La muerte del obispo de Astorga, Joan Grau de Vallespinós, propició la venta de unos territorios al pie de la sierra de Collserola, que antiguamente pertenecieran al último monarca del Casal de Barcelona, el rey Martín I el Humano. Allí había construido su residencia de recreo. Bernat Metge, su secretario, le llamó Bellesguard, por la sensación de placer que aquel lugar le procuraba. Desde el siglo XV, cuando el rey Martí compró la finca a los herederos del mercader Pere Safont (1408), la propiedad fue pasando de unas manos a otras -su viuda, Margarida de Prades; la cuñada de ésta, Violante de Bar- hasta llegar al siglo XVII en estado ruinoso y posteriores traspasos a la iglesia de Sant Just i Pastor, a una comunidad de monjas oblatas y, por último, a Joan Grau. El prelado puso como condición, que después de su fallecimiento, los terrenos debían ser vendidos y la suma obtenida, entregada a un colegio de hijos de obreros de Reus, de dónde él procedía.Antonio Gaudí, amigo del obispo desde la infancia, estuvo encargado de la transacción, en 1900, firmando, incluso, el contrato en representación de la nueva titular, María Sagués i Figueras, viuda de un comerciante de harinas de Barcelona, que no sabía escribir. El edificio que Gaudí construyó es un canto al pasado de Cataluña y a la catalanidad. Quiso que su aspecto se relacionara con la antigua residencia del monarca catalano-aragonés y, por ello, lo proyectó dentro del estilo neogótico. Su apariencia es la de una fortaleza con muros ribeteados con almenas y aspilleras, camino de ronda siguiendo el perímetro de las cubiertas de formas piramidales y torre fortificada. Es un edificio de planta cuadrada, de 15 m de lado; con un semisótano, dos plantas dedicadas a viviendas y otros dos más a buhardillas. En el exterior, un cuerpo se resalta en toda la fachada principal -desde donde se proyecta una esbelta aguja de 34 m, rematada con la tradicional cruz de cuatro brazos- y otro, de sección de media exedra, algo más bajo, en una de las fachadas laterales. En la construcción, se utilizó -además de los restos del antiguo castillo medieval- el ladrillo recubierto de piedra pizarrosa de la zona, de tamaño y forma irregular; que le da un tono áspero y duro, pero que la integra, perfectamente, en el entorno ambiental. Por el contrario, en los interiores, Gaudí adoptó soluciones y acabados de tanta suavidad y sutileza en formas y colores unidas al juego de la luz natural, que el resultado final es el de un ambiente placentero y confortable. En el conjunto de la obra de Gaudí, Bellesguard representa el punto de inflexión entre la obra de juventud y la de madurez. Aquí, ensayó nuevos procedimientos decorativos basándose en moldes de yeso -para gárgolas, columnas...-, en los que incluía piedras irregulares para dejar grabada su impronta y para que fuera más fácil recomponer su encaje en el modelo definitivo, con la ayuda de mortero. Un ejemplo muy conocido, realizado con este procedimiento es la famosa cariátide de la Lavandera del Parque Güell. Asimismo, llegó a formulaciones nuevas en el tratamiento de los cerramientos: los techos de las buhardillas son un verdadero derroche de imaginación y de sensibilidad, y de efectividad constructiva, simplemente, con el empleo de arcos de nervaduras continuas de ladrillo puesto de canto, que hacen innecesaria la utilización de vigas o de cualquier otro tipo de apoyo parietal. Hasta 1909, Gaudí llevó íntegramente el diseño y la dirección de la obra. Después de aquel año hasta 1916, intervino su colaborador Domènec Sugrañés en la proyección y realización del recinto de la portería, los jardines, el banco de entrada y la decoración de la escalera principal. Desde su construcción, este edificio ha pasado por diversos usos: orfanato durante la guerra civil; clínica toco-ginecológica en 1940, hasta que fue trasladada a otra zona de la ciudad. En la actualidad cumple su primitiva función de vivienda.
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obra
El más antiguo de los monumentos turriformes conservados en la Península Ibérica es el de Cartagena que tradicionalmente se ha venido conociendo como la Torre Ciega, y que resulta al mismo tiempo el menos canónico de todos ellos. En el año 1598, un cartagenero, Francisco de Cascales, lo describió con prolijidad, y desde entonces ha despertado la atención de los investigadores. Nicolás de Montanaro la dibujó ya a principios del siglo XVIII. Poco a poco, y como testimonia una amplia serie de documentos de los siglos XVIII y XIX, el edificio se fue deteriorando, hasta llegar a amenazar ruina total a mediados del siglo XX, por lo que fue objeto, en los años 40, de un primer intento de consolidación a cargo de A. Beltrán, y de una obra ya más completa en los años 60, dirigida por Pedro Sanmartín. Según lo que puede observarse en los dibujos y las descripciones antiguas, el monumento constaba de un basamento de tres hiladas de sillares, coronado por una moldura, sobre la que se alzaba el cuerpo principal, ligeramente retranqueado y coronado por otra moldura; el remate lo constituía un tronco de cono terminado en una semiesfera; lo más interesante de todo ello, aparte de la forma general del edificio, es el revestimiento que cubría tanto el cuerpo principal como el remate troncocónico: un reticulado formado por pequeñas pirámides de piedra volcánica clavadas en la masa del mortero aún fresca, dejando visible al exterior sólo su base, que aparece dispuesta en forma de tombo; la sucesión de estas pirámides confiere a la superficie un aspecto de tablero reticular que le da el nombre de opus reticulatum con que se designa esta técnica. En este caso concreto, los ángulos del cuerpo principal estaban formados por una hilera de piedras escuadradas que terminaban en ángulo para adaptarse al reticulatum. En la cara principal, un marco de piedras de este mismo tipo rodeaba una inscripción funeraria que aún hoy se conserva, aunque muy deteriorada, en la que todavía se advierten rasgos suficientes como para confirmar la mención de un Titus Didius de la tribu Cornelia, que debía ser la persona para la que se construyó el monumento.
monumento
En 1598 Francisco de Cascales, describió esta torre con prolijidad, y desde entonces ha despertado la atención de los investigadores. Nicolás de Montanaro la dibujó ya a principios del siglo XVIII. Poco a poco, y como testimonia una amplia serie de documentos de los siglos XVIII y XIX, el edificio se fue deteriorando, hasta llegar a amenazar ruina total a mediados del siglo XX, por lo que fue objeto, en los años 40, de un primer intento de consolidación a cargo de A. Beltrán, y de una obra ya más completa en los años 60, dirigida por Pedro Sanmartín. El más antiguo de los monumentos turriformes conservados en la Península Ibérica es el de Cartagena que tradicionalmente se ha venido conociendo como la Torre Ciega, y que resulta al mismo tiempo el menos canónico de todos ellos. Según lo que puede observarse en los dibujos y las descripciones antiguas, el monumento constaba de un basamento de tres hiladas de sillares, coronado por una moldura, sobre la que se alzaba el cuerpo principal, ligeramente retranqueado y coronado por otra moldura; el remate lo constituía un tronco de cono terminado en una semiesfera; lo más interesante de todo ello, aparte de la forma general del edificio, es el revestimiento que cubría tanto el cuerpo principal como el remate troncocónico: un reticulado formado por pequeñas pirámides de piedra volcánica clavadas en la masa del mortero aún fresca, dejando visible al exterior sólo su base, que aparece dispuesta en forma de tombo; la sucesión de estas pirámides confiere a la superficie un aspecto de tablero reticular que le da el nombre de opus reticulatum con que se designa esta técnica. En este caso concreto, los ángulos del cuerpo principal estaban formados por una hilera de piedras escuadradas que terminaban en ángulo para adaptarse al reticulatum. En la cara principal, un marco de piedras de este mismo tipo rodeaba una inscripción funeraria que aún hoy se conserva, aunque muy deteriorada, en la que todavía se advierten rasgos suficientes como para confirmar la mención de un Titus Didius de la tribu Cornelia, que debía ser la persona para la que se construyó el monumento.
monumento
Levantada en 1820, es uno de los monumentos civiles más importantes de Luque. Se instaló un reloj de campanas movido por pesas. Como dato curioso, decir que el relojero murió sin decir a nadie el secreto del funcionamiento del reloj y, desde su muerte, éste no funciona. La torre fue construida gracias a la financiación del Ayuntamiento y del vecindario.
fuente
Conocidas desde la Antigüedad, se edificaban con una altura superior a las de las murallas enemigas para poder batir a los defensores con flechas, dardos o jabalinas; no era raro que alcanzasen 30 metros de altura: una casa actual de 9 pisos. En muchos casos se dotaban de un puente levadizo a la altura de las almenas del enemigo, mientras que los pisos inferiores y superiores disponían de saeteras; una vez barridas las almenas, el puente levadizo se bajaba y penetraban los asaltantes. El conjunto, muy inflamable, se cubría con pieles húmedas. Los fosos, zarpas y otros obstáculos hacían difícil arrimar lo suficiente la torre a la muralla. Caras de construir, consumían además ingentes cantidades de madera. Están bien documentadas desde el s. XI a.C.
obra
Brueghel pintó varios cuadros con el mismo tema tras su estancia en Roma. Esta se conoce como la Gran Torre de Babel, y resulta evidente que los niveles de la construcción están inspirados en el impresionante Coliseo romano, que Brueghel visitó. Tal vez lo grandioso de esa ruina inspiró a Brueghel lo sublime y al mismo tiempo lo vano o efímero del esfuerzo humano. Así es como generalmente se interpreta esta imagen: la Torre de Babel, monumento a la vanidad del hombre y su inconsecuencia, pero al mismo tiempo tan magnífica... En el interior de la torre pueden catalogarse todo tipo de actividades humanas, todas contribuyendo a la elevación de la torre. Los colores son excelentes y el paisaje de fondo está en la mejor tradición de las panorámicas de Patinir.
obra
Presenta planta octogonal y se cubre con una bóveda gótica de ocho nervios que se unen en una clave central decorada con la cruz de la Orden de Calatrava.
monumento
La llamada Torre de Boabdil es una construcción del siglo XV, iniciada en el año 1411 y finalizada en 1435. Se construyó por orden de don Luis de Guzmán, maestre de la Orden de Calatrava, en una esquina del castillo original; presenta planta octogonal y se cubre con una bóveda gótica de ocho nervios que se unen en una clave central decorada con la cruz de la Orden de Calatrava. Su denominación estaría motivada porque en este lugar Boabdil el Chico estuvo cautivo durante dos meses tras ser capturado por los Reyes Católicos. Fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1982 y en la actualidad alberga el Museo Arqueológico Municipal de Obulco, inaugurado a finales de los años 70 del siglo XX.