(tomado de los escritos de Fred Majdalany)"Los soldados que combatieron en las montañas poco a poco comenzaron a comprender que la posición clave no era la ciudad de Cassino, sino la montaña del monasterio, la cual controlaba dos valles y se encontraba protegida al norte por un barranco, al oeste de las cotas 593 y 595. (Estas colinas se conocían sólo con números, y sin embargo, aquellos números se hicieron más familiares que los verdaderos nombres)". Los mensajes provenientes de este frente repetían siempre el mismo estribillo: "El centro de la resistencia es Montecassino". Día a día, noche tras noche, los americanos, agazapados penosamente en aquellas pendientes, trataron de avanzar palmo a palmo. "Las pendientes estaban llenas de cadáveres que no se podían transportar durante el día y ni siquiera enterrar. Los pelotones se habían reducido a escuálidos grupos entorpecidos por el frío, el cansancio y la intemperie, aunque obstinadamente agazapados en sus posiciones".
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El clero era, junto a la nobleza, parte del bloque social dominante. Dedicada al cuidado de la fe católica, la clerecía contribuía también, objetivamente, al mantenimiento del feudalismo desarrollado en su fase política del absolutismo ilustrado. Afirmación especialmente cierta para su elite rectora, que junto a la nobleza titulada era la primera beneficiaria del modelo social imperante y su principal garante. Grupo poco numeroso, pues no supuso nunca más allá del 2 por ciento de la población, dividido casi a la mitad entre seculares y regulares, mal repartido por el territorio peninsular al concentrarse allí donde conseguía mejores medios de subsistencia (especialmente el urbano), experimentó durante el siglo una ligera tendencia a su disminución absoluta y proporcional con respecto al conjunto de los españoles (unos 150.000 a mediados del siglo y unos 145.000 en 1797), merma que afectó algo más a los regulares merced a la expulsión de los jesuitas y a la política carolina favorable al aumento del clero con cura de almas. Además de la salvaguarda de la religión católica, las funciones sociales a las que atendió la clerecía estuvieron bien delimitadas pese a su pluralidad. Tres eran las misiones esenciales. En primer lugar, el clero debía educar a la población en unos determinados valores sociales que en ningún caso perturbaran el sistema. Antes al contrario, mediante el consenso (o la coacción, si era preciso) los clérigos debían imponer un credo de creencias que las diversas clases sociales tenían que compartir. En segundo término, los eclesiásticos contribuían a atemperar las diferencias económico-sociales existentes a través de la beneficencia y la mediación en los conflictos sociales. En este último caso, la clerecía adoptaba una postura de arbitraje que su prestigio social entre las diversas clases sociales le permitía. Así acabaron apaciguando algaradas y revueltas que de otra forma hubieran sido más peligrosas para el orden establecido. Finalmente, los clérigos ayudaban a legitimar por vías diversas la dominación de clase de la nobleza y de ellos mismos, que eran también grandes propietarios de patrimonios rurales y urbanos. La clerecía era una clase fundamentalmente abierta que tuvo aportaciones de individuos procedentes de todos los grupos sociales, siendo relativamente usual que los hijos de sectores medios acomodados pudieran desempeñar cargos en la jerarquía eclesial, lo que no impedía a su vez que los puestos más relevantes de la misma estuvieran reservados principalmente para los vástagos segundones de la aristocracia que provenían de los colegios mayores. En el caso del bajo clero, los descendientes de campesinos y menestrales acomodados solían ser habituales, representando a menudo una salida profesional de reputada dignificación social y de rentas suficientes para llevar una vida más placentera que la existente en la unidad familiar. En su seno, sin embargo, el colectivo eclesial estaba fuertemente jerarquizado, existiendo a la vez importantes solidaridades horizontales y significadas diferencias verticales. Una cosa era el episcopado o los capítulos catedralicios y otra bien diferente los curas párrocos o los frailes. De esta forma, cada cual ocupaba un lugar determinado en el escalafón cuyos modos de ascenso estaban bien delimitados. Según la posición, cada miembro de la Iglesia respondía a un tipo de funciones, disfrutaba de un acceso diferente a los abundantes recursos económicos de que disponía la institución y poseía un grado de preparación intelectual y pastoral muy diverso. Esta realidad explica la existencia, larvada o explícita, de pugnas entre los diversos colectivos eclesiásticos. Por debates ideológicos, por derechos patrimoniales, por las rentas decimales, por cuestiones jurisdiccionales o por problemáticas políticas, el clero podía ponerse fácilmente a la greña. Los diversos avatares del siglo, especialmente a finales del mismo, fueron situando definitivamente a unos en el bando de la tradición y a otros en el del reformismo moderado donde también algunos clérigos creyeron ver el remedio para los males de España y de la Iglesia. Sin embargo, estas diferencias internas no deben hacer olvidar que la clerecía poseía una fuerte y vertebrada identidad propia, especialmente notable entre sus elites, que establecía solidaridades horizontales esenciales frente a los otros grupos sociales. El clero se sentía unido en su obligación de moldear los valores sociales y domeñar las conciencias individuales (confesión auricular, púlpito, enseñanza, tribunal inquisitorial), actuando de agente de control social e ideológico al servicio de un orden del cual era directo beneficiario. La clerecía disfrutaba de privilegios fiscales que ocasionaban ventajas económicas considerables al tiempo que posibilitaban la cristalización legal de su superioridad político-social frente a otros colectivos. Los eclesiásticos compartían una idéntica posición institucional ante los medios de producción básicos; unos recursos que teóricamente eran de todos los miembros de la institución-Iglesia (al margen de los que cada cual disfrutara personalmente) y que les proporcionaba sustanciosas rentas. Además de los ingresos por los derechos de estola y del disfrute universal de los diezmos, la posesión de amplios patrimonios rústicos y urbanos así como la práctica del préstamo condujeron a la clerecía al establecimiento de relaciones económicas que en algunos casos (especialmente con los campesinos) fueron de dominación. Finalmente, los clérigos estaban encuadrados en una misma institución generadora de normas comunes para todos sus miembros, tanto en el comportamiento interno como en la acción social. Una institución que actuaba como verdadero órgano colectivo frente al poder político, a la vez que generaba una autoconciencia de grupo diferenciado ante el resto de las clases sociales. Esa implicación en la vida económica y social, esa tarea transmisora de valores sociales y de posturas ideológicas ocasionaron que las autoridades del absolutismo ilustrado tomaran el tema clerical como uno de sus puntos nodales en política social. El arma principal para librar ese combate fue el regalismo. La doctrina regalista abogaba por forjar una Iglesia nacional e independiente de Roma y por la supremacía de la Corona en los temas de orden temporal. Además, las autoridades borbónicas, especialmente en tiempos de Carlos III, aspiraron a regenerar el comportamiento del clero para que cumpliera mejor su misión pastoral y para que ayudara en la tarea de reformar el país. Con el objeto de conseguir estos logros se quiso formar una clerecía menos numerosa, bien repartida por el territorio, preparada pastoralmente y dedicada a la labor específica de una cura de almas sobria y eficaz. Estos objetivos ayudan a explicar la preocupación prioritaria por los curas párrocos y la mal disimulada animadversión por los regulares o por los clérigos que habían recibido la tonsura para disfrutar de algún beneficio eclesiástico. Varios fueron los frentes de actuación y no demasiados los éxitos conseguidos, pues ni los seculares se pasaron masivamente a las filas reformistas, excepción hecha de algunos miembros de la elite eclesial, ni los regulares colaboraron en su propia mejora. Hubo acciones de gobierno encaminadas a reformar la estructura interna de la clerecía. En 1762 el Consejo de Castilla limitaba el número de religiosos a aquellos que pudiera mantenerse con dignidad dentro de un convento, cuestión que afectó sobre todo a trinitarios, mercedarios y carmelitas. Asimismo, fijaba la edad mínima para profesar cualquier religión, obligaba al nombramiento de un general español al frente de cada orden religiosa y prohibía la ordenación de regulares españoles en el extranjero así como de foráneos en España. Al mismo tiempo, la condición económica del clero parroquial fue objeto de un Plan Beneficial firmado por Carlos III. El plan pretendía redistribuir las parroquias y dotar a cada párroco con una congrua mínima de 4.000 reales proveniente de los muchos beneficios simples que no estaban dedicados a la cura de almas, medida que tuvo un éxito superficial y relativo. También se quiso potenciar la preparación pastoral e intelectual de la clerecía con la creación de numerosos seminarios conciliares. Desde 1766 hasta finales del siglo, se formaron diecisiete nuevos seminarios reformados, amén de algunas bibliotecas en las respectivas sedes episcopales. Otras acciones se dirigieron a las bases económicas del clero. La mayoría de los ilustrados vieron la amortización de tierras eclesiásticas como un atentado contra los principios de la economía civil, del crecimiento agrario y de la hacienda pública. Buena prueba de ello puede hallarse en el famoso Tratado de la Regalía de Amortización escrito por Campomanes en 1765. Aunque no fueron muchas las medidas tomadas para desamortizar tierras clericales, las progresivas dificultades del tesoro público llevaron a Carlos IV a firmar el primer decreto de desamortización (1798). La medida afectó a una sexta parte de las propiedades de la Iglesia castellana, especialmente a las posesiones cuyas rentas nutrían a las hermandades, hospitales, hospicios y asilos. Se produjo así un resultado antisocial, al afectar el decreto a instituciones asistenciales dedicadas a los sectores bajos de la sociedad precisamente cuando más necesitados estaban por los tiempos de crisis que corrían. Asimismo, los gobernantes insistieron en cambiar las formas y maneras de la caridad. En 1789 se instauraba un Fondo Pío Beneficial con objeto de conseguir que las limosnas espontáneas de cada prelado surgieran de un gravamen fijo sobre las rentas eclesiásticas. Además, se empezó a difundir la idea de que la beneficencia debía ser ejercida por el Estado con criterios vinculados a la bondad del trabajo y su utilidad pública. De hecho, los hospicios y las casas de caridad fueron vistos paulatinamente como lugares donde proveerse de una mano de obra barata a la que se podía especializar en algunas labores. La caridad fue dejando de ser una cuestión moral o de orden público para convertirse en un tema económico que el Estado y la ascendente burguesía querían controlar. Finalmente, autoridades borbónicas y obispos reformistas de filiación filojansenista coincidieron en la necesidad de reformar una religiosidad popular a menudo rayana en la superstición y el fanatismo. En esencia, se trataba de eliminar los excesos de barroquismo y sacralización, así como las prácticas superfluas y paganizantes que había en la liturgia española. Las cofradías, las fiestas religiosas populares y los gastos excesivos en estas manifestaciones fueron duramente criticados por personajes como Campomanes, Aranda o Cabarrús. A lo largo del siglo se fue propagando la necesidad de cambiar el viejo modelo basado en la presencia social por otro de actividad religiosa socialmente útil. De este modo, frente a la religiosidad exterior, ritual y popular, nada escandalizada ante la Inquisición y de difícil control social, se fue oponiendo una práctica más individualizada e interiorizada, más rigurosa teológicamente y menos complaciente con el Santo Oficio. En realidad, cada vez resultó más evidente que dentro del seno de la propia Iglesia se enconaba la oposición entre conservadores y reformistas, igual que sucedía en la vida social y política. De una manera larvada primero y más evidente después, se fueron confrontando las tesis de ambos sectores. Por un lado, una minoría de clérigos renovadores sinceramente convencidos de que los males de la Iglesia estaban en su seno y de que era necesario emprender nuevos caminos, en lo pastoral y en los comportamientos, para que aquélla cumpliera con su verdadera misión. Y por otro, los criterios de otra minoría bien preparada intelectualmente y con una importante presencia en el seno de la institución que abogaba por tesis conservadoras alimentadas por actitudes misoneístas, ortodoxas y xenofóbicas que postulaban que la perversión moral estaba en la propia sociedad y que provenía esencialmente de los nuevos filósofos, frente a los cuales debía oponerse una cruzada. Cuestiones como la Constitución del clero civil aprobada en Francia en 1790, que disolvía el clero regular y convertía en funcionarios a los seculares, o como la bula Auctorem Fidei, firmada por el Papa Pío VI en 1794 para condenar las posturas reformistas del Sínodo de Pistoia, fueron momentos de máxima tensión. Con todo, al finalizar la centuria las posturas conservadoras habían ganado más batallas y se afianzaban en el panorama eclesiástico español, al mismo tiempo que lo hacían en el político. La reforma del clero tuvo algunos logros meritorios, pero fueron bastantes más las cuestiones que restaron intocadas.
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Salzillo trabajó principalmente para Murcia y toda su provincia, así como las estrictamente colindantes: Almería, Albacete y Alicante. Su obra se quedó circunscrita a un área muy limitada de difusión que quizás se hubiese ampliado con el viaje a la Corte o si él mismo se hubiera interesado en darse a conocer en otros lugares; aunque la verdad es que para los años en que se centra su producción (1727-83) había muy buenos escultores en otras latitudes y ellos satisfacían muy bien la demanda de aquellos lugares. Así teníamos a Duque Cornejo (1757) y Cayetano de Acosta (muerto en 1780), en Sevilla, José Risueño (muerto en 1732) y Torcuato Ruiz del Peral (muerto en 1773), en Granada; Francisco e Ignacio Vergara, en Valencia; Luis Bonifás (muerto en 1786), en Cataluña; José Ramírez de Arellano (muerto en 1770), en Zaragoza o, por no abundar más, los cortesanos Carmona (muerto en 1767) y Mena (muerto en 1784), así como Narciso y Simón Gavilán Tomé (muerto en 1742). Cuando los estudiosos de Salzillo se extrañaban de su poca proyección, no tenían en cuenta a todos estos notables escultores, y aún más, debido al desprecio que había despertado su estilo barroco y, por tanto, ignoraban o no valoraban su profusa actividad. Dentro de su limitado campo de acción, fueron las ciudades de Murcia y Cartagena, y en menor escala Orihuela y Lorca, las que solicitaron sus obras, aunque era raro el núcleo de población, por pequeño que fuera, que no pidiera una escultura al genial paisano. En Murcia fueron los numerosos conventos y las iglesias parroquiales los que pidieron obra suya, así como las cofradías, sobre todo la de Nuestro Padre Jesús Nazareno que, exceptuando la imagen del titular, quiso tener todos sus pasos, ocho, de Salzillo. Varios de los temas hubo de repetirlos en versiones casi idénticas para otras, y fueron los Californios, de Cartagena, la que más le solicitó. Pero entre el grueso de las cofradías podía también haber personas devotas y adineradas que financiaran ellos solos el coste de uno o más pasos, y esto sucedió con don Joaquín Riquelme y Togores, que donó a su costa para la citada de Jesús Nazareno: La Caída y La Oración del Huerto; esta relación iba a fructificar más aún cuando su hijo, don Jesualdo Riquelme, le encargara el Belén, formado de todas las escenas precisas y mil detalles anecdóticos. Sorprendentemente, casi no actuó para la catedral, a no ser que aceptemos como suya la imagen de La Virgen del Socorro y el relieve de remate de su retablo; a más de esto, lo que hizo se reduce al Crucificado del facistol, de la agonía, y el San Antonio de Padua que hubo de terminar Francisco Diego Francés, pues el relieve de la Virgen de la leche fue un encargo particular para el oratorio de don Bernardino Marín y Lamas; el mismo que le encargó el San Jerónimo de su monasterio. Resulta muy extraño que no se aprovechara más su genio, estando además, como estaba, la catedral en plena ebullición transformadora.
obra
El primer encargo importante que recibe Murillo será la realización de una serie de pinturas para el claustro chico del Convento de San Francisco en Sevilla. El éxito obtenido le consagró en su ciudad natal, compitiendo con el propio Zurbarán y con Herrera el Viejo.La temática de la serie gira alrededor de la ideología franciscana, dedicándose a exaltar las virtudes de la Orden: el espíritu de pobreza y su amor hacia los pobres y la práctica de la caridad.La cocina de los ángeles es uno de los mayores de la serie. En él se narra un episodio de la vida de Fray Francisco Pérez, fraile cocinero de profunda devoción que alcanzaba el éxtasis en lugar de realizar sus trabajos. La recompensa vino del cielo al ser enviados un grupo de ángeles para realizar las tareas que el fraile no hacía, evitando así la reprimenda de sus superiores.El centro de la escena lo ocupan dos ángeles que enmarcan al fraile, arrodillado y en levitación, rodeado de una aureola dorada. En el fondo aparece la puerta abierta y un fraile que contempla el milagro: diversos ángeles están trabajando en una típica cocina conventual donde se muestran las ollas, el fogón, las viandas sobre la mesa, los platos, etc. Los angelitos se dispersan por el escenario para crear una mayor sensación de profundidad.Murillo emplea intensos efectos de claroscuro tomados del tenebrismo que en aquellos momentos estaba cosechando un importante éxito en la capital andaluza gracias a Zurbarán. El empleo de una luz dorada resalta las tonalidades empleadas, especialmente pardas. El naturalismo utilizado en los personajes terrenales contrasta con la cierta idealización que emplea Murillo en los ángeles, cuyos cabellos y rostros denotan una belleza sobrenatural.
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Florencia fue el centro artístico en el que se codificaron los principios de la nueva arquitectura. Si la obra de Brunelleschi había supuesto un cambio radical con respecto a la concepción espacial del gótico, también vimos que había sabido integrar en el nuevo lenguaje elementos de la tradición. La influencia de la arquitectura de Brunelleschi se dejó sentir en otros arquitectos y así, por ejemplo, el interior de la iglesia de Santa María delle Carceri, en Prato, de Giuliano da Sangallo, puede recordar obras de Brunelleschi por el uso que se hace del color en arquitectura. El peso de la tradición se dejó sentir en ocasiones con mucha fuerza: es el caso de la librería hecha por Michelozzo (1396-1472) en el convento de San Marcos de Florencia. Cosme de Médicis el Viejo había encargado la obra del convento a Michelozzo y éste buscó en la sencillez arquitectónica la expresión de la austera vida de los religiosos que lo iban a habitar. En la biblioteca, de 1444, utilizó una tipología de iglesia de planta basilical, pues se trata de un espacio de tres naves, separadas por arcos y columnas. La arquitectura del convento resulta un marco perfecto para las obras de Fra Angélico, que se guardan en sus muros, pues en ambos casos se da ese conservadurismo que de ningún modo implica el desconocimiento de los principios de composición del nuevo arte. El teórico por excelencia de la nueva arquitectura fue León Battista Alberti (1404-1472). Encarnó al nuevo artista, científico y erudito, que culminará con Leonardo. Sus escritos fueron tan importantes como los edificios que proyectó y, además, tuvieron una mayor difusión. Referidos concretamente a las artes escribió "De pictura", "De statua", "De re aedificatoria" y una descripción de la ciudad de Roma. En "De re aedificatoria" tomó de Vitrubio, entre otras cuestiones, la idea de la proporción como fuente de belleza y la analogía entre la figura humana y la arquitectura. El texto de Vitrubio, "De architectura libri decem", escrito en tiempos de Augusto, no había dejado de ser conocido a lo largo de la Edad Media, pero va a ser en el Renacimiento cuando se convierta en fuente de autoridad. La primera edición fue la de Giovanni Sulpicio da Veroli, en Roma, en 1486. El hecho de que el texto de Vitrubio resultara muy difícil de interpretar, además de no conservarse las ilustraciones, hizo de él un referente siempre citado, peto no siempre bien conocido. No fue ese el caso de Alberti, que incluso comprobó lo que las fuentes decían, mediante el análisis de las ruinas. Para Alberti la belleza en arquitectura será fruto de una serie de reglas objetivas, y ese carácter científico del arte será determinante en la nueva valoración del artista. La belleza es, según sus propias palabras, "una armonía de todas las partes en cualquiera que sea el objeto en que aparezca, ajustadas de tal manera y en proporción y conexión tales que nada pueda ser añadido separado o modificado más que para empeorar". Esa correspondencia de las partes entre sí y con el todo, del que nada se puede añadir ni quitar sin romper la armonía, es la belleza. La armonía del organismo arquitectónico es lo que llama concinnitas y es reflejo de una armonía superior referida tanto a la sociedad como a una armonía cósmica.
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Antes que nada, se puede decir que la modificación del panorama internacional que se produjo a mediados de la década de los cincuenta fue la consecuencia de una práctica y no de una teoría. Esta práctica, en realidad, se inició antes de la muerte de Stalin: desde 1952 éste dio señales de querer negociar con los adversarios occidentales proponiendo la aceptación de una Alemania unida con tal de que fuera neutral. Luego, cuando, en marzo de 1953, se produjo la desaparición del líder soviético, estos cambios se aceleraron. En realidad, comenzaba a desvanecerse el "estado de sitio" en que había vivido la sociedad soviética desde los años treinta y que había tenido marcada influencia sobre su política internacional. El término "deshielo", que sirve de título a una novela de Ilya Ehrenburg, puede servir para describir la situación producida en el mundo soviético como consecuencia de la desaparición de Stalin. En política exterior, los signos de buena voluntad y de normalización se multiplicaron. Aparte de la rehabilitación de Tito, en el verano de 1953 se restablecieron las relaciones diplomáticas de la URSS con Israel que habían sido rotas unos meses antes y se firmó el armisticio de Corea en el que, en teoría, los soviéticos estuvieron ausentes pero que no podría haber sido suscrito su aceptación. En 1954 la URSS participó en una conferencia sobre Berlín que no concluyó en nada verdaderamente positivo. En 1955 puso fin al estado de guerra existente con Alemania y con respecto a Austria aceptó la retirada de todas sus tropas mientras que permaneciera como un país neutral. Fue la primera ocasión en que la URSS hizo algo parecido después de haber ocupado una parte de un país con sus tropas; coincidió, además, con el abandono de la base de Porkkala en Finlandia que así logró un cierto mayor grado de autonomía en su política exterior. También la mejora de las relaciones con los países fronterizos a los que Stalin había tratado de presionar al final de la Segunda Guerra Mundial -Grecia y Turquía- fueron otros dos factores del cambio acontecido en la política internacional. Ese mismo verano de 1955 tuvo lugar una reunión en la cumbre en Ginebra en la que, si bien no se produjo ningún avance, en cambio fue posible detectar un nuevo clima, el llamado "espíritu de Ginebra" que no puede ser descrito como de confrontación sino al que le corresponde más bien la descripción de "coexistencia". Pero ésta debe ser matizada empleando un calificativo adicional: "competitiva". En efecto, a título de ejemplo, en ese mismo año la cuestión alemana seguía siendo el esencial motivo de divergencia entre las superpotencias. Los soviéticos respondieron a la integración de la Alemania federal en la OTAN con la creación del Tratado de Varsovia y reconociendo la plena soberanía de la República Democrática Alemana. La coexistencia tenía, por tanto, sus límites. A la nueva práctica de los soviéticos le respondió también, a mediados de los cincuenta, una nueva actitud por parte de algunos de los dirigentes occidentales, no precisamente caracterizados por ningún tipo de proximidad al comunismo. Churchill, que había acuñado la expresión "Telón de acero", fue uno de ellos: en efecto, se mostró dispuesto a negociar con los soviéticos, incluso trasladándose a Moscú. Para él era posible "vivir con la URSS, aunque no en una relación de amistad, pero sin el temor a una guerra". Incluso no tuvo inconveniente en indicar a los más conservadores que los soviéticos tenían, en realidad, más temor a la amistad que a la enemistad. Por su parte, en septiembre de 1955, Adenauer visitó la URSS. Al anciano canciller alemán siempre le preocupó de una manera muy especial que los vencedores en la Guerra Mundial pudieran ponerse de acuerdo entre sí sin contar con los propios alemanes. De ahí que pretendiera abrir un camino de entendimiento con la URSS. Los años que siguieron confirmaron esta tendencia a la coexistencia. La época entre 1955 y 1962 no supuso, en efecto, el final del mundo bipolar nacido después del final de la Segunda Guerra Mundial ni tampoco de la guerra fría existente entre estos dos mundos. Pero, antes de llegar a la distensión propiamente dicha, estos años deben ser descritos, en lo que respecta a significación en la política internacional, como años de coexistencia competitiva. Con el transcurso del tiempo, en gran medida gracias a las crisis entre las grandes potencias, apareció otro clima entre ellas. Pero, además, la descolonización, que cumplió una segunda etapa en estos momentos, en especial en África, supuso la declaración de los países del Tercer Mundo de que no querían ser tratados como objetos de la política internacional sino como sujetos y, como consecuencia, las dos grandes superpotencias debieron enfrentarse con un nuevo panorama en un grado muy superior a la etapa precedente. Mientras que la oposición ideológica entre los dos bandos hacía por completo imposible una idea de paz propiamente dicha y la acumulación de armas no hacía imaginable la guerra, la aventura del espacio exterior, los nuevos países independientes o la competición respecto a los logros económicos se convirtieron en los campos de confrontación entre las dos superpotencias. Fueron posibles algunos acuerdos iniciales entre las dos superpotencias aunque hubiera crisis violentas, e incluso profundamente desestabilizadoras, que tuvieron como resultado momentos de grave enfrentamiento bien en escenarios tradicionales de la guerra fría (como Berlín) o en otros nuevos, como Cuba. Incluso se puede decir que, en el seno de los bloques ideológicos en los que se dividía el mundo, aparecieron fisuras o al menos matices de cierta importancia. En el mundo comunista, la intervención soviética en Hungría, con el resultado de haber conseguido la sumisión total de este país y la homologación con el resto de los del área comunista, no debe hacer olvidar que a partir de los años sesenta se hizo cada vez más palpable una diferenciación entre los diferentes países comunistas a los que la URSS debió tolerar un cierto grado de autonomía en su respectiva vía nacional hacia el socialismo. La reconciliación de la URSS con Yugoslavia no tuvo como consecuencia, por ejemplo, que ésta perdiera su propia especificidad política, sobre todo de cara al Tercer Mundo. Todavía fue más importante, sin embargo, el creciente desacuerdo entre la Unión Soviética y la China de Mao que tuvo como resultado que el movimiento comunista quedara partido por gala en dos, una situación destinada a resultar irreversible. En cuanto al mundo occidental, la novedad más importante radicó en la actitud autónoma que tendió a jugar Francia, a partir del momento en que llegó al poder el general De Gaulle y que en algún momento fue considerada por Pekín y Moscú como un factor positivo en las relaciones internacionales. En realidad, como veremos, la política exterior de De Gaulle no tuvo la menor duda en lo que respecta al alineamiento con Occidente en los momentos clave, como, por ejemplo, en torno a Berlín o a la crisis de Cuba. No se basaba en delirios de grandeza sino en la necesidad de compensar con altanería el complejo de impotencia de un país cuyo sistema político se había estancado en el marasmo y que había enfocado muy mal el problema de la descolonización. De Gaulle, que fue uno de los escasos gobernantes de la época capaces de darse cuenta del papel que seguiría correspondiéndoles a las naciones en la política internacional, no hizo otra cosa que guiarse por los intereses de su país. En realidad, hacía exactamente lo mismo que Macmillan, aunque pareciera que sus actitudes eran divergentes: si para el británico lo más conveniente fue el alineamiento casi incondicional con los norteamericanos, para el francés lo más productivo fue esa perpetua reafirmación de la propia entidad. Al hacerla, sin duda provocó como resultado que en adelante las decisiones en la política internacional no pudieran limitarse tan sólo a dos interlocutores, como en el momento culminante de la guerra fría. Sin embargo, más importante aún fue el hecho de que Europa empezara a configurarse como una realidad unida en el terreno económico por las consecuencias que, a largo plazo, esta nueva realidad supondría para el panorama internacional.
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En el siglo XVIII se sentaron las bases de la Revolución Industrial y las de la Cataluña contemporánea. Los puertos catalanes fueron autorizados por la monarquía a comerciar libremente con las colonias. En toda la costa catalana se construyeron atarazanas y se ampliaron puertos. Los catalanes exportaron principalmente vinos, aguardientes y productos textiles, importando a su vez todo tipo de productos de ultramar. Fue a partir de 1830 cuando se desarrolló la industrialización: Vapores y Colonias configurarán un nuevo modelo económico basado, fundamentalmente, en el sector textil. Con este nuevo modelo surgió una nueva geografía económica y una nueva sociedad. En 1832 se instaló en Barcelona la primera fábrica textil que empleaba el vapor como energía motriz: el Vapor Bonaplata. En muy poco tiempo se extendió por toda Cataluña un nuevo modelo arquitectónico, las fábricas de vapor con sus esbeltas chimeneas. El desarrollo industrial provocó un profundo cambio en las costumbres, en las formas de vida y en las de trabajo. Desde 1911, la industria catalana se liberó de la dependencia del carbón. Este cambio resultó determinante para la economía catalana, puesto que el carbón se tenía de importar y, por tanto, los costes de producción se vieron fuertemente reducidos. Se crearon las grandes compañías hidroeléctricas. Todo ello provocó la aparición de grandes fábricas lejos de los grandes núcleos habitados y de los puertos en los que se desembarcaba el carbón, además de facilitar la diversificación de los sectores industriales. A la industria textil se sumaron las químicas, las metalúrgicas, eléctricas, etc. Con el crecimiento de la industria se produjeron diversos fenómenos: el nacimiento y consolidación de nuevas clases sociales (burguesía industriales, financieros y mercantiles y, en segundo lugar, la clase obrera). Como consecuencia directa de las malas condiciones de trabajo y de calidad de vida, surgieron los primeros movimientos obreros (socialismo y anarquismo), que preconizaron una sociedad igualitaria. Las postrimerías del siglo XIX trajeron consigo la revitalización de la lengua y la cultura catalanas, gracias a dos movimientos culturales y artísticos: La Renaixença y el Modernismo. Una colonia industrial es la suma de la fábrica y las viviendas de todos aquellos que trabajaban en ellas, desde el director hasta el último aprendiz. En ella se podía encontrar la iglesia, el economato, las escuelas, lavaderos, enfermerías, locales sociales, teatros, oficinas bancarias, etc. Por último encontraríamos la residencia de los propietarios, que acudían en los períodos vacacionales, residiendo alguno de ellos en la misma para controlar directamente la producción. El origen de las colonias se centraba en la necesidad de agua abundante y terrenos para aprovechar la energía hidráulica necesaria para poner en marcha toda la maquinaria de la fábrica. Por esta razón acostumbraban a encontrarse lejos de las grandes ciudades, allí donde los ríos permitían tal abastecimiento hidráulico y se disponía de terrenos suficientes para la construcción de todos los servicios y viviendas. Era mucho más económico construir un pueblo para los obreros y sus familias lejos de las capitales, que construir la fábrica en la ciudad. De esta manera también se conseguía el control casi total de los obreros. Incluso se les pagaba con vales que únicamente podían canjear por ropa, comida, herramientas, zapatos, medicamentos, etc., en el mismo economato de la colonia, que, evidentemente, era propiedad de los amos de la fábrica. Joan Güell i Ferrer, el fundador de la saga, fue una de las principales figuras en los inicios de la industrialización de Cataluña. Natural de la villa de Torredembarra (Tarragona), emigró a Cuba, en donde amasó, como tantos otros catalanes, una importante fortuna. De retorno a Cataluña en 1835, como un Indiano más (así se conocía a los catalanes que volvían millonarios de las colonias), fundó una de las primeras y más importantes sociedades industriales del país: La Maquinista Terrestre y Marítima, sita en el popular barrio barcelonés de la Barceloneta. Esta fábrica fue la primera dedicada a la metalurgia del Estado Español. El hijo de Joan Güell, Eusebi, nacido en Barcelona en 1846, fue su continuador al frente de los negocios familiares. En 1891 fundó una fábrica especializada en la confección de tejidos de pana en la villa de Santa Coloma de Cervelló, muy próxima a la capital catalana. El conjunto formado por la fábrica y las restantes construcciones de habitación y servicios recibió el nombre de Colònia Güell. Para la fábrica aprovechó la antigua maquinaria de vapor de una fábrica propiedad de la familia, conocida como el Vapor Vell. Estas maquinarias utilizaban el carbón como fuente de energía. En ellas, la combustión del carbón calentaba el agua y el vapor producido por ésta movía la totalidad de la maquinaria. Un gran volante movía una gran correa, que mediante un complejo sistema de embarrados, engranajes, poleas y correas que, distribuidos por toda la fábrica permitían, el funcionamiento de telares y de todo tipo de máquinas. La Colonia Güell es una de las pocas que utilizó la energía obtenida del carbón en lugar de la hidráulica. Para muchos resultó sorprendente que Eusebi Güell confiara el proyecto de una colonia industrial a un arquitecto genial pero muy discutido en su época: Antoni Gaudí i Cornet. La Colonia Güell, como la mayoría de las colonias, presentaba dos zonas claramente diferenciadas: la de producción (fábrica, vapor y almacenes), y la residencial (viviendas y servicios). Las casas de los obreros se levantaron alejadas de la fábrica, con un trazado urbanístico muy peculiar, como si de un pueblo se tratara: en forma de "L" mayúscula, emplazando en los extremos algunos de los edificios más significativos del conjunto: la iglesia y la escuela. No sabemos a ciencia cierta el responsable directo de esta parte del proyecto. Sí sabemos que se realizó en el estudio del propio Gaudí, en el cual figuraban como colaboradores dos importantes arquitectos: Joan Rubió i Bellver y Francesc Berenguer i Mestres, ambos discípulos y continuadores de la estética gaudiniana. En el conjunto podemos encontrar una buena muestra de edificios concebidos dentro de los parámetros formales del Modernismo catalán. En la realización de los diversos proyectos participaron también los colaboradores de Gaudí anteriormente citados: Joan Rubió i Bellver y Francesc Berenguer. La Ca l'Ordal, la Cooperativa de consumo, la Ca l'Espinal, la Escuela y Casa del Maestro y las Casas de los obreros son los edificios más importantes de la zona residencial. Completando esta área de viviendas nos encontramos con la de servicios, formada por la Farmacia, la Caja de Ahorros, la Casa del Médico y la Capilla. De todos los edificios, el más popular e interesante es la iglesia, de la cual sólo se llegó a construir la Cripta. A pesar de que en la actualidad el conjunto de construcciones desprende una sensación agradable y amable, no hemos de olvidar que las condiciones de vida en él, durante su funcionamiento como centro de producción textil, eran realmente muy duras. Los trabajadores y trabajadoras no tenían buenos sueldos, ni vacaciones, ni permisos por maternidad; si estaban enfermos no cobraban, etc. Se hacía trabajar a los niños desde los siete años, aproximadamente, con órdenes estrictas de esconderse y simular que estaban jugando entre las máquinas si se producía una inspección...