La majestuosidad y grandiosidad de los castillos japoneses sorprendió a los viajeros europeos del siglo XVI. La mayoría de ellos corresponde al periodo comprendido entre 1580 y 1615 -el momento de auge de los daimyo, los señores feudales japoneses-. Éstos habitaban en castillos, símbolos exuberantes de su autoridad y poder. La construcción de castillos se extendió por todo el Japón a partir de 1580, continuando durante los primeros años del periodo Edo, hasta 1615. El castillo japonés se apoyaba en una plataforma de piedra con forma de tronco piramidal. Sobre esta plataforma se erige una estructura de madera compuesta por varios pisos en orden decreciente. El edificio principal, la torre del homenaje o tenshukaku, es una construcción cuadrangular. Las cubiertas de teja tienen una orientación variable, para facilitar así la defensa. Al ser tanto residencias como centros culturales, las habitaciones de los castillos estaban decoradas con pinturas realizadas en tabiques y puertas, realizadas por artistas prestigiosos. El mejor conservado de todos los castillos japoneses es el de Himeji o de la Garza Blanca, del siglo XVI. Lo más significativo es que el torreón principal, de treinta metros de altura, tiene una alzada de cinco plantas por fuera y siete por dentro. Los castillos japoneses, como el de Matsumoto, sorprenden por su majestuosidad y tamaño, siendo un emblema característico del Japón medieval. También son muy notables otros castillos, como los de Edo -actual Tokio-, Osaka, Fukuoka, Ni-jo -en Kyoto-, Hiroshima, Kokura -Kitakyushu-, Nagoya o Masamune Date -Sendai-.
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El periodo comprendido entre 1580 y 1615 es el momento de auge de los daimyo, los señores feudales japoneses. Éstos habitaban en castillos, símbolos exuberantes de su autoridad y poder. La construcción de castillos se extendió por todo el Japón a partir de 1580, continuando durante los primeros años del periodo Edo, hasta 1615. El castillo japonés, como éste de Hikone, se apoyaba en una plataforma de piedra con forma de tronco piramidal. Sobre esta plataforma se erige una estructura de madera compuesta por varios pisos en orden decreciente. El edificio principal, la torre del homenaje o tenshukaku, es una construcción cuadrangular. Las cubiertas de teja tienen una orientación variable, para facilitar así la defensa. El mejor conservado es el castillo de Himeji o de la Garza Blanca, del siglo XVI. Lo más significativo es que el torreón principal, de treinta metros de altura, tiene una alzada de cinco plantas por fuera y siete por dentro. Los castillos japoneses, como el de Matsumoto, sorprenden por su majestuosidad y tamaño, siendo un emblema característico del Japón medieval.
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Chavín no es, como hemos dicho anteriormente, el único centro que define la etapa. En la costa norte, Virú tiene una agricultura evolucionada con métodos de intensificación agrícola a lo largo de la secuencia Guañupe desde el 1.200 a.C. Como consecuencia de la obtención de gran cantidad de excedentes, los gobernantes Virú pudieron controlar una masa importante de mano de obra y levantaron el Templo de las Llamas, denominado así porque se encontraron esqueletos de auquénidos en una ofrenda; lo cual demuestra que desde tiempos muy formativos se creó una red de intercambio sierra/costa que comprendía el traslado de estos animales a regiones costeras, además de la antigüedad del ritual que incluía el sacrificio de llamas, que estará documentado en buena parte de la secuencia de los Andes Centrales. La etapa final de Guañupe representa la influencia Chavín. También en la costa norte, Chankillo fue un pequeño centro de integración a nivel local, que construyó un edificio de forma espiral levantado sobre lo alto de una colina, en posición defensiva. Continúa siendo importante Cerro Sechín, definido ahora por una gran plataforma piramidal cuyos muros están revestidos por losas talladas y lisas de forma rectangular y cuadrada, y colocadas alternativamente. Contienen representaciones de figuras humanas de cuerpo entero, cabezas trofeo y guerreros armados con macanas y porras; como si fuera un inmenso edificio memorial a las batallas que tuvieron que librar los gobernantes de Cerro Sechín para hacerse con el control de su territorio. Coincidiendo con el final de Chavín el sur de los Andes Centrales tiene una etapa de apogeo, tanto en la costa -Paracas- a base de la explotación de los valles oasis y de los productos marinos, como en la sierra -Chiripa en el lago Titicaca-, que se fundamenta en la agricultura de altura (papas, quinua, oca...) y en el pastoreo de llamas. Ambas son los antecedentes de Nazca y Tiahuanaco. La cultura Paracas está identificada en Cerro Colorado, donde las excavaciones de Tello permitieron aislar dos componentes distintos, Cavernas y Necrópolis, con base a diferencias en el estilo arquitectónico y de prácticas de deformación craneana. Es la primera sociedad compleja que se instala en la costa sur en localidades costeras y en los fértiles valles del interior; sus inicios se pueden establecer hacia el 600 a.C. y su secuencia se dilata hasta comienzos de nuestra era, distribuyéndose a los valles de Ica, Pisco, Chincha y Nazca. Cavernas se caracteriza por la construcción de tumbas con chimenea en las que se depositaron entre 30 y 40 individuos que, sin embargo, tuvieron una ofrenda escasa. Sus cráneos fueron deformados en forma de cuña y la mitad de ellos trepanados. En las ceremonias funerarias ocultaron sus rostros con máscaras de madera cubiertas con algodón tejido en diversos colores, que incluyen tonos marrón, púrpura, rojo y gris, formando diseños de claro antecedente chavinoide. Necrópolis incluye en su registro arqueológico enterramientos de mayor status y gran cantidad de ofrendas, aunque escasas por individuo, las cuales están organizadas en fardos funerarios. Algunos individuos tienen hasta 100 fardos de algodón de compleja elaboración y colorido rodeando al muerto; y en ocasiones estuvieron asociados a templos y a paredes de casas. El rito funerario consistió en colocar al individuo en posición fetal y atarlo; a continuación fue recubierto con sucesivas capas por mantas de algodón en las que se fueron colocando joyas y objetos como ofrenda. Por último, todo fue cubierto por una tosca manta y depositado sobre un petate, alcanzando en ocasiones una altura cercana a los 2 m. Desde el punto de vista de la cultura material, Paracas estará identificada por estos objetos depositados en las ofrendas funerarias, en particular los textiles y las cerámicas. El motivo principal en las telas es el Ser Oculado o Manchado, que lleva como orejera una cabeza trofeo. Es un diseño que se repite también en el arte portátil, en especial la cerámica, que aparece en forma de botellas con doble pitorro hueco y con un asa que sirve de puente entre ambos. Hacia el 380 a.C. aparece la policromía y la pintura negativa, y con ellas la influencia Chavín en los diseños decorativos tanto de la cerámica, como de los textiles, que se decoran con la imagen del Dios de los Bastones, en una manufactura que parece proceder del exterior. En la cuenca circundante del lago Titicaca se establecieron pueblos y aldeas hacia el 1.200 a.C., que tuvieron un sistema de subsistencia basado en el cultivo de tubérculos y quinoa y en el pastoreo de llamas; los asentamientos emplazados en las márgenes del Titicaca completaron su dieta con los recursos lacustres. Algunos sitios de la cultura Wankaraní como Chullpa Pampa, al sur del lago, llegaron a concentrar 3.900 habitantes. Se conoce poco de esta cultura, salvo que se desarrolló entre el 1.200 y el 800 a.C. y se caracterizó por la fundición de núcleos de cobre, siendo la industria más antigua de este tipo en los Andes. En este sitio aparece una de las cerámicas más tempranas de la región entre el 400 y 200 a.C. En Chiripa, al sur del lago, se construyó hacia 1.200 a.C. un montículo ceremonial que después fue rodeado de un gran muro en el 900 a.C.; entre el 500 y el 100 a.C. se instaló un patio perdido en su cima y se tallaron estelas asociadas a él. Este patio perdido se considera una conexión estilística e ideológica con las jefaturas de la costa norte y de la sierra, donde tales rasgos tenían ya una larga historia. También Qulayu tiene arquitectura de montículos y escultura monumental desde el 1.000 a. C., iniciando ambos sitios una línea evolutiva directa con Pukará y con el gran estado clásico de Tiahuanaco. Más al sur, la agricultura y la cerámica comienzan a aparecer hacia el 600 a.C. en el noroeste argentino, mientras que en el resto del territorio persisten las prácticas recolectoras y cazadoras. Las primeras cerámicas detectadas corresponden a la cultura San Francisco, fechada desde el 600 a.C., cuya procedencia puede establecerse en la vertiente oriental de los Andes Meridionales. Junto a ellas aparece asociada con claridad la agricultura del maíz, porotos, zapallo y quinoa.
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Al mismo tiempo que se descubre la cerámica en Colombia y Ecuador, se inicia hacia el 3.500 a.C. el Precerámico con Algodón en los Andes Centrales; un período definido por la aparición de aldeas y pequeños centros en la sierra y en la costa que se dedican a la pesca y a la recolección. La aparición de restos de redes de algodón (Gossypium barbadense) y calabazas para flotadores indican tanto la agricultura de estas dos plantas como la importancia de la pesca en el sistema de subsistencia de estas comunidades del litoral. En la costa desértica del Perú la corriente de Humboldt permite la concentración de gran cantidad de plancton marino al que llegan inmensos bancos de peces, iniciándose así una cadena alimenticia que permitió la formación de aldeas durante el Precerámico. Al mismo tiempo, la corriente fría penetró por los valles de los ríos y en sus partes bajas y medias depositó humedad en bajas lomas que fueron aprovechadas para el cultivo de la calabaza y el algodón, creándose una cierta prosperidad económica que permitió el sedentarismo y el aumento de la población. Por ejemplo, en el sitio de La Paloma se llegaron a concentrar entre 4 y 5.000 chozas irregularmente distribuidas en tres asentamientos superpuestos hacia el 6.000 a. C. La Paloma y Chilca 1 (3.750-2.500 a. C.) son sitios característicos de esta etapa Precerámica. El primero de ellos es un asentamiento en lomas y el segundo tiene una orientación costera. A partir del 3.500 a.C. el número de sitios del litoral aumenta y existen claros signos de jerarquización. Así, mientras Huaca Prieta es un asentamiento de carácter aldeano, en la costa norte y central se inicia la arquitectura monumental en Aspero, Río Seco del León, Bandurria y Los Gavilanes, algunos de los cuales tienen pirámides de más de 3 m de altura, y se relacionan con plazas que contienen plataformas en las que se establecieron estructuras de menor importancia. La función de estos edificios no está definida aún, pero pudo estar emparentada con el control de los astros para fues calendáricos y su aplicación a las actividades agrícolas. La construcción de estructuras que tienen hasta 10 m de altura requiere cierta planificación política y, con seguridad, la jerarquización de la sociedad al menos en dos segmentos: uno agricultor/pescador dedicado a la producción, y otro dirigente/sacerdotal encargado de la planificación y administración de los centros ceremoniales. La forma de estos recintos públicos varía desde pozos circulares a plataformas escalonadas y complejos de edificios que circundan una plaza y adquieren una forma en U. Las investigaciones arqueológicas han dejado bien claro que se encuentran en íntima conexión con sistemas de irrigación y de intensificación agrícola. Hacia el 1.800 a.C. la mayoría de los valles de la costa norte y central del Perú tenían uno o varios de estos centros ceremoniales, algunos de los cuales tendrán un gran desarrollo en la etapa posterior. Mientras se producen estos acontecimientos de vida compleja en la costa centro y norte, la costa sur vive ajena a tales procesos y se organiza en pequeñas aldeas de pescadores y horticultores. En la sierra, donde venía experimentándose con la agricultura desde el 6.000 a. C. y con la domesticación de animales desde el 4.500 a.C., la desigualdad social se inicia más tarde, dentro de lo que se ha denominado Tradición Mito, y está representada en sitios tales como Huaricoto, Shillacoto, Kotosh y La Galgada hacia el 2.500 a.C. En estos asentamientos se construyen edificios cuadrangulares de piedra y barro, pequeños, que dejan en el centro un fogón excavado en la tierra en el que colocan ofrendas que incluyen textiles y objetos de hueso y madera. Otro rasgo característico es la superposición de edificios como ocurre en el Templo de las Manos Cruzadas de Kotosh, que más tarde fue cubierto por el Templo de los Nichos. Sin embargo, y al contrario de la evidencia procesual en la costa norte y central, no hay edificios de viviendas en torno a tales complejos, por lo que no se pueden considerar centros de integración. De manera distinta a la costa también, la base sobre la que surge la sociedad desigual no es la pesca/horticultura, sino la agricultura y el pastoreo. En los Andes Meridionales y el Extremo Sur, los primeros indicios de vida detectados en la región se instalan en la Patagonia, en las cuevas de Fell y Palli Aike, y en los sitios abiertos de Las Buitreras y Los Toldos, hacia el 12.000 a. C. Los ocupantes de estas cuevas convivieron con perezoso gigante, caballo, guanaco y otros animales aún presentes en la región, los cuales se encuentran asociados a las puntas de cola de pescado de amplia distribución en toda América del Sur. Tras la extinción de la megafauna, las comunidades se dedicaron a la caza del guanaco y a la recolección de frutos y semillas silvestres. En Intihuasi, localizado en la Sierra Central, estos cazadores se establecieron hacia el 6.000 a. C. y utilizaron puntas lanceoladas o en forma de hoja de laurel conocidas con el nombre de Ayampitín; muy similares a las encontradas en Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú. La etapa ya se ha reconstruido en apartados anteriores, pero se caracteriza por un evolucionado arte rupestre que da testimonio de las ideas simbólicas, mágicas y rituales de los pobladores de tales sitios, además de dejar constancia sobre la fauna de la región. Al final del Precerámico se desarrolla la cultura Ansilta, que incluye en sus registros una cestería decorada manufacturada con la técnica de enrollado espiral. El tejido es tan tupido que debió servir para contenedores de líquidos y para la transformación de alimentos de origen vegetal. Otra función detectada se relaciona con el ritual funerario, ya que se utilizaron para contener esqueletos.
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Las esculturas en bulto redondo, como el muy conocido Niño Huaxteco, cuya espalda, rostro y brazos se decoraron con finos relieves, y las figuras de apoteosis como las de Runcayab y la imaginería dual, dan fe de la maestría alcanzada por los artistas del noroeste de Mesoamérica en el trabajo de una piedra que, por otra parte, era relativamente fácil de trabajar. En sus obras alcanzaron altos niveles de abstracción geométrica en un arte que, no obstante, se adaptó bastante a las características físicas de las piedras en forma de losa. La decadencia de Monte Albán y de otros centros que florecieron a finales del Clásico, como Lambityeco, permitió que a inicios del Postclásico dos asentamientos, Mitla y Yagul, integraran social, religiosa y políticamente a las comunidades del valle de Oaxaca. Mitla, término derivado del nahua Mictlan (Lugar de Muerte), fue conocido por los zapotecos con el nombre de Lyobaa (Lugar de Descanso). El centro se fundó a finales del Formativo Medio, y después del siglo VIII se distribuyó a lo largo de cinco grupos principales dispuestos en torno a patios rehundidos y rodeados de aposentos. Tales recintos, como en el Grupo de las Columnas, comprenden diversos vestíbulos emplazados sobre plataformas de adobe y piedra que se revisten de estuco, disponiéndose en ocasiones a diversas alturas, en cuadrángulos similares a los existentes en Yucatán. La decoración característica es de mosaico colocada sobre los frisos para formar diseños de greca escalonada, una estilización de la serpiente. Este mismo diseño es frecuente en códices mixtecos y tumbas, manteniendo también fuertes semejanzas con los centros del Yucatán. Los motivos decorativos, similares a los colocados en textiles, pueden hacer referencia a linajes particulares que ocupaban los palacios. La disposición horizontal de los edificios y la decoración, el estilo geométrico con que fue compuesta y los arremetidos y salientes con que fueron decorados los muros, reproducen una alternancia de luces y sombras muy característica de estos edificios de finales del Clásico. El sitio de Yagul continuó la tradición de construcción de tumbas iniciada en el valle de Oaxaca desde tiempos de Monte Albán, y así en el llamado Palacio de los Seis Patios se construyeron 30 tumbas subterráneas con estructuras cruciformes, antecámaras y losas megalíticas en las que se superponen elementos mixteco-zapotecos. En el norte del valle, y a partir del Clásico, en toda la cuenca tiene un gran florecimiento la cultura mixteca. Sus artistas y artesanos alcanzaron una merecida fama a lo largo del Postclásico, capitalizando un arte que podríamos denominar internacional, a juzgar por su aceptación en el resto de los grandes centros de Mesoamérica, y patrocinando un estilo que se conoce como Mixteca-Puebla. Seguramente originado en esta última región, tal vez incluso impulsado por Cholula, no sólo tuvo una proyección internacional, sino también en los propios centros regionales de la Mixteca: Tilantongo, Coixtlahuaca, Tlaxiaco, y Yanhuitlan, y en los antiguos asentamientos zapotecos, algunos de los cuales fueron utilizados como lugar de culto y de enterramiento como el propio Monte Albán. Este arte Mixteca-Puebla aparece desde Tizatlan hasta Santa Rita Corozal (Belice) y Tulum (costa del Caribe); con él se extiende por Mesoamérica el culto de dioses como Tezcatlipoca y Tlahuiz canpantecuhtli, y tiene también una importancia histórica de primera magnitud. El arte mixteca no eligió como medio de comunicación la escultura monumental, como lo habían hecho los olmecas y más tarde habrían de hacerlo los mexica, e incluso, se encontraba en las tradiciones zapotecas desde el Formativo; más bien sus manifestaciones más notorias se ejecutaron en grandes murales pintados, cerámica polícroma y el arte mobiliar. Relieves en madera, hueso, máscaras de mosaico de turquesa y piedra reflejan estilísticamente los patrones de los manuscritos. También la metalurgia que mediante oro y cobre trabajados a la cera perdida, repujado y martillado, sirvió para hacer objetos en forma de azuelas, hachas, escudos, punzones, cascabeles, collares, pulseras y demás. Lo mismo sucede con las piedras duras como el alabastro, tecalli, ópalo, amatista, ámbar y el jade, o con materiales delicados como perlas, concha y coral. De singular importancia resultan los códices, libros manuscritos con signos pictográficos y logográficos que fueron confeccionados en piel de venado, pintados en colores muy vivos y cubiertos por una fina capa de estuco con el fin de preservar la información. Contienen genealogías y registros históricos combinados con una documentación muy abundante que se refiere a la religión, a la adivinación mediante cálculos astronómicos y al mundo intelectual mixteco; en una composición y diseños claramente emparentada con la cerámica y el arte mural que se expandió rápidamente por las principales ciudades de Mesoamérica a lo largo del Postclásico Tardío. Códices como los denominados Vindobonensis, Nuttall, Bodeley, Selden, Colombino, de Viena, o los Lienzos de Zacatepeque y los mapas de Teozacualco y Rickards, documentan el interés desplegado por los señores mixtecos en los registros históricos.
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La nobleza que desea mantenerse en su posición privilegiada y no renunciar a ninguno de sus privilegios y honores es atacada por Goya empleando el apellido de unos ridículos personajes de la comedia "El dómine Lucas" de Cañizares. Entregados a la holgazanería y a la buena vida, estos nobles cierran su entendimiento a los nuevos aires ilustrados.
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Los Cholla sustituyen a los Pallava en el gobierno del sur de la India en el año 888, tras la victoria del príncipe Cholla Aditya (870-906). La dinastía Cholla aparece ya mencionada en el "Mahabharata" y es precisamente de su nombre del que deriva el de su reino: Coromandel (Chollamandalam). También su capital, Thanjavur (el Tanjore francés), que va a centralizar el gobierno desde los siglos IX al XII, era la mítica residencia del gigante Thanjar.El momento de máximo esplendor lo constituye el reinado de Rajaraja II (985-1014); es el primer soberano de la India del sur que con una conciencia plenamente histórica manda registrar cada acontecimiento de su gobierno.Gracias a su crónica sabemos la extensión exacta de su territorio, la anexión de Karnataka y Kerala, y la conquista de la isla de Sri Lanka; creó una flota y una armada, y una administración civil. Fue un ferviente adorador de Siva y el responsable de la expansión de su culto y de su iconografía por toda India meridional y por gran parte del Sudeste Asiático.Thanjavur fue un centro fundamental de irradiación cultural, debido al auge de los talleres artísticos y a la actitud intelectual y universalista de sus soberanos; su corte reunía literatos, filósofos, músicos y una legión de escribanos. Actualmente sigue siendo famosa por su escuela de danza y música, y el célebre festival de Tiruvayyaru (en el mes de enero) es el más prestigioso del sur de India.Rajaraja engalanó Thanjavur con palacios y templos (hay registrados hasta 75 templos dedicados a Siva), y ordenó la construcción en el año 1000 del mayor templo drávida, que se convertirá en el modelo cultural de toda la arquitectura Cholla: el templo de Brihadisvara (Brihadeshvara, Gran Señor), también llamado Rajarajeshvaram (Adoración del Rey de Reyes), que está dedicado a Siva Rudra, es decir a Siva como potencia purificadora del fuego.El templo se encuentra dentro de un gran recinto amurallado (270 por 140 m) al que se accede por una puerta torneada (un gopuram construido por los Pandya en el siglo XIII). A pesar de las numerosas mandapas laterales que se adosan a la muralla (la mayoría pertenecientes al siglo XVIII) y de unos pocos templos salpicados por el recinto (el de Devi del siglo XIII y los de Ganesh y Subrahmanya del siglo XVII), toda la atención se centra en el espectacular vimana (cubierta torreada drávida que equivale al sikara del norte) que cubre el sancta-sanctorum o garbha-grya.El vimana eleva 13 pisos troncopiramidales que parten de una base cuadrada de 30 m de lado, alcanza una altura de 66 m y se cubre con una stupika monolítica de 80 toneladas, cuya ubicación y traslado todavía hoy resultan polémicos. A sus pies se adosa un jaga-mohana y, a continuación, una gran mandapa hipóstila como sala de oración.Totalmente exenta y a los pies del templo se eleva otro pabellón de columnas que guarda una colosal estatua del toro Nandi.Todos los edificios se construyeron en sillares de granito perfectamente labrados y ensamblados sin ningún tipo de hormigón. Pero la espectacular altura del vimana, a base de superposición de pisos adintelados, sin apenas contrafuertes ni arquitrabes de descarga, se logra gracias al ligero ladrillo esculpido con el que se construye esta cubierta.El conjunto se planifica según los "Vastu-Sastras", siguiendo rigurosamente el "Padmagarbhamandala" que, a partir de este momento, será el mandala clásico del arte drávida. El Padmagarbhamandala, o del Loto Sagrado, cuenta con 16 por 16 partes, de las cuales 16 corresponden al Brahmasthana (Esencia Divina), 84 al dominio de los dioses, 96 al mundo de los hombres y 60 al indefinido espacio de los espíritus.El Brihadisvara es sin duda alguna una de las principales joyas del arte indio, tanto por la sorprendente audacia en las proporciones arquitectónicas como por la admirable minuciosidad en el detalle decorativo. Entre los restos de pintura que decoran los murales de todo el recinto hay que destacar las bailarinas celestes que decoran el interior del garbha-grya; y entre las esculturas, los altorrelieves de guardianes, de dioses secundarios como Vishnu y Lakshmi, del hijo de Siva Ganesh (el dios elefante) y las múltiples advocaciones de Siva: el Harihara (mitad Siva, mitad Vishnu), el Ardhanarishvara (mitad hombre, mitad mujer) y el Gangadhara (Siva Ganga).Hoy es uno de los monumentos histórico-artístico más mimado por el Archaeological Survey of India pero, salvo en temporadas de festivales religiosos, es difícil imaginar el poder de este gran complejo atendido por 400 devadasi (sirvientes del dios), más una caterva de brahmanes, músicos y danzantes; funcionaba también como un auténtico banco cuyos depósitos contenían 186 kg de oro, 224 kg de plata y 93 kg de piedras preciosas, que financiaban empresas comerciales y marítimas.De menor interés, pero otra gran obra arquitectónica, resulta el templo de Siva en Gangaicondachollapuram, construido en el reinado de Rajendra I (1014-1045) a exacta imitación del de su padre en Thanjavur pero a escala reducida.Otra de las maravillas del arte Cholla lo constituye la estatuaria en bronce formada por las numerosísimas imágenes de culto que se adoraban en los garbha-grya de los templos. Esta producción masiva de bronces se realizó para cubrir el culto a Siva no sólo de Coromandel sino también del resto de India y, aún más allá, de las colonias ultramarinas de Sri Lanka, Birmania y Java.Desde el siglo X d. C. la iconografía sivaítica no ha hecho más que repetirse y todavía se siguen reproduciendo las imágenes Chollas para cubrir el mercado actual (tanto cultural como turístico). Ese típico ídolo indio que hoy podemos encontrar incluso en almacenes occidentales no hace más que reproducir en mala calidad, amaneradamente y hasta la náusea, los bronces Cholla. Admirados justamente por los británicos, fueron objeto constante del coleccionismo decimonónico, pero todavía podemos admirar una gran cantidad de estos bronces en todos los museos indios, especialmente en la Galería de Bronces del Government Museum de Madrás y del Palacio de Thanjavur.Entre los muchos tipos de advocaciones de Siva definidos por los Cholla en estos excelentes bronces, quizá pueda ensalzarse todavía más la imagen del Siva Nataraja o Rey de la Danza: una sola pieza realizada a la cera perdida, sin soldaduras, que sobrepasa el metro de altura. En medio de una aureola cósmica llameante, Siva baila triunfando sobre la ignorancia (un niño monstruoso, bajo su pie). Ataviado como un príncipe Cholla, su tocado recoge a la diosa Ganga, que se diluye suavemente por sus cabellos extendidos. Su omnipotencia se manifiesta en la multiplicidad de brazos; la mano posterior derecha lleva el tambor, símbolo del ritmo, del pálpito creador, y la izquierda el fuego de la destrucción, también de la purificación en la incineración; el brazo anterior derecho presenta la abhaya mudra o gesto de ausencia de temor, y el izquierdo se balancea con la flexibilidad y fortaleza de la trompa de elefante o gesto de gafa-hasta.Su actitud zigzagueante en flexión extrema o athibhanga traduce la agitación de su danza cósmica, el esfuerzo de su acción constructora y destructora; porque como dios de la muerte, Siva es también potenciador de la vida, porque no hay vida sin muerte en el sistema de purificación kármika.
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La épica griega no se limita a los poemas atribuidos a Homero. Además de las obras atribuidas a Hesíodo, hubo una extensísima producción conservada muy parcialmente en fragmentos y testimonios indirectos que sirven al menos para dar a conocer la existencia de gran cantidad de temas que abarcaban las historias de muchos personajes de la mitología agrupados en ciclos, que serían posteriormente utilizados por los poetas líricos y trágicos, por los pintores de vasos de cerámica y por los escultores que adornaban frisos y frontones de todos los templos. En la Edad Oscura se configura el conjunto de la temática que nutre toda la cultura griega y su fundamento se hallaba en los tiempos heroicos, identificados con el mundo micénico. Así pues, toda esa cultura posee un constante referente situado en ese mundo, cuya realidad histórica se ha manipulado hasta transformarla en mito. Los poemas homéricos forman parte, en su temática, del ciclo troyano, donde se incluyen los antecedentes de la guerra, así como los regresos de los héroes, de los que el de Odiseo-Ulises sirve como tema de "La Odisea" y el de Agamenón como argumento de la trilogía trágica de Esquilo, "La Orestíada", ya en el siglo V. Los fundamentos son difíciles de captar, pero a través de toda clase de manipulaciones, parece notarse la huella de preocupaciones específicas, relacionadas posiblemente con el final de aquel mundo. Lo mismo ocurre con el otro ciclo famoso, el de Edipo y sus descendientes, causantes con sus conflictos internos de los grandes dramas sufridos por la ciudad de Tebas. Los ciclos se transmiten todos ellos por vía oral a través de cantores que viajan por las comunidades griegas, aprovechando las tendencias panhelénicas que permiten la comunicación. El oficio tiende a especializarse dentro de clanes determinados, entre los que el más famoso llegó a ser el de los Homéridas, que se convirtió con el tiempo en el monopolizador de la tradición épica, aunque también se nota en manifestaciones cerámicas que los suyos no son todavía en época arcaica los temas predominantes. La formación del mundo cultural que favoreció la actividad de los santuarios panhelénicos permitió también el inicio de la celebración de festivales donde se recitaban los poemas, lo que llevó paulatinamente a la creación de formas canónicas tendentes a la fijación por escrito. Los temas épicos representaban el mismo fenómeno de recuperación del pasado que estaba implícito en la renovación de cultos en centros tradicionalmente considerados como herencia micénica. La recuperación cobra así todo su sentido en diferentes campos de la vida cultural.
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Dos días después de que Francia retirase a su embajador en Madrid, es decir el 28 de enero de 1823, Luis XVIII pronunció un importante discurso con motivo de la apertura de las Cámaras, en el que anunció solemnemente que "cien mil franceses estaban dispuestos a marchar invocando al Dios de san Luis para conservar en el trono de España a un nieto de Enrique IV". En Francia se abrió una fuerte polémica en torno a la intervención en España que se prolongó durante el mes de febrero, y hubo muchas voces en contra de la decisión. El gobierno galo tenía muy claras, sin embargo, las ventajas que reportaría la expedición. Podría servir, sobre todo, para restablecer el prestigio del ejército francés después de la derrota a manos de las potencias europeas. Por otra parte, la influencia que le proporcionaría la intervención armada en favor de Fernando VII le permitiría mover los hilos de la política española con el fin de encauzarla por derroteros más acordes con el sistema de la Francia restaurada. Pero había también unos intereses económicos y comerciales que iban a jugar un papel de gran relevancia a la hora de sopesar las ventajas y los inconvenientes de una intervención armada. La independencia de las colonias españolas en el continente americano -en vías ya de una irreversible consumación- exigía una rápida intervención si se quería evitar que Gran Bretaña fuese la única beneficiaria de este proceso. Además, el comercio que Francia seguía manteniendo con España constituía un capítulo importante en la balanza comercial de aquel país. La defensa de todos estos intereses se vería facilitada con la presencia de un ejército francés en la Península y con la presión que de esta forma podría ejercer sobre el gobierno de Fernando VII. Los preparativos para poner en marcha la compleja maquinaria de un ejército expedicionario tan numeroso habían comenzado ya en Francia a primeros de año. Para evitar las situaciones de tensión con la población civil que se habían provocado en España con motivo de las requisas y los saqueos del ejército napoleónico para solucionar los problemas de su abastecimiento, en esta ocasión se preparó la logística de otra forma. El gobierno francés encargó al negociante Gabriel Ouvrard de toda la operación de aprovisionamiento, que gestionaba con proveedores españoles a los que pagaba al contado. Así, para éstos, la invasión de los Cien Mil hijos de San Luis no sólo no constituyó ningún motivo para levantar la resistencia, sino que se convirtió en un buen negocio. En total, el número de los componentes del ejército del duque de Angulema se elevaba a 95.062 soldados, divididos en cuatro cuerpos y uno de reserva. Por su parte, el ejército constitucional español que se dispuso a hacerle frente, estaba dividido en cuatro cuerpos de 18.000 a 20.000 hombres cada uno. El Ejército de operación, mandado por el general Ballesteros; el Ejército de Cataluña, mandado por el general Espoz y Mina; el Ejército del centro, mandado por el general La Bisbal, y el Ejército de Castilla y de Asturias, cuyo general en jefe era Morillo. También hay que contar a los 52.000 hombres que formaban las guarniciones de las plazas fuertes, los cuales hacían elevar la suma total a 130.000 soldados. Sin embargo, la desorganización de la defensa y la escasa moral de la tropa, impedirían una resistencia eficaz contra el ejército de Angulema. El 7 de abril atravesaron las tropas francesas el río Bidasoa, no sin antes deshacer un intento de sublevación iniciado por algunos elementos liberales dentro de sus propias filas. Se iniciaba así una campaña que tendría un desarrollo, no por previsto, menos espectacularmente rápido y eficaz. La Bisbal capituló pronto y Morillo se retiró sin combatir. Ballesteros, después de haberse batido en retirada por todo el Levante y por la Andalucía Oriental, capituló también ante el general francés Molitor en Campillo de Arenas, en la provincia de Jaén, el 4 de agosto. Sólo Espoz y Mina supo oponer una tenaz resistencia en Cataluña, hasta el punto de ser Barcelona la última ciudad que cayó en manos de los franceses. Cuando llegaron a Madrid las noticias del rápido avance del ejército de Angulema, el Gobierno y las Cortes decidieron, por razones de seguridad, trasladarse hacia el sur. El Rey y la familia real quisieron negarse a acompañarles, y a pesar de que los médicos certificaron que Fernando no podía ponerse en camino sin peligro para su salud, éste no tuvo más remedio que transigir ante las presiones de los liberales. Cuando las tropas francesas llegaron a Madrid se creyó conveniente nombrar una Regencia para que se encargarse de administrar el país y de organizar el ejército, al mismo tiempo que debería ponerse de acuerdo con los aliados para liberar al rey. Reunidos los Consejos de Castilla y de Indias propusieron al duque del Infantado, al de Montemar, al Obispo de Osma, al barón de Eroles y a Antonio Gómez Calderón. Aprobada esta Regencia por el duque de Angulema, comenzó su actuación nombrando un gobierno y adoptando algunas medidas encaminadas a restablecer las instituciones del Antiguo Régimen. El 10 de abril llegó la familia real a Sevilla y al día siguiente lo hizo la comisión permanente de las Cortes. A partir de entonces y hasta el 11 de junio, la capital andaluza se convertiría en la sede de las más altas instancias de la nación y las Cortes seguirían desarrollando en ella su labor hasta el momento en que tuviesen que trasladarse a Cádiz ante el avance del ejército francés. Pero de nuevo Fernando VII se negó a trasladarse, en esta ocasión a Cádiz, pues confiaba en su pronta liberación por parte de las tropas enviadas por su primo Luis XVIII. Fue Alcalá Galiano quien, basándose en el artículo 187 de la Constitución que establecía el nombramiento de una Regencia provisional cuando el rey se encontrase en la imposibilidad de ejercer su autoridad por causa física o moral, consiguió que las Cortes forzasen al monarca y a su familia a partir para Cádiz. Cádiz había sido una ciudad inexpugnable para el ejército de Napoleón, pues sólo con una flota le hubiese sido posible completar el cerco de la ciudad. Ahora las circunstancias eran distintas. No existía ese ambiente de exaltación patriótica que se había producido en aquella ocasión y, además, Angulema contaba con varios barcos que podían cortar las comunicaciones marítimas de la ciudad y colaborar con las fuerzas terrestres en las operaciones que se disponían a llevar a cabo. Las Cortes y los gobiernos que se sucedieron en aquel verano de 1823 no fueron capaces de encontrar soluciones para evitar su caída y la ayuda inglesa que se esperaba no iba a llegar. Sólo la Milicia Nacional se mostraba dispuesta a resistir hasta el final. Ante tales circunstancias, los liberales parlamentaron con Fernando VII y con Angulema por separado y aceptaron liberar al monarca si a cambio se prometía el olvido del pasado. Fernando, que incumpliría su promesa nada más verse liberado de sus captores, pudo por fin reunirse con el Duque de Angulema en el Puerto de Santa María el 1 de octubre. Una nueva etapa, marcada otra vez por el signo del absolutismo, se abría a partir de aquel momento: era la última década del reinado de Fernando VII, quien se mantendría en el trono sin nuevas limitaciones ni condicionantes por parte de los liberales hasta su muerte en 1833.