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Durante el siglo XVIII el arte hispanoamericano, como consecuencia de la reiteración que provoca el gran desarrollo artístico, genera la repetición de unas soluciones que paulatinamente se convierten en unas formas propias. En la composición de portadas y retablos dos elementos arquitectónicos, la columna salomónica y el estípite, desempeñaron un papel de primer orden. La columna salomónica, soporte de marcado carácter barroco, se usó preferentemente en retablos aunque también aparece abundantemente en portadas, alcanzando una importante difusión a partir del último cuarto del siglo XVII. En 1649 aparece en el alterado retablo de los Reyes de la catedral de Puebla, obra relacionada con otras sevillanas y que acredita el empleo de este elemento al tiempo que en los principales talleres andaluces de Sevilla y Granada (Bonet), y poco después en el retablo mayor de Santo Domingo de Puebla (1688-90), obra de Pedro Maldonado. En portadas la columna aparece algo después en la de San Francisco de Guadalajara. En 1675 aparece en la portada de la iglesia de San Francisco de La Antigua, contratada por José Ramón de Autillo, y ese mismo año se introducía en Perú por Diego de Aguirre en un proyecto que no llegó a realizarse.Igualmente la hallamos en Perú en la portada de La Merced de Lima (1697-1704) y en la de San Agustín de esta misma ciudad, que ya estaba concluida en 1721. El dinamismo y la exuberancia que proporcionaba este elemento arquitectónico sirvieron para acentuar el carácter de prestigio de algunos programas de determinadas órdenes religiosas. En Quito (Ecuador) la iglesia de San Francisco permaneció como una referencia obligada para cualquier proyecto de empeño. La fastuosidad de la fachada de la iglesia de la Compañía de Quito, comenzada en 1722 y no concluida hasta 1765, se explica precisamente por este papel ejercido por el paradigma citado y en relación con ello ha de ponerse que en la fachada, en cuya composición se utiliza la columna salomónica, se abandone el contrapunto entre fachada y portada para organizarse toda como una escenografía decorada.En Nueva España, el soporte más utilizado en portadas y retablos no fue la columna salomónica sino el estípite, elemento que adquiere una difusión que lo convierte en componente específico del Barroco mexicano. El estípite, aunque cumple funciones de soporte, no se justifica por su función sustentante sino por el efecto contrario que desarrolla. Formado por un tronco de pirámide u obelisco invertido, plantea una sensación de inestabilidad de efecto claramente anticlasicista, al igual que fueron anticlasicistas algunos de sus difusores como Wendel Dieterlin, que lo reproduce en su tratado "Architectura" (1598), si bien su invención es anterior. Difundido en España a finales del siglo XVII en el tabernáculo del retablo de José Churriguera en San Esteban de Salamanca (1693) y en el Camarín de la Victoria de Málaga, en América hace su aparición en los primeros años del siglo XVIII en la portada del Colegio de San Ildefonso de la Compañía de Jesús en México (1712-1718), reducido a la simplicidad volumétrica de un estípite desornamentado.Uno de los artistas que desempeñaron un papel fundamental en la introducción y difusión del estípite en Nueva España fue Jerónimo Balbás que, en 1718 comenzaba el retablo de los Reyes de la catedral de México. En el retablo, adaptado a la forma poligonal del ábside y rematado en forma abovedada, se introduce el estípite en contraste con otros elementos propios del Barroco precedente. Este artista, a quien también se debe el retablo del Perdón (1725-1732) de la catedral de México, tuvo un importante seguidor en su hijo Isidoro Vicente Balbás, autor de los retablos de la iglesia de Santa Prisca de Taxco, uno de los ejemplos más logrados en el intento de establecer una unión entre retablo y arquitectura. La unidad iconográfica, compositiva y formal con que los diversos retablos se aplican a la arquitectura rompe con la compartimentación habitual de los retablos situados en capillas. En el retablo mayor de Santa Prisca culmina el efecto de desmaterialización logrado por los efectos de luz y color evocadores de un mundo trascendente.Es evidente que el empleo del estípite en retablos y portadas como la de San Francisco de Puebla (1743-1767) se integra en las exigencias funcionales de carácter religioso a que hicimos mención. Pero el empleo de estos recursos formales en un arte al servicio de la persuasión no es razón suficiente para explicar la extraordinaria difusión que alcanzaron. Las razones de este fenómeno deben buscarse también en un gusto y una actitud favorable a las formas fastuosas y abigarradas y a las condensaciones decorativas. Sin esta aceptación estética no se explica el auge que alcanza una tipología de portada como la portada-retablo con estípites desarrollada por Lorenzo Rodríguez, artista formado en Andalucía que se hallaba en México en 1731.La obra fundamental de Lorenzo Rodríguez y una de las más importantes de todo el Barroco iberoamericano es el Sagrario de la catedral de México. Las obras comenzaron en 1749 y en 1751 se iniciaban las fachadas de este edificio. En la portada, una de las obras maestras de la tipología de portada-retablo, se hace patente el efecto de concentración decorativa al aparecer comprimida y enmarcada por dos pilastras.La aportación fundamental de la obra de Lorenzo Rodríguez fue conferir al estípite, mediante su utilización sistemática y regular, la categoría de orden. A partir de Lorenzo Rodríguez el estípite se ofrece como una solución capaz de utilizarse de forma sistemática y como un orden arquitectónico inseparable de la portada. Lo cual explica su presencia en numerosos edificios, entre los cuales deben citarse las portadas del Carmen de San Luis de Potosí (1749-1764), de la Santísima Trinidad de México (1755-1783), de San Francisco en San Miguel de Allende (hacia 1780), y de San Diego de Guanajuato (1784).En los exteriores, además del desarrollo de las portadas a que hemos hecho mención, se produjo una integración del color y la decoración como elemento plástico de atracción. Es el caso, además de algunos de los monumentos mencionados, del juego cromático entre la portada y el remate de las torres del santuario de Ocotlán (Tlaxcala, México), Santa Prisca de Taxco (México) y sobre todo del revestimiento de azulejos de la iglesia de San Francisco de Acatepec (Puebla, México).
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¿El propio Trajano o Apolodoro de Damasco? No sabemos a quién atribuir la genial idea de levantar esta columna, que si no tuvo antecedentes (y ha sido siempre vano el empeño de buscarlos), tuvo en cambio una secuela de imitaciones que va desde las columnas de Antonino Pío Marco Aurelio (ésta aún en pie hoy día) hasta la de la Place Vendôme en el centro de París. Su inauguración tuvo lugar en el año 113, al mismo tiempo que el Foro de César y el Templo de Venus Genetrix, acabados de restaurar por Trajano, a quien se deben los frisos de los Erotes y de las guirnaldas (el primero en el Palacio de los Conservadores, el segundo en el Foro de César). El destino de la Columna Trajana era triple: señalar hasta dónde llegaba el monte desplazado por el foro; cobijar las cenizas del emperador (como se hizo en una urna de oro custodiada en la cámara mortuoria del lado norte del basamento) y conmemorar la conquista de la Dacia como victoria de Trajano. Esta última costumbre tenía en Roma una tradición secular: la de situar la estatua del triunfador a una altura superior a la del común de los mortales. Las monedas atestiguan que, en efecto, la columna estuvo coronada en su día por una estatua desnuda de Trajano, tal vez el original del que se deriva la copia en mármol de Itálica. La efigie desapareció en la Edad Media y el pontífice Sixto V la reemplazó por la actual de San Pedro. Las estrías que asoman en la parte alta de la columna demuestran que la cinta de relieves que rodea al fuste está concebida como una banda enrollada al mismo, y no como los bajorrelieves labrados en los tambores de las columnas egipcias. Era costumbre en la Italia de entonces envolver en bandas las columnas de los templos de los dioses en días de fiesta, pero acaso la sugerencia no viniese de ahí, sino de los rollos de papiro en que se escribían entonces muchos libros, y tal vez también se pintaban relatos gráficos complementarios. Los antecedentes de este género, si los hubo, no se conocen hasta ahora por la naturaleza perecedera de su material. Del modo que sea, la ocurrencia de hacer de una columna el soporte de un relato gráfico era algo que hubiera repugnado a cualquier persona sensible de la Grecia clásica. Las columnae caelatae griegas, como las de Efeso, eran otra cosa. Sobre el alto basamento decorado con minuciosos relieves de armas y pertrechos bélicos, la columna soporta una cinta helicoidal de 200 metros de longitud, cubierta del relieve más extenso que la Antigüedad llegó a conocer. La mitad inferior narra la primera guerra dácica (años 101-102), que terminó con la creación de un Estado vasallo de Roma, regido por Decébalo; la mitad superior, la segunda guerra (años 106-107), en que, sin motivo conocido, Trajano cambió de parecer y decidió convertir a la Dacia en provincia romana. El relato gráfico no experimenta más interrupción que la ocasionada por la figura de una Victoria, vista de perfil, que graba en su escudo la crónica de las gloriosas empresas de Trajano entre la primera guerra y la segunda. La representación comienza por abajo, donde el gigantesco dios fluvial del Danubio contempla asombrado el paso de las legiones romanas por un puente de barcas, una humillación que el río no había experimentado jamás. Era el anuncio fatídico del puente, también de madera, pero sobre pilas de piedra, que Apolodoro de Damasco construiría poco después junto al Portal de Hierro y que se ve muy bien en el tramo 74 del friso, correspondiente ya a la segunda guerra. Más de 200 figuras, algunas repetidas, como era licencia aceptada en el relieve y en la pintura histórica (a Trajano se le ve sesenta veces), intervienen en la representación de la guerra y de lo que ésta fue de verdad: nada de combates a la brava, ni turbulencia, ni casi movimiento, sino ingeniería, rutina, marchas, travesías de ríos y de bosques, campamentos, construcción de fosos, de puentes, de fortificaciones, asedios de ciudades y fortines, retiradas de heridos, conducción de cautivos... siempre más miseria que gloria y sin incurrir en las épicas y arrolladoras victorias que en el relieve heroico (el mismo Trajano tiene relieves de este otro género incorporados al Arco de Constantino) dan satisfacción a la vanidad del vencedor. En la obra resplandecen la unidad y la originalidad. Cualesquiera que fuesen los estudios preparatorios que el artista, como todo creador (y más en una obra de tanto empeño como ésta) hubo de realizar, están perfectamente digeridos y coordinados. Es posible que disponiendo de ilustraciones de libros que nosotros no conocemos y de gráficos como los de las tablas iliacas que narraban la guerra de Troya, el autor del modelo dibujase edificios y en ocasiones paisajes vistos desde el aire; que no se preocupase demasiado de la relación natural de proporciones entre hombres, bestias, edificios, campamentos, paisajes y otros elementos de la escenografía. Es asombrosa su maestría para producir efectos de profundidad en un relieve de tan poco bulto. Es capaz de conseguir que a veces los últimos planos parezcan grabados, como ocurre a menudo en los fondos de paisaje. Los escorzos y las torsiones contribuyen a crear la ilusión de profundidad y hasta de número. Lo que a veces parece una multitud no pasa de una docena de figuras.
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Gauguin representa en este lienzo una de las muchas escenas que llamaban su atención. Contemplamos a dos niños y una niña, sentados tras una mesa sobre la que hay un precioso racimo de plátanos rojos, dos recipientes, varias frutas y un cuchillo, elementos que se encuentran sobre varios manteles. Las figuras están ausentes, como asustadas ante el forastero que les observa, recortadas sus siluetas sobre una pared decorada con una cenefa. La mesa está levantada para que veamos lo que contiene, utilizando una perspectiva de arriba hacia abajo muy típica de Degas; los niños están vistos de frente, mezclando ambas perspectivas en un juego muy impresionista. Algunos elementos del bodegón de primer plano parecen estar pegados a la mesa como en el caso del cuchillo - marcando así la planitud típica de las estampas japonesas -, mientras que otros - como los plátanos o las frutas - resaltan su volumen recordando a Cézanne. El vivo colorido empleado y el primitivismo de los rostros caracterizan estos primeros años de Tahití.
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Su fundador, Íñigo López de Loyola (1491-1556), era un noble vasco educado en los valores de la vida caballeresca. Habiendo sido herido gravemente en el sitio de Pamplona por los franceses (1521), decidió durante su recuperación, y tras leer la "Vida de Cristo", de Ludolfo de Sajonia, y la "Flos sanctorum", de Jacobo de Vorágine, hacer grandes cosas en servicio y gloria de Dios. En el monasterio de Montserrat, ante la imagen de la Virgen, cambió su espada y su indumentaria militar por el hábito de peregrino. Antes de marchar a Jerusalén (1523) sufrió una transformación mística y comenzó a escribir los "Ejercicios", sin estar convencido aún del camino que tenía que tomar para servir a la Iglesia. A su vuelta de Tierra Santa estudió en Alcalá y Salamanca (1526-1527) y siendo objeto de sospecha por la Inquisición se trasladó a París en 1528, en cuya etapa se graduó en artes y formó un círculo reducido de amigos y compañeros (Laínez, Salmerón, Bobadilla, Francisco Javier, Rodríguez y Fabro) a quienes daba ejercicios espirituales. En 1534, reunido con aquellos compañeros en Montmartre, hizo voto de pobreza y castidad, de peregrinar a Jerusalén, de servir al Papa y de hacer apostolado por la salvación de todas las almas. La peregrinación no fue posible, pero Ignacio se dirigió a Roma con algunos de sus compañeros en 1538 (nov.). Allí fue procesado bajo sospecha de herejía. Absuelto, y en un clima favorable, decidió la fundación de la Compañía, para lo cual dirigió al papa Paulo III la "Formula Instituti" (1539), que contenía las ideas fundamentales del instituto, entre las cuales se incluía la importantísima novedad del cuarto voto, el de obediencia, sin excusa ni tergiversación, al Pontífice. La "Compañía de Jesús" fue confirmada el 27 de septiembre de 1540. Su fin es "militar para Dios bajo la bandera de la. Cruz y servir sólo al Señor y al Papa, su vicario sobre la Tierra", con rigurosa obediencia a la voluntad de Dios, por la predicación, la enseñanza y la caridad. Las constituciones de la Compañía fueron redactadas en 1541 y sufrieron algunas modificaciones posteriores hasta 1558. Regulaban la selección, admisión (los novicios eran sometidos a varios años de prueba antes de tomar los votos y de ser ordenados) y estudios (filosofía y teología) de los miembros y el gobierno de la Compañía. La constitución de la orden es monárquica. El prepósito general es elegido de por vida por la congregación general (órgano legislativo supremo) y posee poderes casi ilimitados de gobierno. Desde su fundación, la Compañía se propagó rápidamente por España, Portugal e Italia e intentó fortalecer el catolicismo en la misma Alemania, donde se fundaron colegios (Viena, Ingolstadt, Munich y Tréveris) e incluso se organizó una universidad (Dillingen, 1563). Desde 1549 había jesuitas trabajando en la India con el apoyo de la Monarquía portuguesa, y con la misma confianza pasaron a Brasil (1553), China (1555) y Macao (1562). En cambio, los progresos fueron menores en Francia y en los Países Bajos. Los primeros decenios se caracterizaron por la acción personal de sus miembros mediante el apostolado y la predicación. Después, maduró la organización prevista en las constituciones y se fundaron casas profesas, colegios y residencias en todo Occidente. Justamente, la fundación de colegios, primero para formación de aspirantes a ingresar en la orden, y a partir de 1550 también para alumnos externos con el derecho a conferir grados académicos, consagró a la Compañía de Jesús como la primera gran institución educadora de la Iglesia en los tiempos modernos. El combate de la Iglesia contra los protestantes y el proselitismo y la recuperación del catolicismo en los territorios centroeuropeos se hicieron gracias a la militancia activa y directa de la Compañía de Jesús, el gran instrumento, junto con las decisiones tomadas en el Concilio de Trento, para reformar la Iglesia católica.
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Para la exposición de la Royal Academy de 1824, Constable presentó este gran lienzo en la línea de los "six-foot", es decir, escenas del valle del Stour con los que el maestro se sentía identificado. Al contrario que los otros lienzos de la serie, esta obra cosechó un importante éxito, tanto por parte del público como de la crítica especializada, vendiéndose el primer día. El comprador sería el próspero industrial James Morrison, que pagó 150 guineas por la tela -la décima parte de una obra de Turner-, al interesarse por la curiosa mezcla de elementos poéticos y pintorescos. Constable utiliza un formato vertical, extraño en su producción, viéndose influido por las obras de Claudio de Lorena, especialmente en los árboles de la zona derecha. El pintor emplea un punto de vista bajo, que repetirá en el Salto del caballo, con el que otorga mayor impacto visual a la composición, presidida por el hombre que pone en funcionamiento la esclusa. Tras él observamos la barca que espera a que el nivel de agua se iguale, episodio que está siendo contemplado por un niño y un perro. Constable no quiere que el espectador se pierda un detalle y nos presenta las aguas de la zona de la izquierda removiéndose por efecto de la apertura de la esclusa. Al fondo podemos observar la torre de la iglesia de Dedham, envuelta en luces azuladas que sirven de precedente a los impresionistas. El empleo de la espátula en algunas zonas del lienzo y los toques abruptos del pincel son claras muestras del menor interés de Constable hacia el naturalismo detallista de trabajos anteriores. Sin embargo, no renuncia a presentar un estudio de la luz matinal, su favorita, coloreando de amarillo la hierba, lo que le supuso un amplio número de críticas. El resultado es una de las obras más importantes del maestro británico que bien puede suponer todo un catálogo de su sensacional estilo.
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El espacio de las gentes medievales era muy limitado. Cuando los cronistas hacen referencia a la "tierra" sólo aluden a la Europa cristiana dependiente del pontificado romano. Fuera de este ámbito espacial estaba el Imperio Bizantino y el Islam y a partir de ahí los territorios eran bastante mal conocidos, mezclándose fábula con escasas dosis de realidad. Las noticias del Lejano Oriente llegaban a través de la Ruta de la Seda, contactos muy indirectos y limitados. Africa y buena parte de Asia serían casi desconocidas para Europa. La mayoría de la población medieval no salía de su entorno más cercano durante toda su vida. Tenemos que considerar la definición de proximidad en la época medieval, relacionada con la distancia que se podía recorrer a pie entre la salida y la puesta del sol, considerando en ese tiempo transcurrido tanto la ida como la vuelta. El ámbito de relación sería, por lo tanto, local. La movilidad aumenta a partir del año 1000 cuando se produce un aumento de la seguridad en las vías de comunicación. Entre los culpables del aumento de esta movilidad encontramos el desarrollo de las peregrinaciones, especialmente a Santiago a través de la Ruta Jacobea. La puesta en marcha del Camino de Santiago por el que peregrinos de toda Europa llegarán a la costa atlántica, traerá consigo el aumento de los intercambios tanto económicos como culturales y artísticos. Bien es cierto que viajar en la época medieval no era una empresa fácil. Los medios de transporte eran tremendamente arcaicos y los caminos muy precarios. Aún la estructura medieval era heredera de las vías romanas que empezaron a tener una mayor atención a partir del siglo XII. Durante estos viajes los viajeros podían ser asaltados por bandidos y había que pagar numerosos peajes al atravesar territorios señoriales lo que motivaba que el trayecto alcanzado fuera bastante limitado. Considerando que el viajero utilizara un animal para sus desplazamientos, no recorrería más de 60 kilómetros diarios por lo que atravesar Francia llevaba del orden de 20 días. Para recorrer el trayecto entre Roma y Pisa, el monarca francés Felipe Augusto -de regreso de la Tercera Cruzada- tardó quince días lo que supone menos de 19 kilómetros diarios. Las vías fluviales serían más rápidas pero este medio de comunicación era más utilizado por las mercancías. A pesar de estos inconvenientes los viajeros eran relativamente abundantes. Por ejemplo, por la ciudad francesa de Aix pasaban una media de 13 viajeros diarios. Juglares, vagabundos, peregrinos, clérigos, soldados, prostitutas, animaban los caminos europeos y se alojaban en la limitada red de posadas existente. Los hospitales para peregrinos y albergues ampliarán esta oferta asistencial en aquellas zonas del Camino por las que el tránsito de viajeros era mayor. La mayoría de los peregrinos procedentes de Francia pasaban por el hospital de Roncesvalles en cuyo cementerio descansan los restos de un amplio número de viajeros que no pudieron cumplir su sueño de alcanzar la tumba del apóstol. Debemos advertir que a partir del siglo XII se produce en la Europa cristiana un aumento de la comunicación con el exterior. Un buen ejemplo serían los viajes realizados durante el siglo XIII por el mercader veneciano Marco Polo. De esta manera las mentalidades europeas gozan de algo de aire fresco.
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La comunidad judía medieval presentaba una organización muy jerarquizada, donde cada uno cumplía su función y cuyo objetivo final era el beneficio de ésta. Funcionarios asalariados para administrar diversas actividades e instituciones, incluyendo los establecimientos educacionales y religiosos, la recaudación de impuestos o la beneficencia son algunas de las tareas que los judíos debían cumplir. Se trataba, por tanto, de una sociedad fuertemente cohesionada y blindada por ideología e intereses comunes. Existía también una fuerte responsabilidad social, pues aquellas personas con menores recursos eran ayudadas por los miembros más prósperos mediante instituciones caritativas comunes o de beneficencia individual. También contaban con una serie de prohibiciones, como la de tener esclavos o la de ingresar en los famosos gremios de etapa Medieval. Lo primero les permitió desarrollar una especialización económica y lo segundo les impidió prácticamente trabajar en el campo agrario e industrial e, incluso, formar parte del ejército, el gobierno y las "profesiones liberales", salvo la medicina. Sin embargo, en el campo donde más van a destacar, y el que les reportará también gran cantidad de problemas y odios, es el económico, pues se dedicaron al prestamismo y a las actividades comerciales, enriqueciéndose rápidamente. Ante su impopularidad tendieron a agruparse en barrios cuya unidad básica era la familia, verdadera fuerza del sistema social judío, ya que ésta era fuerte, leal y numerosa. Proporcionaba estabilidad y seguridad en todos los aspectos de la vida (económico, social, religioso, etc.) y era en el hogar donde comenzaba la religión, pues en ella se celebraban las fiestas rituales y donde se recibía su educación. Ésta imponía un estricto código de conducta sexual, cuyo propósito era la conservación y santificación de la familia. La falta de hijos y la esterilidad eran consideradas como desgracias que la propia familia intentaba mitigar. Estaba muy extendido entre las comunidades la concertación de matrimonios, dando lugar a fuertes vínculos familiares. Los viejos eran muy respetados y vistos como fuente de sabiduría, mientras los niños representaban la continuidad de la familia dentro de la comunidad, encargada de su educación. Desde el punto de vista social, el sistema favorecía a los hombres por encima de las mujeres, quedando excluidas del poder. Lo mismo sucedía con niños y niñas, las cuales apenas recibían educación, además de tener prohibida su participación en los actos religiosos que se realizaban en las sinagogas. Las normas de recato y pureza ritual eran aplicadas más estrictamente a las mujeres que a los hombres, mientras que sobre éstos recaían mayormente las observancias religiosas. Legalmente se las igualaba con niños y esclavos, no pudiendo dar testimonio ante un tribunal o quedando exentas de remuneración en los trabajos, contando sólo con cierta libertad y respeto dentro del hogar. Como podemos observar, por tanto, la sociedad judía en la Edad Media se caracteriza por una fuerte cerrazón respecto al resto de la sociedad y donde nadie nuevo entraba, salvo por nacimiento, ni salía, salvo por defunción. La comunidad estaba por encima del individuo y éste debía trabajar por el bienestar del grupo. En muchos sentidos, su vida reflejaba el carácter del mundo no judío, directamente responsable de muchas de sus características.
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Aludida por la mayoría de los autores, al margen de teorías, la comunidad jurídica internacional tenía una estructura peculiar derivada del desarrollo del Derecho internacional. La soberanía del Estado contaba con una doble vertiente: por un lado, la lucha entre la Monarquía y los antiguos estamentos se resolvió en la mayor parte de Europa a favor de la primera, mientras, por otro, en Gran Bretaña, Suiza y Holanda se confirmaron los antiguos poderes estamentales y regionales. De hecho, en unos países se impuso la Monarquía absoluta y en otros el Estado constitucional parlamentario y la división de poderes. El Estado absolutista poseía una soberanía ilimitada, ya que los vínculos morales medievales habían sido relegados por la razón de Estado, es decir, el propio interés particular del país que regía su política. Aunque en las doctrinas iusnaturalistas aparecía cierta consideración hacia las demás naciones, en el pensamiento de los estadistas sólo existía por conveniencia, por ejemplo, tras la firma de una alianza. La comunidad cristiana de la Edad Media se había transformado en el siglo XVIII en un sistema de Estados rivales. Del reconocimiento diplomático dependía, en este régimen de potencias, la capacidad jurídica y de obrar de cada país. De hecho, los acuerdos entre los poderosos suponían la base del Derecho internacional y el equilibrio de poderes formaba el programa de la política europea. Por ello, las cuestiones de sucesión hereditaria no eran consideradas de carácter interno, sino problemas exteriores que afectaban a la comunidad internacional. Todo el siglo está cuajado de estos asuntos, columnas vertebrales de la diplomacia: la sucesión española, la sucesión austríaca, la sucesión polaca, la sucesión de los Hannover en Gran Bretaña, etc., y detrás de ellas estaba la aspiración al reconocimiento internacional, única forma de legalizar los cambios. El concepto de población del Estado quedó perfilado cuando el principio territorial triunfó sobre el personal. Era ciudadano el nacido dentro del país e hijo de padres residentes, aunque había excepciones, como en el caso de los judíos. También la territorialidad triunfó desde la supresión de las imprecisiones políticas feudales y se decantó por un carácter geográfico. Sin embargo, el territorio podía ser enajenado, cedido, permutado o transmitido por herencia en virtud de disposición testamentaria, ya que el señor y propietario, según los códigos, era el monarca. Esto explicaba que en la anexión de un territorio conquistado fuera tan importante la posterior confirmación por un tratado de cesión, pues únicamente así se aseguraba el reconocimiento internacional; por ejemplo, la apropiación de Silesia por Federico II. El poder del Estado en el absolutismo se tenía por ilimitado y abarcaba la legislación, la administración y la jurisdicción, ya que se desconocía una clara división de poderes. De cualquier forma, el Derecho internacional europeo no regía en los territorios coloniales y los pueblos indígenas se consideraban fuera de toda normativa, salvo en el caso de las posesiones ultramarinas españolas. Con un criterio tripartita, La comunidad internacional se dividía en grandes potencias, de segundo rango y menores. En el primer bloque estaban Austria, Gran Bretaña, Francia, Prusia, Rusia, España y Turquía. Las potencias de segundo rango variaban según la escala de las normas adoptadas y las consideraciones del contexto político; aquí podemos incluir a las Provincias Unidas, el Palatinado, Portugal, Saboya, Nápoles, Lorena, Baviera, Hannover, Sajonia, Dinamarca o Suecia. Si tomamos como pauta la debilidad militar y política, las potencias menores incluirían las ciudades libres imperiales, los principados eclesiásticos, Suiza, Polonia, la mayoría de los territorios alemanes e italianos, Crimea, Moldavia, Valaquia, Transilvania, Hungría o Ucrania. En Europa oriental podemos resaltar la peculiaridad de nobles polacos más poderosos, incluso en sus ejércitos, que la mayoría de los príncipes menores y hasta mantenían relaciones diplomáticas con el extranjero o utilizaban los mismos métodos dentro de Polonia, pero no formaban un Estado soberano. Sólo Rusia y Austria ganaron grandes extensiones con la Guerra del Norte y la Guerra de Sucesión española, respectivamente. Las adquisiciones austríacas fueron consecuencia de las pretensiones dinásticas, el éxito militar, la aceptación de un Borbón en España y la muerte sin hijos de José I. Entre 1721 y 1791 ninguna potencia tuvo beneficios comparables en Europa occidental, mientras Austria y Rusia se expandían por el Este. La conquista prusiana de Silesia, relevante por su tamaño y riqueza, supuso la constatación del fracaso de Viena por recuperarla y un cambio en las relaciones de poder dentro del Imperio y Europa oriental. Prusia reflejaba las ventajas derivadas de las conexiones entre la política interna y la internacional, puesto que Silesia no significaba tanto por sí misma como para que Federico II alcanzara el papel de árbitro continental. Por otro lado, las potencias de segundo rango dependían de los soberanos poderosos en su actividad diplomática y militar, aunque también ejercían cierta influencia sobre ellos, como sucedió con Sajonia al condicionar las acciones de británicos y austriacos en los años cuarenta y cincuenta. Las coaliciones con los dos últimos bloques, de segundo rango y menores, permitían a sus príncipes buscar o recibir asistencia de las grandes potencias, más tolerantes cuanta más presión soportaban. Ahora bien, dichas situaciones de tensión podían volverse en contra de los países débiles, al verse comprometidos en guerras contra terceros o abandonados después de pasados los peores momentos. De cualquier forma, existía una tendencia al pacifismo y a la neutralidad frente a los poderosos y evitar, así, ofender a esos monarcas, aunque hubiera diferencias por motivos fronterizos o económicos, lo que no significaba escapar a sus políticas manipuladoras cuando exigían, por decisión propia, reclutamientos y contribuciones forzosas o intervenían en el nombramiento de los gobernantes, como sucedía en los principados eclesiásticos. Irónicamente, no faltaban las quejas de las grandes potencias contra las inferiores, al tachar a sus príncipes de egoístas y perversos porque obstaculizaban la buena marcha de las relaciones internacionales. Tan presente en los primeros siglos de la Edad Moderna, el arbitraje dejó paso a la mediación de los Estados poderosos en la prevención o conclusión de guerras o en la resolución de conflictos. Este papel fue detentado, sobre todo, por las potencias marítimas, Gran Bretaña y Holanda. Tampoco en el siglo XVIII se elaboró un concepto de neutralidad que fuese reconocido de forma general, a pesar de las polémicas al respecto. Las discusiones partían de las opiniones de H. Grocio, que consideraba compatible la neutralidad con la toma de un cierto partido por una de las partes combatientes, pero terminaban con la idea de que un país neutral debía conducirse por igual con ambas partes, por lo que numerosos polemistas defendían la imparcialidad. Tales debates se mezclaron con otros puntos igualmente controvertidos, por ejemplo, la exigencia de libertad del comercio neutral, la coacción por las grandes potencias sobre las pequeñas neutrales, condenada por el Derecho internacional pero practicada de forma ininterrumpida, la licitud o no del derecho de tránsito, etc. Un tema peculiar dentro de este apartado fue la neutralidad de Suiza y de los Países Bajos, confirmada en Westfalia, y aceptada como realidad política. Suiza consiguió convertirla en una parte de la doctrina jurídica internacional, pero Holanda, arrastrada al intervencionismo por multitud de factores, renunció a ella a cambio de las fortificaciones en los Países Bajos españoles, denominados la barrera, que también pasó al Derecho europeo por medio de tres tratados en 1709, 1717 y 1715 y se mantuvo durante el Setecientos. En conexión con la política holandesa de la barrera estaba el cierre del Escalda para el comercio, evitándose la competencia de Amberes; este punto, de la misma manera, formaba parte de las regulaciones internacionales y se convirtió en un principio jurídico reconocido. Las uniones de Estados, consecuencia de políticas de gabinete, de enlaces dinásticos y de guerras de sucesión, eran muy frecuentes por la existencia de territorios federales, uniones reales y uniones personales. Algunas de las grandes potencias del momento, Gran Bretaña, Austria y Prusia, fueron, precisamente, resultado de una unión real. Por el contrario, la constitución del Imperio alemán no figuraba en los códigos jurídicos internacionales y resultaba aún más excepcional porque el poderío del emperador estribaba en la preponderancia de sus Estados patrimoniales y no en sus facultades constitucionales. La diplomacia francesa velaba por las libertades germánicas garantizadas en Westfalia, pero era el modo de perpetuar la separación y aislar a sus componentes. Con los mismos objetivos se vigilaban las libertades polacas por la mayoría de las potencias, siendo una excusa para el intervencionismo. Por otro lado, los frecuentes tratados internacionales perseguían alianzas, convenios comerciales, garantías reciprocas de situaciones posesorias, cesiones y divisiones de territorios o intervenciones diplomáticas y militares. La insistencia en las garantías territoriales evidenciaba lo cuestionable de los fundamentos morales de la política, aunque se cumpliesen fielmente las estipulaciones externas de los tratados.
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Realizado íntegramente a pluma, en un tipo de trazo que suele definirse como dubitativo, puede encuadrarse en el momento en que el artista estudia el tema y las figuras de La Eucaristía, de Los Sacramentos Chantelou. No se conoce con precisión el tema o asunto concreto representado, dudándose entre Santa María Egipciaca recibiendo la comunión, María Magdalena o, simplemente, una evocación directa, sin base narrativa, sobre la comunión.