El auge que las ciencias sociales experimentaron a lo largo del siglo XIX, y que culminó en la última década del mismo, respondía precisamente a eso: a la necesidad de explicar, en palabras de Max Weber, lo que el hombre era y cómo había llegado a ser lo que era. Dios todavía no había muerto, contrariamente a lo que había dicho Nietzsche en 1882 (en La gaya ciencia): la religión seguía proporcionando la única razón de la vida para la inmensa mayoría de la humanidad. Pero de alguna forma, sus explicaciones resultaban progresivamente insuficientes, y su papel social -al menos, en las sociedades desarrolladas- parecía cada vez menos relevante. Por eso que antropólogos, sociólogos e historiadores se planteasen por primera vez y a fondo su estudio. Tal vez fuese el antropólogo británico Edward B. Tylor (1832-1917) el primero en hacerlo. Al menos, en su libro Primitive Culture (1871), Tylor quiso estudiar el nacimiento de las religiones primitivas -origen de toda religión- y concluyó que lo que las caracterizaba era la creencia, fruto de su primitivismo cultural, en seres espirituales, lo que incluía tanto las almas de los individuos como otros espíritus. Para Tylor esa idea de alma -a la que llamó "animismo"-, que en la religión primitiva poseían tanto los seres humanos como la naturaleza, era el origen de toda creencia religiosa, de toda deidad; y por tanto, la religión en última instancia no era, en su interpretación, sino un tipo de explicación que había sido modelado por el propio hombre. Tylor creía, por añadidura, que existía una fuerte semejanza entre las religiones primitivas y las civilizadas, salvo por una diferencia: por el papel que en estas últimas tenía la religión como fundamento de la ética colectiva (por lo que Tylor apuntaba ya la idea que luego recogerían muchos antropólogos y sociólogos, como el ya citado Durkheim: que la religión era, sencillamente, un instrumento de cohesión social). Algo después, en 1890, se publicó la primera edición de La Rama Dorada, el extraordinario libro de sir James Frazer (1854-1941), de la universidad de Cambridge, un estudio comparado -escrito con erudición, mesura y elegancia insuperables- de ritos, creencias religiosas, costumbres y mitos de numerosos pueblos, con el que Frazer quería dilucidar el origen de la magia y de la religión, y las relaciones entre ambas. Frazer, que en parte continuaba los argumentos de Tylor, era aún más explícito. Primero, dejaba dicho claramente que magia y religión constituían estadios "insuficientes y erróneos" en la evolución de la humanidad, que quedarían superados mediante el desarrollo de la ciencia; segundo, colocaba la religión cristiana -algunos de cuyos rituales, como por ejemplo, la natividad, muerte y resurrección de Cristo le parecían simple adaptación de los festivales paganos anteriores- en plano de igualdad con las restantes religiones. El libro de Frazer tuvo un éxito excepcional e hizo de la Antropología una verdadera ciencia. Sobre todo, y aunque las tesis de Tylor y Frazer fueran, luego, revisadas y especialmente, su concepción peyorativa de lo primitivo, dos ideas parecían abrirse camino irreversiblemente. En primer lugar, la idea de que la religión constituía un tipo de explicación propia de mentalidades elementales y primitivas; con ella, la idea de que la religión, lejos de ser un conjunto de verdades reveladas susceptible de análisis teológico, era una mera creación humana cuyas tradiciones, dogmas, creencias y rituales podían y debían ser estudiados empíricamente. La religión empezaba a ser, por tanto, una curiosidad antropológica. La misma Biblia fue puesta en revisión (eso, al margen del impacto que sobre la idea de la creación del mundo tuvieron el darwinismo y las teorías de la evolución de las especies en toda la segunda mitad del siglo). En efecto, fue el historiador alemán Julius Wellhausen (1844-1918), profesor de la Universidad de Gotinga, hombre de formación protestante y racionalista, el primero en publicar, aunque existieran precedentes desde el siglo XVIII, una interpretación convincente de la cronología y autoría de los textos bíblicos, cuestión teológicamente explosiva puesto que suponía la negación del origen divino y revelado de aquéllos, y, por tanto, la negación de los fundamentos mismos de la tradición judeo-cristiana. En su amplia obra, Wellhausen precisó la antigüedad de las distintas partes de la Biblia y pudo determinar el orden en que aquéllas habían sido escritas y reelaboradas (al servicio, según su tesis, de un proceso de justificación histórico-política de la nación judía). Estableció, en suma, que la Biblia era un libro de historia, y no un texto sagrado. Por el mismo camino se orientó William Robertson Smith (1846-1894), ministro de la Iglesia Libre escocesa, hombre de erudición portentosa, gran conocedor del hebreo y del árabe -lengua de la que sería catedrático en Cambridge, universidad de la que fue también principal bibliotecario-, y especialista en exégesis del Antiguo Testamento. De hecho, Robertson Smith, autor de El Antiguo Testamento en la Iglesia judía (1881), Los profetas de Israel (1882) y La religión de los semitas (1889), hizo para el Deuteronomio lo que Wellhausen había hecho para el Pentateuco: fijar su composición y su cronología. Y los resultados fueron parecidos: afirmar la naturaleza histórica de la Biblia. No se trataba, además, de una cuestión meramente erudita. En la década de 1870, Robertson Smith escribió varios artículos de temas bíblicos para la Enciclopedia Británica y, en su calidad de redactor asociado, encargó otros a Wellhausen. Algunos de ellos escandalizaron: Robertson Smith fue acusado de herejía por miembros de su propia Iglesia y se vio forzado a dejar su cátedra en la facultad en la Iglesia Libre de Aberdeen. Era inútil. La idea misma de la creación divina del mundo y del hombre estaba en crisis. La tesis de la creación no pudo resistir, como ya se ha mencionado, el impacto de las teorías evolucionistas de Darwin y sus discípulos. El más brillante de éstos, además, el naturalista Thomas H. Huxley (1825-1894), dedicó los últimos treinta años de su vida a promover lo que, al menos en Inglaterra, fue una muy exitosa cruzada de divulgación social y popular del darwinismo, dirigida sin disimulo alguno contra los portavoces de la ortodoxia religiosa. El conocimiento sobre la aparición del hombre se transformó radicalmente a la luz del desarrollo de la Prehistoria y de la Arqueología. Los primeros hallazgos decisivos fueron anteriores a la época aquí estudiada. El hombre de Neanderthal fue encontrado por Fuhlrott en el verano de 1856; el de Cro-Magnon por Louis Lartet, en 1868; las cuevas de Altamira por Sautuola, en 1875. En 1865, en su libro Prehistoric Times -obra que se reeditó siete veces antes de 1914-, John Lubbock distinguía ya entre edades de Piedra y de los Metales, y entre Paleolítico y Neolítico, en la primera, y Bronce y Hierro, en la segunda: sobre todo, advertía que la aparición del hombre era muy anterior a lo que la tradición y la historia habían supuesto. Y en efecto, a partir de la década de 1880, se produjo un salto cualitativo, irreversible y definitivo en la percepción que el hombre tenía de su propio origen y antigüedad. Ello se debió a los numerosísimos hallazgos -restos humanos, instrumentos y útiles de todo tipo, animales fosilizados, cuevas con pinturas y grabados- que, a partir de entonces, se produjeron, una vez que se sistematizaron las técnicas y fundamentos de la Prehistoria y de la Arqueología; el más espectacular fue el descubrimiento en 1889, en Java, por el profesor holandés Eugene Dubois del que se llamaría Pithecantropus erectus en el que se quiso ver el "eslabón perdido" entre el hombre y el mono de las teorías darwinistas. Luego se sabría que no lo era y que la cuestión de la aparición del hombre era mucho más compleja de lo que se pensó al principio. Pero el hallazgo de Dubois, objeto de apasionados debates que se prolongaron hasta bien entrado el siglo XX, y otros posteriores -como el del hombre de Chu-ku-tien, junto a Beijing, hallado por Davidson Black en 1930- hicieron que las estimaciones sobre la aparición del hombre se elevaran hasta los 500.000 años antes de Cristo. Estaba cristalizando, pues, una nueva visión del origen del hombre y de la evolución del mundo que desafiaba los supuestos de la religión cristiana. Tanto, que el profesor de la universidad de Jena, Ernst Haeckel (1834-1919), principal exponente del darwinismo en Alemania y el hombre que, convencido de la existencia del "eslabón perdido", había enviado a su ayudante Dubois a Java, escribió en 1899 un libro, El misterio del mundo, que proponía una interpretación radicalmente materialista de éste, en el que la vida se explicaba, no en virtud de un Dios creador, sino en razón de la evolución mecánica de la materia y de la naturaleza: lo significativo fue que el libro se tradujo a numerosos idiomas y que se convirtió en uno de los grandes "best-sellers" internacionales del fin de siglo. No era casual que historiadores y prehistoriadores protagonizaran algunas de las tormentas intelectuales de la época. El siglo XIX fue el siglo de la Historia (inicialmente popularizada por las novelas de Walter Scott), y ello suponía un cambio radical en la concepción que el hombre tenía de la vida y de su propia naturaleza. Fue el filósofo alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911), biógrafo de Schleiermacher, profesor en las Universidades de Basilea, Kiel, Breslau y Berlín, el primero en hacer de ello el punto central de su reflexión filosófica. Porque, para Dilthey, la revolución historiográfica que se había producido en Alemania a lo largo del siglo XIX -que él atribuía a la labor de Humboldt, Savigny, Grimm, Ranke, Niebhur y Mommsen-, obligaba a investigar la naturaleza y la condición de la historia y a emprender, según escribió en 1903, "una crítica de la razón histórica", que hiciese entender la dimensión histórica de la vida: "sólo la Historia -escribiría- puede decirnos qué es el hombre"; "la totalidad de la naturaleza humana -diría en otro texto- sólo se halla en la historia". La Historia adquiría, así, una dimensión trascendente. El hombre tomaba "conciencia histórica", según la expresión favorita de Dilthey; es decir, el hombre sólo se explicaba a sí mismo a través de su propia historia, y la vida sólo podía entenderse desde la vida misma. La Historia resultó, pues, objeto de máximo interés para el análisis filosófico, al menos para el pensamiento alemán. La obra de Wilhelm Windelband (1848-1915), Heinrich Rickert (1863-1936), Georg Simmel (1858-1918) y la del propio Max Weber (1864-1920) vino a constituir una verdadera teoría alemana de la Historia. Ellos, al menos, fueron los primeros en plantearse cuestiones realmente esenciales a la naturaleza de la comprensión histórica, a la lógica (leyes y causas) de la Historia, a la objetividad y los valores en Historia, a la singularidad y unicidad de los hechos históricos. Y fueron los primeros en afirmar, al hilo de todo ello, una convicción esencial: "que el hombre -en palabras de Dilthey- es un ser histórico". Ese interés era paralelo al propio desarrollo de la Historia. El hecho fue idéntico en todos los países europeos (y en Estados Unidos): en todos hubo una similar explosión de estudios históricos, materializada en la creación de cátedras de Historia, aparición de publicaciones periódicas, organización de archivos, reunión de grandes congresos, publicación de grandes repertorios históricos, fuentes y libros de referencia, y en el desarrollo de las ciencias auxiliares de la Historia. E incluso en todos se produciría un mismo fenómeno: la aparición, junto a los historiadores profesionales, de divulgadores de la Historia, como los casos, en Inglaterra, de un Chesterton o un H. G. Wells, cuyo libro The Outline of History, una historia del mundo desde sus orígenes hasta el presente en un solo volumen, publicada en 1920, vendió más de dos millones de ejemplares. En Alemania, la labor de los hombres citados por Dilthey -y junto a ellos, Droysen, von Sybel, fundador de la Historische Zeitschrift (1859), y Treitschke- fue ahora continuada por la llevada a cabo por Wellhausen en el ámbito de los estudios semíticos; E. Delitzsch, en el campo de los estudios asirios y sumerios; Schmoller, von Bellow y Brentano, en historia económica; Max Weber, Werner Sombart (1863-1941), autor de El capitalismo moderno (1902) y de El burgués (1913), y Ernst Troeltsch (1865-1923), en historia social de las ideas, o mejor, en el estudio de la relación entre ética religiosa (el calvinismo, el judaísmo, el luteranismo) y desarrollo económico; Karl Lamprecht (1856-1915), en historia social y psicológica; Friedrich Meinecke (1862-1954), en historia política y del Estado, y Theodor Mommsen (18171903), en historia del mundo romano. En Francia, donde también la Historia tuvo formidables exponentes a lo largo del siglo XIX -Guizot, Tocqueville, Thiers, Michelet, Renan, Taine, Fustel de Coulanges-, lo significativo fue tal vez que la III República crease en 1886 una cátedra de Historia de la Revolución francesa en la Sorbona, que ejerció, primero, Alphonse Aulard (1849-1928), pues ello revelaba también que aquel régimen quería hacer de la Historia uno de los pilares de la educación pública. En 1876, Gabriel Monod había creado la Revue Historique; con Ernest Lavisse, Charles Seignobos y Charles -Victor Langlois la Historia quedó definitivamente establecida como una disciplina rigurosa y académica, afirmando su identidad frente a otras ciencias sociales como la Sociología, al hilo del intenso debate que, sobre la naturaleza de ambas disciplinas, sostuvieron entre 1903 y 1908 Seignobos y Durkheim. Más aún, por iniciativa de un no-historiador, Henri Berr (1863-1954), profesor de Retórica en un instituto de París, la Historia adquirió en Francia una nueva dimensión. Porque Berr no veía en ella un mero ejercicio de erudición sino la síntesis por excelencia de todas las ciencias humanas, y como tal, la creía inseparable de la Geografía, de la Sociología, de la Economía y de la Psicología Social. Al servicio de esa concepción, lanzó en 1900 la Revue de Synthése Historique, precedente de Annales d`Histoire Economique et Sociale que en 1929 editarían dos historiadores, Lucien Febvre y Marc Bloch, marcados por su influencia. En 1920, Berr promovió la publicación de la Evolución de la Humanidad, un ambiciosísimo proyecto que pretendía, a través de síntesis monográficas de gran calidad, abarcar toda la historia del mundo: que para 1940 se hubiesen publicado unos 40 títulos de los 100 proyectados confirmaba la estimación social que la Historia había ya adquirido. Con los nombramientos para las cátedras de Historia de Oxford y Cambridge de William Stubbs (1825-1901) y John Seely (1834-1895), en 1866 y 1869 respectivamente, y la aparición en 1886 de la English Historical Review, la historia alcanzó también su estatus como disciplina académica en Gran Bretaña, que se consolidó por la labor en Oxford de Edward A. Freeman, J. A. Froude y Samuel R. Gardiner y sobre todo, por la que realizaron en Cambridge Lord Acton (1834-1902), J. B. Bury (1861-1927), F. W. Maitland (1850-1906) y George M. Trevelyan (1876-1962). En 1902, Bury podía decir, en el discurso de toma de posesión de su cátedra, que la Historia era "simplemente una ciencia, nada menos y nada más". La mejor expresión de ello fue tal vez la Historia Moderna de Cambridge, la gran obra múltiple, en doce volúmenes, planeada por Lord Acton y publicada entre 1902 y 1910, comparable por su importancia y significación a las empresas de Berr en Francia. Al margen de la historia oficial -demasiado apegada a la historia política y a la interpretación liberal de Inglaterra-, J. L. y Barbara Hammond publicaron entre 1911 y 1919 una serie de libros sobre la vida de los trabajadores (El trabajador rural, El trabajador urbano y El trabajador especializado), que hacían de las clases obreras y de la revolución industrial -término popularizado tras la aparición en 1884 del libro de ese título escrito por Arnold Toynbee (padre)- el eje de la historia británica moderna. R. H. Tawney (1880-1962), profesor de la Escuela de Economía de Londres y militante laborista, dio con sus estudios sobre los problemas agrarios de la Inglaterra del siglo XVI (1912) y sobre la relación entre religión y capitalismo (1926), un considerable impulso a la historia social. El empirismo británico y el desarrollo que en el país tenían los estudios de Economía hicieron que naciera allí la historia económica (como algo radicalmente distinto de la historia social-geográfica de Berr y los Annales): J. H. Clapham (1873-1946) publicó en 1907 un libro sobre las industrias de la lana y del estambre, y en 1921, otro sobre el desarrollo económico de Francia y Alemania entre 1815 y 1914. En 1926, se fundó la Economic History Review, la gran revista de la especialidad, y dos años después, se dotó en Cambridge la primera cátedra de Historia Económica (que le fue atribuida justamente a Clapham). Luego, ya en la década de 1930, el espíritu revisionista y crítico de Lewis B. Namier (1888-1960), un judío polaco establecido en Oxford en 1908 y catedrático en Manchester desde 1931, provocaría en el ámbito de la historia política y biográfica una revolución equiparable, aunque de significación muy distinta, a la que la revista Annales representó en Francia en el ámbito de la historia social. En 1902, se concedió el Premio Nobel de Literatura a Mommsen, el historiador de Roma, editor del Corpus Inscriptionum Latinorum, y autor de una obra de casi 1.500 títulos: era un reconocimiento del papel que la Historia, como se ha visto, había ido adquiriendo. Cuando en 1936 Friedrich Meinecke publicó su libro El historicismo y su génesis, la idea del carácter histórico, de la historicidad del hombre y del mundo, era ya, probablemente, una firme y amplia creencia colectiva.
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Paul Cézanne (1839-1906) había decidido aislarse en la Provenza y vivir para pintar, pues su economía holgada se lo permitía. Ni viajes al Pacífico, ni Roma e incluso cada vez menos París. En Aix, después de haberse sentido decepcionado en sus exposiciones con los impresionistas, vivía dedicado a la búsqueda infatigable, fiel a las pequeñas verdades y a esa petit sensation que le daba fuerzas para seguir intentando rehacer a Poussin del natural. Necesitaba cambiar la imprecisión por la solidez. El había notado la solidez, la sensación de espacio, la había aprehendido observando la naturaleza. Y lo quería plasmar con los medios plásticos que tenía a su alcance. Sobre todo tenía una fe ciega en el color. Quería pintar lo que veía y pintar también las formas subyacentes. Los impresionistas habían sido sinceros, pero ¿y el equilibrio y la armonía? ¿Cómo plasmar el orden de la naturaleza que aparecía ante sus ojos? "Este objeto tiene una solidez, yo la veo, pero no quiero recurrir al dibujo ni al sombreado" ¿Cómo compaginar en el color la fortaleza, la intensidad con la diafanidad? ¿Cómo plasmar sensaciones que sean al mismo tiempo inmediatas y definitivas? Quería "convertir al impresionismo en algo más sólido y duradero, como el arte de los museos". Lo quería conseguir todo sin sacrificar nada. Para ello el contorno debía ceder y dejar que las formas emergieran desde la profundidad a la superficie. Pues sólo eso era un cuadro, sin engaños: superficie. Por ello es el padre del arte moderno. El hecho de pintar no reproduce las sensaciones, sino que las produce. Se trata de que la inteligencia organizadora encuentre el nexo entre lo que se conoce, entre lo que se ve y lo que se siente. La tensión entre la realidad y la ilusión y esa voluntad de afirmarse en un lenguaje específico, con leyes propias, le lleva a alejarse de criterios subjetivos. Sus obras son registros acumulativos de sucesivas instantaneidades: más allá de la experiencia temporal y sin embargo vitalmente ligado al tiempo, más allá de la experiencia sensible y sin embargo radicalmente ligado a ella. El estudio del objeto, paciente y constantemente desde todas las posiciones y en distintos momentos, obliga a descomponer la perspectiva tradicional. El cuadro es un "registro del presente continuo, de la experiencia del espacio en el tiempo, que es a su vez una experiencia que requiere tiempo para revelarse" (Hamilton). Trabaja obsesionado por la composición y decidido a negar la distinción entre dibujo, línea, plano y color. Como le diría a Bernard: "Dibujo y color no son distintos. Uno pinta al mismo tiempo que dibuja. Cuanto más armonioso el color, más preciso el dibujo. Cuando el color es más rico, más completa es la forma. El secreto del dibujo y del modelado está en los contrastes y en las relaciones entre los tonos". Los jugadores de cartas (1890-1892) es una construcción de masas y volúmenes mediante el color que se desarrolla en el espacio. Ese intercambio entre los objetos -que intervienen además unos en la vida de los otros- y el espacio necesita de una distorsión de la perspectiva, incluso de un abandono de lo tridimensional en aras de la bidimensionalidad. Quizá lo importante sea sólo introducir "una cantidad suficiente de tonos azulados para que se pueda sentir la atmósfera". La relación entre lo superficial y lo profundo será un tema fundamental entre 1886 y 1900. El espectador se enfrenta a un cuadro en el que se le ofrecen igualmente a la visión el fondo y los personajes. Logra al mismo tiempo fragmentar e integrar sus objetos en la globalidad, jugar con las distancias, alterar las relaciones espaciales modernizando la visión tradicional. Nos hace sentir el volumen. (Naturaleza muerta con cortina, frutero, jarra y fruta, 1895-1900). "Esta nueva atribución de valores a determinados aspectos de nuestro entorno conduce a una definición de nuevos objetos, a la vez reales e imaginarios. Según la voluntad del artista, la manzana se hará inaprehensible o la montaña manejable y ligera" (Francastel). Le preocupa el modo de fundir e identificar experiencia (la sensación) y pensamiento. Pensamiento vivido. Como dice Rilke: "Lo convincente, el hacerse cosa, la realidad que, gracias a su propia vivencia del objeto llega hasta la indestructibilidad: esto era lo que le parecía el propósito esencial en su recóndito trabajo". Cuando trata a la naturaleza "según el cilindro, el cono, la esfera", dice tratar y no reducir. Es un proceso y no un resultado. El artista descubre relaciones. Las formas geométricas son formas históricas de pensar el espacio. Los colores se invaden unos a otros al mismo tiempo que se sostienen entre sí, se expanden hasta que son detenidos por otra forma coloreada: el verde de los árboles invade los cielos y el azul de éstos las praderas, como en La Montagne Sainte-Victoire (1904-1906).
monumento
<p>Edificio situado en las orillas del Sena, forma parte del Palacio de Justicia. Se utilizó como prisión desde 1391 hasta 1914 y, por ejemplo, François Ravaillac, asesino de Enrique IV, fue encerrado y torturado aquí en 1610. Su nombre deriva de la palabra "concierge", nombre del gobernador real bajo cuya dirección estaba el edificio. Su construcción se remonta a finales del siglo XIII o principios del XIV, bajo el reinado de Felipe El Hermoso, Tras ser prisión de Estado, durante la Revolución Francesa pasó a albergar a multitud de ciudadanos que vivían allí antes de ser guillotinados. Una de sus prisioneras más célebres fue María Antonieta, encerrada hasta su ejecución en 1793. La Cociergerie posee una hermosa sala gótica de cuatro naves, donde se alojaban los guardias de la Casa Real. Fue renovado durante el siglo XIX, a pesar de lo cual todavía conserva su sala de torturas y la torre del reloj, del siglo XIV. En 1816, fue transformada en capilla por la única hija sobreviviente de Luis XVI, la duquesa de Angulema.</p>
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La proximidad de los persas produjo reacciones contrarias a las tendencias dominantes los años anteriores. Si en éstos las tendencias dominantes fueron la de la disgregación y la manifestación de las diferencias internas, que afectaban a distintos órdenes de la vida en común, ahora, el peligro próximo, una vez tomada la decisión de resistir, impulsó a la solidaridad, hasta el punto de reclamar el regreso de los personajes que habían sido sometidos al ostracismo. Algunos de ellos pasaron a desempeñar un papel importante en la batalla, como Arístides, encargado de la fuerza hoplítica estacionada en la isla de Psitalea, lugar estratégico de gran importancia, situado en plena zona de desarrollo de los acontecimientos navales. Por otra parte, la decisión de evacuar la ciudad dio al Areópago un papel protagonista en todo el proceso, considerado como mecanismo de transferencia de la polis, definida como unidad de los hombres, no identificada con sus murallas. La ideología de la unidad era capitalizada por los organismos tradicionales, como depositarios del espíritu ateniense, en el que empieza a definirse la función de unificador de Grecia como patria común, a pesar de las diferencias que se han mostrado a lo largo de la guerra. Las tensiones entre ambos modos de ver la realidad se proyectan en la historia sucesiva, donde momentáneamente se impone la concepción unitaria de Arístides, Jantipo o Cimón, frente a quienes veían la configuración de nuevos peligros en los contactos con otras ciudades griegas. La confluencia de intereses navales de algunas de las familias implicadas anteriormente en alianzas colaboracionistas con los persas y de los intereses del demos subhoplítico crea una situación particular que influirá en la configuración de la nueva época.
Personaje
Científico
Militar
Nacido en París, era miembro de la Academia Francesa de Ciencias Sociales. Hombre de vasta cultura, tomó parte en expediciones a la Berbería y manejaba con soltura la navegación astronómica. Junto con Bouger, promovió en 1735 un viaje científico a la América española con el fin de comprobar la mayor anchura del globo terráqueo en el Ecuador. En dicho viaje colaboraron los marinos españoles Ulloa y Jorge Juan, condición impuesta por la Corona española para permitir el acceso francés a sus territorios americanos. En Guayaquil, determina astronómicamente la linea costera, permaneciendo durante dos años realizando mediciones que permitieron calcular las dimensiones de la Tierra. Llegado a Perú contribuye a expandir el pensamiento newtoniano y se entrevista con el ilustrado Barnuevo. En 1743 emprende una nueva expedición por el Amazonas, tocándo las misiones jesuitas y alcanzando el Atlántico. Pensó en la existencia de un canal que uniría los sistemas del Amazonas y del Orinoco, lo que originará numerosas expediciones exploratorias durante las décadas siguientes y enfrentamientos entre España y Portugal por el la posesión de dicho brazo. Humboldt determinará su existencia posteriormente. Estudió las propiedades del caucho y del curare, observando que éste último era usado por los misioneros del Pará como remedio contra la viruela. Halló también el árbol de la quinina, escribiendo un minucioso estudio.
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La tragedia vital de Arik Sharon, como militar y como político, ha sido su incapacidad para ver más allá; un gran táctico con nula visión estratégica. Quiso terminar con el proceso de paz e intuyó que su paseo por la Explanada de las Mezquitas lo iba a conseguir y acertó; supuso que su desestabilización de Barak le terminaría por dar el poder y lo logró. A sus 72 años, ganó las elecciones de 2001 y llegó a la jefatura del Gobierno con su mentalidad de siempre: rechazó la devolución del Golán a Siria y de los territorios ocupados a los palestinos; ridiculizó los acuerdos de Oslo y posteriores; desacreditó a la Autoridad Nacional Palestina, proponiéndose convertir a los palestinos "en reservas indias"... Cuando juró el cargo de jefe de Gobierno, se recordó una vieja anécdota: en 1953 se buscaba un jefe de Estado Mayor para el Ejército de Israel y uno de los candidatos preferidos del primer ministro, Ben Gurion, era el general Laskov, al que calificaba como "el mejor soldado de Israel" en cuanto se le brindaba la oportunidad; tras haberlo oído muchas veces, el entonces mayor Sharon comentó: "lo que aquí necesitamos no es un soldado, sino un general". En 2001, cuando se precisaba de un gran político, capaz de vertebrar internamente a Israel y conducirle a la paz con los palestinos, se eligió a un soldado, famoso por su odio a los árabes y por sus cortas miras. Moshe Dayan decía de él: "Como jefe de batallón no tiene igual; pero donde se necesita un estratega, Arik se pierde". Y Arik se perdió. En sus años de gobierno, la sociedad israelí está más fragmentada que nunca; en su Ejército comienzan a ser significativos los casos de objeción y protesta; la economía está en recesión: (crecimiento negativo, más del 10% de paro y nula inversión extranjera); la Intifada ha cosechado un millar de muertos; el Ejército emplea aviones, helicópteros y tanques contra la población civil y destruye las infraestructuras levantadas con dinero de la Unión Europea, provocando la protesta de Bruselas; sus servicios secretos asesinan a los sospechosos de terrorismo; Tel Aviv suscita nuevas condenas de la ONU -frenadas por Washington en el Consejo de Seguridad- por el empleo desproporcionado de la fuerza, por incumplir sus resoluciones y por burlarse de ellas denominando territorios disputados a los territorios ocupados. El propio Sharon obstaculiza las negociaciones con los palestinos, exigiendo un plazo sin incidentes, lo que entrega las negociaciones de paz al albedrío de los terroristas de uno u otro campo; se le señala como primer beneficiado del asesinato del ex ministro libanés Eili Hobeika, testigo de cargo de la acusación presentada contra él ante la justicia belga; y lamenta públicamente no haber liquidado a Arafat en 1982# A tal obscena ostentación de odio no se había atrevido ningún jefe de Gobierno contemporáneo. Como no le mató hace veinte años en Beirut, ha tratado de desprestigiarle, acusándole incesantemente de terrorista ("Arafat es nuestro Bin Laden") y durante mucho tiempo le tuvo recluido en sus oficinas de Ramala y le buscó sustitutos... La situación de Sharon frente a Arafat y al hipotético Estado palestino constituye la quintaesencia de la política del jefe del Gobierno israelí respecto a la cuestión palestina: "Si no hay otro remedio, los palestinos se quedarán, pero donde yo quiera; tendrán un estado, el que yo diga y cuando yo lo decida; su jefe será el que yo elija..." Y entre tanto, la Unión Europea se muestra partidaria de un Estado palestino, pero sin ponerse de acuerdo sobre cómo, cuándo y en qué condiciones. Por su parte, el presidente Bush "está muy preocupado por la suerte de los palestinos que no son terroristas", pero ha renunciado a impulsar la paz en los términos auspiciados por su país a partir de 1993 y a mantener una cierta neutralidad, indispensable en cualquier papel mediador. Con estos planteamientos, la paz en el Próximo Oriente llegará ad calendas graecas. Un panorama aún más complejo desde la muerte de Arafat, en noviembre de 2004.
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Luisa Enrique Manrique de Lara, Condesa de Paredes, fue hija de Luis Enríquez, Maestre de Campo de la Infantería española en Nápoles y de Catalina de Luján. Nació en Nápoles el 25 de septiembre de 1604. Tras años en Galicia y Valladolid llegó a la corte de mano de su padre. Fue Dueña de Honor de Isabel de Borbón, primera mujer de Felipe IV, aya de la Infanta María Teresa, futura reina de Francia. Luisa Enrique se casó en 1631 con su primo, Manuel Manrique de Lara, IX Conde de Paredes de Nava. Tuvo cuatro hijos, heredando el título la segunda Inés, quien contrajo matrimonio con Vespasiano Gonzaga, de la Casa de Mantua. Tras enviudar en 1637 volvió a palacio con dos de sus hijas, las cuales obtuvieron el cargo de Damas de la reina. En 1648 decidió ingresar como religiosa carmelita descalza en el convento de Malagón (Ciudad Real) adoptando el nombre religioso de Sor Luisa Magdalena de Jesús. Murió en el mismo convento el 18 de octubre de 1660. Como otras muchas mujeres, el convento fue para ella el ámbito que le permitió escribir con sosiego sus composiciones poéticas y otros textos religiosos. Fue autora precisamente de varios de ellos, entre los que destacan El año santo o Meditaciones para todos los días en la mañana, tarde y noche, sobre los misterios de la vida de Cristo Señor Nuestro y de su Pasión, publicado en Madrid en 1668, así como sus composiciones poéticas. Sor Luisa Magdalena, al igual que Sor María de Ágreda (1602-1665), ha sido conocida, sobre todo, por la correspondencia epistolar que mantuvo con el rey Felipe IV. Gráfico El rey le dirigió al menos 30 cartas desde el 9 de octubre de 1644, tres días después del fallecimiento de la reina Isabel de Borbón hasta el 8 de agosto de 1651, pero se sabe que hubo continuidad en la correspondencia, hasta el fallecimiento de la Condesa en 1660, con un total de 74 cartas conocidas. El contenido de las mismas muestra la completa confianza del rey con sor Magdalena, al tratar temas muy diversos sobre asuntos de estado y de la guerra, como la situación en Holanda, Flandes, Cataluña y Francia, así como comentarios variados sobre temas cotidianos. Pero, sobre todo, acerca de la intimidad familiar desde el fallecimiento de la reina Isabel. Temas constantes en la mayoría de las cartas son el reflejo del estado de ánimo del rey y la ansiedad que siente ante la llegada de su soberana, Mariana de Austria, con la que esperaba contraer matrimonio; el crecimiento de la infanta María Teresa, futura reina de Francia, de quien fuera aya Sor Magdalena, el ansiado embarazo de la reina, tan importante para la sucesión del reino; y el consiguiente nacimiento de su hija Margarita María de quien fuera madrina de bautizo su hermana María Teresa. (58)
obra
Adèle Zoe Marie Tapie de Céleyran era el nombre de soltera de la madre de Toulouse-Lautrec. Había nacido en 1848 y se había casado con su primo hermano Alphonse Charles, conde de Toulouse, posiblemente para aumentar las fortunas de ambas familias. Pero en el aspecto médico la consanguinidad provocaría en el hijo del matrimonio una enfermedad denominada picnodisostosis, desorden genético de los huesos que tiene como resultados estatura pequeña, piernas cortas, manos y pies pequeños y cierta tendencia a las fracturas. La madre de Henri sintió siempre un gran cariño hacia su hijo, llegando a trasladarse a París - a una casa bastante modesta a diferencia de su palacio de Malromé, en las cercanías de Burdeos - para estar más cerca de él y poder llevar un cierto control de su crápula vida. Ese aspecto de buena mujer es lo que más llama la atención de este retrato, perfectamente elaborado, empleando unas tonalidades claras y una pincelada rápida y suelta que sugiere un conocimiento de la obra de Manet aunque también podemos encontrar cierta referencia a Daumier. El aspecto psicológico de la modelo será una de las facetas que destacará en los retratos de Toulouse-Lautrec, incluso ya en sus años iniciales.
obra
Ante una ventana vista desde el interior de una habitación, he colocado un cuadro que representa exactamente la parte del paisaje escondida por la pintura. Así, el árbol oculta el árbol que está detrás, fuera de la habitación. Para el espectador, ese árbol está a un mismo tiempo en la habitación, sobre el cuadro y fuera, en el paisaje real. Así es como vemos el mundo. Lo vemos fuera de nosotros mismos y a la vez en nuestro interior sólo tenemos una representación", escribió Magritte acerca de este cuadro, en el que se nos pregunta acerca de la realidad y nuestra comprensión de ambas.
contexto
Al periodo que se prolonga hasta los acontecimientos revolucionarios de marzo de 1848 se le denomina en Alemania como periodo de la Restauración o Vormärz (anterior a marzo), aunque no se trate de una Restauración tan rotunda como hubieran deseado los firmantes del Congreso de Viena, ni todos los acontecimientos de aquellos años puedan explicarse en función de los acontecimientos revolucionarios posteriores.En junio de 1815 se había formado la Confederación-Germánica (Bund) que agrupaba 39 Estados bajo la presidencia del emperador de Austria y, aunque se trataba de una autoridad más moral que real, resultaba indudable la influencia austriaca como gran potencia. La Confederación no suponía ninguna concesión al naciente nacionalismo alemán y la actitud vigilante de Austria hizo difícil la consolidación de los focos nacionalistas, especialmente entre las asociaciones universitarias.Las escasas manifestaciones del liberalismo alemán se concentraban en los Estados alemanes del sur y en algunos de los del centro, que era donde existían las únicas instituciones parlamentarias (Baden había otorgado, con algunas reservas, el sufragio universal). Figura destacada del liberalismo alemán fue Karl von Rotteck, miembro del Parlamento de Baden y autor de un Diccionario Político (1834-1843) que puede ser considerado como la principal obra de referencia del pensamiento liberal alemán de aquellos años. A él se podría añadir Karl Follen, de Giessen, republicano y partidario del tiranicidio (un discípulo suyo sería el asesino del poeta Kotzebue en 1819, que habría de desatar una fuerte oleada represiva contra liberales y nacionalistas), o Karl-Theodor Welcker, que en 1831 propondrá en la Dieta de Baden un Parlamento común a todos los Estados alemanes. En la Alemania del norte el liberalismo estaba representado por Dahlman, partidario de la unidad nacional bajo la hegemonía prusiana.Después de los sucesos revolucionarios de 1830, el liberalismo alemán ganaría también el apoyo de poetas como Heine, Börne, Freiligrath y Hoffmann von Fallersleben, que apoyan un Estado popular y democrático, en contra del feudalismo y del clericalismo. Era un liberalismo que, en todo caso, encontraba mayor eco en los ámbitos culturales y universitarios que en el de los negocios.Una posición más extrema la representaban los radicales, que se podían considerar herederos del jacobinismo francés, y que abogaban por la idea del gobierno del pueblo y el logro de la verdadera igualdad social. Georg Büchner (1813-1837) fundó en 1834 una Sociedad para los Derechos del Hombre que animó un fracasado levantamiento de campesinos y obligó a su inspirador al exilio y al refugio en la literatura (La muerte de Dantón y Woyzeck). Las reivindicaciones de estos extremistas radicales estaban directamente condicionadas por la experiencia del empobrecimiento que habían experimentado muchos campesinos y artesanos, debido a la desaparición de los lazos serviles, en el mundo rural, y al comienzo de la industrialización y la desaparición de las corporaciones en las ciudades.La oleada revolucionaria de 1830 devolvió también la fortaleza al sentimiento nacionalista en Alemania y se tradujo en la proliferación de fiestas populares, especialmente entre los Estados del suroeste. Estas concentraciones demostraron rotundamente el enraizamiento popular de esos sentimientos nacionalistas. La más notable tuvo lugar en el castillo de Hambach, a finales de mayo de 1832, cuando más de 30.000 personas se reunieron con el pretexto de celebrar el aniversario de la Constitución bávara de 1818, aunque los principales discursos (Wirth y Siebenpfeiffer) se dedicaran a denunciar la opresión de los príncipes y a reclamar reformas democráticas profundas en un Estado nacional alemán.Pieza esencial en el fortalecimiento de esas convicciones resultó, en todo caso, el desarrollo económico y la marcha hacia un mercado unificado y librecambista que permitiera superar las condiciones creadas por la fragmentación política y aduanera existente. Prusia suprimió sus barreras interiores en 1818 y, al año siguiente, se fundó en Frankfurt una Asociación General del Comercio y de la Industria de Alemania, que se convertiría en portavoz de los intereses económicos en pro de la unificación política. El éxito se alcanzaría el 1 de enero de 1834, cuando se puso en marcha la Unión Aduanera (Zollverein) que, bajo la inspiración prusiana, puso en pie un mercado en el que participaban 18 Estados alemanes y 23.000.000 de personas. La medida suponía un evidente logro económico, pero tampoco faltaron (Friedrich List) quienes supieron ver detrás de ella las implicaciones políticas que podría tener, con vistas a la organización de un futuro Estado alemán unido.En paralelo a esta medida cabe situar la construcción de una red de ferrocarriles, así como de rutas terrestres y canales fluviales, en donde aparecen los primeros barcos de vapor. En 1835 se inaugura la primera línea de ferrocarril (de Nuremberg a Fürth) y en 1842 el Gobierno prusiano publica un decreto en el que garantiza un interés del 3,5 por 100 a las acciones de las sociedades ferroviarias, aunque los rendimientos pasarían a ser pronto muy superiores (la línea de Magdeburgo a Leipzig proporciona dividendos del 10 por 100 ya en 1843). Sólo en 1846 se construyen 1.100 kilómetros de vías y, desde mediados de esa década, la siderurgia alemana (cuenca del Ruhr) se encuentra en condiciones de contrarrestar la competencia de ingleses y belgas.Los cambios económicos traen un problema generalizado de empobrecimiento como consecuencia de la aparición de un nutrido proletariado agrícola, debida a las medidas de liberalización de la propiedad agraria. También aparece un proletariado artesanal como consecuencia de la aparición de las nuevas formas industriales. En 1844 se produce una revuelta de tejedores en Silesia, que es reprimida por las tropas prusianas, pero que revela la profundidad de lo que se denomina la cuestión social.Las primeras asociaciones para luchar contra este estado de cosas tienen carácter clandestino, como consecuencia de la legislación prusiana en contra del asociacionismo. En contacto con asociaciones extranjeras (inspiradas por Mazzini o Blanqui) surgen agrupaciones como la Federación de los Proscritos que propone un programa en 1834, reclamando la igualdad social. Otros derivan hacia un comunismo primitivo, como es el caso del sastre Wilhelm Weitling, que tiene que buscar refugio en París.El Estado de más entidad en el mundo germánico, al margen del Imperio austriaco, era el reino de Prusia, que tenía una gran extensión territorial, aunque fragmentada entre la tradicional Prusia oriental, acrecentada a costa de los polacos, y los territorios adquiridos después de 1815 en el oeste, en las riberas del Rin. En 1840 accedió al trono Federico Guillermo IV, que pareció dispuesto a corregir el rígido absolutismo hasta entonces imperante. Esto animó las tendencias liberales latentes en la zona renana, que se marcaban como objetivo el establecimiento de una Constitución y la existencia de un Gobierno representativo. Ese fue el sentido del memorándum que David Hansemann presentó al rey ese mismo 1840, en el que criticaba los peligros del excesivo burocratismo, a la vez que se mostraba partidario de conjurar la amenaza de una revolución a través de la consolidación de la propiedad y el desarrollo de la educación.Por lo demás, el mundo universitario y académico seguía manifestándose como un foco de los ideales nacionalistas. La organización de congresos y reuniones para estudiar los asuntos alemanes tuvo una gran significación política, y las autoridades se vieron muchas veces obligadas a intervenir en los asuntos académicos. Rotteck, por ejemplo, fue depuesto en 1832 de su cargo de decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Friburgo.La prensa también fue un ámbito de gran importancia política. A principios de 1842 comenzó a publicarse el Rheinische Zeitung, que se convirtió en una plataforma de las posiciones demócratas más radicales, exigiendo la aplicación incondicional del principio de la soberanía del pueblo, en un Estado republicano alemán. Karl Marx (1818-1883) formaba parte de su redacción, después de que sus ideas liberales le hubiesen impedido conseguir un puesto de profesor en la universidad. Marx, que partía de una formación hegeliana, fue evolucionando desde entonces hacia posiciones socialistas que le llevaban a criticar el despotismo de la Iglesia y del Estado, así como a rechazar la propiedad privada. Marx tuvo que emigrar a París a finales de 1843, tras la prohibición del periódico. En esa ciudad desarrollaría sus convicciones socialistas y su concepto de la revolución social bajo la influencia del sastre Wilhelm Weitling (1808-1871).La situación alemana seguía exigiendo urgentes reformas en vísperas de los sucesos revolucionarios de 1848 y las fronteras políticas no eran obstáculo para el entendimiento entre liberales y demócratas de carácter radical. La propuesta de estos últimos se concretó en septiembre de 1847, durante una reunión celebrada por los republicanos (Hecker, Struve) en Offenburg. En el programa aprobado reclamaron libertades básicas y un programa social igualitario, todo ello a través de la representación del pueblo en el seno de la Confederación Germánica.Los liberales se reunieron un mes más tarde, en Heppenheim, y aglutinaron los puntos de vista de los liberales del sur con los renanos (Deutsche Zeitung, de Heildeberg). Opuestos a la violencia, confiaban en el desarrollo político del Zollverein.