El último país europeo en establecer una colonia en América fue Rusia. El zar Pedro I, tras conquistar Siberia, encargó a Vitus Behring que averiguara cuál era el extremo más oriental de Asia, que se encontraba sin duda en tierra rusa. Behring lo halló en 1728, y fue el estrecho que lleva su nombre. Posteriormente, en 1741, salió de la península de Kamtchatka, atravesó el estrecho y desembarcó en tierra americana a los 60° de latitud norte. Había descubierto Alaska. Las magníficas pieles de los animales de esta península atrajeron pronto a tramperos y peleteros, tras los cuales vino la colonización, realizada mediante factorías. Algunas compañías peleteras sufragaron los gastos de tales establecimientos. Los rusos fueron extendiéndose hacia el sur, hasta llegar finalmente a Nutka (49° 36'), donde encontraron a los españoles, o al revés: los españoles les encontraron a ellos. Tras los primeros momentos de sorpresa, todo se arregló amistosamente, pues los españoles no querían colonizar más al norte de Nutka, ni los rusos más al sur de dicho punto. La situación de paz se perturbó en 1789, cuando aparecieron en el mismo lugar los ingleses, pretendiendo expulsar de allí a rusos y españoles. Los últimos cedieron el sitio a los ingleses por el Tratado de San Lorenzo de 1791 y se replegaron hacia el sur. Los rusos se fueron más al norte. A comienzos del siglo XIX, el gobernador ruso de Alaska, Baranov, representante también de la Compañía Rusoamericana, asentó nuevos establecimientos peleteros y pesqueros en Alaska y estableció relaciones comerciales con varios lugares de Asia y América. Muy pronto, la colonia rusa en América fue también ambicionada por los Estados Unidos.
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Según la información de Timeo, Cartago fue fundada en el último cuarto del siglo IX a.C. por un grupo de exiliados procedentes de Tiro, en las costas del norte de Africa (Túnez), al margen de los planteamientos comerciales de la expansión fenicia. En la segunda mitad del siglo VI a.C. Cartago adquiere el carácter de Estado de amplia base geográfica y potencia la explotación económica del territorio interior desconocido. Como consecuencia la economía cartaginesa se transformó en mercantil y agrícola-comercial. El resultado fue una "punificación" de la tierra interna cartaginesa sembrada de aldeas y ciudades agrícolas. Parece claro que los cartagineses desarrollaron un importante comercio administrativo ante las dificultades para consolidar su prestigio en una base agrícola-territorial en el norte de Africa, reglamentado por tratados políticos (con los etruscos, con Roma). Esta irradiación comercial no parece detectarse en el Mediterráneo Central (Sicilia, Cerdeña) y Occidental (Península Ibérica e islas) hasta el siglo VI a.C., aunque su florecimiento parece haber sido en cierta medida posterior. Con todo, las evidencias literarias y arqueológicas señalan la existencia de algunos asentamientos de origen cartaginés (Almuñécar, Ibiza) hacia mediados del siglo VII a.C. En opinión de González Wagner, estas tempranas fundaciones no parecen haber respondido a una motivación de tipo comercial, ya que los intereses de los cartagineses no se encuentran aún presentes, sino posiblemente a un problema demográfico creado en Cartago por el flujo migratorio procedente del Levante y desencadenado por la presión asiria. Dentro de los objetivos comerciales a partir del siglo VI a.C. y, sobre todo, en el siglo V, se superponen diversas corrientes comerciales en el Mediterráneo Central y Occidental, más como una "entente" económica que como competencias y hostilidades. Esto se pone de manifiesto en la batalla de Alalia, Córcega (535 a.C.), narrada por Heródoto, con enfrentamiento de etruscos, cartagineses y griegos, más como operación de limpieza contra los piratas focenses que entorpecían el tráfico en el mar Tirreno. Por todo ello, el establecimiento del círculo comercial cartaginés en la Península Ibérica, al igual que en otras zonas, no supone ni una conquista territorial, ni un cierre de estos mercados a las actividades de los griegos, ni una merma de la autonomía de los establecimientos fenicios que, como Gadir, la conservaron incluso durante el período bárquida. Las actividades económicas de fenicios y cartagineses en Occidente se desarrollaron de un modo independiente, aunque con las lógicas conexiones y con interferencias con otros pueblos, que se saldaron por medio de tratados (romano-cartagineses de los años 509 y 348 a.C., por ejemplo). En este estado de cosas, la derrota de Cartago por Roma en la I Guerra Púnica (264-241 a.C.) significó, junto con la pérdida de Sicilia y Cerdeña, el desmembramiento de todo el edificio sobre el que había descansado el comercio de Cartago en Occidente. Al Estado cartaginés únicamente le quedaban dos alternativas: o convertir a Cartago en una potencia africana basada en la explotación de los recursos locales, como proponía la facción de Hanón II el Grande, o sustituir los antiguos elementos de control indirecto por la conquista de los territorios cuyas materias primas se necesitaban, como proponía Amílcar Barca, cuya tesis triunfó. Amílcar inició la conquista de las tierras, pero fue su yerno Asdrúbal quien las organizó administrativamente, sentando las bases para un estado federal ibero-púnico, aprovechando las propias instituciones indígenas y vinculándose mediante lazos de matrimonio y hospitalidad a las élites dominantes indígenas. Pero la dominación directa cartaginesa en la Península Ibérica no implicaba la monopolización de los mercados y las relaciones comerciales externas, diferenciándose un comercio de estado de los Bárquidas y un tráfico comercial independiente de éste, pero que lo complementaba. En el año 226 a.C. se produce la primera intervención romana frente a las actividades cartaginesas en la Península Ibérica, firmándose el tratado del Ebro. Pocos años después estalla la Segunda Guerra Púnica y se inicia la conquista de Hispania por Roma.
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Existe una clara inadecuación entre las fechas de las tradiciones literarias y los materiales obtenidos de las excavaciones arqueológicas. Los textos bíblicos del Antiguo Testamento hablan de navegaciones en el siglo X a.C. De fecha también temprana son las referencias en la narración egipcia del viaje de Ounamon y las estelas de los emperadores asirios (siglo IX a.C.), mientras que los textos de los autores griegos y romanos sitúan la fundación de Gadir, Lixus y Utica en torno al 1100 a.C. Estas fechas no se corresponden con los datos de la arqueología: en Chipre los objetos fenicios más antiguos son del siglo XI a.C., en Malta las tumbas más antiguas se fechan en la segunda mitad del siglo VIII, mientras que en Cartago los materiales del Santuario de Tanit no van más allá del siglo VIII a.C.; los materiales de Lixus rondan el siglo V y los de Mogador el siglo VII; las necrópolis de la región de Tánger se fechan en el siglo VIII a.C., al igual que las excavaciones de Motya en Sicilia; en Cerdeña las fechas de los hallazgos arqueológicos se sitúan entre finales del siglo IX y comienzos del VIII, mientras que para la Península Ibérica los datos no van más allá del siglo VIII a.C. En la fecha de 1100 a.C. en que las fuentes literarias sitúan la supuesta fundación de Gadir, las ciudades fenicias tienen un grado de desarrollo que difícilmente permite organizar una empresa de tal magnitud como la colonización, ya que utilizan todavía un sistema de intercambio basado en la reciprocidad, más cercano a los modelos de premercado. Hasta el reinado de Hiram I (970-936 a.C.) Tiro no se convierte en potencia política y naval, produciéndose en ese momento unas condiciones favorables para iniciar la empresa de expansión hacia el oeste: interrupción del comercio fenicio con el Mar Rojo hacia el 850 a.C. con la consiguiente dificultad de acceso a las fuentes de materias primas en el continente asiático y el cambio de orientación del mercado y de la demanda -plata, cobre, estaño y hierro en sustitución de oro, piedras preciosas y marfil. Junto a ello se detecta una importante escasez de tierra cultivable, unida a una creciente presión demográfica (siglos XII a VIII a.C.), todo lo cual encaja perfectamente con los datos de la arqueología: desde mediados del siglo IX a.C. las naves de Tiro frecuentan el Egeo y acaso también el Mediterráneo central, siendo la primera colonia de Tiro en ultramar Kition (Chipre) de mediados del siglo IX a.C., para controlar la producción y el comercio de cobre y servir de cabeza de puente en la expansión fenicia hacia Occidente. A lo largo de este proceso los fenicios abastecieron a los territorios orientales bajo hegemonía de los asirios de una serie de productos manufacturados y materias primas, fundamentalmente plata, cobre, oro y hierro de la Península Ibérica. Este carácter de intermediario del comercio fenicio aparece en las fuentes antiguas (Ezequiel, Heródoto, Diodoro y Flavio Josefo, por ejemplo). Junto a las factorías de la costa, que realizan fundamentalmente una función comercial, encontramos la llegada de población con visos presumiblemente agrícolas y una cierta organización territorial. Pero esta situación no es única en el Mediterráneo, pues los fenicios occidentales muestran una clara tendencia a la expansión territorial (Cerdeña) o claras preocupaciones agrícolas (Sicilia). En la Península ibérica parece que puede hablarse de una penetración fenicia a lo largo del valle del Guadalquivir hacia las fértiles tierras de la región de Sevilla. No hay razón para pensar que los fenicios de la Península Ibérica no tuvieran las mismas preocupaciones agrícolas que los de Africa, Cerdeña y Sicilia. También se ha aducido como causa de la expansión fenicia hacia Occidente la presión tributaria que ejerce Asiria sobre las ciudades fenicias. Pero recientes investigaciones parecen demostrar que las ciudades fenicias obtuvieron un trato de favor, una relación comercial preferente y unas ventajas comerciales que no tuvieron otros centros dependientes de Asiria. Tiro, aunque pagó tributo a los reyes asirios, conservó su autonomía política y sólo a partir de Senaquerib (704-681 a.C.) sintió verdaderamente la presión asiria y en el momento en que las ciudades fenicias se convierten en provincia asiria las colonias de Occidente hacía ya tiempo que habían sido establecidas. Además esta presión tributaria, lejos de dar lugar a una crisis, estimuló las relaciones comerciales hacia el Mediterráneo.
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Del mismo modo que en la colonización fenicia, las fechas de las fuentes literarias y las de la arqueología no coinciden. Heródoto nos transmite la noticia de que los focenses fueron los primeros entre los griegos que hicieron largos viajes y descubrieron Iberia y Tartessos y se hicieron amigos de Argantonio poco antes del 546 a.C. Según Estrabón, Rhode fue la primera fundación de los griegos en Iberia antes de la primera Olimpiada (776 a.C.) y también los rodios se establecieron en las Islas Gimnesias (Baleares); Ampurias fue fundada por colonos focenses, lo mismo que Hemeroskopeion y Akra Leuke. También Licofrón y Apolodoro sitúan colonos rodios en la Península ibérica y Baleares. Timeo, por su parte, sitúa la fundación de la Massalia focense 120 años antes de la batalla de Salamina, es decir, en el año 600 a.C. Los datos de la arqueología (el hallazgo de dos cascos corintios de bronce, uno en la ría de Huelva de hacia la segunda mitad del siglo VI y el otro en Guadalete de hacia el 630 a.C., así como peines de marfil en Carmona y Osuna con figuras grabadas, similares a los de Samos del estrato correspondiente al 640-630 a.C.) muestran que en Rosas no hay, hasta el presente, nada anterior al siglo V a.C.. Junto a esto se ha constatado la falta de productos griegos anteriores al siglo V a.C. en el Sudeste (Valencia y Alicante). Por otro lado, los testimonios arqueológicos griegos más antiguos en el Sur y Sureste se fechan entre los siglos VIII y VII a.C. La denominada segunda colonización griega o gran colonización griega se enmarca en el período arcaico (siglos VIII a VI a.C.) considerado por los historiadores como una etapa de crisis. El crecimiento demográfico del final de la época geométrica, unido a una insuficiente explotación del suelo y un sistema de herencia basado en la repartición desigual entre los herederos genera un enfrentamiento claro entre la aristocracia y la población campesina debido a la creciente desigualdad en la propiedad de la tierra. Paralelamente se produce un desarrollo apreciable del artesanado y del comercio con el surgimiento de un demos urbano con base económica en la actividad artesanal. Otro hecho importante es el comienzo de la llegada de productos de otras áreas y el inicio de la transformación de la economía de tipo inmueble, basada en la agricultura y en la propiedad de la tierra como principal medida de valor por la aparición de una economía mueble con el comercio como factor fundamental. El resultado de todo este proceso es la evolución de la stasis en las polis arcaicas: los artesanos y comerciantes se igualan económicamente con la aristocracia, pero sin participación en las instituciones de la ciudad, mientras se produce una concentración urbana por aumento de trabajo en la ciudad y la aristocracia terrateniente va acumulando mayor cantidad de tierras. La colonización aparece como una salida a la crisis: para los que gobiernan la ciudad es una solución a la potencialidad subversiva de la situación, mientras que para los comerciantes tiene la doble ventaja de obtener nuevos mercados y poder participar en la organización política de las nuevas poleis con un papel importante en la preparación de las expediciones.
obra
La figura de Moisés se considera una prefiguración de Cristo por lo que esta escena del traslado del pueblo hebreo a la tierra prometida está vinculada con el significado de la salvación. La monumental figura del profeta ocupa la mayor parte de la tela, situado de espaldas, recibiendo la iluminación que provoca intensos contrastes lumínicos.
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En el año 196, Adrasto, encargado de su custodia, recibió autorización para desmontar el andamio que la recubría y utilizar la madera en la construcción de su casa. La Columna de Marco Aurelio, levantada a raíz de la muerte del emperador, estaba, pues, acabada. Forzado a abandonar la política pacifista de su suegro y antecesor, Marco Aurelio eligió como modelo a Trajano. Los "Comentarios" de éste fueron su libro de cabecera; y su recuerdo, aún muy vivo en la Roma de entonces, el espejo al que trató de parecerse. Su columna, réplica de la de Trajano hasta donde la decencia y el rigor histórico lo permitían, es la confirmación tangible de lo dicho, pero sólo hasta cierto punto, porque mirada como obra de arte, señala el comienzo de la ruptura con todo lo que la Columna Trajana representaba, y es, por tanto, y así lo reconoce la crítica de hoy, un hito fundamental en la historia del arte. Como en la Columna Trajana, dos son las guerras representadas en la de Marco Aurelio, separadas también, a media altura, por la Victoria que entre trofeos escribe la gesta en el escudo. La primera fue la Guerra Germánica del 171-72, contra los cuados y los marcomanos; la segunda, la Sarmática, iniciada en el 173 e interrumpida en el 175 por el pronunciamiento de Avidio Casio en Siria. El relato comienza en el paso del Danubio por un puente y continúa con episodios análogos a los de su modelo, pero recalcando en lo posible los horrores de la guerra, o representándolos con mayor crudeza que la Columna Trajana. Los gerifaltes enemigos que piden clemencia, por ejemplo, se humillan en sus súplicas hasta extremos degradantes, hasta besar el casco del caballo del vencedor. Una escena excepcional, y casi indigna de la iconografía grecorromana, es la del llamado Milagro de la Lluvia. Cuando en la campaña contra los cuados, el ejército agonizaba de sed por una sequía pertinaz, el dios de la lluvia se mostró en el cielo como un ogro alado, de guedejas y barbas pluviales, y desplegando sus alas descargó una tromba de agua sobre el ejército y sobre el país, calmando los ardores de los soldados y arrastrando por las torrenteras a los hombres y bestias del enemigo. La noticia, recogida también por Dión Casio, dio la vuelta al mundo, objeto de consejas e interpretaciones varias: aparición de Iuppiter Pluvius; de Hermes Acrios, muy temido en tierras danubianas; los cristianos afirmaban que el milagro se había debido a las preces de los legionarios convertidos a la fe; los egipcios, a la intervención del sacerdote Arnuphis, respetado por todas las sectas. Si no tuviésemos el testimonio de Dión Casio y de la propia columna, creeríamos estar oyendo un relato de otras edades. Y no es sólo en esto en lo que la Columna se adelanta a la Edad Media. Las diferencias con la Columna Trajana son muchas, en efecto, y se hacen sentir incluso en la traza del proyecto. La cinta del relieve da dos vueltas de menos, pese a que el fuste es tres metros más alto que el de su modelo. Las figuras son, por consiguiente, más altas y mucho más abultadas y plásticas. El contraste de luces y sombras es, por ello, mucho más vivo. Sin embargo, no se incrementa la sensación de profundidad espacial, ni siquiera se aspira a conseguirla. El artista ha prescindido de casi todos los elementos paisajísticos; reduce las arboledas a unos cuantos árboles y lo mismo las cabañas y barracas de poblados y campamentos. Las figuras están más espaciadas; el fondo neutro se deja ver mucho más, trasladando el relato a un plano más ideal que histórico. Hay motivos que se repiten con una frecuencia rayana en la monotonía: las marchas de tropas, a pie y a caballo; sus asambleas al pie del suggestum, el podio del emperador. Este suele aparecer visto de frente y al margen de las acciones, como si estuviese por encima de los acontecimientos, y como si su sola presencia importase mucho más que su intervención. La cabeza humana se convierte en objeto de mayor interés para el observador minucioso de la Columna, como a otra escala sucede en la estatuaria. En la cabeza se realzan los rasgos que mejor definen la expresión -los ojos, la boca- y cuanto puede contribuir a realzarla, el pelo, las vestiduras y todo lo demás. Llaman la atención los rostros despavoridos de los bárbaros, sus guedejas desaliñadas e intonsas, surcadas despiadadamente por las grietas del trépano. Esa misma renuncia a la plástica lineal, dibujística, en busca de puros efectos ópticos, se hacen sentir también en los pliegues de las vestiduras, profundos surcos, alejados de la superficie para forzar el brusco contraste de sombra y luz. La escultura está entrando de lleno en el campo, de lo anticlásico, como no lo había hecho bajo los Flavios y como lo formularon muy bien Riegl y Wölfflin. Decía este último: "Lo pictórico (óptico) y lo lineal (táctil) son sin lugar a dudas los signos estilísticos más importantes y bastan por sí solos a caracterizar la esencia de un estilo". La supeditación de unas figuras a otras no es sólo cosa del arte, sino también de una sociedad donde las clases son más conscientes de sus diferencias y así lo manifiestan los títulos que se empiezan a otorgar a los más sobresalientes, clarissimi, perfectissimi viri. El clasicismo había sido, durante los dos últimos siglos, dentro de los naturales vaivenes, el lenguaje oficial estilístico de la Pax Romana, tranquila y segura de sí misma. Las dudas que pudieran caber las disipó Trajano devolviéndole a Roma aquella confianza en vencer siempre a los germanos y a los partos que Augusto le había inculcado. Pero ahora era distinto: la ruptura de la frontera germánica y la invasión de las provincias del norte, hasta las tierras vénetas de Italia, fue la primera señal de alarma y el presagio de lo que tantas veces se habría de repetir en el futuro. No fue casualidad que en el año 171, el año de la gran invasión, Marco Aurelio, el hombre de ciencia y filósofo estoico, comenzase a poner por escrito y en griego sus "Meditaciones". Era un desahogo para su pesimismo. La Columna de Divo Marco es el primer reflejo en la escultura romana de la crisis que habría de desembocar en la Baja Antigüedad.
obra
En La Columna Rota Frida Kahlo se otorga los atributos de los mártires cristianos y sobrepone su propia imagen a la de los cuerpos de partriarcas masculinos.Con sus caderas involviendo una tela que sugiere el paño de Cristo, en esta obra muestra sus heridas como una mártir cristiana. Cuando empeoró su estado de salud y se vio obligada a llevar corsé de acero, Frida Kahlo pintó este autorretrato en 1944. Una columna jónica con diversas fracturas simboliza su columna vertebral herida. La rasgadura de su cuerpo y los surcos del yermo paisaje agrietado, se convierten en metáfora del dolor y soledad de la artista.
contexto
Durante el siglo XVIII el arte hispanoamericano, como consecuencia de la reiteración que provoca el gran desarrollo artístico, genera la repetición de unas soluciones que paulatinamente se convierten en unas formas propias. En la composición de portadas y retablos dos elementos arquitectónicos, la columna salomónica y el estípite, desempeñaron un papel de primer orden. La columna salomónica, soporte de marcado carácter barroco, se usó preferentemente en retablos aunque también aparece abundantemente en portadas, alcanzando una importante difusión a partir del último cuarto del siglo XVII. En 1649 aparece en el alterado retablo de los Reyes de la catedral de Puebla, obra relacionada con otras sevillanas y que acredita el empleo de este elemento al tiempo que en los principales talleres andaluces de Sevilla y Granada (Bonet), y poco después en el retablo mayor de Santo Domingo de Puebla (1688-90), obra de Pedro Maldonado. En portadas la columna aparece algo después en la de San Francisco de Guadalajara. En 1675 aparece en la portada de la iglesia de San Francisco de La Antigua, contratada por José Ramón de Autillo, y ese mismo año se introducía en Perú por Diego de Aguirre en un proyecto que no llegó a realizarse.Igualmente la hallamos en Perú en la portada de La Merced de Lima (1697-1704) y en la de San Agustín de esta misma ciudad, que ya estaba concluida en 1721. El dinamismo y la exuberancia que proporcionaba este elemento arquitectónico sirvieron para acentuar el carácter de prestigio de algunos programas de determinadas órdenes religiosas. En Quito (Ecuador) la iglesia de San Francisco permaneció como una referencia obligada para cualquier proyecto de empeño. La fastuosidad de la fachada de la iglesia de la Compañía de Quito, comenzada en 1722 y no concluida hasta 1765, se explica precisamente por este papel ejercido por el paradigma citado y en relación con ello ha de ponerse que en la fachada, en cuya composición se utiliza la columna salomónica, se abandone el contrapunto entre fachada y portada para organizarse toda como una escenografía decorada.En Nueva España, el soporte más utilizado en portadas y retablos no fue la columna salomónica sino el estípite, elemento que adquiere una difusión que lo convierte en componente específico del Barroco mexicano. El estípite, aunque cumple funciones de soporte, no se justifica por su función sustentante sino por el efecto contrario que desarrolla. Formado por un tronco de pirámide u obelisco invertido, plantea una sensación de inestabilidad de efecto claramente anticlasicista, al igual que fueron anticlasicistas algunos de sus difusores como Wendel Dieterlin, que lo reproduce en su tratado "Architectura" (1598), si bien su invención es anterior. Difundido en España a finales del siglo XVII en el tabernáculo del retablo de José Churriguera en San Esteban de Salamanca (1693) y en el Camarín de la Victoria de Málaga, en América hace su aparición en los primeros años del siglo XVIII en la portada del Colegio de San Ildefonso de la Compañía de Jesús en México (1712-1718), reducido a la simplicidad volumétrica de un estípite desornamentado.Uno de los artistas que desempeñaron un papel fundamental en la introducción y difusión del estípite en Nueva España fue Jerónimo Balbás que, en 1718 comenzaba el retablo de los Reyes de la catedral de México. En el retablo, adaptado a la forma poligonal del ábside y rematado en forma abovedada, se introduce el estípite en contraste con otros elementos propios del Barroco precedente. Este artista, a quien también se debe el retablo del Perdón (1725-1732) de la catedral de México, tuvo un importante seguidor en su hijo Isidoro Vicente Balbás, autor de los retablos de la iglesia de Santa Prisca de Taxco, uno de los ejemplos más logrados en el intento de establecer una unión entre retablo y arquitectura. La unidad iconográfica, compositiva y formal con que los diversos retablos se aplican a la arquitectura rompe con la compartimentación habitual de los retablos situados en capillas. En el retablo mayor de Santa Prisca culmina el efecto de desmaterialización logrado por los efectos de luz y color evocadores de un mundo trascendente.Es evidente que el empleo del estípite en retablos y portadas como la de San Francisco de Puebla (1743-1767) se integra en las exigencias funcionales de carácter religioso a que hicimos mención. Pero el empleo de estos recursos formales en un arte al servicio de la persuasión no es razón suficiente para explicar la extraordinaria difusión que alcanzaron. Las razones de este fenómeno deben buscarse también en un gusto y una actitud favorable a las formas fastuosas y abigarradas y a las condensaciones decorativas. Sin esta aceptación estética no se explica el auge que alcanza una tipología de portada como la portada-retablo con estípites desarrollada por Lorenzo Rodríguez, artista formado en Andalucía que se hallaba en México en 1731.La obra fundamental de Lorenzo Rodríguez y una de las más importantes de todo el Barroco iberoamericano es el Sagrario de la catedral de México. Las obras comenzaron en 1749 y en 1751 se iniciaban las fachadas de este edificio. En la portada, una de las obras maestras de la tipología de portada-retablo, se hace patente el efecto de concentración decorativa al aparecer comprimida y enmarcada por dos pilastras.La aportación fundamental de la obra de Lorenzo Rodríguez fue conferir al estípite, mediante su utilización sistemática y regular, la categoría de orden. A partir de Lorenzo Rodríguez el estípite se ofrece como una solución capaz de utilizarse de forma sistemática y como un orden arquitectónico inseparable de la portada. Lo cual explica su presencia en numerosos edificios, entre los cuales deben citarse las portadas del Carmen de San Luis de Potosí (1749-1764), de la Santísima Trinidad de México (1755-1783), de San Francisco en San Miguel de Allende (hacia 1780), y de San Diego de Guanajuato (1784).En los exteriores, además del desarrollo de las portadas a que hemos hecho mención, se produjo una integración del color y la decoración como elemento plástico de atracción. Es el caso, además de algunos de los monumentos mencionados, del juego cromático entre la portada y el remate de las torres del santuario de Ocotlán (Tlaxcala, México), Santa Prisca de Taxco (México) y sobre todo del revestimiento de azulejos de la iglesia de San Francisco de Acatepec (Puebla, México).