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Los conquistadores Repartía siempre Cortés la tierra entre los que la conquistaban, según la costumbre de las Indias, y por la confianza que tuvo de ser repartidor general en lo que conquistase, o por hacer bien a sus amigos, que los tuvo grandes; y como tuvo cédula del Emperador de poder encomendar y repartir la Nueva España a los conquistadores y pobladores de ella, hizo muchos y grandes repartimientos, mandando a los encomenderos tener un clérigo o fraile en cada pueblo o cabecera de pueblos, para enseñar la doctrina cristiana a los indios encomendados, y ocuparse en la conversión, porque muchos de ellos pedían el bautismo. No dio a todos repartimiento, pues hubiese sido imposible y demasiado, ni tal como ellos deseaban y pretendían; por lo cual algunos se corrieron y otros se quejaron. Ninguna cosa indigna y mueve más a los conquistadores que los repartimientos, y por ninguna otra cosa han caído tanto en odio y enemistades los capitanes y gobernadores cuanto por ésta; de suerte que, siendo el más necesario y honrado cargo, es el más dañoso y envidioso. Todos los reyes y repúblicas que señorearon muchas tierras, las repartieron entre sus capitanes y soldados o ciudadanos haciendo poblaciones para conservación y perpetuidad de su estado, y para galardonar los trabajos y servicios de los suyos, y en España se ha usado y guardado siempre desde que hay reyes, y así lo hicieron los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, y hasta el Emperador, hasta que le aconsejaron al revés; pues en Madrid, el año 25, mandó dar los repartimientos perpetuos, que es mucho más, sobre acuerdo y parecer de su Consejo de Indias y de muchos frailes dominicos y franciscanos, y otros letrados que para ello juntaron, según muchos afirman. Trabajan y gastan mucho los que van a conquistar, y por eso los honran y enriquecen; y así, quedan nobles y famosos, y es buen privilegio ser caballero de conquista. Si la historia lo permitiese, todos los conquistadores se habían de nombrar; mas, puesto que no puede ser, hágalo cada uno en su casa.
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Los amerindios reaccionaron, por lo regular, favorablemente a la presencia española, unos hombres exóticos que no sabían de donde venían, ni qué pretendían. Luego, cuando los invasores les robaban sus alimentos y mujeres y derribaban sus ídolos, cambiaban de actitud y les atacaban. Era entonces cuando conocían el poder de los caballos, los arcabuces y los cañones. Los primeros encuentros eran terribles y los naturales tomaban entonces la decisión de pactar una alianza -a esto obedecían por lo común la entrega de mujeres a los vencedores-, huir lo más lejos posible o hacerles una guerra de emboscadas, en la que tenían algunas probabilidades de éxito. Las campañas suicidas fueron pocas, pues los indígenas comprendieron muy pronto que sus armas eran muy inferiores a las del enemigo. Consistían en simples arcos y flechas, tiraderas o propulsores, macanas, porras y espadas con filos de obsidiana. Naturalmente, es preciso distinguir en este aspecto militar dos tipos de amerindios: los pertenecientes a culturas formativas, recolectoras y cazadoras, que por lo regular tenían sociedades de tipo tribal, y los de las altas culturas, que poseían organizaciones sociopolíticas complejas, jerarquizadas y con una autoridad superior. Los primeros, que ocupaban la mayor parte de América, carecían de estructura militar. Luchaban anárquicamente dirigidos por su cacique y eran derrotados fácilmente, huyendo entonces al monte. Los españoles no conseguían nada con su victoria, pues el exterminio de combatientes difícilmente inducía al jefe tribal a solicitar la paz. Aún en el caso de que esto ocurriera, el resultado era siempre mezquino, pues los caciques próximos seguían combatiendo, siendo preciso someterlos uno por uno. Esto explica la dificultad de conquistar Tierra Firme, una operación que llevó casi medio siglo (se inició en 1499 y hasta 1545 no se fundó El Tocuyo), Chile, el norte de México, etc. Las altas culturas (Mesoamérica y la región centroandina) tenían organizaciones militares con mandos y unidades especializadas de guerreros. En estos lugares pudieron librarse batallas espectaculares, en las que las fuerzas guerreras de los naturales fueron vencidas, acabando con ello la resistencia. En Otumba los aztecas se desmoronaron cuando los españoles capturaron a su jefe. El imperio inca cayó en una hora, cuando Pizarro apresó a Atahualpa en Cajamarca. El caso del territorio maya es peculiar, pues había desaparecido su unidad política muchos años antes de la llegada de los españoles. Hay que tener en cuenta, además, que entre las altas culturas la guerra tenía un significado distinto al del español. Los aztecas no luchaban para matar enemigos, sino para hacer prisioneros que sacrificaban luego a sus dioses. Los incas lo hacían para integrar otros pueblos en el Tahuantinsuyo y confiaban comúnmente en que el enemigo se sometiera al ver la magnificencia de su ejército. Atahualpa no pudo imaginar que unos cientos de españoles tuvieran la osadía de enfrentarse a su enorme ejército, y por ello caminó confiado a su encuentro. Se dio así la paradoja de que quienes disponían de infraestructura militar fueron dominados más fácilmente que quienes carecían de ella. Los grandes jefes de las altas culturas o de sociedades muy jerarquizadas fueron comúnmente apresados y sometidos al pago de botines de oro y plata, a cambio de algo que las crónicas españolas presentan de una forma indefinida como el rescate por su persona, sin que se aclare si era por la vida o por la libertad del personaje. Cuesta trabajo pensar que los conquistadores pidieran rescate por no matar a un jefe indígena, pero más aún que estuvieran dispuestos a dejarles en libertad a cambio de un botín, como pensaron quizá Moctecuhzoma, Atahualpa, Quemuenchatocha, etc. En cualquier caso, el efecto fue el mismo, pues todos ellos murieron antes o después acusados de exóticos delitos. La falta de escritura en la mayor parte de América (sólo la había en Mesoamérica) ha impedido que tengamos una visión amerindia de la conquista. Los pocos relatos que nos han llegado la presentan con tintes apocalípticos. Pese a todo, la derrota militar debió significar poco frente a sus consecuencias.
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Los Consulados, como organismos encargados de proteger la actividad comercial y dirimir los pleitos entre los comerciantes, tenían ya una larga tradición en España, tanto en la Corona de Castilla (Burgos y Bilbao, más Sevilla para el tráfico americano bajo su versión de Universidad de Cargadores a Indias), como en la Corona de Aragón (Barcelona, Valencia, Palma de Mallorca, Tortosa y Gerona). A lo largo del siglo XVIII, la actividad consular conoce un nuevo empuje, que puede quedar simbolizado en el traslado del Consulado de Sevilla a Cádiz (1717), la publicación de las Ordenanzas del Consulado de Bilbao (1737) y el restablecimiento del Consulado barcelonés (suprimido tras el fin de la guerra de Sucesión) bajo la forma de Junta Particular de Comercio (más Tribunal y Matrícula) en 1758. Sin embargo, será la iniciativa oficial la que amplíe el marco geográfico de los Consulados en el último tercio del siglo, a partir de la invitación contenida en el Reglamento de Libre Comercio de 1778, cuyo artículo 53 tiene por "importante y utilísimo que en todos los puertos habilitados de España donde no hubiere Consulados de Comercio, se formen ahora con arreglo a las Leyes de Castilla e Indias". Para lo cual el monarca encarga expresamente a los secretarios de Estado, Indias y Hacienda "el formal establecimiento de estos Cuerpos Nacionales, para que protegidos eficazmente por mi real autoridad y auxiliados de las Sociedades Económicas de sus respectivas provincias se dediquen a fomentar la agricultura y fábricas de ellas y también a extender y aumentar por cuantos medios sean posibles la navegación a mis dominios de América". Los Consulados aparecían, por tanto, como organismos destinados a constituirse en los puertos habilitados que no contasen ya con ellos, con una misión complementaria (y en algunos casos sustitutiva, al no existir sociedades patrióticas) de la de los Amigos del País, ya no sólo en el terreno específico del fomento del comercio (y no sólo del colonial), sino también en el de la agricultura y la industria, es decir de la economía en su conjunto. La llamada fue atendida por numerosos puertos habilitados, tanto en España (Palma de Mallorca, Alicante, Málaga, Sevilla, La Coruña y Santander) como en América. En todos los casos, su labor se encaminó a la defensa de los intereses corporativos de los grupos integrados, al fomento general de la economía de la región y a la creación de las escuelas de formación profesional, exigidas por el desarrollo comercial y marítimo en primer lugar y finalmente por el conjunto de la vida económica. En este terreno, la Junta particular de Comercio de Barcelona marcó la pauta con el establecimiento de escuelas de Náutica, Dibujo, Comercio, Taquigrafía, Química, Agricultura y Mecánica. En los demás Consulados, el esfuerzo fue más discontinuo, pero todos crearon Escuelas de Náutica (menos Sevilla, que ya tenía la Escuela de Mareantes de San Telmo, a la que en todo caso dio nuevas ordenanzas en 1786), mientras se repartían otras especialidades: Málaga contó con Comercio, Dibujo e Idiomas; Sevilla, con Comercio, Matemáticas, Idiomas y Economía Política; Santander, con Comercio, Economía Política, Dibujo y Arquitectura. Los Consulados desempeñaron por tanto funciones complementarias, cuando no sustitutivas, de las llevadas a cabo por las sociedades patrióticas, aunque con un sesgo más pronunciado hacia el comercio y la navegación, mientras los Amigos del País se orientaban preferentemente hacia la agricultura y la industria artesanal. Unos y otros aglutinaron asimismo a toda una serie de intelectuales que desenvolvieron en su marco importantes tareas de elaboración teórica y de realizaciones prácticas. Dos caras de la misma moneda, ambas instituciones representan la cristalización del esfuerzo ilustrado por renovar la economía regional a través de una amplia red de establecimientos que cubrieron buena parte de la geografía de España, América y Filipinas.
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Los primeros textos historiográficos escritos en catalán son de mediados del siglo XIII. En 1268 se tradujo el De rebus Hispaniae de Rodrigo Ximénez de Rada, y aproximadamente por las mismas fechas se vertieron al catalán los Gesta comitum barcinonensium. No son, sin embargo, estos textos los que caracterizan la historiografía medieval catalana, sino las llamadas cuatro grandes crónicas. Las de Jaime I, Bernat Desclot, Ramón Muntaner y Pedro el Ceremonioso. Es muy probable que el rey Jaime explicase los hechos más relevantes de su vida a un conjunto amplio de familiares, mientras un grupo de reporteros iba tomando nota de la memoria del rey. De hecho, la oralidad es la característica más evidente de su crónica. El rey habla en primera persona y de una manera nada distante respecto de los hechos que explica, sino más bien intentando reflejar, en el momento de decir, el ánimo que le acompañó en el momento de hacer. Así, el rey exulta al referir un instante de ingenio, una acción militar valerosa y brillante, y rezuma tristeza ante la muerte de un compañero de armas, ante la soledad en que a menudo se halla, y no esconde la dificultad y la amargura que le reportan las luchas con la nobleza o las disensiones con otros reyes hispánicos. En esta larga memoria el rey tiende a ocultar aquellos pasajes en los que no destaca como estadista, como la conclusión del tratado de Corbeil, mientras que subraya aquellos otros en que la consciencia de su propio personaje le mueve a actuar en un sentido casi siempre providencial, guiado por un sentimiento religioso muy vivo. Tan vivo como el firme sentido histórico del propio linaje y la identificación de sus proyectos con el pueblo que le sustenta. El llamado Libre dels feyts contiene notables dosis de ironía y de emoción ante el paisaje o ante las sorpresas que proporciona la naturaleza. Desclot, al contrario, trabajó entre 1283 y 1288 no con la memoria sino con material de archivo de la Cancillería, y por lo tanto escribe con un tono más distante e imparcial, propio de un profesional de la Historia. Es pues la ecuanimidad, no exenta de pasión cuando se trata de explicar las luchas de Pedro el Grande con los franceses, lo que define la manera de hacer de Bernat Desclot. Frente a la omnipresencia del rey, Desclot se ampara en el documento, sólo aparece en un par de ocasiones para dar fe de actos de valor del rey Pedro, expresándose en un estilo pulcro que alcanza su mejor capacidad retórica en el momento de construir diálogos: un estilo al servicio de la veracidad. De carácter completamente distinto es la crónica de Ramón Muntaner (Peralada, 1265-Ibiza, 1336). Su libro, en efecto, contiene esencialmente una experiencia aventurera, vinculada al momento culminante de la expansión catalano-aragonesa en el Mediterráneo oriental, en la que tuvo un papel de primer orden, dentro de una biografía dedicada por entero al servicio de la casa de Barcelona. El punto álgido de esta vida llena de grandes maravillas lo constituyen los años pasados con la Compañía Catalana, bajo las órdenes de Roger de Flor -en cuya vida reconoce Muntaner un esquema literario-caballeresco-. Muntaner, un militar que disfruta narrando hazañas bélicas, toma como modelo impulsor de su crónica el libro del rey Jaime, aunque procura, sin duda porque el carácter inevitablemente autobiográfico le resultaba excesivo, no tanto esconder su personalidad, como no separar su vida de los designios de la casa de Barcelona, "puesto que nadie debe hablar de sí mismo, si no se trata de hechos que afectan a sus señores". Si en lo político la crónica destaca por un nacionalismo de matriz providencialista -una de las finalidades del libro es la de proclamar la predilección divina por los reyes de Aragón, comprensible entre otros motivos por la agresiva política del papado-, en lo estilístico cabría destacar una lograda mezcla de emotividad, humor y plasticidad que hace decir, por ejemplo, que los almogávares ante los franceses "rompieron lanzas y destriparon caballos, moviéndose entre ellos como si anduviesen por un bello jardín". También es el libro de su tatarabuelo, que leía a menudo hasta altas horas, el mayor estímulo de la crónica de Pedro el Ceremonioso (Balaguer, 1319-Barcelona, 1387). El rey se basa también en el documento, y de hecho es ayudado en la redacción por funcionarios reales. Elaborada metódicamente, la crónica más que la exaltación de su figura pretende justificar las acciones políticas más controvertidas de su largo reinado. Lejos de la mentalidad feudalizante de un Muntaner, por ejemplo, bulle siempre en su fría y pulcra prosa una entelequia nueva que redime de los comportamientos más turbios y parece demandar una nueva moral: la razón de Estado.
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La fama alcanzada por Carpaux le convierte en el escultor más solicitado del Segundo Imperio. Entre sus más importantes encargos -junto a La Danza para la Opera de París de Garnier- se encuentra el conjunto de Los Cuatro Continentes. El maestro trabajó en el proyecto durante más de cinco años, siendo exhibido un primer modelo en el Salón de París de 1872, presentando la versión definitiva dos años después. Carpaux ha utilizado cuatro figuras femeninas colocadas en círculo, sosteniendo sobre sus hombros una esfera celeste, para simbolizar a los Cuatro Continentes -recordemos que Oceanía cómo tal aun no era considerado el quinto continente-. Asia está personificada por una figura con cabeza masculina de rasgos orientales, pero sobre un cuerpo femenino. África se muestra como una figura femenina, con un grillete metálico en el pie, simbolizando así la esclavitud que sufre este continente. América se presenta con un característico tocado indio mientras Europa, con la melena al viento y la cabeza dirigida hacia la esfera celeste, parece llevar el peso de ésta, en una clara alusión a la ideología imperialista de la época. La elegancia de las figuras y el dinamismo que presentan indican la maestría de Carpaux a la hora de modelar, aludiendo en cada una de las figuras a la Antigüedad y al más cercano Renacimiento.
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Desde su juventud Rubens se integró en un ambiente humanista, sintiéndose atraído por el pensamiento neoestoico. Uno de los máximos exponentes de esta concepción filosófica era Justo Lipsio, cuya compañía Rubens empezó a frecuentar tras su llegada a Amberes en 1609. Este ambiente erudito será plasmado en varias ocasiones por los pinceles del maestro, surgiendo dos retratos colectivos de gran importancia: el Autorretrato con cuatro amigos y esta composición que contemplamos. Los protagonistas principales son los mismos en ambas escenas: el propio Rubens, su hermano Philip y Justo Lipsio, acompañados en esta ocasión por Jan Woverius. Aquí los encontramos alrededor de una mesa, cubierta con un tapete y gruesos volúmenes. Lipsio comenta un pasaje de Séneca, cuyo busto podemos contemplar en la venera del fondo, adornado con un pequeño florero con tulipanes. El cortinaje rojo abre paso a un fondo de paisaje de la colina del Palatino y del Foro romano, en el que podemos observar las luces del atardecer. Los cuatro personajes no se relacionan con sus miradas, ya que los hermanos Rubens se dirigen hacia el espectador y los otros dos la pierden en el vacío. La única referencia posible al diálogo la encontramos en los movimientos de las manos.Se trata de un homenaje póstumo a su hermano Philip y a Justo Lipsio, tal y como hacen referencia los cuatro tulipanes -dos abiertos y dos cerrados-, las ramas de hiedra que entran por la ventana o sus ropajes, más anticuados que los que llevan el pintor y Woverius. En la época en que fue pintado este retrato, el impresor Plantin-Moretus preparaba una edición de lujo del "Séneca" de Lipsio, aumentando así la carga simbólica de la escena.Para realizar esta composición, Rubens se inspiró en trabajos religiosos, especialmente en la Cena de Emaus de Tiziano que se conserva en el Museo del Louvre, lo que ha convertido al retrato de Rubens en una "sacra conversazione" para algunos especialistas.
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En el caso de los cuchillos de pedernal con mango de marfil no se trata de objetos de uso profano y cotidiano, sino ritual y ceremonial. Sus puños están labrados en colmillos de hipopótamo, lo que significa que están manufacturados en Egipto. Sin embargo, el estilo de sus relieves es tan nuevo (ya hemos dicho que incluso en tiempos de Negade II no puede hablarse de relieve prehistórico en Egipto), y su temática muestra tantas analogías con el arte de tiempos de Uruk en Mesopotamia, que este grupo de cuchillos desempeña una función primordial en la cuestión del pretendido origen mesopotámico de la cultura y del arte faraónicos. Sus adornos son, en unos casos, animales que desfilan ordenadamente, en hileras, como si los inspirasen las improntas de los sellos cilíndricos. Un ejemplar muy desgastado dispone con evidente disciplina a varias hileras de hombres, unos armados y los demás sentados. En otros casos los motivos desempeñan el cometido de símbolos, sean las dos serpientes que entrelazan sus cuerpos en el ejemplar de Saghel el-Baghliye, sean los temas y escenas del de Gebel el-Arak, obra maestra en su género y una de las grandes joyas de la colección egipcia del Louvre. Contra lo que hasta ahora era normal, a saber: que las representaciones figuradas adoptasen un tono de tipismo y generalización, el cuchillo de Gebel el-Arak parece referirse a algo extraordinariamente importante y fuera de lo común. Por uno de sus lados se resumen los incidentes de una batalla en la que intervienen barcos, algunos de ellos con el casco en forma de creciente lunar, como los de la D-ware de la cerámica de Negade II, pero otros, quizá los de la flota enemiga, con el casco recto y la proa y popa muy levantadas, como cuernos, un tipo de embarcación muy conocido y documentado en Mesopotamia, aunque también aparezca entre los grabados rupestres de los desiertos. He aquí, pues, un documento de un problema peliagudo: ¿Experimentó realmente el Egipto prehistórico una invasión de asiáticos? Son muchos los orientalistas que no sólo lo creen así, sino que consideran a esos asiáticos invasores como la aristocracia del nuevo Egipto. Luego volveremos sobre este asunto. Por el otro lado del mango, leones y cánidos se entremezclan en una manada de gacelas. También aquí hay persecución y lucha, pero toda la escena está presidida por el grupo simbólico de un personaje que parece domar y acariciar a dos leones rampantes. Un grupo semejante lo hemos visto ya en los murales de Hierakónpolis, sin darle excesiva importancia, de modo que si ahora hemos de dársela, la razón estriba en que ese domador tiene los mismos rasgos iconográficos que el Dumuzi sumerio, con su faldellín, su gorro de ancho reborde y su poblada barba redondeada. Este personaje tan conocido en Mesopotamia es un extraño en el mundo egipcio, sin que sepamos ni cómo ni por dónde vino. La composición del relieve también es nueva con respecto a lo anterior. Con estos documentos por delante veamos cómo dos especialistas en el tema interpretan, cada uno desde su propio punto de vista, la cuestión de este cambio súbito que se aprecia en Egipto. Primero, un defensor de la tesis asiática, Walter B. Emery: "A finales del IV milenio a. C. encontramos a las gentes conocidas tradicionalmente como seguidores de Horus formando lo que parece una aristocracia civilizada, o raza dominadora, que rige a la totalidad de Egipto. La teoría de la existencia de esta raza dominadora (la de los p'.t, frente a la de los subyugados rhj.t) está apoyada por el descubrimiento de que las tumbas del último período predinástico de la parte norte del Alto Egipto contenían los restos anatómicos de un pueblo cuyos cráneos eran de un tamaño mucho mayor y cuyos cuerpos eran más altos que los de los nativos. La diferencia es tan considerable, que resulta inconcebible que estas gentes desciendan de la población preexistente. La fusión de las dos razas hubo de ser muy intensa, pero no tan rápida como para que en el momento de la Unificación pudiera considerarse realizada. Durante todo el Período Arcaico, en efecto, la diferencia entre la aristocracia civilizada y la gran masa de los nativos es muy apreciable, particularmente en lo que se refiere a las costumbres funerarias de unos y otros. Sólo a finales de la II Dinastía encontramos pruebas de que las clases inferiores adoptan la arquitectura funeraria y el modo de enterramiento de sus señores. El origen racial de estos invasores se desconoce, y la ruta que siguieron para su penetración en Egipto es igualmente oscura. Analogías de sus artes decorativas, el empleo del sello cilíndrico, y sobre todo los paneles escalonados de su arquitectura monumental, señalan una conexión inconfundible con las culturas contemporáneas de Mesopotamia. Pero junto a estas semejanzas hay también grandes diferencias, y en el presente estado de nuestros conocimientos sería prematuro pronunciarse sobre esta importante cuestión. En el supuesto de que la llegada del pueblo dinástico se hubiese verificado como una invasión de hordas procedentes del este, la documentación existente apunta al Wadi Hammamat, la gran ruta mercantil que une el mar Rojo desde el-Quseir con el valle del Nilo en Quft, como su vía de acceso. Pero se ha observado con razón que la ruta del Hammamat presentaría grandes dificultades a un ejército numeroso por la escasez de agua que se hace sentir en un trecho de más de 200 kilómetros. Una alternativa como puerta de entrada podría ofrecerla el Wadi el-Tumilat en el flanco oriental del Delta, camino que permitiría a un ejército invasor arrollar el Delta y, siguiendo el borde del desierto, alcanzar el curso principal del Nilo y por último subyugar el Alto Egipto. Una conquista de este tipo, por cualquier camino que viniese, requeriría mucho tiempo, muchas campañas, varios jefes y varias tribus, así que en ciertos aspectos se parecería a la conquista sajona de Inglaterra, y de modo análogo a ésta, daría por resultado la fundación de varios estados que se disputarían la supremacía". Un representante de la tesis contraria, W. Helck, los supone oriundos del desierto occidental, de lo que hoy sería Libia, y los identifica con los introductores de la cultura de Negade II. Sin contradecir los estímulos orientales, asiáticos, a que se debe la formación de la cultura egipcia histórica, esta tesis los explica por asiduos contactos entre una y otra zona, pero no por una invasión de gentes de aquélla en los dominios de ésta. A nuestro modo de ver, esta segunda teoría resulta más natural, menos forzada y convencional que la otra.
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Los fang, pueblo guerrero desde hace muchas generaciones, sienten verdadera pasión por sus antepasados, a los que cantan en interminables poemas épicos. Quizá estos relatos, como la contención de muchas de sus figuras y de todas sus máscaras, sea un resto de su lejano origen septentrional. Esta pasión por los muertos se constituye en el centro de su culto y de su arte, e incluso sus lamentos versificados son dignos de mención: "Padre, ay, ay, ¿por qué, oh padre, abandonas tu hogar?/ Un hombre te ha matado, oh padre./ Vosotros buscaréis la venganza de su muerte./ Tu sombra va a pasar a la orilla opuesta./ Oh padre, ¿por qué abandonas tu hogar, oh padre?/ El cielo se aclaró, los ojos se oscurecieron;/ el agua cayó del árbol gota a gota, la rana salió de su agujero./ Mirad, es la casa del padre./ Recoged las yerbas funerarias./ Salpicad del lado derecho, salpicad del lado izquierdo:/ un hombre ve ahora las cosas invisibles" (trad. de R. Martínez Fure). Cuando mueren un hombre o una mujer, sus hijos o sobrinos lo entierran, y meses después recogen su cráneo. Así comienza un rito semejante al de los kota, y que expondremos con las palabras de G. Tessmann, sabio estudioso de los fang (o angwe, como entonces se los llamaba a principios de nuestro siglo: "Cuando la muerte de otros parientes próximos permite completar la colección de cráneos, se prepara... un recipiente de corteza,... que se coloca en un rincón de la casa. Los cráneos y fragmentos se sitúan en el fondo, entre trozos de corteza de Copaifera y fragmentos de Prevostea africana, recortados y teñidos con paduk; esta planta trae buena suerte. Se añaden también otros talismanes. El resto del bote se llena después con hojas de banano secas, y se cierra. Sobre la tapa aparecen sentadas una o varias figuritas de madera; sus grandes ojos de hojalata contemplan con mirada ausente la vida cotidiana de la casa, como si viniesen de otro mundo y como si no pudiesen entender en absoluto los asuntos de los hombres". Poco podemos añadir a estas palabras, salvo que también, en ocasiones, simples cabezas sustituyen a las figuras enteras, y que hoy, gracias a los estudios de L. Perrois y M. Sierra, pueden dividirse estas piezas en diversos estilos regionales.