La iglesia de San Lorenzo, en Sahagún, es una de las joyas del mudéjar, el arte elaborado por los artesanos musulmanes que vivían en tierras cristianas. La principal característica de este estilo es el uso del ladrillo, que sustituye a la piedra como material constructivo. San Lorenzo destaca por su elevada torre, decorada con galerías de arquillos. En el ábside, los artesanos mudéjares emplearon el arco de herradura, recordando su origen musulmán. La iglesia de San Lorenzo, con su airosa torre, es una de las estampas más identificativas de la villa.
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La escena de San Lorenzo recibiendo el tesoro de la Iglesia es la que presenta una composición espacial más complicada en la decoración de la capilla Niccolina de San Pedro de El Vaticano, aunque Fra Angelico no resuelve coherentemente todos los planos de profundidad. En primer término, en el exterior del edificio, se presenta el argumento que da nombre a la pintura. Destaca en esta parte la rica ornamentación de la capa y la tiara de San Sixto y el tratamiento miniaturista de detalles anecdóticos de la representación, como el arca, la bandeja y demás elementos que sujeta uno de los sirvientes del santo. A la izquierda, en primer plano y recortados sobre la puerta, unos soldados intentan asaltar la iglesia. La relación con el grupo del motivo principal la establece uno de los ayudantes de San Sixto, que vuelve su rostro y mira hacia la parte de la izquierda. Las proporciones de los soldados no guardan relación con las medidas del edificio. El plano de fondo lo compone una arcada de estilizados vanos que dan acceso a un claustro, del que sobresalen las copas de unos árboles. Las calidades lumínicas de los planos sí están sugeridas convincentemente. Pero la arquitectura vuelve a desentonar: la loggia que se abre al patio es de proporciones mucho más esbeltas que las columnas que sustentan la parte izquierda de la arcada. San Sixto vuelve a estar caracterizado con los rasgos del papa Nicolás, comitente de la obra. La historia continúa con la presentación del santo ante Valerio y su martirio.
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Algo inferior a los dos lienzos que inician la serie, remitimos a éstos (San Juan y San Mateo) para un análisis pormenorizado de las características de la pintura.
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Cuatro efigies de evangelistas, en otras tantas telas, fueron vendidas en la subasta celebrada por Gerard Hoet en La Haya en 1760, siendo adquiridas por 120 florines por el marchante holandés J. Yver. Las cuatro obras vuelven a aparecer en el mercado artístico años más tarde, en 1771, en otra subasta en la misma ciudad. Posteriormente aparecen mencionados en la colección de Catalina II de Rusia y en las colecciones del Hermitage. El 20 de marzo de 1812 fueron llevados a una de las iglesias de Tavricheskaia Guberniia en Crimea por orden del zar Alejandro I. Después se pierde la pista hasta que en 1960 dos de ellos, san Lucas y san Mateo, fueron identificados en el Museo Estatal de Odessa por Irina Link. San Marcos pertenece a un colección particular mientras que San Juan permanece perdido. El san Lucas se identifica gracias al toro que acompaña al evangelista, quien aparece escribiendo su Evangelio mientras que apoya su cabeza en la mano izquierda, en una postura concentrada que recuerda algunos apostolados pintados por Rubens e incluso a los trabajos de Ribera, ya que los contrastes entre las luces y las sombras están tomados de Caravaggio, así como el realismo con el que ha sido interpretada la figura e incluso las tonalidades pardas que dominan la composición. También podemos aludir a influencias de Rembrandt, el "rival" de Hals en lo que a la retratística holandesa del Barroco se refiere.
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Entre todos los discípulos de Cristo que pintó El Greco para los diferentes Apostolados, la figura de San Lucas quizá sea la más atractiva. Sustituiría a San Bartolomé ya que Lucas no fue apóstol. Dedicado a la medicina, también se interesaba por la pintura - siendo el patrono de los pintores - considerándose el autor de algunos retratos de Cristo y de la Virgen. Por esto aparece vestido con los ropajes típicos de los artesanos, eliminándose la túnica y el manto tradicionales de los apóstoles - véase San Juan Evangelista o San Andrés -. Nos muestra un libro abierto en el que contemplamos una imagen de María con el Niño; en su mano derecha porta un pincel. El rostro está totalmente abstraído, inmerso en sus propios pensamientos, como un artista en su mundo interior. La figura se recorta sobre un fondo neutro y está en una postura frontal. El color verde-amarillento del vestido es muy habitual en el Manierismo. La fuerte luz apenas crea sombras en la figura, iluminándola de pleno. La captación psicológica del personaje ha hecho pensar a más de un especialista que estaríamos ante un retrato, planteándose incluso que fuese el autorretrato de Doménikos.
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El evangelista forma parte del Políptico de San Lucas, ocupando su zona central, acompañado de santos y santas y de la deesis en la zona superior. El santo se nos presenta sentado en un trono clásico, siguiendo a las Madonnas de Masaccio, ocupando el centro de la composición una columna clásica que sostiene la escribanía. Unas pequeñas gradas de mármol sobre las que se depositan unos frutos retrasan la figura para otorgar una perspectiva central, siguiendo a Brunelleschi y Alberti. El rostro de Lucas está totalmente ensimismado en sus escritos, resultando muy expresivo. La figura es monumental, especialmente sus pies, tomando como referencia las esculturas del Quattrocento y de la Antigüedad clásica. El punto de vista bajo empleado aumenta la grandiosidad, en una imagen renacentista a pesar del fondo dorado que pasa desapercibido. Las tonalidades brillantes utilizadas sugieren un estrecho contacto con Giovanni Bellini.
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El acentuado bizantinismo de esta tabla hizo pensar a numerosos especialistas en que no podía tratarse de una obra de El Greco, a pesar de estar firmada de la misma manera que el Tríptico de Módena. Sin embargo, la aparición de la Dormición de la Virgen en 1983 ha motivado una profunda revisión de este icono, afirmándose que se trata de una de las obras iniciales de Doménikos - en las fuentes aparece que pintó un cuadro "dorato" en 1566 que podría ser éste -, desgraciadamente con una importante pérdida de pintura. El arcaísmo de la composición reside en la frontalidad de la escena, el empleo de fondos dorados o la espiritualidad de las figuras, para las que utiliza un canon alargado y casi primitivo para el santo pintor. La aplicación de una potente iluminación en la túnica de san Lucas - que provoca la supresión del color rojo en una parte de ella - podría tratarse de una evidente muestra de la influencia veneciana que empezaba a manifestar El Greco en sus trabajos, unificando la dualidad de tendencias de la Escuela cretense del siglo XVI.
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La tabla central del retablo del mismo nombre, fue realizado para la iglesia de San Lorenzo de Mónaco, por encargo de Roberto de Anjou, con el fin de exaltar la figura de San Ludovico, hijo de Carlos II de Anjou, que se hizo franciscano renunciando al trono. Se piensa que el retablo fue realizado por Simone Martini en torno al año 1317, coincidiendo con la canonización del santo. Un amplio marco exterior intensamente decorado con flores de lis, repujadas sobre fondo azul, se corresponde, ya dentro de la pintura, con una cenefa dorada y repujada, también con flores de lis. Ludovico aparece sentado en un trono en posición frontal. Dos ángeles le sujetan la corona por encima de la tiara, sobre un fondo bizantino intensamente dorado. Su capa de obispo ricamente decorada en estilo plano y lineal, contrasta con el sencillo hábito pardo de franciscano que lo cubre. San Ludovico a su vez corona impasible a su hermano Roberto como rey de Nápoles. Roberto, con su pequeño tamaño, está colocado de perfil con un rostro tratado con precisión y realismo, como si fuera una moneda o una medalla, con traje vivamente decorado y situado casi fuera de la pintura. El aspecto general de la tabla con su rico colorido, sus detalles de orfebrería y repujado, la convierte en un icono de carácter real.
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El modelo que Ingres empleó para esta vidriera con la representación de San Luis fue nada menos que el propio rey Luis Felipe. La capilla que adornan estas vidrieras está dedicada precisamente al hijo de Luis Felipe, el duque de Orleans, que había fallecido en un accidente. Ingres tenía relación con la familia real y recibió el encargo para trazar los diseños. También la madre del difunto aparece en otra vidriera como Santa Elena. En esta misma serie podemos contemplar a San Clemente, Santa Rosalía y San Antonio, trazados a la manera renacentista de los santos del Quattrocento.