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Zurbarán realizó una serie de cuatro lienzos con los fundadores de las cuatro Órdenes principales de España. Las características definitorias de las cuatro obras están concentradas en el comentario de Santo Domingo, a cuyo análisis nos remitimos.
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Esta obra fue realizada por Ribera para Giovan Battista Pisante, prior de la cartuja de San Martino de Nápoles y promotor de una serie de encargos importantes como la Piedad o la Comunión de los apóstoles. El reducido tamaño de este cobre hace pensar que se trata de una imagen para devoción personal del prior, ubicado en sus estancias privadas. El tema está relacionado con el fundador de la Cartuja, en el momento de recibir de dos ángeles la Regla de la Orden. El santo aparece a las puertas de una caverna, arrodillado y dirigiendo su mirada hacia el grupo celestial. La figura está bañada por una luz dorada que permite contemplar las calidades de las telas, el naturalista gesto de devoción del santo o la calavera del fondo. El cielo azulado y un paisaje cierran la composición, creando efectos de atardecer en las nubes anaranjadas. La factura utilizada es rápida y empastada, consiguiendo sensaciones atmosféricas heredadas de los venecianos.
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Zurbarán realizó este enorme lienzo en fecha desconocida para la comunidad de la Cartuja de las Cuevas. Representa la visita que uno de los fundadores de la Orden, San Bruno, efectuó al papa Urbano II. La escena resulta muy fría e inexpresiva, sentimiento que se ve reforzado por la torpeza de la composición: nuevamente Zurbarán se muestra incapaz de diseñar correctamente un interior arquitectónico y de proyectar la perspectiva hacia el fondo. El artista, sin embargo, compensa sus carencias con una poderosa narración psicológica del episodio. Conocida es la severidad de la Orden cartuja, que no come carne y tiene voto de silencio. Esta rigidez se transmite en la figura del santo, abrigado por un cortinaje rojo y cerrado completamente sobre sí mismo. Sus líneas son geométricas y muy puras, lo que convierte su imagen casi en una abstracción del recogimiento ideal que debe mostrar un monje cartujo. Al otro lado de la mesa, el poderoso pontífice mira desafiante al espectador. Viste riquísimas sedas y encajes y está bajo un dosel recto y oscuro, firmemente asentado y protector, como ha de ser el propio poder del papa. El único motivo lujoso y colorista de la escena es la estupenda alfombra turca que abriga el suelo de la fría estancia. Tal vez el colorido y la sensualidad que transmite, de origen netamente oriental, presta el contrapunto a una escena llena de formalismo y contención.
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Francisco de Herrera, el Viejo, se formó en el Manierismo, aunque la mayor parte de su producción la desarrolló en un estilo naturalista áspero y desabrido. Tal vez sea un residuo manierista la composición inestable de este cuadro, que centra el tema en una diagonal que atraviesa el lienzo, dejando vacía la superficie. Pero el resto de elementos pictóricos son claramente naturalistas, como la sobriedad del dibujo, la reducida gama de color, las figuras realistas hasta el punto de aparentar retratos... El tema del lienzo es San Buenaventura recibiendo el hábito de franciscano. Pertenece a una serie de lienzos que se encargó para el colegio de San Buenaventura en Sevilla, y fue pintada a medias por Herrera y Zurbarán.
Personaje Religioso
Nacido en Viterbo (Italia), se formó en la Orden de los Frailes Menores e impartió enseñanzas en la Universidad de París, en la cual estudió. Aunque rechazó ser arzobispo de York, hubo de aceptar la diócesis de Albano. Fue un participante activo en los concilios de la época y destacó en los ataques a las herejías y en las críticas a los cismáticos. Erudito y hombre de gran espiritualidad, de entre sus obras destacan un estudio sobre Pedro Lombardo y el "Itinerarium mentis in Deum". La Iglesia celebra su fiesta el 14 de julio.
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Este lienzo es de una iconografía concreta, pensada para ser "leído" en un contexto concreto. Forma parte de una serie que Zurbarán dedicó a la vida de San Buenaventura. Este santo fue un cardenal franciscano, rasgo que Zurbarán muestra con habilidad: encima de las vestiduras, San Buenaventura lleva un birrete rojo y un manto rojo, dignidades ambas de cardenal. Pero debajo de la túnica blanca asoman los pliegues marrones de pobre tela que caracterizan a los frailes franciscanos. El tema es la convocatoria de un importante concilio en Lyon, celebrado en el año 1274. En él se pretendía reunir de nuevo bajo las riendas del papa romano a los griegos, que se habían escindido en un cisma. El papel de San Buenaventura como intermediario con los teólogos griegos para llegar al posterior acuerdo fue fundamental, como brillantemente nos indica Zurbarán. El protagonista aparece en un lugar privilegiado, en elevación y bajo un baldaquino. Sus vestiduras son de llamativo colorido y se asienta sobre una hermosa alfombra árabe. El teólogo que discute con él lo hace acaloradamente, en la sombra. Sin embargo el santo sólo transmite serenidad en sus planteamientos, en sus gestos y en su expresión, y se encuentra en plena luz. Otro detalle curioso es la idealización de la figura principal: San Buenaventura asistió al concilio a la respetable edad de 53 años, lo que para su época le convertía en un venerable anciano. Sin embargo aparece bajo la efigie de un joven, lo cual alude a sus virtudes y pureza inquebrantables.
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Zurbarán pintó varios episodios de la vida de San Buenaventura, que se conservan en diferentes museos, como San Buenaventura en el concilio de Lyon. En esta ocasión nos presenta al santo franciscano desvestido de sus dignidades terrenales, rezando y meditando. Tiene el problema de decidir el sucesor del papa y se encuentra arrodillado frente a la tiara. Un ángel se le aparece y es quien le revela la decisión adecuada. Fuera, un grupo de cardenales y obispos, con rostros severos, meditan también sobre el asunto que, como cabía esperar, será resuelto por la inspiración divina.
Personaje Religioso
Hombre de gran piedad, san Calixto fue nombrado papa en el año 217. Se considera uno de los primeros papas entre los católicos frente al antipapa Hipólito, promotor de uno de los muchos cismas que vivirá la Iglesia en aquellos tiempos.
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El Banco de San Carlos -actual Banco de España- había sido fundado recientemente por Francisco Cabarrús con el apoyo de Carlos III. Además de ser una institución financiera, deseaba contar con una importante colección artística de los pintores más destacables de su tiempo. Maella será el encargado de ejecutar el lienzo dedicado al santo patrón, escogiendo uno de los episodios más importantes de la vida de San Carlos Borromeo, una de las figuras más trascendentales de la Contrarreforma. Durante la epidemia de peste que asoló Milán en 1576 San Carlos prestó consuelo y suministró alimentos a enfermos y desvalidos. Maella presenta al santo en el centro de la composición, rodeada su cabeza de la aureola celestial, acompañado de sacerdotes y sacristanes que portan el palio. Los pobres se arrodillan a su paso para recibir la Sagrada Forma, destacando el magnífico grupo de la madre amamantando a su hijo mientras una dama le suministra una escudilla de caldo. Las figuras son monumentales, de evidente influencia escultórica, recordando la impronta neoclásica de Mengs, de la misma manera que los paños y las arquitecturas. Sin embargo, las iluminaciones y la composición recuerdan al Barroco Italiano, poniéndose de manifiesto el crisol que forma la pintura de Maella, no exenta de gran belleza y sentimiento. Por esta obra cobró 7.140 reales, buen sueldo para uno de los mejores pintores de su momento en Madrid.