En los muros del Patio de los Evangelistas del monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce vemos paños en los que se alterna la decoración de lacería con figuras de santos (san Sebastián, san Esteban, san Lorenzo, san Fabián, santa Catalina, santa Paula y tres santos obispos).
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Quizás una de las particularidades más llamativas de la brillante escuela borgoñona del siglo XV es que ninguno de sus escultores es natural de las tierras del ducado. Es el caso también de Antoine le Moitourier, con quien se cierran los grandes nombres. El Santo Sepulcro de Semur no está documentado, pero se le atribuye con cierta seguridad. Conserva la policromía puesta de manifiesto después de una reciente restauración. Este grupo de esculturas exentas, que permiten una colocación cambiante, se hicieron muy populares en Francia en el siglo XV y parte del siguiente, siempre dotadas de un dramatismo algo teatral. El sepulcro del Senescal Philippe Pot también se considera obra de este escultor.
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Compañero de Santiago el Mayor, ambas imágenes proceden del Apostolado de Almadrones y destacan por su naturalismo, enlazando a través de sus extraños rostros con la teoría de Marañón según la cual El Greco utilizaba como modelos a los locos del Hospital del Nuncio. La factura es muy suelta, abocetando la figura, cuyo canon amplio y estilizado es característico del cretense.
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A pesar de conservarse un pequeño número de dibujos de Botticelli su calidad es manifiesta, como se puede comprobar en los Tres ángeles, la Alegoría de la Abundancia o este Santo Tomás, aplicando a estos estudios preparatorios los mismos conceptos que a los trabajos terminados. Se interesa por los pliegues arremolinados de las telas, dotando de un papel protagonista a esa línea firme y segura con que traza la figura del santo. En esta ocasión incorpora cierta expresividad al rostro, acentuada por la posición de las manos, implorantes al cielo, que abandonan la frialdad de algunas obras de esta década.
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Muy similar al San Pablo, Velázquez nos muestra a un hombre más joven que aquel, visto de perfil y envuelto en un manto amarillo. La figura aparece en primer plano, recortándose sobre un fondo neutro e iluminada por un potente foco de luz que deja en total oscuridad el fondo. Las excelentes manos del santo sujetan un libro y una lanza con gran vigor y fuerza.Sin duda, el realismo imperante en la obra es lo más atrayente, sintiendo el espectador que se encuentra ante un ser de carne y hueso, alejado totalmente de los idealismos que tanto éxito obtendrán 40 años después con Murillo. Esto hace pensar que se trataría de un familiar o alguien cercano al artista. La marca de Caravaggio está presente en toda esta etapa, lo mismo que ocurre en la pintura de Zurbarán. Las luces, los colores, el naturalismo ... todo está inspirado en el Tenebrismo que tanto éxito estaba cosechando en Roma y Nápoles.La similitud temática y de medidas con el San Pablo hacen pensar que estariamos ante dos imágenes que formaban un Apostolado.
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Zurbarán encontró en el mercado americano un cliente poderoso. Los riesgos del viaje y la posibilidad del "olvido" o el retraso en los pagos no eran suficientes como para echar atrás al empresario que había en el pintor. Aunque alguno de los envíos sufrió terribles deterioros, el artista continuó enviando pinturas a iglesias y conventos americanos, cuyas misiones necesitaban abundantes imágenes para su labor de proselitismo. Ésta es la situación que propició el envío de este lienzo junto con otros más, de los que recogemos cuatro ejemplos, todos ellos de santos relevantes en la historia del cristianismo y de las Órdenes principales de España y las Américas. Todos los lienzos recogen características muy similares: una figura frontal, de tamaño natural, identificable por los atributos que portan en las manos. Las figuras se adornan con colores brillantes que destacan contra un somero fondo de paisaje al aire libre. Esta composición era típica del maestro Zurbarán, aunque probablemente estas obras fueron ejecutadas por los discípulos de su taller, siguiendo sus indicaciones previas.
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Cuando Ribera presentó su Apostolado en la década de 1630 obtuvo un importante éxito, a tenor de la cantidad de copias que se han realizado de las figuras que lo integraban. Santo Tomás es una de las más naturalistas del conjunto, representado como un tipo popular en el que destaca su gesto concentrado y no ausente de preocupación. En su mano lleva su atributo que apenas está iluminado por el potente foco que resalta parte del rostro y la mencionada mano, creando un pronunciado contraste de luces y sombras cercano al tenebrismo que impuso Caravaggio. Las tonalidades pardas sintonizan con algunos compañeros -San Mateo o Santiago el Menor- siendo un elemento característico de estos años en la pintura del valenciano. Las intervenciones que se han realizado en esta obra a lo largo del tiempo no han sido muy afortunadas por lo que su estado de conservación no es óptimo, lo que ha llevado a pensar que se trata de una obra de taller.
Personaje
Literato
Religioso
Nacido en Rocaseca (Nápoles), ingresó entre los dominicos en 1224. Discípulo de Alberto Magno, junto a quien estudió en París entre 1245-48 y Colonia entre 1249-52, es a su maestro a quien debe la influencia más penetrante de su formación. Se licenció en teología en París, en 1256, regresando a Italia donde se dedicó a la enseñanza. El papa Urbano IV le adjudicó la reorganización en Roma de las enseñanzas de los dominicos, volviendo a París en 1269 para enseñar en su Universidad. Consiguió ser admitido en el plantel de profesores de la Universidad parisina, pese al rechazo suscitado hacia los profesores de las Ordenes mendicantes, junto a San Buenaventura. Regresó a Nápoles en 1273 y murió un año más tarde mientras viajaba para asistir al Concilio de Lyon convocado por Gregorio X. La aportación principal de Santo Tomás consiste en la ligazón que establece entre filosofía y teología, o dicho de otra manera, entre razón y fe. En este sentido, incorporó plenamente el pensamiento aristotelico, en especial el mecanismo lógico deductivo como heramienta del conocimiento, a un mundo medieval dominado por el platonismo y el agustinismo. Considera la filosofía como una ciencia subordinada a la teología, si bien su papel y objetivo fundamentales son complementarios. Así, aceptando como cierta la religión revelada y todos sus contenidos, la filosofía y el conocimiento humano pueden, por medio de las herramientas precisas (el método lógico-deductivo), probar y dar por ciertos los dogmas de la fe, entre ellos el mayor de todos: la existencia de Dios. En su demostración, utilizó la analogía para explicar las relaciones de orden y causalidad entre Dios y el hombre. Estableció la posibilidad de un orden moral basado en la idea del Bien, alcanzable libre y voluntariamente por el hombre mediante el conomiento del mundo. Escribió numerosas obras, entre las que destacan los comentarios al pensamiento de Aristóteles, obras teológicas como "Summa Theologica", "Summa contra gentiles" o "De ente et essentia", entre muchas otras.
Personaje
Religioso
Estudió en la Universidad de Alcalá de Henares. Posteriormente, se convirtió en miembro de la orden de San Agustín y fue ordenado sacerdote. Tuvo una gran participación en la reforma de la disciplina eclesiástica. Destacó por su capacidad oratoria y por el gran número de obras sociales que realizó. En 1658 le canonizó Alejandro VII.
obra
El convento de las Magdalenas de Alcalá de Henares, de la Orden agustina, encargó a Zurbarán un par de lienzos que decoraran el retablo de su iglesia. En estos lienzos se habrían de representar santos padres de la Orden. De este modo, el artista pintó por un lado al propio San Agustín y por otro a Santo Tomás de Villanueva, que es el personaje que ahora contemplamos. No sabemos la fecha exacta en la que Zurbarán llevó a cabo el contrato. Sin embargo, no resulta difícil atribuirlo a su última época, por la gama de colores que ha elegido, mucho más clara que en sus años anteriores, así como por el protagonismo que concede al paisaje, aprendido en su estancia en Madrid, probablemente a través de Velázquez. Santo Tomás fue el arzobispo de Valencia en 1545. Sus milagros tienen relación especialmente con la caridad y es éste rasgo de su personalidad el que Zurbarán plasma en el lienzo: repartiendo limosna entre los pobres, vino a suplicarle socorro un sastre tullido. El santo le dio unas monedas que al pasar a manos del desgraciado tuvieron el poder de sanarle la cojera.