El grabador Rafael Esteve aparece sentado en una silla junto a su mesa de trabajo. Sostiene con la mano derecha una plancha de cobre y un buril, sus instrumentos laborales. Viste casaca negra con cuello blanco y pañuelo en tonos azules y dorados. Las tonalidades amarillas de la tela que cubre la mesa y la tapicería del sillón crea un atractivo juego de contrastes con los colores oscuros del fondo y de la casaca que aumenta la intimidad de la escena, resaltando la personalidad del retratado. La relación de Goya y Esteve fue muy fructífera, trabajando juntos en algunas ocasiones y grabando Esteve varios cuadros del pintor. Ese conocimiento le permite recoger la mirada inteligente y el gesto alegre de su rostro, sin duda lo más atractivo de un retrato en el que se omiten los detalles y se emplea una pincelada cada vez más cercana a la mancha.
Busqueda de contenidos
obra
Como buen flamenco, Pedro de Campaña no podía rehuir el retrato en una obra tan intensa y prolífica como la que realiza en Sevilla pocos años más tarde que Alejo Fernández. Así lo demuestra al acometer una obra que además propicia el retrato: el retablo de la Capilla del Mariscal Diego Caballero en la catedral sevillana. En 1555 contrata la factura del retablo junto a Antonio de Alfián y, como afirma Angulo, la obra de cada cual es difícilmente deslindable en el grueso de la pintura. No así, según mi criterio, en cuanto a los retratos en ellas contenido. Se hallan en la predela flanqueando una composición religiosa y en uno se retrata al fundador y mariscal con los miembros masculinos de la familia y en el otro a los femeninos. Sobre fondo oscuro y neutro se destacan los excelentes retratos con una veracidad que sólo un flamenco, acostumbrado a la observación, podía realizar en esas fechas en España. El juego de miradas cruzadas, la perfección del dibujo y la sobriedad del color, confieren a estos retratos una importancia capital en los orígenes y desarrollo del retrato noble y burgués del resto del siglo.
obra
La fecha de este cuadro suele situarse en torno a 1643-1644, año en el que entró al servicio del príncipe Baltasar Carlos, quien le tenía mucho cariño, por lo que aparece con la ropilla de púrpura y oro y los puños de encaje. Velázquez centra toda la atención en el rostro, con una mirada inteligente y profunda, con una actitud desafiante marcada por el gesto de las manos cerradas sobre el cinturón. Esta genial cabeza no guarda relación con las pequeñas piernas que el artista ha pintado en escorzo hacia adelante, con las suelas de los zapatos en primer plano. La pincelada se hace muy suelta, utilizando manchas de color y de luz, demostrando su genialidad. Sin duda éste es uno de los mejores retratos pintados por Velázquez.
obra
Además de historias de la Orden de San Benito, fray Juan Rizi es un reputado autor de retratos en el que apreciamos ecos de Velázquez como podemos observar en éste protagonizado por don Tiburcio de Redín.
Personaje
Hija de Caonabó y Anacaona, cabe suponer que nació en el cacicazgo que éste dirigía, La Maguana. Tras la prisión de su padre, enviado a Castilla, y la muerte de su tío, Behechío, se trasladaría con su madre, nombrada Cacica de la Jaragua. Entregada por su madre a Hernando de Guevara tuvieron una hija, Mencía de Guevara. Desde entonces fue llamada indistintamente por su nombre o Doña Ana de Guevara. Se respetó su linaje distinguido y tuvo un séquito y tierras de cultivo. Al quedarse viuda, los Guevara explotaron sus posesiones e indios.
obra
Sobre la fecha de realización de este retrato se barajan varias hipótesis: bien podría estar realizado en 1624 - fecha en la que Doña Antonia enviuda por primera vez - o en 1632 - año en el que vuelve a enviudar de Don Diego del Corral y Arellano, al que también retrata Velázquez -. Del primer matrimonio no tuvo hijos por lo que sería fácil fechar la escena, pero hay quién piensa que el retrato del niño que aparece aquí, llamado Don Luis, estaría añadido. La polémica está servida. Pero sin duda, estamos ante un excelente retrato en el que destacan los rostros de las dos figuras que contemplamos, con una mirada penetrante, mostrando el maestro su capacidad para ahondar en el alma de sus modelos. También hay que destacar la minuciosidad de la pintura del sevillano en esta etapa madrileña como podemos observar en los pendientes, los puños y los bordados.El hecho de apoyar Doña Antonia la mano sobre una silla no es por cansancio sino que indica que la dama tiene derecho a sentarse dada su alta posición en la corte madrileña, sirviendo en la casa del príncipe Baltasar Carlos.
obra
Durante estos años iniciales del siglo XX, los grandes nombres de la escultura catalana como Fontbona, Llimona o Miquel Blay, seguían cultivando la vía simbolista. Sin embargo, esta figura muy sobria de rasgos arcaicos, constituye uno de los mejores ejemplos de la producción postmodernista.
obra
Será éste uno de los primeros retratos ejecutados por Fortuny. La protagonista es su alumna Flora Esteve i Nadal, con la que entabló una estrecha amistad que se extendió al resto de la familia, realizando también el retrato de uno de sus hermanos, Jaume Esteve. La joven aparece en tres cuartos, con un cierto aire de ensoñación que enlaza con el estilo nazareno influido por los quattrocentistas italianos, apuntándose a Botticelli como el pintor que define esta composición. También se podría enlazar la obra con los retratistas del Barroco holandés - Frans Hals o Rembrandt - al interesarse por la luz para crear el encaje. El idealizado rostro de la dama está perfectamente dibujado, creando una sensación atmosférica que recuerda a la pintura de Leonardo. La mujer se ubica en primer plano, recorta su figura ante un fondo claro para acentuar el contraste con su vestido rosáceo, resultando un retrato de altísima calidad.