La Iglesia española había padecido mucho durante la Guerra de la Independencia y como señala el profesor J. M. Cuenca, su disciplina y su organización sufrieron un gran deterioro. Se habían destruido templos y sus riquezas habían sido expoliadas por los franceses o habían servido para recabar fondos por parte del gobierno patriótico. Los conventos habían sido saqueados y los claustros habían quedado despoblados. El regreso de Fernando VII fue acogido por el clero con gran alivio y un entusiasmo que se tradujo en grandes alabanzas a su persona y en la participación masiva en cuantas ceremonias se organizaron para celebrarlo. Según algunas fuentes, el número de miembros del clero secular se elevaba aproximadamente a los 57.000. De éstos, sólo 28.000 ejercían alguna función como curas, vicarios o beneficiados sujetos a residencia. Dentro de esta cifra había que incluir también a los ocho arzobispos y a los 52 obispos que constituían la cúspide de la jerarquía eclesiástica. En general, aunque mostraban una mentalidad conservadora y en algunos casos de exaltado absolutismo, los obispos cumplían adecuadamente con las funciones que les eran propias. Su acendrada piedad, la sencillez de sus costumbres y su generosa atención a los pobres, constituían sus mayores virtudes. El de Córdoba se encargaba de proporcionar alimentos nada menos que a 12.000 indigentes, lo que para algunos, que criticaban esta actitud, constituía sólo una forma de fomentar la pereza de un amplio sector de la población que veía así solucionado su sustento sin necesidad de esforzarse por obtenerlo mediante el ejercicio de una actividad productiva. Los otros obispos andaluces se ocupaban de sus tareas espirituales y también de atender a los pobres y en general eran partidarios de la concordia entre los españoles mediante el perdón y el olvido del pasado. En el Levante se registraba una mayor exaltación política por parte de la jerarquía eclesiástica, aunque también se preocupaba de la atención a los indigentes. El obispo de Valencia, por ejemplo, dedicaba la mitad de sus rentas a los establecimientos de caridad o de instrucción pública. La situación del resto de los eclesiásticos seculares era muy diferente y en general vivían en condiciones muy diversas, e igualmente diversas eran sus actitudes con respecto a la situación política, aunque también coincidían en su mayor parte en el rechazo del liberalismo. En cuanto al clero secular, éste seguía ejerciendo una gran influencia sobre el pueblo, especialmente los elementos de las órdenes mendicantes, en mayor contacto con el mundo rural. El superior de los franciscanos, Fray Cirilo Alameda se destacó durante el reinado de Fernando VII por sus ideas conservadoras. Igualmente exaltada era la postura que adoptaron los cartujos, quienes reprochaban al rey el ser demasiado blando con los revolucionarios. Los jesuitas, por su parte, que habían sido restablecidos en España durante la primera etapa del reinado de Fernando VII, suprimidos durante el Trienio y vueltos a restablecer en 1824, mantuvieron en general una actitud lógica de recelo y desconfianza ante los liberales. En su conjunto, puede afirmarse que el número de los miembros de las órdenes mendicantes había disminuido considerablemente desde comienzos del siglo. Los franciscanos, por ejemplo, que contaban con 18.000 profesos en toda España, no llegaban a 11.000 en 1827. Según Canga Argüelles, en octubre de 1820 había en España 25.264 religiosos. El decreto de 25 de octubre de 1820 que aprobaron los liberales después del triunfo de la Revolución de Riego, suprimía todos los monasterios y reducía los conventos a uno por orden y localidad siempre que contasen con un mínimo de doce profesos. Los monjes exclaustrados recibirían una pensión y los religiosos que quisiesen secularizarse serían apoyados por el Gobierno con subvenciones. El proceso de secularización que se llevó a cabo durante el Trienio Constitucional provocó la salida de muchos frailes de los conventos, que después no se reintegraron a ellos y siguieron viviendo como sacerdotes seculares. A pesar de todas las dificultades y problemas por los que atravesó la Iglesia durante esta etapa, conservó en gran medida su patrimonio ya que, en lo que respecta al del clero regular, no sería expropiado hasta las medidas desamortizadoras aprobadas por Mendizábal durante la regencia de María Cristina. Asimismo, el clero siguió ejerciendo una gran ascendencia sobre la sociedad española ya que como afirmaba Blanco White, la religión estaba íntimamente ligada a todo el sistema de la vida española, tanto pública como privada.
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Con independencia de las vocaciones, que las hubo y firmes, dada la influencia que la religión ejercía en el espíritu de los hombres del siglo XVII, se descubre que ser eclesiástico era una profesión apetecida: a las familias nobles, la Iglesia ofrecía una salida digna para los segundones desprovistos de medios propios, asegurándoles una posición económica y social; para los individuos del estado llano, pertenecer al clero era una forma de ascender socialmente, superando las barreras estamentales derivadas del nacimiento, cuando no de vivir con cierta comodidad; finamente, el claustro era también la única alternativa que proporcionaba a las mujeres solteras y viudas, cualquiera que fuera su pertenencia estamental, una adecuada manera de vivir. Esto explica que en el siglo XVII la población eclesiástica, regular y secular, fuera muy numerosa y objeto, por lo mismo, de las críticas de los arbitristas, quienes argüían que su crecimiento no obedecía a un aumento de las vocaciones y que además repercutía negativamente en el desarrollo demográfico y económico del reino. En 1591 existían en Castilla 33.087 clérigos seculares, 20.967 religiosos y 20.369 religiosas sobre un total de 4.940.410 habitantes, es decir, alrededor de 15 eclesiásticos por cada mil habitantes. En 1637 había en Navarra, excluida la ciudad de Pamplona, 1.012 clérigos, cifra que treinta años más tarde se elevaba ya a 2.000. En Cataluña, según el censo de 1553 los eclesiásticos eran 4.338 y en 1717 ascendían a 5.715 clérigos, 2.816 frailes y 1.210 monjas para una población de 450.000 personas. A pesar de este aumento espectacular lo cierto es que la cura de almas no estaba suficientemente atendida. La causa hay que atribuirla a la distribución geográfica del clero, ya que en general se ubicaba en las ciudades y villas donde las actividades económicas eran más pujantes o en zonas rurales con grandes recursos agropecuarios. Así, mientras el clero regular se localizaba con preferencia en los núcleos urbanos, y dentro de éstos en los situados en las provincias de Ciudad Real, Madrid, Valladolid, Granada, Córdoba y Sevilla -aquí y en las provincias de Toledo y Jaén se registra también una mayor presencia de religiosas-, el clero secular, por el contrario, estaba más arraigado en las zonas rurales, lo que no quiere decir que todas las parroquias estuviesen asistidas por curas párrocos, y en las provincias de Burgos, Palencia, Toledo, Valladolid, León, Madrid, Sevilla y Jaén. En cuanto a su formación, es preciso señalar que no siempre fue la deseada, aun habiendo sido regulada por el Concilio de Trento, ya que si bien es cierto que un presbítero, para poder cantar misa, debía tener conocimientos de latín, sagrada escritura, sacramentos, cánones penitenciales y canto, otros muchos eclesiásticos carecían de la preparación adecuada, especialmente los clérigos ordenados de menores, pues lo común es que éstos no continuaran la carrera eclesiástica dado que sólo estaban interesados en obtener beneficios económicos, según denuncia reiteradamente el Consejo de Castilla y queda reflejado en las fundaciones de capellanías y obras pías servidas por parientes de los fundadores. El análisis de los registros de órdenes del Archivo Diocesano de Barcelona aporta el siguiente dato revelador al respecto: entre 1635 y 1717 los tonsurados eran 2.667 individuos, mientras los presbíteros eran nada más que 622, lo cual viene a confirmar que el ministerio pastoral estaba numéricamente muy por debajo del simple beneficio y, por tanto, que muchos eclesiásticos, pese al celo de sus prelados, tuviesen un bajo nivel moral y espiritual, cometiendo toda clase de desafueros en público y en privado. Como sucedía con la nobleza, el estamento eclesiástico estaba muy jerarquizado. A la cabeza del clero secular se hallaba el clero episcopal, al que podían acceder miembros del clero secular y del regular. En el siglo XVII había en la Corona de Castilla cinco sedes arzobispales (Santiago de Compostela, Sevilla, Toledo, Granada y Burgos) y treinta sedes episcopales, mientras en la Corona de Aragón las sedes arzobispales eran tres (Tarragona, Valencia y Zaragoza) y las episcopales diecisiete, perdiéndose la de Perpignan cuando esta región pasó a poder de Francia tras la rebelión de los catalanes en 1640. La elección, que correspondía al monarca en uso del denominado derecho de patronato, recayó con frecuencia en el siglo XVII en segundones y bastardos de la aristocracia, y aun de la familia real, quienes ocuparon las sedes más ricas -es el caso, por ejemplo, del cardenal-infante don Fernando, hijo de Felipe III-, desempeñando a veces cargos en la administración del Estado, que compaginaban con la labor pastoral, y manteniendo un estilo de vida muy semejante al de un príncipe laico. Detrás de los arzobispos y obispos encontramos al clero capitular (deanes y canónigos) y al clero colegial (canónigos, abades, priores). Su número es difícil de precisar pero más o menos sería parecido al que se calcula para el siglo XVIII, es decir en torno a 950 canónigos en los cabildos catedralicios de Castilla y Aragón, y cerca de 1.287 individuos entre abades y canónigos en las colegiatas, la mayoría procedentes de la pequeña y mediana nobleza, y descendiendo muchos de las oligarquías municipales. Aunque sus rentas eran inferiores a la de los prelados, lo que no les impedía vivir con decoro, su poder era por el contrario considerable, obstaculizando la labor de los obispos si acaso ésta resultaba perjudicial a sus intereses. En la base de la jerarquía del clero secular estaban los curas párrocos, los beneficiados y capellanes. Su procedencia social era muy variada, si bien por lo general eran de extracción humilde. Las rentas asignadas dependían de la mayor o menor riqueza del lugar donde ejercían su ministerio, o de la dotación estipulada por los fundadores, en el caso de las capellanías y beneficios. No obstante, muchos presbíteros poseían cierta fortuna personal, a menudo heredada de sus padres o familiares próximos, y además estaban exentos de pagar alcabalas y millones por los géneros que consumían, no así por las transacciones mercantiles que realizaban, a veces de forma fraudulenta, de tal modo que, sin gozar de una posición acomodada, no padecían agobios económicos, pudiendo mantener algún criado e incluso varios parientes. La riqueza del clero procedía fundamentalmente de los diezmos, del producto de sus propiedades rurales y urbanas, de las inversiones en préstamos hipotecarios (censos), así como de los estipendios cobrados por misas o por la administración de los sacramentos, de las limosnas y de las donaciones particulares. Los diezmos, la décima parte de toda la producción agropecuaria sin deducción alguna, representaba la partida más voluminosa de los ingresos del clero, aun cuando los recaudadores tropezaron con dificultades para percibirlos de los contribuyentes, de los campesinos. Las rentas derivadas de las propiedades rústicas y urbanas o de los señoríos que poseían -los monasterios percibían derechos señoriales como los nobles- eran asimismo cuantiosas, calculándose que a fines del siglo XVII la Iglesia poseía una sexta parte de las tierras cultivables, las de mejor calidad casi siempre, y entre el 30 y el 50 por ciento de los inmuebles de la mayoría de las ciudades españolas -la tercera parte de las casas de Sevilla y la mitad de las de Zaragoza, por ejemplo-. Los censos, cuya cobranza resultaba cada vez más difícil por la crisis económica, y los juros (títulos de deuda pública), éstos en menor medida, aunque con tendencia al alza pese a su devaluación, ya que una buena porción estaba exenta de las retenciones que empezaron a aplicarse desde el reinado de Felipe IV, completaban este patrimonio, que con el tiempo fue creciendo gracias a las donaciones particulares, a las fundaciones de conventos, capellanías y memorias pías, según se denuncia en las Cortes de Madrid de 1621. No obstante, a mediados del siglo XVII el valor de las rentas eclesiásticas comenzó a decaer a causa de la crisis económica y de la despoblación, así como por las diversas contribuciones que realizaba a la Corona (Cruzada, Subsidio, Excusado, tercias reales y décimas eclesiásticas) para la defensa de la monarquía. En cuanto al reparto de esta riqueza hemos de indicar que era muy desigual, pues había sedes episcopales que disfrutaban de rentas elevadas -la de Toledo tenía unos ingresos anuales de 250.000 ducados y la de Sevilla en torno a los 100.000 ducados- y otras, en cambio, disponían de rentas muy modestas, como las de Almería y Mondoñedo, con 4.000 ducados. Parecidos contrastes se observan entre parroquias de una misma diócesis -más ricas las urbanas y las instaladas en comarcas prósperas-, incluso dentro de una misma ciudad, así como entre los conventos, según la orden a la que perteneciesen o donde estuviesen situados. El clero regular, que no dejó de aumentar en la primera mitad del siglo XVII con la creación de nuevas fundaciones mendicantes, tanto para hombres como para mujeres, estimándose en tres mil los conventos existentes, presenta diferencias substanciales según sea monacal o conventual. Las órdenes monacales (benitos, bernardos, cartujos y jerónimos), en cuyo seno se aprecia un porcentaje más elevado de miembros pertenecientes a la nobleza, poco a poco se van alejando de las normas establecidas por sus fundadores, viviendo con la opulencia de un noble -las celdas se amplían y se proveen de libros y de muebles- y, por tanto, abandonando el trabajo manual, que relegan en criados laicos. En el extremo opuesto, las órdenes mendicantes (franciscanos, carmelitas, agustinos, trinitarios y mercedarios) viven con mayor pobreza, si bien tampoco están a salvo de la crítica a la relajación de las costumbres, pues sabemos que numerosos conventos practicaban el fraude fiscal, vendiendo sus cosechas y ganados sin abonar los correspondientes impuestos a la hacienda.
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El tejido urbano emporitano, que es pródigo en estructuras de tipo doméstico, lo es menos, si exceptuamos, claro está, los santuarios, en cuanto a lo que atañe a los edificios destinados a la vida comunitaria. Sin embargo, las antiguas excavaciones pusieron de manifiesto la existencia de un centro urbano helenístico compuesto por un agora, una sota y un mercado anexo, que constituyen un conjunto único en la arqueología peninsular de época clásica. Los edificios que lo componen se hallan situados en el tercio septentrional de la ciudad, allí donde confluyen las dos vías principales de la misma y obedecen a un programa urbanístico realizado a mediados del siglo II a. C., para lo cual hubo que construir sobre los restos arrasados de un barrio anterior. Este conjunto ocupa menos de la mitad de una hectárea y se define como una plaza porticada de 52 x 40 m en cuyo costado norte se levanta una magnífica stoa de doble nave, probablemente de dos pisos, en cuyo fondo se hallan situadas una serie de estancias que se interpretan como tabernae, dos de las cuales poseen sendas cisternas. En el costado oeste de la plaza se conservan aún dos basamentos simples y uno doble, probables bases de altar, que evocan uno de los caracteres del agora: el religioso. El aspecto comercial queda puesto de manifiesto por la stoa y también por un pequeño mercado anexo a la plaza, situado junto a su ángulo sudoeste, compuesto por una serie de tabernae de cuyos tejados procedía el agua de lluvia que alimentaba una gran cisterna pública situada en el centro del patio que ellas mismas delimitaban. Este fue, sin duda, el centro neurálgico de la ciudad autónoma emporitana, allí donde, hasta la absorción de la misma por la ciudad romana, con la consiguiente promoción política de su foro, las instituciones de la polis tomaban las grandes decisiones que afectaban al cuerpo social de la ciudad.
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La arquitectura del Norte italiano muestra, en líneas generales, un gran conservadurismo. Sus plantas responden a la vieja tradición paleocristiana o a recreaciones de las fórmulas del primer románico, lo que resulta, en ambos casos, arcaizante para el siglo XII. La atención prestada a la ordenación de los muros internos de las naves casi nunca fue conseguida en un proyecto unitario y original, obteniendo unos resultados poco satisfactorios. Más éxito tendrá la dinámica organización de los muros exteriores, dinamizados con columnas, arquerías y, sobre todo, una magnífica ornamentación escultórica. El edificio que más trascendencia iba a tener sobre la arquitectura lombarda fue San Ambrosio de Milán. Un antiguo templo de tipo basilical que lentamente iría sufriendo modificaciones que terminarían por convertirlo en un característico monumento románico. En el siglo XI adoptó una cabecera de tres ábsides semicirculares y escalonados. A principios de la centuria siguiente, las naves se organizaron, para facilitar su abovedamiento, en un tramo de la central por cada dos de las colaterales; sobre éstas se dispuso una tribuna. Mientras que la nave central se cubre con ojivas abombadas, las laterales lo hacen con aristas. Hacia 1140, se levanta ante la fachada occidental un típico atrio porticado, fórmula de la arquitectura paleocristiana que venía siendo recreada por los arquitectos carolingios y otonianos. Aunque el edificio muestra un cierto enriquecimiento formal, y el color de la ladrillería le confiere una agradable plasticidad, no deja de ser una obra conservadora, de una sólida masa de volúmenes estáticos y pesados. Dada su significación religiosa fue tomado como modelo de los principales edificios de su entorno geográfico. Así sabemos que las ya desaparecidas catedrales de Pavía, Novara y Vercelli siguieron sus formas. San Zenón de Verona presenta también un gran conservadurismo planimétrico, la tradicional forma basilical. Una importante decoración escultórica del maestro Nocoló moderniza en románico sus anticuadas líneas arquitectónicas. Los contactos con Borgoña y con la arquitectura imperial del área renana también se acusa en algunos edificios del Norte. La iglesia de San Abundio de Como muestra unos volúmenes espaciales heredados del primer románico, muy próximos a algunas realizaciones otonianas. Cinco naves, con cubierta de madera, y torres flanqueando el presbiterio. Se recurre a los frisos de arquillos para la decoración de paramentos. La parte fundamental del proceso constructivo tuvo lugar entre 1063 y 1095, lo que hace que en conjunto sea un edificio bastante arcaizante. Los constructores de la catedral de Módena mostraron un especial interés por la articulación de muros y el modo de iluminación de la nave central. Comenzaron las obras en el siglo XI. Sin embargo, cuando en 1106 tiene lugar la primera consagración, el maestro Lanfranco, su constructor, tan sólo había edificado la cripta. La planta del edificio no pasa de ser más que un modesto proyecto de tres naves y otros tantos ábsides semicirculares, modestia que también se aprecia en la simple armadura de madera sobre arcos diafragmas que la cubre. Al interior, sobre el intercolumnio, arcadas apeadas en pilares compuestos y columnas, corre una falsa tribuna y, por encima de ésta, un orden de ventanas que se debió añadir cuando se realizaron las bóvedas góticas. Las fachadas aparecen articuladas con una arcada continuada, órdenes de columnas y una galería. En la catedral de Parma, construida después del terremoto de 1117, se muestra el mismo interés por conseguir una ordenación de los alzados interiores similar, aunque la planta introduce la variante de un crucero lobulado sobre una amplia cripta de igual forma. En la zona véneta, la influencia bizantina y la supervivencia de la tradición ravenática crea una arquitectura muy arcaizante, tal como podemos observar en Santa María de Torcello. En otros casos se trata de los mismos planteamientos teóricos de la arquitectura bizantina trasplantados a territorio italiano: San Marcos de Venecia. Este templo corresponde a una característica tipología del Imperio medio bizantino, aunque muestre algunos elementos epidérmicos del románico occidental. También se producen edificios románicos con algunos detalles secundarios bizantinos. A este último tipo responde San Donato de Murano, erigido durante el segundo cuarto del XII. Un maestro llamado Wiligelmo, trabajando en la catedral de Módena entre 1110 y 1120, sistematiza las formas escultóricas aplicadas a las fachadas de los edificios según el lenguaje expresivo del románico pleno. Con él se inicia la escultura monumental del románico en Italia. En la fachada de la catedral dispuso un registro horizontal de relieves en los que se ilustran una serie de escenas del "Génesis". El sentido fílmico-narrativo de la composición tiene su origen remoto en las imágenes de las biblias carolingias del escritorio de Tours que, aquí, tendrían un reflejo en las conocidas "biblias gigantes" (atlánticas). La lectura actualizada del mensaje en su época tenía un claro significado antiherético y anticismático, respondiendo a una necesidad político-religiosa de los pontífices, según ha demostrado Gandolfo. Inspirado en obras del arte provincial romano, su estilo se muestra inconfundible. Figuras de una plasticidad vigorosa, de formas redondas surgen monumentales sobre el plano del fondo. Frente a la tradicional inexpresividad prerrománica se muestra aquí todo un repertorio de gestos que dotan a las figuras de un cierto vitalismo. Su influencia la seguiremos en los escultores que llenan toda la mitad del siglo. Entre éstos cabe destacar la personalidad del llamado maestro Nicoló. Ha perdido la capacidad de dotar a sus personajes del lenguaje expresivo de Wiligelmo, sin embargo, ha reconducido las formas escultóricas al marco de las portadas, adaptándolas, como en Francia y España, a tímpanos y columnas con estatuas. Su manera de hacer se puede seguir por Piacenza, Ferrara, Verona, etc. Cuando Benedetto Antelami firma, en 1178, el relieve del descendimiento de la catedral de Parma un nuevo estilo anuncia su presencia. No se puede decir que sea ya la escultura gótica, pero muchos de sus aspectos iconográficos y plásticos han sido asumidos por este artista que se había formado entre los continuadores del maestro Nicoló. Antelami dota sus figuras de una expresividad dramática. Se puede apreciar en este descendimiento cómo el realismo gótico obliga al escultor a interpretar la escena con la angustia de la recuperación del cadáver de un hombre, y no de un dios como gustaba el románico. Sin embargo, la falta de dinamismo de las figuras, estáticas como columnas, tratadas con una definición lineal, casi bizantina, hace que no podamos considerar gótico este relieve. Los contactos con la escultura provenzal son evidentes. La madurez de su estilo lo alcanza en la decoración del baptisterio de Parma, donde trabaja entre 1196 y 1216. Sus seguidores, verdadera legión, crearán una escuela tardorrománica que, amanerándose en sus formas, serán, durante años, un verdadero obstáculo para la difusión de la escultura gótica.
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Los edificios destinados a la diversión alcanzan en Roma una gran importancia. El teatro es similar al griego, pero el romano tiene la orquesta y el graderío de forma semicircular, al tiempo que el escenario muestra importantes edificaciones, generalmente con columnas. El anfiteatro se empleaba para las luchas de gladiadores. El edificio tiene planta elíptica, rodeada por todos los lados de graderíos mientras que bajo la arena se distribuyen las salas dedicadas a las fieras, entrenamiento de los luchadores, etc. El Coliseo de Roma es el anfiteatro por excelencia. El circo se utilizaba para las carreras de caballos; tenía planta estrecha y alargada y estaba rodeado de gradas. La pista se establecía alrededor de la spina. Los monumentos conmemorativos tendrán un especial desarrollo en Roma debido a los deseos de los militares de representar sus triunfos. Los arcos de triunfo y las columnas serán los más utilizados. También conviene destacar en el apartado arquitectónico la construcción de calzadas, puentes, acueductos, puertas, murallas o foros, una muestra más del espíritu práctico que caracterizaba al pueblo romano
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La primera característica de los templos de repoblación es la diversidad de sus estructuras planimétricas. Veremos edificios basilicales, resultado de la tradición paleocristiana, con naves separadas por columnas, como San Miguel de Escalada; iglesias de dos naves; otras dotadas de una complejidad estructural mayor, en cuanto a la articulación de espacios interiores y volúmenes exteriores, tal como aparece en Santa María de Lebeña o en la iglesia de Bamba; o los llamados edificios contraabsidados, modelo que reproduce la iglesia-panteón de San Genadio, Santiago de Peñalba. Por último, junto a estas construcciones de plantas más elaboradas, aparecerán otras dotadas de una gran sencillez estructural, como los edificios de nave y cabecera únicas, tipología a la que responde Santo Tomás de las Ollas o San Miguel de Celanova, este último fruto de la irradiación en tierras gallegas de la arquitectura del valle del Duero. En cuanto a los materiales, que siempre son fruto de los que el propio lugar suministra, son también muy variados. Desde la mampostería con sillares en las esquinas, jambas y despiece de los arcos, hasta la sillería, más excepcional, la pizarra o el ladrillo asentado con barro. Las cubiertas a una o dos aguas, con armaduras de madera al interior, bóvedas de cañón continuo, de aristas, cupuliformes o gallonadas, configuran las soluciones tectónicas empleadas en nuestros edificios. Por fin, los soportes, en muchas ocasiones reutilizados, sobre los que voltean arcos de herradura, con frecuencia recuadrados por alfiz, y los modillones de rollos que lucen algunos templos en sus aleros, cierran la variopinta relación de elementos que configuran el léxico arquitectónico de las obras realizadas en el valle del Duero, en esta décima centuria, por artífices dotados de una gran tradición constructiva. Esta variedad, sobre todo estructural, responde, en primer lugar, a la funcionalidad y significación del edificio en sí. En ello va implícita también, como es lógico, la propia tradición constructiva del lugar o los condicionamientos topográficos que determinan, en no pocas ocasiones, formas y materiales. Pero detrás de esta realidad diversificada se esconden los modos de hacer del pasado hispanogodo, marcados por numerosos matices diferenciales que, a su vez, se explican por la multiplicidad de soluciones que caracterizan la arquitectura hispánica de los siglos V y VI.
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¿Cómo conocemos un edificio del primer románico? La respuesta es difícil, pues muchas veces se ha respondido de una manera ambigua que puede dar lugar a ciertas equivocaciones. Lo que podríamos llamar elementos epidérmicos, es decir, los que afectan simplemente al léxico dinamizador de los paramentos murarios, aparecen ya en la arquitectura de principios de la Alta Edad Media en Italia, incluso se podría decir que, en este área geográfica, desde la tardía Antigüedad, nunca dejaron de emplearse. Sin embargo, y pese a que muchos de los edificios románicos jamás tuvieron otra característica distintiva que ésta, por ella sola no podríamos definir esta arquitectura. Si en nuestra respuesta nos referimos al sistema de cubiertas pétreas, es decir, aquellos edificios que aparecen abovedados en su integridad y lo hacen disponiendo unos soportes articulados, entonces tendríamos que decir que este primer románico habría nacido en tierras de la Península Ibérica, donde una arquitectura tardoantigua conseguirá sobrevivir incluso a la invasión islámica. La suma de ambas respuestas nos podría definir cuál es el procedimiento constructivo del primer románico, pero para precisar dicha definición en una construcción determinada y real necesitaremos incluir el análisis de su tipología. Con el primer románico no sólo dará comienzo una técnica constructiva, sino que surgirá un tipo nuevo de edificio. Castillos e iglesias, aunque lo conservado en su inmensa mayoría se refiera a este segundo grupo, muestran una nueva imagen. Me he detenido en este breve circunloquio previo porque creo que, en la incomprensión del mismo, residen muchas de las disparidades críticas sobre la geografía concreta del origen del estilo. El léxico omamental de los muros se caracteriza por el empleo de fajas y arcos en resalte sobre el paramento, muchas veces se combinan ambas, dando lugar a grandes arcadas que rasgan el muro de arriba abajo -bandas lombardas- y originando una rica variedad de combinaciones. Todo esto tiene su origen más antiguo en Italia, pero sin embargo no es en estas tierras donde se produce la primera, ni la más depurada edificación del estilo. Grodecki ha dicho, y pienso que valorando en exceso estos elementos epidérmicos: "Se ve por este ejemplo -acaba de decir que San Abbondio de Como, construyéndose en 1067, es el edificio más célebre, por su acabado, del XI italiano- que el "primer arte románico" no hubiese tenido la fuerza dinámica que hizo de él el principal agente del arte románico, si esta arquitectura no hubiese rebasado Italia". Sólo en la España prerrománica nos vamos a encontrar edificios de una cierta envergadura totalmente abovedados, incluso con experiencia amplia en disponer hasta tres naves con diferentes bóvedas y pilares complejos para articular intercolumnios que organicen los tramos. Sin embargo, no será en la Península donde se geste el edificio románico, aunque el área catalana, dada su tradicional experiencia constructiva, contribuya a mejorar y, tal vez, a codificar definitivamente algunas de las estructuras abovedadas más significativas. Será en los edificios carolingios y de su inmediata inercia, en sus criptas, donde se ensayen las fórmulas de abovedamiento que den origen al sistema de cubierta de los espacios románicos. La forma de iglesia románica presenta dos tipos básicos y elementales: los populares y sencillos edificios de una nave y un ábside semicircular, totalmente abovedados; los de tres naves, con tres ábsides semicirculares, el central más ancho, también este tipo se presentará con bóvedas en todos sus espacios. Junto a esto habrá toda una preocupación por enriquecerlos con nuevos espacios o crear, en función de necesidades. concretas, pequeños añadidos espaciales. Los grandes monasterios desarrollaron enormes cabeceras que les permitían articular absidiolos para los altares necesarios en las celebraciones eucarísticas. Una solución fue la seguida en Cluny II, un largo transepto sirve para disponer los pequeños ábsides en batería. Otra fórmula que no termina de codificarse absolutamente durante el período es la girola con capillas radiales; surgirá a partir de las experiencias de microespacios secundarios ensayadas en las criptas anulares de la tradición carolingia. Los viejos westwerke carolingios contribuirán a definir un tipo de anteiglesia monástica conocida como galileo, relativamente usual en algunos monasterios cluniacenses. Pero, sobre todo, condicionará una de las soluciones que, a partir de ahora, se convertirá en paradigma de templo cristiano, la fachada con dos torres. En edificios muy monumentales se proyectará una torre sobre el crucero. La cripta, como depósito de reliquias, todavía continuará empleándose, aunque, siguiendo formas coetáneas en la arquitectura otoniana, vaciará amplios espacios bajo la cabecera del templo. La antigua forma circular seguirá evolucionando hasta alcanzar construcciones de un tamaño y disposición desconocidos hasta entonces.
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Se empieza esta etapa con la realización de nuevos proyectos de catedrales, Orense y Sigüenza. La larga duración del proceso constructivo hace que sólo pertenezcan a esta tendencia estilística las primeras fases, el resto corresponderá ya a obra gótica. El elevado número de sus canónigos exige que estas catedrales tengan una amplia cabecera desarrollada sobre un gran crucero en el que se articulan varios ábsides dispuestos en batería. Es una vieja tipología de origen benedictino que ahora, ante las mismas necesidades de funcionamiento litúrgico que en los primeros momentos del primer románico, se volverán a utilizar. Todavía, hacia 1200, se levantan dos nuevas catedrales, la de Lérida y Tarragona, que conservan la misma tipología. La primera es un proyecto unitario original, mientras que la segunda se debe a varios replanteos de la idea inicial. Como en el resto de Europa, es el momento de mayor actividad en la fundación y construcción de los grandes monasterios cistercienses. Durante mucho tiempo se ha considerado que estas construcciones representaban verdaderas aportaciones protogóticas en la historia de la arquitectura hispana. Un replanteamiento del tema, a partir de nuevos análisis monográficos de los edificios, nos demuestra que no hay nada en esta arquitectura correspondiente al XII, que pueda considerarse una novedad gótica, sino todo lo contrario. Son obras muy conservadoras respondiendo al espíritu de la Orden. La iglesia del monasterio de Santa María de Armenteira presenta una planta basilical cubierta con bóvedas de cañones. Otros templos tienen mayores pretensiones monumentales en la concepción del presbiterio y su entorno, desarrollando una cabecera en forma de girola con absidiolos tangenciales. Este es el tipo planimétrico empleado en Santa María de Moreruela y Santa María de Poblet entre otros ejemplos bien conocidos. Las supuestas primicias góticas corresponden a bóvedas de ojivas, cuya realización no debió ser obra anterior al siglo XIII, por lo que no se pueden considerar vanguardistas. Pertenecen también a este período ciertas tipologías exóticas: plantas centrales relacionadas con los templarios, como las iglesias de la Veracruz de Segovia, de Torres del Río y de Eunate; los célebres cimborrios del valle del Duero, con sus curiosos tratamientos murarios y sus cúpulas nervadas. Otra de las importantes aportaciones de la arquitectura tardorrománica es la aparición de una escultura monumental que, como ocurre en otras zonas del Mediterráneo, introduce una cierta tendencia naturalista inspirada en una plástica antigua. Las figuras representadas, cada vez más liberadas del marco arquitectónico, adquieren una plasticidad de formas de un naturalismo idealizado, a la vez que adoptan actitudes que pretenden ser expresivas. Sus autores, que en su mayoría conocieron las primeras realizaciones del gótico francés coetáneo, crearon un arte que ha sido considerado siempre como una de las más hermosas muestras de la cultura española. Todos estos artistas hicieron escuela, y sus discípulos constituyen esa legión de artesanos que popularizaron las formas de sus maestros de manera inercial a lo largo del siglo XIII. En esta larga nómina de artistas habrá que incluir los que labraron las deliciosas escenas hagiográficas del cenotafio de San Vicente de Avila, el solemne Cristo de Santiago de Carrión, el relieve de la Anunciación y el tímpano de la iglesia en el monasterio de Silos entre otras creaciones. Sin embargo, esta tendencia de la escultura tardorrománica presenta matices estilísticos que nos obligan a considerar a algunas de sus obras de manera muy diferente: mientras que el apostolado representado en la Cámara Santa de Oviedo pertenece a un arte arcaizante, las obras del Pórtico de la Gloria corresponderían ya a una estética gótica.
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El conjunto de edificaciones más importantes de la Mérida romana se hallaba en el extremo suroriental de la ciudad, en el límite del recinto murado, y lo constituían el Teatro y el Anfiteatro. Ambos fueron contemplados dentro del plan general del urbanismo de la nueva ciudad y se ubicaron en las faldas de una suave colina, que sirvió para asentar, en talud, sus graderíos. El teatro fue construido, según nos indica una inscripción, en los años 16-15 a. C. y su donante no fue otro que Marco Vipsanio Agripa, posible patrono de la colonia. Como edificio que estuvo en uso varios siglos, sufrió varias remodelaciones, la más importante en el período final de los Flavios o en época de Trajano. Otra, considerable también, entre los años 337-340. A la edificación primitiva correspondería todo el graderío y el pórtico situado detrás de la escena; a la segunda fase, de finales del siglo I d. C., la monumental fachada de la escena; a la tercera, del siglo IV d. C., la remodelación del frente escénico. La fachada del edificio es una recia construcción con núcleo de hormigón dispuesto en tongadas y un revestimiento de sillares de granito almohadillado. A lo largo de la misma se abren las puertas de acceso al recinto. El graderío aparece dividido en tres sectores. El inferior, o imacavea, con 22 filas de asientos; el central (media cavea) con cinco filas y la superior (summa caves), incompleto. Toda la cavea estaba dividida en sectores por medio de las correspondientes escaleras. Los asientos eran de sillares de granito y el aforo total del edificio, de 5.500 espectadores. Separada del graderío por un cancel de mármol (balteus), se encontraba la orchestra, semicircular, con pavimento marmóreo. A la orchestra se accedía por unos corredores abovedados (itinera), que concluían en puertas adinteladas en las que figuraban sendas inscripciones referentes a la inauguratio del edificio por Agripa. El muro que delimitaba la orchestra y el escenario propiamente dicho ofrecía un frente con sucesión de vanos semicirculares y rectangulares.Lo que reviste mayor monumentalidad en el edificio es su frente escénico (scaenae frons). En él se abrían tres puertas: la valva regia, la central y las valvae hospitalia, las laterales. La estructura de la fachada comprendía, además, un basamento con zócalo de mármol y coronamiento en forma de cornisa, también de mármol. Luego, dos cuerpos de edificio con columnas corintias de fustes azulados y con basas y capiteles corintios de mármol blanco. Destaca la riqueza decorativa de cornisas y demás elementos ornamentales de la arquitectura. Los intercolumnios del frente escénico estaban ocupados por esculturas, hoy en el Museo. Detrás de la escena se desarrollaba un monumental pórtico, con jardín central y una capillita, en el eje central, dedicada al culto imperial.
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El punto de interés religioso de Babilonia era, sin duda, la ziqqurratu, llamada Etemenanki (Casa fundamento del cielo y de la tierra), de la cual hoy sólo subsisten algunos ladrillos de sus cimientos y una ancha fosa cuadrangular con un apéndice frontal -llamada "es-Sahn" = la sartén-, todo lleno de agua, en donde crecen las cañas. Por una tablilla de la época seléucida, hallada en Uruk (Tablilla del Esagila), y que copiaba un original más antiguo, conocemos las dimensiones reales de la monumental torre: 15 por 15 por (15) gar, esto es, 90/91 m cada uno de los lados de la base por 90/91 de altura. La mole, formada por un núcleo de adobes recubiertos por una gruesa capa de ladrillos de hasta 15 m de espesor, se alzaba sobre un gigantesco terraplén en forma rectangular (456 por 412 m), cerrado por una muralla con doce puertas, en cuyo sector meridional se levantaban los edificios auxiliares, y en el oriental el mercado, los quioscos y los almacenes. Se ignora el número exacto de plantas que tuvo y la disposición de sus escaleras, aunque las reconstrucciones más fiables hablan de siete pisos y de una gran escalera de acceso, exenta, y que alcanzaba la segunda planta. Desde allí se llegaba a la cúspide, en donde algunos autores sitúan un templo alto (shakhuru) que, según los textos, Nabucodonosor II hizo centellear con ladrillos esmaltados de azul claro, para contraponerlo, de alguna manera, al templo bajo, como así se denominaba al Esagila de Marduk. Sobre el lado meridional del Etemenanki, y ocupando una superficie de 6.700 m cuadrados, delimitada por una muralla, se situó el templo bajo de Marduk, llamado Esagila (Casa de la cabeza alzada), todavía hoy escondido por una gran capa de escombros. Constaba de un santuario principal y dos patios situados al este, sobre los que se abrían numerosas dependencias auxiliares, midiendo todo 89,40 por 116 m. En este magnífico templo (79,30 por 85,80), que guardaba el tesoro del dios en cámaras secretas, tenían sus capillas Marduk, muy espaciosa (40 por 20 m), su esposa Zarpanitum y el hijo de ambos, Nabu, así como otras dedicadas a las deidades más importantes del panteón. Por referencias sabemos que las paredes y la cubierta de la cella principal eran de maderas preciosas revestidas de lámina de oro y plata, el pavimento de baldosines de alabastro y lapislázuli y el techo de vigas de cedro dorado. A tal cella, que guardaba la gran estatua de Marduk, de oro, sentado en trono también de oro, se accedía por una fachada monumental, reforzada con torres. Un tercer santuario, en conexión con el Esagila era el bit akiti (Casa del Festival Akitu), situado fuera de las murallas de la ciudad, en su zona norte, probablemente en el actual Tell esh-sharki. De tal construcción, que desempeñaba un importantísimo papel cada año con motivo de las fiestas en honor de Marduk, nada se sabe al no haberse localizado. Los tres conjuntos religiosos que acabamos de citar estaban conectados entre sí mediante una magnífica Vía procesional que, arrancando desde el puente del Eufrates (a partir de un desembarcadero) se dirigía, tras bordear el Etemenanki, hacia el norte para ir a buscar la Puerta de Ishtar y prolongarse en la campiña hasta el bit akiti. Esta Vía, llamada Ai-ibur-shabu (El enemigo no pasará), lugar por donde se desarrollaban las espectaculares procesiones de Marduk, Nabu y demás dioses durante las fiestas del Año Nuevo, estaba pavimentada con cuadradas losas de caliza roja con vetas blancas. Su longitud era de unos dos km y su anchura oscilaba entre los 16 y los 20 m. Discurría entre muros de 7 m de altura y presentaba como decoración las figuras de 120 leones (el animal sagrado de Ishtar), hechas también de ladrillo moldeado y vidriado sobre un fondo azul. La serie de fragmentos encontrados ha permitido realizar una reconstrucción parcial de la misma en el Museo de Berlín. De las ocho puertas de la ciudad, cada una asignada a una divinidad, la más importante fue la dedicada a la diosa Ishtar. Estructuralmente, tal construcción se componía de dos puertas, con pequeños vestíbulos internos, conectadas con un paso de enlace y realzadas con sendos torreones dobles; sus cuerpos, de distinta altura, finalizaban en almenas y se adaptaban en todo a la línea defensiva de las murallas del sector norte, zona en la que estaba ubicada. Su construcción conoció tres fases, debiendo elevarse cada vez el nivel de la calle: en la primera, se levantó con ladrillos en relieve sin esmaltar, en la segunda, con ladrillos esmaltados y lisos, y ya, en la última (lo que significó el enterramiento de las dos puertas anteriores), se combinaron las dos modalidades de ladrillos (esmaltados y en relieve), dando como resultado una maravillosa obra arquitectónica. Las paredes de la Puerta, que alcanzó los 25 m de altura, se revistieron con ladrillos esmaltados en tono azul intenso, sobre los cuales se situaron en relieve y en un mínimo de 13 filas 575 figuras de dragones (mushhushshu) y toros, atributos ambos, en este contexto, del dios Marduk, a quien Nabucodonosor II -y no a Ishtar- entregó la puerta como don. En la actualidad, lo que subsiste in situ es la parte inferior (entre 7 y 12 m de altura) de la Puerta sin esmaltar, con los restos todavía de unos 150 toros y dragones. Muy cerca de ella, se ha construido últimamente una reproducción de la Puerta a mitad de su tamaño, pálido reflejo de lo que fue la construcción originaria vidriada, la cual puede verse hoy, parcialmente montada, en el Museo de Berlín.