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La cabeza humana del toro está coronada con la tiara divina, hacendo referencia a algún mito que desconocemos, y cuya inspiración nace de la glíptica acadia. Es una de las mejores muestras de la escultura neosumeria.
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Las figuras de los toros que ornamentan la Puerta de Ishtar en Babilonia hay que ponerlas en este caso no en relación con Adad, dios de la tempestad y cuyo emblema era efectivamente el toro, sino con Marduk, nombre que en sumerio significaba Novillo del dios Sol. Estos ladrillos esmaltados destacaban sobre el fondo azul del paño de las paredes de la magnífica Puerta.
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Afortunadamente, esta pieza señera de la escultura ibérica ha llegado prácticamente completa a nosotros, pues lo perdido no altera nuestro conocimiento de la obra. El toro se hizo mediante tres procesos consecutivos. Primero, se esculpieron los volúmenes de sus masas con un carácter acusadamente geométrico. Es la misma técnica, en esencia, de los leones de Pozo Moro o de los de Nueva Caerteya o Baena. Segunda, se realizó la decoración del animal mediante incisiones, decoración que es, asimismo, fuertemente geométrica y que también se da en otros animales. Tercero, se le añadieron los cuernos postizos -posiblemente de bronce- y otros adornos sacarles. La actitud tan acusadamente recogida, alejada de toda violencia e incluso acción y los adornos citados nos inducen a considerarlo la representación de un dios-toro.
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Como punto de partida del monumentalismo barroco, sin duda habría que colocar un gran grupo que representa el Suplicio de Dirce; esta obra, de hacia 130 a.C., fue la más apreciada en la antigüedad de cuantas realizaron Apolonio y Taurisco de Tralles, dos escultores formados por Menécrates de Rodas -acaso uno de los que firmaron en el Altar de Pérgamo-, y pertenecientes por tanto a la escuela de dicha isla. Conocemos el grupo a través de esta versión tardía y terriblemente restaurada que es el Toro Farnesio del Museo de Nápoles. Pese a sus infidelidades y añadidos, podemos sentir a través de esta obra la aportación básica del original: se trata de un grupo dinámico, perfectamente tridimensional, y asentado en una base paisajística. Apolonio y Taurisco lograron un indudable efecto expresivo, y ello a pesar de partir de elementos tan diversos como el realismo de los animales, las actitudes rígidas de los jóvenes, y esa compleja torsión en espiral de la figura de Dirce, verdadera síntesis del drama. El Presidente de Brosses escribió en el siglo XVIII sobre esta espectacular obra: "Aquí la acción, las expresiones, las actitudes, son de gran fogosidad y de un gran estilo griego; la ejecución tiene, por lo demás, algo de rudeza y de grosería que desagrada. Si se la coloca en la primera clase de las esculturas antiguas es más bien por el tamaño de la obra y por su ejecución prodigiosa que por cualquier otra razón".
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Son numerosas las estatuillas de este tipo que hemos encontrado, lo que nos hace pensar que puedan estar asociadas a alguna divinidad. Se encuentran dentro de una tradición que es anuncio de lo que sería común en la cultura hitita.
Personaje Militar Político
Hijo de una familia criolla de buena posición, ingresó en el ejército -llegando a capitán del Regimiento Real de Caballería en 1749 y general en 1778- y ocupó importantes cargos en la administración: alcalde ordinario de Santiago en 1761, corregidor al año siguiente, superintendente de la Casa de la Moneda en 1772, asumiendo en 1810 la presidencia de la primera Junta de Gobierno Chilena, cargo desde el que convocó el cabildo abierto y proclamó la libertad de comercio.
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Localizados en el término municipal de El Tiemblo, en Avila, los cuatro Toros de Guisando son una de las mejores manifestaciones artísticas de la España pre-romana. Estas figuras fueron realizadas entre los siglos IV y I antes de Cristo, en plena Edad del Hierro. Durante esta etapa, el pueblo de los vetones está asentado en las provincias actuales de Badajoz, Cáceres, Salamanca y Avila. Pueblo fundamentalmente ganadero, los vetones se establecían en lugares en los que abundaba el agua y el pasto para sus rebaños. El ganado -vacas, toros, cerdos- y la caza -jabalíes-, les procuraba carne, leche, cuero y estiércol, productos de importancia vital. De ahí que erigiesen toscas representaciones, llamadas verracos, de cerdos, jabalíes y toros, como éstas de Guisando. Realizadas en bloques de granito, las cuatro figuras, de más de dos metros y medio de largo, miran alineadas hacia el atardecer y al cerro del que toman nombre, estando situadas en la margen izquierda del arroyo Tórtolas. Aunque poco elaboradas, algunas de ellas dan muestra de un incipiente realismo, pues poseen agujeros para insertar los cuernos y unos suaves surcos paralelos que indican los pliegues del cuello del animal. La gran duda que nos queda acerca de estos cuatro enigmáticos verracos es su función, pues pudieron tratarse de esculturas con fines religiosos o funerarios, o bien ser protectoras de los rebaños, dotadas de una finalidad mágica o bien como simples hitos en las cañadas o marcadores territoriales.
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Los cuatro Toros de Guisando son una de las mejores manifestaciones artísticas de la España pre-romana. Localizados en el término municipal de El Tiemblo, en Ávila, se han datado entre los siglos IV y I antes de Cristo, en plena Edad del Hierro, periodo durante el cual el pueblo de los vetones estuvo asentado en las provincias actuales de Badajoz, Cáceres, Salamanca y Ávila. Pueblo fundamentalmente ganadero, los vetones se establecían en lugares en los que abundaba el agua y el pasto para sus rebaños. El ganado -vacas, toros, cerdos- y la caza -jabalíes-, les procuraba carne, leche, cuero y estiércol, productos de importancia vital. De ahí que erigiesen toscas representaciones, llamadas verracos, de cerdos, jabalíes y toros, como éstas de Guisando.Realizadas en bloques de granito, las cuatro figuras, de más de dos metros y medio de largo, miran alineadas hacia el atardecer y al cerro del que toman nombre, estando situadas en la margen izquierda del arroyo Tórtolas. Aunque poco elaboradas, algunas de ellas dan muestra de un incipiente realismo, pues poseen agujeros para insertar los cuernos y unos suaves surcos paralelos que indican los pliegues del cuello del animal. La gran duda que nos queda acerca de estos cuatro enigmáticos verracos es su función, pues pudieron tratarse de esculturas con fines religiosos o funerarios, o bien ser protectoras de los rebaños, dotadas de una finalidad mágica o bien como simples hitos en las cañadas o marcadores territoriales.