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El rey Felipe IV ha pasado a la historia como un pésimo gobernante pero también como el monarca con más amoríos. Se cuentan unas 50 amantes conocidas y más de 20 hijos bastardos en su currículum. Mujeres de toda clase social eran sus objetivos, acabando sus días inevitablemente en un convento ya que la dama que había sido del rey sólo podría pertenecer a Dios. Este triste final provocó una curiosa anécdota: al solicitar reiteradamente el monarca el amor de una dama, ésta le contestó "Majestad, no he nacido para ser monja". Sin duda, la relación adultera más conocida de Felipe IV fue la que mantuvo con la actriz María Calderón, conocida popularmente como "La Calderona". Fruto de esa relación nació don Juan José de Austria, el único hijo ilegítimo reconocido por su padre. Nació en Madrid el 7 de abril de 1629, siendo educado en Ocaña con el objetivo de ocupar algún día una sede episcopal - destino muy habitual en los hijos adulterinos de la nobleza española -. Pero al ser legitimado empezó a tomar un mayor peso político. Aficionado a la milicia, participó en numerosos episodios como la toma de Barcelona en 1652 o la participación en la campaña de Portugal de 1664. Su ascenso político fue fulgurante tras la muerte de su padre, convirtiéndose en el enemigo de la regente doña Mariana y de sus sucesivos validos, el padre Nithard y Fernando Valenzuela. Contando con el apoyo popular y nobiliario, especialmente de la corona de Aragón, provocó un auténtico golpe de Estado que desalojó a Valenzuela del poder, situándose como primer ministro, cargo que disfrutó durante poco tiempo al fallecer el 17 de noviembre de 1679.En este soberbio retrato anónimo podemos apreciar su poderosa personalidad. De medio cuerpo, ostenta la Cruz de la Orden de Malta y el collar del Toisón de Oro, portando en su mano derecha el bastón de mando y la espada. La factura detallista, el excelente dibujo, el colorido y la iluminación empleada hacen creer a los especialistas que podría tratarse de una obra de Juan de Pareja, el esclavo de Velázquez.
Personaje Literato Militar
Sobrino de Alfonso X el Sabio e infante de Castilla, su figura responde al prototipo de caballero cortesano, religioso y cultivador de las artes. El debilitamiento del poder musulmán le posibilitó dejar de lado sus obligaciones militares para, especialmente en los últimos años, dedicarse a la literatura. Mantuvo disputas materiales con Alfonso XI, de las que salió beneficiado. Fundó un convento de dominicos. Considerado una de las glorias de las letras castellanas y uno de los primeros autores en fijar un estilo propio claramente demarcado, su "Libro de los exemplos del conde Lucanor et de Patronio" es una colección de fábulas de carácter ejemplificante realizadas con un esmerado lenguaje. Es autor además del "Libro de caballero et del escudero", con influencia de Ramón Llull, del "Libro de los Estados", "Libro de caza" o de "De las maneras de amor", entre otras obras. Su línea literaria la seguirán el canciller Ayala, el marqués de Santillana y Jorge Manrique.
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En la imagen, de hermosos colores según la costumbre de Zurbarán, aparece el retrato de Don Juan Martínez Serrano, doctor por la Universidad como atestiguan la capa, el birrete y la banda azul sobre su pecho. Este personaje vivió entre 1578 y 1653, siendo retratado por Zurbarán cuando pasaba ampliamente de los cincuenta años, una respetable edad en el siglo XVII, cuando la mortandad era muy elevada. El pintor ha llevado a cabo un solemne retrato oficial, en el que se muestra la dignidad del personaje, lo cual no impide que aparezca entre unas agradables gamas de color, matizadas en dorado lo cual suaviza la expresión del modelo.
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Uno de los mejores clientes y protectores de Murillo fue don Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla y uno de los principales impulsores de las reformas de algunos templos de la ciudad. Don Justino será el promotor de las obras en la iglesia de Santa María la Blanca -encargando los lienzos del Sueño del patricio y la Visita al Pontífice- y el fundador del Hospital de los Venerables Sacerdotes, para donde Murillo pintó una de sus más interesantes Inmaculadas. El clérigo aparece sentado en un sillón de terciopelo rojo, junto a una mesa en la que contemplamos un libro, un reloj y una campanilla. Una perrilla con un lazo rojo acompaña al canónigo, simbolizando la fidelidad. Don Justino dirige su inteligente mirada al espectador, centrando el pintor su atención sobre el rostro del retratado que ha sido iluminado por un potente foco de luz. Un fondo arquitectónico con un amplio cortinaje rojo cierra la escena, otorgando sensación de profundidad a través de la balaustrada que se abre a un paisaje. El escudo de armas del canónigo se representa en el pilar del fondo. Las tonalidades negras del hábito aportan mayor solemnidad a la composición, creando un efecto vaporoso que recuerda a Van Dyck.
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Don Luis de Castellá aparece retratado noblemente, de la misma manera que Tiziano podría haber captado al mismísimo emperador Carlos V. Es indudable que Juan de Juanes, su autor, buscó en la pintura veneciana sus referentes de apoyo para este óleo. La figura del noble posa con naturalidad y sencillez, sin ni siquiera mirar al espectador. Pero su presencia resalta monumentalmente, con una grandeza que emana de su persona, sin que el autor haya necesitado recurrir a ningún artificio o parafernalia de poder. El noble está de tres cuartos, con una mano apoyada en el cinto, del cual pende una espada, de la que apenas vemos su pomo en filigrana de plata, una sutil alusión a su condición de caballero. Don Luis lleva un traje sobrio de terciopelo negro, adornado con bordados de plata y discretos encajes en los puños. Todo ello lo ha pintado Juanes con precisión minuciosa. El rostro, sereno y agraciado, destaca por el marco natural que forman barba, cabellos y birrete, todo ello mucho más oscuro. La figura se recorta contra un fondo de brocado en tonos rojos oscuros, de una elegancia suma, según modelos claramente venecianos. El aspecto es de majestuosa apostura, sin recargamientos ni excesos, pero también sin la austeridad de los retratistas flamencos como Antonio Moro.
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El suegro de Velázquez, Francisco Pacheco, deseaba realizar una serie de grabados sobre hombres famosos del momento para realizar un libro con ellos, titulado Libro de Descripción de Verdaderos Retratos de Ilustres y Memorables Varones. Velázquez viajó a Madrid en 1622 y entonces realizó, por encargo de su suegro, el retrato de Góngora. Deseoso de presentar a su yerno en la capital de España, partieron ambos para Madrid en 1622 con el pretexto de retratar a Góngora, uno de los más famosos poetas del Siglo de Oro. Este retrato que apreciamos aquí recoge al poeta cuando llevaba diez años en la Corte, habiéndose enfrentado a propios y extraños - especialmente con Quevedo - y convertido en un hombre amargado. Este carácter arisco ha sido perfectamente captado por el pintor, que recoge la psicología de su modelo, rasgo habitual en la retratística velazqueña. El busto de Don Luis se recorta sobre un fondo neutro, como si se tratara de una escultura, obteniendo un increíble efecto volumétrico en la cabeza. Esta técnica de recortar sobre fondo neutro a los modelos ya había sido empleada por Tiziano en el Renacimiento. Un fuerte foco de luz procedente de la izquierda ilumina al personaje, dejando la zona izquierda de su rostro en penumbra, mostrando una vez más la influencia de Caravaggio. Cuando Velázquez marchó a Sevilla sin haber cumplido su propósito de pintar al rey Felipe IV, dejó este magnífico retrato como propaganda de su manera de pintar, que sin duda sería comentada por la Corte madrileña. No en balde, en el verano de 1623 el Conde-Duque de Olivares va a llamar al joven artista para que ocupe una plaza de Pintor del Rey vacante tras el fallecimiento de Rodrigo de Villandrando. El propio Pacheco nos dice que este retrato de Góngora fue muy celebrado en Madrid.
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Eclipsado por Esteve y Goya, Carnicero no deja de ser un buen retratista, habiéndose en más de una ocasión confundido sus obras con las de los maestros anteriormente citados. Sin embargo, encontramos algunas diferencias respecto a ambos; Carnicero tiene una manera característica de perfilar y de acabar sus retratos, al tiempo que emplea unas tonalidades más cálidas, recurriendo a unos fondos grisáceos o verdosos. El personaje retratado en esta ocasión no es otro que el valido de Carlos IV, el todopoderoso Manuel Godoy, el recién nombrado Príncipe de la Paz, sentado junto a un escritorio donde podemos ver un mapa y un libro sobre el que apoya su mano derecha. El ministro viste uniforme castrense, cruzando su pecho la banda de la Orden de Carlos III mientras que en su chaqueta cuelgan todo tipo de insignias y condecoraciones entre las que sobresalen la Cruz de Santiago y el Toisón de Oro. Con su mano izquierda empuña con fuerza un sable, indicando la fortaleza con la que dirige el gobierno del Estado. En el gesto de su rostro observamos cierta picardía e inteligencia del hombre más poderoso en la España de su tiempo.
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Uno de los personajes más interesantes y comprometidos de la Historia de España es Manuel Godoy, alabado por unos y odiado por otros. Natural de Castuera (Badajoz), donde vio la luz en 1767, pertenecía a una familia hidalga venida a menos. Su afición por el Ejército le hizo ingresar en la Guardia de Corps a la edad de 17 años. Como cadete conocería a los entonces Príncipes de Asturias -el futuro Carlos IV y su esposa, María Luisa de Parma- que le encumbraron hasta lo más alto, llegándole a otorgar el título de Príncipe de la Paz gracias a la firma del tratado de paz con Napoleón en Amiens, totalmente perjudicial para los intereses españoles. Previamente, ya era Duque de la Alcudia y Primer Secretario del Despacho, el nombre del jefe del gobierno en aquellos momentos. Para emparentarse con la familia real se casó con la Condesa de Chinchón, prima hermana de Carlos IV, a pesar de mantener como amante oficial a doña Pepita Tudó, con quien tendría dos hijos y se casaría muy avanzado el siglo XIX, ya perdido todo su poder. A pesar del dinero, títulos y joyas que recibió, Godoy fallecería empobrecido en el exilio, en París, a la edad de 84 años. Como valido del rey, gobernaba a su gusto, teniendo el inestimable apoyo de la real pareja, especialmente el de María Luisa, con la que se insinúa que había algo más que una buena amistad. Goya retrató a Godoy en 1801, después de la llamada Guerra de las Naranjas, episodio militar ocurrido entre mayo y julio de ese año en la frontera hispano-portuguesa, denominado de esa manera por el ramo de naranjas que Godoy envió a María Luisa al tomar la ciudad de Olivenza. Las banderas que contemplamos a la izquierda fueron capturadas al enemigo el 7 de julio. Godoy viste uniforme de Capitán General y aparece sentado, aunque levemente recostado, portando en su mano derecha un pliego de papel. Gracias a este triunfo obtendrá meses después el cargo de Generalísimo de los Ejércitos; tras él, aparece su ayudante de campo, que puede ser el Conde de Zepa. El fondo está ocupado por los húsares y oficiales de caballería con sus respectivas monturas. La luz crepuscular empleada por el maestro otorga mayor fuerza a la composición, en la que destaca el gesto y la pose del protagonista, sabedor de su control absoluto sobre el destino de los españoles. Gracias a la luz, Goya ha destacado aun más a don Manuel, resultando una escena totalmente áulica. En estos años iniciales del siglo XIX, Goya posee un estilo suelto que se detiene en los detalles y en las calidades de las telas, pero sin la minuciosidad preciosista de un Vicente López. Por eso, cuando estos retratos se contemplan de cerca, las manchas de color afloran a la superficie, resultando un espectáculo inigualable.