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Los orígenes de esta villa de la comarca del Alt Penedès debemos buscarlos en la parroquia de Sant Sadurní de Subirats, documentada por primera vez en el año 1080. Esta parroquia formaba parte del señorío del castillo de Subirats, siempre en manos de familias nobles hasta que en 1493 fue incorporado a la corona de Aragón. Durante centurias, la villa no fue más que un puñado de casas alineadas alrededor de la carretera entre Tarragona y Barcelona. Su situación geográfica permitió un mayor desarrollo de la población respecto a las parroquias cercanas -que formaban la Universitat de Subirats-, alcanzando la independencia como municipio en 1764. Desde ese momento adopta su nombre actual, tomado como sobrenombre el del río que la atraviesa: el Anoia. La historia de Sant Sadurní da un vuelco espectacular en los últimos años del siglo XIX. Su agricultura estaba centrada en la producción vinícola y en 1872 se producen las primeras botellas de cava. Desde ese momento, el cava será el pilar de la economía de la villa. No en balde, en Sant Sadurní se produce el 90% del cava español. Uno de los edificios emblemáticos de la ciudad es el de las Cavas Codorníu, obra modernista de Josep Puig i Cadafalch.
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Francia recuperó el arte religioso en el siglo XIX. Ingres se adhirió a esta corriente como muestran estas hermosas vidrieras de la capilla de San Fernando, que incluye las efigies, entre otras, de San Luis y San Rafael, en las que sigue los modelos de los maestros del Quattrocento.
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La imagen de esta Santa Águeda hubiera encantado a cualquier surrealista, pues nos muestra a una virgen martirizada en tiempos de los romanos, con sus pechos en una bandeja. Son éstos el símbolo de su suplicio, igual que ocurre con Santa Lucía, que lleva los ojos en la bandeja de bronce. La historia de Santa Águeda es muy parecida a la de otras mártires cristianas de los primeros siglos, casi todas elaboradas durante la Edad Media para aleccionar y asustar, dada la truculencia de las leyendas. Era una joven cristiana, objeto de la pasión del romano Quintiliano quien, al verse rechazado por la castidad de la joven, quiso castigarla. La ley romana prohibía condenar a las vírgenes, por lo que fue violada. Milagrosamente, mantuvo su virginidad. Entonces se la sometió a una tortura que incluía la mutilación de sus senos. San Pedro se le apareció en la prisión, curándola y dando pie a nuevas torturas para la mártir, que murió en el momento en que el volcán Etna entraba en erupción. Las ciudades próximas invocaron su protección, y desde entonces la consideran su patrona.
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Santa Agueda es una virgen siciliana que no se plegó a los deseos del prefecto romano de la región, Quintiliano, ni realizó sacrificios a los dioses paganos por lo que fue martirizada, consistiendo su tortura en arrancar sus senos con grandes tenazas. Trasladada a una celda donde fue curada por el propio san Pedro, posteriormente falleció quemada por carbones ardientes en el interior de la prisión. La bella mártir aparece en primer plano, elevando su mirada hacia el cielo para contemplar como el angelito procede a coronarla. Viste elegantes y pesados ropajes que indican su elevada clase social y muestra un pecho mientras que con su mano derecha se oculta el otro, símbolos ambos de su martirio. Su mano izquierda porta la palma de mártir y se apoya en una mesa. Al fondo, en un iluminado paisaje, apreciamos como un sayón está procediendo a arrancar sus senos en presencia de varias personas. El estilo vaporoso de Rizi indica su relación con las pinturas de Van Dyck y Rubens que existían en la corte madrileña. Emplea una pincelada rápida y abocetada, especialmente en el pasaje del martirio, y una iluminación uniforme que evita contrastes y provoca un sensacional efecto atmosférico. Los colores son brillantes y ricos, característicos de la escuela flamenca. Desgraciadamente, durante su depósito en la Diputación de Guipúzcoa sufrió un incendio en 1885, provocando un ligero oscurecimiento que no limita la belleza de la imagen.
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Esta obra que contemplamos ocupaba el ático del retablo mayor del convento de Santa Ana de Carmelitas Descalzas de Madrid. En ella se trata un asunto muy habitual en la Contrarreforma como es el tema mariano, debido a que los protestantes ponían en duda la virginidad de María y su función como intercesora ante Dios. Por ello se puso tan de moda la Inmaculada Concepción y se realizaron numerosas escenas relacionadas con la vida de la Virgen. Carreño nos presenta el momento en que santa Ana enseña las primeras letras a su hija María en presencia de san Joaquín. Unas gradas alfombradas ocupan el primer plano para crear un mayor efecto monumental, continuado por la columna salomónica y las arcadas que contemplamos al fondo, transmitiendo así que nos encontramos en un interior. La composición se organiza de forma piramidal, empleando una perspectiva alta debido a su elevado emplazamiento. Las figuras son amplias y escultóricas, iluminadas por la luz que penetra por la izquierda, deteniéndose en los rostros y en las manos. Los querubines de la parte superior nos indican que estamos presenciando un hecho relacionado con la divinidad.La factura de Carreño es rápida y suelta, a base de largas pinceladas que recuerdan a la escuela veneciana y a Velázquez, creando un magnífico efecto ambiental a través del aire que rodea a las figuras. En cuanto al colorido, juega con el contraste entre los ocres, blancos y azules con el rojo de la alfombra de primer plano, resultando una obra excepcional.
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La iconografía de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen había sido impuesta en Sevilla por Roelas hacia 1615 y cuando Murillo realiza esta obra unos cuarenta años después continúa con el esquema establecido. La figura de Santa Ana aparece sentada ante un impresionante fondo arquitectónico mientras que la Virgen se recorta sobre una balaustrada. Unos querubines que portan una corona de rosas se recortan sobre el fondo de nubes y aportan la nota espiritual de la composición ya que las dos figuras parecen tomadas de la burguesía sevillana del momento. Los pesados mantos que cubren el cuerpo de la santa dotan de monumentalidad escultórica a la figura mientras que la Virgen parece más real, destacando el rostro de complicidad hacia las enseñanzas de la madre así como el gesto de Santa Ana, cuya expresividad refuerza el naturalismo de la escena. La cesta con la labor y los pliegues de los paños hacen pensar a los especialistas en una fecha temprana de ejecución mientras que el colorido y el aspecto atmosférico de la obra indicarían el tránsito hacia una nueva etapa en la que los flamencos, Velázquez y Herrera el Mozo serán sus nuevas referencias. Es posible que la composición esté tomada de una estampa de Rubens ya que el Museo de Amberes guarda una obra que reproduce el esquema compositivo que aquí Murillo empleó.
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Amadeu se especializará en figuras realizadas en barro cocido y posteriormente policromadas, como podemos observar en este grupo de Santa Ana y la Virgen Niña donde se pone de manifiesto el rasgo más característico de este artista: el naturalismo expresivo que no se detiene ante los rasgos exentos de belleza, en algunas ocasiones rayando lo caricaturesco.
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Hace treinta años Alejo de Vahía, uno de los mejores escultores de los años finales de la Edad Media, era un perfecto desconocido. La aparición de unos documentos y la consiguiente atribución de la talla de la Magdalena del retablo mayor de la catedral de Palencia han permitido identificar con certeza a un maestro de gran calidad, con un estilo singular, manifestado en rasgos determinados que siempre hacían reconocible con facilidad sus trabajos.