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obra
Hacia 1965 Dalí descubre un nuevo procedimiento técnico de creación y reproducción de imágenes, la holografía, técnica fotográfica basada en el empleo de la luz producida por el láser.Ese nuevo instrumento le permitirá a Dalí seguir la búsqueda de las imágenes tridimensionales. De hecho, ese proceso puede darse por culminado en abril de 1972, cuando celebra una exposición de hologramas en la Galería Knoedler de Nueva York.Para Dalí todos los pintores posteriores a Velázquez están preocupados por restituir las tres dimensiones de la realidad. En la época moderna, el cubismo analítico sería el último esfuerzo de la pintura para alcanzar ese fin. Con la holografía, Salvador Dalí confiaba en que se produciría un nuevo Renacimiento de la pintura universal y que, como cabía suponer, sería él mismo quien comandaría ese esplendor.Torero alucinógeno es una de sus creaciones más acertadas al respecto. A través de los apuntes y bocetos previos podemos saber cómo Dalí estaba interesado sobre todo por el juego de sombras y volúmenes que se diluyen en el fondo de la escena.El escenario de la obra es una enorme plaza de toros, que es invadida de forma absoluta por las moscas. Esos insectos se convierten a veces en manchas o en círculos. Junto a esto, lo clásico se repite en el cuadro como una obsesión. La efigie de la Venus de Milo se multiplica como si fuese una aparición. De nuevo, en ese énfasis en la seriación está el pop-art, cuyos inicios como movimiento renovador se deben situar a mediados de los años 50 en Inglaterra y, posteriormente, en los Estados Unidos. Por último, la figura del niño vestido de marinero que aparece en la esquina inferior derecha está trabajada a partir de un cuadro de 1932 del propio Dalí, El espectro del sex-appeal.
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Aunque en un principio fue rechazada por Goya para grabar la lámina n? 7, esta es una escena de gran calidad en la que se muestra a un torero lanceando a un toro subido sobre un chulo, según era costumbre en el diestro Juanijón, como nos narra Moratín.
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Manet envió al Salón de 1864 dos obras, Cristo muerto con dos ángeles y la Corrida. Las durísimas críticas que recibió ésta última, especialmente respecto a la perspectiva empleada, llevaron al autor a dividir el lienzo en varios fragmentos, conservándose sólo dos en la actualidad. El Torero muerto es el más significativo, mientras que la Corrida de la Frick Collection de Nueva York muestra la escena del fondo, ejecutada con mayor soltura. La figura del torero en escorzo fue acusada de parecer de madera, a pesar del interés que muestra Manet por conseguir la sensación de realismo. Quizá se inspiró en un Soldado muerto, atribuido erróneamente a Velázquez, que pudo contemplar en las reproducciones fotográficas de la época. De nuevo el personaje se recorta sobre un fondo neutro - la arena del coso taurino - y es iluminado por un potente foco de luz que apenas crea sombra, influencia de la estampa japonesa y muy habitual en el Impresionismo. También recurre a los ya tradicionales contrastes entre blancos y negros - que también veíamos en Desayuno en la hierba o la Olimpia - obteniendo un juego de tonalidades que llama la atención del espectador. No debemos olvidar una referencia al exquisito dibujismo que nos muestra Manet, sobre todo en los contornos y el volumen de la figura. Destaca la calidad de las telas, la seda de las medias y de la capa. Orgulloso de su figura, el maestro la presentó en su exposición individual de 1867 con el título de Hombre muerto.
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Desde los primeros momentos, Manet sintió una atracción especial por lo español. En sus frecuentes visitas al Louvre se entusiasmó con los cuadros de los artistas barrocos españoles, interesándose especialmente por Velázquez y Goya, cuyas obras tomó en numerosas ocasiones como punto de partida - el Balcón o el Actor trágico, por citar algún ejemplo -. A esta afición por la pintura española debemos añadir el interés existente en Francia por todo lo que procedía de su vecino del sur, ya desde el Romanticismo, que visitaron muchos franceses. Este españolismo sufrió un importante espaldarazo con el matrimonio de Napoleón III con la noble española Eugenia de Montijo. Aunque de manera paulatina Manet sustituye la temática hispana por asuntos más relacionados con el París del Segundo Imperio, en alguna ocasión - como en este caso - recurre a su temática inicial, quizá por el éxito obtenido con Guitarrista español. La figura del torero saludando se sitúa sobre un fondo neutro, que elimina cualquier referencia espacial - como ya había hecho en el Pífano -. Las armonías entre las tonalidades grises y negras son habituales en este tipo de figuras, al igual que la pincelada rápida, que aparenta detallar el traje de luces, pero cuando el espectador se acerca contempla la soltura del trazo. Para animar la composición utiliza tonalidades más claras, como el rosa o el rojo, que contrastan con el marrón, gris o negro. Quizá este torero sea un recuerdo del viaje que realizó el pintor por tierras españolas en el mes de agosto de 1866, visitando Burgos, Toledo, Valladolid y Madrid, donde recorrió el Museo del Prado y contactó con uno de los mejores continuadores de Goya, Eugenio Lucas.
contexto
Una de las actividades más desarrolladas a lo largo del siglo VI fue la toréutica. La orfebrería tuvo una mayor relevancia durante el siglo VII y la conocemos básicamente por la fuerza que tuvieron los talleres áulicos instalados en la corte de Toledo. Antes de pasar a su estudio, creemos deber hacer una serie de consideraciones historiográficas que han marcado la investigación de los pequeños objetos de adorno personal hallados en su mayoría en las sepulturas de las necrópolis y, en consecuencia, de las características principales de los visigodos y su modo de asentamiento. Los estudiosos alemanes de principios del presente siglo marcaron profundamente las líneas maestras de la investigación, intentando definir, a partir de estos objetos, al pueblo visigodo como una etnia o raza germánica completamente diferente al resto de la población de la Península Ibérica. No fue hasta los años cincuenta en que nuevas generaciones de arqueólogos mostraron la continuidad del mundo romano dentro del horizonte visigodo. Se pudo valorar el justo peso del germanismo -sólo presente en algunas sepulturas de los cementerios de la Meseta- frente al fuerte romanismo que se detecta en todos los sustratos hispánicos, además de las diferentes influencias que pudieron afectar a la población hispánica, no sólo la romana y la visigoda, sino también a todos aquellos grupos sociales de origen oriental situados a todo lo largo de la costa mediterránea y atlántica. Actualmente, creemos que se debe valorar también el bizantinismo, habitual en todas las regiones de la cuenca mediterránea, pues éste marca claramente las manifestaciones culturales y artísticas de finales del siglo VI y de todo el siglo VII. A partir del momento en que los objetos personales dejan de ser tomados como tales objetos, se empieza a conocer con mejor precisión a los individuos que componen la sociedad de los siglos VI y VII, y cómo se desarrolla la implantación del pueblo visigodo dentro del territorio peninsular. Las producciones de toreutas y orfebres responden a los gustos y modas del momento, pudiéndose siempre detectar las diversas influencias venidas esencialmente de productos no peninsulares que fueron imitados y fabricados en los talleres artesanos de tipo local. La demanda, dado el gran número de hallazgos arqueológicos, debió ser bastante elevada y su producción debió centrarse en puntos urbanos importantes, tras lo cual se procedía a su comercialización y venta. La mayoría de los objetos que nos han llegado son fíbulas que servían para sujetar el manto a la altura de los hombros o en el pecho, además de broches de cinturón de diversos tipos. Dentro de los clásicos adornos personales de tipo visigodo, fechables a finales del siglo V y primera mitad del siglo VI, cabe señalar la variedad de tipos tanto de fíbulas como de broches de cinturón marcados siempre por la policromía, puesto que en su mayoría presentan incrustaciones de piedras duras o granates, o bien superficies cubiertas por mosaicos de celdillas con deposición de cristales coloreados. Destacan entre todas estas producciones, las denominadas fíbulas aquiliformes, que aunque no pueden ser definidas como propiamente hispánicas, puesto que aparecen en otros lugares como por ejemplo en Domagnano (Italia), sí que están marcadas por una personalidad propia de los toreutas y orfebres de la Península. Con el paso del tiempo y teniendo en cuenta lo avanzado del proceso de aculturación, la moda visigoda irá dejando paso a una más latino-mediterránea, que no se centrará ya en la Meseta castellana sino que abrirá su demanda a toda la geografía peninsular. La intrusión de esta nueva moda indica un descenso en la producción por parte de los talleres visigodos y un mayor desarrollo de otros centros productores hispánicos con unas connotaciones locales indiscutibles. Los adornos personales de finales del siglo VI y de todo el siglo VII estarán marcados por las influencias mediterráneas, pero también y más concretamente por los productos bizantinos, de una gran calidad en su fabricación y que están circulando y llegando a todos los puertos del Mediterráneo. Además de los adornos personales, en estos talleres artesanos fueron probablemente fabricados diferentes objetos destinados, por lo que sabemos actualmente, al uso litúrgico, como son los jarros y las patenas eucarísticas. En cuanto a los incensarios, por el momento nos son conocidos ejemplares llegados de la cuenca mediterránea, pero cuya fabricación en talleres hispánicos no se ha detectado. Anteriormente nos hemos referido a la existencia de unos talleres áulicos establecidos directamente en la corte y controlados por un orfebre palatino denominado praepositus argentariorum. Es muy posible que a partir del establecimiento de la corte en Toledo, la actividad de los talleres áulicos fuese en aumento, puesto que también se multiplicaron los regalos reales por motivos de agradecimiento, conmemoración o alianzas matrimoniales. Se ha señalado siempre la importancia que tuvo en estos talleres la adopción por parte de Leovigildo de todo el boato cortesano bizantino. La alta calidad de sus producciones ha quedado reflejada en los textos, sobre todo islámicos, y nos es conocida gracias a diversos tesoros fechados principalmente a mediados del siglo VII, como los de Guarrazar y Torredonjimeno. Estos están compuestos de coronas votivas y cruces procesionales, que no pueden ser consideradas como insignias reales. En el caso de la corona que fue regalada por Recaredo al mártir Félix de Gerona, es bien sabido que el usurpador Paulo osó ponérsela sobre la cabeza, pero no por ello podemos deducir que se tratara de una corona, como tal, sino que era un ornamento de tipo litúrgico. De este modo también nos lo han transmitido las ilustraciones de los manuscritos. En estos productos se conjugan influencias bizantinas y de tradición romana, puesto que muestran una cierta continuidad y una personalidad propia en las técnicas y en los motivos ornamentales y decorativos, aunque forman parte de las producciones homogéneas de la cuenca mediterránea.
termino
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acepcion
Cualquier trabajo que comporta relieve sobre piezas de metal de pequeño tamaño.
contexto
Importante asentamiento de época prehistórica y prerromana, fueron los romanos quienes acabaron por asentar en su ubicación actual la ciudad, beneficiándose de su estratégica situación. El núcleo más antiguo es la parte más alta de la localidad, donde se han encontrado restos neolíticos y prerromanos: es la zona entonces llamada Turgalium. Posteriormente, la llegada de los romanos hizo que se creara el asentamiento por ellos llamado Castra Iulae. La etapa visigoda de esta localidad apenas deja noticias, siendo a partir de la llegada de los musulmanes cuando la localidad conoce una etapa de esplendor. Es entonces cuando la actual Trujillo, llamada por los árabes Torgiela, conoce un gran desarrollo demográfico y urbanístico, beneficiada por su importante papel comercial y militar. La ciudad árabe se expandía en torno a la alcazaba, que gobernaba la población desde un altozano. Las viviendas y demás edificios se situaban a su alrededor, entre los que había mezquitas y baños. Parece ser que Trujillo debió ser una importante población de la época, pues al-Idrisi señala que una ciudad "grande y parece una fortaleza". El castillo o alcazaba, edificado en época califal (siglos X y XI), se asienta en el llamado "Cabezo de zorro". De la muralla árabe, construida con sillares romanos reutilizados y mampostería, se mantienen en pie 17 torres rectangulares y cuadradas, rematadas con almenas y formas piramidales. Cuenta Trujillo también con un aljibe árabe del siglo X, estructurado en tres naves y seis arcos sobre pilastras, con una profundidad de diez metros.