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Desde sus inicios el Régimen de Franco quiso crear una cultura basada en dos pilares fundamentales, el nacionalismo y el tradicionalismo, que reanimara la vida espiritual en España y que inculcara en las nuevas generaciones un fuerte sentimiento religioso y patriótico. Los elementos contradictorios de esta empresa eran la Iglesia y la Falange. El resurgimiento católico de los años 40 tuvo un éxito parcial al lograr una mayor participación en la religiosidad, pero la cultura fascista de la Falange era en parte el polo opuesto a este proceso y obtuvo menores resultados. Sus actividades literarias y culturales tuvieron una época de protagonismo a principios de los 40, pero el final del fascismo en Europa y la pérdida de importancia de la FET, incluso dentro del Régimen después de 1945, redujo enormemente su influencia. Para la población media, especialmente en las ciudades, la España de los 20 primeros años de la posguerra desarrolló su cultura popular y sus propias formas de entretenimiento. Con el beneplácito del Régimen estas formas de distracción iban desde los cómics hasta las novelas baratas, pasando por programas de radio y cine de escasa calidad, sobre todo sentimentales y siempre dentro de los límites impuestos. También se fomentaban los deportes, pero no contaba con los medios para hacerlo a gran escala. En los años 50 el fútbol profesional era enormemente popular y se seguía masivamente con el mismo entusiasmo que en otros países occidentales. Fueron los católicos conservadores los que empezaron a destacarse en las actividades culturales oficiales después de 1945. Sus bases eran Acción Católica, la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y la Editorial Católica. En 1951 se nombró al catedrático Joaquín Ruiz Giménez Ministro de Educación, poniendo así la política educativa en manos de una de las figuras católicas más idealistas y tolerantes. Aunque era absolutamente leal a Franco, Ruiz Giménez intentó realizar una apertura en el ámbito de la educación; quiso aumentar y mejorar las instalaciones, reformar y modernizar los programas e incorporar partes de la cultura española que el Régimen había dejado olvidadas. Formalmente era un miembro del Movimiento y llevaba la camisa azul en determinadas ocasiones. Parte de su política consistió en nombrar a los falangistas más liberales del mundo de la cultura -que a estas alturas solían ser ex falangistas- para los puestos clave de su ministerio y del sistema universitario, con la esperanza de proyectar lo mejor del Movimiento y un progresismo católico más tolerante. Eligió a Pedro Laín Entralgo para rector de la Universidad de Madrid, a Antonio Tovar de la de Salamanca y uno de los intelectuales falangistas más hábiles, el joven Torcuato Fernández Miranda, dirigió la Universidad de Oviedo. No contaba con los recursos económicos necesarios para poner remedio a los problemas y necesidades del sistema educativo español, pero Ruiz Giménez mantuvo su política entre 1951 y 1953. Puso en marcha ciertas reformas tanto en la universidad como en la secundaria, donde una nueva ley de 1953 cambió los programas de estudios y permitió revisiones limitadas de los colegios católicos. Se hizo un gran esfuerzo para incorporar profesores cualificados que se habían condenado al ostracismo. Se le dio un puesto al exilado Arturo Duperier, el único físico español de renombre internacional. Ruiz Giménez también quiso liberalizar los programas, permitir la elección de materias y expresión cultural, pero esto produjo agudos ataques por parte de los falangistas y de la extrema derecha. Los intentos por relajar la censura en estos años fueron en vano, pero los contactos comerciales y culturales con la Europa occidental y Estados Unidos aumentaron y empezó a notarse una mayor diversidad de opinión en las publicaciones españolas. Muy lentamente la censura se iría ajustando a los nuevos horizontes de la vida española. En 1954 el sector crítico de derechas dentro del propio Régimen logró acabar con la libertad de acción de Ruiz Giménez como Ministro de Educación. Aun así, el panorama cultural español se estaba desarrollando bajo el efecto que tuvo la ampliación del sistema universitario y el crecimiento de la economía, y estimulado por nuevas relaciones internacionales y culturales. Por primera vez en la historia del Régimen, los estudiantes universitarios, a pesar de la obligación nominal de pertenecer a la organización estudiantil falangista, SEU, empezaban a desarrollar ideas disidentes, ya fuera desde una perspectiva crítica falangista, monárquica, católica independiente, liberal o de izquierdas. El consenso forzado de la vida cultural española empezaba a resquebrajarse. En 1953 se dio el primer intento de anular unas elecciones del SEU, cuando un nuevo grupo llamado Juventud Universitaria intentó, de forma indirecta, resucitar la esencia de la vieja Federación Universitaria Española de tiempos de la República. Aunque no tuvo éxito, algunos falangistas jóvenes también se estaban convirtiendo en disidentes, cada vez más críticos hacia el carácter derechista del Régimen, su incapacidad para instaurar un sindicalismo nacional revolucionario y su subordinación burocrática al Movimiento. En 1952 y 1954 se formaron dos grupos de juventudes falangistas semiclandestinos, aunque ambos fueron disueltos por la policía. En la ceremonia falangista anual del Día del estudiante caído, el 9 de febrero de 1955, un joven militante insultó abiertamente a Fernández Cuesta, el conservador Secretario General. Durante el resto del año siguió habiendo gestos de insubordinación, aunque a menor escala. En un campamento de las Falanges juveniles de Franco en julio, algunos de los jóvenes mostraron su antipatía hacia el príncipe Juan Carlos, haciendo que su difícil situación lo fuera aún más. En noviembre, en la ceremonia conmemorativa de la muerte de José Antonio, un joven falangista gritó "No queremos reyes idiotas", que era una frase común del resentimiento falangista en contra de la política oficial. Unos días después, un grupo de jóvenes falangistas de marcha por las afueras de Madrid, entonaron una canción en la que se ridiculizaba al propio Caudillo. Por éstos y otros disturbios se echó al jefe del Frente de Juventudes y al de los Guardias de Franco en ese mismo mes. En 1956, en la Universidad de Madrid había por lo menos cuatro grupos disidentes de estudiantes, además de lo que quedaba del SEU. En la extrema izquierda se encontraba el grupo clandestino comunista. También había un pequeño grupo socialista y otro pequeño núcleo que deseaba una reforma drástica del sistema, aunque no necesariamente el final del mismo. Los disidentes del SEU simplemente querían una reforma del SEU. Las elecciones estudiantiles libres era uno de los objetivos prioritarios y el 1 de febrero de 1956 se distribuyó un manifiesto de la oposición en el que se llamaba a una asamblea nacional de estudiantes libremente elegida. Los candidatos oficiales del SEU perdieron las elecciones a delegado por primera vez en la Facultad de Derecho, el foco fundamental de la revuelta. Tuvieron lugar una serie de incidentes violentos, que culminaron el 9 de febrero, cuando un grupo de estudiantes que se estaban manifestando se encontraron con los falangistas, que volvían de la ceremonia anual por el Estudiante Caído que tenía lugar en una de las calles principales cerca de la universidad. Para cuando la policía pudo deshacer el tumulto, había un falangista gravemente herido de un balazo en el cuello, probablemente disparado por la policía o por uno de sus camaradas. La policía detuvo a unos 50 estudiantes de la oposición. Los líderes falangistas exigieron que se tomaran más medidas y la prensa del partido inmediatamente comenzó una campaña sobre los peligros que esto suponía para el Movimiento y el Régimen. Mientras se divulgaban informes con una lista preparada por el SEU y los activistas de los Guardias de Franco para una noche de los cuchillos largos, el Capitán General de Madrid, Rodrigo, dejó bien claro que el Ejército no actuaría con violencia e incluso puso las sedes de los falangistas bajo vigilancia para mantenerles a raya. Aparentemente, Franco estaba lo suficientemente bien informado para darse cuenta de que los incidentes de febrero los había provocado un puñado de estudiantes politizados que se podía reprimir fácilmente. No reaccionó al principio y pasó el día 10 de febrero en una de sus largas cacerías. No fue hasta un día después, que el Gobierno decretó por primera vez la suspensión de los artículos 14 y 18 del Fuero de los Españoles, y cerró temporalmente la Universidad de Madrid. El Generalísimo no podía ignorar la descomposición interna y los conflictos mutuos que existían entre las familias políticas del Régimen, algunas de las cuales estaban casi exhaustas. El leal Girón avisó que había un sentimiento negativo hacia Franco dentro del Movimiento. Una alternativa podía ser traer expertos más técnicos al Gobierno, idea que apoyaba Carrero Blanco, pero en el invierno de 1956 Franco no estaba por la labor de realizar ningún cambio significativo. Después de una semana, el 16 de febrero, Franco reemplazó a los dos ministros cuya autoridad se había puesto en duda. El falangista en quien más confiaba el Caudillo, Arrese, volvió después de 11 años para sustituir a Fernández Cuesta como Secretario General del Movimiento y la cartera de Educación de Ruiz Giménez se la ofreció a Jesús Rubio García-Mina, un catedrático de universidad y antiguo subsecretario de Educación. A los reformistas de Ruiz Giménez también se les sustituyó por un personal más ortodoxo, aunque permanecieron dos figuras clave: Torcuato Fernández Miranda como Director General de Universidades y el joven Manuel Fraga Iribarne, que se hizo cargo del Instituto de Estudios Políticos. Esta reorganización se llevó a cabo en un ambiente de creciente malestar económico causado por la subida constante de la inflación. El Gobierno dio una subida lineal de un 20 por ciento en los salarios el 3 de marzo, seguida de otro 7,5 por ciento en el otoño. Para complacer al Ejército que, en proporción, había perdido más por la subida de los precios -sobre todo los oficiales jóvenes- se les dio un aumento aún mayor en el verano. Estas medidas no acabaron con las huelgas de abril en el País Vasco, los primeros paros laborales a gran escala que había habido allí en cinco años. En conjunto, los incidentes habían sido mucho más importantes de lo que las respuestas de Franco parecían indicar, ya que fue la primera crisis interna de envergadura a la que tuvo que enfrentarse el Régimen en 14 años. Además, la amenaza falangista de la noche de los cuchillos largos había extendido el miedo en Madrid. Los acontecimientos demostraban que después de 15 años el Régimen estaba perdiendo el control de la juventud en las universidades más importantes, donde antes había tenido un apoyo limitado o, al menos, no había resistencia. Durante las dos décadas siguientes del Gobierno de Franco la oposición universitaria no haría más que crecer progresivamente. Los críticos del falangismo y los católicos progresistas a los que se había retirado del poder junto con Ruiz Giménez, nunca regresarían al Régimen. Los sucesos de 1956 fueron el primer atisbo de un renacimiento de la oposición interna, que procedía no de la República ni de los emigrantes de los años 40, sino de una nueva generación que había crecido bajo el Régimen en los años 50. No hay indicios de que Franco tuviera pensado llevar a cabo ningún cambio de importancia después de la crisis de febrero, aparte de gobernar con más mano dura. El nuevo Secretario General del Movimiento, sin embargo, era consciente de que los problemas de la Falange no se resolverían con una mayor manipulación burocrática. Se había opuesto a toda la tendencia monárquica que conllevaban las Leyes Fundamentales de 1945-47 y estaba convencido de que quizá ésta fuera su última oportunidad de darle un papel destacado al Movimiento dentro de la estructura permanente del Régimen. La redefinición institucional del Régimen no era nada nuevo; Serrano Suñer y otros teóricos habían preparado borradores durante los años 40 que no habían llegado a nada. Pero Arrese estaba sorprendido y encantado cuando Franco aprobó su propuesta de reunir una nueva comisión falangista y preparar los textos de unas posibles leyes para dar un nuevo significado al Movimiento. En cierta ocasión, Franco había expresado en privado su opinión de que el Movimiento no era otra cosa que una "propaganda claque", pero deseaba otorgarle un puesto estable en el sistema, porque creía que todavía cumplía ciertas funciones indispensables. Insistió en que los falangistas tendrían que adaptarse a una posible sucesión monárquica y también reiteró el 29 de abril que "la Falange puede vivir sin la Monarquía; lo que no podría vivir nunca sería ninguna Monarquía sin la Falange" (El pensamiento político de Franco, Madrid, 1964, I, 251). Lo único que se exigía a los falangistas era, como siempre, que se adaptaran a los cambios y giros del Régimen. Ante un público de 25.000 falangistas en Sevilla el 1 de mayo, declaró que "en política no se puede ser estacionario... Por eso no podemos permanecer estáticos en el pasado... Hizo uso de la vieja retórica falangista, Estamos haciendo la revolución, dijo, pero luego añadió Revisaremos todo lo que hago falta" (Discursos y mensajes del jefe del Estado, 1955-1959, Madrid, 1960, 183-89). En una reunión, el 17 de mayo, de la Junta Política del Movimiento se aprobó una comisión dirigida por Arrese para preparar los borradores de las nuevas leyes fundamentales que iban a redefinir el Movimiento, sus principios y su papel dentro del sistema. La comisión estaba formada por figuras del partido como Fernández Cuesta y Rafael Sánchez Mazas, dos miembros del Gobierno no falangistas, Carrero Blanco y el Ministro de Justicia, Iturmendi entre otros. Al principio hubo gran disparidad de opiniones, pero en otoño se habían preparado tres borradores: uno sobre los Principios del Movimiento Nacional, una ley orgánica para el propio Movimiento y una propuesta de ley de Ordenación del Gobierno. El primero trajo poca polémica, ya que suponía una desfascistización drástica de los Veintiséis Puntos del Movimiento. En sus cuatro artículos se olvidaban todas las referencias al imperio o a cualquier otro objetivo radical, y en cambio se ponía mayor interés en los principios del catolicismo, la familia, el sindicalismo estatal, la integridad del individuo, la unidad nacional y la cooperación internacional. La Ley Orgánica del Movimiento era mucho más drástica, ya que daría autonomía absoluta al Movimiento, hasta el punto de hacerlo totalmente independiente tras la muerte de Franco y concentraría todo el poder en manos de su Secretario General y su Consejo Nacional. El Jefe del Estado después de Franco no tendría ningún poder sobre la organización, aunque podía participar en el nombramiento de los miembros del Consejo Nacional. Este elegiría a los futuros secretarios y serían responsables sólo ante el Consejo, que a su vez podría hacer las veces de tribunal de revisión constitucional y tendría el poder de vetar cualquier legislación. La propuesta para la Ley de Ordenación del Gobierno pretendía dar al Movimiento un papel relevante en el Régimen. Estipulaba que el Jefe del Estado nombraría un presidente del Gobierno después de consultar con el presidente de las Cortes y con el Secretario General del Movimiento. Este se convertiría automáticamente en vicepresidente del Gobierno cuando muriera Franco, en caso de que este puesto estuviera vacante. El presidente y su gabinete tendrían un mandato de cinco años y, si el Jefe del Estado o tres votos del Consejo Nacional lo consideraban oportuno, podían destituirles de su cargo. El secretario general, como miembro del Gobierno, tenía el poder perpetuo del veto. Así era como Arrese y la vieja guardia falangista pretendían perpetuar un nuevo monopolio político tras la muerte de Franco. La nueva ambición que Arrese le inyectó al partido produjo la incorporación de nuevos miembros; unos 35.000 se unieron en 1956, el último aumento importante. La mayoría de los miembros del Régimen esperaban que existiera una fórmula que pudiera mantener las características básicas del sistema después de la muerte de Franco, pero nadie excepto los falangistas duros podían apoyar una propuesta que otorgara semejante poder permanente al Secretario General y al Consejo Nacional del Movimiento. Los monárquicos criticaron especialmente la exclusión de cualquier mención a la Corona y los más reformistas pusieron objeciones al poder que tendría el futuro Jefe del Estado. Carrero Blanco, en principio, propuso que se revisaran las propuestas, pero todos los demás miembros del gabinete, incluido el Ministro falangista de Educación, se opusieron a ellas en mayor o menor grado. En la prensa no se dijo ni una palabra sobre el tema, pero los borradores de Arrese circularon entre la elite del Régimen y creció la oposición por todos los flancos. Algunos de los altos mandos militares expresaron su desacuerdo y el Ministro monárquico de Obras Públicas, el septuagenario Conde de Vallellano, distribuyó dos documentos durante el mes de octubre en los que denunciaba lo que él llamaba la introducción del Estado totalitario y un politburó de estilo oriental. El golpe de gracia lo dieron tres cardenales, que llamaron a Franco el 12 de diciembre para presentar un documento en el que se declaraba que las propuestas estaban en desacuerdo con las doctrinas pontificias y luego proseguía: "Los proyectos de Ley Orgánica del Movimiento Nacional y Ley de Ordenación del Gobierno no tienen raíces en la tradición española sino en los regímenes totalitarios de algunos pueblos después de la Primera Guerra Mundial, cuyas doctrinas y prácticas recibieron serias amonestaciones de los romanos pontificios". Los cardenales aseguraron que ellos no exigían el liberalismo de una democracia inorgánica, es decir, un sistema parlamentario, pero sí le pedían al Generalísimo que promoviera una actuación y verdadera representación orgánica en vez de una dictadura de partido único. Se venía hablando de un cambio general de Gobierno desde el verano anterior, y Arrese había estado trabajando con el objetivo de lograr una mayor influencia del falangismo. Pero para entonces Franco estaba más preocupado por la inflación y el déficit de la balanza de pagos, que se estaban convirtiendo en verdaderos problemas. El Régimen necesitaba un mejor manejo de la economía, mientras que cualquier renacimiento del falangismo se había convertido en algo infructuoso y anacrónico, y era inaceptable para las instituciones más destacadas y para la opinión pública. Las situaciones española e internacional exigían una administración más eficaz, algo que el Movimiento era incapaz de llevar a cabo. En febrero de 1957 Franco decidió archivar las propuestas falangistas sine die y llevar a cabo una profunda renovación gubernamental.
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Los conquistadores Repartía siempre Cortés la tierra entre los que la conquistaban, según la costumbre de las Indias, y por la confianza que tuvo de ser repartidor general en lo que conquistase, o por hacer bien a sus amigos, que los tuvo grandes; y como tuvo cédula del Emperador de poder encomendar y repartir la Nueva España a los conquistadores y pobladores de ella, hizo muchos y grandes repartimientos, mandando a los encomenderos tener un clérigo o fraile en cada pueblo o cabecera de pueblos, para enseñar la doctrina cristiana a los indios encomendados, y ocuparse en la conversión, porque muchos de ellos pedían el bautismo. No dio a todos repartimiento, pues hubiese sido imposible y demasiado, ni tal como ellos deseaban y pretendían; por lo cual algunos se corrieron y otros se quejaron. Ninguna cosa indigna y mueve más a los conquistadores que los repartimientos, y por ninguna otra cosa han caído tanto en odio y enemistades los capitanes y gobernadores cuanto por ésta; de suerte que, siendo el más necesario y honrado cargo, es el más dañoso y envidioso. Todos los reyes y repúblicas que señorearon muchas tierras, las repartieron entre sus capitanes y soldados o ciudadanos haciendo poblaciones para conservación y perpetuidad de su estado, y para galardonar los trabajos y servicios de los suyos, y en España se ha usado y guardado siempre desde que hay reyes, y así lo hicieron los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, y hasta el Emperador, hasta que le aconsejaron al revés; pues en Madrid, el año 25, mandó dar los repartimientos perpetuos, que es mucho más, sobre acuerdo y parecer de su Consejo de Indias y de muchos frailes dominicos y franciscanos, y otros letrados que para ello juntaron, según muchos afirman. Trabajan y gastan mucho los que van a conquistar, y por eso los honran y enriquecen; y así, quedan nobles y famosos, y es buen privilegio ser caballero de conquista. Si la historia lo permitiese, todos los conquistadores se habían de nombrar; mas, puesto que no puede ser, hágalo cada uno en su casa.
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Los amerindios reaccionaron, por lo regular, favorablemente a la presencia española, unos hombres exóticos que no sabían de donde venían, ni qué pretendían. Luego, cuando los invasores les robaban sus alimentos y mujeres y derribaban sus ídolos, cambiaban de actitud y les atacaban. Era entonces cuando conocían el poder de los caballos, los arcabuces y los cañones. Los primeros encuentros eran terribles y los naturales tomaban entonces la decisión de pactar una alianza -a esto obedecían por lo común la entrega de mujeres a los vencedores-, huir lo más lejos posible o hacerles una guerra de emboscadas, en la que tenían algunas probabilidades de éxito. Las campañas suicidas fueron pocas, pues los indígenas comprendieron muy pronto que sus armas eran muy inferiores a las del enemigo. Consistían en simples arcos y flechas, tiraderas o propulsores, macanas, porras y espadas con filos de obsidiana. Naturalmente, es preciso distinguir en este aspecto militar dos tipos de amerindios: los pertenecientes a culturas formativas, recolectoras y cazadoras, que por lo regular tenían sociedades de tipo tribal, y los de las altas culturas, que poseían organizaciones sociopolíticas complejas, jerarquizadas y con una autoridad superior. Los primeros, que ocupaban la mayor parte de América, carecían de estructura militar. Luchaban anárquicamente dirigidos por su cacique y eran derrotados fácilmente, huyendo entonces al monte. Los españoles no conseguían nada con su victoria, pues el exterminio de combatientes difícilmente inducía al jefe tribal a solicitar la paz. Aún en el caso de que esto ocurriera, el resultado era siempre mezquino, pues los caciques próximos seguían combatiendo, siendo preciso someterlos uno por uno. Esto explica la dificultad de conquistar Tierra Firme, una operación que llevó casi medio siglo (se inició en 1499 y hasta 1545 no se fundó El Tocuyo), Chile, el norte de México, etc. Las altas culturas (Mesoamérica y la región centroandina) tenían organizaciones militares con mandos y unidades especializadas de guerreros. En estos lugares pudieron librarse batallas espectaculares, en las que las fuerzas guerreras de los naturales fueron vencidas, acabando con ello la resistencia. En Otumba los aztecas se desmoronaron cuando los españoles capturaron a su jefe. El imperio inca cayó en una hora, cuando Pizarro apresó a Atahualpa en Cajamarca. El caso del territorio maya es peculiar, pues había desaparecido su unidad política muchos años antes de la llegada de los españoles. Hay que tener en cuenta, además, que entre las altas culturas la guerra tenía un significado distinto al del español. Los aztecas no luchaban para matar enemigos, sino para hacer prisioneros que sacrificaban luego a sus dioses. Los incas lo hacían para integrar otros pueblos en el Tahuantinsuyo y confiaban comúnmente en que el enemigo se sometiera al ver la magnificencia de su ejército. Atahualpa no pudo imaginar que unos cientos de españoles tuvieran la osadía de enfrentarse a su enorme ejército, y por ello caminó confiado a su encuentro. Se dio así la paradoja de que quienes disponían de infraestructura militar fueron dominados más fácilmente que quienes carecían de ella. Los grandes jefes de las altas culturas o de sociedades muy jerarquizadas fueron comúnmente apresados y sometidos al pago de botines de oro y plata, a cambio de algo que las crónicas españolas presentan de una forma indefinida como el rescate por su persona, sin que se aclare si era por la vida o por la libertad del personaje. Cuesta trabajo pensar que los conquistadores pidieran rescate por no matar a un jefe indígena, pero más aún que estuvieran dispuestos a dejarles en libertad a cambio de un botín, como pensaron quizá Moctecuhzoma, Atahualpa, Quemuenchatocha, etc. En cualquier caso, el efecto fue el mismo, pues todos ellos murieron antes o después acusados de exóticos delitos. La falta de escritura en la mayor parte de América (sólo la había en Mesoamérica) ha impedido que tengamos una visión amerindia de la conquista. Los pocos relatos que nos han llegado la presentan con tintes apocalípticos. Pese a todo, la derrota militar debió significar poco frente a sus consecuencias.
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Los Consulados, como organismos encargados de proteger la actividad comercial y dirimir los pleitos entre los comerciantes, tenían ya una larga tradición en España, tanto en la Corona de Castilla (Burgos y Bilbao, más Sevilla para el tráfico americano bajo su versión de Universidad de Cargadores a Indias), como en la Corona de Aragón (Barcelona, Valencia, Palma de Mallorca, Tortosa y Gerona). A lo largo del siglo XVIII, la actividad consular conoce un nuevo empuje, que puede quedar simbolizado en el traslado del Consulado de Sevilla a Cádiz (1717), la publicación de las Ordenanzas del Consulado de Bilbao (1737) y el restablecimiento del Consulado barcelonés (suprimido tras el fin de la guerra de Sucesión) bajo la forma de Junta Particular de Comercio (más Tribunal y Matrícula) en 1758. Sin embargo, será la iniciativa oficial la que amplíe el marco geográfico de los Consulados en el último tercio del siglo, a partir de la invitación contenida en el Reglamento de Libre Comercio de 1778, cuyo artículo 53 tiene por "importante y utilísimo que en todos los puertos habilitados de España donde no hubiere Consulados de Comercio, se formen ahora con arreglo a las Leyes de Castilla e Indias". Para lo cual el monarca encarga expresamente a los secretarios de Estado, Indias y Hacienda "el formal establecimiento de estos Cuerpos Nacionales, para que protegidos eficazmente por mi real autoridad y auxiliados de las Sociedades Económicas de sus respectivas provincias se dediquen a fomentar la agricultura y fábricas de ellas y también a extender y aumentar por cuantos medios sean posibles la navegación a mis dominios de América". Los Consulados aparecían, por tanto, como organismos destinados a constituirse en los puertos habilitados que no contasen ya con ellos, con una misión complementaria (y en algunos casos sustitutiva, al no existir sociedades patrióticas) de la de los Amigos del País, ya no sólo en el terreno específico del fomento del comercio (y no sólo del colonial), sino también en el de la agricultura y la industria, es decir de la economía en su conjunto. La llamada fue atendida por numerosos puertos habilitados, tanto en España (Palma de Mallorca, Alicante, Málaga, Sevilla, La Coruña y Santander) como en América. En todos los casos, su labor se encaminó a la defensa de los intereses corporativos de los grupos integrados, al fomento general de la economía de la región y a la creación de las escuelas de formación profesional, exigidas por el desarrollo comercial y marítimo en primer lugar y finalmente por el conjunto de la vida económica. En este terreno, la Junta particular de Comercio de Barcelona marcó la pauta con el establecimiento de escuelas de Náutica, Dibujo, Comercio, Taquigrafía, Química, Agricultura y Mecánica. En los demás Consulados, el esfuerzo fue más discontinuo, pero todos crearon Escuelas de Náutica (menos Sevilla, que ya tenía la Escuela de Mareantes de San Telmo, a la que en todo caso dio nuevas ordenanzas en 1786), mientras se repartían otras especialidades: Málaga contó con Comercio, Dibujo e Idiomas; Sevilla, con Comercio, Matemáticas, Idiomas y Economía Política; Santander, con Comercio, Economía Política, Dibujo y Arquitectura. Los Consulados desempeñaron por tanto funciones complementarias, cuando no sustitutivas, de las llevadas a cabo por las sociedades patrióticas, aunque con un sesgo más pronunciado hacia el comercio y la navegación, mientras los Amigos del País se orientaban preferentemente hacia la agricultura y la industria artesanal. Unos y otros aglutinaron asimismo a toda una serie de intelectuales que desenvolvieron en su marco importantes tareas de elaboración teórica y de realizaciones prácticas. Dos caras de la misma moneda, ambas instituciones representan la cristalización del esfuerzo ilustrado por renovar la economía regional a través de una amplia red de establecimientos que cubrieron buena parte de la geografía de España, América y Filipinas.
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Los primeros textos historiográficos escritos en catalán son de mediados del siglo XIII. En 1268 se tradujo el De rebus Hispaniae de Rodrigo Ximénez de Rada, y aproximadamente por las mismas fechas se vertieron al catalán los Gesta comitum barcinonensium. No son, sin embargo, estos textos los que caracterizan la historiografía medieval catalana, sino las llamadas cuatro grandes crónicas. Las de Jaime I, Bernat Desclot, Ramón Muntaner y Pedro el Ceremonioso. Es muy probable que el rey Jaime explicase los hechos más relevantes de su vida a un conjunto amplio de familiares, mientras un grupo de reporteros iba tomando nota de la memoria del rey. De hecho, la oralidad es la característica más evidente de su crónica. El rey habla en primera persona y de una manera nada distante respecto de los hechos que explica, sino más bien intentando reflejar, en el momento de decir, el ánimo que le acompañó en el momento de hacer. Así, el rey exulta al referir un instante de ingenio, una acción militar valerosa y brillante, y rezuma tristeza ante la muerte de un compañero de armas, ante la soledad en que a menudo se halla, y no esconde la dificultad y la amargura que le reportan las luchas con la nobleza o las disensiones con otros reyes hispánicos. En esta larga memoria el rey tiende a ocultar aquellos pasajes en los que no destaca como estadista, como la conclusión del tratado de Corbeil, mientras que subraya aquellos otros en que la consciencia de su propio personaje le mueve a actuar en un sentido casi siempre providencial, guiado por un sentimiento religioso muy vivo. Tan vivo como el firme sentido histórico del propio linaje y la identificación de sus proyectos con el pueblo que le sustenta. El llamado Libre dels feyts contiene notables dosis de ironía y de emoción ante el paisaje o ante las sorpresas que proporciona la naturaleza. Desclot, al contrario, trabajó entre 1283 y 1288 no con la memoria sino con material de archivo de la Cancillería, y por lo tanto escribe con un tono más distante e imparcial, propio de un profesional de la Historia. Es pues la ecuanimidad, no exenta de pasión cuando se trata de explicar las luchas de Pedro el Grande con los franceses, lo que define la manera de hacer de Bernat Desclot. Frente a la omnipresencia del rey, Desclot se ampara en el documento, sólo aparece en un par de ocasiones para dar fe de actos de valor del rey Pedro, expresándose en un estilo pulcro que alcanza su mejor capacidad retórica en el momento de construir diálogos: un estilo al servicio de la veracidad. De carácter completamente distinto es la crónica de Ramón Muntaner (Peralada, 1265-Ibiza, 1336). Su libro, en efecto, contiene esencialmente una experiencia aventurera, vinculada al momento culminante de la expansión catalano-aragonesa en el Mediterráneo oriental, en la que tuvo un papel de primer orden, dentro de una biografía dedicada por entero al servicio de la casa de Barcelona. El punto álgido de esta vida llena de grandes maravillas lo constituyen los años pasados con la Compañía Catalana, bajo las órdenes de Roger de Flor -en cuya vida reconoce Muntaner un esquema literario-caballeresco-. Muntaner, un militar que disfruta narrando hazañas bélicas, toma como modelo impulsor de su crónica el libro del rey Jaime, aunque procura, sin duda porque el carácter inevitablemente autobiográfico le resultaba excesivo, no tanto esconder su personalidad, como no separar su vida de los designios de la casa de Barcelona, "puesto que nadie debe hablar de sí mismo, si no se trata de hechos que afectan a sus señores". Si en lo político la crónica destaca por un nacionalismo de matriz providencialista -una de las finalidades del libro es la de proclamar la predilección divina por los reyes de Aragón, comprensible entre otros motivos por la agresiva política del papado-, en lo estilístico cabría destacar una lograda mezcla de emotividad, humor y plasticidad que hace decir, por ejemplo, que los almogávares ante los franceses "rompieron lanzas y destriparon caballos, moviéndose entre ellos como si anduviesen por un bello jardín". También es el libro de su tatarabuelo, que leía a menudo hasta altas horas, el mayor estímulo de la crónica de Pedro el Ceremonioso (Balaguer, 1319-Barcelona, 1387). El rey se basa también en el documento, y de hecho es ayudado en la redacción por funcionarios reales. Elaborada metódicamente, la crónica más que la exaltación de su figura pretende justificar las acciones políticas más controvertidas de su largo reinado. Lejos de la mentalidad feudalizante de un Muntaner, por ejemplo, bulle siempre en su fría y pulcra prosa una entelequia nueva que redime de los comportamientos más turbios y parece demandar una nueva moral: la razón de Estado.
obra
La fama alcanzada por Carpaux le convierte en el escultor más solicitado del Segundo Imperio. Entre sus más importantes encargos -junto a La Danza para la Opera de París de Garnier- se encuentra el conjunto de Los Cuatro Continentes. El maestro trabajó en el proyecto durante más de cinco años, siendo exhibido un primer modelo en el Salón de París de 1872, presentando la versión definitiva dos años después. Carpaux ha utilizado cuatro figuras femeninas colocadas en círculo, sosteniendo sobre sus hombros una esfera celeste, para simbolizar a los Cuatro Continentes -recordemos que Oceanía cómo tal aun no era considerado el quinto continente-. Asia está personificada por una figura con cabeza masculina de rasgos orientales, pero sobre un cuerpo femenino. África se muestra como una figura femenina, con un grillete metálico en el pie, simbolizando así la esclavitud que sufre este continente. América se presenta con un característico tocado indio mientras Europa, con la melena al viento y la cabeza dirigida hacia la esfera celeste, parece llevar el peso de ésta, en una clara alusión a la ideología imperialista de la época. La elegancia de las figuras y el dinamismo que presentan indican la maestría de Carpaux a la hora de modelar, aludiendo en cada una de las figuras a la Antigüedad y al más cercano Renacimiento.
obra
Desde su juventud Rubens se integró en un ambiente humanista, sintiéndose atraído por el pensamiento neoestoico. Uno de los máximos exponentes de esta concepción filosófica era Justo Lipsio, cuya compañía Rubens empezó a frecuentar tras su llegada a Amberes en 1609. Este ambiente erudito será plasmado en varias ocasiones por los pinceles del maestro, surgiendo dos retratos colectivos de gran importancia: el Autorretrato con cuatro amigos y esta composición que contemplamos. Los protagonistas principales son los mismos en ambas escenas: el propio Rubens, su hermano Philip y Justo Lipsio, acompañados en esta ocasión por Jan Woverius. Aquí los encontramos alrededor de una mesa, cubierta con un tapete y gruesos volúmenes. Lipsio comenta un pasaje de Séneca, cuyo busto podemos contemplar en la venera del fondo, adornado con un pequeño florero con tulipanes. El cortinaje rojo abre paso a un fondo de paisaje de la colina del Palatino y del Foro romano, en el que podemos observar las luces del atardecer. Los cuatro personajes no se relacionan con sus miradas, ya que los hermanos Rubens se dirigen hacia el espectador y los otros dos la pierden en el vacío. La única referencia posible al diálogo la encontramos en los movimientos de las manos.Se trata de un homenaje póstumo a su hermano Philip y a Justo Lipsio, tal y como hacen referencia los cuatro tulipanes -dos abiertos y dos cerrados-, las ramas de hiedra que entran por la ventana o sus ropajes, más anticuados que los que llevan el pintor y Woverius. En la época en que fue pintado este retrato, el impresor Plantin-Moretus preparaba una edición de lujo del "Séneca" de Lipsio, aumentando así la carga simbólica de la escena.Para realizar esta composición, Rubens se inspiró en trabajos religiosos, especialmente en la Cena de Emaus de Tiziano que se conserva en el Museo del Louvre, lo que ha convertido al retrato de Rubens en una "sacra conversazione" para algunos especialistas.
contexto
En el caso de los cuchillos de pedernal con mango de marfil no se trata de objetos de uso profano y cotidiano, sino ritual y ceremonial. Sus puños están labrados en colmillos de hipopótamo, lo que significa que están manufacturados en Egipto. Sin embargo, el estilo de sus relieves es tan nuevo (ya hemos dicho que incluso en tiempos de Negade II no puede hablarse de relieve prehistórico en Egipto), y su temática muestra tantas analogías con el arte de tiempos de Uruk en Mesopotamia, que este grupo de cuchillos desempeña una función primordial en la cuestión del pretendido origen mesopotámico de la cultura y del arte faraónicos. Sus adornos son, en unos casos, animales que desfilan ordenadamente, en hileras, como si los inspirasen las improntas de los sellos cilíndricos. Un ejemplar muy desgastado dispone con evidente disciplina a varias hileras de hombres, unos armados y los demás sentados. En otros casos los motivos desempeñan el cometido de símbolos, sean las dos serpientes que entrelazan sus cuerpos en el ejemplar de Saghel el-Baghliye, sean los temas y escenas del de Gebel el-Arak, obra maestra en su género y una de las grandes joyas de la colección egipcia del Louvre. Contra lo que hasta ahora era normal, a saber: que las representaciones figuradas adoptasen un tono de tipismo y generalización, el cuchillo de Gebel el-Arak parece referirse a algo extraordinariamente importante y fuera de lo común. Por uno de sus lados se resumen los incidentes de una batalla en la que intervienen barcos, algunos de ellos con el casco en forma de creciente lunar, como los de la D-ware de la cerámica de Negade II, pero otros, quizá los de la flota enemiga, con el casco recto y la proa y popa muy levantadas, como cuernos, un tipo de embarcación muy conocido y documentado en Mesopotamia, aunque también aparezca entre los grabados rupestres de los desiertos. He aquí, pues, un documento de un problema peliagudo: ¿Experimentó realmente el Egipto prehistórico una invasión de asiáticos? Son muchos los orientalistas que no sólo lo creen así, sino que consideran a esos asiáticos invasores como la aristocracia del nuevo Egipto. Luego volveremos sobre este asunto. Por el otro lado del mango, leones y cánidos se entremezclan en una manada de gacelas. También aquí hay persecución y lucha, pero toda la escena está presidida por el grupo simbólico de un personaje que parece domar y acariciar a dos leones rampantes. Un grupo semejante lo hemos visto ya en los murales de Hierakónpolis, sin darle excesiva importancia, de modo que si ahora hemos de dársela, la razón estriba en que ese domador tiene los mismos rasgos iconográficos que el Dumuzi sumerio, con su faldellín, su gorro de ancho reborde y su poblada barba redondeada. Este personaje tan conocido en Mesopotamia es un extraño en el mundo egipcio, sin que sepamos ni cómo ni por dónde vino. La composición del relieve también es nueva con respecto a lo anterior. Con estos documentos por delante veamos cómo dos especialistas en el tema interpretan, cada uno desde su propio punto de vista, la cuestión de este cambio súbito que se aprecia en Egipto. Primero, un defensor de la tesis asiática, Walter B. Emery: "A finales del IV milenio a. C. encontramos a las gentes conocidas tradicionalmente como seguidores de Horus formando lo que parece una aristocracia civilizada, o raza dominadora, que rige a la totalidad de Egipto. La teoría de la existencia de esta raza dominadora (la de los p'.t, frente a la de los subyugados rhj.t) está apoyada por el descubrimiento de que las tumbas del último período predinástico de la parte norte del Alto Egipto contenían los restos anatómicos de un pueblo cuyos cráneos eran de un tamaño mucho mayor y cuyos cuerpos eran más altos que los de los nativos. La diferencia es tan considerable, que resulta inconcebible que estas gentes desciendan de la población preexistente. La fusión de las dos razas hubo de ser muy intensa, pero no tan rápida como para que en el momento de la Unificación pudiera considerarse realizada. Durante todo el Período Arcaico, en efecto, la diferencia entre la aristocracia civilizada y la gran masa de los nativos es muy apreciable, particularmente en lo que se refiere a las costumbres funerarias de unos y otros. Sólo a finales de la II Dinastía encontramos pruebas de que las clases inferiores adoptan la arquitectura funeraria y el modo de enterramiento de sus señores. El origen racial de estos invasores se desconoce, y la ruta que siguieron para su penetración en Egipto es igualmente oscura. Analogías de sus artes decorativas, el empleo del sello cilíndrico, y sobre todo los paneles escalonados de su arquitectura monumental, señalan una conexión inconfundible con las culturas contemporáneas de Mesopotamia. Pero junto a estas semejanzas hay también grandes diferencias, y en el presente estado de nuestros conocimientos sería prematuro pronunciarse sobre esta importante cuestión. En el supuesto de que la llegada del pueblo dinástico se hubiese verificado como una invasión de hordas procedentes del este, la documentación existente apunta al Wadi Hammamat, la gran ruta mercantil que une el mar Rojo desde el-Quseir con el valle del Nilo en Quft, como su vía de acceso. Pero se ha observado con razón que la ruta del Hammamat presentaría grandes dificultades a un ejército numeroso por la escasez de agua que se hace sentir en un trecho de más de 200 kilómetros. Una alternativa como puerta de entrada podría ofrecerla el Wadi el-Tumilat en el flanco oriental del Delta, camino que permitiría a un ejército invasor arrollar el Delta y, siguiendo el borde del desierto, alcanzar el curso principal del Nilo y por último subyugar el Alto Egipto. Una conquista de este tipo, por cualquier camino que viniese, requeriría mucho tiempo, muchas campañas, varios jefes y varias tribus, así que en ciertos aspectos se parecería a la conquista sajona de Inglaterra, y de modo análogo a ésta, daría por resultado la fundación de varios estados que se disputarían la supremacía". Un representante de la tesis contraria, W. Helck, los supone oriundos del desierto occidental, de lo que hoy sería Libia, y los identifica con los introductores de la cultura de Negade II. Sin contradecir los estímulos orientales, asiáticos, a que se debe la formación de la cultura egipcia histórica, esta tesis los explica por asiduos contactos entre una y otra zona, pero no por una invasión de gentes de aquélla en los dominios de ésta. A nuestro modo de ver, esta segunda teoría resulta más natural, menos forzada y convencional que la otra.