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Del llamado "Dios de la madera" es esta pieza en la que se representa al santo sentado y escribiendo, ya a edad madura. En el pergamino podemos leer dos frases superpuestas que aluden al Evangelio y al Apocalipsis. La talla posiblemente procede del retablo que se dedicó al santo para el Convento de la Pasión, conjunto contratado por Montañés en 1638. La nobleza y la serenidad de la figura se ponen de manifiesto en el rostro del santo, los pliegues de las telas o los cabellos rizados. La policromía sería atribuida a Francisco Pacheco, directo colaborador del maestro en estas funciones.
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La obra que ahora presentamos no es completamente de mano del maestro Zurbarán sino que tiene una importante participación de los pintores que trabajaban a sus órdenes en su taller de Sevilla. Zurbarán empleaba a sus jóvenes aprendices y oficiales para terminar encargos secundarios para ciudades menores, que le proporcionaban menos dinero y prestigio pero que ocupaban su tiempo. De esta manera, el maestro solía limitarse a realizar los dibujos preliminares y el boceto, supervisando el desarrollo de la obra por el taller. Este modo de trabajar se aprecia especialmente en el cuerpo y el rostro del evangelista. Los ropajes están menos detallados y se pliegan de forma menos natural que los del San Juan del Museo de Bellas Artes de Cádiz. El rostro resulta más basto, menos vivaz que los rostros realistas del maestro. Sin embargo, el lienzo es de gran calidad y ejemplifica el mundo artístico de la Sevilla del siglo XVII, similar al de otras ciudades del mundo occidental.
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Esta figura del evangelista deriva de la que forma parte del Apostolado de la catedral; El Greco aporta un fondo nebuloso que era de su agrado y repite en numerosos santos aislados. La figura se presenta de más de medio cuerpo portando en su mano derecha el cáliz con un dragón, vistiendo manto carmesí y túnica verde-amarillento, color muy estimado por el maestro que enlaza con el Manierismo. La factura rápida y esbozada, basada en conceptos de luz y color, el canon amplio y estilizado y la espiritualidad reinante en el lienzo son elementos identificativos de la obra de Doménikos.
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Para la Cofradía de Nuestro Padre Jesús realizó Salzillo esta obra de talla entera, sin ningún aditamento. Parece recoger con su mano derecha el sensacional manto rojo y dorado mientras la izquierda es extendida en un gesto de explicación, señalando el camino con el dedo índice. En paso decidido se adelanta la pierna izquierda, destacando el pie donde no se aprecia idealización, apreciándose la mayor sabiduría compositiva en la leve torsión de su cuerpo que potencia los múltiples ángulos de contemplación. La cabeza es juvenil al tiempo que enérgica, orientada al mismo sentido que la mano izquierda, comunicando su expresión de dolorosa gravedad. La policromía es muy viva en las telas y delicada en cabeza, manos y pierna.
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En el compartimento lateral derecho del Políptico de San Agustín encontramos a san Juan Evangelista, inmerso en la lectura. La figura se presenta de frente, ligeramente girada a la izquierda, encontrando una perspectiva alzada en sus pies. El pesado manto rojo impide contemplar su corpulencia, mientras que el rostro se identifica con un anciano de barba y cabellos blancos. Su libro se muestra en escorzo, para crear la sensación de profundidad que tanto atraía a Piero. El fondo está compartimentado en dos espacios: un cielo azulado y una pared decorada en su parte superior por una guirnalda de elementos vegetales. La influencia de la pintura flamenca la encontramos en el festón bordado que decora la túnica del santo, lleno de pedrería de exquisito detalle.
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La influencia de Miguel Ángel se hace sentir en esta figura de San Juan Evangelista. Durante la estancia romana, Doménikos admiró el dibujo del florentino y sus esculturas, pero le criticó su empleo del color. A pesar de las críticas, la marca dejada en el cretense por el creador de la Capilla Sixtina se observa en las obras realizadas tanto en la Ciudad Eterna como en los primeros años toledanos. De hecho, en algunas ocasiones se ha comparado este San Juan con el Moisés de la iglesia romana de San Pietro in Vincoli. La figura del santo formaba parte de la decoración del retablo principal de la iglesia del convento de Santo Domingo el Antiguo en Toledo, primer encargo que realizaría El Greco en España. Se situaba en una de las calles laterales, flanqueando la Asunción y bajo el San Benito del Museo del Prado. En la otra calle lateral aún hoy se observa el San Juan Bautista. No es muy habitual presentar al santo de esta guisa - anciano y en actitud de leer el libro que porta en sus manos - sino mostrarlo joven y acompañado de su atributo: el águila. Sin embargo, Doménikos nos muestra una figura amplia y elegante, en la que los pesados paños impiden apreciar su anatomía. Se interesa por la personalidad de la figura, centrando parte de su atención en su bello rostro. Los colores empleados tienen cierto recuerdo del arte veneciano, especialmente por el impacto del fuerte fogonazo de luz que convierte algunas zonas en blanco, como en el manto rojo. Las manos del santo exhiben esa delicadeza y espiritualidad que caracterizarán las figuras de El Greco.
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Las figuras de los discípulos que integran los diversos Apostolados están plenamente individualizadas, interesándose El Greco por la captación psicológica de cada uno de ellos como si se tratase de auténticos retratos de diferentes estados de ánimo. En su mayoría están cargadas de tensión, aparecen como figuras inestables e inquietas, lo que ha llevado a opinar al doctor Marañón que se trataría de modelos tomados por Doménikos del Hospital del Nuncio, el hospital psiquiátrico de Toledo que existía en el siglo XVII. Sus rostros angulosos, delgados, con ojos vidriosos y labios rojizos contrastan con la serenidad del Redentor, que presidía cada una de las series. A San Juan Evangelista le representa siguiendo la tradición iconográfica que muestra al apóstol en plena juventud, imberbe. Porta en su mano derecha la copa con la serpiente alada que le caracteriza como atributo, simbolizando el veneno que digirió para demostrar la verdad de su predicación. Viste túnica verde y manto carmesí y señala con su mano izquierda el cáliz. La enorme figura tiene ligeros ecos de Miguel Ángel, destacando los acentuados pliegues de sus ropajes que dan la impresión de cubrir un cuerpo huesudo. La atención se centra en su rostro, donde capta la dulzura del amado discípulo de Jesús junto a su faceta de visionario en el Apocalipsis. La luz se aplica con gran fuerza, procede de la izquierda e incide en el manto, donde convierte aquellas zonas más iluminadas en tonos casi blancos, siguiendo de esta manera las enseñanzas de la Escuela veneciana.