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monumento
Algunos príncipes aqueménidas, desligándose de la vieja leyenda de que los cuerpos de los difuntos debían ser colocados sobre unas torres o dakhmas para ser devorados por las aves, diseñaron sus tumbas antes de morir. Fue el caso de Ciro, Darío y también de su sucesor, Jerjes, quien mandó excavar su sepulcro en la roca a media altura decorándola con relieves al exterior. A una altura conveniente, los arquitectos trazaron una especie de marco en forma de cruz, con 22,50 m de altura. En el tramo superior, Ahura Mazda en lo alto y el rey con un arco en la izquierda, invocando a su dios sobre un estrado que mantienen dos filas con las 28 naciones citadas en la inscripción. A los lados, personajes del séquito real en tres filas. Por debajo de la decoración escultórica, cuatro columnas lisas adosadas, con capiteles de protornos, semejantes a los de Persépolis. En el interior se talló un techo en doble vertiente como evocando la tumba de Ciro, según R. Ghirshman, además de varios sarcófagos.
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Realizado en mármol blanco, representa el traslado del cadáver hasta su última morada. Sobre le basamento marmóreo, dos hombres, ayudados por una mujer, sostienen el cadáver de Canalejas y lo conducen hasta la puerta de la cripta. Sobre el dintel se ha representado la figura del Redentor, con los brazos abiertos, como si de una aparición divina se tratara. En el lado posterior del bloque de piedra se representa una cruz latina y dos guirnaldas de laurel y de encina, símbolo de la inmortalidad.
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Juan de Padilla pertenece al amplio grupo de jóvenes que intervienen en la guerra de Granada muriendo en ella. Los rodea un halo heroico al que a veces no es ajena un aura de santidad. Para ellos se labran bellos sepulcros (Doncel de Sigüenza) o se cantan elegíacos textos (Francí Aguilar). El afecto de la reina Isabel se unió al deseo de la madre y Silóe fue seguramente el encargado de llevar a cabo otro monumento sepulcral que, en diseño, se inspira en el del infante Alfonso, muerto aún más joven. Pero aquí no podemos estar seguros de que la obra sea de Silóe, porque no hay más documento que la propia obra para atribuírselo.
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Gil de Silóe pensó para el sepulcro real en una planta de estrella de ocho puntas formada por el cruce de un rectángulo con un rombo, que elevado en altura daba lugar a dos prismas. En los yacentes se pone de manifiesto su capacidad para obtener la tersura de la piel de la cara y contrastarla con la dureza del brocado de los trajes, todo resuelto con una habilidad de artesano extraordinaria. Una espina con crestería divide la zona que corresponde al yacente del rey del de la reina. Ambos se inclinan en dirección opuesta de modo que pueden ser vistos perfectamente por todos aquellos que avanzan por los laterales de la capilla en cuyo centro se sitúa justamente el gran túmulo.
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Para este sepulcro real encargado por la reina Isabel, Gil de Silóe pensó en una planta de estrella de ocho puntas formada por el cruce de un rectángulo con un rombo, que elevado en altura daba lugar a dos prismas. En realidad, la colocación de los dos yacentes, separados por una pequeña crestería y mirando al altar, correspondía a la zona del prisma rectangular que hubiera sido normal en otros casos, pero la situación cambia al hacer que se interseque con él el prisma de base romboidal. Siguiendo una tradición muy antigua, los enterrados, Juan II e Isabel de Portugal, están acostados, ligeramente vueltos hacia el exterior, de modo que sean así más visibles, aunque se den la espalda. Ella reza en un breviario o libro de horas, mientras él lleva signos de poder, además de los comunes de corona y manto real. Mientras se ha alabado el afiligranado encaje del alabastro en la zona de las telas, suele acusarse a los rostros de poco expresivos. Desde luego, es casi evidente que no se trata de retratos, no sólo porque el rey había muerto hacía mucho tiempo, sino que la reina era de mucha edad y sus facultades mentales no eran las apropiadas para que Gil de Silóe la hubiera visitado con el fin de hacer un retrato. Dicho esto, entiendo que como cabezas esculpidas ambas son magníficas y la escasa expresividad no es más que la severidad algo solemne que caracteriza toda la obra del artista.
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El sepulcro de los reyes Juan II e Isabel de Portugal tiene forma de estrella de ocho puntas. Aunque la estrella de ocho puntas que resulta es irregular, sugiere las bóvedas del mismo tipo entonces frecuentes en la arquitectura. La ubicación de los cuatro evangelistas en los vértices del rombo reafirma el recuerdo de tal sistema de cubierta, en cuyas bases ya desde el románico se colocaban los cuatro evangelistas. Lo que allí adquiría una dimensión cósmica detrás de la cual estaba Dios, aquí no debe dejar de leerse de manera similar, aun cuando el destinatario del símbolo es el propio monarca. Estamos en unos tiempos en que este lenguaje hiperbólico y atrevido es moneda relativamente frecuente. Recalcándolo, está otro signo similar: el cojín sobre el que apoya la cabeza del rey tiene un bordado que dibuja una especie de nimbo en torno a ella.
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La reina Isabel de Portugal, madre de Isabel la Católica, también lleva corona en el sepulcro de Miraflores, leyendo un libro abierto, con seguridad un Breviario o un Libro de Horas.
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Los yacentes sobre la cama del sepulcro son de notable tamaño y se sitúan mirando hacia el altar. Se inclinan cada uno en dirección contraria al otro, de modo que se hacen más visibles como dirigiéndose a un posible espectador. Los rostros son convencionales, en modo alguno retratos. Visten con lujo, mantos muy ricos. Se cobijan bajo una suerte de baldaquino, en ningún momento signo de realeza o santidad. El rey Juan II llevaba en la mano un desaparecido cetro, emblema de poder, como lo son el manto real y la corona, muy lastimados sus adornos superiores de los que sólo quedan restos. No es casual que sobre la almohada en la que apoya la cabeza se dibuje una especie de nimbo, que reclama la atención sobre cierto carácter sagrado de la monarquía.
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Aunque los primeros trabajos de Silóe están hechos en madera, parece encontrarse mejor trabajando el alabastro. En los yacentes del sepulcro de los reyes se pone de manifiesto su capacidad para obtener la tersura de la piel de la cara y contrastarla con la dureza del brocado de los trajes, todo resuelto con una habilidad de artesano extraordinaria. Una espina con crestería divide la zona que corresponde al yacente del rey del de la reina. Ambos se inclinan en dirección opuesta de modo que pueden ser vistos perfectamente por todos aquellos que avanzan por los laterales de la capilla en cuyo centro se sitúa justamente el gran túmulo.