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La reina Isabel quiso que los restos de su joven hermano hallaran adecuada sepultura también en Miraflores. En esta ocasión, la idea del sepulcro adosado en el muro, con arco solio que cobija un amplio espacio destinado a la figura del difunto, tenía amplios antecedentes. Aunque resulta menos normal que éste se represente arrodillado en oración mirando al altar, también en esto Gil encontraba modelos. Sin embargo, ninguno de ellos presenta un desarrollo como el del infante. En primer lugar, amplia la altura de los haces de columnillas que enmarcan el arco, así como el conopio de éste, de modo que el conjunto se extiende hacia arriba, como forma e incluyendo alguno de los temas principales. Aunque se conserva bien en líneas generales, ha perdido parte de la decoración cairelada que cerraba parcialmente el nicho donde estaba el orante del príncipe. De haberse conservado por completo, habría creado un ámbito más cerrado en el volumen del nicho, viéndose la estatua como a través de un celaje alabastrino. Con todo está en un estado que permite darse cuenta del punto de exhibición técnica en el tratamiento de los tallos vegetales entremezclados con niños y otros elementos. Temáticamente el sepulcro es claro y relativamente sencillo. El difunto reza mirando hacia el altar. Los elementos salvíficos básicos están estrechamente relacionados con la tradición y con las peticiones de ayuda que se repiten en numerosos testamentos contemporáneos. Así, todo culmina en la Anunciación de la zona superior, tanto normal en sepulcros burgaleses, como clara en cuanto refleja la idea de encarnación presagio de la liberación del pecado original que ata a los hombres. Entre el arco escarzano que limita el nicho y el conopial superior ornamental, queda una superficie que ocupan una cabeza triple y un san Miguel venciendo al dragón diabólico. Es posible que en lo primero se aluda a la Trinidad, a la que se recurre a la hora de la muerte y se encomienda el alma. San Miguel también es recordado entonces y su triunfo sobre el diablo es especialmente apreciado. En numerosos libros de horas algo anteriores, el oficio de difuntos se ilustra con un muerto cuya alma surge ya del cuerpo y por ella luchan un ángel y un diablo. Finalmente, los dos pilares de enmarcamiento se dividen en tres pisos de modo que en la base de cada uno hay dos apóstoles, hasta completar los doce, aunque faltan Matías y Simón; sustituidos por Pablo y Juan Bautista. Como santos protectores figuraban en el frente san Esteban y un santo dominico, hoy trasladados al sepulcro de Juan II. La zona baja central la ocupa un gran escudo real flanqueado por ángeles, mientras en los extremos hay dos hombres armados acompañados por putti y ramas. De nuevo hay que contar con la diversidad de franjas ornamentales tan bien cinceladas como los caireles que bordean el arco solio. Sobre todo las dos amplias fajas que corren de arriba abajo en los extremos despliegan un mundo animado de figuras animales y humanas enredadas en vegetales, con puntos de semejanza con otra situada en lugar similar de la portada de San Gregorio de Valladolid.
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A diferencia del sepulcro realizado pocos años antes para Juan II y su esposa Isabel de Portugal, Gil de Siloé adosa al muro el sepulcro de Alfonso. El infante aparece arrodillado en actitud de orar y mira hacia al altar. La labor de tracería y ornamento es en todo similar a lo hecho hasta entonces. Parece que en esta obra trabajó al menos otro maestro, también magistral, del que desconocemos su identidad y que realizaría algunas de las pequeñas esculturas exentas de la parte alta.
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La estructura de este sepulcro sigue el esquema del Pollaiuolo en su tumba de Sixto IV, representando en sus frentes a un lado las cuatro Virtudes cardinales, en nichos avenerados, centradas por el medallón de Nuestra Señora. Al otro lado, el de San Juan Bautista con la figura de la Caridad y otros Santos bajo nichos. A los pies una inscripción entre dos putti y a la cabecera Santo Tomás de Aquino y dos querubes. En los ángulos, águilas de poco desarrollo y sobre este primer cuerpo un segundo más estrecho sobre el que reposa un simple lecho con el yacente.
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Arturo Mélida es el encargado de esculpir este sepulcro, excepto la estatua que sostiene la efigie, obra de Elías Martín. Se trata de un enterramiento mural en forma de retablo, bajo un gran arco de medio punto que cobija la figura del Genio de la Guerra, en actitud meditativa, sostiene un medallón con el busto de perfil del glorioso militar. A los pies de estas figuras se sitúa un león, guardián y símbolo de la inmortalidad, guardando el sueño eterno del difunto. En la parte exterior de la rosca del arco están grabados los nombres de las batallas en las que destacó el Marqués.
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Del sepulcro del virrey, ejecutado en alabastro al romano, quedan restos en esa localidad turolense de Alcañiz, con dos bellas esculturas de Virtudes, de formas muy italianizantes, cuyas anatomías se marcan bajo los ropajes.