional de los clasicistas y testimonio de la flexibilidad de su lenguaje. Por ello, pudo moverse entre el tono grave y conmovedor de las Historias de Santa Cecilia (1611-14), momento culminante de su poética, y la sostenida oratoria sacra de su célebre Comunión de San Jerónimo (1614) (Roma, Pinacoteca Vaticana), desde la complacencia de una belleza idealizada en la mitología, como en su exquisita Caza de Diana (1617), hasta la serena contemplación de la naturaleza en la serie de paisajes, como El vado (hacia 1605, Roma, Galeria Doria-Pamphili).Ante sus obras, no es difícil comprender el grado de fidelidad a los principios clasicistas, ni tampoco que su rigor le hiciera afirmar que el "diseño da el ser, y no existe nada que tenga forma fuera de sus límites precisos". Pero, al mismo tiempo, es fácil entender que esa extrema pureza de convicciones acabara por atormentarle, afectándole a sus mismas dotes. Así, mientras pintaba al fresco el casquete absidal de Sant'Andrea della Valle (1624-27), asumirá el papel de guía a ultranza del clasicismo y de opositor intransigente a todo fermento innovador, enfrentándose agriamente a Lanfranco por la dinámica orientación hacia los efectos ilusionistas con que pintaba en la cúpula la Asunción de la Virgen (1625-27), obra que, para más inri, primero se la habían encargado a él. Tampoco Pietro Da Cortona quedó libre de sus ataques contra la naciente pintura barroca.De escasa autonomía creadora y más débil personalidad, Francesco Albani (Bolonia, 1578-1660) participó en casi todas las empresas del grupo emiliano en Roma. Amigo de Domenichino, compartió sus posiciones y configuró un clasicismo plácido en sentido académico, lo que se hace particularmente evidente en sus obras de gran formato, como sus series de pinturas mitológicas (Historias de Venus y Diana, hacia 1625) y alegóricas (Los Cuatro Elementos, hacia 1627, Turín, Galería Sabauda). Pero a veces su obra posee unos matices de gracia remilgada, de fácil consumo por su carácter divulgativo, que ejecutada sin grandes empeños, es destinada al mercado.Discípulo de Ludovico, Guido Reni (Bolonia, 1575-1642) se reveló, desde su arribada a Roma (1602), de más temperamento que ningún otro incamminato y con una mayor autonomía en sus relaciones con Annibale, adoptando desde un principio posiciones orgullosas y competitivas con sus colegas, sobremanera con Domenichino y Albani. Protegido por Pablo V y por el cardinal nepote Scipione Borghese, a más de por el cardenal Sfondrato, de los que obtuvo importantes encargos, mantuvo una actitud de constante búsqueda expresiva y una voluntad de abierto cotejo lingüístico con otras propuestas del panorama romano coetáneo. Así, su acercamiento a la poética caravaggiesca con la Crucifixión de San Pedro (1604-05), muestra su capacidad de interpretación, desde su propia concepción, de los valores más crudos del realismo.Aunque el menos implicado en las discusiones teóricas del círculo de Agucchi, fue el pintor boloñés que dio del clasicismo la interpretación más convincente, la más integral, en su fresco de La Aurora del casino Rospigliosi (1612-14), quizá porque su adhesión fue más una auténtica y sentida vocación que no un juego de diletantes intelectualistas. En ella, el estudio de Raffaello, de Correggio, de la estatuaria antigua, es enunciado de un modo programático con los pinceles: equilibradísima composición, elegantes cadencias rítmicas, calidades luminosas y color transparente. No en balde, para los desarrollos posteriores del clasicismo seiscentista, aquel en que sobresale el genio de Poussin, esta obra es un texto figurativo fundamental.Siempre en constante relación con Bolonia, regresará en el apogeo del éxito (1614). Su vuelta coincide con un enriquecimiento temático y pictórico. Su ideal de perfección y belleza del cuerpo humano, unido a sus criterios estéticos de gracia, los expuso de modo magistral en sus dos versiones, similares, de Atalanta e Hipómenes (hacia 1615-25, Madrid, Prado, y Nápoles, Capodimonte). Reni define a través de estas pinturas su poética ya del todo formada, más lírica que la de cualquier otro de los clasicistas, consistente en el culto de la idea que se manifiesta en la relación dialéctica entre naturaleza y regla clásica. Con todo, Reni jugó hasta el final con su perenne actitud experimental, cada vez más refinada, hasta alcanzar nuevas exaltaciones poéticas mediante las sugestiones tonales y nuevas propuestas compositivas: San Jerónimo y un ángel (hacia 1635-42), o Muchacha con una corona (hacia 1635, Roma, Pinacoteca Capitolina), con la que testimonia sus búsquedas por lograr una mayor simplicidad figurativa y una máxima expresividad.
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La diplomacia británica aprendió enseguida a capear el temporal: si la anexión estaba proscrita dentro de la nueva moralidad política, podía aprovecharse la idea de la autodeterminación de los pueblos para conseguir los propósitos imperiales. Esa idea provocó la Declaración Balfour, que concedía un hogar en Palestina al pueblo judío. No fue un asunto filantrópico, precipitado o menor, que casualmente tendría extraordinarias consecuencias para Palestina, sino un documento político de rango mayor, debatido durante cinco meses. Londres sopesó cuidadosamente su fórmula, tono y contenido -tanto que se estudiaron tres redacciones- pues, por un lado, no quería crear susceptibilidades entre los árabes y, por otro, el propósito final del hogar judío en Palestina era instalar allí a un aliado fiel y dependiente. Los judíos en Palestina -cuyo Estado no tardaría en constituirse según pensaban los "imperialistas"- garantizarían los intereses británicos con la misma firmeza que si ondeara allí su bandera. Por eso, Feisal y Lawrence fueron lanzados contra los otomanos de Siria, lo cual proporcionó a Londres una perfecta carambola: la presión árabe sobre las comunicaciones del ejército de Kemal Pachá, que operaba contra el británico de Allenby en el Sinaí, le obligó a retirarse hacia Mesopotamia. Esa concatenación de acontecimientos entregó Palestina a los británicos y Siria a los árabes. Sin modificar una sola letra del acuerdo Sykes-Picot, el Reino Unido había logrado controlar Palestina e instalar al príncipe Feisal en Damasco, cumpliendo parte de lo prometido a los árabes. Los "imperialistas" ya dominaban con maestría la utilización el derecho a la emancipación y autodeterminación en favor de sus intereses. En el Comité de Asuntos Orientales hablaba, a finales de 1918, su presidente, Lord Curzon, que meses después ostentaría la cartera británica de Exteriores: "Mi última observación será que el principio de autodeterminación existe; por tanto, si no podemos resolver nuestras dificultades de otra manera, jugaremos la carta de la autodeterminación para todo lo que pueda servirnos, para cuando nos hallemos en dificultades con Francia, con los árabes o con cualquier otro... Permitamos que las cuestiones se solucionen según este razonamiento, sabiendo desde el fondo de nuestros corazones que, probablemente, sacaremos mayor provecho que todos los demás". Tras la conclusión de la Gran Guerra (Armisticio de Rethondes, 11-11-1918), los vencedores organizaron la conferencia de Paz de Versalles (1919) que debía resolver los problemas suscitados por la contienda y adoptar las medidas para que no volviera a repetirse. No ocurrió tal: el revanchismo de los vencedores propició la desesperación y el rencor de los vencidos, caldo de cultivo donde floreció el nazismo. El periodista e historiador francés, Raymond Cartier escribió: "La Primera Guerra Mundial (...) habría debido tener como conclusión una victoria aliada indiscutible, seguida de una paz de reconciliación. Pero se haría lo contrario: de una victoria incompleta, saldría una paz ridículamente rigurosa". "La paz cartaginesa", en palabras de Keynes, impuesta a los vencidos, frustró las esperanzas de una paz justa y duradera que había inspirado la actuación de Woodrow Wilson. El presidente norteamericano -el primero que se trasladó a Europa, abandonando durante seis meses su país- renunció a buena parte de su ideario por ver cumplirse el más amado de sus proyectos: la constitución de la Sociedad de Naciones. A los efectos que aquí interesan, esta institución fue el instrumento de los vencedores para lograr sus fines. Una de sus competencias fundamentales era conducir los territorios coloniales desgajados de los vencidos hacia la independencia, proporcionándoles el cauce para satisfacer sus procesos de autodeterminación. La realidad fue bien diferente. Respecto a Mesopotamia, Palestina y Siria surgió de inmediato la rebatiña anglo-francesa: París exigía el cumplimiento de los Acuerdos Sykes-Picot; Londres alegaba que era imposible, pues se contraponían a lo pactado con los árabes... a lo que los franceses replicaron que nada tenían que ver en aquel asunto.
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Primero les tocó a los alemanes. A las 3.40, mil fogonazos iluminaron la noche, mil truenos rasgaron el silencio del desierto, mil puños de gigante golpearon la tierra, toneladas de piedra volaron, kilómetros de alambrada se retorcieron y más de cien mil hombres despertaron aterrados ante aquel trompetazo del juicio Final. Tras veinte minutos de preparación artillera, la infantería de Montgomery se lanzó adelante. En el sur, las divisiones Pavia, Brescia y Folgore contuvieron bien los ataques y los italianos demostraron ser valerosos soldados, aunque fueran pobres los resultados militares. En el norte, el XXX Cuerpo de ejército británico tuvo mayor éxito: desbordó rápidamente la zona minada y la línea avanzada de las defensas de la División Trento y 164 alemana. Pero después las minas y la infantería italo-germana entorpecieron su avance. Se hizo de día y los carros del X Ejército blindado no habían conseguido aún entrar en la brecha. El general Stumme murió de un ataque cardíaco mientras recorría el frente. Tomó el mando Von Thoma, jefe del Afrika Korps; Rommel regresó rápidamente a El Alemein. El día 26, su posición era desoladora. Se había taponado la brecha norte, pero la 15 División blindada quedaba reducida a 39 tanques y la Littorio a 69. Sus carros sólo disponían de tres módulos de combustible equivalentes a 300 kilómetros por vehículo. Sus reservas, 90 ligera y Trieste, estaban ya en combate. Tampoco era buena la situación de Montgomery porque sus fuerzas se habían atascado y superaba en pérdidas a sus rivales, aunque enseguida se repusieron. Mas lo peor era que bajo el continuo fuego de los contracarros alemanes parecía imposible continuar avanzando en el saliente forzado al comienzo del ataque. Y, sobre todo, que el desgaste alemán era inferior al previsto. La llegada de Rommel fue providencial para Montgomery. Von Thoma había mantenido la defensiva a ultranza hasta que llegó el mariscal, quien, viendo que ese saliente británico terminaría por expandirse y hundir completamente el frente, trató de aniquilar a los británicos sobre el terreno que habían ganado. Obtuvo un efecto similar al de Alam Halfa. Los soldados ingleses se pegaron a sus posiciones sin ceder un ápice y sus cañones anticarro desbarataron los esfuerzos de las divisiones 15 y 21. En esta ocasión, Montgomery había logrado desgastar a Rommel, cuya 21 División acorazada perdió 58 de sus 106 tanques. Lentamente y pagando un algo precio en hombres y material, Montgomery siguió avanzando. El día 29 dio un duro bocado a las fuerzas del Eje en el sector costero. Ese día, escribió Rommel a su mujer: "La situación sigue siendo gravísima. Cuando recibas esta carta, los acontecimientos habrán decidido ya si podemos mantenernos o no. No tengo muchas esperanzas. Por la noche me quedo con los ojos abiertos, incapaz de dormirme por la responsabilidad que pesa sobre mí. Por el día estoy mortalmente cansado. ¿Qué ocurrirá si las cosas se ponen peor? Este es un pensamiento que me atormenta día y noche. Yo no veo solución". Ese mismo día, Rommel recorre en avión la zona de El Fuka, a 80 kilómetros de El Alemein. Y pese a andar escaso en vehículos y combustible, el mariscal piensa, ante la cautela de Montgomery, en retirar a su infantería durante la noche y dejar a sus fuerzas acorazadas para que se retirasen combatiendo. El día 2 lanza Montgomery la operación Supercarga, que debería partir en dos el frente alemán. Los zapadores británicos abren un amplio pasillo entre Tel el Aisa y Kidney. Mas cuando penetran por él los carros británicos, la artillería germana los pulveriza: en dos horas, la 9? Brigada blindada británica pierde 87 tanques. Simultáneamente, la 1? División blindada británica irrumpía con más de 400 tanques en Tel el Aqqaqir, donde los restos del Afrika Korps (divisiones blindadas 15 y 21), con unos 70 carros libraron el mayor combate de tanques de toda la batalla. Increíblemente, no pudieron avanzar los británicos.
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La identificación del rey y el reino implicaba que los bienes del monarca y los del Estado fueron los mismos. Los bienes del rey sufragaban los gastos de mantenimiento del palacio y del ejército, así como de sus arcas salía el salario de los funcionarios y el pago de las obras públicas. Los ingresos del rey procedían en parte de su propio patrimonio, que integraba viñedos, ganado, etc. Los regalos de otros reyes, especialmente durante su ceremonia de coronación, engrosaban el patrimonio del monarca israelita. También recibía los bienes incautados a los criminales. Salomón, por último, incrementó sus bienes con lo adquirido mediante la explotación de las minas y de sus empresas comerciales. Un grupo de funcionarios se encargaba de gestionar el patrimonio del Estado, bajo la supervisión del mayordomo real. Puesto que el templo de Jerusalén era una institución del Estado, el rey era el encargado de sufragar sus gastos, aportando los recursos necesarios para su sostenimiento, la realización del culto y la celebración de festejos y sacrificios. En ocasiones, cuando la situación económica del reino no era boyante, el templo y sus sacerdotes recibían pocos o ningún recurso.
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En Nea Nikomedía, aun cuando no se han podido rescatar restos de edificios, minuciosas técnicas de excavación, raspando el suelo y observando sus diferencias de coloración, han permitido describir los materiales y formas de las primeras construcciones neolíticas. Estas consistían en postes de madera clavados en el suelo y que soportaban un entramado de ramas cubiertas de barro. Varias casas de gran tamaño, con una sola habitación de 8 por 8 metros, cuyo suelo estaba formado por una capa de tierra batida y con una techumbre vegetal de hierba y hojas, están rodeadas en el exterior por una empalizada de madera. La forma de las casas es irregular, con predominio de formas aproximadamente cuadradas, aunque también existen muros curvos o incluso casas circulares. En los primeros niveles neolíticos no se conocen aún las defensas o fortificaciones que protejan a la aldea. A propósito de las casas circulares, las más antiguas que se han documentado hasta el presente se excavaron en Khirokitía, en Chipre, fechadas hacia 5800 a. C., momento en que comenzó el Neolítico precerámico de esta isla. Los primeros niveles proporcionaron restos de construcciones totalmente circulares, con cubiertas de tipo cupular; las paredes estaban construidas de tapial y cañizo con barro. Es el primer lugar arqueológico donde hay constancia de un importante edificio arquitectónico del Egeo, el tholos, perfeccionado en la siguiente etapa del mismo yacimiento, ya en pleno Neolítico cerámico. Los thóloi ahora son de mayor tamaño, pues llegan a tener 10 metros de diámetro y sus paredes se levantan a base de hiladas de piedra, hiladas que a partir de una determinada altura comienzan a aproximarse hacia el interior de la cabaña hasta formar lo que se denomina una falsa cúpula. La irregularidad de las paredes se oculta tras un enlucido de barro, material que también cubre el suelo y en algunos casos, conserva restos de pintura verde. El tholos es una construcción de gran trascendencia en la arquitectura egea posterior, utilizada prontamente con fines funerarios, como tumbas de cámara, preludio neolítico del conocido Tesoro de Atreo de Micenas. Será en el Neolítico pleno, en la etapa de Sesklo, iniciada a mediados del VI milenio, cuando se produzca otra innovación de interés por sus consecuencias en la arquitectura griega. Esta aldea contó con una serie de casas, unas junto a otras, formadas básicamente por un rectángulo de unos 12 metros de longitud. La puerta, situada en uno de los lados menores y a la que antecede un porche sostenido por un par de postes, da acceso al interior; éste se halla subdividido transversalmente por paredes más o menos perpendiculares a los muros largos y la habitación principal está al fondo, con su hogar e incluso otro par de postes para sustentar el techo. Es la estructura arquitectónica denominada "mégaron" y está llamada a cumplir un gran papel a lo largo del tiempo: es el núcleo de lo que será el templo griego clásico. El mégaron está construido con un zócalo de piedras de tan sólo un par de hiladas. Encima y con una estructura de postes de madera, se elevan los muros de adobes o ladrillos de barro secados al sol. Los "mégara" se conocen también en el Neolítico palestino de Jericó y el anatólico de Hacilar, de donde probablemente se ha tomado este esquema, aunque existen autores que defienden su origen en estructuras similares y de la misma época halladas en el Neolítico danubiano, allende los Balcanes, zona con la que el Neolítico griego no deja de mantener relaciones, tal como lo revela la cerámica. Las casas se hallan asociadas en grupos que no suelen exceder de la veintena, con una población que se calcula no superior a unas 150 almas. Además del mégaron, en el área egea existe otro tipo de casa, muy característico del Próximo Oriente y consistente en una estructura de forma aproximadamente cuadrada, con muros interiores que sostienen un tejado plano, a modo de terraza y con una división interna de habitaciones pequeñas. Estas casas, arracimadas entre sí y dispuestas escalonadamente en la ladera de una colina, con uno o dos pisos y terrazas sobre las casas inferiores, configuran uno de los paisajes más típicos del hábitat neolítico y aún perduran en el Mediterráneo oriental hoy en día, sin cambios aparentes en sus formas a pesar de los siete mil años transcurridos. Este tipo de edificio es el que aparece en los niveles neolíticos de Cnosós. Casas cuadradas con muchas habitaciones unidas unas a otras y sin distinción entre ellas, construidas con adobe sobre zócalo de sillares irregulares de piedra, sin una clara alineación exterior de los muros, dan lugar a un plano de aspecto desordenado. He aquí, pues, el origen del futuro palacio minoico, construido con una técnica que no se conoce en Oriente ni en Egipto sino que es característica del Egeo. Tras espesas capas de destrucción por incendio de las aldeas de finales del período de Sesklo da comienzo la etapa Dímini o Neolítico Reciente, cuyo inicio se sitúa en la primera mitad del III milenio; hace su aparición en el Egeo la fortificación mediante muros concéntricos que protegen las viviendas encajándolas en el espacio intermedio entre los anillos. El interior y más conspicuo de estos muros defiende un edificio del tipo mégaron y realza su preeminencia sobre las demás casas; refleja la jerarquía social de sus habitantes y constituye el germen del futuro palacio micénico. Otras casas cuentan con algún muro curvo, adaptándose a la forma de los recintos; este tipo de casa absidada también perdura en la arquitectura heládica. Estos modelos arquitectónicos están presentes en numerosos yacimientos, muchos de los cuales son los precedentes de lugares micénicos tan conocidos como Orcómenos, Atenas, Tirinto, Lerna, etc. En cuanto a la arquitectura funeraria neolítica, ésta es prácticamente inexistente, pues al menos hasta ahora no han aparecido más que algunas tumbas, excavadas bajo el suelo de las viviendas y, ya a finales del Neolítico, las tumbas en forma de tholos de la llanura de Mesará, en la isla de Creta.
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No es preciso apuntar que un nuevo estilo o una secuencia estilística es fruto tanto de una evolución formal como iconográfica; el estilo es una concepción del mundo, forma parte de la misma y tanto la refleja como la genera. Por tanto la pintura protogótica no se puede definir ni por una influencia, la francesa (francogótica), ni por un rasgo formal, lo lineal (gótico lineal); es mucho más completa que todo esto, es manifestación de un cambio de mentalidad, de una determinada manera de acercarse a la realidad, de entender lo divino y lo trascendente, de manifestar las relaciones de poder, de considerar el espacio, de concebir las formas, etc. Por ello se hace difícil señalar inicios, aunque se puede hacer si se tiene siempre en cuenta que estos hitos del inicio o fin de un proceso siempre son ejemplos de este proceso, pero no del proceso en sí. En este sentido, las pinturas murales de la capilla de San Martín o del Aceite de la catedral de Salamanca, realizadas en 1262 por Antón Sánchez de Segovia, ya nos muestran un concepto pictórico que no guarda relación alguna con el románico; es el primer conjunto que podemos considerar protogótico. Pero al mismo tiempo esa precocidad, sin referencias anteriores en el mundo castellano leonés, ni siquiera con claridad en otras latitudes peninsulares, es lo que puede dudar de la datación e incluso del autor de las mismas, tema éste que aún precisa de un detenido estudio y que por tanto aceptamos según el criterio tradicional. Fue Gómez Moreno (Catálogo Monumental de la Provincia de Salamanca) el que resaltó el valor de tales pinturas: dentro de lo que era la pintura decorativa en los siglos medios, esta obra representa un punto culminante del arte gótico, a enorme distancia de lo románico del panteón de San Isidoro, y muy por encima, en técnica, fuerza y carácter y de lo que nos dejó el siglo XIV. Gómez Moreno estaba en lo cierto, si bien no hay que olvidar que las pinturas de Salamanca, que cubren parte de un muro a la manera que lo haría un retablo gótico, no presentan aún un cambio sustancial respecto a la producción pictórica anterior en lo relativo a la temática. Al respecto, hay que esperar a los murales señoriales de la Barcelona de finales del siglo XIII para evidenciar que la pintura ya estaba sirviendo a un nuevo orden social. En el románico, la clientela de los pintores, fuese la que fuese, encargaba por lo común a éstos figuraciones de carácter religioso. Lo profano existe en el mundo románico pero no es habitual y es menos frecuente. En la secuencia protogótica aparece una pintura de iconografía profana que tiene unos fines muy distintos a los religiosos: la exaltación del poder real, la loa de las campañas militares del mismo y aun el manifestar la pujanza de la aristocracia señorial. La pintura, como también la literatura de aquellos instantes, deja de ser espejo y camino de la belleza de lo divino para ser espejo y camino de las debilidades de lo humano. Conjuntos murales como el del Palacio Real Mayor y el del Palacio Aguilar (en la actualidad Museo Picasso) de Barcelona, nos señalan cómo los pintores se volvieron juglares al plasmar, en los muros de estancias de reyes y señores, las gestas de unos y otros, como lo fue la conquista de Mallorca a los sarracenos. Salamanca y Barcelona son pues, hoy por hoy, los hitos geográficos que nos señalan el inicio de lo protogótico, inicio que se genera en el último tercio del siglo XIII.