Los cuatro evangelistas en los vértices del rombo de base del sepulcro real son magistrales, tanto si se prefiere la torsión del tronco de san Marcos, la efébica presencia de Juan, el característico aspecto de retrato de Mateo o la elegante dignidad de Lucas. Al igual que los yacentes reales, salieron directamente de los cinceles de Silóe. Diversas figuras menores se sitúan sobre otros vértices, aunque no todas se conservan y algunas no pertenecían originalmente a ellos.
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La capilla mayor de la iglesia de la cartuja de Miraflores es uno de los grandes santuarios del gótico europeo, debido al encuentro de una extraordinaria promotora, la reina Isabel, y un magnífico artista, Gil de Silóe. Al encargar el sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal, Isabel cumplía un deseo de su padre, pero fue más allá de estas expectativas, añadiendo primero el sepulcro de su hermano Alfonso, muerto en la adolescencia y comprometido en la oposición a su hermanastro Enrique IV. Luego, el retablo mayor en madera. Es un proyecto artístico, un recuerdo filial, pero también con un contenido político. El sepulcro de Juan II tiene planta de estrella. Sobre la cama están los dos yacentes de rey y reina, ligeramente inclinados hacia lados contrarios. En el facetado conjunto de planos de diversos frentes se despliega un inmenso número de figuras alusivas a la muerte y redención, a las virtudes que debe practicar el príncipe, etc. Es una apoteosis triunfal del más desenfrenado detalle esculpido, tanto requerido por el programa, como añadido a modo de ornato por el artista. En ningún detalle decae la extraordinaria calidad de ejecución. La exquisita habilidad de Gil de Silóe en el tratamiento del alabastro le permitió obtener calidades muy diferenciadas en telas, carnaciones, vegetales, etc. En 1496 Silóe contrata, con el pintor Diego de la Cruz, el retablo mayor. El diseño, con semejanzas parciales en la miniatura y en el tapiz, vuelve a mostrar un Silóe creativo, que descompone el gran rectángulo total en figuras geométricas en las que predomina el círculo. El programa también es complejo, aunque la idea eucarística y redentora predomina sobre otras. Aunque haya desigualdades de ejecución en total es mejor que el de la catedral y su mano se describe en cada parte. La policromía parece excelente, pero seguramente una cuidada limpieza le devolvería una parte de su esplendor, anulando un cierto aire oscuro que domina.
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En los centros escultóricos más activos de la corona de Aragón la influencia italiana es un ipso determinante, tomando a Giovanni Pisano como ejemplo a imitar. Así el estilo elegante, estilizado, melancólico y suave en su modelado se pone de manifiesto en la mayor parte de los trabajos como podemos observar en el sepulcro de Blanca de Anjou que se conserva en el monasterio de Santes Creus. Es una obra del escultor Pere de Bonull y se considera la fecha de 1314 como la idónea para su ejecución, aunque años antes este proyecto había sido tratado con Pere de Pennafreita y Bertran Riquer, maestro de obras del Palacio Real de Barcelona, quienes tomaron como modelo la tumba de Pedro III.
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A un monumento naomorfo profusamente decorado debieron corresponder en su momento los escasos restos de Sádaba (Zaragoza).
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A un monumento naomorfo profusamente decorado debieron corresponder en su momento los escasos restos de Sádaba (Zaragoza). Lo que se conserva es sólo una pared compuesta por un zócalo y una parte media dividida por varias pilastras ricamente decoradas, que aíslan varios paneles decorados a su vez con guirnaldas y arcos y que figuran servir de soporte al entablamento; todo ello se coronaba con tres frontones, simulando que cada uno de ellos descansa en dos de las pilastras, quedando un vano desprovisto de frontón entre ellas. En el friso se conservan aún vestigios de la inscripción que permite adscribir este monumento a la familia de los Atilios.
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Fancelli será el encargado de realizar el sepulcro de los Reyes Católicos para la capilla real de Granada, pensado para panteón real por la reina Isabel. Terminado hacia el año 1517, aunque repite el modelo del Príncipe, su tendencia a una mayor verticalidad se consigue por la elevación del segundo cuerpo con los yacentes y las cuatro figuras de los Padres de la Iglesia en los ángulos. De técnica preciosista en su decoración, los rostros de los yacentes acusan mayor realismo y los tondos de los frentes su dominio de la talla del relieve.
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Sobre un basamento escalonado, adornado con leones yacentes en los ángulos, se alza un cuerpo cuadrangular, algunos de cuyos sillares están decorados con relieves; por encima, un conjunto de molduras y, más arriba, según la reconstrucción hipotética de M. Almagro, es posible que existiera otro cuerpo cuadrangular, similar al inferior, también con leones en las esquinas y una moldura de coronamiento, rematado todo ello en un piramidium. El monumento es importante por su antigüedad por su carácter de unicum y, sobre todo, por su decoración en relieve.
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Sobre tres gradas se levanta un cuerpo arquitectónico en forma de severo túmulo sobre el que yace la estatua de Sagasta, vistiendo levita y ostentando el Toisón de Oro. En la cabecera del sepulcro encontramos una figura femenina sentada, semidesnuda, presentando a la historia en actitud de cerrar el libro de la época. A sus pies se representa un joven obrero, simbolizando al pueblo, descansando su brazo sobre los Evangelios, símbolo de la verdad. El joven sostiene en su mano derecha una espada en cuya empuñadura se representa la Justicia, recorriendo toda la hoja una rama de olivo como símbolo de la paz.
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Dentro de la cultura ibérica, uno de los aspectos más importantes es el relacionado con el mundo funerario. El rito de enterramiento más común fue la incineración, siendo depositadas las cenizas en urnas, como vasos cerámicos, cajas de piedra o esculturas también en piedra, como las Damas de Elche o de Baza.Este recipiente, a su vez, se depositaba en una tumba que, en función del rango social del difunto, podía ir desde un simple hoyo hasta una gran construcción funeraria, como la sepultura en forma de torre del Pozo Moro, en la que se debió enterrar a un jefe militar.Otra variante de tumbas relevantes son las llamadas de cámara, como ésta hallada en Galera, Granada. Se trata, en este caso, de construcciones subterráneas de planta cuadrangular a las que se accede por un estrecho pasillo o dromos. La cámara se cubre con grandes losas planas sostenidas por un pilar central y el dromos con una falsa bóveda. A su alrededor se ha dispuesto un cúmulo de piedras de planta circular y forma atuladada, que sirve para reforzar las paredes de la cámara y como base de un cuerpo superior de tierra y piedras con anillos de refuerzo formados por hiladas de piedra de mayores dimensiones. En el interior de la tumba, del siglo IV antes de Cristo, además de los objetos que habrían de acompañar al difunto en el otro mundo, se hallaba una urna funeraria realizada en piedra y decorada con bandas horizontales y ondas pintadas en rojo. Estos motivos fueron copiados de ciertos detalles ornamentales que aparecen en los vasos griegos importados por los iberos.
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Uno de los aspectos más importantes de la cultura ibérica es el relacionado con el mundo funerario. El rito de enterramiento más común fue la incineración, siendo depositadas las cenizas en urnas, como vasos cerámicos, cajas de piedra o esculturas también en piedra, como las Damas de Elche o de Baza.Este recipiente, a su vez, se depositaba en una tumba que, en función del rango social del difunto, podía ir desde un simple hoyo hasta una gran construcción funeraria, como la sepultura en forma de torre del Pozo Moro, en la que se debió enterrar a un jefe militar.Otra variante de tumbas relevantes son las llamadas de cámara, como ésta hallada en Galera, Granada. Se trata, en este caso, de construcciones subterráneas de planta cuadrangular a las que se accede por un estrecho pasillo o dromos. La cámara se cubre con grandes losas planas sostenidas por un pilar central y el dromos con una falsa bóveda. A su alrededor se ha dispuesto un cúmulo de piedras de planta circular y forma atuladada, que sirve para reforzar las paredes de la cámara y como base de un cuerpo superior de tierra y piedras con anillos de refuerzo formados por hiladas de piedra de mayores dimensiones. En el interior de la tumba, del siglo IV antes de Cristo, además de los objetos que habrían de acompañar al difunto en el otro mundo, se hallaba una urna funeraria realizada en piedra y decorada con bandas horizontales y ondas pintadas en rojo. Estos motivos fueron copiados de ciertos detalles ornamentales que aparecen en los vasos griegos importados por los iberos.