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En la sala capitular del monasterio cisterciense de Santa María de San Salvador de Cañas se encuentra el sepulcro de doña Urraca López de Haro, abadesa entre 1225 y 1262, al tener éstas el privilegio de ser enterradas en el capítulo. La abadesa aparece vestida con su hábito y su báculo abacial, tumbada sobre almohadones, en la tapa del sepulcro mientras que en los laterales se representa el entierro y el oficio fúnebre. La obra muestra una estrecha relación con los trabajos de las escuelas palentina y burgalesa.
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La religiosidad del hombre medieval no le impide temer a la muerte, pero le permite afrontarla como una liberación y con la tranquilidad de espíritu que se refleja en el rostro de los difuntos. Ahora se añade un sentimiento nuevo: interesa también disfrutar en vida del prestigio social y de la fama importa plasmarla, más allá de la muerte, un monumento funerario ubicado en lugar privilegiado: el interior de la iglesia reservado a las personas de alta posición. Así, el abad Aparicio del monasterio de Santa María de Aguilar de Campoo fue enterrado en su claustro, en uno de los primeros sarcófagos con escultura yacente.
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Este sepulcro es una de las mejores muestras de escultura funeraria en Sevilla. Realizado en alabastro para la capilla de San Hermenegildo de la catedral hispalense, el túmulo descansa sobre leones, presentando el frente decorado con escenas de la vida de Jesús, talladas con exquisita delicadeza. El obispo se presenta yacente, destacando el naturalismo de su rostro en el que casi podemos observar el rigor mortis.
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El cardenal Mendoza decidió, no sin algunos inconvenientes por parte del cabildo toledano, que se erigiera su tumba en los espacios entre los pilares del presbiterio de la catedral, pensando en que estuviera cobijado por un arco, disponiendo sobre una cama la figura yacente, deseando que el arco quedara abierto para poder contemplar la tumba desde cualquier lado. El cardenal designó a su sobrino, don Diego Hurtado de Mendoza, como ejecutor de un proyecto que nunca se realizó como él deseó. El resultado final es una obra importante en la escultura del siglo XVI, con un arco de triunfo cerrado en uno de sus laterales, la urna y el yacente visibles sólo del lado del presbiterio. Se ha apuntado a Andrea Sansovino como el escultor que realizó el proyecto, aunque las esculturas son de desigual ejecución. En la zona que mira a la girola se ubica el grupo del cardenal arrodillado y orante ante la Cruz, que es sostenida por una colosal imagen de santa Elena, situándose tras el cardenal su santo titular, san Pedro.
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La equilibrada composición -situada en la capilla de la Sorbona-, a pesar del contrapposto, está contrarrestada por una teatralidad y magnificencia que procede del gusto de Charles Le Brun, que fue quien la diseñó, y al que Girardon se adaptaba perfectamente.
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La estructura del sepulcro se ajusta en líneas generales al sepulcro de Cisneros de Ordóñez que se le impone como modelo. El lecho mortuorio se decora con querubes humillados ante la muerte representada por calaveras y las figuras de las virtudes cardinales, dos a dos, en los testeros. El impresionante yacente, con ropas de Pontifical y escudo con inscripción conmemorativa a los pies, obra única y máxima del artista a quien se discute la total ejecución de algunos elementos de estilo más suave, que sin duda dirigió.