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Talla exenta y policromada sólo frontal y lateralmente, se considera que podría formar parte de un retablo. El santo se presenta de pie, apoyándose en un tronco de árbol para que de esta manera se manifieste el movimiento sin perder equilibrio. Sobre un libro se sitúa el Niño, desnudo, dirigiendo su mirada al santo franciscano. Las expresiones de ambas figuras están cargadas de tristeza, destacando el realismo de los rostros que lleva a Juni a colocar ojos de cristal.
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A pesar de los fondos dorados con los que se decora esta tabla y su compañera, Piero della Francesca intenta mostrar su interés por el volumen de las figuras, destacando el efecto monumental de ambos santos gracias a los ropajes, cabeza, manos y pies. La deficiente iluminación de la escena viene motivada para resaltar la Madonna con Niño que ocupa el espacio central, y aun así se consigue generar la volumetría. Los detalles de ambos personajes podrían indicar una referencia a la pintura flamenca que Piero admiró durante su estancia en Urbino. Las aureolas doradas de los santos sirven para reflejar sus cabezas, continuando con la obsesión por la simetría de otras obras como San Sigismondo y Sigismondo Malatesta o los frescos de la capilla de san Francisco en Arezzo.
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Este cuadro es una de las alas laterales del tríptico de las Tentaciones de San Antonio. El otro lado lo constituye el Vuelo y caída de San Antonio, en cuyo reverso figura una escena de la pasión de Cristo, al igual que en este cuadro que ahora contemplamos. A San Antonio le acosan diversas visiones que le llaman a los placeres mundanos: en el centro, una princesa endemoniada le ofrece su cuerpo desnudo. Abajo, una mesa llena de manjares y sostenida por seres desnudos le recuerda el hambre provocada por el ayuno del retiro. Al igual que en el Vuelo..., el paisaje que sirve de marco a la escena es sereno y despejado, todo lo contrario al panel central, con todo tipo de Tentaciones.
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La capucha dota de un aire tenebroso a este cartujo embebido en sus devotas lecturas. Es integrante de la serie de cartujos pintada por Zurbarán a mediados del siglo XVII y cuyos rasgos se describen en el comentario al Beato John Houghton.
Personaje Religioso
San Anastasio fue nombrado papa en el año 399, pocos años antes de morir. Sus actos de piedad en su Roma natal le llevaron a ser canonizado al poco tiempo de su fallecimiento.
Personaje Religioso Militar
Estudió en la escuela de Alejandría. Ordenado diácono, cuando todavía era un adolescente fue elegido secretario del obispo de Alejandría. Desde entonces comienza a ocupar un lugar importante en el conflicto que se genera entre Arrio y el obispo de Alejandría. Desde un primer momento se muestra contrario al Arrianismo, convirtiéndose en su principal oponente. Atanasio, incluso, llegó a crear una doctrina que sostenía que Jesucristo (el hijo de Dios) tenía la misma esencia que el padre, frente a la unidad absoluta que Arrio atribuía a Dios. Hacia el 328, Atanasio fue nombrado obispo de Alejandría. En cinco ocasiones sufrió el exilio. Por otra parte, destacó por su actividad literaria. Es autor de obras como "Historia de los arrianos", "Apología contra los arrianos" o "Discurso contra los arrianos".
Personaje Político
Educado en el seno de una familia pudiente, ya percibe en sus progenitores su oposición a la ocupación de Birmania por parte de Gran Bretaña. Seguidor de las ideas de sus padres, durante su época de estudiante participó en distintos movimientos para promover la independencia del país. Incluso, llegaría a convertirse en presidente de la Unión de los Estudiantes de la Universidad de Rangún. Desde esta plataforma y con la ayuda de U Un, otro líder estudiantil, organizó huelgas y otras actividades de protesta que le llevarían a la cárcel en alguna que otra ocasión. En 1940 deja su país e inicia un largo viaje en busca de ayuda para acabar con el imperialismo británico. Durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial continúo proclamando sus ideas nacionalistas en defensa de la independencia birmana. Para lograr este objetivo mantuvo relaciones con el ejército japonés. De esta relación surgiría el Ejército de la Independencia, conocido como Burma. Desde este momento, la trayectoria política de Aung San cobraría un fuerte impulso. Entre 1943 y 1945 fue titular del ministerio de defensa. Aunque Birmania se había dejado de ser una colonia británica, su victoria al término de la Segunda Guerra Mundial significaba un incremento de su poder. Esta situación provocó que Aung San negara su apoyo a los aliados. En este momento surge la Organización de Voluntarios, un ejército que se convertiría en el principal defensor de la independencia birmana. En 1946 es nombrado dirigente de la Liga Popular de Liberación Antifascista. En estos años Attlee, el Primer Ministro Británico, siguió trabajando en el proyecto para lograr la independencia birmana, objetivo que se logró en 1947. En este año fue elegido en las elecciones presidente por la Liga Popular de Liberación Antifascista. Pero en poco tiempo esta formación fue acusada de colaborar con los británicos, al seguir siendo miembro de la Commonwealth. En el mes de julio de este mismo año, Aung San y otros seis gobernantes fueron asesinados estando en el Parlamento.
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Entre los miembros del Apostolado que guarda el Museo del Greco - procedente del Hospital de Santiago de Toledo - destaca San Bartolomé, una de las figuras más interesantes salidas de los pinceles del cretense. Viste túnica y manto blanquecinos, porta en su mano derecha el cuchillo con que fue desollado mientras con la izquierda sujeta una cadena que ata un diablo pintado de manera caricaturesca. La enorme figura del santo está elaborada con una pincelada rápida y empastada, apreciándose los toques de color en el lienzo, en el estilo característico de Doménikos en sus últimos años. Los acentuados pliegues impiden contemplar la anatomía del cuerpo, ofreciéndonos una ingente masa de telas que no parece corresponder con la musculatura del personaje. La estilizada figura se corona con una espectacular cabeza tremendamente expresiva, de mirada y gesto individualizados que parecen confirmar la hipótesis del doctor Marañón, que consideraba a los locos del cercano Hospital del Nuncio como los modelos empleados por El Greco para esta serie. San Andrés y el Redentor son compañeros de este magnífico trabajo.
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La figura elegante de San Bartolomé representa la vejez frente a la juventud del San Juan Bautista. De esta manera contrapone Ribera las edades del hombre, formando parte de una serie en la que la contraposición entre las edades en las mujeres están representadas por la Magdalena penitente y Santa María Egipciaca. El santo aparece con su tradicional cuchillo, atributo que alude a su martirio -fue desollado vivo-, sentado en unas rocas y cubierto con un amplio manto de color marfil. La figura se encuentra en una cueva que permite contemplar un fondo de paisaje en la izquierda, con tonalidades de atardecer. El naturalismo con el que está tratado el rostro del santo y la anatomía que podemos apreciar sigue la línea marcada por el artista desde el primer momento, interesándose al mismo tiempo por recoger las calidades de las cosas. Al tratarse de modelos populares, dota de mayor cotidaneidad al asunto, acercando la religión al pueblo. La composición se inscribe en una monumental pirámide de referencia renacentista mientras que en la iluminación encontramos ligeras referencias al tenebrismo aunque aquí la luz empleada sea más dorada y pretenda conseguir cierto efecto atmosférico de inspiración veneciana. La técnica es más pictoricista, aplicando el color de una manera rápida y empastada como observamos en el cabello o la barba.
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Natural de Canaá de Galilea, san Bartolomé fue introducido entre los apóstoles por san Felipe, resaltando Jesús su inocencia y sencillez de corazón. A la muerte del Salvador evangelizó en Armenia, Persia, Arabia y la India, contándose que llegó a traducir el Evangelio de san Mateo al hindú. Ésa sería la razón por la que aparece en esta imagen con un libro en sus manos, eludiendo el tradicional cuchillo con el que fue desollado. Algunos especialistas piensan que se trata de san Pablo. El apóstol está pintado con gran naturalismo, resaltando sus rasgos de anciano educado e inteligente. La figura se recorta sobre un fondo neutro, mientras que su amplitud queda oculta bajo los pesados ropajes. Las pinceladas rápidas y vibrantes protagonizan el lienzo, que enlaza con la Escuela veneciana.