Daumier sentirá especial atracción hacia los artistas de barracón y de feria, convirtiéndolos en protagonistas anónimos de sus composiciones, como en este caso. Una dramática representación - con muerto incluido - tiene lugar en las tablas donde tres figuras ponen en escena el drama. La mujer se lleva las manos a la cabeza y el hombre de pie parece culparla de la muerte del otro personaje que yace en el suelo. El pobre decorado sirve de fondo mientras en primer plano los espectadores viven con pasión y casi devoción la obra. Destacan sus expresivos rostros, en los que se aprecia la tensión del momento así como la postura de sus manos, prestas a aplaudir. Estos espectadores quedan en una zona de penumbra mientras que el escenario recibe el foco de luz, recordando las iluminaciones de Rembrandt. Daumier, como años más tarde hará Degas, se sitúa tras los espectadores pero en el gallinero, no en el patio de butacas como el pintor impresionista. De esta manera, Daumier se coloca junto al pueblo, el principal protagonista de sus trabajos. El estilo del maestro es muy rápido, aplica contornos negros que luego diluye con otros colores, cercano a las Pinturas Negras de Goya y anticipando el Expresionismo.
Busqueda de contenidos
obra
Espectacular estudio a lápiz de un grupo de espectadores del café-concierto, que escuchan atentamente a la orquesta. Está tomado directamente del natural y nos muestra la facilidad del artista para captar el ambiente nocturno parisino. Su similitud con obras de Degas indica el grado de acercamiento entre ambos artistas, interesados por representar en sus trabajos escenas de la vida moderna. La seguridad y firmeza de los trazos se repiten en Joven con sombrero.
obra
Dentro del grupo de los pintores impresionistas Monet fue ante todo el más interesado por el mar, o mejor por la costa marina, fuese puerto, acantilado o playa. Hemos de recordar que había sido educado en un importante puerto francés, Le Havre, y que conocía con detalle el estuario del Sena, en las localidades de Honfleur y Saint-Adresse. No es de extrañar que motivos inspirados en estos lugares sean pintados con detalle en el trabajo que el pintor desarrollaba durante la década de 1860. Por el contrario viajó poco durante las décadas de 1860 y 1870, siendo después cuando se mostraría más inquieto. A este momento posterior se debe la realización de este cuadro, que debemos fechar en 1897, y que nos muestra al artista fascinado ante el espectáculo agreste que le ofrece esa naturaleza. La luz es tan fuerte que llega a confundir los perfiles de las rocas e incluso a emborronar la línea del horizonte, a la izquierda.
obra
Su matrimonio con Carolina Bommer en enero de 1818 no modificó ni la manera de pensar ni la actitud vital de Friedrich. Sí introdujo un nuevo motivo en su pintura: el de la figura femenina, con todas las resonancias formales y afectivas que ello conllevaba. Realizó esta obra en Dresde entre 1818 y 1819, al poco de retornar de su viaje de bodas a Greifswald y Rügen, al igual que hiciera con Rocas cretáceas en Rügen. Los personajes aquí representados son similares a los de aquel cuadro: Friedrich, en traje tradicional, y su esposa, en rojo de nuevo, vestida a la moda, se dirigen, en la proa de un velero, hacia una ciudad de perfil gótico situada en una indeterminada lejanía. Desde ese 1818, Friedrich compartirá su "navigatio vitae" con su esposa, su recorrido vital en busca de la vida eterna, la ciudad celestial. La obra se compone de varios dibujos realizados durante su viaje de bodas. Para la silueta de la ciudad se basó, casi con seguridad, en edificios de Greifswald, Dresde y Stralsund, aunque modificados con libertad. Desde un punto de vista formal, su colorido es más ligero que en años anteriores y la composición está menos dominada por una voluntad geometrizante, cuya meta es la estricta simetría. El lado derecho, o sotavento, se encuentra determinada por el mástil y las velas desplegadas, representadas parcialmente, al igual que el velero, que Freidrich ha partido convencionalmente a la mitad. El punto de vista se sitúa en el timón, en popa, de manera que el espectador entra silenciosamente en el velero, sin que los esposos, abstraídos en la contemplación de la ciudad, lo perciban. La simbología de esta obra, adquirida en 1820 por el Zar Nicolas I, a la sazón en Dresde en su viaje de bodas, ha suscitado numerosas interpretaciones. Las tres principales hablan del "viaje de la vida"; de las aspiraciones políticas de los "demagogos" revolucionarios alemanes, entre los que militaba Friedrich; por último, de una premonición de la felicidad cercana. En cualquier caso, parece que estos aspectos son compatibles y no se excluyen.
obra
Dos de los temas favoritos para Toulouse-Lautrec serán la prostitución y el lesbianismo, recogiéndolos en la serie de trabajos relacionada con el burdel de la rue d´Amboise, cuya decoración corrió a cargo del pintor. En la cama, El beso o esta imagen que contemplamos son algunas de estas obras protagonizadas por mujeres donde el artista recoge con el más absoluto naturalismo el amor existente entre ambas. Henri se ha colado en la habitación para ofrecernos una imagen totalmente cotidiana de la vida bohemia de Montmartre, eliminando todo elemento anecdótico para centrar su atención en las dos mujeres que se miran con ternura. El encuadre e incluso el aspecto general del cartón están relacionados con la fotografía y es que Toulouse-Lautrec es un fotógrafo de la vida cotidiana que le rodea, como si de un cronista de los pinceles se tratara. Técnicamente, la línea ocupa un papel secundario respecto al color blanco predominante, relacionado con la pintura de Whistler e incluso con Berthe Morisot. Las sombras malvas y marrones se proyectan por las sábanas, relacionándose con el Impresionismo. Otra de las cualidades destacables de esta composición la encontramos en la captación psicológica de los rostros, ofreciendo Lautrec su mejor faceta como retratista.
obra
El tema del lesbianismo ya había sido tratado con anterioridad por Courbet; interesado Toulouse-Lautrec en continuar con algunos aspectos del realismo, eligió esta temática como una de sus favoritas, resultando trabajos de delicada belleza como éste que contemplamos o El beso, formando una serie relacionada con la decoración del burdel de la rue d´Amboise. En la cama tiene una estrecha relación con este cartón, apareciendo también dos jóvenes acostadas en un lecho, mirándose fijamente con un apreciable gesto de ternura y cariño. La imagen está contemplada con una perspectiva alzada, tan querida por Degas, relacionándose con el Impresionismo al emplear sombras coloreadas. El color blanco domina la composición, mostrando cierta influencia de Whistler o Berthe Morisot. La intimidad y el naturalismo con el que Henri nos muestra esta delicada escena le convierten en un fotógrafo de la nocturnidad parisina, ofreciéndonos con sus trabajos los aspectos ocultos de la bohemia.
obra
Una vez más el tema del lesbianismo vuelve a protagonizar una composición de Toulouse-Lautrec siendo una de las más curiosas de la serie formada por El beso, Las dos amigas o L´Abandon. Las dos mujeres duermen plácidamente, creando el pintor un excelente efecto realista al contemplar la escena desde un lateral, proyectando la cama en profundidad para obtener una mayor sensación de perspectiva. El ambiente cargado de la habitación parece respirarse. La técnica empleada no es nada virtuosa, aplicando el color en largas pinceladas, dominando los oscuros trazos que definen los contornos, recordando ligeramente al sintetismo de Bernard y Gauguin. Pero la aportación más interesante de Toulouse-Lautrec la encontramos en el aspecto fotográfico que se consigue, mostrándonos un mundo desconocido hasta ahora para el pintor. Ésta es una de las razones por las que se le ha definido como el "paparazzi de la Belle Epoque".
obra
La figura de la prostituta, ataviada con sus provocativas medias de colores, parece esperar en el lecho la llegada del cliente. Su reflejo en el espejo produce una mayor amplitud espacial. La postura descarada de la mujer, la ropa revuelta sobre el sillón y la palangana a los pies de la cama ofrecen una puesta en escena perfecta que Degas debía, cuando menos, conocer.