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Tras regresar de Italia en enero de 1631 Velázquez retomó las obligaciones del Alcázar donde las dejó. Al poco de emprender el viaje había nacido el Príncipe heredero y Felipe IV esperó el regreso de su pintor favorito para efigiarlo en dos memorables retratos, especialmente el del Museo de Boston, en compañía de un desconfiado enano, contrapunto al majestuoso aplomo y a la trascendencia dinástica del Príncipe. Con este retrato del Príncipe Baltasar Carlos (c. 1631) Velázquez inició las series infantiles culminadas en Las Meninas y, a la vez, retomó la obligación de retratar a los miembros de la familia real. Durante dos décadas el pintor fue desgranando el más deslumbrante conjunto retratístico de Europa: el Rey, las reinas, los infantes, algún funcionario, visitantes ilustres, desconocidos, bufones y enanos. En paralelo con esta actividad, Velázquez fue acumulando cargos palaciegos y el papel de retratista se enriqueció con el de arquitecto decorador de los distintos palacios reales, contribuyendo decisivamente -lo mismo que J. B. Crescenzi- a la implantación de las modas italianas en la corte. En el Panteón Real de San Lorenzo de El Escorial el clasicismo herreriano dejó paso al pleno barroco. Para el Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, construido vertiginosamente por iniciativa del Conde-Duque de Olivares en los primeros años de la década de 1630, pintó Velázquez cinco grandiosos retratos ecuestres de Felipe IV, su mujer Isabel de Borbón, sus padres Felipe III y Margarita de Austria, y del Príncipe Baltasar Carlos (Madrid, Prado, c. 1634-35), combinando sabiamente las influencias de Tiziano y Rubens, con su característico tono sobrio y distante para crear verdaderos arquetipos barrocos de la majestad real. Constituían la parte más significativa de un ciclo decorativo, ideado probablemente por Velázquez, para glorificación de la monarquía española (retratos reales), desde sus orígenes míticos (Trabajos de Hércules, por Zurbarán) hasta los más recientes triunfos militares, entre ellos Las lanzas o La rendición de Breda (Madrid, Prado, c. 1634-35). Esta es probablemente la pintura de más calidad de todo el conjunto, dominando con su trabada estructura compositiva, las maneras elegantes de los generales y el infinito paisaje. En la serie del Buen Retiro quedan definidos los modos más personales del paisaje velazqueño, cuyo protagonismo es equivalente al de las figuras. La recreación pictórica de las laderas del Guadarrama por Velázquez es fruto de sutiles combinaciones de azules, verdes agrisados y blancos, en una atmósfera de cristalina frescura en que cabalgan los regios personajes. Lo mismo ocurre en el paisaje de Breda, inventado por el pintor a partir de documentos topográficos de carácter militar y concebido en picado, como los paisajistas flamencos contemporáneos. Las lejanías infinitas con las humaredas y la bruma del campo de batalla, fundidas con la perspectiva aérea y vistas a través de las picas, componen el mejor paisaje de Velázquez, aun cuando esté al servicio de un cuadro de historia. Por su temática, el Retrato ecuestre del Conde-Duque de Olivares (Madrid, Prado, 1638), vestido con galas de general, conmemora la toma de Fuenterrabía a los franceses, aunque el valido no se halló presente en la contienda. Su marcado carácter adulador surge también en La educación del Príncipe Baltasar Carlos (Cheshire, duque de Westminster, c. 1636), donde el Conde-Duque, en presencia de otros caballeros y de los Reyes, vigila los ejercicios de equitación que ejecuta el heredero. Los jardines del Buen Retiro son el marco de este acto de Estado que combina el retrato con la narración, como si fuera un hecho cotidiano, un anticipo de Las Meninas. Las obras decorativas de la Torre de la Parada, un cazadero reconstruido hacia 1634, contaron con un gran ciclo mitológico basado en las "Metamorfosis" de Ovidio, escenas de cacería y animales realizado por Rubens y su taller, y entregado en 1638. Velázquez asumió funciones de arquitecto decorador, organizando las pinturas, y pintó tres importantes retratos de Felipe IV, el Infante D. Fernando y el Príncipe Baltasar Carlos en traje de caza (Madrid, Prado, 1635-36). Como los ecuestres, son retratos a cielo abierto, emplazados en las umbrías de El Pardo, con escopetas en actitud muy relajada y acompañados de buenos mastines. Carecen de precedentes en la pintura española, entroncando con algunas imágenes de Carlos I de Inglaterra, pintadas por Van Dyck. Velázquez prescinde de la afectación del maestro flamenco y sitúa las figuras con naturalidad, sin retórica, en fondos de paisaje con planos inclinados y cortantes crestas montañosas. En el de Felipe IV en traje de caza puede observarse que el modo de proceder del pintor a la hora de enfrentarse al lienzo blanco es completamente heterodoxa desde el punto de vista del academicismo pictórico. Velázquez acomete directamente las telas sin la mediación del dibujo preparatorio previo, ni su traslado al lienzo. En este proceder alla prima surgen arrepentimientos y correcciones, leves cambios de plan en la colocación de una mano o de cualquier otro detalle. Lo que no interesa se elimina sobre la marcha, pero a veces el tiempo saca a la superficie estos arrepentimientos. En el Felipe IV estas correcciones afectan a las piernas, las manos y el cañón de la escopeta. Indirectamente ayudan a la técnica de contornos indefinidos del pintor, simulando una especie de movimiento del modelo captado fugazmente como en una imagen fotográfica. Durante toda su vida Velázquez estuvo en contacto con sus propias obras, de modo que, en muchas de ellas, la cronología no puede tomarse como un valor absoluto, porque habiendo sido pintadas en una época fueron posteriormente repintadas por el maestro. Así, El geógrafo (Rouen, Musée des BeauxArts), realizado poco tiempo después de instalarse Velázquez en Madrid, fue repintado a fines de la década de 1640, sin que sea el único caso de este proceder, más comprensible cuando se trata de actualizar el rostro de algún personaje, como ocurre en algunos retratos de Felipe IV. Convendrá recordar a este propósito que Rubens, durante el viaje de 1628 a Madrid, repintó y agrandó la Adoración de los Reyes (Madrid, Prado), que él mismo había realizado en 1609 para el Ayuntamiento de Amberes y que Felipe IV adquirió en 1623 en la almoneda de don Rodrigo Calderón.
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Durante la ausencia de Velázquez la familia real había visto modificada su composición y consecuentemente sus necesidades. Mariana de Austria, la nueva reina, esperaba ser retratada oficialmente por el Pintor del Rey. La Infanta María Teresa, hija de Isabel de Borbón, estaba en edad casadera y sus retratos debían multiplicarse para enviarlos a las cortes europeas. Velázquez acude a las necesidades oficiales, cuyo repertorio por fortuna se enriqueció con los hijos de Felipe IV y Mariana de Austria, retratados casi anualmente testimoniando su crecimiento físico, especialmente la infanta Margarita y el príncipe Felipe Próspero. En las obras de este período la sabiduría pictórica y el virtuosismo técnico llegan a su cenit. Velázquez siguió ocupándose de actividades de arquitectura y decoración, concentradas en la Pieza Ochavada y el Salón de Espejos del Alcázar, pues prosiguieron bajo su supervisión, ya que desde marzo de 1652 había sido nombrado Aposentador Mayor de Palacio, cargo que le obligaba a preceder al rey en sus viajes, preparando alojamientos con tapices, muebles y vajillas que desplegaban y recogían bajo su responsabilidad. También se encargó en 1656 de la instalación museográfica en la Sacristía Mayor y en el Panteón Real de San Lorenzo de El Escorial de una parte de los lienzos traídos de Italia, junto con algunos otros que habían sido adquiridos en la almoneda del decapitado Carlos I de Inglaterra. Dos años después, en 1658, llegaron a Madrid para decorar el Salón de Espejos los boloñeses Agostino Mitelli y Angelo Michele Colonna, especialistas en la pintura de quadratture, es decir, de arquitecturas fingidas, desplegadas sobre los muros y bóvedas con ayuda de la geometría, la perspectiva y el color. Velázquez había tratado con ellos en el transcurso del segundo viaje a Italia y su presencia en Madrid fue fundamental para el desarrollo de la pintura mural barroca, ya que tuvieron como colaboradores a Francisco Rizi y a Juan Carreño de Miranda, los dos grandes maestros de la generación posterior a Velázquez. A este Salón de Espejos estuvieron destinadas cuatro escenas mitológicas pintadas por Velázquez, cuyo único testimonio conservado es el Mercurio y Argos, del Museo del Prado (c. 1658-59). Por su temática, entronca con un renovado interés de Velázquez por la mitología en esta década final, evidenciado en La Venus del Espejo y en Las Hilanderas. Las influencias de la estatuaria clásica no fueron impedimento para que el pintor transformara de nuevo el tema, acercándolo a la realidad, como una constante en el tratamiento de la mitología. En esta obra la técnica emborronada se ajusta a las necesidades expresivas de los valores atmosféricos. Lo mismo puede decirse de Las Hilanderas o Fábula de Aracne (Madrid, Prado, c. 1656-58), donde Velázquez recurre al esquema representativo de la ambigüedad manierista, empleado en la época de Sevilla. Ofrece un primer plano predominante, lleno de reminiscencias renacentistas al emplear modelos de Miguel Angel tomados del techo de la Capilla Sixtina, y lo interpreta como si fuera una escena de género, un taller de hilaturas en actividad cotidiana, donde las acciones se encadenan con la facilidad de la costumbre: lo mismo se habla, que se hace girar la rueca vertiginosamente. Al fondo está el verdadero argumento, la disputa de Minerva, diosa de las Artes e inventora del telar, con Aracne, tejedora hábil y soberbia, castigada por su actitud insolente al representar en un tapiz los amoríos del dios Zeus, padre de Minerva, con la mortal Europa. La luminosa atmósfera del fondo, frente a la penumbra del taller, no ayuda a definir las posiciones de las figuras que intervienen en la disputa. Por las mismas fechas, hacia 1656, Velázquez había acometido un curioso retrato de La familia de Felipe IV, conocido por todos como Las Meninas y reconocido como su obra maestra. En esta prodigiosa pintura Velázquez combinó la realidad, simple y sorprendida en un fugaz instante, con una estructura elaboradísima, puramente intelectual, que plantea esa realidad como un problema a resolver y que ha sido punto de partida de múltiples interpretaciones de la obra en clave simbólica, esotérica o simplemente geométrica. Todas pueden ser razonadas y contribuir a entender el cuadro, pero no ayudan a superar la magia del ambiente, sólo interpretable en términos pictóricos. La atmósfera tangible se clarifica o se espesa con la iluminación lateral que entra por los balcones y va cortando la estancia en planos de luz yuxtapuestos en profundidad hasta resbalar por la superficie plateada del espejo. El color, de gamas muy controladas, adquiere brillos majestuosos en los ropajes de la infanta Margarita y de sus meninas. La composición recrea una estancia del Alcázar -al parecer el Cuarto del Príncipe, donde Velázquez tenía su obrador- que se prolonga por el lado izquierdo, en el lienzo cortado ante el cual se autorretrató el pintor con el pincel suspendido, pensando, y sobre todo por el frente, hacia el espectador y el plano en que se encuentran hipotéticamente situados los reyes, gracias a la inclinación del plano del pavimento iluminado con intensidad. La atmósfera se respira, envuelve a los personajes con sus fríos tonos agrisados, los acerca al foco del espectador o los desenfoca, sumidos en la penumbra o violentamente recortados a contraluz, todo gracias al caprichoso dominio de la luz y de la perspectiva aérea donde Velázquez es maestro indiscutible.
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Pese al aluvión de malas noticias la situación de Singapur no era angustiosa en aquellos momentos. En Malasia estaban aún intacto el 3er Cuerpo de Ejército británico (divisiones 9? y 111? angloindias y 111? australiana), las defensas de la isla se consideraban invulnerables y, además, desde el 2 de diciembre fondeaba en la base naval la escuadra de Sir Tom Phillips, formada por dos grandes y modernos acorazados, Prince of Wales y Repulse, y cuatro destructores. Pero todo empeoraría en cuestión de horas. Los japoneses se afianzaban en Malasia y las noticias de sus victorias en toda Asia llegaban a Singapur hora tras hora y, sobre todo, ocurrió el desastre del 10 de diciembre, fecha en que la aviación japonesa envió al fondo del mar a la escuadra de Phillips (26). Para Singapur fue un mazazo terrible. De golpe comprendieron que el mar estaba en manos de los japoneses, que sus aviones no podían competir con los modernos cazas y bombarderos de Tokio y que en esas condiciones una victoria en tierra resultaría poco menos que imposible. Este análisis se haría trágica realidad para la isla a lo largo del mes de diciembre. Los bombardeos japoneses de Singapur se hicieron rutinarios, dejando tras cada incursión un promedio de 400 víctimas y una estela de destrucción. Los heridos por estos bombardeos más los que llegaban del frente malasio apenas cabían en los hospitales de la isla. Los trenes que cruzaban el estrecho transportaban cada vez más muertos y heridos y menos estaño y caucho. El ejército británico estaba siendo arrollado en Malasia. Sus unidades peor equipadas y entrenadas para la lucha en la jungla, bastante hacían con retroceder cada día a una nueva línea defensiva improvisada y combatir desde ella antes de iniciar una nueva retirada hacia el siguiente escalón. Las tropas ligeras japonesas, a menudo en bicicleta y sin otro equipo que un short, el fusil y la munición, penetraban profundamente por los inevitables huecos que dejaban los británicos y envolvían sus posiciones, copando unidades enteras o haciendo inútiles las trincheras penosamente excavadas. Por otro lado, los japoneses invalidaron la teoría británica de que en Malasia era imposible combatir con carros dado lo quebrado del terreno: casi 200 tanques lucharon con pleno éxito en aquella campaña, mientras que el ejército del Reino Unido no disponía ni de uno solo, ni había preparado trampas anticarro ni tenía armas adecuadas para combatirlos. A finales de 1941 la mitad de Malasia estaba en manos japonesas y con esas conquistas territoriales, la mitad de su producción de estaño y una sexta parte de la de caucho.
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En que continuando la materia de las fábricas de España se proponen otras providencias que podrían tomarse para el fomento de aquellas Decíamos hablando de la industria que ni es posible a la nación fabricar todo lo que necesita para sí y para sus Américas, ni menos criar las materias de que ha de servirse para sus fábricas: que el término de la Península es demasiado reducido para cosechar y fabricar a un tiempo lo que se consume en los dos reinos; que su clima no es propio para todo género de labores; que muchas de ellas son tan inherentes a ciertos terrenos, que no se han podido imitar en ningún otro; que era de grande inconveniente tener ociosos a los extranjeros y no permitirles que nos vendan sus maniobras, ni dejarles que nos compren nuestros frutos; y por último que es muy visible la falta de operarios para cubrir con sus labores la salida de 20 millones de pesos que necesitamos todos los años en ropas de seda, lana, lino, jarcia, suela, quinquillería, cristal, y obras de punto para nuestro gasto y el de América. En este artículo de la población hemos inmorado más que en otro alguno porque son inútiles todas las medidas que se tomen mientras escaseen los operarios; y para el aumento de éstos, hemos propuesto seis pensamientos: 1.° restringir el comercio a la antigua forma y cerrar el paso a indias con las precauciones más escrupulosas; 2.° conferir los empleos posibles a vecinos de las Américas; 3.° favorecer la cría de frutos de ésta poblando la campaña de Montevideo; 4.° hacer una leva general en indias de casados y de solteros emigrados sin licencia; 5.° equilibrar las clases del Estado de modo que ninguno crezca ni se disminuya más de lo que conviene a su provecho; y por último poner en libertad los matrimonios de los hijos de familias. Estos seis pensamientos nos parecen los más a propósito para conseguir la repoblación de España, que es el cimiento de las fábricas; pero todavía nos ocurren otros dos, de igual eficacia para el fin que deseamos. Uno de éstos sería quitar de la Coruña las banderas de reclutas que tiene allí el Regimiento Fijo de Buenos Aires. Ya hemos dicho que esta práctica nos despoja todos los años de 60 ó 70 mozos los más robustos para el trabajo y los más idóneos para el matrimonio; pero siendo preciso reemplazar aquel regimiento ocurrimos a esta necesidad por medio de un juzgado de policía que cele continuamente los ociosos y vagamundos para destinarlos a las armas. En ninguna parte más que en Indias se debe usar de este arbitrio ni acopiará mayor número de hombres. Una gran parte del vecindario de Buenos Aires y Montevideo, se compone de vagos, de gente ociosa, o de desertores. De ellos se podría reemplazar el Regimiento Fijo y levantar dos más si fuere necesario. Para perseguir a esta gente y limpiar de semejante peste las ciudades de aquella América sería oportuno confiar esta obra al Oidor Juez de Casados, franqueándole los auxilios necesarios, y relevándolo de la asistencia al Tribunal en los días que no se lo permitiese este destino. Encargado este ministro de remitir a España los que pasaron sin licencia y de aplicar los vagos a las armas, sobrarían fabricantes, acá y regimientos allá, y al año de practicarse esta inquisición quedarían ociosos los juzgados porque dejarían de ir polizones, y se aplicarían a oficio los mal entretenidos. Otro arbitrio de repoblar nuestra Península sería atraer los americanos por medio de regimientos y de colegios que se erigiesen para su acomodo privativamente. Acabamos de ver que la piedad del Rey ha levantado una 2.? Compañía de Guardias Españolas de Corps y un colegio en Granada con este importante objeto. Es admirable esta providencia, y deben ampliarse los medios de convocar a la Metrópoli. Todos los criollos que apetezcan dejar su patria hasta que nos recobremos de nuestras pérdidas, y venga a su equilibrio la población de ambos hemisferios. No sería difícil en la América meridional, especialmente en Lima encontrar sujetos que se hiciesen cargo de levantar y uniformar a su costa un regimiento veterano para pasar a servir en el Ejército de España. Si se pusiesen en Indias banderas de recluta para los regimientos de la Corona y se galantease a los mozos con algún socorro, o se les ofreciese alguna distinción, no dudamos que se alistasen muchos ya criollos ya europeos. Ni hay que temer que la extracción de gente que hagamos para España perjudique a la población de aquella América, porque arreglada la campaña, excederán los entrantes a los salientes, y conferidos a los criollos los empleos posibles de su patria, y removido el impedimento de la Real Pragmática de 23 de marzo de 76, se animarán a contraer matrimonio y multiplicarán su especie sobre el número de los que salgan para España; y por muchos que vengan a la Península siempre han de quedar allá muchos más. En que se proponen las fábricas que deben fomentarse en España con preferencia La última providencia que se debe tomar para afianzar el entable de nuestras fábricas es la de dar fomento a aquellas que no admiten competencia en su especie, o que por experiencia consta poder labrar de igual bondad y costo que en las provincias extranjeras. Aplicar toda la atención a las manufacturas que tenemos por inimitables, y olvidarnos de las que poseemos perfectamente, es perder lo cierto por lo dudoso, o por lo imposible. Anteponer la fábrica de lo que sólo puede imitarse por medio de unos gastos que no se han de sacar en la venta, a lo que podemos labrar con ganancia conocida, es arruinar al fabricante. Y supuesto que los lienzos finos, los brocados, la galonería de oro y plata, los mues, las gasas, los antolases, los encajes, las blondas, los abanicos, las cintas, las medias, los sombreros, la pedrería, etc. son obras a cuya imitación no hemos podido arribar o que no lo conseguimos a los mismos precios que el extranjero será prudencia cargar la aplicación sobre los ramos de comercio que nos son fáciles y conocidos. De este género son tantos los que podemos escoger para nuestros operarios que no nos han de alcanzar éstos si los queremos fomentar todos. Tales son las fábricas de lona y jarcia, las de brea y alquitrán, la de toda especie de corambre y curtidumbre, la de cristales, las armas blancas y de fuego, la de balas, municiones y pertrechos, las fornituras de nuestros regimientos, la de alfileres y peines, la de paños de segunda, la de estameñas, y las de lonas y lienzos de estopa y cáñamo, la de clavazón y el herraje, la broncería, el papel, la cera, las carnes saladas, el aceite de ballena, la sidra, la cerveza, el aguardiente, la resolis y otros semejantes que ocupan mucha gente, tienen grande consumo y nos extraen muchos millones de pesos todos los años. En ninguno de estos ramos de comercio cabe competencia de mucha sustancia; o si cabe, podemos llegar con facilidad a la imitación de los que mejor lo ejecuten. Son también unas manufacturas que hemos citado, que no requieren grandes fondos ni portentosas máquinas para ponerse por obra y llevarse a su perfección. Sólo necesitan de fomento; y aunque para esto contribuye mucho la rebaja de derechos reales, o la absoluta libertad que les ha concedido S.M. por el Reglamento del Libre Comercio en su embarque a Indias, bien experimentado tenemos que no ha bastado este recurso para darles incremento y que tampoco ha sido suficiente a este fin la extinción de los derechos de palmeo y tonelada, ni al acercar y aumentar buques de comercio, ni el abolir la tarifa de los fletes y dejar libre este comercio; luego es una verdad indisputable que se necesita de alguna otra providencia más inmediata para el fomento de estas manufacturas. Nosotros nos persuadimos que la más eficaz a este intento sería la de prohibir el paso a Indias a estos efectos, siendo extranjeros. Este arbitrio consta del reglamento de libre comercio, haberse tomado ya en favor de las medias y birretes de seda, los sombreros de menos que castor, las cintas de seda, oro y plata; las cotonías de hilo y algodón, pero por desgracia han recaído estas prohibiciones sobre efectos que no han podido imitarse en España, y de esto ha resultado que los que se han fabricado por nosotros no han tenido buen despacho, y los de los extranjeros han doblado su estimación y su consumo. Este desorden ha traído dos males: uno, que se nos haya extraído fuera del reino más cantidad de plata que antes de la prohibición: otro, que así la plata, como el efecto de su procedente, han salido y han entrado sin pagar derechos. El mismo reglamento de libre comercio deja paso franco a unos renglones de manufactura extranjera que si los prohibiese no habría quien los codiciase, y tendrían salida todos los que se labrasen en España. De esta clase son la almagra, el alquitrán, la brea, el alumbre, el arroz, el atún, el azarcón, botellas vacías, las bujías, candados, cajas, cajetas y cuerdas de instrumentos, cañones de escribir, la carne salada, cera blanca, cola, drogas y medicamentos, esmeriles, espejos, espadas, espadines, espuelas, fideos, frascos, frasqueras, habichuelas, alambre, etc. Quizás no hay un renglón en todos los de este largo catálogo que no pueda darlo la nación en toda la porción necesaria a Indias y España y tan bueno como el extranjero. Por tanto, si éstos fuesen los prohibidos de pasar a Indias siendo extranjeros habrían tenido sus fábricas mucho incremento en España porque ninguno se expondría a las penas de contrabando por comerciar arroz, cola, botellas, hojas de España, habichuelas, candados, alumbre, frascos, frasqueras, teniéndolos de fábrica española; y la necesidad de estos efectos estimularía el comercio y al artesanado a buscarlos, y a fabricarlos en la cantidad necesaria a España y las Indias. Pero siendo éstos permitidos, y los otros prohibidos, sucede que se despachan con preferencia los extranjeros de la clase de los lícitos y de la de los ilícitos; los unos porque siempre son más baratos, y más curiosos, y los otros porque son incomparablemente mejores. Entre los renglones extranjeros permitidos de llevar a Indias hay algunos que no debían dejarse embarcar aún siendo de cría o fábrica de España. Tales son el arroz, la harina, las menestras, la cola, los peines, la brea, el alquitrán, las drogas medicinales, la carne salada y otros. De estos efectos debía hacerse en las Indias un comercio activo con España, y prohibirse el pasivo; y luego que se hubiese entablado aquél, debía la España hacer el mismo comercio con la Europa y excluir a los extranjeros de que viniesen a nuestros puertos con semejantes frutos. La América meridional, no sólo puede criar para su consumo y para el nuestro el arroz, la harina, las menestras, etc., sino que tiene para ello la proporción que no logra ningún país de Europa. Para la cría del arroz no es mejor el reino de Valencia que la campaña de Montevideo, porque toda ella es terreno húmedo, pantanoso y quebrado de ríos y arroyos. Para la cosecha de granos y menestras quizás no hay en todo Europa suelo más fecundo; sobre que nos remitimos a lo dicho hablando de los diezmos; y si los correos de Buenos Aires empezasen a conducir carga de harina para el abasto de los presidios y hospitales crecería en breve este comercio con mucho provecho de la nación en ambos hemisferios. La fábrica de la cola debía ser privativa a Montevideo y Buenos Aires exclusivamente. Este efecto se hace de las garras o desperdicios de los cueros, y de ellos van cargados los barcos catalanes sin más costo que alzarlos del suelo; y trasladarlos a Cataluña los retornan convertidos en cola. Lo mismo decimos de los peines, tinteros, hornillas, cucharas, tenedores, y demás obras de asta, éstas cubrían el campo hasta la época del comercio libre, y desde esta fecha se ha levantado de ellas un ramo de comercio. Para facilitar su transporte a España a menos costa y sin riesgo de que apolillen la carga de cueros, se ha discurrido partir en tres trozos cada asta, abrir a fuego el trozo, reducirlas a planchuelas y encajonarlas; con lo que ha crecido tanto esta industria, que contribuye derechos a la Real Hacienda que da provecho al ganadero, pues se vende hoy a 20 pesos el millar de astas en bruto. El hueso se aprovecha también en peines, hornillas, alfileres y en una palabra no hay cosa inútil en el toro a excepción de la sangre, y no lo sería si quisiesen hacer de ella azul de Prusia. Las plantas medicinales se dan en aquella América por todo el campo sin que se cultiven y sin que se les haga caso. La brea, el alquitrán y la carne salada son tres especies que debían estar en el mismo pie que está la cascarilla, la azúcar, el cacao, el añil, y sus semejantes pues del mismo modo que toda la Europa se abastece de estos efectos por nuestra mano, debía surtirse de alquitrán, brea, y carne salada. Todas las potencias marítimas podían venir a nuestros puertos a cargar de estas tres especies y acabarse el comercio activo que hacen con España. Estos ramos podían ser tan privativos de la nación como lo son los cueros. Nuestros buques podrían salir vacíos de Cádiz a buscar carga de estas especies a Montevideo y ganarían más en este comercio que en el día con todo de devengar dos fletes. Ni la Holanda, ni la Inglaterra podrían dar más barato que nosotros estos tres renglones; y fomentarían de tal modo nuestro comercio, y Marina que excederíamos muy pronto a aquellas dos naciones, con todo de ser tan respetables sus flotas y armamentos. Los ingleses salen a 3.000 leguas de su domicilio a buscar por el mar del sur las ballenas, y el espermacete para volver a Londres el aceite de que han de hacer el alquitrán las Provincias Anceáticas. Se remontan los ingleses en esta navegación hasta la altura del Cabo de Hornos sin temor al escorbuto de que ha sido y está siendo víctima la España desde que se descubrió este viaje. Ellos resisten a los fríos inmensos de aquella región se exponen a caer bajo una banca de nieve, que ha hecho zozobrar armas de un buque español; se arriesgan a ser sumergidos en aquel océano al tiempo de la inmersión de la ballena, se acomodan a sufrir la intolerable hediondez del aceite frito y se sujetan a estar en el mar 10 y 12 meses que se necesitan para esta expedición sin hacer escala en parte alguna, alimentándose de unos víveres desubstanciados o corrompidos. A costa de todas estas incomodidades y desembolsos se adquiere el aceite de ballena; y aunque después de estos trabajos y peligros no pesquen más que dos o tres ballenatos costean la expedición y hallan ganancia competente. Nosotros tenemos las ballenas tan a la mano en el Puerto de Maldonado, que se pueden harponear a pie firme desde los barcos que están fondeados en aquella bahía. Estos animales avisan de su cercanía por medio de una expulsión de agua que arrojan a lo alto, y por este aviso se puede salir tras ella luego que se les oye con sólo tener prevenidas unas lanchas o canoas de competente esquife para esta operación; y enclavada la ballena se conduce a la playa y se fríe en el campo en sitio ventilado donde no incomode su hedor. Con tener media docena de buenos harponeros en Maldonado que salgan al mar en otras tantas lanchas, está hecho el mayor gasto de esta negociación; el gasto de freír la ballena es de muy poco momento; la leña abunda en los montes inmediatos; la carne necesita de un caballo el que compra dos reales de ella para poderla conducir a su casa; el pan es excusado y sale poco; el alumbre de sebo es muy barato, y si se quiere de la mesma ballena vale menos; las casas son pajizas; los salarios son de 8 a 10 pesos, los barcos menores para conducir a Montevideo el aceite, están de sobra; a falta de ellos abundan las carretas de bueyes; el camino es llano; la distancia, 30 leguas; y por último enfrente de Maldonado está la isla de Lobos, cubierta de estos anfibios que dan materia con su piel a otro ramo de comercio. ¿Mas quién podrá persuadirse que habitando el centro de esta tierra y la anchura de estos mares, no hemos hecho un barril de aceite para comercio en casi 300 años? Pero no es esto lo raro: lo que admira sobre todo es, que habiéndose levantado ahora años una compañía marítima en Vizcaya para la pesca de la ballena auxiliada y sostenida por la Real Hacienda, sólo ha hecho dos remesas de aceite y esto con mil demoras y dificultades, después de haber perdido dos o tres embarcaciones en el puerto. Aunque la América meridional carece de pinares cuya resina es uno de los ingredientes que entran en la composición de la brea y del alquitrán pudiera haberlos si se plantasen, pero con trasladar a España el aceite se hacía el mismo comercio y podrían establecerse las fábricas de ambas especies en los reinos de Aragón y Cataluña donde las hubo ya a principios de este siglo, y particularmente en los montes de Tortosa, a las orillas del Ebro que son abundantísimas de pinos, y esta sola negociación dejaría en España grande cantidad de dinero que hoy pasa al norte en pago de estos efectos; y fabricándolo abundante de modo que tuviese para su gasto y para vender a otras naciones sería inmensa su ganancia. El ramo de las carnes saladas podría ser tan privativo de España por medio de los vecinos de Montevideo y Buenos Aires, que sin necesidad de prohibir la entrada de la del norte, vendría a quedar excluida enteramente; y sería fácil que llegásemos en breve tiempo al caso de que las mismas provincias del norte, que hoy nos abastecen se proveyesen de este efecto en nuestros puertos. Toda la carne de toro y de novillo que se desuella en los campos de aquellas dos ciudades para el comercio de los cueros queda tendida por el suelo a merced de los perros. La salazón de esta carne es obra muy sencilla y acomodada a hombres de cualquier edad y especie. Su costo consiste en el precio de la sal, y ésta se conduce a Montevideo de la costa de Patagones sin más valor que el trabajo de alzarla y embarcarla, lo que hace que se venda por mayor en aquel puerto a... pesos la arroba; y empleándose... en cada una de carne se puede dar éste en América a 10 reales de plata con moderada ganancia del estanciero, porque al paso que éste sala carne, hace otros cuatro comercios que son el del cuero, el del sebo, el de la grasa y el del charque; y hace cinco, si tiene quien le compre las astas; con que con poco que gane en la salazón de una carne que había de quedar tendida por el campo emprende gustoso este comercio. El flete de esta carne para La Habana se ha estado haciendo desde Montevideo por 12 hasta 16 reales de plata cada quintal, viaje redondo, y pudiéndose hacer para España por este mismo flete, vendría a salir la arroba puesta en Europa inclusa la comisión, el barril, el embarco, almacén y demás gastos menores, a 2 pesos y dado que le costase 50 reales de vellón y que la vendiese a 60 ganaba un 20 por 100. Los consumidores de España vendrían a ganar otro 20 por 100 en plata, y un 25 a lo menos especie, porque la del norte se vende regularmente a con una tercera o cuarta parte del hueso, y la de América es toda pulpa como ya dijimos en otro lugar. El Estado lucraría el ahorro de la plata que extrae de España esta negociación; y lograría el provecho de la que dejaría de salir cambiando la carne sobrante, de su consumo por otros frutos extranjeros. Conduciéndose 20 quintales a España todos los años a precio de 60 reales la arroba, entraban a la Península 180 pesos; y de ellos llevaría 40 al gremio de navieros y los 140000 restantes se compartirían entre hacendados, toneleros, lancheros, peones, etc. y con la ventaja que hace la carne salada de América a la de Europa se solicitaría con preferencia, y cada año se aumentaría su consumo; y en los cinco ramos de aceite de ballena, harina, carne salada, cueros y pieles de lobo se podría hacer un comercio de millones que no se dejan calcular. Las fábricas de lonas, lonetas y jarcias de que están en posesión la Holanda, la Suiza y otras potencias del Báltico, tenemos en nuestra mano el quitárselas en aquella parte que nos traerá vender a España. E1 cáñamo es una cosecha conocida que se da abundante en la mayor parte de la península a precios muy cómodos. El alquitrán para el servicio de cables y jarcia, podemos tenerlo de nuestra propia cosecha; y la fábrica de lona y jarcia nos es conocida y practicada. En Puerto Real las ha habido de jarcia, y en el reino de Galicia de lona y jarcia, y unas y otras han salido de tan buena calidad como la extranjera, y a precio equitativo. En el reino de Chile se coge muy buen cáñamo, y en Valparaíso y Quillota se trabaja mucha jarcia que se consume en los barcos del tráfico de Lima. En los campos de Montevideo no se coge porque no se siembra, pero si se sembrara, como la tierra es aparente para toda clase de frutos, se daría abundantísimo; y costando la manutención tan poco, como ya hemos dicho sería fácil entablar allí la siembra y la fábrica de ambas especies. Pero que sea en América o sea en España es cosa de poco momento. Lo que importa sobremanera es dar principio a uno y otro, y prohibir enseguida el embarque de todos los efectos extranjeros que dejamos citados, y los demás de que seamos capaces con la misma perfección que ellos; compensándoles la exclusión de estas especies con la rehabilitación de las medias y gorros de seda, los listones, las colonias, los sombreros, etc. Ello es, que ni lo debemos querer todo, ni querer lo que no nos es concedido, ni dejar de querer lo que nos es posible. Estas tres máximas deben dar el norte de nuestras fábricas, y de todos nuestros proyectos. Quererlo todo es imposible y muy arriesgado. Querer lo que no sabemos manejar, es arruinarnos y suplantar al extranjero; y no querer lo que nos es posible, fácil y necesario, es demasiada indolencia. Hemos visto que fabricar de todo lo que otros fabrican, y en la cantidad necesaria a nuestro consumo, es un imposible físico, y principio fecundo de una guerra general; que fabricar medias, sombreros, cinterías, cotonías, y otros efectos, al costo y primor que Inglaterra y Francia, nos está negado; y que fabricar lonas, jarcias, brea, alquitrán, cola, corambre, cristales, papel, armas, fornituras, carne salada y mil otras especies, es posible, fácil, útil y aún necesario en la actual constitución. Luego sin mucho estudio hemos de conocer que ni esto se nos debe traer de fuera, ni nosotros meternos en fabricar lo otro. Todas las naciones comerciantes observan este sistema. La Francia labra tisues y toda clase de tejidos de seda; fabrica sombreros, medias, paños, bretañas, ruanes, creas, batistas, etc. Inglaterra no conoce estos efectos en sus fábricas, y emplea su industria en bayetas, anascotes, chamelotes, sargas, sempiternas, duroix, y toda especie de quinquillería, herramientas e instrumentos de cirugía y matemática. La Holanda emplea el lino en tejidos más ordinarios como platillas, bramantes, morles, gantes, caserillos, etc. Del cáñamo hace lonas, y lonetas de la lana hace ricos carros, y medios carros de oro, lamparillas y camelotes de lila. La Flandes teje rasolisos, mues y grodetudes. La Ginebra hace galones, puntas y esterillas de plata y oro. Ni la Italia ha emprendido jamás hacer paños, ni la Francia bayetas, ni la Inglaterra brocados, ni la Holanda tafetanes, ni la Flandes herramientas. Cada nación ha cultivado la industria que ha reconocido propia a su clima y al talento de sus habitantes; y si alguna de ellas ha aspirado a imitar lo que otra fabrica peculiarmente bien presto ha tenido que arrepentirse y desistir del intento. Nosotros no hemos sido más felices en estas tentativas; y todo lo que tardamos en desengañarnos y abandonar ciertas fábricas a los extranjeros, tardaremos en extinguir el contrabando. Este ilícito trato crece visiblemente con las prohibiciones que se imponen a nuestros efectos cuando recaen éstas sobre manufacturas extranjeras; a nuestros conocimientos, o de inferior gusto a las extranjeras; y éstas logran mayor despacho. Consultemos la experiencia y ella descubrirá la verdad. Búsquense en América medias de seda, listonería, cintería, sombreros, cotonías, papel pintado, hilos finos, pañuelos, etc. de fábrica extranjera y sin embargo de estar prohibidos estos efectos en Indias se encontrarán en todos los almacenes y tiendas. Indáguese el consumo, y se hallará que es incomparable con el que tienen estos mismos efectos siendo de fábrica española. Cotéjense los precios, y resultará que es mayor el de aquellos de que hay más venta. Procúrense vinos y aguardientes extranjeros, indianas de algodón, azúcar de Holanda, cerveza, herraje, cintas de hilo, encerados, esterlines, gorros de lana, galonería falsa, etc. y no se hallarán en indias estos efectos de fábrica extranjera. Estos y aquéllos están prohibidos de embarcarse, y los unos abundan sobremanera, y los otros no se encuentran. La causa de esta diferencia consiste, en que nuestros vinos y aguardientes son mejores y más baratos que los extranjeros. Que las indianas de algodón de Barcelona son excelentes; que nuestra azúcar es bastante buena y menos cara que la de Holanda; y por último que la cerveza, el herraje, las cintas de hilo, los encerados, los esterlines, los gorros de lana y la galonería falsa, son renglones que se trabajan en España de la misma calidad y precios que fuera del reino con poca diferencia. Por tanto, no tenemos motivo de desearlos de fábrica extranjera, y no apeteciéndolos el consumidor, no se arriesga el comerciante a embarcarlo de contrabando. Pero como las medias, los listones, las cintas, los sombreros, las cotonías, los papeles pintados, el hilo fino y los pañuelos no igualan con mucho a los extranjeros ni la calidad, ni en el precio, se desean con ansia, se pagan bien, y este interés cohecha a los expendedores y fomenta el contrabando. En una palabra el traer prohibidos unos efectos que no los tenga semejantes la nación trae el perjuicio de que pierda S.M. los derechos que percibiría a su entrada y a su salida si no estuviesen vedados, y que no se consiga el facilitar el despacho de los géneros nacionales, que fue el fin de la prohibición; de donde resulta que la Real Hacienda pierde, que la nación no gana y que el extranjero lo embolsa todo. La infalible certidumbre de estas tres consecuencias nos pone en estado de desear con anhelo que se alcen enteramente las prohibiciones de efectos que dejamos citados y que se trasladen éstas a los renglones de fábrica española que hemos referido. Pero por cuanto no aplicándose nuestros artesanos a fabricar con abundancia las obras que pretendemos ver prohibidas, suplirán la falta las extranjeras y queda en pie el mismo inconveniente, es indispensable que nuestro ministerio empeñe su autoridad en dar fomento a estas mismas fábricas para que cubran el consumo anual; que se tomen las medidas necesarias para que en el caso de no alcanzar a ésto las fábricas actuales se levanten las suficientes; que todas tengan a mano las primeras materias a precios acomodados; que los jornales de los oficiales sean de calidad que ni dejen de alcanzarles para el sustento, ni excedan de lo justo. Este celo es el eje que da el movimiento a toda esta máquina, y nada es más fácil que este examen a los intendentes de provincia. La autoridad que reúnen estos ministros a los conocimientos de que están poseídos siempre todos los ramos de industria municipal de sus territorios, les da hecha la averiguación y allanados los obstáculos que se opongan a la obra. Poco será lo que se deniegue a sus diligencias, insinuándose con un poco de agrado en los que han de ejecutar el proyecto. Cualquiera persona de más de mediana esfera hace un honor de que el jefe lo ocupa en lo que puede complacerlo. Basta las más veces el entender que se puede congratular al superior para darnos priesa en hacerle aquel obsequio; y no es raro en el mundo que los hombres prevengan y se anticipen con la ejecución a los deseos de benefactores. Enterados los intendentes de que en el desempeño de esta diligencia hacen un servicio positivo al soberano, sobrarán los encarecimientos para hacerles manejar con celo y sagacidad este encargo; y el honor en éstos y la subordinación y el interés en los otros, ejecutará a todos al cumplimiento de lo que se apetece. Estos dos medios nos parecen ser los únicos de desterrar para siempre el contrabando de las Américas. Luego que puedan comerciarse en ellas francamente las manufacturas extranjeras que hoy son prohibidas, y que estén surtidos nuestros almacenes de las que debemos reservarnos privativamente sobran los resguardos y las guardias en mucha parte; y mientras no se entable este sistema abundará el contrabando aunque se tripliquen los celadores. Hablamos de experiencia; y aunque abundan los sucesos que acreditan que son inútiles las precauciones de los fraudes para que no se nos introduzcan de fuera lo que no tenemos semejante, referiremos un hecho que prueba, por mil, ser más conveniente alzar las prohibiciones de los efectos dichos, que aumentar la guardias y ministros. Por el mes de febrero de 1793 se presentó en el puerto de Montevideo la fragata de guerra francesa El Dragón de 500 toneladas de porte procedente de las islas de Mauricio al mando del Teniente de navío D. Alexandro Duelos, con pasaporte y cartas credenciales del comandante de aquellas islas para el virrey de Buenos Aires. Luego que dio fondo en Montevideo pasó a su bordo el Teniente de Comandante Don Manuel Cipriano de Melo por orden del Gobernador de la plaza Don Antonio Olaguer Feliu, a hacerla la visita acostumbrada. Examinó a Duelos en la forma ordinaria, y lo primero que le dijo fue que venía en lastre y que su arribo se dirigía a comprar trigo para el abasto de las islas que padecían una hambre absoluta. Con esta noticia procedió el gobernador a mandar custodiar el buque haciendo poner tropa a su bordo al cargo de un oficial, dos ministros del Resguardo, y la zumaca de rentas a la popa de la fragata con otros dos dependientes con orden de que nada entrase ni saliese de aquella hasta nueva providencia del virrey. Averigúose después que el buque conducía carga de mercaderías bajo el pretexto de ignorarla al pago del trigo, en seguridad de unas letras de cambio que traía Duclos sobre París en lugar de dinero; y con esta noticia procedió el Gobernador a la aprehensión de la carga y por medio del comandante del resguardo, del administrador de la aduana y del ayudante de la plaza la hizo conducir con tropa a un almacén de los del fuerte en que habita el mismo gobernador y la encerró debajo de cinco llaves que recogieron el gobernador, el comandante de artillería, el administrador, el del resguardo, y el capitán de la fragata. Así guardadas las mercaderías se corrió un expediente en el Gobierno de Buenos Aires, acerca de si se le había de dar o no a Duclos el trigo que pedía, y resuelto que no podía dársele otro que el preciso para rancho se comunicó la orden al Gobernador de que luego que hubiese embarcado Duclos el trigo que se le permitía hiciese volver a bordo las mercaderías depositadas. De hecho se abrió el almacén depositario, y bajo la intervención del administrador, comandante, ayudante de plaza y escribano, se trasladó a bordo toda la carga que existía en el almacén manteniendo siempre en la fragata la tropa, los guardas y la zumaca con las mismas órdenes: y de esta forma se concluyó la carga de los efectos el día 5 de junio a la sazón de tener ya a su bordo la fragata la harina, el rancho y aguada, y de estar pronto a zarpar sus anclas. Debía salir a la mar por esta regla el siguiente día 6; pero ya fuese porque Duclos había extraviado parte de su carga sin haber cobrado su valor o ya porque la tenía contratada toda, o ya, porque no lograra sus ideas si no la dejaba vendida, pasó el día 6 y los restantes hasta el 17 y la fragata se mantuvo anclada al pretexto de un nuevo recurso que hizo Duclos al Virrey. El 17, por la tarde dio fondo en Montevideo el correo de España con la noticia de estar declarada en nuestra corte la guerra con la Francia; en cuya vista pasó el Gobernador a bordo de la fragata francesa y le mandó sacar el timón cerrando con barras y candados las bocas de escotillas, y sellándolas con lacre, manteniendo siempre la tropa y ministros, y haciendo custodiar los costados de la embarcación con rondas de guardas que cruzaban la bahía toda la noche celando que no se hiciese ningún desembarco y reconociendo los botes o lanchas que intentasen hacer algún movimiento. Avisado de todo el Virrey de Buenos Aires, aprobó al Gobernador que hubiese tomado el timón a la fragata, y le mandó que recogiese de nuevo toda su carga y la hiciese encerrar en el almacén de la real fortaleza. El día 28 de junio por la tarde pasó el Gobernador con su ayudante, con el administrador de la Aduana, el comandante del resguardo, el capitán Duclos y el escribano de Real Hacienda, a bordo del francés a dar principio al inventario de la carga; y no creerá el que no lo hubiese visto que jamás se ha hecho a ningún hombre una burla semejante. Abriéronse las bocas de escotilla, bajó el escribano a la bodega a hacer arriba la carga, y fue mandando baúles vacíos hasta el número de 38 o 40, que fue lo único que se halló en toda la fragata, a excepción del rancho y de unas botellas de rapé. En un baúl se halló un carnero muerto, en otro arena, en otro un poco de jarcia, y los demás vacíos. Ni la tropa, ni el comandante, ni el administrador, ni los guardas supieron dar razón de la carga y Duclos se contentó con dar por toda respuesta en el alcázar de su fragata que lo habían robado, y se concluyó la diligencia. Después de muchos días principió el Gobernador una sumaria en descubrimiento de los autores y cómplices de este contrabando, y mejor recapacitado Duclos inventó el refugio de decir que él no había traído carga alguna en su fragata, y que si tenía dicho lo contrario, había sido por dejar en prenda aquellos baúles vacíos que se hallaron a su bordo, en el caso de que los vendedores del trigo no le quisieren admitir las letras de cambio que llevaba para su pago; y con este miserable artificio o ridículo invento, tan burlesco como el del robo, quedó Duclos y toda su oficialidad paseándose por Montevideo. La sumaria que actuó el Gobernador constó de más de 40 testigos de gente de tropa, resguardo y comercio, pero por desgracia ningún testigo supo cómo ni cuando se desembarcó este contrabando; y todos los vecinos, que habían sido testigos, lo sabían con puntualidad, y que valía al pie de fábrica de 100 a 150 pesos de plata. Poco después se supo en toda la ciudad lo que contenía la carga, porque principiaron a verse por las tiendas, por las calles, y en servicio de los vecinos, tantas cosas nunca vistas, de fábrica francesa y chinesca, prohibidas de ir por España y venderse a precios tan moderados, que cuando no se supiese de público su origen, había muy poco que adivinar para aceptarlo. A la novedad de este escándalo determinó el Virrey emprender una nueva averiguación en el mismo Montevideo cometiéndola al brigadier Don Miguel de Texada, Coronel del Regimiento Fijo de Buenos Aires, la que principió a actuar por el mes de noviembre; pero siempre firmes los delincuentes en la religión del secreto, no adelantó Texada cosa alguna sobre lo hecho por el Gobernador, con lo cual vino a quedar civilmente ignorado un delito el más notorio que tenía tantos testigos como vecinos, y tantos cómplices cuantos compradores. Hemos citado este ejemplar entre infinitos que podíamos apuntar, por más escandaloso que ninguno y porque en él perdió S.M. no sólo los derechos reales sino el principal en virtud de corresponderle el cargamento de este buque por razón de presa hecha en justa guerra; y también para que se vea que el mejor resguardo de los puertos de Indias es quitar la materia del contrabando, habilitando para el comercio aquellos efectos que siempre y por siempre ha de desear la nación y los ha de adquirir a cualquier costa. Dilatar el rigor de las leyes prohibitorias de comercio hasta imponer a sus transgresores la pena ordinaria de muerte, es curar un mal con otro mayor; y si no ha de tener efecto esta providencia porque no se pretenda otra cosa que conminar al vasallo para que se aterre con el miedo de la pena en breve vendrá a despreciarse, y continuará el desorden en su misma fuerza. Este es el éxito que han tenido semejantes penas en cuantas ocasiones se han impuesto; y para prueba de esta verdad daremos a la letra lo que escribe don Jerónimo de Ustariz al capítulo 17 de su Teorica y práctica de comercio. "Es constante que la extracción de oro y plata no se impide con pragmáticas y leyes penales, pues aunque algunas del reino incluyen pena de la vida y de la hacienda, con cuyo rigor amenazan las prohibiciones, no se observan ni se pueden observar en España ni en otros reinos, sobre semejantes asuntos, como lo acredita la experiencia de siglos enteros, en cuyo dilatado tiempo ha habido también grandes y muy vigilantes reyes, y celosos ministros que han hecho muchos esfuerzos, para su puntual observancia, y no se ha logrado; lo primero porque es imposible poner puertas al campo en tan dilatadas costas, y fronteras cuyo ámbito pasa de 600 leguas y lo segundo, porque aunque en todas las costas y fronteras se pusiesen guardas y centinelas de vista de día y de noche, repartidos de cien en cien pasos o más próximos, viéndose unos a otros y mudándose cada hora a usanza de ejércitos no sería difícil sobornar a algunos y aún a muchos de ellos para ejecutar las extracciones, como hoy sucede con los guardas de la Real Hacienda y se experimentó en los de 1722 y 1723 con los soldados y paisanos empleados al resguardo de la sanidad; cuya vigilancia, cuando no se burlaba con la maligna destreza, se sobornaba muchas veces con el interés, aunque no podía ser muy crecido, respecto al valor moderado de las cargas que se introducían de azúcar, cacao y otras mercaderías de menor estimación que el dinero aunque la entrada de éstos y otros géneros estaba prohibida también con pena de la vida y de confiscación, cuya pena saben con experiencia que es una ley dura en el amago, y blanda en el impulso pues no la ven practicar. Además de que es de grande dificultad descubrir y convencer a los contraventores; y pues que en siete u ocho siglos no se ha podido conseguir su observancia con la severidad de las leyes muchas veces repetidas y renovadas, no debemos esperar que se logre su cumplimiento en nuestra era sino buscando otros medios más naturales eficaces y seguros, como lo son la buena disposición de los comercios y no pragmáticas, prohibiciones ni guardas, porque siendo muy débil esta providencia, no nos hemos de fiar de ella.. A vista pues del poco fruto que han producido las mayores penas, en el discurso de ocho siglos para exterminar el contrabando, podremos creer que no nos hemos engañado en la opinión de que no son los guardias ni los soldados los que alejan el contrabando de nuestras costas, sino las buenas disposiciones del Gobernador; y pues se debería elegir nuestro pensamiento aún cuando nos trajese algún daño, recibiría mayor realce a presencia del ningún perjuicio que nos origina el permitir el comercio de unos géneros a cambio de prohibir el de otros que se hallan permitidos, y esto no por razón que la de no sernos posible imitar los prohibidos; con que si no vamos a perder cosa alguna en aquel cambio, vamos a conseguir que no haya contrabando parece que no se puede encontrar un medio más provechoso al erario y al comercio que el de permitirle negociar en medias, cintas, y cotonías, y prohibir que lo haga el extranjero en brea, alquitrán, carne salada, etc. Aunque la confiscación de bienes, por ser pena inferior a la de muerte parece que se podría imponer con menor embarazo y ser más oportuna para la extinción del contrabando, hemos visto que del mismo modo se contraviene una que otra. La ley de la confiscación es una de las más antiguas de nuestros códigos y de todas las naciones, y nunca ha precavido el contrabando. Nosotros tenemos una ordenanza en el artículo 18 del Reglamento de Comercio Libre, que condena al contrabandista del comercio de Indias en la confiscación de cuanto le perteneciere en los buques y sus cargazones, en la pena de cinco años de presidio en uno de los de África, y en la de quedar privado para siempre de hacer el comercio de Indias; y sin embargo de estas formidables penas, no sólo florece el contrabando, sino que se hace a cara descubierta. En Lima vimos un caso, que por ruidoso y singular, y por haber acontecido entre españoles del comercio de Cádiz y del Perú, lo vamos a referir aquí, apoyando en él la última prueba de la inoficiosidad de las penas para ciertos delitos; y fue, que entraron en Lima el año de 87 que por el mes de junio pasaban de dos mil de docenas las que se hallaban detenidas en la aduana por su administrador. Hízose un expediente separado sobre la partida de medias de cada interesado, y llegaron a 40 o más los procesos que se habían escrito a mediados del año; y viendo que cada barco que llegaba de España ofrecía materia para otros tantos procesos, se formó uno general para tratar a la vez de la averiguación de este asombroso contrabando y del castigo de sus autores. Corrió este expediente sus debidos trámites y substanciado en forma con audiencia del fiscal de Real Hacienda recayó sentencia del superintendente general, declarando haber caído en comiso las dos mil y más docenas de medias, y eximiendo por equidad de esta pena las facturas y a sus dueños de la de presidio y privación de oficio. Levantó el grito todo el comercio, y después de apelar los comerciantes en particular para la junta Superior de Real Hacienda salió el Consulado a la defensa, querellándose de la sentencia y coadyuvando la pretensión de aquellos individuos. Sustanciose de nuevo la segunda instancia por el fiscal. La resolución de S.M. justificó la del fiscal a quien siguió la junta pues su Real Piedad tuvo a bien el aprobarla, y quedó así hecha regla la decisión de un caso particular para todos sus semejantes. Lo mismo se sirvió ejecutar S.M. en el comiso muy considerable de plata de piña que se aprehendió en Potosí a mediados de este siglo, cuyo caso se tuvo presente, y se alegó por parte del Consulado para la determinación del expediente de las medias; y lo mismo habrá de hacerse siempre que se trate de castigar un fraude general o muy cuantioso, según dijimos que lo había practicado el Señor don Felipe III con el plantío de viñas de América. Por donde se puede venir a conocer que ni la pena de muerte por exorbitante y circunspecta, ni la de confiscación por ruinosa en particular, y perjudicial en común, ha tenido uso en los casos ocurrentes; y con esto ha venido a quedar el contrabando sin el correspondiente castigo, o ha recaído solamente en uno u otro contraventor de que no ha sacado ejemplar el público. De resultas de esta impunidad gira el contrabando por la misma derrota que el comercio lícito, y abundando en Indias ambos efectos, no medra la manufactura española, y el Rey pierde sus derechos. Resulta de esto que todo el comercio hace el contrabando; el que es de mala conciencia por codicia, y el que la tiene buena, por no perder su capital. Este mal es uno de los más terribles que ocasiona el demasiado contrabando, porque siendo uno de sus efectos destruir con audiencia del mismo fiscal; y con lo que expuso por escrito y de palabra y alegaron los abogados del comercio, se vio el expediente por el mes de noviembre del dicho año y se revocó el auto del superintendente bajo de ciertas condiciones y calidades, que propuso el fiscal en su respuesta. No constaba de los expedientes con la debida claridad que las medias fueran extranjeras positivamente, porque uno de los peritos declararon que lo eran, y otros que no. Los vistas de la aduana lo afirmaban, y los comerciantes nombrados por parte de la renta lo negaban pero si fuera lícito juzgar por ciencia privada, las medias se habrían dado por decomiso en la Junta de Apelaciones, no habiendo otros inconvenientes, porque en lo extrajudicial ninguno dudaba que eran de Nimes todas ellas. Al fin las dio la junta por libres; y si no había de arruinar el comercio de España y Lima era forzoso absolver y consultar a S.M. aún cuando tuviese certeza legal de que eran extranjeros porque en las circunstancias de pasar de dos millones de pesos el valor de las medias y facturas que debían confiscarse, y de llegar a 80 o más individuos los comprendidos en esta negociación, a quienes según la ordenanza se debía condenar a presidio por cinco años, y privar para siempre del comercio, era conforme a derecho que no se podía extender la ley a un caso original no previsto por el legislador y en que este mismo venía a sentir parte de la pena. Por éste y otros que propuso el fiscal en su citada respuesta tuvo la junta por indispensable la consulta al Soberano, entregando en el ínterin los cargamentos a sus respectivos consignatarios bajo de las fianzas, pagos y gravámenes propuestos al comercio honrado que negocia por el camino de las aduanas, es preciso que deje el comercio, o que haga lo que hacen los demás; con lo que hecho el delito trato común entre los negociantes, pocos o quizás, ninguno hacen reflexión al pecado que envuelve el fraude de usurpar al Rey lo que es del Rey; y por esta regla ni se teme a la pena temporal que no se ejecuta, ni a la espiritual que no se conoce. Si hemos probado estos asertos, será innegable a todo buen político, que conviene variar la administración de nuestro comercio y que esta variación debe consistir no en aumentar de guardas o celadores ni en darles premio o castigo, sino en aniquilar la materia del contrabando. Traídos al comercio los efectos extranjeros de actual prohibición, puede aminorarse el número infinito de guardas y ministros que se emplean en los puertos de España y América en que se desperdicia mucho dinero, y se pueden acrecentar los derechos a los géneros de nueva permisión hasta la suma que pagaban antes del comercio libre, dado caso que éste subsista, y no se reviva el Real Proyecto del año de 20; y en vez de un solo 3 por ciento que satisfacen hoy las medias extranjeras que se introducen con nombre de españolas, pagarán un 18; y extrayéndose más plata y más frutos de indias adeudarán mayores derechos y más cantidad de fletes con que el Rey perderá menos y ganará más, entrará más metal en España, vendrán más frutos con que hacer el cambio, y apenas habrá noticia del contrabando. Dadas estas providencias era necesario remover un inconveniente para que los efectos de fábrica de América no quedasen sin salida por falta de buque, como sucede con frecuencia en Montevideo; porque con ocasión de la abundante carga de cueros que se acopia en aquel puerto, que es la de mejor flete y menos perjudicial a la embarcación, se excusan los capitanes de traer los efectos de cría de aquel suelo, con lo que aplicados los comerciantes y los labradores a sólo el ramo de los cueros, tienen inundada la España de este efecto, y abandonados enteramente los de harina, carne, sebo, etc. Esto lo hemos visto muchas veces, y más de una hemos oído a los mismos vecinos que dejan de embarcar harinas para España porque los capitanes o no quieren llevarlas o les piden precios excesivos; y como prohibidos de comerciar los efectos extranjeros que hemos citado, era indispensable desatar las trabas a su navegación para que corriesen por todas partes, sería preciso dar disposición para que los frutos de Montevideo tuviesen buque pronto en que navegar a España. Destinar a este flete los correos en vez de el de cueros que conducen a su regreso, sería buena providencia; pero porque los correos fenecen sus viajes en La Coruña, y las ciudades de Cádiz y Málaga son más frecuentadas de buques extranjeros, convendría que hubiese comercio directo con estos dos puertos. Para esto se podría tomar el expediente de que cada embarcación de comercio reservase un cierto número de toneladas para cargar de frutos de fábrica o cría de América, que no fuesen cueros con calidad de que para no traer aquéllos había de tener expreso permiso del juez de arribadas de Montevideo, hecha averiguación de no haber en aquel puerto carga alguna de aquella especia. Lo mismo se conseguiría prohibiendo más extracción de cueros que la de medio millón cada año pues congregándose en Montevideo buques suficientes para más de un millón todos los años, los mismos capitanes serían agentes de los cosecheros, y fabricantes para que les cargasen frutos. De ambos modos se lograría la extracción de éstos, y se adelantaría darle más estimación a los cueros, que a causa de su extremada y nunca vista abundancia.
contexto
En que se examina si el sistema actual del comercio de Indias ha contribuido, o es capaz contribuir al restablecimiento de nuestras fábricas Basta ver el número tan considerable de hombres que se ha desterrado de nuestros talleres y telares por la vía de Indias para conocer que no puede ser muy grande el incremento que hayan recibido nuestras fábricas. Podrán ser que se hayan mejorado alguna cosa en la calidad de sus obras, y que las del día se pagan a menos costo y mayor primor; pero haberse aumentado su número y crecido las labores por influjo especial del sistema de comercio libre, ni se ha verificado ni puede ser. Mientras no logremos este aumento de manufacturas para que podamos ahorrar la compra de las extranjeras, poco o nada nos aprovecha que se hayan abierto muchos puertos al comercio. Toda la idea de lo que escribieron D. Jerónimo de Ustariz, D. Bernardo de Ulloa, D. Miguel de Zabala, D. Pedro Fernández Navarrete, y D. Sancho Moncada, con el deseo de introducir las artes y las fábricas en la Nación, no busca otro objeto que el de excusar por este medio la extracción del oro, y plata a que obliga la necesidad de comprar afuera nuestro vestuario y el de los vecinos de las Indias. Creyendo estos celosos patricios, que siendo esta necesidad el cauce por donde pasa a las demás potencias el metal de nuestras minas, era la mejor compuerta para detenerlo, levantar fábricas y telares que minorasen aquella necesidad. No hay duda que si fuese posible la realización de esta idea, y ella estuviese exenta de inconvenientes nada sería más propio para conservar nuestro caudal que el arbitrio de estos escritores. No se puede dejar de conocer que establecida nuestra independencia en los ramos de comercio pasivo, a que hoy estamos aligados, nuestra plata sería nuestra, y no tendría el extranjero la gloria de disfrutar las Américas por segunda mano. Pero reservando para después el examen de si trae perjuicios este pensamiento, siempre será preciso confesar que 30 españoles que nos haya extraído solamente el libre comercio en los quince años de su fecha; perjudican más a nuestras manufacturas que todo lo que pueden aprovecharle los auxilios del comercio libre. En este mismo período hemos sostenido tres guerras formidables. La del sito de Gibraltar declarada en el año de 79. La de los indios alzados en Arequipa, Tinta, Azangaro, el Cuzco, Puno, La Paz, Sicasica, la Plata, Oruro, Paxia, Cochabamba, la que actualmente está encendida con la Francia, tres años antes de la primera tuvimos la desgracia de perder en el desembarco sobre Argel, el número de hombres que es bien notorio. En el Puerto de Santa María perecieron muchas almas. Sobre Orán acabamos de sufrir una mortandad horrorosa; y las epidemias, los terremotos, los incendios, las inundaciones y los naufragios nos están disminuyendo la población continuamente. Con que añadiendo a los muertos el número de 30 emigrados a la América en estos quince años, ¿quién se persuadirá que difícil será el probar que esta falta no ha sido capaz de influir mucho en el atraso de nuestras fábricas? La espantosa mortandad que causaron los indios de Perú en sus diferentes rebeliones fue todo daño para nuestra Península; porque todo el furor de aquella gente tenía por blanco al europeo. De ellos fueron las casas que incendiaron, los bienes que robaron, y la sangre que corrió en arroyos en los pueblos y ciudades de Oruro, Sicasica, Paxia, Tinta y el Cuzco. Los regimientos de Infantería veterana que pasaron de España a Lima y Buenos Aires a sosegar a los rebeldes se quedaron allá tan así enteros que restituidas a España sus banderas, especialmente la de Burgos, Saboya, Soria y Extremadura, fue preciso levantarlos de nuevo con nuevos labradores y artesanos. Todo ha sido pérdida para la Nación en la última y penúltima década de este siglo. Ninguno ciertamente ha contado tanta mortandad de españoles desde la toma de Granada; y como estas pérdidas no tienen más que reemplazo que por los matrimonios, y éstos se han dificultado por el establecimiento que se ha establecido en la Pragmática Sanción de 23 de marzo del año de 76, ni igualan las entradas a la salida debiendo ser al contrario. Conocemos desde luego que el comercio libre no sería un establecimiento indiferente al beneficio, o al progreso de la industrias, si esta misma libertad estuviese exenta de inconvenientes; pero la absoluta libertad con que ha corrido, es el mayor obstáculo que se ha opuesto a nuestras fábricas. E1 comercio libre les da vigor, y el mismo comercio se lo quita, y las destruye. Un comercio franco y abierto desde nuestros puertos a los de indias, ofrece dos ventajas al fabricante; preséntale mayor número de compradores a sus manufacturas, a menos costa, y ofrecerle de primera mano el añil, la grana, los palos de tintes, el algodón, la lana, etc. y haciendo de estos dos comercios dos ganancias puede adelantar, y mejorar su giro. El fabricante y el artesano, a diferencia del labrador, habitan las ciudades principales que siempre lo son las de los puertos de mar, y proporcionándoles esta vecindad, amigos y valedores, les da mayor facilidad para hallar quien los habilite, para acercarse a las aduanas para civilizarse interior y exteriormente, para hacer una compañía, y para desprenderse de una porción de sus manufacturas y echarlas a que corran su riesgo por el agua. Pueden cambiar aquéllas por las primeras materias que lleguen de América a sus puertos, y pueden comprarlas al fiado, o al contado, y siempre con alguna conveniencia. Todo esto puede ser así y por lo mismo creemos que si nuestro comercio con las Indias conservase su opulencia y su verdor sería muy útil al fabricante tener cerca de su telar puertos habilitados para el comercio que le condujesen a Indias sus tejidos y les presentasen los materiales en primera mano. Pero si los comerciantes de la mejor práctica, si los más acaudalados, si los que han navegan personalmente con sus efectos, si los que se han criado con este ejercicio y tienen medido el terreno apenas se costean en el día, ¿qué quedará al sencillo fabricante que sin dejar su telar de vista pretende negociar por un factor? Hará una remesa, y ésta será la última. Perderá su capital y no volverá a levantar cabeza. Ganará acaso un tanto por ciento pero tan corto que al pie de fábrica lo habría ganado igual. Un comerciante de profesión, tomará de este mismo fabricante una cantidad de tejidos, y conduciéndolos a Indias de su propia cuenta podrá ganar un 3% donde el fabricante que haga este mismo trato pierda un seis. El comerciante inteligente a diferencia del simple fabricante surte una factura de 50 piezas de principal con efectos de muchas clases y con distintas especies: si pierde en unos, gana en otros; si en una apenas se costea, en otro dobla el capital: si a uno, no encuentra salida lo cambia por otro: si no puede esto le da en pago de una dependencia: y con estas industrias y economías compensa uno u otro quebranto, y trae su balanza al fiel. El fabricante que sólo hace remesa de los efectos de su telar, y que no sale de su casa, carece de todos estos arbitrios, si no consigue hallar la plaza desproveída y necesitada de sus manufacturas, tiene que malbaratarlas; si gana alguna cosa, se le va el provecho en los gastos y desperdicios a que lo sujeta la mano ajena: y para venir al caso de hacer un embarque necesita traer su caudal por las Indias dos o tres años, correr el riesgo de una quiebra, de un naufragio, y buscar dinero a interés mientras le llega su socorro. Todas estas pensiones tienen que sobrellevar el que negocia en Indias; y si son tolerables a un comerciante, que o las compensa con sus adelantamientos, o sabe el modo de sortearlas para un artista, o un fabricante que sólo entiende de lo que maneja, todo esto es un caos de confusión, y un quebranto irreparable. Por regla general el salir los hombres de su esfera y remontarse a una región no conocida siempre da materia para el arrepentimiento: y como tampoco son iguales los talentos de los hombres, es común que prosperen unos donde otros peligran, por no ser dado a todos el hilo de oro que halla la salida a los laberintos. Esto es puntualmente lo que sucede en la práctica. Las especulaciones hechas sobre el bufete y delineadas al antojo engañan con facilidad y cuando vamos a tocarlas con la mano para ajustarlas a sus quicios nos damos con el desengaño en los ojos. Acerquémonos a la prueba, examinemos a nuestros fabricantes, y sepamos de sus bocas por qué no hacen el comercio directo con las indias, y ellos nos repetirán lo que acabamos de escribir. Ellos nos dirán que les bastaría intentarlo para empezar a sentir quebrantos. Dirán que esto es propio de los comerciantes que lo entienden, y que a ellos está bien no salir con sus deseos, fuera de las paredes de sus casas. Quedemos pues de acuerdo en que siendo verdad que el comercio libre podría ser de momento a nuestras fábricas, le es muy perjudicial en su actual constitución, en fuerza de la excesiva confluencia de mercaderes y mercaderías que ha hecho desaparecer toda ganancia, y conozcamos por la verdad que un comercio limitado y restringido como e1 antiguo que dejaba un tercio de ganancia al mercader, es el arbitrio cierto de que florezca la industria y la agricultura; pero debemos creer al mismo tiempo que si las fábricas no han florecido lo que se desea, no es por falta que haya tenido, del libre comercio, sino por embarazos propios del país que no admiten remedio, ni conviene (acaso) que lo tengan. Expondremos con brevedad lo que sepamos decir en esta materia, sometiendo nuestro juicio al que sea más acertado. Se demuestra que no es posible fabricar en España la mayor parte de lo que necesita para su consumo y el de las Américas. Que trae inconvenientes el extender demasiado nuestras fábricas; y que no son necesarias absolutamente para la opulencia del comercio y la nación, ni para el ahorro de nuestra moneda Los que pretenden fundar en el fomento de nuestras fábricas, la utilidad principal de toda la España parece que levantaron sus cálculos sin computar rigurosamente la porción de obras que podían hacer en cada año nuestros fabricantes artesanos, y sin cabal idea de las causas que se oponen al logro de este proyecto. No parece que tuvieron presente que si la Península fuera capaz de llenar el cargo de 26 millones de piezas que consumimos y negociamos en Indias todos los años sería necesario para sacarlos de la Nación descuidar la agricultura y salir a comprar fuera las materias primeras, que ningún otro suelo de Europa las puede producir tan apreciables ni en tanto número. Parece que no ajustaron debidamente que aunque no aspirásemos a otra cosa que a copiar la mitad de aquellos 26 millones (que es absolutamente imposible) sucedería que consumiéndolos en nuestros telares, vendría a faltarnos materia para hacer el cambio, y pagaríamos en plata los 13 millones que recibiésemos de afuera. La abundante cría de materias con que hacer un cambio ventajoso con las manufacturas de Europa, es el objeto que debe llevarse la primera atención de nuestro Ministerio; y para obtener esta rica granjería no necesitamos otra cosa que favorecer la agricultura donde se encierran los frutos que nos toman los extranjeros. Toda la nación española aplicada a la labranza y a las fábricas, no es capaz de criar todas las materias de que necesita, ni fabricar todos los géneros que la América consume; porque en primer lugar es limitado su término, y no es a propósito su clima para toda especie de crías. Estos dos obstáculos son invencibles por naturaleza, y han de traer siempre a la España dependiente del extranjero. Tampoco puede la España imitar idénticamente las manufacturas de ciertas provincias extranjeras, como por ejemplo, los lienzos de la Normandía, los tejidos de pelo, las obras de punto, y otros muchos que son de necesidad indispensable. Aunque dentro de la Francia no se puede fabricar lo mismo en un lugar que en otro; y cada uno se reduce a fabricar lo que le es más proporcionado a la calidad y situación de su suelo y cielo. Las fábricas de medias de España nos suministran otro desengaño semejante. Véase lo que se ha trabajado en este ramo por igualarlo con el estado que tiene en Francia, y cotéjense las obras de Nîmes con las nuestras. Ningún ramo se ha fomentado más que éste de 20 años a esta fecha. E1 es uno de los más fáciles, menos costosos, el más protegido, y el menos dependiente del clima y del terreno. Para empeñar a los fabricantes en su profesión se prohibió la extracción de medias de Francia para el Perú con lo que se aseguró a los fabricantes el pronto y buen despacho de cuanto trabajasen aunque llegasen a hacer 20 docenas cada año. La seda de que usan ambas naciones en sus medias es de una misma cosecha y los telares son iguales. En medio de esto, es infinita la diferencia en el precio, en el lustre y en la duración. En todas tres cosas aventaja la media de Nimes a la de España; la más rica que va alas Indias se compra por tres y medio o cuatro pesos y estas mismo vale dentro de Barcelona la media de primera; en el lustre no hay qué decir porque no hay cotejo, y el más patriota español solicita un par de medias de Francia para el día que pretende ir más decente; y en cuanto a duración todos saben que la media francesa sufre muchos lavados sin perder de su buena vista cuando las catalanas no se mojan una vez sin quedar deslucidas e inservibles. Lo mismo sucede entre los reinos: la Francia jamás ha podido igualar las bayetas, las sargas, los duraix y los demás géneros de pelo y lana, ni las mercerías y quincallerías de Inglaterra. Tampoco esta nación con ser tan émula de la Francia ha podido imitar los géneros de seda ni los de plata tirada en blanco y dorado; y se distinguen notablemente los que se maniobran en una parte de los de otra, aunque se labren en una misma materia y forma. Los sombreros de Marsella se distinguen notablemente de los de Lión; y los de París aventajan considerablemente a los de estas dos fábricas; pero con esta especialidad que los castores de París exceden a los de Lión, y los medios castores y los de tres cuartas de castor de fábrica de Lión exceden en mucho a los de París; de forma que fabricando ambas ciudades un mismo género, cada una excede y es excedida respectivamente en una de las especies de su comercio; y ambas exceden a Marsella en lo mismo en que aquellas son inferiores entre sí; y París, Lión, y Marsella exceden en sus sombreros a los mejores que se fabrican en España. Habiéndose conducido a España de Inglaterra, Holanda y Francia a expensas del real erario, fabricantes de paños y tejidos de seda, ni unos, ni otros pudieron lograr que se equivocasen con los de sus respectivas provincias, ni que hubiesen adelantado más que de lo que habían adelantado los españoles siendo auxiliados en la misma forma; de donde parece probarse que no sólo está ligada al talento la perfección de ciertas obras, sino que lo está igualmente al clima, o al terreno. Estas altísimas e inescrutables disposiciones del Hacedor de los hombres encaminadas a vincularlos y apoyarlos mutuamente vuelven inútiles todos los conatos que empleemos en vivir independientes. Pero con sólo suponer que nos son precisos 20 millones de pesos sencillos anualmente para abastecer la América de manufacturas y frutos de las tres partes del mundo hemos de conocer que ni se pueden criar ni maniobrar en este reino, si no se dilatan los términos de su territorio, y se multiplican los obreros y después que tuviésemos uno y otro nos faltaría clima aparente para algunas de las crías y maniobras por no ser el nuestro a propósito para todas. A esta empresa si llegásemos a intentarla se seguiría necesariamente el abandono de la agricultura, por cuyo medio logramos surtir a los extranjeros de las materias, primeras que ningún otro suelo de Europa puede producirlas semejantes; y por hacernos fabricantes olvidaríamos la labranza, y este olvido nos obligaría a buscar fuera lo que tenemos dentro del reino en más abundancia y valor que ninguna otra nación, y no pudiendo al fin ni imitar exactamente las maniobras, ni criar lo necesario para ellas vendríamos a perder lo que tenemos y poseemos, por quererlo abarcar todo. Convengamos, pues, en que es una verdad demostrada que no basta la población actual de la Península para la fábrica de 20 millones de efectos; que no es capaz el terreno que ocupamos de criar toda la materia precisa para aquellas labores; que no es posible contrahacer todo lo que se trabaja en las tres partes del mundo y que dejaríamos sin surtimento a estas mismas de lo que necesitan de España y de América si lo consumiésemos nosotros todo; y en esta virtud nos será preciso concluir que el proyecto de independencia en que se quiere poner a la España, es absolutamente impracticable en nuestra constitución actual, y principio capaz de unas revoluciones en toda la Europa que nos obligase a tener siempre las armas en la mano. Si no tuviésemos otro modo de vivir más seguro que el de la pura maniobra, como sucede a las naciones del Norte, sería bien que nos empeñásemos en ir venciendo las dificultades que arroja aquel proyecto (si es que son superables) y que por buscar nuestro provecho, desatendiésemos sin ofensa el extraño. Pero cuando la sabiduría del todopoderoso, repartiendo entre sus criaturas los bienes de la tierra, hizo a la España el mayorazgo del mundo, y dio a sus habitantes una posesión que hace dependientes de sus producciones a los demás herederos de esta común madre, no vemos a la verdad qué razón justa puede movernos a desear lo que no tenemos con pérdida de lo que poseemos exclusivamente. Sin contar con las Américas que es un segundo mayorazgo que agregó Dios al primero, con sólo nuestro terreno actual, tuvimos lo bastante hasta el siglo XVI para vivir y para costear la conquista de aquel medio globo y las formidables guerras que le precedieron. En el día sin tener que recurrir al arbitrio de las fábricas, con sólo el manejo privativo del comercio de las Indias, nos sobra todo; y seremos los más ricos del mundo si queremos fomentar las crías de que son capaces estos dos reinos. Críese en uno y otro, todo lo que es posible a ambos. Júntense a las lanas de España, los linos, los cáñamos, y el algodón que puede venir de América, límpiese, cárdese, hílese, y désele en España la primera forma (sin que pueda extraerse en otra) y no nos apuremos por las fábricas. E1 fomento de estos dos ramos de cría nos pueden dar unas ganancias indefectibles, y una ocupación continua a todos los vasallos de esta monarquía, sin quitar a otras el útil de la manufactura. Nosotros poseemos el terreno que ha de dar lo que aquellas han de labrar; y nosotros no podemos criar y fabricar a un tiempo. Tenemos asegurada una venta lucrativa de todo cuanto críe la América y la España, aún cuando se acerque a 15 millones de pesos y nosotros poseemos privativamente el derecho de revender con grandes ganancias estas mismas manufacturas extranjeras. Vendiendo nosotros a los extranjeros todo el sobrante de la cría de España y de América, hacemos una ganancia considerable, y podemos dar ocupación a todos nuestros obreros; comprando, o permutando después estas mismas producciones ya labradas, logramos una segunda ganancia; y revendiéndolas en indias conseguimos la tercera. Demás de esto es también de nuestra particular propiedad el ramo de los fletes, el de los seguros, el de la comisión, y el de los premios marítimos, o de gruesa ¿pues qué más necesitamos? Todos estos lucros deja nuestro mayorazgo sin necesidad de levantar fábricas. Dándose un fomento absoluto al ramo de maniobra es menester desatender los de cría; y vamos a perjudicar a las demás naciones sin que tenga provecho la nuestra. Para impedir que no extraigan las otras potencias el dinero de nuestro cuño, mejor medio, y más seguro es el aumento de las cosechas que el de las fábricas; con darles nuestros frutos ahorramos darles mucha plata, y no les quitamos el que ganen; y con las fábricas (si fuesen posibles todas las necesarias) se quedarían sin tener como adquirir y nada más avanzaríamos. Para evitar no se nos extraigan de España 17 millones de pesos todos los años en parte de pago de los 26 que nos entran en efectos, lo mismo es darles 18 en frutos y ocho en plata, que comprarles ocho a dinero y fabricar nosotros dieciocho; de ambos modos venimos a ahorrar el desembolso efectivo de nueve millones de pesos que es lo que aspiramos, y hay la diferencia de que labrando nosotros y fabricando los extranjeros ganamos unos y otros, y vivimos en paz; y queriendo usurparnos el ramo de fábricas (suponiendo que fuese posible) nosotros lo lucrábamos todo, y ellos se quedaban ociosos para el comercio, y dispuestos a la guerra, y al contrabando. No hay duda que el medio más sencillo de adelantar nuestros intereses con tranquilidad, y sin agravio de los vecinos, es abundar en primeras materias cangearlas por mercaderías. De la cría de América nos toma el extranjero seis millones de pesos en el día, y del suelo de España saca tres que son los nueve que ahorramos en metal. Si nuestra agricultura se mejorase, y fomentase en los dos reinos les podríamos dar de 5 a 6 millones de frutos de España y de 8 a 9 de los de América; y en vez de retener nueve millones, retendríamos de 13 a 15, que es lo que vamos buscando. Este modo de adquirir, ni es funesto al extranjero ni opuesto a ningún tratado nacional, ni ofensivo del derecho de gentes; y nos produce el interés de dar más fletes a nuestros buques mercantes, más contribución al erario real y más aumento de comisión al ramo de factoría; porque no es lo mismo para estos tres acreedores tratar en plata acuñada que en mercaderías de América, porque el dinero no deja tanto flete al naviero, tantos dineros al Rey, y tanto provecho al factor como el cacao, el añil y los demás frutos de indias , con que si en vez de 6 millones de estos efectos vienen doce a España, mayor será la ganancia del naviero, la del erario, y la de los encomenderos. Este modo de conservar la moneda en España no se puede negar que está en nuestra mano, sin necesidad de que nos vengan auxilios de fuera. El labrar nuestra tierra y labrarla bien, pende de nosotros solos. Este es un arte en que estamos enseñados, para el cual no habemos menester que se nos traigan dibujos, maestros, ni utensilios. Todo lo tenemos en la península y todo lo poseemos en plenitud. La Europa toda se puede decir que pende de la España para el abasto de aceite, vino lana, y la América consume de la Europa, Asia y África todo el vestuario y alguna parte del alimento por mano de los españoles exclusivamente. Este maravilloso enlace de todos los vivientes del orbe, para su recíproca dependencia, nos enseña a no desear lo que no nos fue concedido en el repartimiento universal, aún cuando nos fuese posible el conseguirlo; y nos estimula al mismo tiempo a mejorar y conservar lo que nos cupo en suerte. La de España fue ventajosa a las de las demás naciones sin género de duda; porque su terreno cría todo lo que necesita para ella, y lo que no tienen las demás. Con que sólo labrar su terreno, hacer permutas con el extranjero, vender en indias, transportar sus frutos, y volver a cambiarlos, logra una riqueza que la releva de mendigar otros arbitrios. Pero si estos arbitrios a que aspira no son posibles de alcanzar, será doble error el empeñarse en conquistarlos. Si no se necesita para ser rica del recurso de las fábricas, y no le es dado el establecerlas, en vano es su afán por levantarlas. Uno y otro punto lo hemos demostrado a la evidencia mas concediendo de gracia que sea fácil a la nación el imposible de criar y fabricar dentro de su terreno diez millones de piezas ¿cómo será de creer que las naciones vecinas suyas le dejen gozar en paz. esta ganancia? Si faltasen a la Europa y alas otras dos partes del globo 26 millones de pesos que extraen en cambio de sus frutos y manufacturas, y no les quedase más recurso que el comercio interno de unas provincias con otras, las armas o el contrabando habían de resarcirlo de esta pérdida. El contrabando en este caso tendría más acogida que nunca en nuestros puertos; porque siendo el más fuerte estímulo del deseo la prohibición o la dificultad de cualquier logro, todo lo extranjero tendría una doble estimación entre nosotros, a semejanza de lo que sucede con la prohibición de las medias de seda francesas, que por este mero hecho se solicitan más, y se pagan de mejor gana que las de Granada y Cataluña de que se desdeñan hasta las mulatas; y siendo siempre de menos costo, de mejores dibujos y de mayor gusto todo lo que los extranjeros trabajan, fácil es de concebir la competencia que nos haríamos por vestirnos de una tela de fuera del reino aún cuando la tuviésemos en las fábricas del nuestro. Nuestras miras debían ceñirse en esta materia a restablecer o plantificar las fábricas posibles, y que no reciben competencia. Tales son las de lonas y jarcias, la de vidrio y cristal, las de jabón, cera, brea, alquitrán, papel, la imprenta, las armas blancas y de fuego, curtidumbre, peletería, herraje, clavazón, indianas, lienzos caseros, calcetas, pólvora, municiones, fornituras, mantas, sebos, cerveza, sidra, pescados secos, carnes saladas, cintas de hilo, y otras cosas semejantes; sin embargo habremos de decir que aunque esto sea útil y fácil, no nos es necesario para dar ocupación a nuestros compatricios; y cuando nos fuesen necesarias éstas y otras fábricas, haría ineficaces nuestros deseos el decaecimiento a que ha venido el comercio, impelido de su libertad y la despoblación que ha causado y está causando todos los días aquella libertad. Veamos pues cuáles son los verdaderos medios de adelantar las fábricas y la industria nacional.
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El 19 de marzo de 1858 Fortuny llegaba a Roma tras haber conseguido la beca de estudios convocada por la Diputación de Barcelona. Se consideraba ésta la manera idónea de concluir la formación académica y los mismos centros, junto a otros organismos oficiales, ofrecían ayudas para que los alumnos pudiesen residir dos o tres años en Italia. A cambio, éstos estaban obligados a realizar una serie de trabajos para la entidad, entre los que se incluían generalmente academias, copias de cuadros antiguos y pinturas de historia. Casi todos los países europeos enviaban pensionados a Roma e, incluso, algunos abrieron sus propias Academias. La de Francia tuvo especial prestigio, y entre las locales la Gigi fue una de las más frecuentadas. A estos dos centros, en los que fundamentalmente se estudiaba el dibujo de estatua y desnudo del natural, acude Fortuny coincidiendo con Eduardo Rosales (1836-1873), Alejo Vera (1834-1923) y Dióscoro de la Puebla (1832-1901). Con todos ellos, mantuvo una buena amistad y excelente relación profesional. El trabajo en común e intercambio de impresiones se aprecia en algunos cuadritos mitológicos -Nereidas en el jardín, Bacantes- y en el particular tratamiento del desnudo. La visita a museos y copias de obras clásicas eran otro importante capítulo formativo de los pensionados. Dentro de este capítulo Fortuny muestra especial predilección por Rafael, el manierista Guido Cagnacci y por un retrato excepcional, el Inocencio X de Velázquez, de los que realiza copias y apuntes. En cuanto a los pintores contemporáneos sólo menciona en su correspondencia a Peter Cornelius (1783-1869), seguidor de Overbeck (1789-1869). Todavía por esas fechas, la Escuela Nazarena conservaba cierto prestigio en Roma, pues sus pintores habían pasado a ser exponentes oficiales de la pintura religiosa e histórica. Se recordaba también aquella forma de vida comunitaria, alejada de la civilización de componentes cristiano y nacionalista que convirtió al grupo nazareno en una opción sumamente atractiva para los jóvenes. Pero en tertulias, excursiones y fiestas -con las que se animaba la estancia romana- empezaba a hablarse de los paisajistas napolitanos, de Doménico Morelli (1826-1901) -al que su amigo Atillio Simonetti le presentará en 1863 y cuya pintura naturalista influirá en su obra- y los macchiaioli florentinos, grupos que coincidían en una propuesta de pintura al aire libre y rechazo de temas académicos. Fortuny es muy pronto consciente de que Roma no puede ofrecerle todo lo que quiere; a los pocos días de llegar comenta, con una admirable visión de futuro, que la ciudad le había parecido "un vasto cementerio visitado por extranjeros". Intentará no perderse en el arqueologismo romano y en la mera admiración de las obras del pasado, para seguir con inquietud las novedades. París era entonces el centro donde se estaban produciendo las mayores innovaciones, representadas por los pintores de Barbizon, Courbet y su áspero realismo, y las primeras creaciones de Edouard Manet (1832-1883).
obra
La tonalidad de esta vista difiere enormemente del otro paisaje de Saint-Valéry, interesándose Degas por conceptos típicos del Impresionismo como las diferentes iluminaciones dependiendo de cada momento del día que harán famoso a Monet.
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En Tlaxcallan Tlaxcallan quiere decir pan cocido o casa de pan; pues se coge allí más centli que por los alrededores. De la ciudad se nombra la provincia, o al revés. Dicen que primero se llamó Texcallan, que quiere decir casa de barranco. Es un pueblo grandísimo; está a orillas de un río que nace en Atlancatepec y que riega buena parte de aquella provincia, y después entra en el mar del Sur por Zacatullan. Tiene cuatro barrios, que se llaman Tepeticpac, Ocotelulco, Tizatlan y Quiyahuiztlan. El primero está en un cerro alto, y alejado del río más de media legua, y como está en la sierra se llama Tepeticpac, que es Somosierra; el cual fue la primera población que allí hubo, y estaba en lo alto a causa de las guerras. Otro está en la ladera que baja hasta el río, y como allí había pinos cuando se pobló, lo llamaron Ocotelulco, que es pinar. Era la mejor y más poblada parte de la ciudad, en donde estaba la plaza mayor, en la que hacían el mercado, que llaman tianquiztli, y donde tiene sus casas Maxixcacín. Río arriba, en la parte llana, había otro pueblo, que llaman Tizatlan, por haber allí mucho yeso, en el cual residía Xicotencatl, capitán general de la república. El otro barrio está también en llano, más río abajo, que por ser aguazal se llamó Quiyahuiztlan. Desde que la tienen los españoles, se ha alterado casi toda y hecho de nuevo, y con calles mucho mejores, y casas de piedra, y en la parte llana junto al río. Es república como Venecia, que gobiernan los nobles y ricos. Mas no hay uno solo que mande, porque huyen de ello como de tiranía. En la guerra hay, según dije arriba, cuatro capitanes o coroneles, uno por cada barrio de aquellos cuatro, de los cuales sacan el general. Otros señores hay que también son capitanes, pero de menor cuantía. En guerra, el pendón va detrás. Acabada la batalla o alcance, le hincan donde todos lo vean. Al que no se recoge, le castigan. Tienen dos saetas como reliquias de los primeros fundadores, que llevan a la guerra dos principales capitanes, valientes soldados, por las cuales agüeran la victoria o pérdida, pues tiran una de ellas a los enemigos con que tropiezan primero. Si mata o hiere, es señal de que vencerán, y si no, que perderán. Así lo decían ellos, y de ninguna manera dejan de recobrarla. Tiene esta provincia veintiocho lugares, en los que hay ciento cincuenta mil vecinos. Son bien dispuestos, muy guerreros, que no tienen igual. Son pobres, pues no tienen otra riqueza ni granjería sino el centli, que es su pan, del cual, además de lo que comen, sacan para vestidos y tributos y para las otras necesidades de la vida. Tienen muchos sitios para mercados; pero el mayor, y que se hace muchas veces en semana, y en la plaza de Ocotelulco, es tal, que llegan a él treinta mil personas y más en un día a vender y comprar, o por mejor decir, cambiar, pues no saben qué cosa es moneda batida de metal ninguno. En él se vende, como aquí, lo que necesitan para vestir, calzar, comer, beber y fabricar. Hay toda clase de buena policía en él, porque hay plateros, plumajeros, barberos y baños; y también olleros, que hacen vasos muy buenos, y es tan buena loza y barro como el que hay en España. Es la tierra muy grasa para pan, para frutas y para pastos, pues en los pinares nace tanta y tal hierba, que ya los nuestros apacientan en ellos su ganado y herbajan sus ovejas, lo que aquí no pueden. A dos leguas de la ciudad hay una sierra redonda, que tiene de subida otras dos leguas y de cerco quince. Suele cuajar en ella la nieve. Se llama ahora de San Bartolomé, y antes, de Matlalcueje, que era su diosa del agua. También tenían dios del vino, que llamaban Ometochtli, por sus muchas borracheras a su usanza. El ídolo mayor, y dios principal suyo, es Comaxle, o por otro nombre Mixcouatlh, cuyo templo estaba en el barrio de Ocotelulco, en el cual había años que sacrificaban ochocientos hombres y más. Hablan en Tlaxcallan tres lenguas: nahuatlh, que es la cortesana, y la mayor en toda la tierra de México; otra es la de otomix, y ésta se usa más fuera que dentro de la ciudad. Un solo barrio hay que habla la pinomex, y es grosera. Había cárcel pública, donde estaban los malhechores con prisiones. Castigaban lo que tenían por pecado. Sucedió entonces que un vecino hurtó a un español un poco de oro. Cortés lo dijo a Maxixca, el cual hizo su información y pesquisa con tanta diligencia, que le fueron a buscar a Chololla, que es otra ciudad a cinco leguas de allí, y le trajeron preso y lo entregaron con el mismo oro, para que Cortés hiciese justicia de él como en España. Pero él no quiso, sino que les agradeció la diligencia. Y ellos, con pregón público que manifestaba su delito, le pasearon por algunas calles y por el mercado, y en una especie de teatro, lo acogotaron con una porra, de lo que no poco se sorprendieron los españoles.
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El gracejo de la voluptuosidad de los artistas franceses distingue también de los parámetros canovianos sus realizaciones, al menos si nos atenemos a la forma en la que estos fueron interpretados por los artistas del norte europeo que se desplazaron a Italia, y por los propios italianos. La severidad del clasicismo intelectual de Canova tiene correlatos supuestamente más fieles, aunque no conozca una mera continuidad, entre los autores nórdicos del romanticismo idealista. Cabría discutir si en la estatuaria del italiano los atractivos del cuerpo joven no cumplen un papel más relevante de lo que cabe derivar de sus procedimientos técnicos y de los principios que defendía. Pero esto sería entrar en incómodos pormenores y buscar misterio en esfinges con pocos secretos. Su obra sirvió, de hecho, como autoridad ejemplar para el formalismo neto que cobró en torno a 1800 una sorprendente fuerza como corriente artística, cuando el legado de Mengs, aunque no se hubiera diluido, ya era objeto de crítica.Las esculturas realizadas en torno a 1800 que podemos ver en los museos están, con frecuencia, entre las obras que nos resultan más difíciles de disfrutar. Esto radica fundamentalmente en la irregularidad de sus logros. A ello se suma, desde luego, el que los acabados tersos y asépticos y las formalidades desprovistas correspondencias empíricas conforman un estilo muy intelectual y de intención sublime, cuyos retoricismos parecen haber perdido actualidad para nosotros. Sin embargo, los conceptos de forma y contorno, que, desde Winckelmann y a través de diversos teóricos, vinieron a determinar aquellas nuevas interpretaciones escultóricas del tema que fuera, no se hallan tan alejados de lo que hoy se entiende también por ellos. Las teorías formalistas, la psicología de la gestalt y otros planteamientos más recientes arrancan de reflexiones y de definiciones terminológicas del último tercio del siglo XVIII, que establecen una forma de entender la producción plástica menos universal de lo que creemos y menos alejada de los prototipos del clasicismo romántico arcaico de lo que quisiéramos.