Situado cerca de la costa occidental cántabra, a unos 30 kilómetros de Santander, ha sido elegido el pueblo más hermoso de España. Es además mundialmente conocido por las cercanas Cuevas de Altamira. La zona donde se asienta Santillana ha tenido focos de población desde el Paleolítico Inferior. Santillana fue levantada en el siglo VI, en torno al monasterio consagrado a santa Juliana, su patrona. La arqueología, sin embargo, ha encontrado restos cerámicos y lápidas en los alrededores de la villa que testimonian la presencia romana en la zona; a pesar de ello, continúa el silencio arqueológico entre los siglos V al VIII. Convertida en centro de peregrinación durante la Edad Media, inició su desarrollo entre los siglos VIII-IX, gracias a una pequeña comunidad religiosa; amparada por el reino astur, la comunidad se asentó en un lugar conocido como Planes, fundando un monasterio que guardaba las reliquias de Santa Juliana de Bitinia (Santa Illana, a la que se dedicó el edificio y dio nombre a la localidad). La consolidación del monasterio y la importancia de Santillana como centro religioso originó que la ruta costera del Camino de Santiago creara un ramal para desviarse hasta ella. En el año 1045 el monasterio recibió su primer Fuero, pasando de ser abadía a colegiata. El siglo XIII supuso, sin embargo, la decadencia del dominio del monasterio en detrimento de las familias nobiliarias. La ciudad pasó a ser un marquesado en el siglo XV, bajo dominio de la Casa de los Mendoza, quienes multiplicaron las construcciones nobiliarias. El poder monasterial y señorial han convertido a Santillana del Mar en una de las villas más hermosas del país, como queda reflejado en su rico patrimonio artístico.
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Personaje
Pintor
Desde su taller en Burgos, Diego de Santillana, realizó vidrieras para Palencia, Ávila, León, Oviedo y Santiago de Compostela. Fue en el ámbito de estos talleres donde se dejaron sentir las primeras influencias del Renacimiento italiano. Es autor del excelente conjunto de vidriería de la capilla de la Virgen del Camino en la Catedral de León.
lugar
Santiponce tiene un origen muy concreto: en el año 206 a.C., el general Publio Cornelio Escipión decidió crearla para establecer allí a los soldados que habían resultado heridos en la batalla de Ilipa contra los lusitanos. Desde entonces se llamó Italica. El mismo nombre de Itálica hace referencia a su origen romano. Es preciso distinguir en su entramado urbano dos partes. La vetus urbs -ciudad vieja-, corresponde al núcleo original fundado por Escipión y actualmente se encuentra bajo el casco urbano del pueblo sevillano de Santiponce, creado en el siglo XVII. La nova urbs -ciudad nueva-, fue fundada por Adriano, aunque sólo estuvo activa entre el primer tercio del siglo II y mediados del siglo III después de Cristo. Esta permaneció durante muchos siglos como tierra de labranza y es actualmente la zona arqueológica visitable. La excavación arqueológica de Itálica comienza muy pronto, cuando, entre 1781 y 1788, Francisco de Bruna emprende un primer estudio de la ciudad romana. Estos trabajos han permanecido hasta la actualidad, rindiendo preciosos frutos de alto valor histórico y artístico, gran parte de los cuales se conservan en el Museo Arqueológico de Sevilla. Entre los restos que hoy podemos observar in situ destacan las murallas, las casas de la Exedra, Neptuno, Patio Rodio, Hilas, de los Pájaros o Planetario, el Traianeum -templo dedicado a Trajano-, las Termas Mayores, el Teatro o el Anfiteatro. Una de las ciudades más importantes de la Hispania romana, tiene una trazado de amplias calles con aceras porticadas. Todavía puede observarse el enlosado y el bordillo de las vías, así como las cimentaciones de los pilares de los pórticos. La traza urbana responde al clásico modo ortogonal romano, formando amplias manzanas rectangulares en las que se ubicaban tanto las viviendas particulares como los edificios públicos. Redes de abastecimiento de agua y alcantarillado nos hablan de un conjunto urbano perfectamente planificado. El agua era llevada mediante a la ciudad mediante un acueducto, almacenándose en cisternas desde las que se suministraba a las fuentes públicas y a los edificios principales mediante tuberías de plomo. Todavía son observables las conducciones del alcantarillado, cuyas rejillas se sitúan en los cruces de las calles más importantes. El área visitable incluye una parte del barrio construido a iniciativa de Adriano, probablemente como homenaje a su antecesor y padre adoptivo, Trajano. Las investigaciones arqueológicas nos han descubierto un conjunto de seis edificios públicos y cerca de cincuenta casas, aun muchas de ellas sin excavar. Merece la pena destacar, dentro de un conjunto magnífico de construcciones y mosaicos, el anfiteatro, uno de los mayores del Imperio romano. En él podían observar el espectáculo hasta 25.000 espectadores.
obra
El santo que flanquea en el lado derecho al tríptico de Santa Ana está concebido de forma muy similar al San Gregorio del ala contraria. Ambos están representados de cuerpo entero contra un arco de medio punto por el que asoma un paisajito. El suelo de la estancia está construido con baldosas de diseños geométricos que permiten comprobar la pericia del autor a la hora de proyectar el espacio en perspectiva. Este dominio sólo podía haberlo aprendido de modelos italianos.
obra
Fotografía cedida por la Sociedade Anónima de Xestión do Plan Xacobeo
contexto
La primera colonia española en América, la antigua Española, sufrió un anquilosamiento progresivo a lo largo del siglo hasta quedar convertida en una dependencia de su vecina Saint-Domingue, con la que tuvo finalmente que fusionarse. El proceso fue lento, sin embargo, pues las autoridades españolas se negaron a ver la realidad. Lucharon contra ella propugnando una política migratoria que no tuvo apenas resultados (llegaron 2.629 canarios entre 1700 y 1763), repoblando antiguos asentamientos o creando algunos nuevos como San Juan de Maguana, Neiva, Puerto Plata, Dabajon, Montecristi, Santa Bárbara de Samana, Sabana de la Mar, San Rafael, San Rafael de Angostura, Las Caobas, Dajabon y San Miguel de la Atalaya, sin comprender que no podrían subsistir sin un soporte económico adecuado y negándose numantinamente a definir la frontera con Saint-Domingue por temor a reconocer legalmente lo que ellos consideraban una usurpación. Sólo en 1776, el gobernador José Solano y el Conde de Annery llegaron a un acuerdo fijando la frontera por el río Dajabón en el norte y por el río Pedernales en el sur, lo que fue ratificado por el Tratado de Aranjuez de 1777. Por entonces, la población dominicana no llegaba a cien mil habitantes, mientras que la de la zona francesa la triplicaba. Los gobernadores dominicanos gobernaron poco. Fueron militares, pese a ser Presidentes de la Audiencia, y vivieron preocupados únicamente por contener al enemigo francés, sin preocuparse por robustecer la economía de sus gobernados. La agricultura fue decayendo, sobrepasada por la ganadería, que suministraba carne, cueros y sebo a la colonia francesa de la parte occidental de la isla. Sólo en el ultimo cuarto de siglo empezó a repuntar débilmente la agricultura exportadora, pero ya era tarde. En 1795 y por el tratado de Basilea, Carlos IV cedió a Francia Santo Domingo
obra
San Domingo, lienzo que Zurbarán realizó para el Monasterio de San Camilo de Lelis, Lima, representa a la Orden de los dominicos. Forma parte de una serie de cuatro santos representativos de aquellas Órdenes monacales que mayor repercusión tuvieron en las misiones americanas. Pintados probablemente por discípulos de Zurbarán, su estilo y cronología es muy similar a los santos de la serie del convento de San Francisco de Jesús en la misma Lima (ver Santo Tomás). Nuevamente encontramos una figura aislada contra un fondo de paisaje, plasmada con gran economía de medios y sosteniendo en las manos un objeto o atributo que identifica al personaje en cuestión. Los otros santos de la serie son San Francisco de Asís, fundador de los franciscanos, San Bruno que fundó la Orden de los Cartujos, y San Pedro Nolasco, el primero de los frailes mercedarios.
obra
Este fresco de Santo Domingo abrazando al Crucificado, era la obra de mayores dimensiones y de tema más importante que formaba parte de la decoración del claustro de San Marcos. Cinco lunetos más en otras tantas puertas completaban el conjunto. La participación activa del santo fundador en el episodio sagrado de la Crucifixión de Cristo servía de exhortación y estímulo a los frailes habitantes del monasterio, para desempeñar su importante papel como religiosos. El fresco presenta la figura muerta de Jesús, clavado en la cruz, siendo asistido por Santo Domingo, que se abraza al madero con actitud de pena y profunda desolación. La composición se recorta contundente sobre el fondo azul, quedando sólo como elemento espacial, el pequeño montículo desde donde se eleva la cruz. Fra Angelico confirió gran potencia a la expresión del rostro del santo. Pero, además, son impresionantes los detalles realistas de su mano derecha, donde se perciben claramente las venas, o el punteado de su barba, significando la incipiente barba de Santo Domingo. Si bien la figura de Cristo ejemplifica un buen conocimiento de la anatomía, el santo presenta unas características más terrenas. De esta manera, la cara de Jesús se muestra mucho más idealizada, casi sin signos de padecimiento, que la expresión y caracterización precisa de la de Santo Domingo. Pese a las pocas posibilidades que la técnica al fresco ofrece para el detallismo, Fra Angelico confirió a su santo patrón facciones muy realistas.