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La personalidad de este insigne escritor, Secretario de la Academia de San Fernando y en 1815 de la Real Compañía de Filipinas es lo más destacable de este retrato, como viene siendo costumbre en las imágenes goyescas. La media figura del literato se recorta sobre un fondo oscuro, amontonándose tras él los libros como símbolo de su erudición. Introduce los dedos entre un libro de Blair, del que era traductor y especialista, en el que se lee "D. José Munárriz por Goya. 1815". La atenta mirada del personaje y la vivacidad de sus ojos hacen de este retrato uno de los más atractivos entre los realizados por Goya en la década de 1810. La luz esculpe los rasgos de don José, resaltando su cabeza entre las oscuras tonalidades que le rodean, para no despistar en ningún momento la atención del espectador. La rápida pincelada también protagoniza la composición, pincelada que se hará cada vez más rápida, llegando a mancha en las Pinturas Negras.
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En 1785 Goya inició una serie de retratos de los directores del Banco de San Carlos - embrión del actual Banco de España - gracias a su buen amigo Ceán Bermúdez, quien en aquellos momentos era primer oficial de la Secretaría de la institución. El Conde de Altamira, el Conde de Cabarrús o el Marqués de Tolosa son algunos de los miembros más destacables de esta serie, iniciada con la efigie de medio cuerpo de don José de Toro y Zambrano, rico indiano, diputado de la nobleza del reino de Chile que llegó a ser director del Banco de San Carlos. Goya recibió 2.328 reales por esta obra en la que el personaje aparece casi de frente, recortada su figura sobre un fondo neutro, con peluca blanca, chorreras y puños de encaje y casaca de terciopelo rojizo. Apoya la mano derecha en la chupa y la izquierda la descansa sobre el espacio destinado a colocar el nombre del personaje. La atenta mirada del modelo nos llama la atención, compaginando en estos retratos la delicadeza minuciosa de los detalles de vestidos y adornos con la expresividad de sus modelos.
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Cuando los Cien Mil Hijos de San Luis dirigidos por el Duque de Angulema restablecen el absolutismo en España (1823) se inicia una durísima represión contra los liberales por parte de Fernando VII y su Gobierno. Goya teme por su vida y decide refugiarse en casa del eclesiástico que aquí vemos representado, concretamente en la casa que don José tenía gracias a su cargo como Administrador del Real Hospital e Iglesia del Buen Suceso. Durante tres meses convivió Goya con su amigo, ejecutando este retrato en esos días como muestra de agradecimiento. La composición no puede ser más simple ni sencilla; el fondo negro se mezcla con el hábito del eclesiástico destacando su cabeza, la mano izquierda con el misal y las condecoraciones. De esta manera consigue otorgar una volumetría sorprendente a la imagen, cargando de intimismo la escena. La fuerza, la firmeza y la seguridad del rostro hacen de él uno de los más atractivos del artista, mostrando por enésima vez su facilidad para captar el "alma" de sus modelos y más en estos duros momentos por los que está pasando. Sus sufrimientos le harán solicitar el necesario permiso para trasladarse al balneario de Plombières, siendo éste el inicio de su exilio en Burdeos.