La crisis de la decimocuarta centuria provocó en la Europa cristiana una notable fractura demográfica. Ahora bien, la faceta más espectacular de la incidencia de la crisis en el terreno demográfico, por cuanto suponía una desestructuración del tejido socio-económico existente, fue el creciente abandono de entidades de población, lugares que en un momento dado quedaban vaciados de sus ocupantes y por lo tanto convertidos en despoblados. Un documento del año 1365, por mencionar un ejemplo entre otros muchos, afirmaba que la aldea francesa de Saint-Just, cercana a la ciudad de Burdeos, llevaba casi veinte años desierta y sus casas derruidas, a causa de la guerra y sobre todo de la peste negra. Los despoblados, término castellano equiparable a los wüstungen alemanes, villages desertés franceses o lost villages ingleses, constituyen un tema historiográfico apasionante, estrechamente conectado al mundo de la arqueología. Al fin y al cabo ha sido el desarrollo de esta última disciplina, convenientemente auxiliada por técnicas como la fotografía aérea, el que más ha contribuido a profundizar en el conocimiento de los lugares abandonados. Ciertamente, los despoblados no son un fenómeno exclusivo de la época que analizamos, toda vez que han sido compañeros inseparables de la propia historia de la humanidad. Pero es indudable que en determinados periodos han tenido un mayor protagonismo, lo que obedece a su conexión con las circunstancias generales de la época de que se trate, en particular las de tipo demográfico, económico y social. Así las cosas, resulta lógico poner en relación el incremento de los despoblados que se observa en la Europa de los siglos XIV y XV con la crisis que se desató en la primera de las centurias citadas. Es preciso advertir, no obstante, el actual descrédito de la vieja hipótesis que establecía una relación directa, de causa a efecto, entre las mortandades y el abandono de un determinado núcleo de población. Los despoblados no surgen, habitualmente, de la noche a la mañana, sino a través de un proceso, con frecuencia sumamente lento. La presencia de una peste mortífera puede ayudar al abandono de un lugar, pero difícilmente es la causa directa del despoblado. Por lo demás, los factores decisivos en la despoblación suelen ser preferentemente de naturaleza económica, en particular la pobreza de los suelos del propio término. Pero también pueden obedecer pura y simplemente a la puesta en marcha de una política de reordenación del poblamiento en una comarca dada, aspecto este último relativamente frecuente en el siglo XV, y que se hallaba ante todo en función de la reconstrucción agraria de la época. En todo caso es conveniente huir de las visiones catastrofistas que con tanta profusión se han difundido a propósito de los despoblados de los siglos XIV y XV. No hemos de olvidar, por otra parte, que en diversas ocasiones los abandonos de entidades de población tuvieron un carácter ocasional, volviendo a ser ocupadas las aldeas veinte o treinta años mas tarde. Uno de los países mejor estudiados, en lo que a los despoblados de fines del Medievo se refiere, es Alemania. Las cifras globales que conocemos son sencillamente aterradoras: de unos 170.000 núcleos rurales existentes a comienzos de la decimocuarta centuria, alrededor de 40.000 se hallaban abandonados apenas dos siglos más tarde. El desglose regional de las pérdidas oscila entre un 10-15 por 100 de despoblados en el valle del Rin, Alsacia o Pomerania y el ¡66 por 100! en Turingia. Gran Bretaña perdió, por su parte, entre un 20 y un 25 por 100 de sus entidades de población en los siglos citados, aunque en Norfolk, Suffolk o Yorkshire esa proporción fue más elevada. En Italia el mayor número de despoblados se localiza en el sur y el centro, en donde quizá alcanzó el 25 por 100, pero en Toscana o Lombardía sólo se registra un 10 por 100 de abandonos. En Francia, por el contrario, parece que los despoblados fueron notoriamente inferiores, pese a haber sido su territorio el teatro de operaciones por excelencia de la guerra de los Cien Años. Los despoblados franceses llegaron al 10 por 100 en Normandía, una de las regiones más afectadas por la guerra con los ingleses, pero se sitúan por debajo de ese porcentaje en otras regiones, como el Languedoc, la cuenca de París o el Bordelais. Tales son, en sus grandes líneas, los resultados alcanzados hasta el momento actual por las investigaciones llevadas a cabo sobre los despoblados bajomedievales de los principales países de la Cristiandad europea. Los reinos hispánicos no fueron ajenos a este proceso. También hubo en la Península Ibérica numerosos abandonos de entidades de población en los últimos siglos de la Edad Media. El "Becerro de las Behetrías", texto confeccionado en torno al año 1352 por orden del monarca Pedro I y que se refiere al territorio de Castilla al norte del Duero, hace numerosas referencias a lugares abandonados. Veamos un ejemplo concreto: de la aldea de Estepar, situada en tierras burgalesas, se dice en dicha fuente que "desde la mortandad acá non pagan martiniega que se hyermó el dicho lugar". Como se ve, el texto en cuestión parece indicar que la peste negra, cuyos azotes se habían producido muy poco tiempo antes, pudo ser la causa de la despoblación de ese lugar. Esto llevó al investigador N. Cabrillana a comparar los datos del mencionado "Becerro" con otros procedentes del obispado de Palencia de unas fechas anteriores, concretamente de 1345. La conclusión de dicho investigador era que en el susodicho obispado habían desaparecido, en unos pocos años (alrededor de siete), nada menos que 88 pueblos, de un total de 420, lo que suponía algo más del 20 por 100. Esos datos, no obstante, han sido rectificados por las mas recientes investigaciones, particularmente por razones de orden metodológico. Por de pronto en el citado "Becerro" el término mismo de "despoblado" no es muy preciso. ¿Cómo explicar, si no, que se digan cosas como ésta, a propósito de la aldea de Villavelasco, situada en la merindad de Campos, "en este logar non mora ninguno... salvo los quinteros del dicho García Pérez"? Es evidente que en Villavelasco la despoblación era, cuando menos, relativa. Asimismo, algunos núcleos de población no fueron incluidos en el "Becerro de las Behetrías" por omisión o por otras causas que desconocemos, mas en modo alguno porque hubieran sido abandonados por sus antiguos ocupantes. Pese a todo es innegable que las mortandades de mediados de la decimocuarta centuria fueron un importante aldabonazo en el proceso despoblador. Diversas fuentes de información sitúan en los años medios del siglo XIV el momento culminante del abandono de lugares. La aldea soriana de Torre de Ambril, se decía hacia el año 1370, fue granja en tiempo de la regularidad pero hoy es despoblado. Corneja, aldea perteneciente al cabildo catedralicio de Toledo, según un documento del año 1378, "esta despoblado por rrason de las guerras et de los tienpos muy fuertes que fasta aqui han pasado". Pero el remate final del proceso despoblador podía acontecer años más tarde. Tal sucedió con la aldea de Fuenteungrillo, en tierras vallisoletanas, que aparece mencionada con toda normalidad en el "Becerro de las Behetrías", pero en 1404 ya estaba abandonada, a juzgar por lo que se lee en un documento de ese año: "el dicho lugar de Fuentes de Angruillos... fueron otro tiempo casas pobladas". Por lo demás, también en tierras hispánicas hay testimonios de lugares que fueron abandonados sólo de forma temporal. Veamos un ejemplo, procedente de las tierras riojanas: en 1387 el abad del monasterio de Santa María de Nájera daba autorización a los vecinos de la aldea de Ciruelos, abandonada años atrás por las penalidades que habían tenido que soportar sus moradores, para que regresaran al lugar citado.
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El detalle resalta la vivacidad y el dramatismo de la escena. Se parece a las obras de Simone Martini en el sentido del predominio de la línea y de la delicadeza sobre el realismo. En esta obra Balthus destaca la luz. Su obra supone una reacción frente al surrealismo, siendo uno de los protagonistas principales del realismo. A través de la luz, que surge del cuerpo femenino, entra Balthus en los misterios del cuerpo. Su obra reacciona frente a la imaginación del movimiento surrealista o los sueños y vuelve a la pintura realista donde toma los datos de su pintura de la mera apariencia real. En sus obras no hay acción, aunque sus figuras mantienen un misterio que no llega a ser real, es decir, no hay un realismo en sentido estricto en su pintura. Sus escenas suelen ser íntimas, familiares. Los dos temas que más pinta son la figura humana y la naturaleza.
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El tejido o la cerámica no fueron evidentemente las únicas manifestaciones artísticas de Paracas-Nazca. El trabajo del metal fue también importante, encontrándose en la época Paracas cobre puro, plata y oro laminado, conociéndose técnicas como la fundición a la cera perdida, el labrado, el repujado y la incisión. En Nazca se desarrolló una significativa orfebrería del oro y del cobre. Pero una de las manifestaciones más sorprendentes y que ha llamado incluso la atención de los aficionados a la ciencia-ficción, son las famosas pistas o líneas y dibujos de Nazca que se encuentran en las Pampas de Ingenio, entre Nazca y Palpa, en una extensión de 500 km2. Sobre un desierto de cascajo rojizo oscuro aparecen una serie de diseños de color blanco-amarillento a escala gigantesca. Son ligeros surcos en el suelo hechos retirando la capa de tierra superficial. Varias circunstancias ayudan a su conservación. Los vientos cargados de arena no la depositan en esta llanura sino a un centenar de kilómetros de distancia, en enormes dunas. A pocos centímetros del suelo, el movimiento del aire disminuye considerablemente porque el color oscuro absorbe mucho calor, formándose una especie de cojín de aire caliente, inmóvil. Y el suelo contiene yeso que, junto con el rocío matutino, permite que las piedras permanezcan pegadas al terreno. Hay pistas trapezoidales y rectangulares, a veces asociadas con líneas rectas que se prolongan durante kilómetros, espirales, zigzags y representaciones de animales y plantas. Una silueta de ave mide más de 120 metros, y una araña cerca de 50. No es necesario, como se ha dicho, apreciar las figuras desde el aire; son perfectamente visibles desde las lomas cercanas. Y en cuanto a los hipotéticos problemas derivados de su ejecución, se han encontrado piedras colocadas donde fueron dejadas que señalizan puntos clave. Se ha comprobado, por ejemplo, que las grandes curvas se realizaron a base de segmentos de círculo cuyos centros se conocen por piedras cortadas al tamaño de una centésima del radio correspondiente. Para algunos investigadores las pistas tendrían que ver con antiguas parcelaciones de carácter agrícola y las representaciones de animales y plantas con aquellos que tenían relación de alguna manera con el cultivo: la tarántula, símbolo de fecundidad, el buitre, precursor de lluvia, el vareg, alga utilizada como abono... Otras figuras se referían a objetos relacionados con el arte textil y servirían como pauta coreográfica para danzas y celebraciones multitudinarias. Una de las opiniones más generalizada relaciona los dibujos de la Pampa de Nazca con una especie de gigantesco zodíaco. Se encontrarían así representaciones de constelaciones, como la araña, el mono, el pájaro fragata, y muchas de las líneas rectas parecen coincidir con el declive del sol en determinadas fechas del año. Se aventura incluso la existencia de un grupo de especialistas, de carácter sacerdotal, encargados del cuidado y la interpretación de este calendario, que se utilizaría, entre otras cosas, para predecir las crecidas de los ríos, de vital importancia para la agricultura. Las fechas aproximadas de la realización de estos gigantescos dibujos se sitúa en torno al 550 d. C., fase III de Nazca, cuando la sociedad empezaba a tender hacia una fuerte jerarquización.
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Fueron los Dientzenhofer una familia de arquitectos, oriundos de Aibling en la Alta Baviera, que se afincaron en Praga, en donde fijaron las bases del original barroco bohemio. Cristoph y su hijo Kilian Ignaz permanecieron allí toda su vida, pero otros miembros de la familia, Georg, Leonhard y Johann pasaron a Alemania difundiendo su estilo por Franconia. Poco después, el testigo fue tomado por el arquitecto Balthasar Neumann que con sus soberbios edificios colocó a esta región en un destacado lugar dentro del arte germano del siglo XVIII.Dominaba Franconia en esta época la familia principesca de los Schönborn, personajes cultivados, amantes de lo francés, pero, al contrario de lo que le ocurría a su vecino elector de Baviera, satisfechos de su fidelidad política y cultural con el Imperio Austriaco y orgullosos de ser propagadores del gusto germano como gustaba decir uno de ellos. Los importantes puestos que ocuparon les permitió influir en el camino que debería tomar la arquitectura a partir de entonces.Entre sus miembros merece destacarse en primer lugar Lothar Franz, conde de Schönborn, obispo de Bamberg desde 1693 y elector de Maguncia desde 1695. Pero sus sobrinos no le fueron a la zaga en su interés por el arte; fueron Johann Philip Franz, príncipe obispo de Wurzburgo en 1719, Friederich Karl, vicecanciller del Imperio y luego, en 1729, príncipe obispo de Wurzburgo; Damián Hugo, elector de Spira en 1719 y Franz Georg, elector de Tréveris en 1729.La influencia francesa queda manifiesta a principios de siglo cuando el obispo de Bamberg encarga a su arquitecto, ingeniero de fortificaciones, la construcción de una residencia que bautiza con el nombre de La Favorita. Los pabellones colocados como alas en cada lado eran un fiel recuerdo del palacio de Marly. Con el nombramiento como arquitecto a su servicio de Leonhard Dientzenhofer y sobre todo con su hermano menor Johann, que le sucede en el cargo, se produce un cambio de rumbo en los gustos del obispo, que se verá cada vez más atraído por las nuevas ideas aportadas por los bohemios, aunque sin que ello significara un total olvido del arte francés.Johann Dientzenhofer (1673-1726) nació en Aibling aunque se formó en Praga y luego en Italia en donde se familiarizó con el barroco romano. Esta influencia se descubre en la primera obra que realiza a su vuelta a Alemania: la catedral de Fulda (1704-12), construida sobre el emplazamiento de una antigua iglesia. Adopta el modelo de Borromini para San Juan de Letrán e incluso dispone un baldaquino, recuerdo del de Bernini en San Pedro. Poco después, en un edificio religioso, la iglesia abacial de Banz, y en otro civil, el palacio de Pommersfelden, quedan fijadas definitivamente las características de su estilo.La antigua abadía benedictina de Banz, fundada a finales del siglo XI alcanzó un nuevo periodo de florecimiento en los últimos años del siglo XVII y gran parte del siguiente. La mayor parte de los edificios conventuales se encargaron a Leonhard Dientzenhofer, pero la iglesia construida entre 1710 y 1719 es obra de su hermano menor Johann. En ella culminan los experimentos espaciales que habían sido iniciados por esta familia de arquitectos en Praga con la iglesia de San Nicolás de Mala Strana. La planta de la nave está formada por dos óvalos transversales, enlazados por otro central más pequeño, más dos secciones de óvalo en los extremos de dicha nave. Se crea así una sucesión rítmica de intervalos anchos e intervalos estrechos, que se completa con las capillas laterales también ovales.La complicación aumenta cuando dirigimos nuestra mirada a lo alto: las tribunas onduladas y las pilastras colocadas al través cuestionan el valor del muro como elemento de cierre y las bóvedas, cubiertas por grandes frescos, dibujan espacios que no se corresponden exactamente con los óvalos de la planta. El resultado es la contracción y expansión simultánea de unidades espaciales, desarrollo de los experimentos sobre la compenetración de los espacios del italiano Guarino Guarini y que serán llevados a sus últimas consecuencias por Neumann en la vecina iglesia de Vierzehnheiligen. La conexión de esta nave con un largo y estrecho presbiterio que conduce al altar mayor se señala por dos retablos colaterales adosados a aquellos muros al través antes comentados. Cumplen una doble misión: por un lado, al quedar asociados a los otros retablos de las capillas laterales ayudan a dar la impresión de un espacio centralizado; por otro, su colocación produce un foco óptico unitario con el altar mayor, convirtiéndose en el punto capital de atención desde que se entra en la iglesia.En 1711 se inicia, por encargo del elector y obispo Lothar Franz de Schönbom, la construcción del palacio de Pommersfelden, en el que se da un paso decisivo para crear, sin renunciar a la influencia francesa o italiana, el tipo característico del palacio alemán del XVIII. Se dispone el conjunto en forma de U, con su patio de honor a la francesa, pabellones resaltados en los ángulos y un gran pabellón central. Comprendía éste un salón imperial, una sala baja y una monumental escalera, idea, al parecer, del propio obispo, aficionado a la arquitectura como otros tantos nobles contemporáneos. Presentó un proyecto al arquitecto francés Boffrand, que se limitó en realidad a alabarlo aduladoramente, y al austriaco Hildebrandt, por medio de su sobrino Friederich Karl, en aquel entonces vicecanciller del Imperio.Hildebrandt, que estaba urdiendo su proyecto del palacio del Belvedere vienés, corrigió el defecto del excesivo espacio que se concedía a la escalera en el dibujo del obispo, sugiriendo la colocación a su alrededor de una galería de tres pisos. De esta forma, sin perder el carácter monumental, el espacio quedaba racionalizado, manteniendo un equilibrio lógico con el resto de la construcción. Johann Dientzenhofer, aun siguiendo en términos generales el modelo de palacio austriaco, le da un carácter mucho más plástico, más expresivo y con soluciones más dinámicas, a semejanza de lo que hacía su familia en los palacios bohemios. En Pommersfelden quedan fijadas las pautas del que será el palacio más importante de los Schönborn, el palacio episcopal de Wurzburgo.
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El panteón babilonio comprende multitud de dioses, algunos de tradición propia, otros incorporados por contacto o herencia de otros pueblos, los de sumerios y acadios. Los teólogos se vieron obligados a manejar un amplísimo conjunto de dioses, que, según un recuento del siglo IX a.C., pudo llegar a los 65.000. La preocupación del hombre en Babilonia por su existencia en el mundo, la presencia constante de lo sagrado en la vida diaria y la comprensión de lo que le rodea le llevó a confeccionar relatos míticos como el Enuma elish o Poema de la Creación. Los dioses se agrupaban en dos conjuntos, según adscripción fuera celestial -entonces eran llamados Igigu- o terrestre -Anunnaku-. Por encima de ellos estaba el dios de la ciudad de Babilonia, que se convirtió en la deidad nacional cuando fue constituido el Imperio y fue elevado a la categoría de dios principal del panteón. Progresivamente fue ganado en contenidos y adscripciones, de tal forma que fue llamado hasta de 50 maneras distintas y se le hizo protagonista del mito sobre el origen del mundo, el Poema de la Creación. Junto a él ascendieron en la jerarquía de dioses Zarpanitum, su esposa, y Nabu, su hijo. Generalmente los dioses se agrupaban en tríadas. La más antigua era de carácter cósmico, y agrupaba a Anu, es decir, el cielo; Bel, la tierra y Ea, el agua. La siguiente triada tenía carácter astral, estando integrada por el dios lunar Sin, protector de Babilonia; el dios solar Shamash, deidad de la Justicia, y la diosa del amor y la guerra Ishtar, es decir, el planeta Venus. Además de éstas otros dioses importantes eran Adad, deidad de la tormenta y la lluvia; Ninurta, de la guerra, la agricultura y la caza; Gibil, del fuego; Nergal, señor del Más Allá, en el que reina junto a Ereshkigal, su esposa, etc. Además de en los dioses, los babilonios creían en la existencia de otros seres sobrenaturales, algunos positivos y otros negativos. Estos eran más numerosos y estaban divididos en siete clases. Se les representaba como a monstruos causantes de desgracias y enfermedades, como Lamasthu, cuya acción maligna provocaba la muerte de los niños, o los nefastos Utukku, los Etemmu y los Gallu. Para contrarrestar su acción se recurría al exorcismo y la magia, además de amuletos protectores.
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A partir de la Olimpiada de Amberes (1920), los Juegos Olímpicos adquirieron importancia inusitada, por participación deportiva e interés popular. El deporte fue en adelante o vehículo del nacionalismo popular o cuando menos, instrumento para la expresión de apasionadas lealtades colectivas. Los públicos empezaron a vivir los éxitos y fracasos de sus equipos deportivos como éxitos y fracasos nacionales o locales. Eso ocurrió en Francia con las victorias internacionales de los tenistas Borotra, Lacoste, Cochet y Brugnon y del boxeador Carpentier, o en Italia, con los triunfos, ya en los años treinta, de su equipo nacional de fútbol y de sus campeones ciclistas. Acontecimientos como la Copa de fútbol inglesa -que desde 1923 se celebró en el estadio londinense de Wembley-, o como la vuelta ciclista a Francia o el "giro" de Italia o como ciertos combates de boxeo, se convirtieron en hechos sociales de trascendencia nacional. 145.000 personas, por ejemplo, asistieron en 1926 en Estados Unidos al combate entre Jack Dempsey y Gene Tunney. Con la disputa en 1930 del primer Campeonato del mundo -que ganó Uruguay-, el fútbol se convirtió en el primer gran espectáculo deportivo internacional. En Estados Unidos, el vigor y competitividad de determinados deportes propios ("base-ball", fútbol americano, "basket-ball") parecían corresponderse idealmente con el vitalismo y la energía de la comparativamente joven sociedad americana. Los deportistas -hombres como Babe Ruth, Joe Louis, Weismüller y Jesse Owens (y en Europa, como Magne, Leduc, Fred Perry, Schmelling y Carnera)- se convirtieron en verdaderos mitos populares. Algunos escritores (Prévost, Montherlant, Giraudoux, Hemingway) se sintieron atraídos por los ingredientes de belleza, fuerza, dinamismo, emoción y violencia consustanciales al deporte. El pintor norteamericano George Belows pintó en cuadros extraordinarios algunos de los grandes combates de boxeo de la época.
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Junto al culto público, los romanos presentaban un culto privado, más personal e intimista. El pater familias oficiaba como sacerdote, era el responsable de los ritos dirigidos a las divinidades domésticas: los lares y los penates. Además, cada individuo rendía culto a su genio personal. El pater familias debía conocer perfectamente el ritual familiar, pues suya era la responsabilidad de cuidar de su prole. Era él quien realizaba las ofrendas y quien pronunciaba las palabras precisas de manera correcta, pues de su habilidad dependía la seguridad y el bienestar de sus habitantes. En cada casa había una capilla -lararium- o una simple hornacina con un altar, ubicados en el atrio. En este lugar se veneraba a la diosa Vesta y a los espíritus protectores del fuego y el hogar o lares. Estos se representaban en pinturas o mediante estatuillas. El culto a los lares se celebraba especialmente en los días festivos, realizándoseles una ofrenda en todas las comidas, al final de las cuales se dejaba una pequeña cantidad para ellos. Todas las ocasiones festivas para la familia se iniciaban con una ofrenda de perfumes y guirnaldas a los lares. Fuera de la casa, los lares eran adorados también en pequeñas capillas ubicadas en los límites de los campos cultivados, que marcaban la frontera simbólica de la propiedad familiar y el ámbito de lo propio. Además de los lares, los penates eran dioses de veneración doméstica. Estos eran considerados los protectores de la despensa y la casa en general, aunque, con el tiempo, fueron subsumidos dentro del conjunto de los lares. Otros seres del culto doméstico eran los manes, espíritus de los antepasados muertos. A ellos se acudía en solicitud de favores, existiendo la obligación de recordarles una vez al año. En su honor se celebraban fiestas funerarias, en las que los difuntos eran obsequiados con alimentos, flores, bebidas y regalos. Además, la familia debía rezarles a diario y mandar hacer unos retratos que eran colgados de las paredes de la casa. Si todo este ritual no era debidamente seguido, los romanos pensaban que el alma del difunto erraría constantemente hasta convertirse en un espíritu maligno. Cuando alguien moría, otros manes acudían al entierro, representados por como maniquíes voluntarios con máscaras de cera identificativas. El cadáver del finado se transformaba en sombra y pasaba entonces a formar parte del reino de los manes. Este concepto sufrirá una profunda transformación cuando en el Imperio Romano entre con fuerza el cristianismo.
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Los dioses mexicanos Ya dije la forma y grandeza de los templos, cuando conté la magnificencia de México; aquí diré solamente que los tenían siempre muy limpios, blancos y bruñidos, y los altares muy adornados y ricos, Colgaban de las paredes cueros de hombres sacrificados, embutidos de algodón, en memoria de la ofrenda y cautiverio que de ellos había hecho el rey; cuanto más limpios estaban los templos, tanto más sucios estaban los ídolos, de la mucha sangre que continuamente les echaban y de la goma que les pegaban. No había número de los ídolos de México, por haber muchos templos, y muchas capillas en las casas de cada vecino, aunque los nombres de los dioses no eran tantos; mas, sin embargo, afirman pasar de dos mil dioses, y cada uno tenía su propio nombre, oficio y señal; como decir Ometochtli, dios del vino, que preside los convites, o causa en que haya vino; tiene sobre la cabeza una especie de mortero, donde le echan vino cuando celebran su fiesta devota, y la celebran muy a menudo y como el santo lo manda. A la diosa del agua, que llaman Matlalcuie, la visten camisa azul, que es el color del agua. A Tezcatlipuca le ponían anteojos, porque, siendo la providencia, debía de mirarlo todo. En Acapulco había ídolos con gorras como las nuestras; adoran el Sol, el fuego, el agua y la tierra, por el bien que les hacen; adoran los truenos, los relámpagos y rayos, por miedo; adoran a unos animales por mansos y a otros por bravos, aunque no sé para qué tenían ídolos de mariposas; adoraban la langosta para que no les comiese los panes; las pulgas y mosquitos para que no les picasen de noche, y las ranas para que les diesen peces. Y aconteció a unos españoles que iban a México, en un pueblo de la laguna, que pidiendo de comer otra cosa que pan, les dijeron que no tenían peces desde que su capitán Cortés les llevó su dios del pescado; y era porque entre los ídolos que les derribó, como hacía en cada lugar, estaba el de la rana, a la cual tenían por diosa del pescado, que cantando los convidaba a ello. Si la respuesta fue de creerlo, así, simples eran; más si fue maliciosa, gentilmente se excusaron de darles de comer. Quizás adoraban la rana porque, siendo todos los demás peces mudos, ella sola parece que habla.
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Las divinidades primordiales y preolímpicas son: Gea- La Tierra, como diosa primordial, esposa de Urano, al que a su vez engendró, y madre de los Gigantes, de los Titanes y de Cronos. Urano.- Divinidad primordial del Cielo y esposo de Gea. Dejaba a sus hijos encerrados en las entrañas de la Tierra hasta que uno de ellos, Cronos, lo castró. De la sangre de esta emasculación, caída sobre el mar, nació Afrodita. Cronos.- Hijo de Gea y Urano, al que castra con una hoz en complicidad con la madre. Esposo de Rea, devoró a todos sus hijos para evitar que reinaran, hasta que, al nacer Zeus, Rea le engañó, haciéndole tragar una piedra envuelta en un pañal. Zeus le destronó. Atlas y Prometeo.- Titanes, hermanos, condenados por Zeus. Atlas sostiene la bóveda del cielo mientras que Prometeo robó el fuego celeste que entregó a los hombres. Proteo, Nereo y las Nereidas.- Dioses originarios del mar, cuyos secretos conocen y guardan. Nereo es el padre de las Nereidas, las cincuenta ninfas del mar entre las que se encuentra Tetis. Poseidón asumirá en parte sus funciones.
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En realidad, las Cortes inauguraron sus sesiones, no en Cádiz, sino en la isla de León, en un teatro que fue especialmente adaptado para aquella ocasión, y que desde entonces denominó Teatro de las Cortes. ¿Quienes fueron los diputados que asistieron a aquellas sesiones? No resulta fácil determinar, ni el número, ni el perfil social, ni siquiera la ideología de los representantes que en algún momento, a lo largo de los tres años en que las Cortes estuvieron reunidas, ocuparon un asiento en sus sesiones. En un principio puede llamarnos la atención el hecho de que los hombres que emprendieron la tarea de transformar de modo radical -aunque por el momento fuese sólo en teoría- la estructura social, económica, política e institucional del país, fueran tan poco numerosos. La sesión inicial sólo pudo contar con la presencia de 95 diputados, de los que más de la mitad eran suplentes. Este número fue aumentando, de tal manera que la Constitución, aprobada el 19 de febrero de 1812, llevaba ya 184 firmas; y el acta de disolución, de fecha 14 de septiembre de 1813, estaba firmada por 223 diputados. No obstante, la cifra teórica de 240 diputados (uno por cada 50.000 habitantes) nunca llegó a completarse. De estos diputados, no todos fueron titulares, aunque Ramón Solís quita importancia a los suplentes, pues afirma que su número fue muy reducido -sin duda mucho más en las últimas sesiones que en las primeras- aunque entre ellos estaban algunos de los liberales más destacados. Como afirma F. Suárez, hasta que no se estudien a fondo las actas de las sesiones y las sustituciones, incorporaciones y anomalías que se registraron entre los diputados a estas Cortes extraordinarias y generales, no podremos conocer con certeza quiénes eran todos y cada uno de aquellos representantes. Por esa razón, resulta muy complicado establecer una clasificación de los diputados por categorías socio-profesionales. Melchor Fernández Almagro intentó realizar un estudio en este sentido y Ramón Solís le dedicó también a esta cuestión unas páginas en su libro. Sin embargo, los resultados que ofrecen uno y otro no son del todo coincidentes. A pesar de ello, se pueden extraer algunas notables conclusiones del esfuerzo de los dos historiadores. En primer lugar, es de destacar el elevado número de eclesiásticos existentes entre los diputados, pues representaban aproximadamente un tercio del total. Es decir, es una representación similar a la que tenían derecho a ejercer en las Cortes del Antiguo Régimen. Les siguen en número los abogados, quienes según Solís, representaban un 18 por 100 de la totalidad. El resto estaba formado por militares, funcionarios, algunos nobles y unos pocos comerciantes. Brillan por su ausencia los artesanos, los trabajadores de la industria y, sobre todo, los campesinos. En definitiva, parece que fueron las clases medias urbanas las principales protagonistas de las Cortes de Cádiz. Atendiendo a la actitud que estos diputados mantuvieron a lo largo de las sesiones, es posible también realizar una clasificación ideológica. Federico Suárez propuso una división tripartita, en la que los innovadores serían los partidarios de las reformas radicales; los renovadores representarían la defensa de unas ciertas reformas moderadas y basadas siempre en la tradición; y por último, los conservadores, un grupo de inmovilistas que no deseaban en absoluto ningún tipo de reformas. Sin embargo, la división más simple y de mayor aceptación para clasificar ideológicamente a los diputados es la que los divide en absolutistas -enemigos de las reformas- y liberales, partidarios de los cambios radicales. Claro es que pensar que cada uno de estos grupos estaba nítidamente definido y que tenía un programa perfectamente elaborado y que, además, actuaba pensando en intereses de partido, es algo absurdo por anacrónico. Lo que sí se puede es, a través de sus discursos y de sus intervenciones en los debates, detectar en los liberales una serie de ideas de clara influencia de los pensadores políticos franceses, como Rousseau y Montesquieu, entre otros, y de los filósofos ingleses, como John Locke. Con todo, en los líderes que pronto destacaron en las discusiones, contaba más su personalidad que la doctrina que alimentaba sus discursos. La elocuencia y la retórica jugaron un papel esencial en sus intervenciones. El divino Argüelles, el poeta Quintana, Calatrava, o Muñoz Torrero, tenían tanto en consideración la belleza de sus discursos como la trascendencia de sus propósitos. En este sentido, cabe achacarle a los diputados liberales la propuesta de unas soluciones tan abstractas, que pecan de vaciedad. El sacerdote sevillano Blanco White, emigrado a Londres y de una actitud crítica hacia los legisladores gaditanos, denunció su obra "...porque han querido hacerlo todo por un sistema abstracto". No obstante, la tarea que llevaron a cabo estos diputados durante la reunión de las Cortes en Cádiz fue inmensa. En total, se celebraron 1.810 sesiones, de las cuales, 332 tuvieron lugar en la isla de León y 1.478 en el Oratorio de San Felipe Neri, en Cádiz, a donde tuvieron que trasladarse las Cortes a causa del avance de los franceses y una vez que había pasado el peligro de la epidemia de fiebre amarilla que había impedido su celebración allí desde la primera hora. Sin embargo, no toda la labor de las Cortes consistió en la aprobación de reformas. De los 409 decretos expedidos, sólo un centenar contienen disposiciones de reforma política, social, económica o administrativa; el resto son decisiones de trámite, o de administración normal para un país que continuaba en guerra. En un estudio realizado por José Luis Comellas sobre el proceso reformador de las Cortes, se advertía la existencia de tres etapas a lo largo de los tres años que duraron las reuniones. Es como si se hubiese establecido un cierto orden a la hora de afrontar las cuestiones que había que tratar y reformar en el curso de las sesiones. En la primera de esas etapas, que abarca desde septiembre de 1810 hasta junio de 1812, predominan las reformas de carácter político; en la segunda, desde julio de 1812 hasta mayo de 1813, hay un predominio de las reformas de carácter social; y por último, las reformas económicas tienen lugar en su mayor parte entre abril y septiembre de 1813.