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Personaje
Literato
Bajo el seudónimo de Tristan Tzara, se oculta la figura del escritor dadaísta y surrealista Samy Rosenstock. En 1916 funda en Zurich el movimiento dadaísta, cuyas ideas principales estaban destinadas a la oposición de los valores tradicionales de la cultura que habían llevado al conflicto internacional. Como miembro dadaísta, fue el autor de la famosa frase que intentaba explicar el término del movimiento: "Dadá no significa nada". A estos momentos pertenecen las obras de "La primera aventura celeste del señor Antipirina" (1916) y "Veinticinco poemas" (1918). En este último año publica el "Primer manifiesto dadá" y se traslada a París, donde colabora con el grupo de la revista "Littérature" al lado de Breton, Éluard, Soupault y Aragon. A los pocos años, en 1924, escribe los "Siete manifiestos dadá". Dentro de otro movimiento de primer orden, el surrealismo, y a pesar de su pronto distanciamiento, Tzara realiza unas composiciones en las que destaca la experimentación verbal y la destrucción de la sociedad. "Sobre nuestros pájaros" (1929), "El hombre aproximado" (1931), "Dónde beben los lobos" (1933) y "Mediodías ganados" (1939) son ejemplos de ese nuevo giro. Sus ideas políticas pasan, a mediados de los años 30, hacia posturas marxistas y durante la Segunda Guerra Mundial se encuentra en el bando de la resistencia. Durante la guerra civil española asistió al Congreso de Intelectuales celebrado en Valencia en 1937. Diez años más tarde, recopila una serie de conferencias sobre el surrealismo que titula "El surrealismo y la posguerra". En esos momentos, sus contenidos estéticos sobre la vanguardia o el nihilismo giran en pro de valores éticos con un lenguaje más moderado. Así podemos citar "En el ínterin" (1946), "La huida" (1947), "El fruto permitido" (1947) o "La rosa y el perro" (1958).
obra
Estampa inicial de la serie en la que un hombre arrodillado y sólo se enfrenta al caos y a la angustia ante la reciente invasión napoleónica, presintiendo los desastres que pronto sucederán.
obra
La relación entre Clasina María Hoornik - a la que el pintor llamaba Sien - y Van Gogh se estableció en enero de 1882. Sien era una prostituta alcohólica y embarazada, madre ya de una niña, con la que Vincent convivió durante un tiempo, planteando a su familia su deseo de casarse con ella, provocando el rechazo de los padres. En estos momentos, Sien se convertirá en la modelo favorita de Van Gogh, protagonizando también este grabado que lleva añadida una cita de Michelet -"¿Cómo puede ser que una mujer así esté sola y abandonada en la tierra?" -. La mujer se presenta abatida, ocultando su rostro entre sus piernas, manifestando una profunda tristeza que da título a la obra. El aspecto descuidado de Sien es captado a la perfección - sus pechos caídos, su estómago abultado, su cabello desarreglado - por un trazo seguro y firme que se manifestará a lo largo de toda su vida, aunque Van Gogh prefiera como instrumento el color a la línea para elaborar sus trabajos. La relación con Sien finalizó casi un año después, cuando el holandés reconoce que la carrera de artista es incompatible con la vida familiar. Desde ese momento, nunca convivirá con nadie más, excepto el periodo de Nuenen que habita en la casa familiar.
obra
Los frescos del Fondaco dei Tedeschi son el primer encargo oficial recibido por el joven Tiziano, encargo que estaría vinculado con su estrecha relación con la familia Barbarigo, según nos cuenta Vasari. Presididos por la figura de la Justicia, a su alrededor el joven maestro realizó una serie de escenas monocromas en las que manifiesta una intensa expresividad dramática, a través del vigoroso realismo y de las monumentales dimensiones. Si bien las influencias de Giorgione son las más indicadas por los contemporáneos y la crítica, no debemos olvidar su vinculación con las obras de Pollaiolo, Mantegna y los artistas nórdicos. Combate de gigantes y monstruos, la Justicia, Combate de amorcillo y monstruo y Escudos son sus compañeros.
fuente
Se refiere al día más importante y excelso de un general romano victorioso. Bajo mandato de Cayo Mario, el general era aclamado como Imperator por sus tropas y solicitar después el triunfo al Senado, único en poder aprobarlo y que raras veces lo aplazaba sin una justificación. La celebración de un triunfo consistía en un espectacular desfile militar que discurría por un itinerario que abarcaba desde el Campo de Marte, pasando por la porta Triumphalis, el Velabrum, el Forum Boarium y el circo Máximo, para después dirigirse por la Via Sacra del Foro y finalizar en el monte Capitolino, al pie de la escalinata del templo de Júpiter Optimus Maximum. El general triunfante entraba en el templo y ofrecía al dios el laurel de la victoria y, posteriormente, se celebraba una fiesta triunfal.