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Tras ocho años de guerra ininterrumpida (58-51), cuyos detalles son universalmente conocidos gracias a sus propios Commentarii de bello Gallico, tan brillantes como parciales, César conquistó un territorio de más de medio millón de kilómetros cuadrados, con un escalofriante balance: 800 pueblos saqueados, grandes regiones devastadas, un tercio de la población masculina muerta, otro tercio esclavizado y un gigantesco tributo de cuarenta millones de sestercios. El saqueo de los santuarios, las contribuciones de guerra, el botín y las arbitrarias requisas pusieron en las manos de César un río de oro, que habría de servir para aumentar su prestigio, popularidad e influencia. Pero, sobre todo, tras sus victoriosas campañas contaba con un medio de poder sin precedentes en la historia romana: una máquina militar, entrenada y devota, con la que podía afrontar, sin miedo, cualquier coyuntura política. Pero mientras César se encontraba en las Galias, Roma se ahogaba en una atmósfera política irrespirable. La debilitación del poder del Senado por obra de los triunviros había contribuido a la aparición de bandas armadas, que ofrecían sus servicios para controlar reuniones políticas o provocar disturbios en ellas o en la calle. Era Pompeyo, presente en Roma, quien más veía deteriorarse su prestigio e influencia, por lo que, utilizando como mediador a Cicerón, uno de los más prestigiosos representantes de la nobleza senatorial -los optimates-, intentó un acercamiento al Senado, que le proporcionó un poder proconsular (la curia annonae) de cinco años de duración, para dirigir el aprovisionamiento de trigo a la Urbe. El encargo enfrió las relaciones entre los triunviros hasta el límite de la ruptura. Fue César, una vez más, quien cumplió el papel de mediador, consiguiendo la renovación de la alianza en Lucca, una localidad costera tirrena, en el año 56. Según sus términos, Pompeyo y Craso investirían el consulado del año 55 y a su término obtendrían un mando militar en Hispania y Siria, respectivamente. César, por su parte, lograba una prórroga en el mando de las Galias por el mismo periodo de tiempo. El pacto quedaría muy pronto en entredicho por una serie de imponderables. Fue el primero la muerte de Julia y el siguiente matrimonio de Pompeyo con la hija de uno de los más encarnizados enemigos de César. Pero fue más grave todavía la muerte del tercer aliado, Craso, en Siria, en una inútil y descabellada campaña contra los partos (53 a.C.). Mientras, en Roma, el Senado, falto de autoridad y sin un aparato de policía, se veía impotente para mantener el orden en las calles, sumidas en una atmósfera de terror y violencia política como consecuencia de la acción de bandas callejeras, como las de Clodio y Milón. Entre César y Pompeyo, los dos únicos personajes con autoridad y con medios reales de poder para reconducir la situación, el Senado optó por el mal menor y logró atraerse a Pompeyo, nombrándole único cónsul (cónsul sine collega).
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Tras el descubrimiento de Yucatán por Hernández de Córdoba, en 1517 y del que ya hablamos, el gobernador de Cuba don Diego Velázquez solicitó el título de adelantado y gobernador de las tierras descubiertas y preparó otra nueva expedición de descubrimiento y rescate bajo el mando de Juan de Grijalva. Partió de Matanzas en 1518 y repitió la travesía anterior, pero Grijalva continuó descubriendo a partir de Champoton por el seno mexicano hasta la desembocadura del río Tuxpan. Desde allí, regresó a Cuba con abundantes rescates de oro (más de 20.000 pesos después de separado el quinto real) y noticias de que la nueva tierra pertenecía a un poderoso y rico señor que vivía en el interior. Velázquez organizó otro viaje de descubrimiento y rescate, que puso al mando de Hernán Cortés, ahijado, compadre y antiguo secretario suyo. Cortés había participado en la colonización de Santo Domingo y en la conquista de Cuba. Su armada, compuesta de 11 navíos y unos 550 soldados, partió de Cuba el 10 de febrero de 1519. Se dirigió a la isla de Cozumel, donde encontró un español llamado Jerónimo de Aguilar, que llevaba ocho años viviendo entre los indios (era un antiguo poblador de Castilla del Oro, que había naufragado allí). Durante ese tiempo había aprendido la lengua maya, por lo que se convirtió en un eficacísimo colaborador de Cortés. El capitán español prosiguió por la costa de Yucatán hasta Tabasco, donde recaló para hacer aguada y recoger algunos alimentos. Los indios se los dieron de mala gana y le pidieron irse. Cortés ordenó desembarcar y plantarles batalla. Tras la victoria, lograda gracias al espanto que produjeron los caballos, vino la paz, que los indios hicieron, según su costumbre, entregando 20 mujeres a los antiguos enemigos. Entre ellas estaba una joven mexica a la que se bautizó como Marina. Fue la amante de Cortés (madre de Martín Cortés) y otra fiel auxiliar suya, pues sabía náhuatl (a lengua de los aztecas) y maya, el idioma que conocía Aguilar. Los españoles continuaron hacia el norte desde Tabasco y arribaron a San Juan de Ulúa, donde unos indios subieron a bordo y preguntaron por el "tlatoani" o señor. Llevados a presencia de Cortés, le dijeron que su señor Motecuhzoma les mandaba preguntar quiénes eran y qué deseaban. El Capitán contestó que venía a hacer rescates. Al día siguiente recibió unos regalos de piezas de oro, ropa fina y adornos de plumería. Cortés aceptó naturalmente el presente, les dio a cambio algunas baratijas (cuentas de vidrio, una silla y una gorra) y les dijo que deseaba ver a su rey. La entrevista terminó con una exhibición de los caballos corriendo por la playa y con disparos de la artillería. Lo que más impresionó a los aztecas fue, sin embargo, el casco de un soldado, que les recordaba el que tenía su dios de la guerra: Huitzilopochtli. Cortés lo regaló y les dijo que lo trajeran lleno de pepitas de oro. A la semana siguiente volvieron los embajadores con más de cien indios cargados de regalos: dos ruedas de oro y de plata, del tamaño de las de una carreta, el casco lleno de granos de oro, numerosas figurillas del mismo metal, treinta cargas de ropa fina de algodón, plumería, etc. Traían también la respuesta de Motecuhzoma de que le resultaba imposible recibir a Cortés y sugiriéndole irse lo antes posible. El capitán español estaba ya dispuesto a quedarse. Orquestó una farsa con sus soldados más fieles, como resultado de la cual la tropa le pidió desobedecer la orden que traía de Velázquez de limitarse a rescatar y le exigió poblar en aquel lugar que ofrecía tantas riquezas. Cortés fingió sorprenderse y solicitó el plazo de una noche para meditar el asunto. Al día siguiente accedió, pero con la condición de que le nombrasen Capitán General y Justicia, y le dieran el quinto del botín que se obtuviera, una vez sacado el quinto real. Entre el 5 y 10 de julio de 1519, procedió a fundar una población que llamó la Villa Rica de la Veracruz, de la que se eligió Cabildo inmediatamente. A partir de este momento, Cortés se convirtió en un rebelde contra el gobernador Velázquez, quien le denunció ante el Consejo de Indias. El Consejo no dio su fallo hasta el 12 de octubre de 1522, después de conocer la noticia de la conquista de México, y fue injustamente el de rechazar las acusaciones de traición que se le habían formulado. El golpe quedó así legalizado. Desde Veracruz, Cortés pasó al puerto de Quiahuiztla y de allí a Cempoala, cuyo cacique totonaca les recibió amistosamente y se quejó de los impuestos aztecas. De vuelta al puerto hubo un incidente con los recaudadores aztecas, que pedían explicaciones al Cacique por haber albergado a los españoles. Cortés mandó apresar a los recaudadores y luego les puso en libertad, con un mensaje para su Emperador diciéndole que deseaba ser su amigo. Mandó luego reedificar Veracruz, destruyó los ídolos de Cempoala y preparó la marcha al interior. Para no dejar enemigos a sus espaldas (en su hueste había muchos velazquistas), ordenó destruir las naves. Sacaron a tierra todo lo que tenía algún valor y las pusieron de través. Los cien marineros incrementaron la hueste conquistadora, que se integró así con 400 infantes y 15 ó 16 jinetes. A ella se añadieron 1.300 indios totonacas y 7 piezas de artillería. En Veracruz quedaron 150 enfermos o inútiles, bajo el mando de Juan Gutiérrez de Escalante. Los españoles partieron el 16 de agosto de 1519 con dirección a Tlaxcala, por consejo del cacique de Cempoala, quien había asegurado a Cortés que era un pueblo enemigo de los aztecas y con el que podría aliarse. Al llegar allí fue recibido con hostilidad. Los españoles lograron detener las cargas del enemigo y al fin entraron en la capital (Tizatlán) como amigos. Después de descansar 20 días, y reforzados con miles de guerreros tlaxcaltecas, prosiguieron hacia Cholula, la ciudad santa azteca, donde Motecuhzoma tenía preparada una encerrona. Salieron con bien de ella después de hacer una enorme matanza de naturales, y alcanzaron finalmente Tenochtitlan el 8 de noviembre de 1519. Se trataba de una bellísima ciudad, en el centro de unos lagos y unida a la tierra firme por tres calzadas. Entraron en ella por la calzada de Ixtapalapa, en la que se agolpaba la multitud para verles. Allí les recibió Motecuhzoma, que venía en andas, rodeado de señores y con un ceremonial espectacular. Los españoles estaban tan asombrados por lo que veían que aquello les parecía, según dice Bernal "las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís". El monarca azteca les condujo al centro de la ciudad y les alojó en el antiguo palacio de su padre Axayácatl. Al día siguiente, Cortés correspondió visitando a Motecuhzoma e invitándole a abandonar sus dioses, lo que pareció inexplicable al tlatoani, que pensaba que los españoles eran descendientes de Quetzalcoatl, una divinidad de su pueblo. El cuarto día Cortés pidió permiso para visitar la ciudad. Motecuhzoma le acompañó personalmente, llevándole al gran templo, desde donde la divisó a vista de pájaro. Cortés volvió a decir al Emperador que debía abandonar sus dioses y Motecuhzoma comprendió al fin que los extranjeros eran sus enemigos. Disgustado, mandó a Cortés regresar a su palacio, mientras él se quedaba allí desagraviando a los dioses por haber llevado a los españoles al templo. Cortés había destruido su propio mito. Consciente entonces de su debilidad, dio un golpe audaz apoderándose por sorpresa de Motecuhzoma, a quien llevó preso a su palacio. Vino luego el reparto del botín encontrado en el palacio de Axayácatl, que en opinión de Bernal ascendía a unos 600.000 pesos. Poco después, Motecuhzoma enseñó a Cortés unas escrituras (pictografías aztecas) que había recibido en las que se decía que habían llegado a Ulúa otros españoles para prenderle y matarle. Se trataba de una fuerza de 1.400 hombres, 80 jinetes y 10 ó 12 cañones que Velázquez había enviado en 19 naves bajo el mando de Pánfilo de Narváez para someter al rebelde. Hernán Cortés comprendió que no podía esperar la llegada de Narváez a Tenochtitlan, donde le derrotaría con facilidad ayudado por los aztecas. También comprendió que si se marchaba de la capital azteca no iba a poder volver a ella, dadas sus condiciones defensivas. Decidió entonces partir al encuentro de su enemigo con sólo 80 hombres y dejar en Tenochtitlan los 120 restantes bajo el mando de Alvarado. En el camino hacia la costa fue enviando regalos de oro a los recién llegados para convencerles de lo inútil de pelear en una tierra tan rica, donde había para todos. El encuentro fue un simple combate de una hora en el que apenas hubo bajas. Cortés fue aclamado jefe de una poderosa fuerza armada, con la que pensó dominar fácilmente a los aztecas. Al regresar a Tenochtitlan comprobó que las cosas habían empeorado. Los hombres de Alvarado y los suyos quedaron sitiados por los guerreros enemigos en el palacio de Axayácatl. Para aliviar la tensión, mandó a Motecuhzoma que se asomase a una terraza y pidiese a su pueblo deponer las armas, pero le contestaron que ya no era su tlatoanií, sino su primo Cuitláhuac, que había sido elegido por el tlalocan o consejo. Los naturales tiraron piedras contra los españoles y una de ellas le dio a Motecuhzoma, que murió a consecuencia de la herida el 29 ó 30 de junio de 1520. Recrudecidos los combates, Cortés decidió evacuar la ciudad la noche del 30 de junio. El capitán dispuso bien la operación, pero fue un desastre, porque los indios atacaron a los invasores con canoas cuando éstos se encontraban en la calzada saliendo de la capital. La vanguardia se salvó, pero el centro del ejército y la retaguardia sucumbieron íntegramente. Perecieron cerca de 800 españoles y 5.000 indios aliados, además de 40 caballos. Tras abandonar la ciudad, siguieron huyendo con dirección a Tlaxcala. En Otumba lograron volverse contra sus perseguidores e infligirles una pequeña derrota, que levantó algo la moral. Refugiado en Tlaxcala, preparó un plan de conquista de Tenochtitlan. Buscó alianzas, disciplinó la tropa (prohibió el juego) y mandó construir unos bergantines por piezas, que trasladó luego a orillas del lago de Texcoco, donde los ensambló y botó (abril de 1521). De esta forma pudo sitiar la capital azteca. Luego mandó cortar el agua del acueducto de Chapultepec. Finalmente, el 30 de junio de 1521, dispuso un ataque general por las tres calzadas. Los aztecas resistieron heroicamente hasta el 13 de agosto de aquel año, cuando la ciudad se rindió a los españoles. Un bergantín capturó una canoa en la que huía Cuaúhtemoc, el monarca que había sucedido a Cuitláhuac. Fue llevado a presencia de Cortés, quien le retuvo prácticamente preso, si bien rodeado de consideraciones. Hernán Cortés emprendió de inmediato la reconstrucción de Tenochtitlan para convertirla en la capital de la Nueva España, territorio destinado a convertirse en el primer virreinato de las Indias.
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Considerada como paradigmática, el modelo típico que será imitado por conquistadores posteriores, su prestigio radica en la personalidad de su jefe y cronista principal, Hernán Cortés, y sobre todo en la importancia del imperio conquistado. La empresa fue organizada por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, como mera expedición exploradora de las costas del golfo de México, que al mando de Cortés partió el 10 de febrero de 1519, con once navíos y unos 550 soldados. Apenas desembarcado se entera de la existencia de un reino poderoso en el interior y decide conquistarlo. Como no tenía autorización para eso, en julio funda la Villa Rica de la Veracruz, ante cuyo cabildo (formado por los miembros de la hueste, ahora vecinos) renuncia a su jefatura como delegado del gobernador. El cabildo en pleno le nombra Capitán general y justicia mayor. De esta forma Cortés se convirtió en rebelde contra Velázquez, y hacía cómplices a todos sus compañeros. El siguiente paso será dirigirse hacia el interior, destruyendo antes las naves, menos una que envió a España con todo el botín logrado hasta entonces y una carta autoexculpatoria. Con unos 400 hombres, 17 caballos y 7 cañones, y reforzado con miles de guerreros totonacas y tlaxcaltecas, llega el 8 de noviembre de 1519 a Tenochtitlan, la impresionante ciudad construida sobre el lago. El propio Moctezuma sale a recibirlo, convencido de que se trataba de Quetzalcoatl, y se instauran unas relaciones aparentemente armoniosas; Cortés intenta convertir el imperio azteca en un reino vasallo de España, y mantiene a Moctezuma bajo custodia, como una marioneta. Entretanto, logra atraer a su causa la expedición de 1.400 hombres enviada por Velázquez para castigarle. Hacia la primavera de 1520, el pueblo azteca se rebela; Moctezuma muere en circunstancias no muy claras (todo parece indicar que herido por piedras lanzadas por su propio pueblo amotinado) y los españoles se ven obligados a salir de la ciudad en la noche del 30 de junio de 1520, la Noche Triste en que murieron cerca de 800 españoles y 5.000 indios aliados. Refugiado en Tlaxcala, Cortés se reorganiza y prepara un plan de conquista que incluye la construcción de bergantines para sitiar la ciudad por el lago. Corta el suministro de agua a la ciudad y en el verano de 1521 inicia el ataque final. El asedio y conquista de la capital azteca fue realmente espantoso, dura casi tres meses, y Tenochtitlan sucumbe más por el hambre y las enfermedades (epidemia de viruela) que por las armas, rindiéndose el 13 de agosto de 1521. Cuauhtémoc, el último emperador azteca, fue capturado cuando trataba de huir. De inmediato, Cortés inicia la construcción de México, que sería la capital de la Nueva España.
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INTRODUCCIÓN GENERAL El 13 de agosto de 1521, festividad de San Hipólito, Cuauhtemoc, postrero señor de Tenochtitlan, se entregó a un oficial español llamado García Holguín. Aquel acto ponía el punto final a una larga y penosa conquista iniciada dos años antes en los arenosos médanos de Veracruz. La aventura había finalizado, pero sus protagonistas jamás olvidarían una experiencia que marcaría de manera indeleble su futuro. Años después, algunos participantes, acuciados por los más variados motivos, reflejarán por escrito la traumática vivencia, legando a la posteridad inigualables relatos, donde se conjugan con sin par pericia los más variados sentimientos del ser humano. Las obras de estos improvisados escritores, que militaron en bandos distintos, han corrido suertes distintas. Las Cartas de relación cortesianas, escritas al calor de las operaciones militares, son de todos conocidas; e igual puede decirse de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, fruto de la bien cortada pluma del soldado Bernal Díaz. También los esfuerzos de los autores indígenas, de los vencidos, se han visto coronados por el éxito1. Otros escritos, por el contrario, han desaparecido, permanecen ocultos en algún polvoriento archivo o son desconocidos del público en general. El libro que el lector tiene en sus manos recoge cuatro de esas narraciones: las relaciones de Juan Díaz, Andrés de Tapia, Bernardino Vázquez de Tapia y Francisco de Aguilar. Como la vida y obra de estos autores se tratará más adelante, me limitaré aquí a señalar que todos ellos tienen varios rasgos en común. Los autores son soldados cronistas, antitético término, que, según Jorge Gurría Lacroix: Designa a aquellos hombres que, habiendo participado en la conquista realizada por Hernán Cortés, posteriormente relataron los hechos por ellos vistos u oídos, dándonos así su versión sobre tan importante episodio2. Una segunda característica reside en su carencia de intereses etnológicos. Desgraciadamente para los estudiosos del México prehispánico, estos hombres --los únicos europeos que tuvieron el privilegio de contemplar viva la hermosa cultura del Anahuac-- se mostraron un tanto cicateros a la hora de tratar la cultura de los mexicanos, aunque, siguiendo la directriz general de la cronística indiana, incluyeron algunos datos en sus obras sobre las costumbres y creencias de sus adversarios, tan peculiares y distintas de las que ellos conocían. Actitud harto comprensible, pues tomaron la pluma impulsados por intereses distintos del etnográfico. Tan sólo el Itinerario de la armada --un relato en la línea del género de viajes-- hace hincapié en la descripción de las maravillas, humanas y naturales, que los asombrados expedicionarios descubren en el curso de la navegación. Finalmente, unos y otros comparten --con variantes, claro está-- la misma mentalidad; una mentalidad plural y contradictoria, que mezcla a partes iguales lo providencial, lo mágico y lo puramente humano. Sobre todo ello hablaremos en las páginas siguientes. Lo providencial Se ha escrito largo y tendido sobre la mentalidad providencialista de los conquistadores españoles en general y de la hueste cortesiana en particular; mas, como suele acontecer en la historiografía, abunda la grandilocuencia tópica y escasean los análisis concretos que contribuyan a esclarecer el papel jugado por la ideología en la sociedad humana. Ciertamente no seré yo quien niegue el talante providencialista de los soldados cortesianos. El providencialismo era la ideología dominante en la España del Renacimiento, y los castellanos de México, leales súbditos de la Corona, creían ciegamente en él. Educados en unos postulados que tenían más de islámico que de cristiano, los españoles se consideraban meros instrumentos de la Divina Providencia, la cual --sobra señalarlo-- los manejaba a su antojo para llevar a cabo sus inescrutables designios. A veces, incluso los dotaba de cualidades extraordinarias, como ocurrió cuando don Hernán, preso de santa cólera, destrozó las divinidades del Templo Mayor de México: Enojose de las palabras que oía, y tomó con una barra de hierro que estaba allí, y comenzó a dar en los ídolos de pedrería; y yo prometo mi fe de gentilhombre, y juro por Dios que es verdad que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo3. No resulta extraño, pues, que los veteranos, cuando trocaron la espada por la pluma, impregnasen sus escritos de providencialismo. Si hemos de creer a los soldados cronistas, Dios intervino una y otra vez en auxilio de sus criaturas. Pero casi siempre --y ello debe subrayarse-- de forma indirecta. La naturaleza será el gran arma de la Divinidad: los cerros protegerán a los cansados cruzados, y las pestes diezmarán al cobrizo rival: En esta sazón vino una pestilencia de sarampión, y víroles tan recia y tan cruel, que creo murió más de la cuarta parte de la gente de indios que había en toda la tierra, la cual muy mucho nos ayudó para hacer la guerra y fue causa que mucho más presto se acabase, porque, como he dicho, en esta pestilencia murió gran cantidad de hombres y gente de guerra y muchos señores y capitanes y valientes hombres, con los cuales habíamos de pelear y tenerlos por enemigos; y milagrosamente Nuestro Señor los mató y nos los quitó delante4. Por supuesto, el Sumo Hacedor también se manifestó de manera directa, aunque un tanto cicateramente. De hecho, los píos castellanos sólo tuvieron oportunidad de contemplar un milagro5. El evento sucedió en Centla, una localidad poblada por mayas yucatecos: El marqués y toda su gente oyó misa y salió a ellos; y porque la tierra es acequiada y por el camino por donde habíamos de ir había rías hondas, tomó con diez de caballo, de trece que tenía, y fuese sobre la mano izquierda de la ría para ver dónde podría encubrirse con unos árboles y dar en los enemigos y la gente de pie se fue camino derecho pasando acequias. Y como los indios sabían los pasos hacían gran daño en nosotros por ser mucho número de gentes como eran, y nos vimos en mucho peligro, y no sabíamos del marqués, porque no halló por dónde pasar a los enemigos, antes hallaba muchos malos pasos de acequias; y como los enemigos nos tuviesen ya cercados a los peones por todas partes apareció por la retaguardia de ellos un hombre en un caballo rucio picado, y los indios comenzaron a huir y a nos dejar algún tanto por el daño que aquel jinete en ellos hacía; y nosotros, creyendo que fuese el marqués, arremetimos y matamos algunos de los enemigos, y el del caballo no apareció más por entonces. Volviendo los enemigos sobre nosotros, nos tornaban a maltratar como de primero, y tornó a parecer el de caballo más cerca de nosotros, haciendo daño en ellos, por manera que todos lo vimos, y tornamos a arremeter y tornose a desaparecer como de primero, y así lo hizo otra vez, de manera que fueron tres veces las que apareció y le vimos; y siempre creímos que fuese alguno de los de la compañía del marqués. El marqués con sus nueve de caballo volvieron a venir por nuestra retaguardia, y nos hizo saber cómo no había podido pasar, y le dijimos cómo habíamos visto uno de caballo y dijo: "Adelante, compañeros, que Dios es con nosotros"6. Bernardino Vázquez de Tapia aceptó el portento de buen grado7; mas el viejo y gruñón Bernal Díaz lo rechazó con inusitada energía: Lo que yo entonces vi y conocí fue a Francisco de Morla en un caballo castaño, y venía juntamente con Cortés, que me parece que ahora que lo estoy escribiendo se me representa por estos ojos pecadores toda la guerra según y de la manera que allí pasamos. Y ya que yo, como indigno, no fuera merecedor de ver a cualquiera de aquellos gloriosos apóstoles, allí en nuestra compañía había sobre cuatrocientos soldados y Cortés y otros muchos caballeros y platicárase de ello, y se tomara por testimonio, y se hubiera hecho una iglesia cuando se pobló la villa, y se nombrara la villa de Santiago de la Victoria, o de San Pedro de la Victoria, como se nombró Santa María de la Victoria8. Aguilar, que debía de compartir los argumentos teologizantes de Díaz, tampoco admitió el milagro, atribuyendo la victoria a los caballos, cuyas galopadas aterrorizaron a los combatientes mayas9. ¿A qué responde tan dispar reacción? Personalmente, me inclino a pensar que esta dualidad surge de dos interpretaciones opuestas de la ideología providencialista, que en el fondo no es más que una concepción imperialista. En palabras del maestro Edmundo O'Gorman: Se trata en realidad de una visión mesiánica de la historia, fundada en la inquebrantable fe que algunos españoles tenían en el destino providencial de su pueblo como elegido por Dios para implantar la monarquía universal católica hasta la consumación de los tiempos10. La ideología providencialista se formula en unos términos que a priori no admiten una segunda lectura; pero este monolitismo se resquebraja cuando se reinterpreta en función de intereses personales u objetivos concretos. Para el veterano Bernal Díaz, que escribía con el fin de obtener beneficios económicos, admitir el milagro de Centla implicaba un menoscabo de sus méritos, menoscabo que no estaba dispuesto a aceptar en absoluto. Para Andrés de Tapia y Bernardino Vázquez, la intervención del Santo Patrón en Tabasco ponía de manifiesto el deseo divino de que aquel territorio, poblado por caníbales idólatras, fuera incorporado a la monarquía española. La providencia bendecía así la actitud sediciosa que la hueste adoptaría algún tiempo después en los médanos de Veracruz. Y es que, en el caso de México, Dios siempre estuvo con los rebeldes, como demostrara con creces un año antes, cuando el disciplinado Juan de Grijalva, obedeciendo las órdenes de Velázquez, se negó a poblar la tierra de los culhua: En este día, a la tarde, vimos un milagro bien grande, y fue que apareció una estrella encima de la nave después de puesto el sol, y se partió despidiendo rayos de luz a la continua, hasta que se puso sobre aquella villa o pueblo grande, y dejó un rastro en el aire que duró más de tres horas largas; y también vimos otras señales bien claras, por donde entendimos que Dios quería que poblásemos aquella tierra para su servicio11.