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Buena parte de la actividad comercial era realizada por los mismos productores. Los excedentes agrarios eran llevados a la ciudad por el campesino que adquiría -o cambiaba- en los talleres los productos necesarios. El propio Estado era el encargado de llevar a los campamentos militares todo lo necesario para su manutención. Pero a pesar de estas limitaciones ya existía la figura del intermediario, dedicándose a las actividades comerciales un buen puñado de romanos e itálicos. El comercio se realizaba preferentemente por vía marítima -más rápido y más barato- siendo hombres libres los propietarios de los barcos, habitualmente organizados en sociedades mercantiles. Para evitar desplazamientos continuos, el armador solía delegar cierta responsabilidad en un esclavo de su confianza que representaba jurídicamente al comerciante. Los grandes emporios comerciales del Imperio eran las principales ciudades - Roma, Alejandría, Marsella, Antioquía- y en ellas podíamos encontrar expertos de diferentes orígenes -judíos, hispanos, sirios-. La manera de conseguir una fortuna con mayor facilidad era dedicarse al comercio.
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De los cuatro tipos de asambleas o comicios romanos que existían durante la Monarquía -comicios curiados, centuriados, de tribus y concilia plebis-, el primero y más antiguo, que agrupaba a las 30 curias, pierde prácticamente toda importancia durante la República y su función se limita a investir a los magistrados mayores con la lex curiata de imperio. Los comicios centuriados, que fueron instituidos por Servio Tulio, continuaron durante la República siendo el órgano que expresaba la interdependencia existente entre el poder económico -las clases- y la capacidad correspondiente de asumir hacia la comunidad el honor del servicio militar, ya que el soldado se costeaba su equipo y sus armas. A comienzos de la República había asumido competencias legislativas que posteriormente -a partir del 449 a.C.- fueron transferidas parcialmente a los comicios por tribus y, a partir del 286, a los concilia plebis. Poseían también la capacidad de elección de los magistrados curules. A partir de mediados del siglo III a.C., estos comicios centuriados sufrieron una reforma que modificó el sistema anterior: se trataba de combinar el sistema de las tribus y el de centurias. En primer lugar, se eleva el número de centurias a 373 y pese a que en las fuentes se hace un relato perfectamente proporcional del número de centurias que cada una de las cinco clases comprendía (70 en cada clase, más 18 de equites, más 4 de obreros y músicos y una de capite censi) y la consabida proporción entre seniores y iuniores (35 más 35), la realidad es que el número de centurias variaba de una clase a otra y que el número de ciudadanos de cada centuria era desigual. Al mismo tiempo, se decide que cada clase debe estar representada en cada una de las 35 tribus por una centuria de seniores y otra de iuniores (lo que se adecuó al número de centurias de cada clase: 35 de iuniores y 35 de seniores). A consecuencia de esta reforma, para reunir una mayoría (187 votos), aun teniendo en cuenta que las 18 centurias de equites votaban con la primera clase, era necesario descender hasta la 3? clase inclusive. Lo que puede entenderse, como señala Dionisio de Halicarnaso, como una reforma que "logró que fuese mas democrática de lo que había sido hasta entonces", al menos formalmente. Probablemente esta reforma estuviera conectada con la militarización de toda la extensión del territorio de Roma, es decir, con el conjunto de las 35 tribus que comprendía. Los comicios de tribus, ordenados sobre la base de la distribución de los ciudadanos en las tribus territoriales, fueron asumiendo un papel cada vez más relevante, en detrimento de los centuriados, sin duda consecuencia de las tendencias más democratizantes de esta época. Es la única asamblea que incluye a todos los ciudadanos, incluso a los libertos. En estos comicios, los pobres eran la mayoría, pero puesto que éstos estaban sólo inscritos en las cuatro tribus urbanas y, por el contrario, la mayoría de los terratenientes estaban inscritos en las 31 tribus rústicas (en las que ejercían además una influencia determinante), en la práctica -ya que se votaba por tribus- serían 31 tribus frente a las cuatro urbanas y el Estado seguía estando controlado por los posesores de dominios o ricos terratenientes. Sus funciones eran: legislativas, aprobando las leyes que les proponen los magistrados; electorales, designando a los que han de ocupar las magistraturas de cuestores, ediles curules... y judiciales, como intervenir en los procesos criminales y apelar ciertas sentencias. Los concilia plebis que habían sido una de las bases del poder plebeyo durante la lucha entre los dos ordines, siguieron existiendo aunque terminaron por ser reemplazados por los comicios por tribus. En el año 338 a.C. se agranda el comitium que era el lugar de reunión de los comicios y que estaba situado entre la Curia -el edificio del Senado- y el foro. La tribuna que se levantó para los oradores estaba decorada con proas de naves, los Rostros, que acababan de ser tomadas por el cónsul Cayo Maenio en Anzio, el primer puerto conquistado por Roma en la costa del mar Tirreno.
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Realmente, el Estado de Pérgamo acababa de ser fundado: en esta antigua ciudad, cuyos restos de época arcaica empiezan a investigarse en estos últimos años, Lisímaco de Tracia había colocado su tesoro, fiado de la impresionante fortaleza del lugar y de la lealtad de un oficial suyo, Filetero. Pero Filetero, en el 282 a. C., se pasó a Seleuco de Siria, y dos años después, al morir su nuevo señor, quedó virtualmente autónomo. Pronto, con la llegada de los bárbaros, podría ofrecer la justificación de su poder y de su independencia: había que constituir un Estado fuerte y un ejército poderoso para proteger a las ciudades griegas de tantas desdichas. Pérgamo había de ser ahora lo que fue Atenas a principios del siglo v a. C., cuando defendió a toda Grecia de la invasión de los persas. Este planteamiento, a medida que pasen los años, no hará sino afianzarse en la vida, la cultura y la propaganda de Pérgamo: si, por una parte, se insistirá en la leyenda según la cual Pérgamo fue la capital del reino que otrora gobernase Télefo, el hijo de Heracles, y se enseñará en ella la tumba de Auge, la princesa de Tegea que fue madre del héroe, por otra el paralelismo con Atenas se repetirá constantemente: el patronazgo de Atenea, la copia de la Atenea Párthenos que dominará, desde principios del siglo II a. C., la biblioteca de la ciudad, los monumentos donados por los reyes pergaménicos a Atenas, incluso las peculiares fiestas y la protección al arte, todo parece encaminado a ese mismo fin. Filetero, desde su fortificada acrópolis, en la que sobresalía ya por entonces el templo dórico a Atenea Políada Nicéfora, construido hacia el 300 a. C., hubo de organizar ataques, no siempre afortunados, contra los invasores celtas. Y a su muerte (263 a. C.), su sobrino Eumenes, que le sucede, continúa su labor, a la vez que derrota a las tropas sirias que intentan someter de nuevo su reino. Es capaz de acrecentar su territorio, protege a los filósofos que a él se acogen, y deja a su hijo adoptivo, Atalo, un estado ciertamente poderoso, y apoyado por las ciudades costeras agradecidas. Con esta base, Atalo I (241-197), que tomará finalmente el título de rey para manifestar su total independencia, podrá dedicarse a engrandecer su ciudad y su reino: construirá nuevas murallas, ampliará el templo de Deméter y, sobre todo, ordenará hacer grandes grupos escultóricos para conmemorar sus victorias: no menos le parecían merecer la que obtuvo en el 233 a. C. contra los celtas junto al río Caico, o la aún más importante que logró a los pies mismos de la ciudad, en el 229, contra celtas y sirios coaligados. Dentro de la historia del arte helenístico, estos grandes exvotos tienen una importancia primordial, comparable por varios motivos al Mausoleo de Halicarnaso: como entonces, se trataba de hallar iconografías y lenguajes nuevos para un hecho insólito; como entonces también, había que reunir, para lograrlo en un lapso de tiempo breve -se trataba de una propaganda de actualidad- varios artistas con calidad e iniciativas.
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En la Exposición Nacional de 1860 presentó Gisbert este lienzo por el que consiguió la primera medalla, segunda en la carrera del pintor. El cuadro suponía la consagración de Gisbert como representante de las ideas progresistas en la época, convirtiéndose en el pintor preferido por el Partido Liberal. Gisbert ha representado el ajusticiamiento de los principales líderes de la revuelta de las Comunidades de Castilla, levantados en armas contra el rey Carlos I para defender las libertades del reino en contra de los proyectos imperialistas del monarca. La ejecución tuvo lugar en Villalar el 24 de abril de 1521. En lo alto del patíbulo levantado en la plaza mayor de la villa castellana -cuyo caserío e iglesia se recortan ante el cielo- Juan de Padilla escucha con entereza los consuelos que le otorga un fraile dominico que señala con sus manos al cielo. Padilla viste ricos ropajes que nos indican su ilustre condición, bajando su mirada con gesto resignado y valiente, aguantando con firmeza la visión del cuerpo degollado de su compañero Juan Bravo, cuyas manos inertes están siendo desatadas por uno de los verdugos. Otro de los verdugos, como escarmiento, muestra al pueblo la cabeza del ajusticiado. Francisco Maldonado, el tercer líder de la revuelta, comienza a ascender las escaleras del patíbulo con gesto incómodo ante los protocolarios consejos que le da un fraile anciano que empuña un pequeño crucifijo. Padilla es el eje y centro de la composición, siendo el que atrae la primera mirada del espectador, distribuyendo Gisbert de manera equilibrada el resto de las figuras, al tiempo que exhibe su dominio de las proporciones y de los escorzos, como el verdugo que desata las muñecas o el cadáver del comunero degollado. También distribuye acertadamente los planos, desde las dos figuras del extremo derecho, cortados sus cuerpos para resaltar la altura del cadalso, hasta el verdugo del fondo que proyecta su brazo con la cabeza cortada hacia el fondo de la escena, marcando al diagonal que organiza la composición. Gisbert ha introducido el tratamiento secuencial en la escena al disponer las tres fases del suceso: la subida al patíbulo, la espera y la degollación. Debemos destacar la perfección del dibujo y el magistral dominio en la reproducción de las calidades táctiles de las telas, así como los nobles rostros de los comuneros que contrastan con la impersonalidad de los monjes. Gisbert emplea una perspectiva de abajo a arriba con el fin de colgar el lienzo a cierta altura y crear en el espectador el ilusorio efecto del patíbulo, situando el cuerpo del comunero degollado a la altura de la vista para causar el sobrecogimiento del espectador. Primera medalla en la Exposición de 1860, no alcanza, por la decidida oposición de los académicos, vocales del Jurado, la medalla de honor, ante la incomprensión general que se multiplica en actos de desagravio: "La América" organiza una suscripción pública para premiarle con una corona de oro en un multitudinario homenaje, Olózaga con su oratoria exaltada logra que el Congreso lo compre por la astronómica cifra de 80.000 reales Pero... hoy el cuadro permanece en el olvido. Quizá no estaban tan equivocados los académicos.
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<p>La guerra que enfrentó a Irán e Iraq (1980-88), la Guerra del Golfo (1991) y la invasión de Iraq por parte de una coalición internacional liderada por EEUU (2003) son, hasta el momento, los principales episodios de esta contienda, en la que Estados Unidos se ha convertido en el gendarme del mundo.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>ÉPOCA&nbsp;</p><p>1.Política y religión: el Medio Oriente.&nbsp;</p><p>La revancha de Dios.&nbsp;</p><p>El conflicto palestino-israelí.&nbsp;</p><p>La Revolución Islámica en Irán.</p><p>La invasión soviética en Afganistán.&nbsp;</p><p>La Guerra Irán-Irak.</p><p>Conflicto en el Golfo.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>BATALLAS&nbsp;</p><p>1.Irak, tierra codiciada.</p><p>Un reino a la medida.&nbsp;</p><p>Al servicio de Londres.</p><p>La década de los generales.</p><p>La brutal paz del Baas.</p><p>Sadam Hussein en el poder.</p><p>La madre de todas las desdichas.&nbsp;</p><p>2.Operación "Desert Shield".&nbsp;</p><p>3.Operación "Desert Sword".&nbsp;</p><p>4.La cabalgata de la División Daguet.&nbsp;</p><p>5.Los "topos del desierto" en la Guerra del Golfo.</p><p>6.Irak en el punto de mira.</p><p>El Eje del mal.</p><p>Aliado de los EEUU.&nbsp;</p><p>La batalla de las inspecciones.&nbsp;</p><p>Un país arruinado y enfermo.&nbsp;</p><p>7.Excusas para una guerra.&nbsp;</p><p>Los enemigos de la paz.</p><p>Las razones de peso.&nbsp;</p><p>8.La Guerra de Iraq.</p>
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Desde hace más de un siglo, el Oriente Próximo ha sido uno de los focos más conflictivos del mundo. Dominado por el Imperio Otomano, la caída de éste tras la I Guerra Mundial aceleró la entrada de las potencias extranjeras. Éstas se repartieron los territorios desgajados del Imperio Otomano según sus intereses económicos o estratégicos. Partieron tribus, clanes y familias y trazaron a regla y cartabón fronteras artificiales. Así las cosas, el descubrimiento de petróleo no hizo sino intensificar los odios e injerencias extranjeras. El reparto impuesto por las potencias es la fuente de los problemas que agitan Oriente Medio. La fundación de Líbano, Siria, Israel, Jordania, Irak y Kuwait, creando los problemas palestino y kurdo, entre otros, originará un avispero aún sin solucionar. El resultado son ochenta años de guerras, de inestabilidad, de dictaduras y de atraso. Uno de los focos principales de conflicto es Irak, un territorio unido contra natura, trazado por el imperialismo. Mosul, al norte, estaba habitado por turcomanos y kurdos, mientras que las provincias de Bagdad y Basora era árabes. Pero el mayor problema es de índole religiosa, pues en Irak se encuentran representadas las dos principales ramas islámicas: chiíes y sunníes. Por si todo ello fuera poco, Irak ha vivido ocho décadas de dictaduras y gobiernos absolutistas, incluida la presidencia de Saddam Hussein. Éste subió al poder en 1968 y pronto se acercó a la Unión Soviética, especialmente cuando, tras la Guerra de los Seis Días, Bagdad rompió relaciones con Washington. Así continuaron las cosas hasta que en 1977 se produjo en Irán el asalto a la embajada americana. En respuesta, la Administración Carter comenzó a acercarse a Saddam Hussein, suministrando armas que habrían de facilitar el ataque iraquí sobre Irán. Éste será el primer gran conflicto en el Golfo Pérsico. En 1979, triunfó en Irán la revolución islámica capitaneada por el ayatollah Jomeini, provocando la huida del Sha Reza Pahlevi -monarca promotor de la occidentalización de Irán, y aliado de EEUU. La revolución islámica puso en guardia, como es lógico, a los Estados Unidos, pero también a la URSS, que sentía amenazada su influencia en la zona, y en especial a las demás monarquías del Golfo, es decir, Arabia Saudita, Kuwait, Bahrain, Qatar, Oman y la Unión de Emiratos Arabes, que veían con miedo la determinación chiíta de exportar su revolución. Ante esta inestable situación, Saddam Hussein pensó que atacar a Irán sería una oportunidad para consolidar su poder en Iraq y convertirse en el nuevo hombre fuerte del Golfo. Para declarar la guerra se esgrimieron viejas disputas fronterizas, pues, al independizarse, Irak tenía soberanía total sobre el canal de Shatt al Arab, donde confluyen los ríos Tigris y Eufrates por un corto trayecto antes de desembocar en el Golfo, único acceso iraquí al mar. Finalmente, en 1980 Iraq invadió Irán. El ataque iraquí pronto quedó atascado, e Irán pudo contraatacar en dirección a Kirkuk y sitiar Basora. Con la guerra detenida, Iraq lanzó un ataque químico a lo largo de la frontera, ganándose la condena internacional. Después de ocho años, la guerra terminó sin vencedores ni vencidos y con ambos países empobrecidos. Los observadores occidentales estiman que aproximadamente 262.000 iraníes y 105.000 iraquíes murieron en la lucha. La guerra entre Irán e Iraq había generado en este país graves dificultades económicas internas y aumentado su deuda, pero no había significado para él una derrota. Por el contrario, los iraquíes consideraban que podían haber vencido a su vecino y su lider, Saddam Hussein, convenció a los iraquíes de que estaban llamados a desempeñar una función hegemónica en la región. El resultado de todo ello será la invasión del vecino emirato de Kuwait, país productor del 13% del petróleo mundial y con una renta per-cápita de más de 11.000 dólares. La invasión iraquí comenzó el 21 de julio de 1990, cuando 30.000 hombres avanzaron desde Basora hacia Kuwait, acompañados de tres divisiones acorazadas y cuatro de infantería. El Ejército kuwaití sólo pudo ofrecer alguna resistencia a las puertas de Kuwait City y en al Jahrah, rápidamente superada. Caída la capital, desde Basora llegaban nuevos refuerzos iraquíes, mientras que se enviaban tres divisiones acorazadas a tomar los campos petrolíferos de Al-Burqan y defender la frontera con Arabia Saudí. La invasión de Kuwait se había producido en poco más de veinticuatro horas. La invasión iraquí provocó el rechazo internacional. Estados Unidos y la coalición internacional que encabezaba realizaron un formidable despliegue junto a la frontera sur del Emirato. Desde el 17 de enero de 1991 la aviación aliada bombardeó Iraq durante 38 días. El 24 de febrero comenzó la ofensiva terrestre. Las tropas de la coalición cercaron por el norte a los iraquíes y cortaron sus suministros. Una segunda ola completó el círculo mientras una tercera línea de ataque cruzó el sur de Kuwait. El 26 de febrero Kuwaiy City fue liberada. La ofensiva aliada obligó a las tropas iraquíes a replegarse. En su huida, doscientos pozos petrolíferos resultan incendiados. El día 27 de febrero, las tropas norteamericanas cercan Basora por el Este como paso previo a la toma de Bagdad. Sin embargo, un día más tarde los aliados detienen su avance en el sur de Iraq. Hussein había decidido aceptar las resoluciones de la ONU y retirar sus tropas de Kuwait; la guerra había terminado. La primera Guerra del Golfo acabó con la derrota de Iraq y su desalojo de Kuwait pero, para asombro general, las columnas acorazadas americanas no continuaron hasta Bagdad y se permitió a Saddam Hussein permanecer en el poder. Washington temía la desestabilización del país y de toda la región. Un mes después de acabar la guerra, los aliados establecieron una zona de exclusión aérea por encima del paralelo 36, para proteger a la minoría kurda, y, más tarde, otra, al sur del Paralelo 33, para proteger a los chiíes. Además, el país fue sometido a un durísimo embargo, que empobreció especialmente a su población. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York situaron a Saddam en el centro del huracán, acusado por la Administración Bush de instigar el terrorismo internacional y de producir armas de destrucción masiva. Pese a la inexistencia de pruebas, finalmente el 20 de marzo de 2003 Estados Unidos y Gran Bretaña bombardearon Mosul, Bagdad y Basora. Al día siguiente comenzó el avance por tierra desde el sur, abriéndose más tarde el frente norte. La capital, Bagdad, verá los combates decisivos. La capital iraquí se encontraba resguardada por seis divisiones de la Guardia Republicana iraquí. Los americanos situaron a sus tropas al sur, con los marines el área del río Tigris y el 3? de Infantería sobre el Éufrates. La toma de Bagdad fue más fácil de lo esperado. El 3? de Infantería cayó directamente sobre el Aeropuerto Internacional, mientras que los marines avanzaron sobre la capital en un doble movimiento, tomando Hilla, por la izquierda, y aniquilando a dos divisiones iraquíes, por la derecha. El 9 de abril Bagdad es definitivamente tomada. La lucha pronto cesa en Basora y Tikrit, el último bastión iraquí, cae el día 14. Aunque la guerra no ha acabado oficialmente, los combates casi han concluido, al estar controladas las poblaciones principales. La segunda Guerra del Golfo provocó oleadas de indignación en la opinión pública mundial, que no percibió en las razones esgrimidas por Estados Unidos una razón suficiente para emprender una guerra. Las armas de destrucción masiva no han sido localizadas, ni se han demostrado los vínculos de Saddam Hussein con el terrorismo internacional. Además, parte de su población permanece resistente ante la ocupación estadounidense y británica. El número de muertos en atentados crece cada día. La paz, en un país situado en una encrucijada de intereses y empobrecido por décadas de guerras, está lejos de ser alcanzada.
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Galería de imágenes de la época. Sadam Hussein arengando a sus tropas. Avance de carros aliados durante la Guerra del Golfo. El ayatollah Jomeini rodeado de la multitud. Saddam Hussein en un mural de propaganda. Cartel norteamericano sobre la Guerra del Golfo. Cartel norteamericano con los líderes iraquíes más buscados. Incendio de los pozos petrolíferos kuwaitíes. Manifestantes contra la Guerra de Iraq. Tropas norteamericanas combatiendo en Iraq. Marines estadounidenses en Kuwait. Infantes norteamericanos en el desierto iraquí. Soldados durante la Guerra de Irán e Iraq.
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Durante las últimas décadas, la región de Oriente Medio ha sido un foco de inestabilidad permanente, sacudida por guerras y revueltas. Los orígenes de estos conflictos son, en algunos casos, remotos, debiendo buscar en el reparto impuesto por las potencias coloniales la fuente de los problemas que agitan a la región. La citada inestabilidad tuvo uno de sus episodios más importantes entre los años 1980 y 1988, cuando Irán e Irak se enzarzaron en una guerra sangrienta. La contienda no tuvo un vencedor claro, pero costó enormes pérdidas humanas y económicas. Para enjugar dichas pérdidas, el dictador iraquí Saddam Hussein se lanzó en 1990 a la conquista de Kuwait, el rico país vecino. En respuesta, una coalición internacional, encabezada por Estados Unidos, intervino para desalojar a los invasores. La llamada Guerra del Golfo fue muy rápida y se saldó con la derrota iraquí. Sin embargo, uno de sus objetivos, desalojar a Sadam Hussein del poder, no llegó a cumplirse por motivos políticos. Más de una década después, alegando luchar contra el terrorismo internacional, los Estados Unidos encabezaron una nueva coalición de países, que invadieron Irak y derrocaron a su presidente. Actualmente, la región sigue siendo un foco de inestabilidad, no pudiendo atisbarse de momento la llegada de una paz definitiva.
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Como ya se ha indicado en el capítulo anterior, el ideal de una paz universal, basada en la difusión, ha distado mucho de cumplirse. Vivimos en una etapa intermedia en que, si ha desaparecido el orden internacional bipolar del pasado, todavía no ha surgido un nuevo orden capaz de imponerse a las fuerzas de la disgregación y de la confrontación. La frase de Chateaubriand ya citada -"Se diría que el mundo antiguo concluye y que el nuevo comienza"- resulta bien descriptiva de la situación presente, pues sensación semejante tiene el observador actual del escenario internacional. Lo más característico de la conflictividad en el mundo actual es su imprevisibilidad. Precisamente porque el orden mundial de otro tiempo ha desaparecido sin ser sustituido por otro nuevo, pueden surgir países que crean que existe una carencia de reglas tan absoluta que pueden tratar de imponer las propias tomando una iniciativa que cree una situación en apariencia irreversible. Puede dar la sensación de que el mundo se ha convertido de bipolar en monopolar, al menos en lo que respecta a la solución de los grandes conflictos. Pero, al mismo tiempo, parece evidente que, en lo que atañe a los pequeños, estamos en un mundo mucho más multipolar, porque también es multicivizacional. Utilizando un término que resulta muy expresivo de la localización de una parte de los conflictos actuales, se puede decir que las decisiones políticas se han "balcanizado" y eso encierra un potencial de conflictividad muy grande, aunque al mismo tiempo lejana al holocausto nuclear. Los conflictos, en efecto, no bordean ese peligro pero resultan mucho más inesperados que en otros tiempos. Pueden, además ser insolubles o permanecer irresueltos porque las reglas del nuevo orden mundial no están definidas por completo. Ello sucede a pesar de que el factor tecnológico establece una distancia tan abismal entre los contendientes que permite la guerra a distancia y con una diferencia enorme entre las bajas padecidas por los contendientes. Pero la victoria militar, aunque resulte abrumadora, curiosamente no tiene eficacia absoluta. A continuación, examinaremos los dos conflictos que en la década de los noventa atrajeron de forma preferente la atención de la opinión mundial, la Guerra del Golfo y las Guerras de Yugoslavia. Pero también trataremos a continuación de la situación del llamado Tercer Mundo, que, sin duda, encierra todo un potencial explosivo a medio plazo.