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Desde 1630 la calidad del dibujo de Juan del Castillo evoluciona favorablemente, al tiempo que sus obras presentan una mayor maestría en las composiciones como podemos observar en este lienzo donde aún encontramos ecos del manierismo sin renunciar al naturalismo descriptivo cuyo máximo representante es Roelas.
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La experiencia de Berruguete en Italia en la corte de Federico de Montefeltro, no logró hacerle abandonar, a su vuelta a España, la formación flamenca adquirida en Castilla en un primer momento. Con todo, la experiencia de Berruguete a su vuelta de Italia supuso una gran renovación en la pintura castellana preparándola para asumir las novedades que pronto aportarían otros pintores como el francés Juan de Borgoña.
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La figura de Santo Domingo repite el esquema habitual en las representaciones de santos aislados desarrollada por El Greco en el siglo XVII al colocar al personaje en primerísimo plano ante un fondo de nubes. El santo ya no puede estar más estilizado, su canon es de uno a trece - la cabeza es la decimotercera parte del cuerpo, cuando en el canon clásico es la séptima - alargando las manos huesudas y creando un ambiente místico soberbio. Sobre el hábito blanco del santo se realiza un admirable juego de luces y sombras, en los pliegues de la zona baja del lienzo al estar el santo arrodillado. La anatomía heredada de Miguel Ángel, presente en sus primeros trabajos, deja paso a cuerpos lánguidos, huesudos, donde las vestiduras ocultan toda referencia anatómica. El estilo vigoroso característico en la pintura veneciana sigue presente, resultando una obra de admirable espiritualidad.
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Aunque las referencias de la escultura de Juni hay que buscarlas en Francia, de donde es originario, o en Borgoña, en los grupos figurativos de sus Santos Entierros de Valladolid o Segovia podemos constatar determinadas influencias y paralelismos con artistas italianos como Rustici o Miguel Angel. El carácter dramático del grupo, su fuerza expresiva y el desarrollo de mecanismos emocionales del conjunto son sólo algunas de las cualidades que justifican su éxito y la influencia que ejerció en la imaginería castellana posterior. El conjunto fue encargado por fray Antonio de Guevara destinado a su capilla funeraria del vallisoletano convento de San Francisco, convirtiéndose en la primera obra de Juni documentada en la ciudad del Pisuerga. El emplazamiento original fue destruido, pero Juni mantiene el efecto escenográfico deseado. Todas las figuras se hallan alrededor de la figura central del yacente, flanqueado por Nicodemo y José de Arimatea, acompañados de dos de las santas mujeres para ocupar el grupo de la Virgen y san Juan el espacio central. Las figuras presentan diferentes expresiones, apreciándose en el grupo un concentrado dolor que se transmite al espectador.
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Las visiones que plantea Caravaggio son siempre altamente impactantes. A la hora de plasmar la tradicional escena del Descendimiento de Cristo al sepulcro, emplea una composición vibrante, en movimiento continuo e inestable, como sólo tal vez Miguel Angel habría podido idear. La influencia de este gran genio precursor del manierismo está muy presente en la obra de Caravaggio, especialmente en este óleo: efectivamente, el cuerpo de Cristo inerte parece imitar al Cristo muerto de la famosa Pietá del Vaticano. De hecho, el carácter escultórico de la obra de Miguel Angel parece haberse transmitido a todo el grupo, que posee la rotunda monumentalidad de figuras de bulto redondo en vez de pintadas sobre una superficie plana. Una nota característica del lienzo es, como resulta frecuente en el artista, la elección de un breve momento de la acción, casi a modo de instantánea, que concentra todo el movimiento y el dramatismo en el mismo segundo en que los discípulos van a alojar el cuerpo de su maestro en la tumba, de una piedra fría y grisácea.
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Los progresos de El Greco en Roma son visibles en este lienzo que contemplamos, en el que se aprecia una marcada influencia de Miguel Ángel en la figura de Cristo y en los discípulos que portan el cadáver. La escena tiene lugar ante una gruta, las figuras se recortan sobre la oscuridad del fondo y las escarpadas rocas, situando a un personaje de espaldas para introducir al espectador en la escena, recurso muy habitual en el Manierismo. Los sentimientos de tristeza y aflicción de las santas mujeres son transmitidos de manera excepcional, demostrando Doménikos su capacidad como retratista. La escena, presentada al aire libre, se cierra con un fondo de nubes y cielo, jugando con las tonalidades sienas y azules. Las figuras, amplias y largas, presentan un canon atípico que se inspira en la Escuela bizantina mientras que la luz y el color proceden de Venecia, teniendo a Tiziano y Tintoretto como principales maestros.
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Juan de Juni representa las nuevas tendencias que viniendo del norte aportan a la plástica castellana otros elementos a más de los italianos que interpretan a su forma y manera. Al parecer debió nacer en Joigny hacia el año 1507 y en su obra se advierten doble reflejo de lo francés y de lo del norte de Italia, como puede ser su dominio de la técnica del barro cocido y el tema de sus magistrales Entierros. Sus contorsionadas figuras doloridas de poderosa musculatura muestran su conocimiento de lo clásico y de los grandes maestros italianos.
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Este edificio recuerda en composición al Palacio de Sobrellano de Joan Martorell, especialmente en su fachada con la galería de madera y un pórtico escalonado sobre el que se levanta la capilla, un patio central y cuatro cuerpos que rematan los ángulos del edificio.
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El Santo Hospital de Comillas es obra del arquitecto Cristóbal Cascante y Colom, encargada por Claudio, el hermano del marqués. No se conservan planos de este edificio y ha sido muy alterado, pero en composición recuerda el Palacio de Sobrellano de Joan Martorell. En su fachada con la galería de madera y un pórtico escalonado sobre el que se levanta la capilla, un patio central y cuatro cuerpos que rematan los ángulos del edificio. Incorpora en la fachada norte dos cuerpos sobresalientes y abiertos que evocan a la planta de El Capricho y produce en todo el conjunto un destacable ritmo compositivo.
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En la última etapa de su producción Alejo de Vahía experimenta un cambio de estilo con el que intenta adecuarse a una nueva situación, procurando no abandonar su lenguaje propio. Una de las mejores obras de esta etapa es el Santo Obispo, donde parece dar una réplica a los santos que Felipe Vigarny estaba ejecutando para el retablo mayor de la catedral de Palencia.