Nace en una familia de letrados. Detenido por primera vez en 1920 por sus actividades revolucionarias, al salir de la cárcel viaja a Francia, donde se afiliará al Partido Comunista. En 1924 vuelve a China, donde es elegido miembro de la dirección del PCCh. Participa en la insurrección de Shanghai de 1927, es detenido y escapa milagrosamente a su ejecución. Tras oponerse a Mao antes de 1935, en la Larga Marcha reconocerá finalmente su liderazgo. Zhou será el artífice de la nueva administración de la República Popular y de su política exterior, primero la Línea de Bandung y más tarde la reconciliación con Estados Unidos en 1972. Superviviente de todas las crisis de la dirección del PCCh, Zhou siempre apoyó a Mao para moderar después la aplicación práctica de su línea política, manteniendo su independencia.
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Toulouse-Lautrec se interesa por todos los asuntos del prostíbulo de la rue des Moulins donde estuvo habitando una temporada a pesar de estar prohibido por las autoridades parisinas. Así nos ofrece la inspección médica, el lavandero, la espera en el salón, las relaciones lésbicas entre las chicas, la comida o la llamada de la madame a las prostitutas para empezar su jornada laboral como aquí contemplamos. Madame Baron se dirige a sus pupilas para que vayan acudiendo al salón ante la llegada de los clientes, apreciándose en primer plano el pasamanos de la amplia escalera, decorado en un sensual terciopelo rojo. La rica decoración de las paredes se insinúa como apreciamos en la escultura del fondo. Lo más destacado de la composición es el abocetado general del conjunto, creado por el pintor gracias a las líneas, apartándose del color por lo que parece un trabajo sin concluir ya que la mayor parte del soporte está sin cubrir. Aun así, la narración de la escena ha sido perfectamente interpretada por Lautrec, afianzándose en su papel de cronista de la noche parisina.
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Seguiremos para la narración de la batalla a Arriano, Plutarco, Quinto Curcio y Polieno, olvidando a Diodoro, cuya descripción ha sido rechazada por la práctica totalidad de los historiadores. Según Diodoro, Alejando llegó a la vista de los persas y acampó; al amanecer del día siguiente cruzó el río sin oposición, tras lo que las dos caballerías se enfrentaron en la llanura, y luego se produjo una segunda batalla entre las dos infanterías. La narración es tan estereotipada y choca tanto con el resto de las fuentes, que puede descartarse; tampoco es posible combinar su relato con el de Arriano y otros autores, según el cual Alejandro llegó frente al río Gránico por la tarde y decidió atacar sin perder más tiempo, forzando el paso mediante un ataque frontal. Verdaderamente, ésta es una de las acciones más arriesgadas e inciertas que podían llevarse a cabo, en la que el propio general en jefe macedonio, que ejemplarmente mandaba en primera línea, debía arriesgar su vida. Aunque la topografía del terreno ha variado desde la Antigüedad -el Gránico ha cambiado su curso hacia el Este y ahora hay más vegetación- los trabajos de Hammond, entre otros, permiten una reconstrucción aproximada: un cauce poco profundo y vadeable, de menos de una decena de metros de anchura, discurriendo dentro de una amplia terraza fluvial de unos cuarenta metros de ancho, con la llanura a ambos lados y, a unos cientos de metros al este del Gránico, unas suaves lomas. El ejército persa debía ocupar un frente de unos mil quinientos metros, esperando a Alejandro detrás del río, que tenía una ribera empinada y elevada hasta unos cinco metros por el lado persa. Por tanto, los asaltantes macedonios estarían en gran desventaja en el momento de vadear y chocar con los defensores, ordenados y en altura superior. Sin embargo, y por razones que desconocemos pero podemos suponer, los persas decidieron desaprovechar las ventajas defensivas de su posición al colocar su caballería en primera línea, a lo largo de la ribera del río. La falange griega mercenaria fue situada más atrás, en unas lomas que dominaban el campo de batalla. La disposición ideal hubiera sido la inversa: la falange era más adecuada para frenar y desorganizar la acometida inicial de los macedonios, que luego podrían haber sido rechazados en completo desorden sobre el río por un oportuno contraataque de la eficaz caballería persa. ¿Qué ocurrió? No se sabe y sólo cabe inferir que, quizá, los persas no se fiaban de sus propios mercenarios, pues Arriano y Diodoro narran (1,12,9 y 17,18,2) que el propio general griego Memnon de Rodas había aconsejado la retirada y una táctica de tierra quemada, dada la superioridad macedonia en infantería. Quizá infravaloraban a su rival y pretendían derrotarle sólo con fuerzas propias del reino. O quizá su confianza en el poder de la caballería en cualquier circunstancia era tal que consideraron preferible colocarla plantada sobre el río. Finalmente, sí sólo había cinco mil hoplitas griegos, como hemos propuesto, puede que esta fuerza se considerase escasa para contener a Alejandro en la ribera, y se pensara que la caballería sola tendría más flexibilidad de acción. Si ésta fue, como creemos, la causa de la peculiar formación persa, la disposición sería lógica y, probablemente, la mejor en esas circunstancias. Si, por el contrario, fueron veinte (según informa Arriano) y no cinco mil los hoplitas, entonces fue un error.
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En los años 20 una chica que fuera a la Universidad era una rara avis. Socialmente el fenómeno tenía muy poca relevancia. Ese 4,2% de muchachas que estudiaban una carrera en el curso 1927-1928 carecían de visibilidad. Era mucho más evidente el porcentaje de mujeres analfabetas: en 1930 el 47,5% de la población femenina española no sabía leer ni escribir. Aquello sí que tenía auténtica relevancia social. La cifra oscilaba de unas regiones a otras, entre el abrumador 66% de Murcia y el más "llevadero" 26,7% del País Vasco. Gráfico
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La Segunda República, en 1931, se propuso educar al pueblo. Con Fernando de los Ríos en el Ministerio de Instrucción Pública, en 1932, se intensificaron con tal fin las construcciones escolares. De 1909 a 1931 se habían edificado en España una media de 500 escuelas al año. En los primeros once meses del nuevo régimen -según declaraciones del propio ministro en las Cortes- se levantaron 7.000 grupos escolares, que al finalizar el año 1932 eran ya 9.600. La República no se centró en promover el acceso de la mujer a la Universidad. Para cualquier gobierno era mucho más urgente y razonable luchar contra las apabullantes cifras de analfabetismo, que dedicar sus esfuerzos al 6% de la población universitaria. En 1930 todavía eran casi la mitad las españolas que no sabían leer ni escribir: un 47,5%. Una ley de 23 de junio de 1909 había declarado obligatoria la enseñanza de niños y niñas hasta los 12 años. La medida incrementó la escolarización de éstas últimas en un 57% entre 1910 y 1930, pero la carencia endémica de escuelas para ellas quitó eficacia a la norma legal. De hecho, casi la mitad de las niñas españolas no iban al colegio cuando comenzó la Segunda República. El nuevo régimen aceleró la creación de escuelas para niñas, que eran las más necesarias. Además, el artículo 48 de la Constitución republicana impuso la obligatoriedad de la enseñanza primaria, gratuita, laica y coeducativa, lo cual no casa bien con el dato de que fueron las escuelas femeninas las que más crecieron. Gráfico Quizá la mentalidad pudo más que la ley, porque lo cierto es que nunca llegó a promulgarse el decreto que hiciera posible la coeducación en primaria. Suele achacarse este hecho a que los sectores conservadores y católicos consideraban esta medida antinatural, inmoral y peligrosa. Pero eso no impidió que la coeducación se instalara de un plumazo en los Institutos de Enseñanza Media (donde forzosamente debería ser juzgada por esos mismos sectores como mucho más antinatural, inmoral y peligrosa). De cualquier manera, a pesar del esfuerzo cuantitativo y del aumento real de posibilidades de acceso a los diversos grados de enseñanza, las niñas y adolescentes siguieron recibiendo una educación cuyo contenido se hallaba diferenciado por sexos, en función de los roles que hombre y mujer iban a jugar en la sociedad. Sin embargo, a pesar de no ir directamente encaminadas a ello, las medidas tomadas por el régimen republicano en materia educativa hubieran acelerado notablemente la presencia femenina en la educación superior, de no haber sobrevenido la Guerra Civil. Las cosas podrían haber cambiado desde aquel momento porque -de hecho- empezaron a hacerlo a gran velocidad, lo que se reflejó en el aumento de chicas en los estudios de bachillerato, a partir de 1931. Aquí la aceleración fue notable: si en 1930-31 el porcentaje de chicas matriculadas en secundaria era de un 17,1%; en 1935-36 la cifra había crecido hasta el 46,2%. Todo hace suponer que el fruto de aquel esfuerzo se hubiera recogido en los años 40, en forma de un notable aumento de matrículas femeninas en la Universidad.
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El chacal de Anubis descansa echado sobre la tapa corrediza de un armario de madera, chapada en oro y de forma de templete trapezoidal, rematado en gola y con baquetones en las esquinas. En el forro de oro de las paredes alternan pares del pilar died con pares del nudo the, en dos franjas superpuestas a un zócalo de paneles escalonados. Su actitud yacente no es óbice para que el chacal se mantenga erguido y alerta, como cuadra a la misión de guardián que se le ha confiado. Es una magnífica talla en madera, laqueada de negro y dorada en parte: el interior de las orejas, los ribetes de los ojos, el collar y una a modo de chalina que acompaña a aquél. En la factura de los ojos entran -con el oro- el cuarzo y la obsidiana; las uñas son de plata. El perro tiene un aire fantasmagórico, como el de aquellos perros escuálidos y solitarios que en las noches de luna vagan sin rumbo a lo largo de los caminos del valle. Aseguraba Howard Carter haber visto un par de canes como éste en algunas de sus salidas nocturnas, y lo mismo creían conocerlo los viejos de las aldeas del borde del desierto. "El primer ejemplar fue visto por mí -declara el egiptólogo- a comienzos de la primavera de 1926, cuando encontré en el desierto de Tebas un par de chacales dirigiéndose hacia el valle del Nilo, como tienen por costumbre cuando la tarde oscurece. Uno de ellos era evidentemente el chacal vulgar, con el pelaje de primavera, pero su acompañante -no estaba yo lo bastante cerca para decir si era el macho o la hembra- era mucho mayor, de formas enjutas !y negro! Sus caracteres eran los del animal de Anubis". En el presente caso las inscripciones de la caja mencionan a las dos formas de Anubis: Imiut y Khenti-Sekhnetier. La figura había desfilado sin duda en el entierro del rey, custodiando en el armario una serie de amuletos de loza azul, dos cuencos de alabastro, uno de ellos con una sustancia carbonizada, y ocho pectorales decorados, que fueron revueltos por los ladrones. El animal quedó a la entrada de la cámara como protector de los vasos canópicos, pero no en la forma en que hoy lo vemos, sino con el lomo cubierto de un paño de lino fino, el cuello rodeado de un pañuelo y de una guirnalda de lotos y flores de cereales. El afán egipcio de ocultar lo sagrado a ojos profanos, incluso en el interior de una tumba que se suponía inaccesible a los intrusos a perpetuidad, fue tan exigente con las vísceras como lo había sido con la momia. Su monumental custodia alcanza casi los tres metros de altura y los dos por cada lado de su base cuadrada. Las cobras solares, en fila, se alzan sobre la gola de la cornisa de un baldaquino exterior, sustentado por cuatro pies derechos como podría hacerlo una escolta de disciplinados soldados, a razón de 13 individuos por cada lado. Lo mismo en el armario interior, similar a un templete herméticamente cerrado y coronado por idéntico número de cobras a escala menor. Aquí refuerzan la escolta cuatro estatuillas de diosas guardianas de los muertos, primorosamente ejecutadas en estilo amárnico, vestidas como vestían la reina y las princesas de la casa real, de finas y ceñidas túnicas y mantillas plisadas, la cabeza cubierta por el khat y el distintivo propio de cada una. Además de extender los brazos en ademán protector, las diosas vuelven la cabeza a un lado, reforzando aquel su propósito y rompen así con la ley de la frontalidad voluntariamente, caso único conocido en la estatuaria egipcia, aunque no lo haya sido en la larga historia de ésta. Cada una de estas diosas, acompañada de una divinidad masculina, estaba encargada de la protección de un órgano de las entrañas: Isis y Amset, del hígado; Nephtys y Hapi de los pulmones; Neith y Duamutef del estómago, y Selket y Kebehsenuef de las tripas. Tanto el baldaquino o dosel, como el armario y las estatuas, descansan en el trineo habitual en los desfiles procesionales. Hasta aquí todo era de madera dorada y pintada. Lo que el armario contenía eran cuatro ataúdes de oro, réplicas en miniatura de los de la momia, receptáculo, cada uno, de los órganos antes enumerados. Los ataúdes se guardaban en vasos canópicos simulados, en un armario casi macizo de alabastro, y cubiertos por tapaderas con el busto del rey, tocado del nemes y las insignias habituales. El armario tiene también forma de templete, con zócalos de diets y thets; y en las esquinas, las mismas diosas en relieve que por fuera protegen al monumento como estatuas. El gesto de súplica que hacen estas divinidades es tan sobrecogedor, que uno siente pena de haber contrariado los deseos y los conjuros formulados por Tutankhamon para que su tumba permaneciese sellada para siempre. Con el acceso al trono de Amenofis IV -Akhenaton- termina el periodo del arte egipcio que suele denominarse clásico. Durante este reinado se produce el paréntesis amarniano. Su sucesor Tutankhamon será, también, un paréntesis, aunque popular y esplendoroso por el hallazgo de su inigualable tesoro. Tras ellos se producirá un periodo de transición presidido por Ay y Horemheb. Alcanzamos así la XIX dinastía, la grandeza ramesida, que alternará una no disimulable decadencia artística -pese a rebrotes fulgurantes de la calidad clásica- con un gran poderío político, preludio del declive, que será completa a partir de la XXI dinastía. Entramos, pues, en la última gran época del arte genuinamente egipcio.
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Durante el otoño-invierno de 1881 Renoir viajó a Italia, interesándose especialmente por Rafael. A su regreso a Francia pasó una temporada en L´Estaque junto a su buen amigo Cézanne, realizando diversos paisajes como éste que contemplamos. Siguiendo la filosofía del impresionismo, Renoir trabaja directamente al natural -"a plein air"- interesándose por captar la luz de un momento determinado ya que una luz concreta motiva unas tonalidades concretas, sintiéndose atraídos por captar esas variaciones lumínicas. Para ello se emplea una pincelada rápida y empastada, a base de pequeñas comas, reduciéndose el dibujo a la mínima expresión -en este caso los árboles-. Las sombras coloreadas y los colores complementarios serán otras novedades del estilo impresionista que también encontramos en este trabajo, en el que la figura se integra de manera espectacular en el paisaje, convirtiéndose en un elemento más de la naturaleza. Pero esta manera de trabajar conducirá a la pérdida de forma y volumen, lo que provocará la reacción de algunos artistas.