La Europa central y del Este fue para Stalin una preocupación esencial a lo largo de toda de la guerra. Desde 1941, había insistido cerca de sus aliados en la necesidad de definir los objetivos bélicos y, a partir de 1943, la URSS abandonó su apariencia hasta entonces de ciudadela asediada para pretender convertirse en una especie de madre de las revoluciones. Lo hizo por un procedimiento que estaba en directa relación con el modo de acceso de los bolcheviques al poder y tenía poco que ver con Marx y mucho con las circunstancias bélicas vividas por Rusia en 1917; también en Mongolia había sido, en 1920, el Ejército soviético quien impuso la revolución. De modo parecido, lo que se produjo en Europa del Este, más que una exportación de la revolución, fue una extensión geográfica de la misma por procedimientos militares, llevándola a cabo desde arriba y por presión exterior. De esta manera se constituyó, desde el momento de la victoria sobre Alemania hasta comienzos de 1948, un círculo o glacis de protección de la URSS dirigido por políticos de su confianza, estrechamente vinculados a la URSS. Lo estaban incluso desde el punto de vista de su biografía previa, pues quienes ocuparon un papel político dirigente habían pasado una buena parte de su vida en Moscú. La política exterior de estos países siguió los dictados de la soviética, y en la interior se reprodujo la fórmula que había aplicado Stalin desde el poder. No se debe pensar, sin embargo, que ese glacis hubiera sido concedido en Yalta tal como luego se convirtió en realidad o que Stalin tuviera una precisa idea de lo que quería conseguir en esta parte del mundo. Por más que las conversaciones entre Churchill y Stalin sobre el reparto de sus respectivos porcentajes de influencia parezcan cínicas, lo cierto es que podían determinarlo pero no se referían al modo de hacerlo. Nunca se refirieron, por ejemplo, al carácter dictatorial de los regímenes. Además, el dirigente conservador británico, al citar porcentajes, lo que quería era hallar un procedimiento para recortar la influencia soviética. Por su parte, es muy posible que Stalin quisiera un sistema de la relaciones estable con sus aliados de otro tiempo e influencia en la retaguardia a través de los partidos comunistas. Pero, para él, el glacis protector era decisivo y el ansia de seguridad absoluta que tenía le llevó a revestirlo de las características que, en efecto, tuvo. La dominación por los comunistas del Este de Europa no se llevó a cabo de una manera súbita. Hubo tres fases sucesivas, que podrían ser descritas en los términos siguientes: una primera coalición amplia de izquierdas, una coalición de idéntica significación, en la que los comunistas tenían el claro predominio y, por último, la toma del poder absoluto por ellos. Los historiadores dudarán durante mucho tiempo acerca de si se produjo la guerra fría por la toma del poder por los comunistas en esta región del mundo o si, por el contrario, hubo toma del poder porque había guerra fría; de lo que no cabe la menor duda es de que las dos realidades estuvieron estrechamente relacionadas. En lo que, en cambio, existe una coincidencia completa es en considerar que en la clara mayoría de estos países nunca se hubiera llegado de forma espontánea a una revolución. En ningún momento los comunistas alcanzaron victorias electorales que les permitieran ejercer el poder de forma abrumadora, de modo que fueron los procedimientos que emplearon los que les permitieron llegar a conseguirlo. Principalmente utilizaron la táctica del caballo de Troya -introducción de infiltrados en los partidos socialistas- y la "del salami", es decir, ir fraccionando al adversario de forma sucesiva hasta reducirlo a la impotencia. Pero todavía más importante fue el puro y simple uso de la fuerza, a partir del control de las fuerzas de seguridad y del Ejército. Sin duda, la prioridad fundamental de Stalin fue establecer un Gobierno adicto en Polonia, el país más reacio al comunismo, pero no está claro si verdaderamente trató desde un principio de hacerlo en todo el conjunto del Este de Europa. Es posible que en el resto de la zona sólo pretendiera sacar una neta ventaja del resultado de la guerra. En este sentido, quizá pueda decirse que "la estalinización fue un proceso más que un plan". Siempre, sin embargo, el predominio de los intereses soviéticos derivó en gran medida de la presencia del Ejército Rojo. Sólo así puede explicarse que los minúsculos partidos comunistas de Rumania y Hungría consiguieran llegar al poder, mientras que eso no fue posible en el caso de Francia e Italia, que poseían grandes partidos comunistas. En cambio, el Ejército soviético no desempeñó papel alguno en el caso de la toma del poder en Bulgaria, Checoslovaquia, Albania y Yugoslavia. Por su parte, Austria fue ocupada parcialmente por los soviéticos durante algún tiempo, pero eso no determinó su futuro. Resulta preciso, por tanto, aludir a otras causas complementarias. Un factor muy importante fue que en este momento parecía esencial proceder a la reconstrucción de los países organizada por los Estados y los poderes públicos. El comunismo, además, daba la sensación de ser "el futuro": se había olvidado el mundo de las purgas y de la colectivización forzosa e incluso se había perdido de vista la Komintern. Los comunistas eran en 1945 la fuerza política mejor organizada de esta zona y la vida social estaba por completo desorganizada, con las viejas clases dominantes destruidas o incapaces de reacción, mientras que apenas existían otras que pudieran convertirse en una alternativa. Los campesinos habían sobrevivido como clase, pero los comunistas trataron de no enfrentarse con ellos proponiendo la reforma agraria. Los intelectuales se dejaron llevar por el "espíritu del tiempo". Los sindicatos apoyaron también a los comunistas quienes los habían gestado. Las Iglesias, en cambio, presentaron resistencia, en especial la católica, y fueron inmediatamente perseguidas. La toma del poder tuvo lugar primero en los países menos desarrollados, en los que los soviéticos tenían un interés fundamental o que realizaron una revolución propia; solamente después, se llevó a cabo en aquellos que se asemejaban más a los occidentales. La narración de la conquista del poder por los comunistas debe, pues, iniciarse por aquellos países que la realizaron por sí mismos, como consecuencia de un proceso revolucionario endógeno. En Albania, la toma del poder por los comunistas se inició en el otoño de 1944, sin encontrar verdadera resistencia, excepto en el Norte del territorio, de mayoría católica. Los aliados en ningún momento habían reconocido a un Gobierno albanés en el exilio ni habían tenido intervención alguna en el pequeño país. Por su parte, Yugoslavia, al ser considerada como uno de los vencedores en la guerra, no conoció la presencia de una fuerza de ocupación o de una comisión aliada de control. En realidad, fue uno de los escasos países de Europa en que los partisanos jugaron un papel decisivo en las operaciones militares contra los alemanes, llevadas a cabo en general con una espectacular brutalidad. Murió en la guerra uno de cada dieciséis yugoslavos, con la particularidad de que se produjo al mismo tiempo una confrontación entre las diferencias etnias, que habría de tener consecuencias muy duraderas con el paso del tiempo. A la altura de 1945, de los 12.000 miembros que tenía el Partido Comunista, unos 9.000 habían muerto. En el inmediato momento posterior a la victoria tomaron venganza: algo más de veinte mil refugiados yugoslavos refugiados en Austria y entregados por los occidentales fueron ejecutados sumariamente por las nuevas autoridades comunistas. El caso de Yugoslavia testimonia que los comunistas, sin necesidad de seguir precisas instrucciones de Moscú, tendieron a ocupar el poder en régimen de monopolio y que una dirección autónoma podía no impedir sino confirmar la voluntad de imitación del modelo estalinista. Josip Brosz, Tito, nacido en Croacia de madre eslovena en 1892, fue un obrero metalúrgico que llevó una vida errante por el antiguo Imperio austrohúngaro hasta que, prisionero de los rusos durante la Primera Guerra Mundial, se convirtió a la fe comunista durante su estancia en prisión. Jefe del partido en 1937, configuró a su alrededor un equipo dirigente plurinacional -Djilas, Kardelj...- que, en lo esencial, ejerció el poder en Yugoslavia hasta su muerte. Desde el final de la guerra, los dirigentes comunistas yugoslavos demostraron una actitud de independencia respecto a Moscú quejándose, por ejemplo, de las violaciones de mujeres cometidas por los militares soviéticos. Stalin no quería que los comunistas yugoslavos se le desmandaran ni tampoco que rompieran con los monárquicos, aunque más adelante estuvieran dispuestos a traicionarlos; tampoco estuvo de acuerdo en que Tito derribara aviones norteamericanos que sobrevolaron territorio yugoslavo. Subasic, el dirigente monárquico, regresó al país en noviembre de 1944 y a continuación lo hizo el propio rey. Alejandro Sin embargo, desde el primer momento, los comunistas yugoslavos demostraron que estaban dispuestos a entrar en el Gobierno, pero de ninguna manera a compartir el poder efectivo. En noviembre de 1945, se celebraron elecciones con lista única y el Frente Popular, dominado por los comunistas, obtuvo más del 90% de los votos. Los ministros monárquicos ya habían abandonado con anterioridad el Gobierno y no hubo posibilidades de publicar prensa libre alguna; además, su intento de boicotear las elecciones fracasó, debido a las presiones de los partisanos, que se beneficiaban de la indudable popularidad de Tito. En enero de 1946, fue establecida la República Federal de Yugoslavia, con una inmediata y radical socialización de la economía. Tomado el poder, los comunistas continuaron persiguiendo a sus adversarios: Mihailovic, el obispo Stepinac o Jovanovic, líder de los agrarios, fueron condenados en juicios públicos y carentes de garantías. En los primeros meses de la posguerra, Tito llevó a cabo una vigorosa política exterior: se negó hasta el último momento a devolver Trieste, ayudó a los guerrilleros comunistas en Grecia y trató de sumar Bulgaria a una especie de federación balcánica. De Polonia, llegó a decir Stalin que convertirla en comunista era más difícil que ensillar a una vaca. Era, en efecto, así, y en cierto modo, el estalinismo se debió adaptar a las circunstancias peculiares del país: Milosz afirmaría, tiempo después, que Polonia se adaptó al estalinismo practicando el arte de la simulación. De hecho, el principal dirigente comunista, Gomulka, tuvo menos dependencia de Moscú que los restantes dirigentes del Este de Europa. En el verano de 1944, los comunistas habían reconstruido un partido considerable en efectivos y a su hegemonía coadyuvó la sublevación de Varsovia, que destruyó la dirección de las otras fuerzas políticas. La Unión Soviética reconoció entonces a un Gobierno establecido en Lublin, al que controlaba y donde no se admitían disidencias. En marzo de 1945, dieciséis miembros de la resistencia no comunista fueron convocados por los soviéticos, que los detuvieron y juzgaron. En el Gobierno que se formó tras la liberación, solamente ocho de los 22 ministros de que estaba formado no habían integrado el de Lublin y su poder era muy escaso. Las medidas adoptadas a partir de 1946 para controlar la economía incrementaron el poder de los comunistas, pero desde otoño de 1945 estaba entablada una auténtica guerra civil, con 35.000 guerrilleros anticomunistas actuando en las zonas pantanosas del centro del país. Algo que servía para justificar la actuación de fuerzas represivas muy potentes. Mientras tanto, se había iniciado una reforma agraria que, a base del reparto de la tierra incluso en parcelas muy pequeñas, hizo posible una parcial atracción hacia el comunismo por parte del campesinado. Su verdadero líder era, sin embargo, Mikolaiczyk, quien agrupó en su partido agrario a unos 600.000 campesinos. En un referéndum celebrado en 1946 comenzaron las presiones en contra de los agrarios, que vieron detenido a un millar de sus afiliados. En las elecciones generales de enero de 1947, los agrarios sólo obtuvieron el 10% del voto y los independientes otro tanto, pero 142 candidatos habían sido detenidos durante la campaña. A continuación, fue aprobada una Constitución semejante a la soviética, que no quedó perfilada de forma definitiva hasta 1951. En el otoño de 1947, el líder agrario tuvo que exiliarse y, en marzo de 1948, el Partido Socialista y el Comunista se fusionaron. Polonia fue la máxima prioridad para la dominación soviética, pero ello hizo que la forma de tratarla también fuera, en cierta manera, circunspecta. El catolicismo fue bien tratado, así como también la pequeña propiedad campesina. Gomulka, que representaba un comunismo nacional, derrotó incluso a una facción del partido que pretendía la pura y simple integración de Polonia en la URSS. En Hungría, a fines de 1944 se formó un Gobierno de coalición. Los comunistas obtuvieron una cuarta parte de la Asamblea parlamentaria gracias a las presiones que ejercieron, pero la reforma agraria que propiciaron fue muy popular. Sin embargo, no quisieron tomar el poder hasta que hubiera sido resuelta la cuestión de Polonia. Durante el período intermedio se demostró que por procedimientos democráticos no podían acceder al poder. En noviembre de 1945, se celebraron unas elecciones en las que triunfó el Partido de los Pequeños Propietarios (57% del voto), obteniendo comunistas y socialistas tan sólo el 42% (17%, los primeros). Pero se había pactado el mantenimiento de la coalición de cuatro partidos y en ella el comunista tuvo en sus manos el Ministerio del Interior, que fue desempeñado por Rajk y cuya policía se convirtió en poco menos que en una fuerza privada comunista. Rakosi, el principal dirigente comunista, fue el inventor de la táctica "del salami", que se aplicó especialmente sobre los pequeños propietarios. En agosto de 1947, unas nuevas elecciones todavía dieron la victoria a los grupos que no estaban dominados por los comunistas, quienes no obtuvieron más del 22% del voto, pero ya en otoño abandonaron cualquier pretensión de gradualismo en el acceso al poder. Desde un principio, se produjo una fuerte ofensiva contra la Iglesia y el cardenal Midszenty fue detenido en las Navidades de 1948. En abril de 1949, se celebraron nuevas elecciones ya sin candidatos de oposición. En Bulgaria, los comunistas habían jugado un papel importante en la política previa a la guerra y los tradicionalmente rusos no suscitaban prevención, a diferencia de lo que sucedía en otros lugares. Desde un principio, el PC actuó con dureza en la purga de la Administración: el país que había tenido el menor número de crímenes de guerra vio sin embargo el mayor número de ejecuciones (50.000) por supuesto o real colaboracionismo. Un juicio, celebrado en 1946 contra la clase dirigente del régimen anterior, concluyó con un centenar de penas capitales. El líder de los agrarios, Dimitrov, fue obligado a exiliarse, pero durante algún tiempo todavía aquéllos y los socialdemócratas fueron capaces de seguir manteniendo la oposición a los comunistas. A fines de 1946, los comunistas ganaron unas elecciones con el 86% del voto; ya en septiembre se había proclamado la República. En los siguientes comicios todavía los agrarios y los opositores obtuvieron un centenar de escaños pero, a continuación, el líder de los primeros, Petkov, fue juzgado y ejecutado. En toda Europa del Este, los dirigentes agrarios constituyeron la mayor dificultad que los comunistas tuvieron para tomar el poder, pero en Bulgaria la propiedad ya estaba repartida y no se pudo, por consiguiente, emplear la promesa de la reforma agraria para atraer al campesinado. Ya en 1948, la detención del dirigente de los socialdemócratas significó la desaparición de cualquier vestigio de pluralismo democrático. En Rumania, los comunistas tenían apenas un millar de afiliados y, por tanto, sólo les correspondió una cartera ministerial en el primer Gobierno de coalición formado tras el fin de la guerra. Pero inmediatamente los soviéticos intervinieron de una forma brutal y cínica imponiendo cambios políticos partiendo siempre de la acusación de que los colaboracionistas no eran suficientemente perseguidos. En marzo de 1945, ya habían conseguido formar un Gobierno dominado por ellos y presidido por Groza. Mientras tanto, la aplicación del programa de reparaciones exigidas por la URSS y aceptadas por Rumania suponía que la mayor parte de las industrias pasara a manos soviéticas. A cambio, Rumania consiguió incorporar la gran región de Transilvania, de mayoría húngara. En diciembre de 1947, el rey acabó abdicando, cuando no hacía tanto tiempo había sido el único capaz de librarse del dirigente fascista Antonescu. Antes habían sido disueltos los partidos de oposición, mientras que los socialdemócratas eran integrados en el partido comunista a base de presiones. En la parte oriental de Alemania, los soviéticos controlaban de forma directa el PC y establecieron once departamentos para su administración, de los que cinco estaban dirigidos por comunistas. En un primer momento, el Partido Comunista optó por una política muy moderada: no hacía mención de Marx ni de Lenin, ni tampoco de la dictadura del proletariado. Como en otros lugares, los comunistas consiguieron especial implantación gracias a la reforma agraria y a las presiones ejercidas por la administración. El partido socialdemócrata, SPD, estaba dispuesto a la colaboración con los comunistas e incluso se establecieron comités espontáneos para canalizarla, pero con el paso del tiempo los socialdemócratas de la zona occidental acabaron negándose a ello, mientras que en la oriental su integración en el PC se hizo bajo presión. En las elecciones celebradas todavía con relativa normalidad, en ninguna región de la Alemania oriental ganó este partido unificado; en el mismo Berlín, el SPD pudo competir con los comunistas y obtuvo más del doble de votos que ellos. Pero, ya en 1948, el partido unificado se había declarado marxista-leninista y, en las elecciones de mayo de 1949, se presentó ya una única lista electoral. El caso de Checoslovaquia fue el de una nación de unas características muy especiales. Tenía un pasado más democrático que cualquier otra de la Europa Central y del Este, había presentado una seria resistencia a la invasión alemana, tenía un componente étnico plural, no contaba con tropas soviéticas en su territorio y su principal estadista, Benes, había firmado un tratado de amistad con la URSS, que estaba fundamentado en la indudable rusofilia de una gran parte de la opinión pública. A diferencia de lo sucedido en otros países, la situación, cuando se inició la senda hacia la dictadura comunista, estaba caracterizada por la estabilidad y la calma y el acuerdo para formar un frente político amplio tenía a su favor sólidos antecedentes. Ya en 1943, Benes, entonces jefe del Gobierno checoslovaco en el exilio y Gottwald, secretario general del Partido Comunista, habían coincidido en las líneas generales de la política a desarrollar cuando llegara el momento de la paz. Los comunistas no formaban parte del Gobierno exiliado, pero sí de un Consejo Nacional paralelo. En abril de 1945, Benes estaba ya de regreso y de nuevo se mostró por completo dispuesto a la colaboración con los comunistas. De acuerdo con el Pacto de Kosice, se formaría un Gobierno de coalición con los cuatro partidos de Bohemia-Moravia (populista, socialista-nacional, socialdemócrata y comunista) y los dos eslovacos (democrático y comunista, formado este último también con los elementos socialistas). El programa del nuevo Gobierno partía de la expulsión de los alemanes de los Sudetes y de una parte de la población húngara de Eslovaquia, la cesión de Rutenia a la URSS y una política de pacto con ella, la reforma agraria, el control de la economía por el Estado y la concesión de la autonomía a Eslovaquia. En el Gobierno que se formó, de sus veintiséis ministros sólo ocho eran comunistas, aunque algunos de los socialistas, como veremos, podían ser homologados a ellos. En las elecciones celebradas en mayo de 1946, los comunistas lograron el 38% de los votos, aunque debe reconocerse que muchos de ellos procedían inicialmente de supuestos o reales colaboracionistas. Fue el primer partido votado a considerable distancia del siguiente (los otros cuatro partidos consiguieron cada uno de ellos un quince por ciento). En el Parlamento, sin embargo, tenían sólo 114 escaños de un total de 300, por lo que necesitaban 38 de los socialdemócratas para obtener la mayoría. Pero, para completar la descripción del panorama político real, hay que tener en cuenta que los comunistas controlaban los puestos clave de los Ministerios del Interior, Propaganda, Hacienda y Ejército, a través de una persona interpuesta, el general Svoboda y, además, los sindicatos unificados en una sola organización y las grandes organizaciones de la juventud, agrícolas y culturales. Además, el clima reinante en el momento resultaba, de forma espontánea, muy propicio a sus propósitos de monopolio del poder político. Si Gottwald, el dirigente comunista, pedía un régimen democrático "de nuevo tipo" que realizara una "revolución democrática y nacional", el socialdemócrata Fierlinger, un político pragmático, antiguo admirador de Roosevelt pero luego muy decepcionado por la actitud de las potencias democráticas en Munich, hablaba de "una democracia real y no formal". En realidad, actuó como una especie de caballo de Troya de los comunistas. En suma, se puede decir que la correlación de fuerzas era tal en Checoslovaquia que sólo el mantenimiento del statu quo internacional explica que no se produjera el golpe con anterioridad. Hasta el verano de 1947, la situación era relativamente tranquila. En julio de ese año, la negativa soviética a aceptar la participación en el Plan Marshall cambió las cosas. Los "socialistas nacionales" empezaron a denunciar entonces a los comunistas como un peligro para la democracia, por sus actitudes de presión sobre el resto de los partidos políticos. Por su parte, un sector de la socialdemocracia, dirigido por Fierlinger, estuvo de acuerdo en llegar a un pacto de unidad de acción con los comunistas. Aunque Fierlinger perdió el dominio de su partido, no cabe la menor duda de que éste actuó, como mínimo, con ambigüedad. Por la misma época, en Finlandia una alianza entre agrarios y socialdemócratas cerraba el paso a la toma del poder por los comunistas. A comienzos de 1948, había ya indicios suficientes de que la situación política empezaba a cambiar en Checoslovaquia. Las encuestas otorgaban a los comunistas tan sólo el apoyo del 25% del electorado. Una ley sobre imposición fiscal extraordinaria, propuesta por ellos, fue rechazada en el Parlamento. Quizá este hecho también contribuyó de manera destacada a la evolución de los acontecimientos. La presión de los comunistas comenzó en Eslovaquia: en abril de 1947 había sido ejecutado monseñor Tiso, por su colaboración con los ocupantes alemanes, pero, además, todos los no comunistas fueron acusados de colaboracionistas. Una presión que se llevó a cabo, como en tantas otras ocasiones, también por medio de manifestaciones de masas. En febrero de 1948, los restantes partidos se movilizaron contra el dominio de la policía por parte de los comunistas, pero también estos lo hicieron temiendo ser expulsados del poder, como ya a esas alturas había sucedido en Francia e Italia. El día 13, con ocasión del nombramiento de ocho comisarios de policía que pertenecían al Partido Comunista, los ministros pertenecientes a los partidos democrático, socialista nacional y populista dimitieron, tratando de atraer a su favor a los socialdemócratas. Sin embargo, la reacción del enfermo presidente Benes, del ministro de Asuntos Exteriores, Masaryk, y de los socialdemócratas resultó muy poco entusiasta. Inmediatamente, los comunistas formaron milicias populares que presionaron en la calle denunciando la supuesta existencia de una conspiración reaccionaria, mientras que afirmaban que la URSS, con la que Checoslovaquia había establecido una relación tan estrecha, tan sólo les apoyaba a ellos. Hubo también llamamientos a crear comités revolucionarios y ocupaciones de periódicos. Benes, presionado por los comunistas, temió una guerra civil y no reaccionó, mientras que el ministro de Defensa, Svoboda, se alineaba con ellos. Los socialdemócratas, tras dudarlo, acabaron por definirse en favor de los comunistas, que mientras tanto habían denunciado a los socialistas nacionales como reaccionarios. Benes creía en una especie de convergencia entre comunismo y democracia, pero su estado de salud le incapacitaba para enfrentarse a las circunstancias. Ello contribuye a explicar que finalmente, el 25 de febrero, cediera ante los comunistas. En el Gobierno formado al día siguiente, de un total de veinticuatro ministros, la mitad eran ya comunistas, a los que había que sumar tres socialdemócratas que colaboraban con ellos y el resto de disidentes de los partidos menores. Su programa incluía una amplia depuración de todos los partidos políticos y una alianza más estrecha con la URSS. Masaryk se suicidó al poco tiempo y las elecciones celebradas al siguiente mayo, en las que tan sólo era posible votar a la lista del Frente Nacional o hacerlo en blanco, permitieron a los comunistas controlar por completo el poder; con todo, hubo un millón y medio de votos en blanco y abstenciones. Poco después, Benes dimitió y, tres meses más tarde, moría. Como puede deducirse por la narración de lo sucedido, los hechos de Checoslovaquia fueron una extraña mezcla de revolución y golpe de Estado. Ya en octubre de 1947, los comunistas eslovacos habían estado a punto de desplazar a sus adversarios, pero la intervención de Gottwald lo había impedido por el momento. Lo sucedido más adelante en esta parte del país fue un golpe de Estado, como había sucedido en Polonia o Hungría. En Bohemia y Moravia, por su parte, los elementos demócratas erraron por completo en sus planteamientos: salieron del Gobierno pero no organizaron movilizaciones populares que hubieran podido influir sobre Benes; titubearon demasiado y acabaron pidiendo volver al ejecutivo y se equivocaron de medio a medio en lo que respecta a la posición de los socialdemócratas. En este sentido, puede decirse que el poder no fue conquistado por los comunistas sino que les fue entregado. Pero inmediatamente a continuación, la legalidad democrática fue reducida a la nada. Los diputados que se opusieron al nuevo Gobierno fueron expulsados del Parlamento. Los comunistas de los países occidentales presentaron lo sucedido como una prueba de que en Checoslovaquia, como en la España de 1936, había sido posible resistir a los reaccionarios. Muy pocos partidos socialistas -el italiano, por ejemplo- suscribieron esa opinión. En realidad, lo sucedido demostraba que los partidos comunistas eran incapaces de conquistar el poder por procedimientos democráticos. En Occidente, el decisivo recuerdo de lo acontecido durante la crisis de 1948 en Checoslovaquia iba a jugar a partir de entonces un papel de primera importancia. Lo sucedido en Finlandia resultó el anverso de los sucesos de Checoslovaquia y fue la demostración de que la presión de los soviéticos podía ser resistida. Al final de la guerra, este país no sólo fue obligado a hacer cesiones territoriales a la URSS, sino también al pago de unas indemnizaciones equivalentes al 15% de su presupuesto y a la entrega de bases militares en Porkkala. Además, tuvo que renunciar a los beneficios del Plan Marshall y se vio obligado a aplicar una legislación represora sobre quienes habían estado en el poder en el momento del ataque a la URSS, aunque se aplicaron penas relativamente leves (el presidente Ryti estuvo dos años en la cárcel). En el verano de 1946, el ministro del Interior era un comunista pero, sometido a un voto de censura por los partidos demócratas, se vio obligado a dimitir y los depósitos de armas incontrolados existentes pasaron a manos de la policía. Cuando, en marzo-abril de 1948, al presidente Paasikivi se le sugirió que volara a Moscú para tratar con los soviéticos, se negó a hacerlo por temor a ser presionado y puso a las Fuerzas Armadas en situación de alerta. Finlandia se comprometió a defenderse en el caso de que se atacara a la URSS a través de su territorio, se convirtió en neutral y nunca contradijo la política exterior soviética. Pero conservó la democracia: tras las elecciones de agosto de 1948, en que los comunistas perdieron una cuarta parte de sus escaños, pudo sobrevivir con un Gobierno socialdemócrata en minoría. El recuerdo de la resistencia a los rusos, la solidaridad de los demás países nórdicos y el hecho de que no se hubiera producido una ocupación soviética la habían salvado. Esta realidad hace pensar que en Checoslovaquia la evolución hubiera podido ser la misma, en el caso de que la actitud de las fuerzas políticas hubiera sido semejante.
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Este fracaso y el experimentado paralelamente en las Cortes catalanas contribuyeron a alejar al Magnánimo de la Península y a consolidar su interés por el Mediterráneo. De hecho, el monarca ya había vivido en Italia, de 1420 a 1423. Durante estos años, con las armas y el dinero, había conseguido la pacificación de Cerdeña (1420) y había luchado con poca fortuna en Córcega (toma de Calvi, 1420, pero asedio fracasado de Bonifacio, 1420-21), para hacerse con el control de la isla, donde se enfrentaban dos facciones, una proaragonesa y otra progenovesa. El 1421 levantó el asedio de Bonifacio y abandonó a sus partidarios corsos, que pronto se hundirían ante la presión genovesa, para dirigirse a Sicilia y finalmente a Nápoles. Alfonso acudía a la llamada de una facción de la corte napolitana, la encabezada por el condottiero Gianni Caracciolo, que quería convertirlo en heredero de la reina Juana II (1414-35) de Nápoles, en oposición a Luis III de Anjou, conde de Provenza (1417-34), candidato de otra facción, la encabezada por el condottiero Francesco Sforza, que contaba con el apoyo de Génova. El ascenso de esta facción amenazó incluso el trono de la reina Juana que, persuadida por Gianni Caracciolo, llamó al Magnánimo, le designó heredero y le encomendó la lugartenencia del reino (1421). Las primeras acciones militares fueron favorables al rey de Aragón, que venció a los genoveses y al condottiero Sforza, pero poco después sus valedores (el condottiero Caracciolo), quizá temerosos de su poder, le abandonaron y levantaron al pueblo en su contra. El Magnánimo, que se sentía inseguro y abandonado por la reina Juana, y que sabía que se le requería en los reinos peninsulares de la Corona, abandonó Nápoles, no sin antes tomar represalias, y, en el viaje de retorno, saqueó Marsella (1423), ciudad de su rival. El regreso definitivo al escenario italiano se produciría en 1432, de nuevo atraído por Nápoles donde sus partidarios se rehacían y conseguían, al parecer, inclinar a la reina Juana en su favor (1433). Contra las pretensiones de Alfonso se levantó entonces una coalición formada por Venecia, Florencia, Milán, Génova y el Pontificado, bajo la dirección de Filippo Maria Visconti, duque de Milán y señor de Génova. Juana II de Nápoles falleció en estas circunstancias (1435), dejando el trono al angevino Renato I, conde de Provenza. La reacción de Alfonso fue el recurso a las armas pero, con tan mala fortuna, que sufrió una severa derrota en la batalla naval de Ponza (1435), donde cayó prisionero de los genoveses junto con sus hermanos Juan y Enrique y un centenar de barones de sus reinos. No obstante, no fue una derrota definitiva, porque, con el dinero de las Cortes de la Corona y su habilidad, Alfonso consiguió negociar su pronta libertad y un tratado de reparto de Italia con su carcelero, Filippo Maria Visconti (1435). Los años siguientes, entre 1436 y 1442, se dedicaría a la conquista del reino de Nápoles en lucha con Renato I de Provenza. En la contienda combinaría eficazmente las armas con la diplomacia y el dinero para captarse la voluntad de los barones napolitanos, hasta conseguir definitivamente el trono de Nápoles en 1442. Convertido en un príncipe italiano, Alfonso aspiró poco después a la sucesión de Filippo Maria Visconti (muerto en 1447), duque de Milán, y participó en las alianzas y luchas consiguientes por la hegemonía, que facilitaron la penetración de las grandes potencias en Italia. En un bando lucharon Milán, bajo la dirección de Francesco Sforza, y Florencia, detrás de los cuales estaba Francia, y en el otro Nápoles, Venecia y un conjunto de pequeños principados, con la colaboración problemática del emperador alemán. La guerra (1450-54) no modificó el mapa político y terminó con la paz de Lodi (1454), firmada por Venecia y Milán, a la que después se adhirieron Florencia y Nápoles. El objetivo de los firmantes, que empezaban a temer la hegemonía francesa, fue mantener el equilibrio interior de la península italiana, aunque ello no impidió al Magnánimo continuar su particular guerra naval con Génova (1455).
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El imperio inca o Tawantinsuyu estaba sumido en una grave crisis interna en forma de guerra civil, que facilitará mucho la conquista española. Será llevada a cabo por Francisco Pizarro y su socio Diego de Almagro -a los que se une como socio capitalista el clérigo Hernando Luque-, que tras dos intentos fracasados en 1524 y 1526 (llenos de episodios anecdóticos, como el de los trece de la fama en la isla del Gallo), deciden emprender la conquista, para lo cual Pizarro viaja a España y obtiene la correspondiente capitulación (1529). Sin embargo, todo lo que consiguen reunir fueron unos 180 hombres y 37 caballos, con los que salen de Panamá en enero de 1531. Tras un penoso viaje, a comienzos de 1532 desembarcan en Túmbez y se internan por el país, reciben varios mensajes de Atahualpa, que primero les ordena que salgan de sus tierras y luego los cita en Cajamarca. El 15 de noviembre el pequeño grupo de 175 españoles llega a la ciudad andina y comprueba horrorizado que había un ejército indígena de unos 40.000 hombres. Al día siguiente, 16 de noviembre, se produce el encuentro oficial, en una escena memorable e inaudita, seguida de una breve y feroz batalla y la captura del Inca. En este caso, a diferencia del mexicano, no hubo ayuda de aliados, ni mitos de regreso de dioses: la derrota incaica se debió al desprecio a un enemigo pequeño. Ocurrió luego el episodio del rescate de Atahualpa, ofreciendo el Inca una habitación llena de oro y dos de plata a cambio de su libertad, que desde luego no obtuvo. El tesoro, valorado en 1.326.539 pesos de oro y 51.610 marcos de plata, no impidió que, tras un juicio sumarísimo, Atahualpa fuera condenado a muerte y ejecutado el 26 de Julio de 1533. Pizarro designa un nuevo inca y se dirige entonces al Cuzco, ocupando la capital incaica en noviembre de 1533, pero no quiso situar allí la capital de la Nueva Castilla. Esa función corresponderá a la Ciudad de Los Reyes, Lima, fundada en la costa en enero de 1835.
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Una vez ocupada y desmembrada Checoslovaquia, Mussolini se había visto impulsado a emular la política expansiva de su aliado alemán y decidió la ocupación de un territorio exterior cuya conquista no supusiese problema señalado alguno. El Reich, por su parte, no mostraba ningún interés en el ámbito mediterráneo, por lo que Italia contaba con una absoluta libertad de acción sobre el mismo. Además, la elección de Albania suponía de hecho la vertiente política de una situación material ya existente, dado que el pequeño país se encontraba situado en un plano de absoluta dependencia con respecto a Italia. Solamente faltaba, pues, la materialización de una conquista, que fue decidida para los primeros días de abril de 1939. Así, siguiendo la costumbre que ya Europa comenzaba a conocer como inicio de operaciones de similar carácter, el Gobierno italiano envió el día 6 de ese mes un inaceptable ultimátum al rey Zogú en el que exigía la plena disponibilidad del territorio albanés por parte italiana. Al día siguiente, Viernes Santo, un cuerpo expedicionario desembarcaba en varios puntos de la costa de aquel país y lo ocupaba en escaso tiempo sin apenas encontrar resistencia. El día 16, Mussolini proclamaba a Víctor Manuel III rey de Albania. Con ello, la Corona italiana añadía un nuevo título a los que ya poseía y que debía, como en el caso de Abisinia, a la agresiva política lanzada por el fascismo sobre países prácticamente indefensos.
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A finales del siglo XVI el régimen político se había anquilosado con una clase mandarina, culta y refinada, pero alejada de los intereses del conjunto de la sociedad, y una Corte dividida por conspiraciones de altos funcionarios, eunucos, emperatrices y concubinas. El norte del país nunca había sido completamente asimilado y la frontera estaba a merced de las continuas incursiones de los mogoles a pesar de la ampliación de la Gran Muralla: diversos pueblos fronterizos reafirmaban su existencia y deseaban expansionarse a costa del Imperio mogol, o independizarse si estaban incluidos en él. El peligro de desmembramiento se acentuaba conforme disminuía el poder del emperador frente a las conspiraciones palaciegas. A ello se sumaba el deterioro de la vida agrícola, incrementado por las catástrofes naturales de las últimas décadas: sequías, inundaciones, heladas. La situación precaria del campesinado causaba rebeliones episódicas endémicas, que se multiplicaban conforme lo hacía la escasez, el hambre y el descontento con el dominio de los terratenientes, que habían acabado apoderándose de sus tierras. Mientras, en el Noroeste se fortalecía el poder de los manchúes, tribus tártaras de la región del Amur que habían sufrido la dominación de los mogoles y de la dinastía Ming, sin asimilar apenas su cultura. Tampoco estaba Manchuria integrada en la administración del imperio, sino dominada por una serie de destacamentos militares. Sin embargo, se estaban produciendo modificaciones en su sistema de vida, que se asemejaba cada vez más al chino. De tribus nómadas, habían pasado a convertirse en sedentarias y a adoptar formas de organización chinas. Dos hechos hicieron de los manchúes un peligroso enemigo para el decadente Imperio Ming: por un lado, su riqueza, proveniente del acaparamiento del comercio de perlas, pieles preciosas y productos mineros en el Noroeste y del cultivo del ginseng, muy apreciado por sus cualidades medicinales; por otro, su sólida organización feudal y guerrera. El caudillo Nurhaci (1559-1626) consiguió la unificación de las diversas tribus y dotarlas de una organización militar y administrativa: el sistema de las banderas -qi- que se inaugura en 1601. Éstas, que se distinguían por sus diferentes colores, eran simultáneamente unidades administrativas y militares, bajo la forma de propiedades entregadas a los generales manchúes, compuestas por divisiones y éstas a su vez por compañías. Cada bandera debía de proporcionar la caballería y las tropas necesarias para las campañas militares y era responsable de todos los procesos civiles y administrativos que surgiesen en su territorio. Las familias de los soldados, como éstos en tiempos de paz, se dedicaban a actividades remuneradas normales, de forma que cada bandera se sostenía a sí misma. Conforme los manchúes se van expandiendo, a las banderas interiores, manchúes, suceden las exteriores, a las que se iban adaptando los nuevos territorios conquistados. En 1644 ya existían 24 banderas: ocho manchúes, ocho chinas y ocho mogolas. Nurhaci aceleró el proceso de sinización rodeándose de consejeros chinos, que fueron adaptando al sistema de las banderas el más desarrollado modelo organizativo chino. Los rápidos triunfos de Nurhaci en la incorporación de territorios propiciaron que se proclamase Khan en 1616 y fundase la dinastía Jin. En los años siguientes continuó su expansión por el Imperio Ming y trasladó su capital a la ciudad de Mukden (Shenyang), conquistada en 1621. Su hijo Abahai (1626-1643) prosiguió su política expansionista, con la clara idea de que sus ambiciones sólo iban a terminar en el trono imperial. Para ello comenzó sometiendo tribus mogolas del Oeste, inició una campaña de anexión de Corea (1626-27) y forzó la Gran Muralla, aunque fue detenido en el camino hacia Pekín en 1629. En 1636 cambió el nombre de la dinastía Jin por Daqing (Grandes Qing o Gran Luz), de forma abreviada Qing. A pesar de los éxitos de última hora del ejército Ming, se multiplicaron las sublevaciones, agravadas por el hambre, fácilmente aprovechadas por aventureros. Uno de ellos, Li Zicheng, antiguo pastor de ovejas, se convirtió en uno de los principales cabecillas de los campesinos insurrectos y bajo la consigna "tierra igual para todos, impuestos cero" dominó toda la China del norte y en 1644 ocupó Pekín, donde el último emperador Ming, Chongzen, se suicidó. Li Zicheng se autodenominó emperador y fundador de la dinastía Shun, que fue liquidada a los pocos meses por los manchúes. La envergadura que estaba adquiriendo el levantamiento campesino hizo temer a la aristocracia china por la pérdida de sus privilegios. Así, el general Wu Sangui, al mando del ejército que hasta estos momentos trataba de detener el avance de los manchúes, en un intento desesperado de salvar la dinastía Ming, estableció con ellos una alianza para derrotar conjuntamente a las tropas rebeldes. En 1644 los manchúes tomaron Pekín, se apoderaron del poder y nombraron emperador al hijo de Abahai, Fulin, con el nombre chino de Shunzi (1644-1661), cuya regencia hasta su mayoría de edad ocuparía su tío Dorgon, una de las personalidades más destacadas de este período y gracias al cual la dinastía Qing llegaría a extender su dominio sobre toda China y declararse sucesora legítima de los Ming. El control de todo el territorio tardaría en llegar, sin embargo, una decena de años. Los invasores no eran más que el 2 por 100 de la población china y los rebeldes mantuvieron una encarnizada resistencia, mientras que los partidarios de los Ming, refugiados en el Sur, contaban con la ayuda de los piratas de Taiwan. Si los manchúes consiguieron al final una victoria definitiva fue gracias a la pasividad de la mayor parte de la población, que no se sentía atada por lealtad alguna hacia los Ming, a quienes no debía más que miseria, y que confiaba en que bajo una nueva dinastía no podía más que mejorar.
obra
El 19 de abril de 1422 se consagró espectacularmente la iglesia del Carmine de Florencia, participando en los actos algunos artistas como Brunelleschi, Donatello, Masolino o Masaccio. Éste último será el encargado de realizar un fresco en el claustro del convento donde se conmemore la Consagración. Debía representar numerosas figuras "disminuyendo... según la vista del ojo, y no todas de igual medida". El fresco desapareció en el siglo XVI, conservándose sólo algunas copias de dibujos posteriores, como ésta de un maestro anónimo de fines del Cinquecento. Destaca la perfección de las figuras dispuestas en planos, que recuerdan los frisos romanos lo que hace pensar a algún especialista en un indocumentado viaje a Roma por aquellas fechas. El artista se ha identificado con el personaje que ocupa la tercera fila y dirige su mirada hacia el espectador. La retratística de Masaccio se inició con este trabajo, conservándose escasas muestras como el Retrato de joven.
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La apretada secuencia de encargos públicos que recibió Caravaggio a partir de entonces, subraya la resonancia alcanzada por su arte, hasta consagrarlo como pintor de historia. Así, mientras trabaja en la capilla Contarelli, el cardenal Cerasi le encarga pintar -la Asunción para el altar es de Annibale Carracci- la Crucifixión de San Pedro y la Conversión de San Pablo (1600-01) para su capilla, en Santa María del Popolo. De nuevo, naturaleza e instantaneidad asaltan, con extraña violencia, al espectador, y también un cierto tufo a herejía, al menos desviación. De los dos cuadros, la Crucifixión de San Pedro representa el atroz momento en que la cruz, en que el Santo está clavado cabeza abajo, es izada por los esbirros; entonces, todo el peso del cuerpo del Santo se desplaza por el plano inclinado del madero, provocando que los grandes clavos que atraviesan sus pies, lo maltraten hasta el punto de que, retorcido de dolor, se reincorpora y aprieta su mano. Es decir, Caravaggio enfatiza el dolor humano que sintió San Pedro en el momento del martirio, como si eso fuera más grande que la historia, o sea, que el evento sagrado que se está cumpliendo. Otro tanto sucede en la Conversión de San Pablo con la anti-heroica figura del caballo ocupando la casi totalidad de la superficie del cuadro. En ambos, la luz hace fulgurar a las personas y las cosas, convirtiéndose en la protagonista de la pintura de Caravaggio. La figuración no está sólo inmersa en la luz, ni ésta es un mero atributo de la realidad, como la forma o el color. La luz, por el contrario, es el medio, la sustancia a través de la cual la realidad se hace tal.Aunque las fuentes hablan de unas primeras versiones no aceptadas para esta capilla, a partir de entonces ejecuta, sin solución de continuidad, el Santo Entierro (1602-04) para la capilla Vittrice, en Santa Maria in Vallicella (Roma, Pinacoteca Vaticana); la Madonna dei pellegrini (1604-05) para Sant'Agostino; la Madonna dei palafrenieri (1605-06) para el altar de los caballerizos papales, en la Basílica Vaticana, y, en fin, la Muerte de la Virgen (1605-06) para Santa Maria della Scala, en el Trastévere romano. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce: las dos últimas obras fueron rechazadas de plano por los comitentes, y el cuadro de la Virgen dei pellegrini fue acogido por el pueblo con un gran cacareo. Sólo el Santo Entierro recibió el favor de todos. Las perturbadoras novedades de su lenguaje y los paradójicos componentes culturales y existenciales que recorren sus pinturas, le abocaron a estos resultados de disfavor generalizado entre el pueblo romano. Y es que el soporte del arte de Caravaggio hay que buscarlo en los comitentes privados, cultos y elitistas, que contribuyeron a su primera afirmación, y que continuaron apoyándole. Pero, aunque fuera por contraste, su fama se consolidó gracias a las comisiones públicas. Es significativo que la Madonna dei palafrenieri fuera retirada y dada al cardenal Scipione Borghese (1620) y que la Muerte de la Virgen la comprara, por consejo directo de Rubens, el duque de Mantua.Seguramente que lo que facilitó la aceptación del Santo Entierro, fue la apariencia más clásica del grupo, casi escultórico y el acento más heroico de sus personajes (clara cita de la Pietà miguelangelesca del Vaticano es el brazo caído de Cristo). Estos elementos, sin duda, hicieron olvidar la directa trampa óptica en la que se ve envuelto el observador, agredido por la losa de la tumba que sobresale del cuadro, dejando por debajo un vacío muy inquietante. De su enorme y continuada fortuna crítica es prueba la cantidad de copias e imitaciones hechas: Rubens o Van Baburen, Géricault o Cézanne.De nuevo, frente al elevado tono del Santo Entierro, se alza el carácter doméstico dado a la Madonna dei pellegrini, con María asomada a la puerta de su casa para exponer al Niño a la devoción emotiva de los peregrinos, "uno con los pies fangosos y la otra con un gorro caído y sucio" (Baglione). O en la Muerte de la Virgen, el desconsolado dolor de hombres y mujeres que parecen velar a una familiar recién muerta, en medio del increíble efecto compositivo y pictórico que Caravaggio logra respecto a la escenografía áulica y opulenta de otras pinturas seiscentistas del mismo tema. Precisamente, las críticas contra este cuadro se dirigían a la inconveniencia con que había sido tratado el tema. Con todo, la contra a Caravaggio tenía motivaciones más hondas, relacionadas con el debate artístico coetáneo y con los planteamientos que el arte tenía para la Iglesia. Con respecto al primer motivo, Caravaggio tenía en contra a todo el ambiente académico romano, aún dominado por Federico Zuccari, además del peso específico que significaba el clasicismo de Annibale Carracci, más asimilable por el ánimo académico.
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Durante el período justinianeo se había desarrollado una importante imaginería cristiana que desaparecería con las luchas de iconódulos e iconoclastas. A partir de entonces, tendrá que ser en Occidente donde se creen las bases de las imágenes de culto. Conocemos experiencias carolingias, pero serán los otonianos los que darán el impulso definitivo a los principales prototipos, Virgen-madre y Cristo crucificado.La crisis de los iconoclastas orientales condicionó el culto de las imágenes en la Europa carolingia. De estas figuras los fieles no podían esperar ningún tipo de favor espiritual o material, pues, como decían los teólogos de Carlomagno, no eran el santo mismo que representaban. Esto se solucionó promocionando el culto a las reliquias, nadie podía poner en duda que en estos restos de los santos eran ellos realmente. Las cajas-relicario fueron adquiriendo cada vez formas más elaboradas y, sobre todo, intentando recrear una iconografía acorde con su contenido. En la obra sobre los "Milagros de Saint-Denis" se habla de un relicario con forma de mano, fabricado por un orfebre en tiempos del abad Fardulfo (783-806), para conservar en él un dedo de la mano del santo. La producción de este tipo de objetos, cabezas, pies y manos, se continuaba realizando por los artistas del Imperio germánico.La pequeña estatuilla ecuestre de un emperador carolingio podía ser una buena ilustración de esa estatuaria de bulto redondo a la que aluden los textos -crucificados, imágenes de nobles, etc.-. Los Hubert han demostrado que el origen de estas figuras, en la mayoría de las ocasiones estatuas-relicario, está relacionado con la aristocracia, tanto laica como eclesiástica, pero que pronto transcendería de este enclave elitista a un ámbito popular, en el que manifestarán su fervor, ahora sí absolutamente idolátrico, las multitudes. Estas imágenes con reliquias recibieron el nombre de majestades. La más famosa de ellas, la de Santa Fe de Conques, creada en la novena centuria, adquiriría su forma fetichista un siglo después.Un texto muy conocido de Bernardo de Angers, el "Libro de los milagros de Santa Fe", nos informa de la gran difusión que las majestades habían alcanzado por todos los lugares. En este fragmento se alude a un viaje realizado por Bernardo a Conques y Auvernia en 1013: "Viejo uso y de una antigua costumbre -se refiere a las majestades-, extendidos por toda la región de Auvernia, Rouergue y Toulouse y comarcas vecinas. Cualquiera hace erigir a su santo patrón una estatua de oro, plata u otro metal, encerrando en su interior la cabeza del santo u otra parte de su cuerpo".Ciertas referencias expresadas por Bernardo sobre estas costumbres han hecho suponer a algunos especialistas que éstas eran unas prácticas realizadas por gentes bárbaras del Sur, donde la incultura y el fanatismo habían propiciado el desarrollo de hábitos idolátricos. Si esto pudo ser alguna vez cierto, la realidad es que, en las proximidades del milenio, se trata ya de un fenómeno generalizado por todas las tierras del Imperio. Cada vez adquiría un desarrollo mayor la figura, mientras que el espacio destinado a relicario iba disminuyendo.Precisamente en relación con estas formas de lujoso fetiche debemos estudiar la primera de las imágenes de culto otonianas, la Virgen dorada de Essen. Realizada en torno al 1000, era un auténtico relicario figurado, que los fieles transportaban en solemnes procesiones, llenos de fervor devocional. Es una obra de setenta y cuatro centímetros de altura, con un alma de madera enchapada con placas de plata dorada. La Virgen, que ofrece una manzana al Niño, dispuesto de forma lateral sobre sus rodillas, representa, con esta actitud, la imagen de una nueva Eva, esta vez la representación de la mujer que redimió a su especie. Existen en esta figura algunas formas que la dotan de un cierto dinamismo emocional; sin embargo, esto se pierde totalmente al contemplar los ojos saltones e inexpresivos que le confieren un aire de ídolo totémico.El obispo Imad donó otra virgen dorada a su catedral de Paderborn, en 1058. Perdido el oro del revestimiento, tan sólo conservamos su alma leñosa, de una altura de 112 centímetros. Es una obra hierática, muy simétrica, dotada de una gran solemnidad, acentuada por su inexpresividad. Responde esta forma ya a una plástica románica, lo mismo que otra imagen de este tipo, muy deteriorada, conservada en Hildesheim.La serie de crucifijos otonianos constituye la mejor aportación conservada a la configuración de la iconografía románica. El más antiguo, y uno de los más bellos, es el Crucificado del arzobispo Cero, actualmente en la catedral de Colonia. Es una escultura exenta, de tamaño natural, representando a un Cristo de gran expresividad emocional. Las formas anatómicas son amplias y acentuadas con un suave modelado, algo más acusado en la definición de los músculos y nervios de las rodillas y brazos. Todo en esta imagen, incluso el paño de pureza meramente ornamental para no distraer la expresividad de la anatomía, tiene como finalidad subrayar una iconografía dramático-pasional característica, no ya del Dios de la Iglesia triunfante, sino del Cristo-hombre tan acorde con los principios cristológicos que se empezaban a gestar en aquella época entre los teólogos. Creada esta obra antes de 976, ejercerá una gran influencia en multitud de crucifijos realizados desde fines de esta centuria y durante la totalidad de la siguiente, entre los que cabe destacar los dos relacionados con Bernward en Hildesheim, realizados en madera y plata respectivamente.Era tal el valor expresivo de estas imágenes que, una vez más, los padres de la iglesia se vieron obligados a llamar la atención de sus fieles, advirtiéndoles que aquellos conmovedores crucificados no eran el mismo Jesucristo. Así el sínodo de Arras, en 1025 recomendaba:"Es Cristo quien se adora en el crucifijo y no el tronco de madera. Las imágenes visibles del Salvador y de los santos no deben ser adorados en tanto que objetos fabricados por la mano del hombre, sino que han sido hechas para suscitar una emoción interior, la contemplación de la manifestación de la gracia divina".Pero en esta recomendación sinodal hay una novedad con respecto a la teoría clásica de la iglesia referida a las imágenes, "han sido hechos paró suscitar una emoción interior". Basta contemplar cualquiera de los rostros de estos crucificados otonianos para ver cuál ha sido el reto de los artistas que lo han hecho posible: trasmitir a la materia formas expresivas de estados emocionales que inciten a quienes los contemplan a la piedad.
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El poder omeya era, sin ninguna duda, el más sólido de los poderes independientes que se constituyeron en el Occidente musulmán en la misma época, siendo los otros los rustumíes de Tahart, los midraríes de Siyilmasa y los idrisíes de Fez. A la muerte del emir Abd al-Rahman I, el 30 de septiembre del 788 (25 de rabi II del año 172), los omeyas estaban lo suficientemente seguros en Córdoba para que no hubiera dudas sobre la sucesión dinástica del poder, según la tradición de los omeyas de Oriente. El prestigio del linaje omeya facilitó con toda probabilidad las cosas. En el Magreb, el mismo año 788, la sucesión del primer emir Rustumí provocó en Tahert la grave crisis nukkarí. El que sucedió a Abd al-Rahman, aparentemente por voluntad de éste, fue Hisham, el segundo de los tres hijos del primer soberano de la dinastía consolidada en Córdoba. La falta de reglas de primogenitura en el derecho público musulmán era motivo de posibles conflictos y la sucesión en favor de Hisham suscitó el descontento de los otros dos hermanos, que provocarían disturbios de efectos muy duraderos. Sin embargo, en los primeros momentos, el mayor Sulayman y el menor Abd Allah, después de haber intentado sin éxito organizar sublevaciones en la Península, terminaron exiliándose en el Magreb. Los siete años del reinado del emir Hisham fueron relativamente tranquilos. Algunos movimientos de agitación yemení se produjeron en la parte oriental (Sharq al-Andalus) y en la Marca Superior, pero no tuvieron gran alcance y fueron reprimidos con el envío de algunas tropas y gracias al apoyo de los Banu Qasi -una potente familia muladí del valle del Ebro- que empezaron por estos años a tener un papel importante en esta región nororiental. Por otra parte, una sublevación beréber fue reprimida con fuerza en la región de Ronda. Con pocas alteraciones en el interior, el emir Hisham pudo organizar varias expediciones de guerra santa contra el reino asturiano, que atacó a la vez por el este (Alava) y por el sur (Astorga). En el 793, un importante ejército se dirigió a la zona oriental para atacar Gerona, y llegó hasta Narbona. No recuperó el control de ninguna de estas ciudades, pero logró una sangrienta victoria sobre las fuerzas francas del duque Guillermo de Toulouse e ingresó en Córdoba un botín considerable. Hisham I murió prematuramente, dejando el poder a su hijo, al-Hakam I (796-822). Sus tíos, Sulayman y Abd Allah, que no habían renunciado a sus ambiciones, se apresuraron a volver del Magreb con el fin de suscitar disturbios en al-Andalus. El más activo fue Abd Allah quien, desde la región valenciana donde había desembarcado, intentó atraer a su causa a los jefes árabes del valle del Ebro e incluso vino a pedir ayuda a la corte de Carlomagno en el año 797, contra su sobrino. Su hermano Sulayman, siempre desde la costa oriental donde se había instalado a su vez en el año 798, intentó atacar Córdoba pero fue vencido y asesinado en el 800 o el 801. Fue precisamente en este momento (798) cuando se produjo un importante ataque de una flota de "mauri et sarraceni" contra las Baleares. Este primer acto de "piratería sarracena" estaba probablemente vinculado con la presencia en la costa oriental de los medios navales y militares agrupados por los tíos de al-Hakam. En el 802 o 803, Abd Allah terminó estableciendo contactos con su sobrino, al-Hakam, que le autorizó a residir en Valencia donde, a cambio de una pensión anual, se mantuvo tranquilo hasta el final del reinado del tercer emir omeya de Córdoba, ejerciendo siempre una especie de gobierno de una región que durante toda esta época parecía no haber dependido de la capital más que de forma muy laxa. Se dio desde entonces a Abd Allah el apodo de al-Balansi.
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A partir de los años centrales del siglo la arquitectura fue adquiriendo una expresión definitivamente barroca, superando poco a poco el recuerdo clasicista. La valoración de la plasticidad y de los contrastes luminosos en los exteriores, así como la intensificación de la decoración, sobre todo en los interiores, son las cualidades más sobresalientes de esta última etapa de la centuria, en la que sin embargo no se produjeron novedades estructurales.En general las iglesias mantienen el esquema longitudinal, pero el sistema ornamental se enriquece extraordinariamente. Modillones pareados en el friso y en el anillo del tambor, placas geométricas, molduras quebradas, cartelas, festones, motivos vegetales, etc., dinamizan las superficies y prestan un renovado aspecto a las construcciones, buscando plasmar el carácter sensible y expresivo propio de la plenitud barroca. La concepción de los retablos se adelanta al diseño arquitectónico y gracias a su influencia se incorpora la utilización de la columna salomónica a las tareas constructivas, en particular en los últimos años del siglo, abriendo el camino de la libertad y la fantasía que imperarán en la arquitectura del XVIII.La evolución del estilo y la consolidación del nuevo lenguaje están especialmente vinculadas a Madrid, donde a pesar de la crisis económica se mantuvo una actividad constructiva importante, aunque dedicada casi por completo a edificaciones de carácter eclesiástico. El resto de la Península se fue incorporando en mayor o menor medida a este proceso, recibiendo el influjo del ejemplo madrileño o, como en el caso gallego, desarrollando una valiosa y personal arquitectura.Para Kubler el primer ejemplo de la plenitud barroca es la capilla de San Isidro de la madrileña iglesia de San Andrés, trazada por Pedro de la Torre en 1642 aunque iniciada en 1657 bajo la dirección de José de Villarreal (h. 1610-1662). Cuando éste comenzó la construcción sólo estaban abiertos los cimientos, por lo que la planta debe corresponder al proyecto de Pedro de la Torre, pero se desconoce en qué medida Villarreal pudo alterar la idea original en el alzado. La capilla, destinada a albergar los restos de San Isidro tras su canonización en 1622, fue concebida perpendicularmente a la cabecera de San Andrés, cuyo presbiterio se convertía en antesala del desarrollo espacial de la nueva construcción, integrada por dos tramos cuadrados: el primero, contiguo a la capilla mayor del templo, cubierto por bóveda de cañón rebajada, y el segundo, y principal, coronado por amplia cúpula sobre tambor con ventanas, que proporcionaban a este último tramo una intensa iluminación en contraste con la penumbra del resto del recinto.La estructura exterior ha llegado sin alteraciones sustanciales hasta nuestros días. Presenta una concepción monumental, de volúmenes geométricos claramente definidos, cuyo sobrio diseño contrastaba con la rica decoración interior, por desgracia destruida durante la guerra civil, y ahora reconstruida, la cual fue ideada por Juan de Lobera (1620/25/1681), a quien también se deben las portadas de la capilla. Este arquitecto, que dirigió las obras a partir de 1663 tras la muerte de Villarreal, había trazado ya en 1659 un gran retablo para el altar mayor de San Andrés y el baldaquino que cobijaba los restos del santo, situado bajo la cúpula. Este era sin duda el principal protagonista del interior de la capilla, pues centraba el espacio y a la vez se convertía en un foco de atracción dominante, gracias al carácter dinámico de sus columnas salomónicas, de influencia berniniana, y a la intensa iluminación que recibía desde la cubierta. Lobera también proyectó la variada y opulenta decoración -roleos, modillones, festones, cartelas, yeserías-, que, recubriendo todo el interior del conjunto, le proporcionaba la apariencia sorprendente y exuberante característica del Barroco.Este lenguaje, que Lobera dominaba como tracista de retablos -suyo es el del trascoro de la catedral de Sigüenza (Guadalajara, 1666)-, tuvo precisamente su origen en este tipo de obras. El empleo de la columna salomónica, el interés por el dinamismo, la composición en distintos planos, la variedad y riqueza del adorno, la policromía y las formas naturalistas aparecieron por vez primera en el diseño de los retablos, pasando posteriormente a la formulación arquitectónica.Pedro de la Torre (1595/96-1677) desempeñó un importante papel en este proceso evolutivo, merced a su actividad como tracista de retablos, entre los que destacan los de la capilla mayor de la iglesia de Pinto, comenzados en 1637, el de Nuestra Señora de la Fuencisla de Segovia de 1645, y los de la iglesia del monasterio de benedictinas de San Plácido, realizados a partir de 1658. Mención especial merece el retablo mayor de la desaparecida iglesia del Buen Suceso, que se levantaba en la madrileña Puerta del Sol. Concluido en 1637, el arquitecto utilizó en él la columna salomónica, por primera vez en la capital, construyendo también el primer camarín del que se tienen noticias. El camarín es una tipología característica del barroco español, consistente en una pequeña cámara dispuesta tras el retablo, a la altura de la imagen principal, para facilitar el acceso de los fieles y favorecer así la devoción popular, especialmente impulsada por las ideas contrarreformistas.A pesar del protagonismo indiscutible de Pedro de la Torre en esta etapa, su aportación depende en gran medida de la influencia que en la época ejerció Alonso Cano (1601-1667), personaje decisivo en este proceso de cambio estilístico. Nacido en Granada y formado en Sevilla como escultor y pintor, residió en la corte desde 1638 a 1652, y entre 1657 y 1660. Su actividad arquitectónica, salvo el caso de la catedral de Granada se reduce a la realización de trazas para retablos y obras efímeras, y diseños ornamentales, labor sin embargo fundamental, puesto que con ella inició el camino seguido por los arquitectos madrileños en la segunda mitad del siglo.El carácter determinante de su aportación aparece ya reflejado en el párrafo que le dedica Palomino, referido a su diseño para el arco de triunfo que fue levantado en la Puerta de Guadalajara, con motivo de la entrada en la capital de la reina doña Mariana de Austria en 1649. Este dice que "era obra de tan nuevo gusto en sus miembros y proporciones de la arquitectura que admiró a todos los artífices, porque se apartó de la manera que hasta aquellos tiempos habían seguido los antiguos".Su talento como decorador no sólo influyó en Pedro de la Torre sino también en su amigo y colaborador Sebastián Herrera Barnuevo (1619-1671), autor asimismo de numerosos dibujos ornamentales, en los que da muestra de un evidente barroquismo. Sus trabajos arquitectónicos se iniciaron fundamentalmente a partir de 1662, fecha en la que fue nombrado maestro mayor de las obras reales. En ese mismo año proyectó la desaparecida capilla mayor de Nuestra Señora de Atocha, y en 1668 la iglesia del convento benedictino de Santa María de Montserrat, la única de sus obras que hoy se conserva. Cuando murió sólo se había efectuado la cimentación, por lo que se desconoce hasta qué punto se respetó su idea para el alzado, llevado a cabo por Gaspar de la Peña a partir de 1674. El interior, con tres naves, pilastras cajeadas con capiteles corintios, y modillones pareados en el entablamento, está sustancialmente alterado ya que carece de crucero y presbiterio, perdidos en algún momento por causas desconocidas. La iglesia fue concluida en el XVIII, con la intervención de Pedro de Ribera.Entre los arquitectos activos en Madrid en las últimas décadas del siglo que utilizan un lenguaje similar destacan: Tomás Román (1623-1682), a quien le fue encomendada la reconstrucción de la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor tras el incendio de 1672; Marcos López (h. 1620/25-1688), autor del proyecto de la Enfermería de la Venerable Orden Tercera, construida a partir de 1679; Melchor de Bueras (muerto en 1692), arquitecto vinculado a la Compañía de Jesús, para la que realizó el patio del Colegio Imperial (h. 1676), siendo también suya la Puerta de Mariana de Noeburgo del Buen Retiro, levantada en 1690 (hoy frente al Casón), y Bartolomé Hurtado (1628-1698), quien construyó la iglesia del convento del Santísimo Sacramento de monjas bernardas (1671-1692), fundado por el Duque de Lerma, en cuya fachada, derivada del modelo de Mora, se aprecia el interés ornamental característico del momento.En este breve panorama cabe destacar la personalidad de los hermanos Olmo: Manuel (1631-1706) y José (1638-1702). A ellos se debe uno de los ejemplos más sobresalientes del barroco madrileño de finales del XVII: la iglesia de las Comendadoras de Santiago, de cuya ejecución se encargaron a partir de 1667. La planta, de cruz griega inscrita en un cuadrado, evoca modelos del XVI, aunque se la ha relacionado con el templo romano de los Santos Lucas y Martina (1635-1650), obra de Pietro de Cortona. El alzado, ricamente decorado, presenta dobles pilastras cajeadas con capitel corintio, y modillones pareados en el entablamento y en los anillos del tambor y de la gran cúpula, que actúa como elemento unificador del espacio.Un tratamiento ornamental semejante, aunque la planta es de cruz latina, presenta la iglesia del convento de la Inmaculada Concepción de mercedarias descalzas, las Góngoras, de cuya construcción se encargó Manuel del Olmo a partir de 1668. Su hermano José, más brillante y capacitado como arquitecto, disfrutó de una carrera triunfal. Llegó a ser aposentador de palacio en 1698, ocupando anteriormente los cargos de Maestro Mayor de las obras reales y de la villa. A él se deben las trazas del retablo y camarín de la Sagrada Forma del testero de la sacristía del monasterio de El Escorial (1684), y las del patio del Ayuntamiento madrileño, para el que también diseñó las actuales portadas, adornándolas con quebradas molduras en bocel y remate curvilíneo con escudos. Estas fueron ejecutadas por Teodoro Ardemans (1660-1726), arquitecto que inició su labor en los últimos años de este siglo, pero cuya aportación pertenece ya a la siguiente centuria. Lo mismo sucede con José Benito de Churriguera (1665-1725), personalidad decisiva para la etapa arquitectónica posterior. Su primera gran obra, el retablo mayor de la iglesia de San Esteban de Salamanca comenzado en 1693, muestra ya el estilo plenamente dinámico y efectista que imperará en gran parte de la arquitectura española del XVIII.