Este fracaso y el experimentado paralelamente en las Cortes catalanas contribuyeron a alejar al Magnánimo de la Península y a consolidar su interés por el Mediterráneo. De hecho, el monarca ya había vivido en Italia, de 1420 a 1423. Durante estos años, con las armas y el dinero, había conseguido la pacificación de Cerdeña (1420) y había luchado con poca fortuna en Córcega (toma de Calvi, 1420, pero asedio fracasado de Bonifacio, 1420-21), para hacerse con el control de la isla, donde se enfrentaban dos facciones, una proaragonesa y otra progenovesa. El 1421 levantó el asedio de Bonifacio y abandonó a sus partidarios corsos, que pronto se hundirían ante la presión genovesa, para dirigirse a Sicilia y finalmente a Nápoles. Alfonso acudía a la llamada de una facción de la corte napolitana, la encabezada por el condottiero Gianni Caracciolo, que quería convertirlo en heredero de la reina Juana II (1414-35) de Nápoles, en oposición a Luis III de Anjou, conde de Provenza (1417-34), candidato de otra facción, la encabezada por el condottiero Francesco Sforza, que contaba con el apoyo de Génova. El ascenso de esta facción amenazó incluso el trono de la reina Juana que, persuadida por Gianni Caracciolo, llamó al Magnánimo, le designó heredero y le encomendó la lugartenencia del reino (1421). Las primeras acciones militares fueron favorables al rey de Aragón, que venció a los genoveses y al condottiero Sforza, pero poco después sus valedores (el condottiero Caracciolo), quizá temerosos de su poder, le abandonaron y levantaron al pueblo en su contra. El Magnánimo, que se sentía inseguro y abandonado por la reina Juana, y que sabía que se le requería en los reinos peninsulares de la Corona, abandonó Nápoles, no sin antes tomar represalias, y, en el viaje de retorno, saqueó Marsella (1423), ciudad de su rival. El regreso definitivo al escenario italiano se produciría en 1432, de nuevo atraído por Nápoles donde sus partidarios se rehacían y conseguían, al parecer, inclinar a la reina Juana en su favor (1433). Contra las pretensiones de Alfonso se levantó entonces una coalición formada por Venecia, Florencia, Milán, Génova y el Pontificado, bajo la dirección de Filippo Maria Visconti, duque de Milán y señor de Génova. Juana II de Nápoles falleció en estas circunstancias (1435), dejando el trono al angevino Renato I, conde de Provenza. La reacción de Alfonso fue el recurso a las armas pero, con tan mala fortuna, que sufrió una severa derrota en la batalla naval de Ponza (1435), donde cayó prisionero de los genoveses junto con sus hermanos Juan y Enrique y un centenar de barones de sus reinos. No obstante, no fue una derrota definitiva, porque, con el dinero de las Cortes de la Corona y su habilidad, Alfonso consiguió negociar su pronta libertad y un tratado de reparto de Italia con su carcelero, Filippo Maria Visconti (1435). Los años siguientes, entre 1436 y 1442, se dedicaría a la conquista del reino de Nápoles en lucha con Renato I de Provenza. En la contienda combinaría eficazmente las armas con la diplomacia y el dinero para captarse la voluntad de los barones napolitanos, hasta conseguir definitivamente el trono de Nápoles en 1442. Convertido en un príncipe italiano, Alfonso aspiró poco después a la sucesión de Filippo Maria Visconti (muerto en 1447), duque de Milán, y participó en las alianzas y luchas consiguientes por la hegemonía, que facilitaron la penetración de las grandes potencias en Italia. En un bando lucharon Milán, bajo la dirección de Francesco Sforza, y Florencia, detrás de los cuales estaba Francia, y en el otro Nápoles, Venecia y un conjunto de pequeños principados, con la colaboración problemática del emperador alemán. La guerra (1450-54) no modificó el mapa político y terminó con la paz de Lodi (1454), firmada por Venecia y Milán, a la que después se adhirieron Florencia y Nápoles. El objetivo de los firmantes, que empezaban a temer la hegemonía francesa, fue mantener el equilibrio interior de la península italiana, aunque ello no impidió al Magnánimo continuar su particular guerra naval con Génova (1455).
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El imperio inca o Tawantinsuyu estaba sumido en una grave crisis interna en forma de guerra civil, que facilitará mucho la conquista española. Será llevada a cabo por Francisco Pizarro y su socio Diego de Almagro -a los que se une como socio capitalista el clérigo Hernando Luque-, que tras dos intentos fracasados en 1524 y 1526 (llenos de episodios anecdóticos, como el de los trece de la fama en la isla del Gallo), deciden emprender la conquista, para lo cual Pizarro viaja a España y obtiene la correspondiente capitulación (1529). Sin embargo, todo lo que consiguen reunir fueron unos 180 hombres y 37 caballos, con los que salen de Panamá en enero de 1531. Tras un penoso viaje, a comienzos de 1532 desembarcan en Túmbez y se internan por el país, reciben varios mensajes de Atahualpa, que primero les ordena que salgan de sus tierras y luego los cita en Cajamarca. El 15 de noviembre el pequeño grupo de 175 españoles llega a la ciudad andina y comprueba horrorizado que había un ejército indígena de unos 40.000 hombres. Al día siguiente, 16 de noviembre, se produce el encuentro oficial, en una escena memorable e inaudita, seguida de una breve y feroz batalla y la captura del Inca. En este caso, a diferencia del mexicano, no hubo ayuda de aliados, ni mitos de regreso de dioses: la derrota incaica se debió al desprecio a un enemigo pequeño. Ocurrió luego el episodio del rescate de Atahualpa, ofreciendo el Inca una habitación llena de oro y dos de plata a cambio de su libertad, que desde luego no obtuvo. El tesoro, valorado en 1.326.539 pesos de oro y 51.610 marcos de plata, no impidió que, tras un juicio sumarísimo, Atahualpa fuera condenado a muerte y ejecutado el 26 de Julio de 1533. Pizarro designa un nuevo inca y se dirige entonces al Cuzco, ocupando la capital incaica en noviembre de 1533, pero no quiso situar allí la capital de la Nueva Castilla. Esa función corresponderá a la Ciudad de Los Reyes, Lima, fundada en la costa en enero de 1835.
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Una vez ocupada y desmembrada Checoslovaquia, Mussolini se había visto impulsado a emular la política expansiva de su aliado alemán y decidió la ocupación de un territorio exterior cuya conquista no supusiese problema señalado alguno. El Reich, por su parte, no mostraba ningún interés en el ámbito mediterráneo, por lo que Italia contaba con una absoluta libertad de acción sobre el mismo. Además, la elección de Albania suponía de hecho la vertiente política de una situación material ya existente, dado que el pequeño país se encontraba situado en un plano de absoluta dependencia con respecto a Italia. Solamente faltaba, pues, la materialización de una conquista, que fue decidida para los primeros días de abril de 1939. Así, siguiendo la costumbre que ya Europa comenzaba a conocer como inicio de operaciones de similar carácter, el Gobierno italiano envió el día 6 de ese mes un inaceptable ultimátum al rey Zogú en el que exigía la plena disponibilidad del territorio albanés por parte italiana. Al día siguiente, Viernes Santo, un cuerpo expedicionario desembarcaba en varios puntos de la costa de aquel país y lo ocupaba en escaso tiempo sin apenas encontrar resistencia. El día 16, Mussolini proclamaba a Víctor Manuel III rey de Albania. Con ello, la Corona italiana añadía un nuevo título a los que ya poseía y que debía, como en el caso de Abisinia, a la agresiva política lanzada por el fascismo sobre países prácticamente indefensos.
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A finales del siglo XVI el régimen político se había anquilosado con una clase mandarina, culta y refinada, pero alejada de los intereses del conjunto de la sociedad, y una Corte dividida por conspiraciones de altos funcionarios, eunucos, emperatrices y concubinas. El norte del país nunca había sido completamente asimilado y la frontera estaba a merced de las continuas incursiones de los mogoles a pesar de la ampliación de la Gran Muralla: diversos pueblos fronterizos reafirmaban su existencia y deseaban expansionarse a costa del Imperio mogol, o independizarse si estaban incluidos en él. El peligro de desmembramiento se acentuaba conforme disminuía el poder del emperador frente a las conspiraciones palaciegas. A ello se sumaba el deterioro de la vida agrícola, incrementado por las catástrofes naturales de las últimas décadas: sequías, inundaciones, heladas. La situación precaria del campesinado causaba rebeliones episódicas endémicas, que se multiplicaban conforme lo hacía la escasez, el hambre y el descontento con el dominio de los terratenientes, que habían acabado apoderándose de sus tierras. Mientras, en el Noroeste se fortalecía el poder de los manchúes, tribus tártaras de la región del Amur que habían sufrido la dominación de los mogoles y de la dinastía Ming, sin asimilar apenas su cultura. Tampoco estaba Manchuria integrada en la administración del imperio, sino dominada por una serie de destacamentos militares. Sin embargo, se estaban produciendo modificaciones en su sistema de vida, que se asemejaba cada vez más al chino. De tribus nómadas, habían pasado a convertirse en sedentarias y a adoptar formas de organización chinas. Dos hechos hicieron de los manchúes un peligroso enemigo para el decadente Imperio Ming: por un lado, su riqueza, proveniente del acaparamiento del comercio de perlas, pieles preciosas y productos mineros en el Noroeste y del cultivo del ginseng, muy apreciado por sus cualidades medicinales; por otro, su sólida organización feudal y guerrera. El caudillo Nurhaci (1559-1626) consiguió la unificación de las diversas tribus y dotarlas de una organización militar y administrativa: el sistema de las banderas -qi- que se inaugura en 1601. Éstas, que se distinguían por sus diferentes colores, eran simultáneamente unidades administrativas y militares, bajo la forma de propiedades entregadas a los generales manchúes, compuestas por divisiones y éstas a su vez por compañías. Cada bandera debía de proporcionar la caballería y las tropas necesarias para las campañas militares y era responsable de todos los procesos civiles y administrativos que surgiesen en su territorio. Las familias de los soldados, como éstos en tiempos de paz, se dedicaban a actividades remuneradas normales, de forma que cada bandera se sostenía a sí misma. Conforme los manchúes se van expandiendo, a las banderas interiores, manchúes, suceden las exteriores, a las que se iban adaptando los nuevos territorios conquistados. En 1644 ya existían 24 banderas: ocho manchúes, ocho chinas y ocho mogolas. Nurhaci aceleró el proceso de sinización rodeándose de consejeros chinos, que fueron adaptando al sistema de las banderas el más desarrollado modelo organizativo chino. Los rápidos triunfos de Nurhaci en la incorporación de territorios propiciaron que se proclamase Khan en 1616 y fundase la dinastía Jin. En los años siguientes continuó su expansión por el Imperio Ming y trasladó su capital a la ciudad de Mukden (Shenyang), conquistada en 1621. Su hijo Abahai (1626-1643) prosiguió su política expansionista, con la clara idea de que sus ambiciones sólo iban a terminar en el trono imperial. Para ello comenzó sometiendo tribus mogolas del Oeste, inició una campaña de anexión de Corea (1626-27) y forzó la Gran Muralla, aunque fue detenido en el camino hacia Pekín en 1629. En 1636 cambió el nombre de la dinastía Jin por Daqing (Grandes Qing o Gran Luz), de forma abreviada Qing. A pesar de los éxitos de última hora del ejército Ming, se multiplicaron las sublevaciones, agravadas por el hambre, fácilmente aprovechadas por aventureros. Uno de ellos, Li Zicheng, antiguo pastor de ovejas, se convirtió en uno de los principales cabecillas de los campesinos insurrectos y bajo la consigna "tierra igual para todos, impuestos cero" dominó toda la China del norte y en 1644 ocupó Pekín, donde el último emperador Ming, Chongzen, se suicidó. Li Zicheng se autodenominó emperador y fundador de la dinastía Shun, que fue liquidada a los pocos meses por los manchúes. La envergadura que estaba adquiriendo el levantamiento campesino hizo temer a la aristocracia china por la pérdida de sus privilegios. Así, el general Wu Sangui, al mando del ejército que hasta estos momentos trataba de detener el avance de los manchúes, en un intento desesperado de salvar la dinastía Ming, estableció con ellos una alianza para derrotar conjuntamente a las tropas rebeldes. En 1644 los manchúes tomaron Pekín, se apoderaron del poder y nombraron emperador al hijo de Abahai, Fulin, con el nombre chino de Shunzi (1644-1661), cuya regencia hasta su mayoría de edad ocuparía su tío Dorgon, una de las personalidades más destacadas de este período y gracias al cual la dinastía Qing llegaría a extender su dominio sobre toda China y declararse sucesora legítima de los Ming. El control de todo el territorio tardaría en llegar, sin embargo, una decena de años. Los invasores no eran más que el 2 por 100 de la población china y los rebeldes mantuvieron una encarnizada resistencia, mientras que los partidarios de los Ming, refugiados en el Sur, contaban con la ayuda de los piratas de Taiwan. Si los manchúes consiguieron al final una victoria definitiva fue gracias a la pasividad de la mayor parte de la población, que no se sentía atada por lealtad alguna hacia los Ming, a quienes no debía más que miseria, y que confiaba en que bajo una nueva dinastía no podía más que mejorar.
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El 19 de abril de 1422 se consagró espectacularmente la iglesia del Carmine de Florencia, participando en los actos algunos artistas como Brunelleschi, Donatello, Masolino o Masaccio. Éste último será el encargado de realizar un fresco en el claustro del convento donde se conmemore la Consagración. Debía representar numerosas figuras "disminuyendo... según la vista del ojo, y no todas de igual medida". El fresco desapareció en el siglo XVI, conservándose sólo algunas copias de dibujos posteriores, como ésta de un maestro anónimo de fines del Cinquecento. Destaca la perfección de las figuras dispuestas en planos, que recuerdan los frisos romanos lo que hace pensar a algún especialista en un indocumentado viaje a Roma por aquellas fechas. El artista se ha identificado con el personaje que ocupa la tercera fila y dirige su mirada hacia el espectador. La retratística de Masaccio se inició con este trabajo, conservándose escasas muestras como el Retrato de joven.
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La apretada secuencia de encargos públicos que recibió Caravaggio a partir de entonces, subraya la resonancia alcanzada por su arte, hasta consagrarlo como pintor de historia. Así, mientras trabaja en la capilla Contarelli, el cardenal Cerasi le encarga pintar -la Asunción para el altar es de Annibale Carracci- la Crucifixión de San Pedro y la Conversión de San Pablo (1600-01) para su capilla, en Santa María del Popolo. De nuevo, naturaleza e instantaneidad asaltan, con extraña violencia, al espectador, y también un cierto tufo a herejía, al menos desviación. De los dos cuadros, la Crucifixión de San Pedro representa el atroz momento en que la cruz, en que el Santo está clavado cabeza abajo, es izada por los esbirros; entonces, todo el peso del cuerpo del Santo se desplaza por el plano inclinado del madero, provocando que los grandes clavos que atraviesan sus pies, lo maltraten hasta el punto de que, retorcido de dolor, se reincorpora y aprieta su mano. Es decir, Caravaggio enfatiza el dolor humano que sintió San Pedro en el momento del martirio, como si eso fuera más grande que la historia, o sea, que el evento sagrado que se está cumpliendo. Otro tanto sucede en la Conversión de San Pablo con la anti-heroica figura del caballo ocupando la casi totalidad de la superficie del cuadro. En ambos, la luz hace fulgurar a las personas y las cosas, convirtiéndose en la protagonista de la pintura de Caravaggio. La figuración no está sólo inmersa en la luz, ni ésta es un mero atributo de la realidad, como la forma o el color. La luz, por el contrario, es el medio, la sustancia a través de la cual la realidad se hace tal.Aunque las fuentes hablan de unas primeras versiones no aceptadas para esta capilla, a partir de entonces ejecuta, sin solución de continuidad, el Santo Entierro (1602-04) para la capilla Vittrice, en Santa Maria in Vallicella (Roma, Pinacoteca Vaticana); la Madonna dei pellegrini (1604-05) para Sant'Agostino; la Madonna dei palafrenieri (1605-06) para el altar de los caballerizos papales, en la Basílica Vaticana, y, en fin, la Muerte de la Virgen (1605-06) para Santa Maria della Scala, en el Trastévere romano. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce: las dos últimas obras fueron rechazadas de plano por los comitentes, y el cuadro de la Virgen dei pellegrini fue acogido por el pueblo con un gran cacareo. Sólo el Santo Entierro recibió el favor de todos. Las perturbadoras novedades de su lenguaje y los paradójicos componentes culturales y existenciales que recorren sus pinturas, le abocaron a estos resultados de disfavor generalizado entre el pueblo romano. Y es que el soporte del arte de Caravaggio hay que buscarlo en los comitentes privados, cultos y elitistas, que contribuyeron a su primera afirmación, y que continuaron apoyándole. Pero, aunque fuera por contraste, su fama se consolidó gracias a las comisiones públicas. Es significativo que la Madonna dei palafrenieri fuera retirada y dada al cardenal Scipione Borghese (1620) y que la Muerte de la Virgen la comprara, por consejo directo de Rubens, el duque de Mantua.Seguramente que lo que facilitó la aceptación del Santo Entierro, fue la apariencia más clásica del grupo, casi escultórico y el acento más heroico de sus personajes (clara cita de la Pietà miguelangelesca del Vaticano es el brazo caído de Cristo). Estos elementos, sin duda, hicieron olvidar la directa trampa óptica en la que se ve envuelto el observador, agredido por la losa de la tumba que sobresale del cuadro, dejando por debajo un vacío muy inquietante. De su enorme y continuada fortuna crítica es prueba la cantidad de copias e imitaciones hechas: Rubens o Van Baburen, Géricault o Cézanne.De nuevo, frente al elevado tono del Santo Entierro, se alza el carácter doméstico dado a la Madonna dei pellegrini, con María asomada a la puerta de su casa para exponer al Niño a la devoción emotiva de los peregrinos, "uno con los pies fangosos y la otra con un gorro caído y sucio" (Baglione). O en la Muerte de la Virgen, el desconsolado dolor de hombres y mujeres que parecen velar a una familiar recién muerta, en medio del increíble efecto compositivo y pictórico que Caravaggio logra respecto a la escenografía áulica y opulenta de otras pinturas seiscentistas del mismo tema. Precisamente, las críticas contra este cuadro se dirigían a la inconveniencia con que había sido tratado el tema. Con todo, la contra a Caravaggio tenía motivaciones más hondas, relacionadas con el debate artístico coetáneo y con los planteamientos que el arte tenía para la Iglesia. Con respecto al primer motivo, Caravaggio tenía en contra a todo el ambiente académico romano, aún dominado por Federico Zuccari, además del peso específico que significaba el clasicismo de Annibale Carracci, más asimilable por el ánimo académico.
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Durante el período justinianeo se había desarrollado una importante imaginería cristiana que desaparecería con las luchas de iconódulos e iconoclastas. A partir de entonces, tendrá que ser en Occidente donde se creen las bases de las imágenes de culto. Conocemos experiencias carolingias, pero serán los otonianos los que darán el impulso definitivo a los principales prototipos, Virgen-madre y Cristo crucificado.La crisis de los iconoclastas orientales condicionó el culto de las imágenes en la Europa carolingia. De estas figuras los fieles no podían esperar ningún tipo de favor espiritual o material, pues, como decían los teólogos de Carlomagno, no eran el santo mismo que representaban. Esto se solucionó promocionando el culto a las reliquias, nadie podía poner en duda que en estos restos de los santos eran ellos realmente. Las cajas-relicario fueron adquiriendo cada vez formas más elaboradas y, sobre todo, intentando recrear una iconografía acorde con su contenido. En la obra sobre los "Milagros de Saint-Denis" se habla de un relicario con forma de mano, fabricado por un orfebre en tiempos del abad Fardulfo (783-806), para conservar en él un dedo de la mano del santo. La producción de este tipo de objetos, cabezas, pies y manos, se continuaba realizando por los artistas del Imperio germánico.La pequeña estatuilla ecuestre de un emperador carolingio podía ser una buena ilustración de esa estatuaria de bulto redondo a la que aluden los textos -crucificados, imágenes de nobles, etc.-. Los Hubert han demostrado que el origen de estas figuras, en la mayoría de las ocasiones estatuas-relicario, está relacionado con la aristocracia, tanto laica como eclesiástica, pero que pronto transcendería de este enclave elitista a un ámbito popular, en el que manifestarán su fervor, ahora sí absolutamente idolátrico, las multitudes. Estas imágenes con reliquias recibieron el nombre de majestades. La más famosa de ellas, la de Santa Fe de Conques, creada en la novena centuria, adquiriría su forma fetichista un siglo después.Un texto muy conocido de Bernardo de Angers, el "Libro de los milagros de Santa Fe", nos informa de la gran difusión que las majestades habían alcanzado por todos los lugares. En este fragmento se alude a un viaje realizado por Bernardo a Conques y Auvernia en 1013: "Viejo uso y de una antigua costumbre -se refiere a las majestades-, extendidos por toda la región de Auvernia, Rouergue y Toulouse y comarcas vecinas. Cualquiera hace erigir a su santo patrón una estatua de oro, plata u otro metal, encerrando en su interior la cabeza del santo u otra parte de su cuerpo".Ciertas referencias expresadas por Bernardo sobre estas costumbres han hecho suponer a algunos especialistas que éstas eran unas prácticas realizadas por gentes bárbaras del Sur, donde la incultura y el fanatismo habían propiciado el desarrollo de hábitos idolátricos. Si esto pudo ser alguna vez cierto, la realidad es que, en las proximidades del milenio, se trata ya de un fenómeno generalizado por todas las tierras del Imperio. Cada vez adquiría un desarrollo mayor la figura, mientras que el espacio destinado a relicario iba disminuyendo.Precisamente en relación con estas formas de lujoso fetiche debemos estudiar la primera de las imágenes de culto otonianas, la Virgen dorada de Essen. Realizada en torno al 1000, era un auténtico relicario figurado, que los fieles transportaban en solemnes procesiones, llenos de fervor devocional. Es una obra de setenta y cuatro centímetros de altura, con un alma de madera enchapada con placas de plata dorada. La Virgen, que ofrece una manzana al Niño, dispuesto de forma lateral sobre sus rodillas, representa, con esta actitud, la imagen de una nueva Eva, esta vez la representación de la mujer que redimió a su especie. Existen en esta figura algunas formas que la dotan de un cierto dinamismo emocional; sin embargo, esto se pierde totalmente al contemplar los ojos saltones e inexpresivos que le confieren un aire de ídolo totémico.El obispo Imad donó otra virgen dorada a su catedral de Paderborn, en 1058. Perdido el oro del revestimiento, tan sólo conservamos su alma leñosa, de una altura de 112 centímetros. Es una obra hierática, muy simétrica, dotada de una gran solemnidad, acentuada por su inexpresividad. Responde esta forma ya a una plástica románica, lo mismo que otra imagen de este tipo, muy deteriorada, conservada en Hildesheim.La serie de crucifijos otonianos constituye la mejor aportación conservada a la configuración de la iconografía románica. El más antiguo, y uno de los más bellos, es el Crucificado del arzobispo Cero, actualmente en la catedral de Colonia. Es una escultura exenta, de tamaño natural, representando a un Cristo de gran expresividad emocional. Las formas anatómicas son amplias y acentuadas con un suave modelado, algo más acusado en la definición de los músculos y nervios de las rodillas y brazos. Todo en esta imagen, incluso el paño de pureza meramente ornamental para no distraer la expresividad de la anatomía, tiene como finalidad subrayar una iconografía dramático-pasional característica, no ya del Dios de la Iglesia triunfante, sino del Cristo-hombre tan acorde con los principios cristológicos que se empezaban a gestar en aquella época entre los teólogos. Creada esta obra antes de 976, ejercerá una gran influencia en multitud de crucifijos realizados desde fines de esta centuria y durante la totalidad de la siguiente, entre los que cabe destacar los dos relacionados con Bernward en Hildesheim, realizados en madera y plata respectivamente.Era tal el valor expresivo de estas imágenes que, una vez más, los padres de la iglesia se vieron obligados a llamar la atención de sus fieles, advirtiéndoles que aquellos conmovedores crucificados no eran el mismo Jesucristo. Así el sínodo de Arras, en 1025 recomendaba:"Es Cristo quien se adora en el crucifijo y no el tronco de madera. Las imágenes visibles del Salvador y de los santos no deben ser adorados en tanto que objetos fabricados por la mano del hombre, sino que han sido hechas para suscitar una emoción interior, la contemplación de la manifestación de la gracia divina".Pero en esta recomendación sinodal hay una novedad con respecto a la teoría clásica de la iglesia referida a las imágenes, "han sido hechos paró suscitar una emoción interior". Basta contemplar cualquiera de los rostros de estos crucificados otonianos para ver cuál ha sido el reto de los artistas que lo han hecho posible: trasmitir a la materia formas expresivas de estados emocionales que inciten a quienes los contemplan a la piedad.
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El poder omeya era, sin ninguna duda, el más sólido de los poderes independientes que se constituyeron en el Occidente musulmán en la misma época, siendo los otros los rustumíes de Tahart, los midraríes de Siyilmasa y los idrisíes de Fez. A la muerte del emir Abd al-Rahman I, el 30 de septiembre del 788 (25 de rabi II del año 172), los omeyas estaban lo suficientemente seguros en Córdoba para que no hubiera dudas sobre la sucesión dinástica del poder, según la tradición de los omeyas de Oriente. El prestigio del linaje omeya facilitó con toda probabilidad las cosas. En el Magreb, el mismo año 788, la sucesión del primer emir Rustumí provocó en Tahert la grave crisis nukkarí. El que sucedió a Abd al-Rahman, aparentemente por voluntad de éste, fue Hisham, el segundo de los tres hijos del primer soberano de la dinastía consolidada en Córdoba. La falta de reglas de primogenitura en el derecho público musulmán era motivo de posibles conflictos y la sucesión en favor de Hisham suscitó el descontento de los otros dos hermanos, que provocarían disturbios de efectos muy duraderos. Sin embargo, en los primeros momentos, el mayor Sulayman y el menor Abd Allah, después de haber intentado sin éxito organizar sublevaciones en la Península, terminaron exiliándose en el Magreb. Los siete años del reinado del emir Hisham fueron relativamente tranquilos. Algunos movimientos de agitación yemení se produjeron en la parte oriental (Sharq al-Andalus) y en la Marca Superior, pero no tuvieron gran alcance y fueron reprimidos con el envío de algunas tropas y gracias al apoyo de los Banu Qasi -una potente familia muladí del valle del Ebro- que empezaron por estos años a tener un papel importante en esta región nororiental. Por otra parte, una sublevación beréber fue reprimida con fuerza en la región de Ronda. Con pocas alteraciones en el interior, el emir Hisham pudo organizar varias expediciones de guerra santa contra el reino asturiano, que atacó a la vez por el este (Alava) y por el sur (Astorga). En el 793, un importante ejército se dirigió a la zona oriental para atacar Gerona, y llegó hasta Narbona. No recuperó el control de ninguna de estas ciudades, pero logró una sangrienta victoria sobre las fuerzas francas del duque Guillermo de Toulouse e ingresó en Córdoba un botín considerable. Hisham I murió prematuramente, dejando el poder a su hijo, al-Hakam I (796-822). Sus tíos, Sulayman y Abd Allah, que no habían renunciado a sus ambiciones, se apresuraron a volver del Magreb con el fin de suscitar disturbios en al-Andalus. El más activo fue Abd Allah quien, desde la región valenciana donde había desembarcado, intentó atraer a su causa a los jefes árabes del valle del Ebro e incluso vino a pedir ayuda a la corte de Carlomagno en el año 797, contra su sobrino. Su hermano Sulayman, siempre desde la costa oriental donde se había instalado a su vez en el año 798, intentó atacar Córdoba pero fue vencido y asesinado en el 800 o el 801. Fue precisamente en este momento (798) cuando se produjo un importante ataque de una flota de "mauri et sarraceni" contra las Baleares. Este primer acto de "piratería sarracena" estaba probablemente vinculado con la presencia en la costa oriental de los medios navales y militares agrupados por los tíos de al-Hakam. En el 802 o 803, Abd Allah terminó estableciendo contactos con su sobrino, al-Hakam, que le autorizó a residir en Valencia donde, a cambio de una pensión anual, se mantuvo tranquilo hasta el final del reinado del tercer emir omeya de Córdoba, ejerciendo siempre una especie de gobierno de una región que durante toda esta época parecía no haber dependido de la capital más que de forma muy laxa. Se dio desde entonces a Abd Allah el apodo de al-Balansi.
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A partir de los años centrales del siglo la arquitectura fue adquiriendo una expresión definitivamente barroca, superando poco a poco el recuerdo clasicista. La valoración de la plasticidad y de los contrastes luminosos en los exteriores, así como la intensificación de la decoración, sobre todo en los interiores, son las cualidades más sobresalientes de esta última etapa de la centuria, en la que sin embargo no se produjeron novedades estructurales.En general las iglesias mantienen el esquema longitudinal, pero el sistema ornamental se enriquece extraordinariamente. Modillones pareados en el friso y en el anillo del tambor, placas geométricas, molduras quebradas, cartelas, festones, motivos vegetales, etc., dinamizan las superficies y prestan un renovado aspecto a las construcciones, buscando plasmar el carácter sensible y expresivo propio de la plenitud barroca. La concepción de los retablos se adelanta al diseño arquitectónico y gracias a su influencia se incorpora la utilización de la columna salomónica a las tareas constructivas, en particular en los últimos años del siglo, abriendo el camino de la libertad y la fantasía que imperarán en la arquitectura del XVIII.La evolución del estilo y la consolidación del nuevo lenguaje están especialmente vinculadas a Madrid, donde a pesar de la crisis económica se mantuvo una actividad constructiva importante, aunque dedicada casi por completo a edificaciones de carácter eclesiástico. El resto de la Península se fue incorporando en mayor o menor medida a este proceso, recibiendo el influjo del ejemplo madrileño o, como en el caso gallego, desarrollando una valiosa y personal arquitectura.Para Kubler el primer ejemplo de la plenitud barroca es la capilla de San Isidro de la madrileña iglesia de San Andrés, trazada por Pedro de la Torre en 1642 aunque iniciada en 1657 bajo la dirección de José de Villarreal (h. 1610-1662). Cuando éste comenzó la construcción sólo estaban abiertos los cimientos, por lo que la planta debe corresponder al proyecto de Pedro de la Torre, pero se desconoce en qué medida Villarreal pudo alterar la idea original en el alzado. La capilla, destinada a albergar los restos de San Isidro tras su canonización en 1622, fue concebida perpendicularmente a la cabecera de San Andrés, cuyo presbiterio se convertía en antesala del desarrollo espacial de la nueva construcción, integrada por dos tramos cuadrados: el primero, contiguo a la capilla mayor del templo, cubierto por bóveda de cañón rebajada, y el segundo, y principal, coronado por amplia cúpula sobre tambor con ventanas, que proporcionaban a este último tramo una intensa iluminación en contraste con la penumbra del resto del recinto.La estructura exterior ha llegado sin alteraciones sustanciales hasta nuestros días. Presenta una concepción monumental, de volúmenes geométricos claramente definidos, cuyo sobrio diseño contrastaba con la rica decoración interior, por desgracia destruida durante la guerra civil, y ahora reconstruida, la cual fue ideada por Juan de Lobera (1620/25/1681), a quien también se deben las portadas de la capilla. Este arquitecto, que dirigió las obras a partir de 1663 tras la muerte de Villarreal, había trazado ya en 1659 un gran retablo para el altar mayor de San Andrés y el baldaquino que cobijaba los restos del santo, situado bajo la cúpula. Este era sin duda el principal protagonista del interior de la capilla, pues centraba el espacio y a la vez se convertía en un foco de atracción dominante, gracias al carácter dinámico de sus columnas salomónicas, de influencia berniniana, y a la intensa iluminación que recibía desde la cubierta. Lobera también proyectó la variada y opulenta decoración -roleos, modillones, festones, cartelas, yeserías-, que, recubriendo todo el interior del conjunto, le proporcionaba la apariencia sorprendente y exuberante característica del Barroco.Este lenguaje, que Lobera dominaba como tracista de retablos -suyo es el del trascoro de la catedral de Sigüenza (Guadalajara, 1666)-, tuvo precisamente su origen en este tipo de obras. El empleo de la columna salomónica, el interés por el dinamismo, la composición en distintos planos, la variedad y riqueza del adorno, la policromía y las formas naturalistas aparecieron por vez primera en el diseño de los retablos, pasando posteriormente a la formulación arquitectónica.Pedro de la Torre (1595/96-1677) desempeñó un importante papel en este proceso evolutivo, merced a su actividad como tracista de retablos, entre los que destacan los de la capilla mayor de la iglesia de Pinto, comenzados en 1637, el de Nuestra Señora de la Fuencisla de Segovia de 1645, y los de la iglesia del monasterio de benedictinas de San Plácido, realizados a partir de 1658. Mención especial merece el retablo mayor de la desaparecida iglesia del Buen Suceso, que se levantaba en la madrileña Puerta del Sol. Concluido en 1637, el arquitecto utilizó en él la columna salomónica, por primera vez en la capital, construyendo también el primer camarín del que se tienen noticias. El camarín es una tipología característica del barroco español, consistente en una pequeña cámara dispuesta tras el retablo, a la altura de la imagen principal, para facilitar el acceso de los fieles y favorecer así la devoción popular, especialmente impulsada por las ideas contrarreformistas.A pesar del protagonismo indiscutible de Pedro de la Torre en esta etapa, su aportación depende en gran medida de la influencia que en la época ejerció Alonso Cano (1601-1667), personaje decisivo en este proceso de cambio estilístico. Nacido en Granada y formado en Sevilla como escultor y pintor, residió en la corte desde 1638 a 1652, y entre 1657 y 1660. Su actividad arquitectónica, salvo el caso de la catedral de Granada se reduce a la realización de trazas para retablos y obras efímeras, y diseños ornamentales, labor sin embargo fundamental, puesto que con ella inició el camino seguido por los arquitectos madrileños en la segunda mitad del siglo.El carácter determinante de su aportación aparece ya reflejado en el párrafo que le dedica Palomino, referido a su diseño para el arco de triunfo que fue levantado en la Puerta de Guadalajara, con motivo de la entrada en la capital de la reina doña Mariana de Austria en 1649. Este dice que "era obra de tan nuevo gusto en sus miembros y proporciones de la arquitectura que admiró a todos los artífices, porque se apartó de la manera que hasta aquellos tiempos habían seguido los antiguos".Su talento como decorador no sólo influyó en Pedro de la Torre sino también en su amigo y colaborador Sebastián Herrera Barnuevo (1619-1671), autor asimismo de numerosos dibujos ornamentales, en los que da muestra de un evidente barroquismo. Sus trabajos arquitectónicos se iniciaron fundamentalmente a partir de 1662, fecha en la que fue nombrado maestro mayor de las obras reales. En ese mismo año proyectó la desaparecida capilla mayor de Nuestra Señora de Atocha, y en 1668 la iglesia del convento benedictino de Santa María de Montserrat, la única de sus obras que hoy se conserva. Cuando murió sólo se había efectuado la cimentación, por lo que se desconoce hasta qué punto se respetó su idea para el alzado, llevado a cabo por Gaspar de la Peña a partir de 1674. El interior, con tres naves, pilastras cajeadas con capiteles corintios, y modillones pareados en el entablamento, está sustancialmente alterado ya que carece de crucero y presbiterio, perdidos en algún momento por causas desconocidas. La iglesia fue concluida en el XVIII, con la intervención de Pedro de Ribera.Entre los arquitectos activos en Madrid en las últimas décadas del siglo que utilizan un lenguaje similar destacan: Tomás Román (1623-1682), a quien le fue encomendada la reconstrucción de la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor tras el incendio de 1672; Marcos López (h. 1620/25-1688), autor del proyecto de la Enfermería de la Venerable Orden Tercera, construida a partir de 1679; Melchor de Bueras (muerto en 1692), arquitecto vinculado a la Compañía de Jesús, para la que realizó el patio del Colegio Imperial (h. 1676), siendo también suya la Puerta de Mariana de Noeburgo del Buen Retiro, levantada en 1690 (hoy frente al Casón), y Bartolomé Hurtado (1628-1698), quien construyó la iglesia del convento del Santísimo Sacramento de monjas bernardas (1671-1692), fundado por el Duque de Lerma, en cuya fachada, derivada del modelo de Mora, se aprecia el interés ornamental característico del momento.En este breve panorama cabe destacar la personalidad de los hermanos Olmo: Manuel (1631-1706) y José (1638-1702). A ellos se debe uno de los ejemplos más sobresalientes del barroco madrileño de finales del XVII: la iglesia de las Comendadoras de Santiago, de cuya ejecución se encargaron a partir de 1667. La planta, de cruz griega inscrita en un cuadrado, evoca modelos del XVI, aunque se la ha relacionado con el templo romano de los Santos Lucas y Martina (1635-1650), obra de Pietro de Cortona. El alzado, ricamente decorado, presenta dobles pilastras cajeadas con capitel corintio, y modillones pareados en el entablamento y en los anillos del tambor y de la gran cúpula, que actúa como elemento unificador del espacio.Un tratamiento ornamental semejante, aunque la planta es de cruz latina, presenta la iglesia del convento de la Inmaculada Concepción de mercedarias descalzas, las Góngoras, de cuya construcción se encargó Manuel del Olmo a partir de 1668. Su hermano José, más brillante y capacitado como arquitecto, disfrutó de una carrera triunfal. Llegó a ser aposentador de palacio en 1698, ocupando anteriormente los cargos de Maestro Mayor de las obras reales y de la villa. A él se deben las trazas del retablo y camarín de la Sagrada Forma del testero de la sacristía del monasterio de El Escorial (1684), y las del patio del Ayuntamiento madrileño, para el que también diseñó las actuales portadas, adornándolas con quebradas molduras en bocel y remate curvilíneo con escudos. Estas fueron ejecutadas por Teodoro Ardemans (1660-1726), arquitecto que inició su labor en los últimos años de este siglo, pero cuya aportación pertenece ya a la siguiente centuria. Lo mismo sucede con José Benito de Churriguera (1665-1725), personalidad decisiva para la etapa arquitectónica posterior. Su primera gran obra, el retablo mayor de la iglesia de San Esteban de Salamanca comenzado en 1693, muestra ya el estilo plenamente dinámico y efectista que imperará en gran parte de la arquitectura española del XVIII.
contexto
En el desencadenamiento del golpe de Estado de julio de 1936 concurrieron dos procesos insurreccionales de naturaleza muy distinta. El primero, una conspiración cívico-militar de inspiración monárquica, que había guiado la trama golpista de agosto de 1932 y se prolongó, en estado más o menos latente, hasta el verano de 1936. El segundo, estrictamente castrense, no poseía un carácter tan marcadamente ideológico y respondía al propósito de restaurar un orden social que se estimaba deteriorado por el expeditivo procedimiento del golpe de Estado, en colaboración con elementos civiles subordinados al mando militar. El debate sobre cuál de los procesos fue más decisivo en la conspiración contra la República parece cerrado: a partir de febrero de 1936, la trama militar se impuso sobre la civil y con ello el concepto de sublevación popular dio paso al de un pronunciamiento militar clásico, con apoyo civil. Sólo cuando este pronunciamiento, enfrentado a una auténtica reacción popular, fracasara en sus objetivos, se avendrían los militares a dar mayor protagonismo a organizaciones como la Iglesia y los partidos derechistas, capaces de arrastrar una movilización masiva en torno a conceptos ideológicos definidos. El primer impulso insurreccional procedió de los monárquicos. Pese al fracaso de agosto de 1932, prosiguieron estimulando el antirrepublicanismo de un sector del Ejército y difundiendo doctrinas militaristas que defendían la intervención castrense en la vida civil e incluso el planteamiento de una guerra civil justa para evitar la destrucción del Estado a manos de sus adversarios revolucionarios. Carlistas y alfonsinos estimaban necesaria la organización armada de sus partidarios, tanto para colaborar con los militares a tomar el Poder como para garantizarse un cierto control de la situación creada tras el triunfo del golpe. Desde muy pronto, los monárquicos establecieron contactos con el Gobierno italiano, seguros de que éste tendría interés en acabar con la República, a la que se suponía una marcada francofilia en política exterior. En marzo de 1934, el general Barrera, el alfonsino Goicoechea y el carlista Rafael Olazábal, negociaron en la capital italiana con Mussolini e Italo Balbo un pacto por el que las autoridades fascistas prometían colaborar con los monárquicos españoles en la caída de la República y en el establecimiento de una Regencia. Para ello se pondría a disposición de los conspiradores un millón y medio de pesetas, diez mil fusiles, 200 ametralladoras y abundante munición, y se entrenaría en suelo italiano a cierto número de requetés tradicionalistas. Asegurada una cierta ayuda exterior, los monárquicos se dedicaron a consolidar sus redes insurreccionales dentro de España. Pero la virtual ruptura política entre Renovación Española y la Comunión Tradicionalista a lo largo del segundo bienio, obligó a ambas organizaciones a actuar por separado, con estrategias distintas. Los tradicionalistas, que disponían de una base humana considerable en Navarra, y efectivos de cierta importancia en el País Vasco, Cataluña, Andalucía y otras regiones, perfeccionaron la organización de su propia milicia, el Requeté, bajo la dirección de José Luis Zamanillo, y la colaboración de instructores militares como el coronel Varela, con vistas a un futuro levantamiento carlista. Los alfonsinos, con una militancia más escasa, pero social y económicamente influyente, orientaron sus esfuerzos desde finales de 1934 a rentabilizar sus contactos con las tramas conspiratorias que comenzaban a tomar cuerpo en las Fuerzas Armadas. Por lo que respecta a Falange, su escasa fuerza numérica la descartó como elemento clave de un golpe, por lo menos hasta los inicios de la primavera de 1936. En junio del año anterior, la dirección del partido, reunida en el Parador de Gredos, había decidido impulsar la insurrección armada con apoyo del Ejército, y Primo de Rivera inició contactos con potenciales golpistas, como el general Franco o el coronel Juan Yagüe. Pero estas iniciativas, sumadas a la actividad de la bien entrenada milicia falangista, no permitieron al partido superar su aislamiento hasta el triunfo del Frente Popular. La conspiración militar contra la República atravesó por tres fases, en las que las tramas se fueron superponiendo: entre 1933 y marzo de 1936, la iniciativa corrió a cargo de los jefes y oficiales integrados en la Unión Militar Española (UME); a partir de esa fecha, un grupo de generales planificó una intervención en el caso de que el Poder retornase a la izquierda; y desde mayo de 1936, las distintas tramas se fueron unificando en la conspiración cívico-militar dirigida por el general Mola. La UME era una organización clandestina dirigida por el capitán Bartolomé Barba. Inspirada en el modelo de las Juntas de Defensa de 1917, la Unión estaba integrada por oficiales conservadores y antiazañistas, pero mantenía un carácter formalmente apolítico y corporativo. El hecho de que la UME tuviera que consolidar su organización en el momento en que la República experimentaba un giro hacia la derecha, restó virulencia a sus demandas, sobre todo en los períodos en que Hidalgo y Gil Robles ocuparon la cartera de Guerra. La victoria del Frente Popular disipó las dudas de muchos militares. A partir de entonces se sucedieron los contactos entre los integrantes de la informal Junta de generales constituida a finales del año anterior y que culminaron con una reunión celebrada el 8 de marzo en Madrid, en la que se decidió derribar al Gobierno frentepopulista. Los presentes acordaron organizar un pronunciamiento, que coordinaría una Junta Militar presidida desde el exilio por Sanjurjo -representado por el general Rodríguez del Barrio- y de la que formarían parte los generales Mola, Franco, Saliquet, Fanjul, Ponte, Orgaz y Varela. También se decidió que el movimiento no tendría un carácter político definido. Los conspiradores, que contaban con la infraestructura de la UME, fijaron para el 20 de abril la fecha del golpe. Pero el Gobierno sospechaba y la detención de Orgaz y Varela, que fueron confinados en Canarias y en Cádiz, respectivamente, así como una grave enfermedad de Rodríguez del Barrio, auténtico alma de la conspiración en ese momento, obligó a posponerla. El Ejecutivo procuró alejar de los centros de poder a los generales considerados más peligrosos. En la primera quincena de marzo, Goded fue destinado a Baleares, Franco a Canarias y Mola a Pamplona. Este último asumió a finales de abril las riendas de la trama golpista, aunque continuó admitiendo la teórica jefatura del Sanjurjo, quien debería presidir el régimen militar surgido del golpe. Mediante la redacción y difusión secreta de una serie de circulares o Instrucciones reservadas, Mola -llamado el Director en la clave de los golpistas fue perfilando una compleja trama, a la que se unieron nuevos generales, como los republicanos Queipo de Llano, López Ochoa y Cabanellas, y que contaba con apoyos en muchas guarniciones, canalizados a través de la UME y del coronel Galarza, conocido como "el Técnico" por su papel coordinador. Por su parte, los tradicionalistas habían creado una Junta Suprema Militar de Guerra que, con la colaboración de varios militares simpatizantes, hacía acopio de armamento con vistas a lanzar un movimiento insurreccional propio, basado en las bien entrenadas unidades del Requeté. Manuel Fal Conde, que a finales de ese año vio reforzado su poder dentro de la Comunión con el nombramiento de Jefe Delegado, evitó la colaboración con la Junta de militares golpistas, pero a través de Varela buscó que Sanjurjo asumiera el mando de un levantamiento cívico-militar de carácter tradicionalista. Los falangistas, por su parte, incrementaban el potencial de sus milicias, que en febrero de 1936 suponían unos 10.000 hombres. Primo de Rivera, preso en Alicante, entró en contacto con Mola a finales de mayo, pero su exigencia de grandes parcelas de poder para Falange tras el triunfo del golpe no entraba en los planes del general, y la colaboración de los falangistas fue aparcada por el momento. A principios de julio, la planificación técnica del golpe estaba casi terminada. El plan de Mola preveía un levantamiento coordinado de todas las guarniciones comprometidas, que implantarían el estado de guerra en sus demarcaciones. Entre los días 5 y 12 de julio, el Ejército de África se concentró en el Llano Amarillo, en Ketama, para realizar maniobras. Allí, los oficiales comprometidos, con Yagüe a la cabeza, terminaron de concertar su actuación, que era fundamental en los planes del golpe. Conforme a ellos, las tropas africanas iniciarían el pronunciamiento, que sería seguido por las guarniciones insulares y peninsulares. Luego, Mola, al mando de las fuerzas del Norte, se dirigiría hacia Madrid, donde el general Villegas -sustituido después por Fanjul- habría sublevado los cuarteles. Si algo fallaba, Franco, que abandonaría Canarias para ponerse al frente del ejército de Marruecos, cruzaría el Estrecho y avanzaría desde el sur y el este sobre la capital, que caería en una operación de tenaza. La Constitución de 1931 sería suspendida, se disolverían las Cortes y se produciría una breve pero intensa etapa de represión, con depuraciones, encarcelamientos y fusilamientos de elementos izquierdistas y de militares no comprometidos en el alzamiento. Después, Sanjurjo, vuelto del exilio, encabezaría un Directorio militar de cinco miembros a la espera de una salida, que cada grupo político interpretaba a su manera, a la crisis de la República. En la madrugada del 13 de julio, pistoleros de extrema derecha asesinaron en Madrid a José Castillo, socialista y teniente de la Guardia de Asalto. Sus compañeros policías respondieron secuestrando y dando muerte al día siguiente a Calvo Sotelo. El país quedó sobrecogido por el doble crimen, que serviría de prólogo -y para algunos, de justificación- al golpe militar. De hecho, la muerte de Calvo Sotelo decidió a algunos conspiradores que aún alentaban dudas sobre la oportunidad de la fecha elegida para el golpe, y para acelerar el acuerdo con la CEDA y la Comunión Tradicionalista, que ahora aceptaban colocar sus organizaciones a las órdenes de los generales. El 14 de julio, Castillo y Calvo Sotelo fueron enterrados en dos cementerios contiguos, en medio de una enorme crispación y de algún intercambio de disparos. Al día siguiente se reunió la Diputación Permanente de las Cortes, en una sesión dramática, que en sus manifestaciones de miedo y de odio preludiaba el enfrentamiento civil que se iniciaría dos días después. El Gobierno, que ahora parecía dispuesto a actuar, decretó el cierre de los locales de las organizaciones de extrema derecha y estableció la censura de Prensa. Pero estas medidas llegaban tarde. El día 14, Mola había impartido la última orden para el golpe, que debería iniciarse tres días después, y un avión británico, el Dragon Rapide, llegaba a Las Palmas para transportar a Franco al Protectorado de Marruecos, donde iba a ponerse al mando del Ejército de África. El 17 de julio, los oficiales comprometidos de la guarnición de Melilla prendieron la mecha de la rebelión. Los sublevados declararon el estado de guerra en la ciudad y ocuparon los edificios públicos. A lo largo del día, en Tetuán, Larache y otras localidades del Protectorado, las tropas fueron sumándose al levantamiento, y lo mismo sucedió en Ceuta, donde Yagüe y sus legionarios se apoderaron de la ciudad sin disparar un tiro. En la madrugada del 18, el general Franco se pronunciaba contra el Gobierno de la República en Canarias y a lo largo de ese día se fueron sumando otras guarniciones comprometidas. Luego de cuatro días de pronunciamientos dispersos y de movilizaciones de las organizaciones obreras frentepopulistas, el golpe de Estado fracasó en Madrid, Barcelona y otras localidades clave, en buena medida gracias a la actuación de los militares leales a la República, pero los rebeldes pudieron hacerse con el control de amplias zonas de la geografía nacional. Con ello se abría un nuevo capítulo en la historia de España. La tópica imagen de las dos Españas tomó cuerpo en torno a los bandos enfrentados en lo que sería una terrible guerra civil de tres años de duración. Durante ese período, la República siguió actuando como régimen legal en territorio español, pese a que su base territorial se redujo paulatinamente ante la mayor capacidad militar de sus enemigos. El Frente Popular se esforzaría incluso en mantener la apariencia de funcionamiento normal de las instituciones, y el Gobierno no se decidiría a proclamar el estado de guerra hasta enero de 1939, cuando ya estaba todo perdido. Pero la República de abril, y con ella la España posible que alentaban los reformadores republicanos, había desaparecido en los cálidos días del verano de 1936.